
Tiene 13 años y la mirada viva. Sólo la he visto dos veces, las suficientes como para que me recuerde mucho a mí, a su edad. Con los vaqueros y las camisetas negras -la mía tenía una Harley-. Sospecho, sólo sospecho, que se lleva mejor con ellos que con ellas y que el resto de las chicas -maquilladas, en clase, vi a muchas por entonces: octavo de EGB y pintadas como una puerta- le parecen, o de otro planeta, o directamente despreciables. Recuerdo, también, que cuando yo tenía trece, me puse una falda y mis compañeros me hicieron desfilar. Quizá luego se pregunte, como yo, qué es eso de la femineidad, desdeñe las armas de mujer (que no sé qué son, ni me interesa, a estas alturas) y descubra a un puñado de iguales que tampoco sepan andar con tacones y se rían de la costumbre absurda de ponerse guapas para que los demás las miren.
Crisis humanitarias y de humanidad
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Desde hace más de 30 años colaboro con varias organizaciones que se dedican
a ayudar a seres humanos. Con algunas de ellas mi contribución se reduce a
ap...
Hace 3 semanas


