jueves, 31 de marzo de 2011

Dos amigas

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Yo, ya lo sé, nunca me pondría unos zapatos como esos.

Pero la última vez que vi la luz, esa clase de luz, yo estaba con otra mujer, con varias copas de más y una ronquera más que considerable, contándonos la vida que nos vive y la que les vive a otras mujeres que están cerca. Pidiendo opinión y siendo leales, a las cinco y media de la mañana, después de haber estado caminando por Sevilla con un amigo con el que bailé.

No recuerdo cuánto tiempo hacía que no bailaba con nadie. Y que no hablaba de la muerte y del dolor y el desamor y el cambio que solo es posible con violencia y la rabia y los suicidios.

Luego llegué y la abracé y la besé y sus ojos se rieron, porque ella ríe con los ojos. Y le conté.

A mí me costó mucho estar así de abandonada con otra mujer, saber que forma parte de ese círculo luminoso que va a ser un colchón blandito en las zozobras, porque, durante mucho tiempo, ellas no me gustaron. Tardaron mucho, algunas, en transformarse en la mejor parte de mí, en la gente en la que me miro y reconozco.

Me he acordado, al ver esto.

Es la primera vez que me dedican una foto.

Hoy he estado leyendo un artículo de una fotógrafo de guerra, Lynsey Addario. Habla de cómo y por qué cubre una guerra una mujer. Hay una frase que me gusta: "People think photography is about photographing. To me, it’s about relationships".

He tardado un tiempo en comprender algunas cosas. Por qué me gustan las fotos que me gustan. Que hacer fotos y escribir eran solo una manera de contarme porque contarme siempre me ha sido complicado. Por qué, cuando otros fotografían flores o pájaros, yo les miro a ellos. Por qué me gusta la gente que me gusta. Y a qué clase de gente le gusto yo.

Gracias, Carlos.

La foto es de Carlos / Gayolopez.

martes, 29 de marzo de 2011

Marilyn

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La fotografió Bert Stern para la revista Vogue, seis semanas antes de morir. Cuentan que había unas botellas de Dom Pérignon, una suite -la 261 del Hotel Bel Air- y un cuerpo desnudo que era luz en el objetivo. La mujer que entornaba los ojos, la del lunar cerca del labio y el pelo rubio platino que siempre llegaba tarde, aparece con un pañuelo de rayas y una cicatriz en el costado. Un pecho más pequeño que el otro y más caído, algunas arrugas marcadas, el paso del tiempo y un costurón grande y bien visible.

Era, sigue siendo, el mayor mito sexual de la Historia.

Hoy la hubieran retocado con Photoshop.

Imagen de Bert Stern.

viernes, 25 de marzo de 2011

Cosas de las que no hablo con nadie

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(Normalmente): De que me gustan los dibujos de Fernando Vicente; de que, cuando salen Spike y Willow en Buffy, yo me lo paso mejor; del tufillo fascistoide y mesiánico que me jodió Battlestar Galactica y dejó de hacérmela redonda (aunque siga estando enamorada de Starbuck: o de la primera Starbuck) -por mucho que yo comprenda, bla bla bla, que en época de crisis, bla, bla, bla, la gente se aferra a la religión, y más bla-; de que me convertí en una experta en porno con trece años; de que Auden es capaz de traspasarme por la mitad; de la manera en que me enamoré de Athos hace ya mucho tiempo; de que algún día me gustaría hacer una buena foto en Nueva York; de que me gusta hablar con los chicos de Extrebeo porque puedo nombrar a superhéroes y decir "Chris Ware" o "Art Spiegelman" o "Krazy Kat" o "Midtown Comics"; de que a veces recito poemas en voz baja por la calle.

De que hay ciertos días que puedo llorar con cualquier cosa.

Con cualquier cosa. No por cualquier cosa. La charla con Enrique Bordes y Fermín Solís (al que nunca le agradeceré lo suficiente lo mucho que me hace crecer y lo bien que me lo paso hablando con él) está aquí.

El dibujo es de Fernando Vicente.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Elizabeth Taylor

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No he visto Cleopatra, pero recuerdo haber sonreído mucho cuando la vi, en pantalla grande por vez primera, en Los Picapiedra. Tenía, eso ya lo saben, los ojos más bonitos del mundo. Y una de las voces más personales que he escuchado jamás. Crecí con Gigante, con La gata sobre el tejado de zinc, con Un lugar en el sol, con Ivanhoe y con Quién teme a Virginia Woolf. Y, por supuesto, viendo la naricilla de Amy en Mujercitas, aunque yo siempre prefiriera a Jo March.

Me gustaba mucho esa mujer. Montgomery Clift, que también me gustaba, la llamaba Bessie Mae. Un día se irán Lauren Bacall, y Sophia Loren y, cuando eso pase, sí que nos habremos quedado solos.

lunes, 14 de marzo de 2011

Autobombo

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Pues eso.

Y no añado más porque estoy todavía completamente avergonzada.

Debería pasárselo a mis jefes.

Pero yo esas cosas no las hago nunca.

domingo, 13 de marzo de 2011

Madrid

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Madrid es besar a Nerea y que Jesús me bese, apretar la mano de Begoña y colegir, con Tormentito, que el 85 por ciento de la gente es gilipollas y que, del resto, hay muchos que no nos caen bien. Es reconocer en Cristina a la persona con la que me intercambio ocho correos diarios y ponerle cara a Nacho. Hablar con Pepe de música. Que Kois me baje la persiana para que el sol no me despierte. Probar platos nuevos y hablar un ratito, avergonzada, con el dependiente de The Comic Co. sobre "La vida es buena si no te rindes", de Seth, que me he traído a casa después de que Nerea se lo haya ventilado apresuradamente, como antes leyó algunos U que también están ya conmigo.


Esa foto de la Plaza Mayor tiene una gota en medio porque llovía. No he hecho muchas más fotos y ninguna salvable: hacía tiempo, mucho tiempo, que no pasaba tanto frío en Madrid y que el tiempo no era tan desapacible.

Es testimonial. He vuelto a ir, claro. Yo siempre vuelvo.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Ir a Madrid

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Desde hace once años, ir a Madrid es pensar en alguien a quien nunca veré.

Le debo parte de lo que soy. Mucha parte de lo que soy. Frases que digo. Expresiones. Concepciones del mundo. Cierta militancia.

Si le viera por la calle, no le reconocería.

Ya no hablamos. Da igual: está dentro de mí.

Él es yo.

Tampoco hablo con otro alguien a quien nunca veré.

No sé su nombre y le pedí que se fuera.

Lo he contado mil veces. Es una historia vieja.

De esto hace tres años.

Volvió por un rato y fue peor. Fue muchísimo peor.

Ya sé que no puedo ir a la Plaza Mayor sin que se me vuelva el estómago del revés. Y que me muero por hacerle una foto nocturna al templo de Debod, pero posiblemente no vaya nunca.

Siempre que voy a Madrid me ocurre lo mismo.

Me sienta
tan bien
(y tan mal)
al mismo tiempo...

martes, 8 de marzo de 2011

Cien años

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Han pasado cien años desde que comenzó a celebrarse.

No es una celebración, sino una reivindicación.

Si me quejo, o si me indigno, siempre recibo las mismas respuestas.

Que soy una víctima. Que no me puedo quejar, porque antes estábamos peor. Que odio a los hombres.

Yo no nací mujer.

Ni siquiera supe devenir en una.

La conciencia de género me la despertó un hombre. Fue un hombre quien me habló de Seneca Falls por primera vez. Y de Elizabeth Cady Stanton.

Existir, existen. Y existieron. Marx. Engels. Stuart Mill.

Raúl, que intenta entenderme. Carlos. Ángel, cuya escultura sobre la igualdad, uno de sus sobresalientes en Bellas Artes, preside mi estantería desde hace años. Luis. Agu. Carmelo. Javi. Alfredo.

Los amigos que tengo.

Y Neno.

Gracias.

La imagen es de Cady Stanton.

jueves, 3 de marzo de 2011

Por el placer de volver a verla

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Si se habla, y se escucha, a lo mejor podemos entendernos un día, o hacer como que nos estamos entendiendo, o creer que nos estamos entendiendo, porque creyendo, quizá se vuelva real. Escribir, también. Escribir, sobre lo duro que es crecer. Sobre lo difícil que es crecer.

Eso nos han contado Miguel Ángel Solá y Blanca Oteyza. Miguel y Nana. Que alguien es importante cuando te apetece volver a verlo.

GAP

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Paso siguiente, inspiración siguiente, siguiente barrida.

Estoy en el GAP 4.0.

Es un grupo que surgió en Canonistas. Nace de la generosidad de otros, para que los demás aprendan. Cuando uno ha aprendido, mantiene el compromiso de enseñar y de seguir aprendiendo. "Siempre aprendiendo, siempre enseñando".

Yo no sé hacer fotos. Fotos memorables, por supuesto, digo, como varias de las que recuerdo de mis amigos. Y por eso estoy más que asustada.

El caso es que alguien piensa que sí puedo.

Y me llevó de la mano. Y eso está bien, porque soy insegura y suelo caerme.


La foto que puse era de Nueva York. Del East Village.

De momento, lo único que puedo decir a una crítica de mis fotos es Señor, sí señor. No deberé copiar fotos de otros lugares (porque si no, ¿de qué valdría querer aprender, querer experimentar, querer descubrir?). Nunca, nunca se justifica una foto. Ni se aclara. Ni se explica. Y no se admiten vampiros.

Quien me llevó de la mano va a ser mi capitán. Y ha empezado recomendando "Recuerdos de fiebre, sueño y duermevela" de un tal Machado. Porque con la poesía también se aprende a hacer fotos.

En los dos años siguientes, supongo que le agradeceré muchas cosas. 

Hoy solo una: que algún día le veré la cara a ese hombre, en Barcelona o en donde sea, y le daré las gracias por darlo por hecho, por decirme que lo diera por hecho. Con una foto.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Miguel Ángel Solá / Blanca Oteyza

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Hoy he estado hablando con Miguel Ángel Solá y con su mujer, con Blanca Oteyza. "Aquí o allá opino que los hijos de puta son y serán hijos de puta. Y que la vergüenza se pierde una sola vez y ya no se recupera. Y que, a partir de ahí, todo es cuesta abajo". Eso lo dijo él, en otra entrevista. Es un tipo dulce, o a mí me parece dulce porque los argentinos tienen ese acento cadencioso. Vienen a Mérida con una obra que se llama "Por el placer de volver a verla".

Me he puesto delante del micrófono contentísima, somnolienta, medio rota y hasta eufórica, pero es la primera entrevista en la que lloro.


Solá me estaba contando que a veces te gusta ver a alguien que ya no está. Ver su sonrisa, otra vez. Escucharle la voz. He recordado (ha sido un fogonazo) la última escena de Artificial Intelligence como si la tuviera delante. Y no se me ha notado, supongo, pero me ha dado mucha pena, se me han hecho un nudo el estómago y la garganta y se me han saltado las lágrimas.

martes, 1 de marzo de 2011

Una foto

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Hace unos días vi una imagen. Fue en un fin de semana muy raro, que pasé aliviada en parte, algo maltrecha también, con amigos, con libros, con fotografías. Compartí algún dolor que no se ha ido, porque eso me va a doler por mucho tiempo y de muchas maneras diferentes. Y vi una foto.

He visto muchas de esa ciudad. Fui sin saber reconocer el Empire State y ahora distingo cada edificio. He escuchado a Billie Holiday, a Billy Joel y a Frank Sinatra a todas horas. Decidí irme a París para viajar sola y porque hay que ir a Lyon a ver a Noelia cuando para a Mateo. Y porque París significa otras cosas: una reafirmación y otra huida. Sé bien lo que va a significar París.

Una negación, para empezar.

Por eso esa imagen me puso triste. Hay una mujer. Viste de negro. Mira un escaparate. Nada más. Porta una bolsa de las que tienen el logo: "I love New York". Parece cansada o yo la imagino cansada. Y al final ya no sé si se trata de lo que la foto enseña o de lo que yo vi. O de la parte de mí que quiso ser ella y pararse delante de un escaparate que muestra ropa de época, porque hay no sé qué de Jane Eyre, y llevar una bolsa de I love New York porque he entrado en una de esas tiendas horteras de souvenirs para turistas y he comprado algo y...

Me supo a derrota, la foto. Porque sé que iré a París queriendo estar en otra parte. Y sé exactamente qué querría hacer en esa otra parte y que no voy a pedir permiso. Y que por eso no voy, porque no me apetece un no por respuesta, porque sería la tercera vez y porque no estoy de humor como para que no me duela.

Aunque nunca salgan las cosas como pretendo.

No sé quién es ella, pero lleva acompañándome desde entonces. He aprendido las luces de memoria, la forma de las dos bolsas, las letras del escaparate, las manchas del suelo, cómo otra persona coloca una pajarita, las rayas del mármol.

Justo después de verla mandé un mensaje. Para que me esperen, con un café calentito y un muffin de canela.

Él, me contaron, se puso muy contento.

Ahora sólo me queda cruzar los dedos. Y lo demás.

Imagen de Workinpana.

domingo, 27 de febrero de 2011

Le debo los cómics, a Julio Verne, el fantaterror y algunos perros

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Sé que murió con dolores y, mientras los tenía, animaba a la familia.
También que no se enteró de un divorcio y que olvidó que su nieto, al que más quería, tiene parálisis cerebral.
Sé que leyó lo que escribí y lloró.
Como yo ahora.
Por muchas razones.
Le debo los cómics, a Julio Verne, el fantaterror y algunos perros.
Debería beber vino hoy.
Y comer cangrejos.

viernes, 25 de febrero de 2011

Pupe

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Esta capacidad para liarse la manta a la cabeza, para replantearse su vida y para pensar, para resurgir de las cenizas, para decidir, para abandonarse, para que le importen una mierda todas las convenciones sociales y lo que debería ser y lo establecido, para desear, para volver al punto de partida, para empezar de cero.

Nos veo en el coche, cantando a Pasión Vega a voz en cuello, la mirada brillante, la sonrisa de medio lado, su seguridad, su forma apabullante de superarlo todo.

A mí esta mujer siempre va a sorprenderme.

Cada vez que la veo acabo convencida de que debí de hacer algo grandioso en mi vida anterior.

miércoles, 23 de febrero de 2011

París

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El rito vuelve a repetirse. Otra ciudad grande e inagotable, varias guías encima de la mesa; un sinfín de cafés donde escribieron y fumaron y se emborracharon Faulkner, Gertrude Stein, Hemingway, Boris Vian, Kristeva, Barthes, Foucault. Y Baudelaire. Y Duras. Y los otros.

En Francia se exige a los estudiantes de Secundaria que demuestren sus conocimientos filosóficos antes de ir a la Universidad. Desde hace algunos años, yo sueño con ser francesa. No tiene nada que ver con los cafés literarios, ni con pasear con boina por las calles de París, sino porque creo que ese afán de cultura es el que posibilita que los estudiantes salgan a la calle cuando se intentan aprobar medidas que retrasarán su jubilación.

Yo sé que iré a la Shakespeare and Company, claro, y le haré una foto al Corcoran's, aunque ahora sea un pub irlandés y no el bareto en el que Kerouac y Ginsberg se emborrachaban; e iré a comprar harinas para hacer pan en Poilâne; probaré el vino de Anjou en homenaje a mi Dumas del alma, brindaré por Athos y me será fácil elegir los regalos.

Y hacérmelos, porque aquí está Pierre Hermé y hay una tienda de teteras, y queso a espuertas para comerlo en cualquier parte si no llueve y un sinfín de mercados.

Pero, sobre todo, está la Plaza Real.

Yo no lo sabía.

Porque ahora se llama Place des Vosges.

Yo me enamoré de Athos hace mucho tiempo. Me enamoré de él como se enamora la gente. Y sé lo que es (es borracho, es misógino, es frío -ejem, salvo con D'Artagnan, salvo con Raúl-, es cruel), pero no me importa.

Hemos vivido juntos; juntos hemos amado y aborrecido; hemos vertido y mezclado nuestra sangre.

Ese es el lugar que más me apetece ver de París.

Porque a nadie más he querido en este mundo.

No sé quién ha hecho esa foto, porque no está acreditada.

lunes, 21 de febrero de 2011

Los derechos de los lectores

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Copiando recetas de cocina que comienzo a hacer (sólo la parte de repostería) me topo con este post antiguo de Sirope de Alce, cuando era Desde mi cocina en Montreal.

Cito:

Daniel Pennac, escritor francés que me cae especialmente simpático por varios motivos (escribió novela negra sin acomplejarse por ello, tiene grandes inquietudes pedagógicas, entre otras las de transformar la educación pública en una institución que dé una educación de calidad, sin masacrar al individuo), es un rebelde literario y pedagógico que de niño sufrió mucho intentando adaptarse a una escuela que no estaba hecha para él, y que si hubiera hecho caso a los obtusos profesores que lo desahuciaron del mundo cultural, nunca hubiera escrito cosas tan interesantes como "Comme un roman" ("Como una novela"), ensayo en el que estableció los derechos imprescriptibles del lector :

El mensaje se transformó en meme. Y me hizo gracia.



1. El derecho a no leer
Últimamente lo practico más de lo que debería. Acabo saturada de meterme entre pecho y espalda mil textos durante la mañana. Realmente no es cierto que no lea. Me paso el día leyendo: guías de viaje, foros, reseñas cinematográficas, textos de blogs, poesías sueltas, cuentos... Pero tengo mil libros por leer. Y eso a veces me agobia tanto que no los leo.

2. El derecho de saltarse páginas
No es que me las salte. Es que, en cuanto sé, más o menos, quiénes son los personajes, acabo yendo invariablemente a la última página del libro. Eso me ha destripado innumerables novelas de misterio, pero no he escarmentado todavía. Lo he intentado mil veces. Si no me entero de qué ocurre en la última página, voy picando por capítulos. Luego desando el camino y me leo el libro del tirón. Pero antes picoteo.

3. El derecho a no terminar un libro
No sólo es eso. Es que hay algunos clásicos que no he acabado jamás ni acabaré. No puedo con Victor Hugo, por ejemplo. La cuestión es que siempre me queda un cuarto de libro por acabar cuando lo dejo abandonado a su suerte...

4. El derecho a releer
Por supuesto. Releo y releo y releo. Hay párrafos, cómics y libros que me sé de memoria.

5. El derecho a leer lo que sea
Siempre, claro. Pero no practico el derecho a elegir lo que sea o a comprar lo que sea. Con eso soy mucho más exquisita.

6. El derecho al "bovarismo" (enfermedad de transmisión textual)
No. A mí mi vida me gusta mucho. De hecho, yo escribiría un libro sobre mi vida, qué coño. Y además yo he buscado tesoros y he caminado junto a una loba y he formado parte de una manada y he buscado herretes de diamantes y he hablado de política y nací con el don de la risa y me han encantado el mar y una biblioteca y me he dedicado a matar demonios y a hacer magia y he tenido hijos y, sobre todo, he sido muchos hombres y muy pocas mujeres. Ya sabéis: quien lee no tiene límites. Quienes no leen, son nada más que ellos mismos.*

7. El derecho a leer en cualquier sitio
Leo en los bares, en los autobuses, en los trenes, en los aviones. En casa de amigos. En la mía. Sentada en el suelo mientras observo cómo crece el pan en el horno. En algunas clases, también he leído. En el trabajo, mucho, todo el rato. En varios restaurantes. En la cama, también, claro está. Y en el baño, por supuesto. Mientras hago cola. En los aeropuertos. En la cocina.

8. El derecho a hojear
No sólo a hojear. A leer libros enteros en cualquier centro comercial, mientras mis padres compraban. Ahora no los leo enteros, por pudor. Pero hojeo. Mucho.

9. El derecho a leer en voz alta
Jamás lo hago y no me gusta. Ni que me lean.

10. El derecho a callarnos.
Siempre o casi siempre. A mí no me gusta hablar de libros, ni de cómics. Son charlas de esas de a ver quién la tiene más larga. Y me dan mucho asco. Se lee por placer, no para presumir.

*La frase, maravillosa, se la oí en persona a Benjamín Prado el día que conocí a Ángel Campos Pámpano.


La foto es mía.

domingo, 20 de febrero de 2011

Lo que se fue

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Llevo limpiando todo el fin de semana. Ya sabía qué me iba a encontrar. Muchas libretas escritas. Mensajes cariñosos de alguien a quien eché y que me han hecho sonreír de puro cinismo, oye. Y varios textos que no publiqué nunca.

La banda sonora de mi vida está hecha de canciones que no suelo volver a escuchar. Este fin de semana, también, me he dedicado a intentar recordarlas. Algunas me recuerdan a mucha gente. Otras a nadie o solo a mí. A mí a los trece, con Jimi Hendrix y Guns'N'Roses. A mí una época de mucho frío, escuchando tangos. El comienzo de muchos de mis días, con casi dos décadas de diferencia, con las primeras notas de Red Rain, de Peter Gabriel. Y Man in the Mirror y las lágrimas la primera vez que sonó Estatua de Carne.

Llenar bolsas de basura es terapéutico. Sobre todo cuando la basura ya no afecta.

sábado, 19 de febrero de 2011

Pablo

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Nunca le voy a perdonar que tenga diez años menos que yo. Le puedo perdonar que escriba como escribe, que lea más que yo; que además de interesante sea guapo y que le brillen los ojos cuando sonríe. También que no nos hayamos encontrado después de cuatro o cinco años de relación cibernética. Pero nunca que tenga diez años menos que yo.

La mitad de lo que soy está hecha de palabras.

Algún cuento suyo me hizo llorar.

Verlo siempre me hace retroceder. Una década. Una década justa, la que le llevo. Recuerdo una charla sobre sexo, teórica; una sobre por qué no hablo de libros; una sobre si el amor... si el amor es... sobre qué es... y cómo...

La otra, de música y cine.

Le  conocí hablando de cine. Y por un blog. Para eso sirven estas cosas, a veces. Le gustan Calvin & Hobbes y sale de las pelis de Antonioni con la mirada limpia. Con la mirada despierta. También ama a Hopper. Como yo. Y lee en los trenes. Me imaginó tomando un té rojo y me preguntó por qué se escribe. Hay mil respuestas para eso. Porque somos unos inadaptados, cariño; para no volarnos la tapa de los sesos; para que el dolor no nos gane; porque nuestras vidas no nos bastan y porque queremos averiguar lo que sabemos.


Yo siempre perdía y no paraba de aprender.

Compartió conmigo su primer trabajo.



Un tiempo después me envió su primer libro.

Lo que mejor sé de Pablo es que me gusta. Y que es mucho más valiente que yo.

(¿Sabes? Una vez quedé con alguien porque me recordó a ti).

Querría una cámara para este tipo de cosas. Para pensamientos, dolores y escalofríos. Pero como no las hay, lo escribo y así se me olvida menos. La única cámara que tengo es una cámara de palabras, que sólo retrata recuerdos.

Te hubiera gustado Nueva York.

Las palabras en cursiva son suyas. Yo no escribo así.

jueves, 17 de febrero de 2011

El tiempo

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Si estuviera ahora mismo mi hermano disponible, hablaría con él sobre el tiempo. Sobre la mecánica clásica, la relativista, la filosofía del tiempo, eso que no existe y que se da la vuelta sobre sí mismo. Las primeras páginas de todas las historias, que luego...

Mi pasado es solo lo que yo recuerdo y lo demás no existe.

La memoria, que es lo mismo que el tiempo, a su modo, me ha hecho pensar en mí siempre con la misma edad que tengo en el presente, aunque recuerde hechos que ocurrieron hace diez años, durante los cuales, sin duda, estaba más delgada y vestía gafas. Me instalé en una vida que creo adolescente simplemente porque no me casé, ni tengo pareja (ni la he tenido nunca y a estas alturas no me veo acoplándome a alguien, cuando ni siquiera sé cómo afrontar con serenidad ciertas nuevas relaciones) y ni siquiera sé si eso detuvo el tiempo. Por mucho que yo viva pendiente de un reloj: a las ocho inglés, a las siete y media natación, a las cinco y cuarto correr, a las diez llego a casa y echo de menos hablar contigo.

Nunca sé qué pasará mañana, pero da lo mismo porque nunca ocurre nada. Las semanas siguen transcurriendo lentamente y los meses tan rápido que comienza a dar vértigo. Al final lo único que va a quedarse siempre es el miedo.

Pero del miedo y el tiempo, a la vez, nadie habla nunca.

El reloj es el del Parlamento de Ottawa. La foto es mía.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Mordor

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Sé qué es querer largarse de un lugar. Hay alguno que no volveré a pisar nunca. Quizá tú vuelvas. Quizá. Para hacerle fotos a los árboles. O no. De todos modos, se acabó. Se acabó el frío, se acabaron los kilómetros, se acabaron las tortitas y el queso y la carne y las renuncias y el resto de las cosas que no voy a escribir pero que tú conoces.

Mejor que yo.

Vamos a grabarlo. 16 de febrero de 2011. El día en el que cayó el Ejército de Mordor. Con todas las de la ley.

Adiós, Mordor, adiós. Y que le vayan dando.

(Amén).

La foto es de Luis Carlos González.

martes, 15 de febrero de 2011

Big Culo Day

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Primero fue Green Lantern. Luego Lobezno. El año pasado falté a la cita porque no encontré culos y no estaba de humor. Para este, un chico que vive en México se ha puesto a escanear sus cómics. Y una amiga (una de esas personas que te encuentras por la red un día y con la que acabas escribiéndote unos ocho o diez correos diarios) ha estado abriendo los ojos como platos ante las sodomizaciones anales con garras que se ha encontrado buscando "Wolverine" y "culo".


Hoy es el Big Culo Day. Y yo me encuentro transgresora.



A mí este tipo siempre me pareció un soseras, oye. Ni cuando se morreaba con Lilandra me lo creí nunca. Ni con Moira. Ni con nadie. Ya sé: un idealista. El padre perfecto (cariñoso, disciplinado, correcto, con ese punto de distancia). El hermano atormentado. La hiperresponsabilidad. La mente más poderosa del planeta. Pero asexual. En sosería, Cíclope y él están a la par. Sólo se diferencian en que a mí Scott Summers jamás me cayó bien. Y Charles sí.

Creo que ha sido la primera vez que me fijo en el culo de Xavier.

Es igual de soso que su dueño.

lunes, 14 de febrero de 2011

Chimamanda Adichie

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Se pueden poner subtítulos en español. Es un vídeo de una escritora nigeriana a la que yo no he leído. Se llama Chimamanda Adichie. De hecho, ni siquiera (salvo a Chinua Achebe y muy poco) he leído a los escritores africanos que cita. Pero yo también quise tomar cerveza de jengibre y el primer personaje prototipo que creé se llamaba Jack porque, como ella, comencé leyendo a ingleses y a americanos. Y tiendo, como todos, a estereotipar.

La cuestión del poder no es solo una cuestión literaria. Convertimos a un pueblo en una sola cosa, en una única cosa una y otra vez. Es imposible hablar sobre esto, dice, sin hablar del poder. El poder de contar la historia de otro y de hacer que esa historia sea la definitiva. La única posible.

Eso es lo que hace mi profesión.

También lo que ha hecho la literatura. No: no la literatura, perdón. El mercado. Es distinto, hay matices. Ni siquiera hace falta que lo explique. Recuerdo las palabras de Erero, durante un café: "La democracia es un invento de Occidente. Si occidente dice que Camerún es una democracia, Camerún es una democracia". El neocolonialismo, la penetración cultural, la subordinación.

Pero contar una sola historia también tiene que ver con lo que somos. Con las etiquetas y los espejos y las imágenes. Con lo que elegimos decir de nosotros mismos. Con lo que los demás quieren saber o te permiten narrar. Con lo que construyen, en sí, de lo que eres.

Rezo para no ser injusta, para saber abarcar todas las aristas y para que me guíe el amor que digo sentir, para saber callar y saber decir y saber sanar.

Aunque no tenga ni la más remota idea de cómo hacerlo y esté muerta de miedo.

domingo, 13 de febrero de 2011

Carlota

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Hoy ha nacido la hija de un hombre al que siempre me va a gustar abrazar. Le gustará Rossini, quizá, como a su hermana mayor. Y aprenderá de mapas y de historia. 

La foto es mía.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Esta historia

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Aprendí a escribir mucho antes de haber aprendido a hablar. Esto no es cierto del todo, por supuesto, pero sigue siendo real, porque a mí hablar no se me da bien. Hablo mucho, pero nunca digo nada. Porque me ponen nerviosa ciertas miradas, aunque sepa que no me van a juzgar; porque generalmente no pido ayuda ni llamo a nadie a la desesperada; porque soy muy lenta para recuperarme y porque las pequeñas zozobras diarias o las heriditas que se ponen a sangrar de vez en cuando no merecen mención alguna.

Este espacio cumplió cinco años hace poco. Me lo pidió Sonia, porque en aquellos tiempos Lisboa era una duda y estábamos muy lejos y hacía meses que no nos veíamos ni hablábamos. Ella fue la excusa. Porque a mí, que me leyeran, siempre me dio mucha vergüenza. Los que me conocen lo saben: por eso no suelen preguntar sobre el blog ni sobre lo que en él se narra. Porque saben que puedo despacharme en dos minutos, por más definitorio que parezca un mensaje.

La imagen es una viñeta de Mauro Entrialgo de hace varios años. Entrialgo (que también tiene un blog) es otro de esos tipos a los que me gustaría entrevistar pero no entrevisto porque me da vergüenza -me da más vergüenza entrevistar a gente a la que sigo, no sé por qué-. Durante mucho tiempo, yo fui de las primeras. Luego, más, de las segundas. Hay blogs que echo mucho de menos (como el de Sorrow). Este ha tenido sus épocas y releyendo muchas de sus entradas, ya no me reconozco. La persona de hoy no es la de hace tres años, o la de hace cuatro, sino otra bien distinta, aunque siga siendo primaria y poco femenina y torpe e insegura o directamente estúpida. Pero lo fue. No he usado esto para trabajar, aunque haya hablado del trabajo. Y tampoco para contar lo que hago o lo que dejo de hacer: ni siquiera cuando mi nombre apareció en la portada de dos libros. Que es algo que me puso muy contenta, pero que no publiqué. Por pudor. Como siempre.

Lo he utilizado, al fin, para que los que están lejos (que han sido todos y que son la mayoría porque la mayoría de mis amigos están lejos) supieran cómo estaba por dentro. Alguno llegó que se hizo una imagen errónea y se creyó que yo era un personaje (pero no ha vuelto a aparecer, menos mal: los trolls se hacen muy cansinos). Otros llegaron y se quedaron. Otros (los más) leen y luego, en cuanto algo les chirría, mandan un correo por si hacen falta. Así actúa siempre una mujer sabia a la que le debo un mensaje de reconocimiento y amor y muchas de las ideas que me bullen en la cabeza (y que siempre va a hacer falta, sí). Y luego está quien no lo lee casi nunca porque no le hace falta leerlo.

Pero, sobre todo, lo he usado para curarme. Otros se lo hacen con una charla y una botella de vino, echando un polvo desesperado y triste o conduciendo hasta agotarse. Yo necesito escribirlo primero. Yo he necesitado escribirlo siempre. Escribir siempre estos dolores de andar por casa. Los otros, los que te rompen de verdad, tampoco los cuento porque me cansé de oírme y porque suelen destrozar todos los espejos.

Hablo de mí porque no sé hablar de otra cosa: no tengo opinión sobre casi nada (siempre pensaré que me faltan conocimientos, cualquiera que sea el terreno del que se hable), los blogs teóricos -sobre cine, sobre literatura, sobre física, sobre historia- acaban aburriéndome -son un a ver quién la tiene más larga- y, al fin, esto surgió por lo que es. En los foros lo enlazo durante un tiempo prudencial porque tengo esta manera de escribir categórica y contundente y suele haber bronca con los amantes del tenemos que respetar todas las opiniones -jamás he pensado que todas las opiniones sean respetables. Es más, pienso que algunas ni siquiera deberían decirse públicamente-. Y porque surgió para eso. Para que una amiga que estaba lejos supiera cómo estaba yo.

Lo que ocurre es que cada vez me resulta más complicado seguir.

viernes, 4 de febrero de 2011

Gervasio Sánchez

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Hoy he leído a alguien diciéndome las cosas que yo ya sé y alguna que no conocía. Ya lo sé, aunque intente no hacerlo. Ya sé qué parte del mundo cuento y con qué palabras y qué ven los que me escuchan. Yo ya lo sé. No soy consciente a diario, desde luego, porque eso me impediría trabajar. Y quizá me impediría trabajar en cualquier cosa.

Sigo pensando que es necesario, de todos modos. Y que hace falta cierta formación personal y cierto compromiso político para ejercer. A pesar, ya lo he dicho, de que muchos no tengamos ni futuro, ni alegría, ni energía, ni esperanza.

He estado leyendo a Gerva, hablando del dolor, y de la profesión y al final he acabado limpiándome las lágrimas un buen rato. He estado hablando con una amiga sobre las jornadas de 16 horas y las cuerdas flojas y los dos trabajos y los muchos veranos sin vacaciones y todo lo demás. No me veo haciendo otra cosa. No la veo haciendo otra cosa. Ni siquiera sé si sabríamos. Ni creo que pudiéramos aprender.

Y, mientras tanto, leo a Gerva, hablando de la crisis de identidad del periodismo, de los grupos de comunicación que abrazaron el poder (y lo que no se dice y el miedo, el miedo, el miedo), de que alguien ofreció 40 euros por un reportaje de texto y fotos sobre la guerrilla de Birmania y de las armas españolas y de las denuncias que no valen para nada y el periodismo de trinchera de la sección de local. Y de la dignidad, de todos modos: de los que murieron por no matar o de los que se enfrentaron. Reivindicando la calle en los momentos más oscuros y pasivos.

Diariamente, me construyo una parcelita bien cuidada, llena de grandes nombres (gente que cuestionó) y a veces descanso, porque me creo a salvo. Y porque yo, haciendo lo que hago, soy muy feliz. Una vez cada dos meses, me acuerdo de Alicia. La cuestión es saber quién manda. Rueda de prensa a rueda de prensa da igual quién mande porque, jugando, se nos olvidó cómo repartir las cartas. De pronto llegan Gerva, o Ignacio Ramonet, o alguien de los de ATTAC, o Ramón Chao o Pascual Serrano y te lo recuerda. Te recuerda lo que ocurre, por qué ocurre y a quién estás sirviendo.

Y de repente, nos doy mucha pena.

La imagen es de Gervasio Sánchez. De su último proyecto, Desaparecidos.

lunes, 24 de enero de 2011

Si mis fotos hablaran

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Ni sé el tiempo que hace que hablamos, este chico y yo. Un par de años, puede. O más. Asistí, en la distancia, a un embarazo azaroso, a un parto que nos tuvo en vilo (cable va, cable viene: parece que fue hace siglos), a algún cambio de trabajo y varias dudas.

En los foros, la gente me llama la atención por las cosas más peregrinas. En su caso, por un avatar que muestra a Jack Nicholson en El resplandor. Y, como siempre, por la manera de escribir. El qué y, sobre todo, el cómo. Porque este hombre es brillante.

Y acaba de inaugurar blog.

Imagen de Jordi Carranza. Por supuesto.

jueves, 20 de enero de 2011

La propia sombra

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Antes de que David muriera, yo tenía su dirección y su teléfono y fui a Madrid muchas veces desde que nos conocimos. Nunca le avisé y no nos vimos nunca.

A estas alturas, ni siquiera sé si a él le pasó lo mismo.

También supe dónde trabajaba Neno, que sigue siendo una influencia poderosa, porque lo que me dio se quedó dentro de mí y porque jamás he querido a nadie como le he querido a él (más que a él, sí: como a él, no). Me alojé una semana al lado de su trabajo: jamás fui a buscarle.

No pido lo que no sé si me van a dar. No lo pido nunca, no en este terreno.

Tragamuvis, que estaba profundamente enamorado de Yolanda, me tiró los trastos durante años.

Porque el juego forma parte de la vida.

La penúltima vez que me ocurrió, fue divertido porque era de noche y él estaba a mi lado y pude contárselo. La que después iba a ser su pareja nos había sorprendido hablando y, en un aparte, me dijo algo así como que a un hombre no se le podían contar ciertas cosas.

Me reí mucho.

El miedo es libre, pensé. Pero yo he llegado antes. Y voy a saber más. Iba a saber más, después. Como el nombre de las 17 tías con las que se ha acostado mientras estaba contigo. Eso, a ti, no te lo va a contar nunca.

Ni vas a enterarte.

A veces no llegas antes.

A veces uno juega. Uno comienza a jugar: ¿por qué?

Porque el juego forma parte de la vida.

Y resulta que sí, que sí se enteran. Y que hay ciertas palabras que dan miedo. Porque hay quien construye así sus relaciones: acotando.

El amor es esa cosa extraña que te hace pensar, y creer, que una persona es mejor que todas las demás. Y que no necesitas al resto.

Porque ella te basta.

Al cabo de los años, quizá descubres que ella te basta porque no tienes a nadie más.

No hay amigos ni aficiones. Caminas a su lado como una sombra y ella creyó que tú eras su sombra y tú lo creíste también.

Porque una mujer pensó que su pareja era su sombra, le prohibió hablar conmigo. Leyó mis correos (en los que hablábamos de una pasión de él que ella ha cercenado), me escribió para enviarme un mensaje insultante y asistió a todas mis intervenciones en un foro. Yo nunca le dije cuál era mi nick.

Tampoco es un secreto.

No sé si me siento desnuda o prostituida.

He acabado agradeciendo en lo más profundo que la persona que más sabe de mí de ese foro y con la que más me escribo sea una mujer.

Claro que si su novio ve que la llamo "cariño" lo mismo se mosquea.

No sé de quién es la imagen.

martes, 18 de enero de 2011

Joan Margarit

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El lector es el músico que toca la partitura. Con todo lo que él es. Con sus deseos, con sus ilusiones, sus frustraciones, su orgullo, sus sueños o su veneno.

Yo empecé a tocarle hace mucho. No leo libros enteros de poesía, aunque haya libros de poesía que me he leído enteros muchas veces, y hay matices. No recuerdo cuándo fue y no me importa, porque tampoco recuerdo quién me trajo a Auden. Margarit, como otros antes, sin conocerme, me contó una vida que es la mía y le habló a alguien que yo fui, a la corriente subterránea que me habita y que no controlo salvo cuando leo algún verso y sé que sí, que soy exactamente eso. Que otros me ayudan a explicarme. A que sea más fácil vivir conmigo. A mantener la esperanza de que existe alguna clase de piedad.

En alguna parte.

Tantas ciudades a las que debimos haber ido.


Es de ciudades cultas nuestro sueño
con música y cafés hospitalarios,

la majestad de un puerto y estaciones
de hierro y de cristal con los trenes bruñidos por la noche

y por la lluvia, por la misma lluvia
que nos arrulla en un pequeño hotel

o desde las ventanas de un museo.
Hay lugares tranquilos al amparo

de grandes árboles, gente educada,
callada, bien vestida, librerías 
donde los ojos vagan mientras cae la tarde.


Tantas ciudades a las cuales debimos haber ido, amada mía.
La luna sale tras aquellos puentes de hierro de los años

en los que fue cambiando nuestra ley.
Desde entonces el tiempo es una lluvia

que nos inunda como a los tejados.
Pero en la luz del patio están los templos

de mármol blanco y travertino de oro.
Y por las calles de pequeños pueblos

encontramos estucos color tierra,
fastuosos, esgrafiados por el viento.

La casa del balcón posee aún
luz de conversaciones y refugio,

y cuando de los dos quede uno solo,
tendrá por compañía los recuerdos,

la hiedra y el ciprés hasta encontrarnos
en las ciudades de este sueño.


Joan Margarit


La foto es mía.

jueves, 13 de enero de 2011

Baila

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Hay un cierto tipo de intimidad que solo se consigue dentro de los exiguos márgenes de una cama. En realidad el lugar no importa, aunque deberíamos alzarle un monumento a los hostales. Importan el ritmo y la piel, el descubrimiento del mapa que trazan los poros del otro; dejar de mirar a los ojos para empezar a mirar un ombligo; besar el corazón, que se te metan dentro. Parar de pensar. O no. O seguir pensando, verbalizar en silencio lo que piensas, o lo que sientes: la humedad que te baja, la que sale de él; los dedos en las cuerdas; la justa eternidad en que los labios se acercan pero ni se han rozado todavía, las reacciones del cuerpo que crece y se estira y las adivinanzas y comenzar a temblar y los caminos del sartorio y del deltoides.

Y las palabras que se dicen dentro de una cama cuyo tono no podrás repetir con nadie más. Aunque las digas. Porque al final él te estará escribiendo y dibujará parte de lo que tú eres. Y habrá dolor, pero no importará y entrará dentro de ti para que descubras que eres tú la que está entrando y te turbarán las preguntas y todo habrá acabado para comenzar de nuevo porque a veces todo el mundo está dentro de los exiguos márgenes de una cama y fuera de una piel y otra piel no existe nada más.

Baila, niña. Baila mucho. Baila todo lo que puedas.

Este mensaje está dedicado. Y ella lo sabe.

Imagen de Matthew Dolls.

jueves, 6 de enero de 2011

Nigger

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Fue mi autorregalo en Nueva York. Un facsímil de 1994 de la edición de Las Aventuras de Huckleberry Finn ilustradas por Thomas Hart Benton.

De Twain he escuchado de todo. Lo último, que era racista.

Supongo que porque usaba la palabra "nigger".

Hay quien se dedica a opinar de libros sin saber leer o sin haberlos leído, porque Huck va, precisamente, de la amistad entre un niño y un negro, que además es esclavo. Y de la libertad. La libertad que representa Huck y la que quiere para Jim.

En uno de los libros de Tom Sawyer, que es un cabronazo magnífico, inteligente y tierno, Huck se va de casa de la viuda, a la calle, a jurar y cagarse en la puta madre que la parió. Porque las palabras sirven para esas cosas, Tom, y si a mí me quitan las palabras y la posibilidad...

Eso dice. Es un parlamento magnífico de un parrafito.

A mí con Twain me pasa como con Stevenson y con Dickens: que, de repente, en un párrafo, me dan un puñetazo en el cráneo de una manera brutal.

Huck lo hizo, hablando de las palabras que no le podían quitar. De por qué la viuda no le podía prohibir hablar mal.

Y ahora llega un gilipollas que se la coge con papel de fumar y sustituye la palabra nigger por la palabra esclavo.

Para no herir susceptibilidades.

Y a mí me produce estupor que alguien intente enmendarle el estilo a Twain, para empezar, y para seguir me produce auténtico pánico.

Y una sensación de indefensión absoluta.

Huck debe de estar cabreadísimo.

La imagen es una de las ilustraciones de Thomas Hart Benton, que aparece en su página web.