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viernes, 27 de marzo de 2009

Equilibrio

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La felicidad, a veces, sí, huele a azahar en Doña Elvira, porque hace muchos años que Santa Cruz no significa nada y que no duele y la luz amarilla se vierte a plomo sobre el puente de Triana y la orilla del río aún no está llena de mosquitos y se puede repostar en cualquier cafetería.

Sevilla y Madrid son las dos ciudades a las que más he escrito porque allí viven las dos personas que me faltan. Si estuvieran en otro lugar, ese lugar sería también mi casa y caminaría por las calles con esa plenitud y no querría encerrarme nunca entre cuatro paredes, catorce horas en los bares, caminando, viendo a los amigos por los que no pasa el tiempo, echando de menos el albero de la Alameda y los botellones a las once de la noche en El Salvador y sintiéndome en paz, completamente en paz y más yo, desde el justo momento en que veo la Giralda.

Equilibrio. Sevilla y Madrid se llaman equilibrio.

La imagen es de mi última visita a Sevilla: mi estampa favorita de la Giralda, desde el patio de banderas. Ya lo sé: no hago buenas fotos y ni siquiera las trato después con el Photoshop, porque no sé usarlo. Pero son mías.

jueves, 23 de agosto de 2007

Paraísos perdidos

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Imagen de Madrid: Ramón Durán. Plaza de España.

Hay dos ciudades cuyas calles aprendo de memoria en cada visita. No hay más paraísos que los perdidos: por eso me conformo con habitarlas poco a poco, con colocar el tiempo donde puedo para ver a todo el mundo, con sentirme yo como en ningún otro sitio soy yo.

Imagen de Sevilla: Vincent Benoit. Café.

En cada una de ellas, el rito siempre es el mismo. Me espera una mujer a la que beso en la boca. Voy a casa y me desnudo. Me desnudo por fin, verdaderamente, toda yo entera. Y hablo y por fin digo, porque yo hablo mucho pero casi nunca digo nada. Bebo vino o ron miel, nos reímos hasta que nos duele el cuerpo, fumamos, escucho durante horas. Camino, observo a la gente, escribo en los bares, espero a que lleguen los amigos. Soy yo como en ningún otro sitio soy yo y me reconozco y al fin me gusta lo que veo. Y recuerdo que no volveré a vivir allí, que nunca podré vivir allí, y me aplastan las calles y el cielo, pero hay dos mujeres que me abrazan. Veo gente con la que no vivo, pero que sabe de mí más que nadie. Pienso en volver pronto y siempre vuelvo tarde, para recuperar los meses, para saber que soy feliz, que puedo compartirlo y compartirme. A pesar de que, siempre, en algún momento de ese paseo solitario que es también un rito, la nostalgia, la añoranza, la tristeza, acaben acompañando mi percepción de esas dos ciudades que se me niegan. Y que apreso como puedo en un fin de semana, siempre muy corto, muy rápido, muy nervioso y sin horas.

domingo, 11 de febrero de 2007

Lugares de regreso

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De nuevo en la estación, de nuevo los andenes, las agujetas en los hombros, las maletas cargadas de libros por leer, de discos escuchados una y mil veces. Otra vez la bienvenida y los abrazos, los bolsos en el coche, los cafés lentos, las llamadas preguntando por los planes: "Veros", responde: "Preferiblemente, de uno en uno. Y en el mismo lugar, porque me falta el tiempo".

Han talado los árboles. Los troncos sirven como asientos y ella, que no distingue un geranio de un rosal, piensa que podrían haberlos arrancado de raíz, como si nunca hubieran existido. Sólo un agujero que muestre lo que hubo. Recuerda noches de hace años, bebidas ya todas las bebidas y fumado la mitad del hachís en El Salvador, cuando El Bola y Mario y Alonso, borrachos como cubas, comenzaban a cantar: "Yo me voy pa l'Alamea", a seguir bebiendo y a seguir fumando y a hablar de fútbol y a recitar poesías y a tomar café o el último gin tonic en el bar más facha de La Macarena. Recuerda un paseo solitario, de introspección, bajo un cielo de plomo en el que caminó sin rumbo desde la Facultad hasta llegar adonde siempre, adonde vivió Carmelo, ese tipo sabio que le enseñó de Historia, que le alimentó el alma con comida cuatro veces por semana y que siempre será su refugio favorito. Vio vida en las ventanas, escuchó voces de etapas que se cierran y regresó para escribirlo todo: "Estoy en casa -comenzó-. Casa significa Sevilla y, de Sevilla, la Alameda de Hércules; y, de la Alameda, el Café Central". Recuerda las palabras que Josémari le dijo un día, en medio de un abrazo con murmullos, en la puerta de otro bar eterno, cuando llegue la lluvia estaremos ahí, pero la lluvia llegó y hacía frío y ella se encontraba siempre demasiado lejos. En otros puertos, en otros andenes, de un lado a otro buscando unas raíces que perdió hace ya ni sabe cuánto.

Hay otros lugares: la Pila del Pato, con Borges, Tagore, Pessoa y Tabucchi leído en italiano. Un patio con carpas rojas, ajedrez y guitarras, Alonso regalándole, cada 26 de junio al llegar las doce, cuatro frases de 'Rosa María', "pensando si el recuerdo es algo ajeno a lo vivido", cambiándole el significado a las palabras, ofreciendo libros y poemas, recordando siempre que la vida importa. El Lokal inencontrable, salvo con un plano, su escenario lleno de latíos, los instrumentos a punto para un circo nómada de resistencia, las tascas de Triana, el Naima de John Coltrane, la calle San Luis llena de heroína hasta que cerraron el chiringuito del Melero, que se habrá muerto ya de sida o sobredosis; El Paladar con sus croquetas y sus proyectos; las noches de Barato en Los Bermejales... Demasiados sitios para apresarlos en dos días, cuando las costumbres de todos han cambiado tanto y cuando los círculos se van reduciendo sin remedio.

La Alameda pronto será un barrizal intransitable y sólo el tesón ha hecho a los antiguos seguir ocupándola, para demostrar que no importan las máquinas, ni las vallas, ni los muertos arrancados. Y a ninguno se le escapa que Sevilla es, quizá, la ciudad más puta y drogadicta de España o quizá es que ella lo sabe porque conoce a la mitad de los que duermen al raso, y que hay demasiado trasiego de gente pidiendo agua para disolver los paquetillos, demasiada marginación, demasiada puñalada danzando por los aires. Pero nadie hará nunca lo que ha de hacer, porque dinero llama a dinero y porque estamos viviendo la suma de los errores de todos. Y desde algunas ventanas de bares acogedores, a pesar de ello, se puede seguir manteniendo la ilusión de que todo sigue como siempre, con el sol en lo alto, sin nubes y sin lluvias.

domingo, 28 de enero de 2007

La Balada del Café Central

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Hay cierta clase de gente que sólo sale por la Alameda y que la visita cuando quiere sentirse en casa. Hay prostitutas rubias de bote que enseñan las tetas a las siete de la tarde y esperan billetes para espantar el mono, y gorrillas que lanzan litronas para luchar por un terreno que no es suyo ni es de nadie. Están la estatua del maestro Caracol y el bullicio puntual del mercadillo, y la gente se ríe y habla, y hay espacio donde encender un fueguito, tocar el djembé, fumarse unos porros como un rito antiguo, detener el tiempo. Hay días en los que el cielo se te cae trozo a trozo y esa Alameda cabrona e inhóspita, comprometida y acogedora, es el único lugar donde todo se derrumba y se reconstruye, una y otra vez.

El Café Central tiene tres puertas por donde se cuela el frío, y mesas de máquinas de coser para calmar los nervios con el traqueteo. Es uno de los pocos bares de Sevilla donde una puede ponerse a escribir sin que la miren ni le pregunten y hay gente que va sola pidiendo tranquilidad y compañía, porque la soledad sigue siendo hermosa y terrible cuando se espera a alguien que te salve de la soledad y porque toda despedida es una traición si no dura siempre. Yo llegué hace años, me llevó un amigo regalabares callado que se transformó. Ahora hay allí una camarera menudita que lee 'Hamlet' en sus ratos libres, Shakespeare comprado en una librería de viejo, y que te sonríe mientras tú emborronas páginas y esperas. Y una morenaza de pelo largo y labios preparados para la risa, que sortea bailando a los compañeros y que pregunta si ya han llegado los amigos.

Los bares la escogen a una como la escogen quienes van al lado, bares para espantar el miedo, para huir de la lluvia, para reencontrarse. Bares que son capaces de engañar a esta sociedad prejuiciosa y conservadora, donde acuden gays y heteros haciendo rancho común, como si realmente estuviera cerca el día en que todos fuéramos capaces de 'entender' un poco mejor. El Café Central toca sus horas de retirada y los minutos de lucha por llegar a la barra o pillar una mesa y se escucha a Lenny Kravitz y a La Unión, que me traslada a los acantilados de plata de Aguadú en esta Sevilla que no tiene mar.

En el Café Central también hay un camarero de jueves a domingo, un tipo moreno, de pelo corto, fibroso y de nariz aguileña, del que ni siquiera sé el nombre pero que siempre acude salvo cuando no es su día. Tiene una camiseta roja de Spiderman, el Spidey de los viejos tiempos, con el uniforme antiguo, el Trepamuros de mi niñez que aún no tenía una hija que le sustituyera y que malvivía haciendo fotos para un periódico de jefe gruñón. Debe de tener buen gusto si le gustan los cómics, pero sólo he intercambiado con él las palabras "enchilada roja, Coca-Cola y Marqués de Cáceres", porque el oficio de periodista nos está volviendo alcohólicos a todos. Él también sonríe y consigue alegrarte la noche, aunque esté oscura y se tambalee, aunque el camino esté trazado y tú debas regresar y despedirte.

La Balada del Café Central sólo puede cantarse desde la distancia, bares que son otra ciudad, a unos pocos cientos de kilómetros, en un lugar que no elegiste y con locales asépticos sin camareros que sonríen, y sin mesas con gatos y sin algunas caras a las que quisieras ver más a menudo. Se entona bajito, sin conversaciones en corro, sin humo de hachís, sin aroma de vino, sin cuadros de caballos, sin amigos cerca. Esos amigos que esperan verte caminar de nuevo por la Alameda, de nuevo en casa.

viernes, 25 de noviembre de 2005

El mundo abarcable

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Hay ritos, estúpidos, constantes, que sólo se tienen con unas pocas personas y que siempre vuelven, de forma inconsciente, cuando menos te lo esperas. Como cuando fuimos a la boda de Carmelo y yo no veía a Alonso desde hacía cuatro o cinco años, pero se encendió un cigarro y se lo quité de la boca para fumármelo yo, un acto reflejo que se había repetido mil veces durante los años de Facultad (qué lejos quedan y lo que los añoro a veces) y me miró, sonrió y dijo: "Hay cosas que nunca cambian" y sólo entonces me di cuenta de que era cierto, que él siempre prendía cigarros que yo le quitaba... Y me entristecí, porque esos tiempos se han acabado ya, esa vorágine de charlas intensas, de abrazos y de amor brutal a diario hace mucho que se fue y me encanta darme cuenta de que los lazos fuertes siguen con alguna gente, con mucha gente, pero me entristece darme cuenta de todo lo perdido. De esa inocencia que se fue de pronto.
El mundo era abarcable, entonces. Demasiado abarcable, todo estaba por hacer y todo era posible y elucubrábamos dónde estaríamos en el 2005... ¿Hijos? No nos veíamos con hijos, ni con otras parejas que no fueran las que se mantenían entonces, ni nos veíamos separados aunque sabíamos que se nos acababa el tiempo. El mundo parecía pequeño: la izquierda, la revolución, el anarquismo, las drogas, el compromiso social, la disidencia, la resistencia, la verdad... Había muy pocos conceptos en nuestras vidas, nos movían pocas cosas, pero eran las mejores. Realmente fueron las mejores y ni siquiera nos dábamos cuenta; yo, al menos, no me percataba de tantísima acción; los días se te escurrían entre los dedos: Jandro me llevaba al campo a hablar de mi yo primitivo y a construir las bases de una amistad con la que no han podido la distancia y los kilómetros; Carmelo me acogía en su casa, fin de semana sí y fin de semana también, en ese piso franco de la calle Orden de Malta, equiparable al de la Calle Tintes, de Javi de Palos; Karmen me regalaba tardes de compra interminables que acababan en el McDonalds; Baranco me hacía descubrir que a veces uno se enamora y ni siquiera sabe si se ha enamorado, Mariángeles y María Vázquez me hacían comiditas; Eugenia y María construían de su casa un lugar para las tormentas... Y había palabras, muchas palabras. Nadie abandonó. Nos sentíamos muy orgullosos de nosotros, de nuestros logros, Carmelo le enseñaba mis tarjetas de Navidad a medio Cox y medio Cox nos visitaba más tarde: sus amigos de allí, de ese pueblo alicantino tan perdido que sólo vimos cuando se casó, me preguntaban si era yo la que escribía; Karmen me decía que me veía escribiendo novelas; Maricarmen y yo nos regalábamos a Mario Benedetti, leíamos las poesías de David y Josémari, las recitábamos de memoria, hablábamos mucho de historia y de política, pero sobre todo de Literatura, sobre todo de libros que nos pasábamos, nos dejábamos, recomendaciones constantes... Qué hermosos son los descubrimientos inocentes. Qué hermoso es cuando el mundo te parece tan abarcable y tan justo.