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Los viajes que no hice
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7/28/2010 04:37:00 p. m.



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7/26/2010 09:00:00 a. m.

Una de las noches que estuvimos en Quebec vimos al Cirque du Soleil. Hacían un espectáculo callejero, gratuito, durante los meses de verano: partían tres tribus desde tres partes distintas de la ciudad y confluían en un espacio que hay debajo de unos puentes, lo suficientemente grande como para montar un escenario central y otros varios. No sé cuántas personas podía haber allí viéndolos: sentadas en gradas, de pie, cientos. Y, sin embargo, entre el público, unos señores dirigían a la gente a un lado y a otro, para que no se perdieran nada. El problema, por supuesto, era hacer las fotos. Por eso tienen tanto ruido (bueno, y es que mi cámara no da para más, por mucho cariño que yo le tenga).
Había malabaristas magos del diábolo, un señor que, con un cuadrado vano de metal, derrotaba los límites y lo transformaba en círculos de colores: tan rápido lo giraba. También había música, percusión… y canto:
Sí, le he cortado la mano: salió así, ya he dicho que las condiciones no eran las mejores. De hecho, este mensaje es puramente testimonial.
Y había, además de los malabaristas, los funambulistas y un sinfín de colores y disfraces, este columpio. ¿Veis la parte derecha de la fotografía? Es una tela: cuando el columpio llegaba a esa altura, uno de sus integrantes se tiraba a la tela… mientras el público contenía la respiración. Luego subían la tela, la volvían a tensar y se tiraba otro. Así hasta que no quedaba nadie. Y volvían a subirse. Y sonreían. ¿Cómo puede uno sonreír mientras se tira a semejante altura?
No puedo describir bien el espectáculo, porque mientras escuchábamos a una mujer cantar, a nuestro alrededor había circenses vestidos de azul, como si fueran de nieve, o quitándose máscaras para saludar. Mientras una mujer se sostenía con sus manos sobre unas columnas pequeñísimas, otro señor, entre el público, prendía fuego a una espiral inmensa, se la ponía en la boca y comenzaba a moverla para que las llamas nos hipnotizaran. Salimos sin hablar, hasta que comenzamos a comentar todo lo que había ocurrido allí, durante más de una hora.
He visto al Circo del Sol. Y lo he visto en casa.
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2/25/2010 09:00:00 a. m.

Quebec es también el río San Lorenzo. Es una ciudad y una provincia: de la provincia vimos poco, (es la más grande del Este: inabarcable en quince días), pero la ciudad nos la pateamos a base de bien, salvo los barrios residenciales de las afueras. Es el corazón del Canadá francés y el corazón del nacionalismo francófono. Ha habido dos referéndum para independizarse de Canadá, pero en los dos ha salido el No. Por poco. De hecho, el lema de Quebec es Je me souviens, yo me acuerdo. Me acuerdo de dónde vengo, quiere decir. Me acuerdo de los míos. Y los míos son los franceses. Bien podían ser los miembros del pueblo iroqués, que eran quienes vivían allí antes de la llegada de Samuel de Champlain y los suyos, pero llevan a gala su pasado como tierra conquistada y mantienen una cultura más europea: en las construcciones de las casas, en el idioma y en la comida. Se come mejor aquí que en cualquiera de los otros lugares donde estuvimos. Hay pintadas donde pone: “Quebec libre”, ante la que enarcas invariablemente las cejas. A mí los nacionalismos, los localismos y los regionalismos me producen últimamente muchísimo hastío, así que lo único que dije cuando vi la frasecita, muy cerca del Petit Coin Latin, donde comimos un estofado de caribú, fue: “definitivamente, la gente está fatal”. Por suerte, Quebec no es sólo eso. También tiene la posibilidad de tomar un café en La Place Royale.
En Quebec hay avispas. Sé de más de uno de cierto foro de fotografía que hubiera disfrutado como un enano, porque se posan en tu vaso tan tranquilas y los lugareños dicen que no pican, pero yo no me detuve a comprobarlo. En Quebec hay una estatua de un guiñol en plena calle, muchas iglesias, una calle llena de artistas vendiendo cuadros hermosos y la Terrasse Dufferin para tomar un helado o escuchar a un señor mayor tocando una Gibson. También está el Marché du Vieux Port, con sus puestos de fruta y verdura, sus mieles, sus mermeladas y sus jaleas, sus jabones artesanales y su sirope de arce. Y la Citadelle, un fuerte que comenzaron los franceses y terminaron los británicos. Desde el camino que sube a ella está tomada la foto panorámica que hay al principio de este mensaje. El edificio que está en el centro de la imagen, que parece un castillo, es el Chateau Frontenac, el hotel más fotografiado del mundo. Y, sin embargo, una de las construcciones que más me gustó fue Au Coeur du Saint Roch, una Iglesia situada fuera del foco turístico del Viejo Quebec en cuya plaza se nos acercó un señor con pinta de mendigo (no sabemos si lo era: no pidió dinero ni quiso tabaco porque no fumaba) que nos contó la historia de ese templo gris lleno de vidrieras preciosas.

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2/22/2010 09:00:00 a. m.
Gatineau no es Ottawa, aunque se las confunda porque están cerca. Está en la orilla opuesta del río y hay un puente que une las dos ciudades. Allí, en Gatineau, está el Museo de la Civilización, que ofrece un recorrido interesantísimo por la historia del país. El arquitecto fue Douglas Cardinal y quería que las fachadas de los dos edificios reflejaran el paisaje canadiense: por eso son curvos. Se puede ver también, dominando el paisaje, cuando uno visita la Colina del Parlamento de Ottawa. Y, al contrario, camino del Museo hay unas vistas espectaculares del Parlamento:
Sin embargo, además de las vistas, hay algo asombroso en ese trayecto. Luego descubrimos que existía en más ciudades: los parques, perfectamente limpios, perfectamente podados, en los que dos chavales, con corbata, se habían quitado la chaqueta y descansaban del trabajo echándose un partido de pelota, en el césped, que es de uso común. Las calles, sin papeles, sin pintadas (hay mucho grafitti, se pueden ver sobre todo en Toronto: pero un grafitti no es lo mismo que una pintada). Y las flores. Flores por todas partes.
En Quebec también hay flores.
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2/18/2010 09:00:00 a. m.
El edificio del Parlamento domina todo Ottawa, que es una ciudad bien pequeñita cuya vida se acaba a las nueve y media de la noche. El primer día sólo nos dio tiempo a cenar y emborracharnos: lo primero lo hicimos en un local que se llama Sir John A. Sir John A. es Sir John A. McDonald, que ha pasado a la historia por ser primer ministro: el primero del país recién nacido como nación. Y por ser un alcohólico audaz, muy inteligente, con un gran sentido del humor y tener una vida personal francamente difícil. También ha pasado a la historia por crear la Policía Montada del Noroeste, en 1873, debido a los crecientes enfrentamientos entre los contrabandistas de alcohol y los nativos del Oeste del país. Fueron demasiado crecientes: hubo una masacre en los montes Cypress. La historia de estos hombres es curiosa y llena de anécdotas. El jefe de la Policía Montada fue a hablar con Toro Sentado, jefe sioux, enemigo histórico de los pies negros y los cree: el inspector James M. Walsh consiguió el fin de las hostilidades. Crowfoot, el jefe de los pies negros, dijo de él: “Nos han protegido como las plumas de un ave la protegen del invierno”. James M. Walsh murió hace mucho tiempo, pero ahora, este cuerpo de hombres y mujeres se dedican desde a recontar aves migratorias hasta detener policías extranjeros. En la puerta del Parlamento, por supuesto, hay dos: un hombre y una mujer, él a caballo, muy amable, muy apuesto, muy guapo. Y, sin embargo, a pesar de todo eso, el retrato que más me gusta de todos los que le hice es éste:
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2/13/2010 09:00:00 a. m.
El viaje en tren hacia Ottawa nos dio la oportunidad de ver el perfil de Toronto desde lejos, de saber cómo son las estaciones que están a la entrada de los pueblos (con sus tejados rojos y su hoja de arce siempre) y de hablar con una revisora simpatiquísima, que nos contó cómo teníamos que salir del vagón en caso de emergencia, que había aprendido español con la ayuda de un libro y viajando y que se iba a Italia este verano. Ontario está lleno de campos de labor y de lagos y nosotros estábamos deleitándonos con el paisaje, tan distinto y tan reconocible a la vez, cuando ella suspiró: “No sé cómo podemos vivir aquí”.
Cuando la reina Victoria escogió a Ottawa como la capital del país, Ottawa (que se pronuncia Ochua: nos lo dijo otro inmigrante que vendía los billetes en la estación de tren) se llamaba Bytown y era un lugar de mala muerte. En realidad, la escogió por un acuerdo entre Montréal y Toronto (una francesa, una inglesa), que se disputaban el honor. A mediados del siglo XVIII, Bytown era un campamento de trabajo conocido en toda América del Norte. La reina de la región era la madera y la capital de la madera era Bytown, llena de bandas rivales del tamaño de regimientos formadas por hombres de baja clase social que se dedicaban a pelearse cuando se emborrachaban, que era siempre. Y en medio de estas calles turbias y peligrosas se erigieron los edificios del Parlamento, como una perla en medio de una pocilga.
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2/07/2010 09:00:00 a. m.
Fue el primer sitio en el que me senté en Toronto. La primera mañana que pasé en Canadá, me levanté temprano, me hice un café, cogí el tabaco, la cámara de fotos y una rebeca y me fui allí, a sentarme un rato, para ver las ardillas y para buscar un encuadre que le hiciera justicia a esa casa del siglo XIX. Ya había vida: no sé qué debió de pensar una vecina que vio a esa turista en pijama, despeinada y creo recordar que en calcetines, pero me saludó amablemente, yo le dije “good morning”, sonreí y me dediqué a disfrutar de la calle y de uno de los cafés con leche más ricos que he probado jamás. El secreto está en la leche: el café de Canadá es una bebida insufrible y aguada, tanto que me aboné al Starbucks, porque un Macchiato siempre será un Macchiato, en cualquier parte del mundo.
Cuando regresamos a Toronto, muchos días después, ese banco me pareció infitamente más destartalado que la vez primera. Estuvimos allí dos noches más y ahora sé que era la tristeza de la partida. Sí: tiene la madera carcomida y es tan cómodo como puede serlo cualquier asiento de madera sin cojín, pero, si me preguntaran en qué sitios querría estar de Canadá, sólo podría decir dos: ese banco, con toda la capital económica del país a mis pies y por descubrir, y un pequeño pueblo que se llama La Malbaie y que está a orillas del río San Lorenzo. Pero de La Malbaie hablaremos más tarde.
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1/28/2010 09:00:00 a. m.

No se me movió ella, por supuesto, la tomé mal. Sin trípode, a pulso y con los parámetros que Dios me dio a entender. Pero es una de las fotos que más me gustan del viaje (junto con alguna de una puerta, muy sencilla, y varias de flores, o una de Pedro de espaldas, mirando al horizonte).
Québec está lleno de músicos callejeros que a mí me dio vergüenza fotografiar, a pesar de dejarles mi donativo convenientemente. Este señor tocaba canciones de los Beatles a la guitarra. También había arpistas y hasta uno que sabía cómo las copas de cristal pueden emitir sonidos dulces.
Era el Petit Champlain, por la noche. El Petit Champlain lleno de tiendas de artesanía hermosas, de restaurantes para turistas, de colores, de sorpresas. Nos sentamos en un banco, a escucharle. Le dimos unas monedas. Intentamos fotografiarlo, sin flash, porque yo sólo tengo flash en la cámara y no me gustan las fotos con flash (salvo que sea de relleno): las prefiero movidas a notarle los flashazos. Todo hubiera cambiado, supongo, con un flash externo, pero no había. La foto no hay por dónde cogerla: no existe un elemento nítido en toda la escena y la composición es... inexistente, vamos a decir. Le hice tres o cuatro fotos, borré algunas, salían movidísimas y no sabía cómo dejar de respirar y apoyarme para que salieran bien porque tenían que ser a pulso. Así que tenía la cámara encendida, pero me dediqué a encender un cigarro y a escucharle. Toca muy bien.
Y de pronto se acercó ese chaval. Estaba con sus padres, dio un grito cuando vio al músico y se quedó allí, embobado, escuchándole.
Ésa es la historia de esta foto. Hay que contarla porque la foto no la muestra. El arrobamiento de un niño ante un tipo que tocaba.
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10/28/2009 11:19:00 p. m.
Etiquetas: Canadá, Fotografía, Viajes
Dicen que, para aprender a hacer fotos, o para hacer fotos buenas en los viajes, debes mirar muchas fotos de otra gente que haya estado en los mismos lugares. Yo no sé cuándo te vi por primera vez: en qué imagen, en qué programa de televisión, en qué enciclopedia. No fue, desde luego, cuando te encontraba en casi cada esquina, erguida, discreta, para recordarme que de veras estaba caminando por las calles de Toronto. Todo era nuevo. Las calles estaban llenas de gente, yo las miraba desde el primer piso de un autobús y me asombré, nuevamente, de que la ciudad existiera antes de que yo pudiera verla. Antes de que me hubiera dado cuenta de que podía imaginármela. Pero estabas tú, que eres un símbolo, aunque no vayas a saberlo nunca. Y quise verte de cerca y anduve muchas horas hasta el puerto y subí muchas escaleras para sentir vértigo al mirarte desde abajo.
Me gustaste. Pero ya te conocía.
Lo he descubierto en este viaje, transitando por esos sitios que sólo salen en las guías locales y que están llenos de sorpresas. Hace tiempo, unos amigos se fueron de viaje a Nueva York y le enseñaron las fotos a mi hermano Nacho: les fue diciendo el nombre de cada calle. Por las películas. Así conozco yo París. Y Roma. Y Praga. Por las imágenes de otros. Por lo que otros vieron antes que yo, que no lo he visto.
Lo descubrí también en Québec. Prefiero tomar fotografías de apuntar y disparar y asombrarme cuando veo las cosas por primera vez. Prefiero el asombro de no sentir que estoy en un sitio por el que pasé antes, sin verlo. De que las calles y las plazas comienzan a existir cuando yo las transito y nunca antes. Lo prefiero, realmente, para no tener más esta sensación de que sigo andando por el mapa y no por el territorio.
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10/22/2009 08:30:00 p. m.
Etiquetas: Canadá, Fotografía, Viajes


Esto fue lo primero que vi cuando llegué a Toronto. Me dio un vuelco el corazón. Y pensé, sin acabar las palabras: "Joé, qué concienciá está esta gente".
Definitivamente, tengo que aprender inglés.
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10/20/2009 09:00:00 a. m.
El 29 de agosto a las cuatro de la tarde estaba en un avión y también acababa de aterrizar en Toronto. La hora de las siete de la mañana del 13 de septiembre no existe. No estuve en ningún lugar. O quizá sí. También en un avión, supongo. Dormitando. El tiempo no existe. Escribo cuando el viaje es pasado, pero se vuelve presente si reparo en mis piernas y en las plantas de mis pies y en que cuando son las doce de la noche, aquí, allí faltaba tan sólo una hora para despertarme y volver a caminar.
El tiempo no existe, descubro, pero yo no he parado de fotografiar relojes.
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9/30/2009 01:00:00 p. m.
Dos tipos fumadísimos sentados encima de un coche-maceta, a los que sólo cogí de espaldas y rápidamente. Un negro gordo y barbudo, camiseta verde, vaqueros, turbante, que miraba la sección de discos de música negra de Soundscapes, la mejor tienda de discos que jamás vi (a pesar de que no tuviera ópera). Una mujer que tocaba el arpa en la zona más oscura de una de las puertas del Viejo Québec. Un señor de negro y con el pelo largo, una enorme cruz al cuello, que caminaba impasible por el Petit Champlain ajeno a las miradas. Los muchos mendigos y colgados que vimos en Toronto en diez minutos. La mirada de Jacques, que había configurado mal su cámara y que suspiró de alivio cuando se la arreglé. Los religiosos de la calle Yonge, repartiendo folletos sobre el Islam, el Cristianismo o la Cienciología. Una pelea, jugando, entre un león y una leona. La guerra sin cuartel de una mujer con un moño imposible, la mirada concentrada y un matamoscas azul de plástico en la mano... en aquel bar de mala muerte de Tadoussac en el que escuchamos a Luther Allison y Bob Dylan.
Tampoco capté, porque no supe (ni sé y espero que el futuro se me conceda), el espíritu de las calles de Kensington Market. Pero el resto de las fotos del barrio que vi tampoco lo hacían, porque no pueden transmitir los olores, ni la sensación de asombro, ni el caos controlado.
"Éste tiene una foto", decíamos. Pero no la hacíamos nunca: por pudor, la mayoría de las veces, sobre todo a los mendigos (me tiré cuatro años relacionándome con yonkis, prostitutas, traficantes y borrachos, en la calle: tengo ciertas ideas sobre ellos y las fotos, o sobre las fotos y ellos). En otras ocasiones, preferí mirar. O perdí el momento, o no tenía puesto el objetivo correcto, o la luz estaba de frente del todo, o el sujeto estaba demasiado lejos.
La imagen que más me gusta está movida. Mejor disparar que no tenerla, me dije. Es un niño, admirado ante un músico callejero de los muchos que había por Québec, bien entrada la noche. Tengo 2209 fotos más, muchas de ellas hasta bien enfocadas y todo, pero ninguna me transmite lo que ésa.
Supongo, de todos modos, que, cuando aprenda a hacer fotos, tendré que ir allá de nuevo.
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9/28/2009 06:29:00 p. m.
Etiquetas: Canadá, Fotografía, Viajes