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viernes, 29 de noviembre de 2013

Historias

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28 de noviembre. Año 2013.

Nunca he sabido qué historias contar. Hace casi veinte años, porque ya de todo pronto hará veinte años, le escribí a Jandro sobre la necesidad de crear. Sobre las limitaciones, sobre las excusas. Hubo una vez una mujer que le regaló su mejor canción a un amigo. Es uno de los temas que escucho en los naufragios, cuando recuerdo que, a pesar de sentirme sola a veces, hay un sinfín de gente que me quiere y que me quiere mucho.



Esta mañana estaba escuchando a Ángel Calleja hablar sobre cine: es un señor mayor, de Mérida, encantador, con una forma de narrar preciosa y emocionante. Le he pedido el teléfono como si tuviera delante a Paul Newman: con el mismo arrobado tono que hubiera usado con él. He visto a niños pataleando cuando ganaban los buenos y una lámpara de araña moverse por el ruido. Los pantalones cortos, los empujones por el mejor sitio.

Hoy he encontrado la historia que quiero contar. Y se la he regalado a otra persona.

martes, 29 de marzo de 2011

Marilyn

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La fotografió Bert Stern para la revista Vogue, seis semanas antes de morir. Cuentan que había unas botellas de Dom Pérignon, una suite -la 261 del Hotel Bel Air- y un cuerpo desnudo que era luz en el objetivo. La mujer que entornaba los ojos, la del lunar cerca del labio y el pelo rubio platino que siempre llegaba tarde, aparece con un pañuelo de rayas y una cicatriz en el costado. Un pecho más pequeño que el otro y más caído, algunas arrugas marcadas, el paso del tiempo y un costurón grande y bien visible.

Era, sigue siendo, el mayor mito sexual de la Historia.

Hoy la hubieran retocado con Photoshop.

Imagen de Bert Stern.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Elizabeth Taylor

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No he visto Cleopatra, pero recuerdo haber sonreído mucho cuando la vi, en pantalla grande por vez primera, en Los Picapiedra. Tenía, eso ya lo saben, los ojos más bonitos del mundo. Y una de las voces más personales que he escuchado jamás. Crecí con Gigante, con La gata sobre el tejado de zinc, con Un lugar en el sol, con Ivanhoe y con Quién teme a Virginia Woolf. Y, por supuesto, viendo la naricilla de Amy en Mujercitas, aunque yo siempre prefiriera a Jo March.

Me gustaba mucho esa mujer. Montgomery Clift, que también me gustaba, la llamaba Bessie Mae. Un día se irán Lauren Bacall, y Sophia Loren y, cuando eso pase, sí que nos habremos quedado solos.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Manuel Alexandre

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Este señor siempre estaba allí. No conozco a nadie a quien no le guste, a quien no le caiga bien. Fue un hombre de teatro, sobre todo, que era lo que más le gustaba. A pesar de sus 312 películas, en las que se divirtió tanto. Fernando Fernán Gómez fue su hermano. Tuvo otro: Álvaro de Luna. "Le voy a echar mucho de menos", ha dicho. Y a mí se me ha hecho un nudo en la garganta, porque este tipo, como José Luis López Vázquez, como Miguel Delibes, como Saramago, era de la familia.

Eso sí.

Para mí, Manuel Alexandre siempre se llamará Don Mati:

domingo, 26 de octubre de 2008

Paul Newman

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Me empezó a gustar a la vejez. En La gata sobre el tejado de zinc pensé: "Pues no es para tanto". La cara demasiado larga, los ojos demasiado azules. Muchos años después, allí estaba, en pantalla grande, en Al caer el sol, con la Susan Sarandon más glamourosa que he visto jamás. Debió de ser el principio de esta gerontofilia mía que me hace babear con Federico Luppi y Tomás Segovia, pero me enamoré. Me enamoré como todos, porque no conozco a nadie que no haya estado enamorado de Paul Newman.



Tampoco conozco a nadie que no le admire. Ni a ninguna mujer heterosexual que no haya envidiado a Joanne Woodward por acostarse con él en la misma cama -las dosis justas de lujuria y respeto- durante 50 años. Uno detrás de otro.
El sábado de hace un mes fue la única noticia que importó.
Hay muertes que son tuyas.
A su salud, señor. Una botella de bourbon. Sin hielo. Sin vaso.

domingo, 15 de junio de 2008

Entre les murs

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Me gustan las películas de profesores. No me pierdo una, por previsibles o malas que sean, así que tengo pendiente la que ganó el Festival de Cannes, Entre les murs, por más que cuando las críticas periodísticas hablen de "cine necesario", a mí me salga un sarpullido.


Fue la mejor aula que tuve jamás: la más cohesionada y la más entera. En el techo, colillas de cigarro. A ambos lados de la pizarra, dos pósters: Georg Solti, a la izquierda, con su pajarita y su gesto adusto y Aerosmith con un par de tías enseñando las tetas. No teníamos buena fama. Nuestro tutor acababa de llegar: muy joven, muy guapo, muy inexperto. Y quiso contener a la jauría mandando amonestaciones como correctivo. No a todos: sólo a los repetidores. La primera semana de clase. Pero no se dio cuenta: entre ellos había un chico tímido que no abría la boca, y allí estallamos: "Si me la hubieras puesto a mí -espeté-, todavía podríamos entenderlo". A partir de ahí, la guerra.

Ese año aprendí dos cosas. Que ser injusto es lo peor que puede pasarle a un profesor y que, cuando te enfrentas con quien es más poderoso que tú y lo haces sin trampas, siempre llevarás las de perder.

Tengo el dudoso honor de haber tenido que recuperar Educación Física en COU.


viernes, 4 de abril de 2008

Sexo en Nueva York / Sex and the City

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Se podría decir que es frívola, que sus protagonistas sólo visten ropas de diseñadores conocidos y carísimos, que fomenta el consumismo, las compras desaforadas y que trata a los hombres como objetos sexuales. Pero ahora es mi antídoto contra el aburrimiento y mi catarsis. Aprendo de moda, me río (lloro también: qué se le va a hacer: tengo astenia primaveral, como siempre), me asombro, comparo arquetipos. Juego. E imagino Nueva York.


También comparo. Cuento a las mujeres de mi vida. Dos van a casarse. Una va a tener un niño. Todas las demás tienen pareja (también). Con los hombres suspiro de alivio: la mayoría son gays. Uno va a ser padre. Otro lo ha sido ya tres veces. Comparto mi tiempo libre con dos matrimonios: los demás (las demás) se conforman con un café rápido, de una hora, cada dos o tres semanas. El resultado es que hablo mucho y digo poco. Y que echo de menos esa complicidad.


A veces pienso que los amigos están cuando no tienen pareja.

martes, 11 de marzo de 2008

Federico Luppi

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Hablamos de España, de Argentina, de las dictaduras de Franco y de Videla, de lo anormal que es que no se detenga a ningún asesino, a ningún torturador, sólo porque formaban parte del aparato de Estado y se haga borrón y cuenta nueva (que no es tan nueva y sí más bien borrón). Y yo le escucho cada palabra y me la aprendo porque sé que hay una carga de razón histórica en lo que dice. Hablamos de teatro, del miedo escénico, de la inseguridad, del carácter estético del gusto, de que para los papeles de hombre viejo no necesita preparación, porque ya está en la vejez y la vive. Me cuenta que, para controlar el cuerpo, para pasar de persona a personaje, todos los actores del mundo han leído lo mismo desde Stanislavski. Que, cuando se trabaja con amigos, uno pierde el pudor a decir "esto que estás haciendo es una porquería" y de que los jóvenes irrumpen con fuerza porque se cuestionan que las cosas sean así porque sí y que la capacidad de fabular, de contar cuentos, de inventar historias, es la que nos mantiene vivos. El reservorio de la resistencia y la utopía.

El actor no es el personaje, pero tiene algo de todos ellos. Del Carlos Bonifatti bronco de Plata Dulce; de Fernando Robles, el profesor de literatura de Lugares comunes; del discurso sobre la Argentina que recita Martín Echenique en Martín (Hache) o del tipo honesto y serio, que enarbola su actitud y sus ideas como cuando fue Mario Dominicci en Un lugar en el mundo. El actor no es el personaje, pero llevo -llevamos todos- muchos años escuchando su voz y su acento y construyéndonos otra persona con lo que sabemos que dice. La fuerza del cine logra cosas como ésta: que te caiga bien alguien a quien nunca antes has conocido, al que posiblemente no conocerás nunca, sólo porque lo identificas con los papeles que les has visto hacer durante más de cuarenta años. Y, para mí, que no soy mitómana, pero que tengo mis simpatías, estas dos últimas jornadas -primero Antonio Gamoneda, ayer; hoy, Federico Luppi- han sido un regalo.

lunes, 10 de marzo de 2008

Felicidad

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Hoy he compartido a solas veinte minutos con este señor:


Cuando he acabado, he llamado a dos amigas, para contarles el descubrimiento (el de la persona, no el de los versos) con una sonrisa tontísima en la cara.


Pero este lunes me deparaba otra cosa. A las cinco y media de la tarde, me ha llamado por teléfono este otro señor:


Federico Luppi.

Y, después de colgar, me he puesto a dar botes y más botes y a gritar en mi trabajo. Como una niña chica, oigan.

Feliz.

Ya os cuento.

jueves, 23 de agosto de 2007

El club de los suicidas

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No me suelen molestar las adaptaciones: cine y literatura son dos discursos distintos y, lo mismo que no comparo cuadros y edificios, tampoco lo hago con libros y películas. Salvo que te menten a la madre.

Hoy me he lanzado al televisor porque he escuchado un título, El Club de los Suicidas, que yo tengo en una edición de bolsillo, junto con El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, pasta naranja, desde hace más de diez años. Se va a estrenar un largo, cine español, comedia, final feliz, algún polvo de por medio -ya se sabe: el cine patrio y las elipsis en las escenas de cama no son compatibles- y moraleja. Porque un grupo de personas que están hechas polvo y se quieren morir, descubren, gracias al poder maravilloso del amor, que merece la pena tirar p'alante. Porque la película es un canto a la vida. Es una adaptación muy libre, han dicho. Y tan libre. Lo peor es que seguro que hay algún panoli que se lee el libro después y monta en cólera porque no es como la peli.

Imagen de Lulife.

lunes, 18 de junio de 2007

Hoy he visto esto

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Una maravilla.
Mis tripas todavía están rugiendo.
Puro Fincher.
Así que, nenas mías, menos Piratas del Caribe 3 y más cine.

Vale, vale. Ya. Lo admito. Mi piel ruge. Si llegan a salir también James Spader, Willem Dafoe y George Clooney, rugiría más aún.

Pero es que están estos dos. Lo digo en mi descargo.


Está Elias Koteas, el segundo en mi ranking de morbo (el primero es el Dafoe, indiscutible, desde que puedo recordar, y se morirá siendo el primero) desde que lo vi en aquel Crash, de Cronenberg. Qué 46 años, Dios.



Sí, lo sé. A la mayoría de las mujeres de mi edad, quien les pone es Brad Pitt. O saldrían del cine queriendo ir a la cama de Jake Gyllenhaall. Yo lo asumo. Mi concepto de belleza es un tanto extraño.


Y está Robert Downey Jr., al que siempre es un lujazo ver, aunque en estas versiones dobladas que tenemos la desgracia de sufrir nos priven de una de las voces más hermosas del mundo. Deja de drogarte y actúa y canta, niño, que es lo que sabes hacer...



Id a verla. Es una orden.

martes, 1 de noviembre de 2005

Before Sunset / Before Sunrise

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La manera en que crecemos, la manera en que vivimos. La forma en que uno puede, a veces, transmitirlo todo y mirar a los ojos de alguien y saber que ese alguien sí conoce quién eres. Que sí podría ser. Que sería posible. Que el deseo existe y que es bueno y que existe la añoranza y es terrible.
Uno se pasa la vida despidiéndose. Diciendo adiós a personas sin las que no cree poder vivir y descubriendo más tarde que era cierto, que después de que se marcharan no ha hecho nada a derechas, aunque el recuerdo se diluya porque la memoria no nos atenaza siempre. Intenta repetir las mismas historias, intenta sentirse vivo y completo y profundo, dulce, amoroso, ocurrente, divertido y sensual... Y lo consigue a ratos -días, meses, años incluso- para después darse la vuelta, pararse un momento para mirar atrás y pensar en cómo caminar hacia adelante y darse cuenta de que ha ganado mil formas de perder el tiempo. Mil maneras de no ser extraordinario.
¿Y ahora qué? Todas las teorías por la borda, un sinfín de teorías que se acaban cuando aparece alguien, que comienzan cuando se marcha, una y otra vez, repetidas, marchitas. Porque ya no sostienen, porque nunca fueron nada, porque ni siquiera la experiencia puede salvarnos de equivocarnos de nuevo, porque estamos llenos de verdades inmutables de un segundo.
¿Es eso, al final, lo único importante? ¿La conexión que puedes lograr con alguien a quien nunca tendrás porque hay historias que empiezan sin futuro?
Hoy sé que voy a pasarme el resto de la vida, el resto de las historias, deseando estar con otra persona...