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lunes, 24 de agosto de 2009

Borges

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En mi casa siempre ha habido gente. Allá en las estanterías, inalcanzables. Ovidio, Goethe -toda la vida diciendo "goete" para que luego algunos dijeran "guete" y enterarme a la vejez de que se pronuncia "gute"-, Miguel Hernández, John Steinbeck, Stefan Zweig, Somerset Maugham, Faulkner, Alejo Carpentier.

Borges también está en mi casa, y en mi vida, con pinceladas raras.

Un viaje en autobús urbano en el que Julia me pidió que recitara Ajedrez II. Una clase de Vázquez Medel con la piel erizada ("¡el caballo está en el encabalgamiento!"), el Segundo Poema de los Dones como un regalo para Sonia, que se convirtió después en nuestro particular Inventario de Motivos contra la Desilusión. Un libro de Virginia Woolf traducido por él. Una cita suya (de nuevo el ajedrez) en un libro de Pérez-Reverte que me llevó de nuevo, y mejor, a Dumas.

"Me gustan los relojes de arena, los mapas, las etimologías, la tipografía del siglo XVIII, el sabor del café y la prosa de Stevenson".

A mí también me gustan todas esas cosas. Y me gusta él.

Copio este poema de memoria. Para que Julia crea que lo estoy recitando para ella. Otra vez.

Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada
reina, torre directa y peón ladino
sobre lo negro y blanco del camino
buscan y libran su batalla armada.

No saben que la mano señalada
del jugador gobierna su destino,
no saben que un rigor adamantino
sujeta su albedrío y su jornada.

También el jugador es prisionero
(la sentencia es de Omar) de otro tablero
de negras noches y blancos días.

Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonías?

martes, 11 de septiembre de 2007

Ajedrez II

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Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada
reina, torre directa y peón ladino
sobre lo negro y blanco del camino
buscan y libran su batalla armada.
No saben que la mano señalada
del jugador gobierna su destino,
no saben que un rigor adamantino
sujeta su albedrío y su jornada.
También el jugador es prisionero
(La sentencia es de Omar)
de otro tablero
de negras noches y de blancos días.
Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿qué dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo, tiempo, sueño y agonías?
Jorge Luis Borges

sábado, 19 de mayo de 2007

Una espada

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De él sólo sé que es argentino, que en su tumba hay dos versos de la Völsunga Saga y un grupo de siete guerreros con la espada rota y sin escudos. No me interesa su vida, ni sus amores, ni su ideología política. Sólo que el paraíso era una biblioteca, que escribió el otro poema de los dones por el que Sonia y yo hacemos un inventario de motivos contra la desilusión cada cierto tiempo y que el caballo del ajedrez "está en el encabalgamiento" (palabras textuales de Vázquez Medel durante una clase de literatura que me cortaron la respiración y me pusieron los pelos de punta). De él sólo me interesa que escribió cosas como ésta:



Una espada,
una espada de hierro forjada en el frío del alba.
Una espada con runas
que nadie podrá desoír ni descifrar del todo,
una espada del Báltico que será cantada en Nortumbria,
una espada que los poetas
igualarán al hielo y al fuego,
una espada que un rey dará a otro rey
y este rey a un sueño,
una espada que será leal
hasta una hora que ya sabe el Destino,
una espada que iluminará la batalla.

Una espada para la mano
que regirá la hermosa batalla, el tejido de hombres,
una espada para la mano
que enrojecerá los dientes del lobo
y el despiadado pico del cuervo,
una espada para la mano
que prodigará el oro rojo,
una espada para la mano
que dará muerte a la serpiente en su lecho de oro,
una espada para la mano
que ganará un reino y perderá un reino,
una espada para la mano
que derribará la selva de lanzas.
Una espada para la mano de Beowulf.

Jorge Luis Borges