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jueves, 24 de julio de 2008

El juego

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Cuando te han repartido la baraja, casi se te han olvidado las reglas del juego.

jueves, 10 de abril de 2008

No para eso

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Que las experiencias ajenas no sirven de nada me lo enseñó un yonki hace catorce años. Atracador a mano armada, enfermo de sida, heroinómano, traficante. Una de las personas más lúcidas, más cultas y más inteligentes que he encontrado jamás. Estábamos sentados, detrás de la muralla, hablábamos de las relaciones entre padres e hijos y me lo soltó. Que lo de la experiencia es un cuento. Que lo que él había vivido a mí podría no servirme de nada. Me citó a Breton, le escribí mi único poema, seguimos hablando siempre hasta que llegó la hora de irse, un paseo hasta el albergue de La Macarena, muchas palabras, mucho tabaco, una cama y una charla con pulgares, demasiado café, mil abrazos y algún que otro vino. Si vive aún, debería rondar los 56.

Hay historias que no cuento nunca.

Hoy tampoco.

Pero me he acordado de él porque las vidas que otros viven no son la mía. Porque Jandro tenía razón y sigo siendo un cristal oscuro. Porque me dijeron un tal vez que yo sabía que era un no; porque camino y me río y hablo y me entusiasmo con todas las perspectivas y al fin he dejado de buscar. Ahora sé que yo estoy creciendo de otra manera. Que no tengo más que unos cuantos libros, una pluma y un papel y que hay vidas que no son para mí. Podría haber sido una posibilidad, antes, y a veces me pregunto cómo sería. Cómo podría haber sido.

Él también me enseñó que hay personas que se convierten en fantasmas. Que se puede vivir con eso, un poco más rota, un poco más dura. Que hay dolores que se pasan y otros de los que no te olvidas jamás. Que hay para quienes no valen los amores, una casa, un horario, un orden, un camino recto, un pensamiento inocente. Se lo conté todo, porque no importaba. No iba a haber un gesto que me hiciera rodearme y esconderme; no iba a haber un juicio, ni una opinión, ni incredulidad. Sólo preguntas. Sólo un por qué. A veces se consigue esa comodidad. Al resto el juicio le nubla el entendimiento: no se permiten ninguna sorpresa, porque te han catalogado ya del todo. Él me enseñó que a veces no. A veces ocurre: se llama intimidad. O comunión. Ya saben: un café, algunos vinos, mucho tabaco, palabras. A veces es fácil. Aquella vez lo fue.

Tú no estás hecha para eso, me dijo. Estábamos en el bar de mi Facultad, con mis amigos. Y lo repitió: tú no estás hecha para eso. Ahora lo sé.

Han pasado catorce años de aquello y por fin he conseguido darme cuenta.

Imagen de González-Alba.

domingo, 30 de diciembre de 2007

Recuentos

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Recuento las cicatrices y los fantasmas. Un atracador a mano armada, una palma que no me recorrerá el cuerpo, un tipo con acento alemán al que no oiré reírse, esta concepción eterna de que el futuro (me) será siempre incierto; la soledad buscada, impuesta o elegida; la sensación de quedarme atrás, en tantas cosas; la escarcha que me quema cuando sé que te he perdido; la incapacidad para ser un buen soldado.

No son demasiadas, o las olvido, porque siempre me fijé más en los árboles que en el bosque. Pero de vez en cuando atacan, o aparecen.

Me apetecería que me mimaras.

Me apetecería, digo: el condicional me recuerda que nunca me dirigiré a un concreto.

miércoles, 6 de diciembre de 2006

Masculino plural

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En mi vida siempre habitaron hombres. Desde los inicios. Hubo quien nos enseñó a jugar al hockey. Hubo un primer amigo. Hubo amores imposibles de niñez -Dios mío, cuánto tiempo ha pasado-. Hubo dos por quienes celebré los 24 de marzo como el día de mi llegada a la Badajoz temida, haciendo novillos en el instituto para ir a desayunar. Hubo un primer amor a los diecisiete (a veces todo pasa a los diecisiete) y otro dos años más tarde, con quien hace una década que no hablo pero que siempre pregunta por mí. Hubo pintores y poetas -quién no tiene amigos pintores o poetas en la Facultad-. Hubo quien me enseñó que, cuando uno se pasa la vida haciendo maletas, siempre tiene la prudencia de guardar una mano para agarrarla fuerte. Hubo un flechazo a primera vista y una relación que comenzó una carta y que continúa hoy. Hubo un piso franco en la calle Tintes, sin café, sin leche y sin azúcar -¿recuerdas?- pero con muchas charlas de cama y muchos abrazos. Hubo un yonki, atracador a mano armada, enfermo de SIDA, que me mostró que no todas las experiencias valen. Hubo otro yonki con un perro hermoso que venía flechado si me veía. Y otro más, que me descubrió cómo saben los besos. Hubo un fraile que ya no lo es y que me salvó la vida más veces de las que puedo recordar. Hubo un profesor que me habló de libros delante de un plato de comida y del valor de adoptar una forma de ser aunque vaya contracorriente. Hubo varios maestros: quien me enseñó el valor del camino hacia el Ser y quien confió en que yo podía hacer las cosas de tal manera que me sintiera orgullosa de mí. Hubo quien me construyó de nuevo a los 25, sin habernos visto las caras nunca y sin que haya visos de que un día le conozca la voz y la risa. Hubo sexo cada año a partir de los 28: con un desconocido que ahora es colega, con un amigo que dejó de serlo, con un deseo alcanzable quién sabe si sólo una vez. Hubo parejas de amigas que ya no son sus parejas, y un hermano que es también amigo, y los amigos de ese hermano que son hermanos también. Hubo un militar de ojos azules, un sindicalista, un legionario y un compañero allá en Melilla. Y un escritor guapo que me regaló un anillo que no me quito desde entonces. Y otro que vuelve, como si no hubiera pasado el tiempo ni nos separara el mar. Hubo quien supo de amigos contingentes. Hubo maridos de amigas. Hubo conexiones brutales que duraron dos años y recuerdos. Hubo con quien hablé de política y sexo guarro hasta las seis de la mañana todos los días durante meses. Hubo un diseñador coherente, estable, amoroso, que me dio palabras, cenas y paseos. Hubo un copistero amante del cine y las confidencias. Hubo una casa acogedora en Sevilla, por un amigo común de ojos verdes con quien hablé una vez 29 horas seguidas. Hubo quien se materializó después de cinco años gracias a unos billetes de avión que me regalaron. Y quien no se ha materializado todavía porque me queda conocer Valencia aún. Hubo con quien compartí piso un año. Hubo un amor a primera vista una noche de karaoke y borrachera que sigue siendo un amor. Hubo dos dependientes que me guardaron libros, revistas y cómics.

Los hay que están todavía. Los hay con los que ya no pueden ni la incomunicación, ni la distancia de meses, porque siempre habrá un reencuentro de decíamos ayer. Los hay que son nuevos descubrimientos asombrosos que me cuidan en esta ciudad en la que sólo hay relaciones laborales. Los hay que me desmontan todos los mitos masculinos que enarbolan las mujeres que no han conocido más hombres que sus parejas (aunque ellas piensen que mis amigos son raros). Son hombres/nombres clave. Me definen y me anclan y me recuerdan que siempre les necesité, en esta vida tan poblada de mujeres que llevo ahora, porque la mayoría de mis hombres viven lejos. Algunos se marcharon, o los eché, que es lo mismo. Pero otros siguen, incansables, hablándome de lo que son, lo que quieren, lo que esperan. En eso, como en tantas otras cosas (siempre lo digo) he tenido suerte.

Fotografías de Robert Mapplethorpe.