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martes, 11 de septiembre de 2007

El final de dos meses

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Hoy he vuelto a pasear por la Alcazaba. Cuando me fui, todavía estaban las banderolas del Festival de Teatro Clásico y la ciudad me ha parecido desnuda. En estos meses, ha habido un reencuentro, alguna bronca y muchas palabras. Aquí un reportaje, allí una crónica, un cierre, una entrevista. Algunas buenas charlas cuando se pulsa el botón de Stop, que me llevo yo y nadie más, muchas miradas, el descubrimiento de la danza como conciencia de un cuerpo que se niega, El Novio de la Muerte, muchas comilonas, alguna obra infumable de la que no he querido hablar aquí (pero sí en comentarios de otro blog) y gente que entra y sale de tu vida sin tiempo para más y que son atrayentes por el humor, la claridad, la inteligencia. Ahora echaré de menos ver a un tipo que va a ser padre y que imita a Cesc Gelabert y el movimiento abstracto; las sonrisas de los niños cuando se les cuentan mitos; poner verde a ciertas divas sin más oficio ni beneficio que ser tuertas en un país de ciegos; acostarme a las cuatro de la mañana; preguntarle a Tiresias su opinión y confesar que no quiero volver a ver una obra de teatro en, al menos, dos meses. Lo que sí quiero son los encuentros rápidos, las risas, probarle los micros a Luismi, sentir un cosquilleo en el estómago por el estreno de una obra, los descubrimientos, sentirme chiquita. Y el vino.
¿Nos vemos el año que viene?

Imagen de Capitán Patata.

viernes, 17 de agosto de 2007

De fuera y de dentro

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La primera vez que lo vi fue en Melilla. Fue en plena moción de censura a Mustafa Aberchan, agosto, sin noticias, y allí se plantaron todos: El País, El Mundo, TVE y Tele 5 con Jon Sistiaga a la cabeza (que iba a las ruedas de prensa y se espatarraba en el sillón, con los brazos detrás del cuello y el bolígrafo en la boca). Allí los periodistas locales, que sabíamos exactamente de qué iba la cosa, veíamos el informativo de La Primera y leíamos ciertas crónicas y pensábamos: "En qué lugar habrá estado éste, que yo eso no lo vi". Por no hablar de manipulación pura y dura porque habían llegado ayer y no se enteraban de la misa la media, pero no se relacionaban con los periodistas locales. Ya saben: unos de Madrid al cielo. Otros de provincia. Sin firma, sin criterio, sin profesionalidad. Los de provincias, digo. Para los de Madrid, digo.

A mí las catetadas me hacen gracia o me abochornan a partes iguales. Pero algunas me frustran y me cabrean. Como esa manía de tratar mejor a los de fuera que a los de dentro, cuando los de dentro informan de hasta tu último suspiro tres o cuatro veces al día y los de fuera de dos o tres cosillas, dos días después, cuando no hacen un copia-pega tan tranquilamente o manipulan la información porque así se vende más y aquí hay que vender y polemizar a toda costa, porque la polémica es muy chuli y crea debate y da mucho dinerito y tralalá. Pero los de dentro estamos acostumbrados. A pasar los últimos, a ser los últimos. Por muy bien que lo hagas. Por mucho que trabajes quince horas diarias. Por mucho que venga tu hermano de Pontevedra, cuando hace meses que no le ves, pero sólo puedas estar con él una tarde porque tienes que trabajar otras quince horas para hacer un bonito reportaje, una bonita entrevista, da igual a qué hora, a las seis y media de la tarde recién levantada de la siesta, porque te has acostado a las cuatro o las cinco de la mañana; a las dos cuando corres peligro de no llegar a tiempo a un programa que presentas en directo media hora más tarde porque estás en el quinto coño o a las ocho cuando lo que te apetece es quedar con alguien y tener vida más allá del trabajo. Que no la tienes.

Pues nada: que ayer Julio Bocca se transformó en los Fraggles. Porque resulta que estoy operada de la vista, porque resulta que veo halos, porque resulta que la iluminación del escenario es intimista como supongo que la historia se merece, porque resulta que allí salían bolitas brillantes (los que iban de blanco: he visto las fotos hoy en la prensa y uno de los personajes principales, el tercero en discordia de la obra, iba de gris y me he dado cuenta hoy de que el muchacho baila: como iba de gris, se me mimetizó con el escenario y no le vi) dando brincos y más brincos y yo creía distinguir a los bailarines de las bailarinas porque algunos de ellos iban con mallas y ellas con falda.

Y resulta que la organización estaba avisada. Es más, estaba avisada de que yo estaba dispuesta, dispuestísima, a pagar mis 226 euros de abono de orchestra para el Teatro y la Alcazaba. Pero no, si vas a trabajar como vas a pagar casi 50.000 pesetas. Pues las hubiera pagado, carajo. Porque resulta que ayer estaba encima del escenario uno de los mejores bailarines vivos del mundo. Resulta que hoy tengo que ir a otro puto estreno para acostarme otra vez a las cuatro y media de la mañana escribiendo otra puta crónica. Y resulta que mañana es el último día que baila Julio Bocca, pero tengo entradas desde hace semanas. Pero, como en orchestra no había para los nueve que somos, también estamos arriba. Total, como decía una amiga: "Si tú el día del estreno lo vas a ver bien, porque lo intuyas el sábado tampoco pasa ná".

Pues sí, sí que pasa, porque no le vi. No vi absolutamente nada.

Porque tengo la desgracia de ser extremeña.

miércoles, 15 de agosto de 2007

Julio Bocca. Adiós, hermano cruel. Lástima que sea una puta.

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Y hablo de una obra antes de que se presente, porque Bocca es uno de los mejores bailarines del mundo, y porque le he hecho recordar alguna iniciativa para que la gente del interior, del interior de Argentina, pueda amar la danza y pueda acceder al teatro... Y porque ha recordado me ha sonreído y porque tengo ganas de ver Adiós, Hermano Cruel, que se basa en un drama de John Ford, Lástima que sea una puta, y porque después he hablado con Cecilia Figaredo, Lucía, su pareja, la hermana de la que se enamora Marco y me ha encantado esa mujer que habla de la danza como si fuera su mejor amante.

Un hermano que no ve a su hermana desde hace diez años y que se enamora locamente de ella y la deja embarazada, pero ella ha de casarse con un amigo de la infancia...

¿No os recuerda a alguien?


Fotos: Gaby Herbstein.

viernes, 10 de agosto de 2007

Después

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Acabo de venir del teatro.

Tengo a Roberto Quintana metido en la cabeza.





Imagen: Ricardo Lexent.

miércoles, 1 de agosto de 2007

Los Persas. Réquiem por un soldado.

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Pude haber ido a la lectura del texto, pero no se me da bien interrumpir el trabajo de otros, y me dio vergüenza. Me dio vergüenza porque la mayoría de las veces tu profesión se antepone a la persona que eres, a tu nombre y apellidos, y cómo vas a convencer a quien no te conoce de que no vas a utilizar nada, de que estás allí porque has hecho una entrevista que se ha transformado en una conversación de hora y media y te han invitado a quedarte donde pocos más se quedan. Así que dije que no, muchas gracias, pero yo me voy, y sé que cualquiera hubiera ido. Cualquiera menos yo.

Hoy la he visto por tercera vez, regalo de Sonia, en segunda fila, al lado de Darío, Roberto Quintana, descalzo, la botella de coñac, dos vasos de plástico, la cara desencajada, el horror y la búsqueda. Hoy he escuchado el sonido de la arena entre los dedos de Jerjes, Natalia Dicenta, sus jadeos, la voz ronca, los vómitos de asco y miedo. He recogido una fotografía de un soldado, alístate, y una carta, el caballo del palo de bastos, que ha lanzado quién sabe si Robert Duvall o Rafa Castejón.

Hay veces en que uno se implica con un trabajo más de lo normal. Y con Los Persas ha sido así desde marzo. Desde el 14 de marzo, rueda de prensa de 40 minutos y un tipo imaginativo que sabía que no quería situarla en Salamina, pero que, hostias, no lo tenía tan claro.

Después ya sí. La última vez que le entrevisté, me dijo que no sabía por qué se había metido en este berenjenal en el tiempo justo de sus vacaciones y pensé: para que yo pueda verla. Has hecho esta obra para que yo pueda verla. Porque la infancia es un país extranjero, las guerras se hacen contra los niños y una obra de teatro no va a cambiar nada, pero yo, ya, repito diálogos de memoria.

Repito diálogos de memoria y tengo grabados en la retina los ojos empañados y la pesadilla de Roberto Quintana, el temblor de los labios de Natalia Dicenta, la expresión de pasmo de Chus Herrera, lo bien que se lo pasa Javier Gamazo encima del escenario, lo que disfruta y chulea y se ríe y chasquea la boca David Fernández, la cara inocente de Ignacio Ysasi. Me martillea en los oídos la dicción perfecta de Rafa Castejón, la voz de Rafa Castejón, los graves de la voz de Rafa Castejón, y su manera de tocar la sonaja: a ese hombre le sale la testosterona por los poros, hacía tiempo que no tenía tanta conciencia de lo macho que puede ser un tío, de la atracción que un macho puede ejercer sobre la hembra, sobre una hembra consciente del poder que el macho detenta. Y es brutal. Eso es lo atávico: más que la belleza de la destrucción, más que el hecho de que la guerra sea eterna y nunca acabe.

Y sí. Quizá no sea tan buena, quizá tenga tres finales distintos, quizá no se sustente sin las canciones (claro: ni sin la música, ni sin el trabajo de los actores, ni sin la dirección), quizá peque de obvia o quizá sólo sea un compendio de lo que hemos visto mil veces, desde Paths of Glory hasta The Thin Red Line, que todas esas opiniones he oído. Y también he visto a gente levantarse de la silla y abandonar el teatro y he aguantado a una histérica reivindicando a Esquilo. Y, seguramente, y esto es una afirmación rotunda, yo no sea objetiva.

No lo he sido nunca. Es más: ni siquiera soy imparcial. Porque resulta que me enamoré de Calixto Bieito... aunque también me enamoré de Alicia Hermida y Fedra no me rozó. Y resulta que me impliqué con Los Persas antes de verla y resulta que me dio una patada en el estómago y resulta que me di cuenta de que ese tipo que, hostias, no lo tenía tan claro, ha hecho lo que le ha dado la real gana. Y a mí eso me gusta, qué quieren.

La he visto tres veces. Un par de pasadas al texto y podría sustituir a cualquiera de los actores (pero no sé tocar la batería, ni la guitarra, ni el bajo, ni la armónica, ni los teclados ni el violoncello). La he visto tres veces y ni siquiera soy capaz de decir por qué me gusta, por qué me emociona, por qué canto El Novio de la Muerte, War, Goodbye Cruel World, Cry Baby; por qué veo a los Thunder Jets lanzando bombas de racimo y a los perros buscando carne humana y por qué disfruto tanto cuando noto lo bien que se lo pasan los demás encima de un escenario lleno de arena y ceniza.

No podría decirlo y ni siquiera hablo del mensaje, que me da exactamente igual porque de finales felices yo también me creo lo justo. Es sólo que la obra me lanzó una frase. Una de esas frases que se pueden usar para un texto y que al final nunca utilizarás, porque la frase es todo el texto mismo y porque la dice una tía que recibe a un novio que regresa de Afganistán.

A veces creo que estoy follando con un muerto.

Las imágenes son del Festival de Teatro Clásico de Mérida.

domingo, 29 de julio de 2007

Bieito

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La primera vez que le vi, pasamos la rueda de prensa mirándonos: yo asintiendo, chasqueando la lengua, divirtiéndome terriblemente con esa manera suya inconexa de articular las frases, de la que al final descubres que no es sino afán por encontrar la palabra precisa.

-Tu cara me suena... ¿Has estado en Almagro?
-No. No nos hemos visto nunca -"pero no me hubiera importado".

Le grabé seis minutos y me quedé sin nada que decir. Salvo cuando llegué a la radio, en directo y en castúo:

-M'enamorao.
Algún mes que otro después, me he vuelto a enamorar, me he vuelto a quedar sin palabras durante una entrevista, me he divertido terriblemente con esa manera suya inconexa de articular las frases que no es sino afán por encontrar la palabra precisa, me han vuelto a nombrar la energía de las piedras del teatro romano de Mérida y a Howard Zinn y me acuerdo de una mirada honda de la que no recuerdo el color de los ojos. De la voz cálida, la cercanía, la manera de responder, la dulzura, la inteligencia, la humildad, la forma serena de contar las cosas, de fruncir el ceño y de explicarse...
No me gusta hacer preguntas. Es más: me parece absurdo preguntarle a alguien sobre una obra que vas a poder ver. ¿Qué van a decir? Qué banalidad, qué tremendo darle a quienes te leen, o a quienes te escuchan, la perfecta forma de interpretar lo que otro hace. El juego es ése: se someten a eso, una entrevista tras otra; nos sometemos a eso, a preparar preguntas que no quieres hacer y a tener diez minutos o menos, a que alguien de prensa te haga la señal de que vayas acabando... Los mismos ritos, una respuesta tras otra, una pregunta tras otra, lo menos parecido a una conversación, una y otra vez.
Al final he acabado pensando en que debería haber sido honesta. Y haberle dicho que solicité la entrevista para oírle hablar, porque resulta que me gusta oírle hablar, que crezco oyéndole hablar, y que por eso me quedo sin palabras, porque a qué carajo tengo yo que oírme la voz cuando no quiero preguntar nada porque a mí lo que me apetece es un cigarro y un café y que hable, que yo escucho, que me encanta escucharle. Y que por eso me quedo sin palabras en medio de las entrevistas y por eso me siento estúpida, o lo parezco. Por eso y porque Bieito está ahí ahí, en lucha con Elias Koteas... a punto de ganarle el segundo puesto, señores, a punto y cada vez más cerca...
El primero no, perdonen. No se puede tener todo.

sábado, 28 de julio de 2007

O Chapitô

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O Chapitô. Tienen un bar en Lisboa, con vistas al Tajo, propicio para las conversaciones calmadas. Se basan en la economía social, trabajan con niños en los barrios e interpretaron ayer O Grande Criador. Y fue maravillosa. Su recreación de la creación, del diluvio de Noé, de la visita del arcángel Gabriel a María, de la última cena y de la crucifixión fue pura comedia. Humor fino, irónico, preciso, tierno, inesperado. Salimos sin palabras, muertos de risa, de admiración y de respeto.
Qué de problemas tiene Dios...

Fotografía de Efe.

jueves, 26 de julio de 2007

Pau Miró

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Al final harás lo que sabes hacer y escribirás lo que te pida el cuerpo, porque no podrás ser de otra manera. ¿Cómo se disocia? ¿Es el propio gusto garantía de bondad? ¿Qué es lo que logra que un diálogo, la construcción de unos personajes, lo que se quiere decir y la forma en que se dice te peguen un puñetazo en el cráneo, una patada en el estómago, te revuelvan el resto de las vísceras? ¿Cómo se pierde el miedo a que lo que eres, o la honestidad de tu trabajo, o la pasión que te suscitan las palabras, pueda someterse al juicio de una masa informe en la que la individualidad se ha diluido? ¿De qué forma se deshace el nudo de la primera vez?


Hay una necesidad en todo esto. Una necesidad estética, una necesidad de comunicación, una de reconocimiento, una de llegar a creérselo de veras. A creerse que tienes algo que decir y a saber la mejor manera de decirlo. Con lo que queda por leer, lo que resta por vivir, las limitaciones externas o la incertidumbre que provoca no saber para quién escribes.

¿Tú has llegado a eso?, me preguntaste. Sí, claro. Porque yo no podría dejar de hacerlo. Porque no he podido en los tiempos en que nadie me leía. Porque nunca he pretendido que nadie me leyera. Porque cuando comenzó a ocurrir, y me paraban por la calle para decirme que era un honor leerme, yo tenía 24 años y seguía dándome la misma vergüenza que ahora que me vieran desnuda. Porque me fui a una ciudad extraña en la que un hombre que me doblaba la edad y me besaba en la boca, me vaticinó que de mí se iba a hablar siempre y que siempre habría de darme igual. Por todo eso lo conseguí, o nació conmigo...

Pero tú actúas, y diriges, y escribes teatro, y publicas, y al final te sientas en el banquillo, delante de todos. También delante de los que escriben desde la barrera sin conocer el oficio, sin vocación, y sin haber abierto un libro en su puta vida. Qué más da, entonces. Si al final, al final de todo, aunque llegaras a dedicarte a otra cosa, seguirías haciendo lo único que sabes hacer.

La imagen es de Brígido, salió publicada en el diario HOY, y Pau Miró es el primero por la izquierda.

domingo, 22 de julio de 2007

Gerardo

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Le lleva el órgano a los integrantes de la Capilla Real de Madrid y se quedó en la mesa más lejana, donde yo estaba sola, para mantener una conversación conmigo, porque me observó hablar con otros dos y pensó: "vaya: ¿y esta tía?". Es de San Sebastián, querría cultivar cerezos del Jerte pero allí arriba no existen la tierra ni el clima.
Ese día hacía mucho frío. El verano se volvió loco, pero cantaron, y tocaron, maravillosamente. Aunque tuvieran que reafinar los instrumentos una y otra vez ("que son viejitos"). Pero lo mejor fue el encuentro fugaz, porque hacía mucho que no hablaba tanto tiempo con un desconocido sin sentirme incómoda y sin quedarme sin palabras y sin pensarme extraña o tímida.
Luego me contó que se había quedado por eso. Porque me oyó hablar. Y, cuando se despidió me dijo: "eres muy amena y muy divertida".
Qué bien sienta creerse ciertas cosas...

Fotografía: Jorge Armestar.

miércoles, 18 de julio de 2007

Alicia Hermida

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Le brillan los ojos cuando habla de teatro; se le anegan y se le rompen cuando habla de la Biblioteca de Bagdad, de la destrucción de la Biblioteca de Bagdad y sonríe todo el rato, se apasiona, enlaza (como yo) un tema tras otro: política, teatro isabelino, Irak, Nicaragua, Tokyo, Babilonia... Me recuerda a Ernesto Cardenal, me recomienda a Howard Zinn (y lo apunto para que no se me olvide) y volamos...

No me gustan las entrevistas. No me gusta hacer entrevistas. Empalmo un cigarro tras otro antes, porque queda mal fumar durante, me pueden los nervios y siempre tengo la impresión de que a ellos les apetece tanto como a mí.

Pero, a veces, lo mejor viene después. Cuando se para la grabadora. Cuando la persona a la que entrevistas te mira, te reconoce y os ponéis a hablar. De política, de teatro isabelino, de Irak, de Nicaragua, de Tokyo, de Babilonia... De Ernesto Cardenal, Rilke, John Ford, Dreyer, Bergman, Tennyson, Ibsen, Shakespeare, Chéjov, Petras, Chomsky, Sontag, Lope de Vega... Cuando Jaime Losada, que es su compañero (con quien comparte el pan) saca un tebeo de Julio Cortázar, al final de la charla, y me lo enseña y yo lo cojo con los ojos brillantes, como quien toca un incunable y seguimos hablando de poesía, de literatura, de clásicos, de anécdotas, de la Universidad, de lo impresentables que son algunos que ocupan según qué cargos, de pasiones, de que el teatro dice, de que ciertos textos te cambian la vida, de las vocaciones, la provocación, lo importante que es encontrar un modo de comunicarte... Cuando apoyo la barbilla en la mano, que es la mejor manera de decir que me estoy enamorando de esa mujer... Cuando nos miramos a los ojos, y nos interrumpimos, y nos quitamos la palabra de la boca y ella mira al chico de prensa y le pregunta: "¿Nos tenemos que ir?" y él niega y ella, y su compañero, siguen hablando conmigo en el mismo punto donde lo habían dejado antes y al final, cuando sí se tienen que ir, le digo que ha sido un placer y me mira: "No, no: el placer ha sido mío. Y ni siquiera te he invitado a un café...".

Y entonces recuerdo: la excusa para esta charla ha sido una entrevista.

(La imagen es de El País)

domingo, 15 de julio de 2007

Conciencia del cuerpo

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Hubo tierra, mar y fuego. El aire eran ellos, que también fueron instrumento, porque nos demostraron que el cuerpo puede transformarse en un laúd o una guitarra. Tony Fabre, el director artístico de la Compañía Nacional de Danza 2, me decía hace poco que no hay que entender de danza para sentirla. Que ocurría lo mismo con un cuadro. Ellos tienen entre 18 y 22 años y saben pintar. Pintan trabajos en el campo y en las aguas, con azul, morado y lila; pintan rapidez y fuerza negra; pintan sensualidad: una sensualidad inocente, inconsciente, ingenua. Tienen entre 18 y 22 años y ponen en escena tres piezas. Jardí Tancat, de María del Mar Bonet, Coming Together, de Frederic Rzewski y Gnawa, de Hassan Hakmoun, Adam Rudolph, Juan Alberto Arreche, Javier Paxarino, Rabih Abou-Khalil, Velez, Kusur y Sarkissian. A ella pertenece esta imagen.

La voluptuosidad de la comunión con la naturaleza; la turbulencia de la repetición de la música; y el misticismo y la comunión del cuerpo y de los músculos. Era la primera vez que veía un espectáculo de danza completo y fue maravilloso.

La fotografía creo que es de Pedro Arnay, que es el fotógrafo oficial del espectáculo Gnawa en la Compañía Nacional de Danza 2.

viernes, 13 de julio de 2007

Desactualizado por teatro.

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Se ha subido el telón hasta el 26 de agosto. Aquí el telón no se sube, pero a quién le hace falta un telón teniendo piedras. Lo pedí entero. Así que, hasta el 26 de agosto, voy a estar viendo obras de teatro y acostándome a las tres o las cuatro de la mañana (y levantándome a las ocho). Sábados y domingos incluidos.

Necesito escribirlo todo, pero en estos momentos prima el sueño sobre la palabra.

Miento: el sueño ha acabado con la palabra.