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lunes, 22 de octubre de 2012

Una cosa pequeña

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He hecho mi primera reseña de un cómic. Me la pidió Pepo Pérez. No tengo idea de por qué, ni de cómo dio conmigo. Es una cosa tonta, tiene 1000 palabras, que son apenas un par de párrafos y no he contado lo más importante.

Lo más importante es que he hecho una reseña de un cómic y no te la voy a poder mandar.

jueves, 8 de marzo de 2012

Perros

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Si existe un cielo de los perros, que no lo sé, Boule está ahora mismo jugando con Laika y con Alaska...


miércoles, 13 de julio de 2011

Sheet Music

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Hola, Olga.

Buenas, el-más-humano-de-los-replicantes.

 
Hoy hace un año de eso. Durante este tiempo, he aprendido, por él o gracias a él, cuál es la cara de Charles Burns; qué es una prótasis y qué una apódosis; a utilizar varios programas de ordenador y un sistema operativo nuevo; que Santiago García es el Trajano Bermúdez a quien leía tanto de pequeña y que hay quienes montan revistas de cómics cuando los demás tocan en grupos de rock. También sé de los mecanismos censores cinematográficos en Estados Unidos, de varias de las exposiciones que se montan en Nueva York y cuál es la programación del Metropolitan. Siempre pido crónicas de todo eso.

Hoy hace un año. Ha traído a gente a mi vida. Ha perdido el tiempo explicándome un sinfín de cosas simples. He descubierto que siempre tiene razón. Incluso cuando no la tiene. Me ha hecho reír a carcajadas. Ha trasteado con mis fotos. Ha formado parte diaria de lo que ha pasado por mí y en mí este tiempo.

Eso ha tenido alguna consecuencia. 

Lo que ocurrió malo fue menos malo porque él estuvo ahí.

lunes, 30 de mayo de 2011

16

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De mis 16 recuerdo varias cosas y, salvo una pelea con un profesor que duró todo el año y con el que me reconcilié más tarde, todas tienen que ver con la misma persona. Él de espaldas, mirando unos árboles (la memoria guarda fotografías, no películas): "qué bonito es esto, qué bonito". Sonriendo mientras me respondía: -¿qué te estás leyendo? -Las obras completas de William Shakespeare. Tocando la guitarra, cantándome Yolanda (años más tarde, varios años más tarde, dos amigas mías se la aprenderían para cantármela como regalo de cumpleaños en lo que ha sido, hasta la fecha, de hecho, uno de los mejores regalos de cumpleaños que he tenido jamás), enseñándome quién es Silvio Rodríguez y que, ciertamente, nadie canta Al Alba como Rosa León.




Esos son mis recuerdos de los 16. Y una libreta con músicos de jazz en la que me escribió para decirme que con él había hablado mucho pero con los demás no y que terminaba con un te quiero.

Siempre me ha pasado eso. Al final, sospecho, cierta clase de hombres me recuerdan los unos a los otros. Carlos me recuerda a José María que me recuerda a Jordi que me recuerda a Raúl. O quizá es que a mí solo me gusta cierta clase de gente.

Luego yo me largué a Sevilla y nos vimos una vez cada dos años. Hace más de una década que no me lo encuentro. Me he acordado de él de tanto en cuanto, muchas veces. Ni siquiera sé por qué ocurre que haya gente que sigue siendo importante en tu vida o para tu vida sin que les hayas visto más después.

Hoy me he topado con su blog, en la red: "La última vez que te vi fue en televisión, comentando sobre los Carnavales, con la misma voz dulce y la misma mirada inteligente".

Ni siquiera pensaba que se fuera a acordar. Pero me ha respondido con un enlace a Google Maps: la calle donde nos vimos por última vez. Yo ni siquiera había comenzado a trabajar. Luego me iría a Melilla.

Me he pasado el día sonriendo. Resumiéndole qué he hecho desde que no le oigo cantar. Y diciéndole lo que ya sabía: que me gusta mucho desde hace mucho tiempo.

domingo, 13 de marzo de 2011

Madrid

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Madrid es besar a Nerea y que Jesús me bese, apretar la mano de Begoña y colegir, con Tormentito, que el 85 por ciento de la gente es gilipollas y que, del resto, hay muchos que no nos caen bien. Es reconocer en Cristina a la persona con la que me intercambio ocho correos diarios y ponerle cara a Nacho. Hablar con Pepe de música. Que Kois me baje la persiana para que el sol no me despierte. Probar platos nuevos y hablar un ratito, avergonzada, con el dependiente de The Comic Co. sobre "La vida es buena si no te rindes", de Seth, que me he traído a casa después de que Nerea se lo haya ventilado apresuradamente, como antes leyó algunos U que también están ya conmigo.


Esa foto de la Plaza Mayor tiene una gota en medio porque llovía. No he hecho muchas más fotos y ninguna salvable: hacía tiempo, mucho tiempo, que no pasaba tanto frío en Madrid y que el tiempo no era tan desapacible.

Es testimonial. He vuelto a ir, claro. Yo siempre vuelvo.

martes, 1 de marzo de 2011

Una foto

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Hace unos días vi una imagen. Fue en un fin de semana muy raro, que pasé aliviada en parte, algo maltrecha también, con amigos, con libros, con fotografías. Compartí algún dolor que no se ha ido, porque eso me va a doler por mucho tiempo y de muchas maneras diferentes. Y vi una foto.

He visto muchas de esa ciudad. Fui sin saber reconocer el Empire State y ahora distingo cada edificio. He escuchado a Billie Holiday, a Billy Joel y a Frank Sinatra a todas horas. Decidí irme a París para viajar sola y porque hay que ir a Lyon a ver a Noelia cuando para a Mateo. Y porque París significa otras cosas: una reafirmación y otra huida. Sé bien lo que va a significar París.

Una negación, para empezar.

Por eso esa imagen me puso triste. Hay una mujer. Viste de negro. Mira un escaparate. Nada más. Porta una bolsa de las que tienen el logo: "I love New York". Parece cansada o yo la imagino cansada. Y al final ya no sé si se trata de lo que la foto enseña o de lo que yo vi. O de la parte de mí que quiso ser ella y pararse delante de un escaparate que muestra ropa de época, porque hay no sé qué de Jane Eyre, y llevar una bolsa de I love New York porque he entrado en una de esas tiendas horteras de souvenirs para turistas y he comprado algo y...

Me supo a derrota, la foto. Porque sé que iré a París queriendo estar en otra parte. Y sé exactamente qué querría hacer en esa otra parte y que no voy a pedir permiso. Y que por eso no voy, porque no me apetece un no por respuesta, porque sería la tercera vez y porque no estoy de humor como para que no me duela.

Aunque nunca salgan las cosas como pretendo.

No sé quién es ella, pero lleva acompañándome desde entonces. He aprendido las luces de memoria, la forma de las dos bolsas, las letras del escaparate, las manchas del suelo, cómo otra persona coloca una pajarita, las rayas del mármol.

Justo después de verla mandé un mensaje. Para que me esperen, con un café calentito y un muffin de canela.

Él, me contaron, se puso muy contento.

Ahora sólo me queda cruzar los dedos. Y lo demás.

Imagen de Workinpana.

sábado, 1 de enero de 2011

Adiós, 2010

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Ha sido un buen año. Si hablo estrictamente de mí, ha sido un buen año. A mi alrededor, algunos no pueden decir lo mismo: ha habido pérdidas dolorosas, cambios de vida y caos laboral. Pero se casaron Celia y Luis y eso hizo que viera a Vanessa después de muchos años y que le devolviera la visita a Raúl, que ha acabado el 2010 comprándose un ático que tendré que ir a ver cuando lo amueble. Es uno de mis propósitos de año nuevo: ir a Málaga para quedarme hablando hasta las cinco de la mañana con un amigo. 

Se casaron Luis y Celia e hice pan y recuperé a alguna gente y alguien se fue. Alguien me mintió, pero luego descubrí que le ha mentido a todo el mundo. Viajé con Pupe. Se repitió, como siempre, el café de los domingos con Raquel y Joaqui y María y Almudena. Noelia y Juli se quedaron embarazadas. Seguí viendo crecer a Hugo y llegaron Gabriel y Leo a nuestras vidas. Vi a Nerea, a Jesús y a Begoña. He visto a casi todos mis amigos este año.

Y llegaron otros. Incipientes, pero generosos. Llegó Sara y llegó Roy, que ha sido una de las mejores cosas de este año que se fue. Y llegaron otros a los que no les pongo cara ni voz, o a los que les pongo cara, pero no voz, aunque da igual. Sevilla siguió sentándome bien. Fui a Nueva York y conocí a Robert, a Fernanda, a X, a Dennis, a Katty. Le compré una libreta a Elías. Los círculos se abrieron. Celebré el cumpleaños de Sonny Rollins. Me compré una nueva cámara. Salí a hacer fotos. Aprendí.

Aprendí mucho. Y compartí. Y sentí. Y quise. Y quiero. 
Lo demás, a estas alturas, ya no importa.

La foto es mía. El recorte es de Workinpana, porque yo no lo vi.

domingo, 26 de diciembre de 2010

Las condiciones humanas

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Él no lee esto, ni creo que se lo mande, y tampoco lee poesía, o no demasiada, pero el otro día me encontré con unos versos de Stanislaw Baranzack traducidos por Abraham Gragera, que se llaman Las condiciones humanas, y me vino a la memoria.

Las condiciones humanas de la vida, las que me
garantizaron: el derecho a sentir humanamente,
el derecho a la incertidumbre, al temor, al (cuán humano es)
odio (hacia enemigos, claro, cuidadosamente
escogidos para mí, para que no tenga que molestarme);
el derecho a la humana (no es ninguna vergüenza)
fisiología: a sudar (en el trabajo), a llorar
(contra la almohada), a sangrar incluso
(en el banco de sangre); no sólo es mi derecho
sino que es mi deber exhibir todas
las flaquezas humanas: nadie me obliga, por ejemplo,
a ser un héroe, esto es: a decir la verdad,
a no ser un chivato, a abstenerme de la muy humana
necesidad de golpear a un hombre caído; nada
de lo humano me es ajeno, y además
nada de lo ajeno es humano para mí, vivimos
aquí, en nuestro círculo, no necesitamos
a los de fuera, somos todos buenos camaradas,
chicos normales y corrientes,
sólo gente.

jueves, 23 de diciembre de 2010

El último día

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Espero a Robert en Legal Grounds. Hemos ido a Liberty State Park ("aquí empezó todo, ¿te acuerdas?"). A Nueva York hoy lo cubren la niebla y las nubes. Él mira el perfil de Manhattan:

-Despídete.

Luego me dejará sola, en el Legal, para que me despida de los niños. En casa abrazo a Boule, que no me hace ni caso porque está comiendo. Voy a buscar a D. No sé cómo despedirme, pero él me ayuda cuando me tiende los brazos. Mientras me abraza, me susurra:

-I'll miss you.

Y yo empiezo a llorar ya.

Lloraré más cuando me abrace X.

-¿Volveré a verte?
-No lo sé. Si usted viene, no vendrá antes de un año...

No lo sé, pienso. Quizá sí.

-Bueno. Si no estás aquí, iré donde estés.

La última imagen que veo de Nueva York es la primera que vi. El perfil de Manhattan como un lego y la Estatua de la Libertad.

-Hey, ahí está la niña.

Robert me sonríe.

Hoy he desandado todos los lugares. El Liberty State Park, el Legal Grounds, la casa de Robert, cerrar la puerta por última vez; please, don't let the door slam; abrazar a Boule y acariciarle a contrapelo.

Así comenzó y así acaba.

-No sé para qué te llevo al aeropuerto-dice Robert-: tu taxista debe de haber regresado ya de las Bahamas.

Ya sé por qué me gusta tanto verle conducir. Porque conduce igual que Pupe, cambiando de marcha de la misma forma. Casi no hablamos. A mí me da el aire en la cara y me alborota el pelo y le miro mucho. El rizo rebelde, las arrugas de alrededor de los ojos cuando sonríe, como ahora, la forma de agarrar el volante.

Se lo dije a Roy el miércoles: jamás imaginé que me resultaría tan duro despedirme de esta ciudad. En el bolso, la bolsa de la Strand, llevo un muffin de canela: hoy me han hecho un desayuno especial, un crepe de salchicha, con fruta. Antes de despedirme de Boule, Robert se ha largado a pasearlo sin decir nada. Y yo he sonreído, pensando en que tenía que adelantarme él en la salida, por última vez.

Ayer se lo pregunté:

-¿Te podré dar un abrazo cuando me vaya?
-Claro.

Y me abraza, flojito, la primera vez.

Qué quieres, pienso. Es americano.

Pero luego regresa. Y vuelve a abrazarme. Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis veces.

-Espero que te lo hayas pasado bien.

Asiento porque no puedo hablar. Y vuelve a abrazarme. Y se va al coche porque llegará tarde al trabajo y yo le miro porque, cuando al fin he podido decirle "gracias", se me ha quebrado la voz.

Me hace reír. Para variar. Saca una botella de agua con la colilla que metí allí dos días antes, cuando fuimos a cenar con Marwan y nos dejó fumar en el coche:

-¿Qué es esto?

Y me río y lloro a la vez. Él se da cuenta:

-¡No te emociones!

Demasiado tarde.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Varios años de golpe

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Nos encontramos en julio a cuenta de unas gaitas. Yo le había leído ya, con la misma fruición con que me leí los mensajes de la muy sabia e inteligente Tuppence cuando entré en DxC. Al fin y al cabo, ya me había enamorado antes de ese androide que me enseñó, hace mucho tiempo, que lo único que me diferencia de un animal es mi conciencia de muerte.

Luego se fue, por un rato largo. Un mes, algo más. Regresó a cuenta de una mezquita y de unos libros. Ocho días después, durante un viaje a Madrid en el que Nerea y yo acababamos mirando los tejados con un café en las alturas, me dejó un paquete en Madrid Cómics. Con muchas revistas y muchas palabras. Nerea y yo pasamos parte de la tarde, con los dedos llenos de polvo y de ilusiones, leyendo en el metro y en el sofá, sonriendo.

Hasta ese momento, él y yo habíamos intercambiado una veintena de mensajes.

Al día siguiente, me fui a Nueva York. Las revistas siguen en casa de Nerea, que las seguirá hojeando para tenerlas aprendidas antes de que yo vaya a recogerlas. En Nueva York me siguió acompañando, a su modo. Recomendándome librerías, actividades en el Tompkins Square Park a las que no fui, y alguna tienda de cómic. También por las calles, porque a veces ocurre eso: estás en una ciudad que no conoces y te acuerdas mucho rato de alguien a quien no has visto nunca.

Reconocí St. Mark's Place porque él me la mostró. Y es suya mi foto favorita de Coney Island.

Cuando regresé, seguía estando aquí. Para trastear con mi ordenador, instalarme programas, enseñarme atajos de teclados, enviarme algún paquete, comentar alguna película o hablar de pasiones inefables. También me contiene cuando se me van los dedos, me critica de manera leal e implacable y me sujeta si voy a meterme en un lío.

Hacía mucho que no me fiaba tanto de nadie. Me gustan sus gustos, su humor y su ternura.

También me gusta su voz, pero me temo que eso no acaba de creérselo del todo.

Con alguna gente siempre voy a tener la sensación (qué coño sensación: la certeza) de que recibo más de lo que alguna vez podré darles.

Hoy le caen varios años más de golpe.

Y creo que eso no le gusta nada.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Despedida

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Me he despedido de Bryant Park, con un concierto de piano. Esta noche hay ópera. También esgrima y yoga, gratis. He ido a Grand Central y al Chrysler (con ese vestíbulo tan impresionante y unas pinturas que parecen de Thomas Hart Benton y son de Edward Trombull), a ver el Daily News y Sniffen Court, con el portón cerrado. En la calle hay un cartel: What's your story?. Un concurso, creo recordar, para que cada cual escriba lo que quiera. Yo me acuerdo de Roy, por uno de los primeros mensajes que le leí, hace mucho tiempo, y sonrío mucho. Ya debe de haber llegado.



Cuando estaba en Bryant Park, he decidido comer en Legal Grounds. Me vuelvo a Jersey. Esta mañana ha hecho buen tiempo y he salido al jardín. Hablamos y hablamos. Robert me ha despertado con una llamada: he dormido cuatro horas, ayer llegué tarde, pero no me importa. El rito diario de hacer correr a Boule. No hay tiempo para hacer fotos: el viernes, promete. Aunque luego, como siempre, revisará y borrará las que no le gustan.



Cuando estoy con Boule, en casa, después de comer, comienzo a escribirle. Y decido no volver a Manhattan y quedarme mañana con los niños. A pesar de Harlem. A pesar de Bond Street. A pesar de todo lo que no he hecho.

Cuando llega, le regalo un libro de cocina vegetariana y un marcapáginas con un proverbio danés: de la Strand.

El camino a la casa de un amigo nunca es demasiado largo.

15 de septiembre.

domingo, 31 de octubre de 2010

Strand

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En Think Coffee también ponen un café magnífico. Adoro al New York Times por reseñarme estos lugares. Hay cuadros en las paredes, pinturas de Adriana Ehmad. Acabo de estar, por orden, en la Forbidden Planet y en la Strand. Y me he venido a tomar un café para que se me pase la impresión.



Forbidden Planet es parecida a Midtown Comics y a cualquier librería de cómics, supongo (para mí, tiene más encanto la primera, pero tampoco sabría decir por qué). Con muchísimo merchandising, además, desde figuras de Edgar Allan Poe y Charles Dickens hasta una estatua bien hermosa de Puñal. De nuevo el recuerdo de un quiosco, en Montijo, con nuestra paguita que gastar en historietas, desde el TBO hasta El Caballero Luna; de nuevo la imagen de mi madre trayéndonos un puñado de ellos cuando teníamos que quedarnos en cama, como durante mi sarampión de los tres años. Los libros que me llevaría son demasiado voluminosos, pero curioseo durante mucho rato.



Menos del que voy a pasarme en la Strand. Ya sé qué cuaderno le voy a comprar a Elías Moro: uno de esta librería grandísima y mareante (no sé ni hacia dónde mirar) en la que hay tres plantas y un sótano y en la que los empleados cogen cajas y más cajas y se toman un café mientras hojean un libro.



No cierro la boca en toda la visita. No puedo verme, pero sé que me brillan los ojos. Fotografía, arte, historia americana, historia militar, viajes, cocina, libros usados, novedades, separadores, marcapáginas con citas, bolsas, cuadernos en blanco y libros, libros, libros, libros. Tackeray en cuero, Lewis Carroll completo e ilustrado (lo cojo para llevármelo, junto a otro de Howard Zinn, dos libretas y algo más: cuando me doy cuenta del peso, devuelvo cada cosa a su sitio y pospongo la visita para cuando me vaya a ir a casa, que no es plan de ir cargando con todo eso), Omar Khayyam, Herman Melville (primera edición de Moby Dick, sin precio), Wilde, Auster (firmados), cómics, una sección de arte inmensa, otra de arquitectura no menos inmensa y la tercera planta.



La tercera planta es la de las primeras ediciones, libros para bibliófilos y publicaciones raras, como alguna del siglo catapún sobre las flores de Nueva Guinea. En la tercera planta hay un busto de Mark Twain, un par de restauradores cosiendo libros y varios Dickens a más de 400 dólares. Las obras completas, desde el Pickwick a Our Mutual Friend, cuestan 1.800. Quiero ser rica. Y quiero hacer fotos, pero me da mucha vergüenza preguntar -Roy, por favor, hazlas tú por mí-. Veo a Shakespeare, al Dr Johnson, a Lawrence (firmado), muchos libros de fotografía inmensos y, de nuevo, a más gente querida. Camino despacito y me fijo en cada título, en los lomos gastados, en los carteles que explican que ciertos libros no tienen precio y que se pregunte al dependiente, en las letras de oro y el cosido robusto que ha hecho que ahora estén ahí, al alcance de mi mano (pero no de mi bolsillo). Había visto las imágenes de Roy en el foro de Nueva York, pero jamás me imaginé que fuera tan hermosa, tan grandísima, tan caótica -con sus cajas y los dependientes de un lado a otro-, tan ordenadísima y tan calmada a la vez, porque, a pesar de la cantidad de gente que hay, que es mucha, es un sitio silencioso. Parecido a una biblioteca.

Me acuerdo muchísimo de mi hermano. Lo que disfrutaría aquí. Lo que disfrutaría yo viendo sus ojos.

Tenemos que venir juntos.

8 de septiembre.

lunes, 4 de octubre de 2010

En el Rockefeller y más allá

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Adoro de Nueva York el que sea imposible perderse. Completamente imposible. También el que haya un parque con bancos en cada esquina. Sentarse en un banco sola tiene sus peligros, de todas maneras. En Bryant Park, un señor que antes me ha pedido dinero (I'm sorry. I don't understand you, miento) se me para enfrente para pedirme un cigarro. Piensa que soy gitana. Quiere darme conversación, pero no me gustan los mendigos que no conozco.

Cuando me levanto, una chica ocupa mi asiento y se echa a llorar, desesperada.
Nadie la mira.



Me gusta la vida callejera de esta ciudad. Y el olor de las calles, que va cambiando: ahora a pretzel, a perritos calientes, a café, a humo, a asfalto. He pasado antes por Midtown Comics y me he acordado de Roy. Y por la Drama Bookshop, donde se atrincheró mi hermano mientras los demás subían al Top of the Rock. No entro porque las compras de la zona las voy a dejar para cuando visite el ICP. Además, por hoy ya he tenido suficiente. Ahora estoy sentada en el Starbucks del Rockefeller Center: yo quería un simple café con leche y con hielo y me han puesto un tanque lleno de nata y chocolate que se supone que he pedido (pero, ¿milk no era leche?). Me da lo mismo: ¡¡hay mesas y sillones!! Sillones con respaldo blandito, aire acondicionado para mis pies hirviendo.





También me acuerdo de Locotomoro. Me he pasado dos meses copiando direcciones de pastelerías y, después de haber comido un poquito de taboulé y de hummus, llego a Magnolia Bakery y salgo sin pedir nada. Creo que, si me quedara un mes, conseguiría la talla 38. Por lo menos.



Pienso que, por mucho que yo anduviera por estas calles, por las mismas, una y otra vez, siempre habría algo asombroso en ellas. Fotografío la puerta del Algonquin, donde Dorothy Parker debatía con los amigos. No entro porque me da vergüenza (luego miro el menú de la Round Table y no es caro: 39 dólares, sin tasas, sin propinas). Me asomo a Diamond Row, que me parece un auténtico horror, literalmente: las joyerías no me apasionan en absoluto, llevo diez años con el único anillo que me voy a poner, uno de plata que antes era liso y ahora está rallado. Es una calle bulliciosa y con letreros dispares que me espanta. Y, como me espanta, ni la recorro. No sé qué le ven de turístico, pero hay miles de personas haciendo fotos. Yo sigo hacia el Rockefeller Center: me planteo subir al Top of the Rock, pero ya lo haré otro día. Me queda aún un montón de camino.

Y no me siento sola, ni me sobra el tiempo.

31 de agosto.

Las fotos son mías. La segunda, la tercera y la cuarta son del Rockefeller.

sábado, 2 de octubre de 2010

Los barcos del puerto

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Los barcos del puerto no tienen las velas izadas, pero siguen siendo espectaculares. En los Piers 15 y 16 están amarrados el Ambrose, de 1908, un barco faro que señalaba la entrada; el Peking, con sus cuatro mástiles, de 1911 y el Wavertree, de 1885, con su vela cuadrada que no puedo ver. Quizá porque soy de secano, verlos siempre me hace pensar en aventuras en alta mar, hombres oliendo a salitre con los surcos marcados en la frente y una mujer esperando en la orilla. Miro las construcciones. El Cannon's Walk, Schermerhorn Row, con su patio interior, que me hace sonreír porque me recuerda a la corrala de la casa de Begoña; los turistas comiendo y el Fulton Market, con todos los puestos cerrados ya y la gente recogiendo.


Busco un ciber para decirle a Josh que el día 14 quedamos en la McSorley a las ocho de la tarde. Que se venga con Virginia. Ellos tienen edad de vistas hermosas y yo de tabernas literarias, porque hemos quedado para hablar y no para hacer fotos. También escribo a Roy. Sigo hasta las obras del World Trade Center y no me detengo porque busco Port Authority. Las andanzas de mis aventuras para llegar a casa se resumen en que por fin compro una Metrocard para 14 días con viajes ilimitados, llego a Times Square y, en Port Authority, las dos personas de información me mandan a dos lugares por los que no pasa ningún autobús. Y además el trayecto es cada hora y yo estoy cada vez más agotada. Son las diez y media de la noche y llevo en danza desde las seis de la mañana, tengo el cuello quemado de la cámara de fotos y mañana las agujetas van a llegarme al cielo de la boca. El cansancio se me olvida cuando llego a una calle que me ofrece una vista preciosa del Chrysler. Luego descubriría que, por no preguntar y por dar por sentado lo que leo en los carteles, que la estación del World Trade Center no está operativa, me había equivocado de pleno yéndome al autobús. Pero en autobús llego a Jersey City. Gracias a un vigilante simpático y después de estar hora y media en la puerta del New York Times viendo a los trabajadores salir y pensando: "Quiero ser tú".



Times Square me parece una luminaria imposible que a todo el mundo impacta, menos a mí, que ya las vi en la calle Yonge de Toronto y que me parecieron, entonces como ahora, un canto al gasto inútil. Un monumento al capital. Para alguien que tiene una relación tan extraña con el dinero como yo, y a la que las tiendas no la hacen detenerse salvo que sean de artesanía o vendan libros, Times Square es un bullicio increíble pero muy poco atrayente.


Creo que en el foro van a matarme cuando lean esto, pero desde luego que me quedo con Schermerhorn Row antes que con mil letreros luminosos anunciando cosas que no quiero comprar. Eso sí: entro en Toys 'R Us para buscar las Barbies de colección que tengo que llevarle a Leticia. Y después de hora y media buscando el autobús (en inglés: aquí todo el mundo habla español, aquí todo el mundo habla español) llego a casa desde Journal Square en taxi. Según Robert, me tenía que haber bajado en la parada anterior, pero no tengo ni idea porque me quedé dormida. Al día siguiente, mi jornada comenzará con él y con Boule, por el canal Morris, viendo Manhattan con la neblina del río. Vuelvo a desayunar en Legal Grounds: el café sabe a café y el muffin de canela es exquisito. Y decido, sobre la marcha, ir al Theater District a comprar una correa de neopreno en B&H y dos cabezales para el trípode. Voy a descubrir si hoy sí me aclaro con el Path.

30 de agosto. 

Fotos: El Peking, el puerto, el Wavertree y Times Square. Las hice yo :)

martes, 21 de septiembre de 2010

Al final todo llega

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Al  final todo llega. Llegó la noche antes de coger el tren, con el sueño  intermitente y ese terror eterno a no despertarse y perder el  transporte. Llegó Atocha, y el metro a Puente de Vallecas, Nerea  esperándome en la esquina, la tapa en casa, salir a comer, contar los  viajes. Ha estado en Grecia, viendo a los Durrell; en Italia y un pueblo  de tejados cónicos en el que los habitantes, a pesar de las  prohibiciones, arrojan las basuras a una cala que ya no puede acoger  más; y en Albania, con su Tirana de casitas de colores y los mercados  cochambrosos. Hablamos de la colonización de los espacios, de cómo la  llegada del capitalismo impulsó a la gente a comprarse coches y más  coches, y de la capacidad de los sistemas políticos para definir unas  creencias que luego se quedan en nada, porque hay que vender las granjas  para irse a la ciudad y comprarse un BMW.

Recuerdo a Tomaz  Pandur, en la presentación de Medea, el año pasado: "Yo soy yugoslavo y  Yugoslavia ya no existe". A Nerea y a mí nos faltan conocimientos para  entender qué pasó. Cómo se conjugan los héroes de la patria, las  estatuas dedicadas a los obreros en armas, la exaltación de la mujer  campesina, con los Volkswagen y los Audi en cada puerta. Cómo se  consigue que un pueblo desee y crea lo que luego va a dejar de desear y  de creer. En un tris.

Madrid también ha sido un paseo hasta el  centro, para entrar en Madrid Cómics. Alguien a quien no conozco y a  quien no sé si alguna vez tendré la oportunidad de abrazar, me había  dejado allí muchas revistas. Internet crea extrañas alianzas. Y en  demasiado poco tiempo, apenas una veintena de mensajes cruzados. Siempre  me asombrará esa generosidad. Me asombra y me conmueve. No creo que  vaya a poder corresponderle nunca.

A Begoña también la conocí por  internet, hace casi una década, hablando de Pessoa, de sor Juana Inés  de la Cruz y del miedo en las relaciones. Cuatro meses después de  aquello, nos tomábamos los primeros vinos en la plaza de Chueca. Desde  entonces, Madrid es también esa mujer guapísima y divertida,  inteligentemente divertida, admirable para mí por muchas razones, con la  que comparto ciertos ritos extraños, como buscar los bares más  estrambóticos de la ciudad. Además, me presta a sus amigos, así que  visitarla a ella es dejar, también, que Jesús me abrace y me mime.

Hace  dos años o así, Jesús y yo nos ventilamos una botella de pacharán de la  que sólo íbamos a tomarnos un chupito. Al pacharán le habían antecedido  no sé cuántos vinos y algún vermouth, unas gambas, jamón ibérico y  mejillones. Yo salí del bar agarrada a él y haciendo eses. De lado a  lado. Desde entonces, aquella noche se ha convertido en una anécdota que  recordar cada vez que nos juntamos. Jesús jura y perjura que yo no  estaba tan mal y yo no me acuerdo de mucho.

Me han picado todos los mosquitos de Madrid y me he levantado tres veces en mitad de la noche.

28 de agosto.

martes, 24 de agosto de 2010

Foro de Nueva York

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Yo soy carne de foro. Desde que, hace más o menos diez años, escribí un texto en la página de Chueca (entonces era Elrond, parece que hace siglos) para comentar una noticia que acababa de publicar uno de mis más queridos amigos. Aquello acabó como el rosario de la aurora, pero me dio a unos cuantos -Barcelona, Madrid, Buenos Aires- que me acompañan desde entonces.

Luego ha habido otros. Creo que en el único en el que no he entrado haciéndome notar ha sido en el de Canonistas, porque me obligaron a quedar con ellos a los pocos días de presentarme (suelo necesitar bastantes meses antes de un café con un desconocido. En algún caso han pasado años). Llevo el suficiente tiempo moviéndome por la red como para saber quién me gusta al primer vistazo: en todos hay mesías, camarillas y luchas por un poder que no existe. También sé que mi manera de escribir, a mandoblazos, no me ayuda en nada, pero la gente a la que le hago gracia ha seguido quedándose después.

El foro de Nueva York es mucho menos anónimo que el resto y se establecen relaciones más cercanas en un tiempo mucho más exiguo del que se necesita en otros foros, porque a los dos días sabes datos como dónde viven, cuál es el nombre y en qué profesión trabajan de las personas que te interesan. Ha habido, como en todas partes, rayos, truenos y centellas, pero eso sirve también para comprobar reacciones.

Los que me gustan siempre han reaccionado bien.

Es un lugar terriblemente divertido y muy tierno a veces, con participantes muy irónicos. Todos acaban comiendo en los mismos sitios y tocándole los huevos al Charging Bull, pero al final cuentan experiencias únicas porque cada forma de mirar lo es. Vuelvo a suscribirme a blogs que narran aventuras, debato sobre fotografía, observo el puente de Brooklyn por la noche y hay diez o doce nicks a los que busco.

Con uno de ellos no he coincidido y no sé si habrá la oportunidad de hacerlo, porque dejó de escribir justo cuando llegué. Me gusta mucho cómo escribe. Lo que dice también, pero el cómo, aún más. Creo que es porque me recuerda a David, que murió antes de que nos hubiéramos tomado unos vinos en Madrid o en La Vera. La misma calma, la misma templanza, la misma rectitud, cada palabra en su sitio y la franqueza.

Yo le llamo el manhattanés.

He acabado bebiéndome todos sus mensajes.

También los de otros. A alguno, incluso, lo tengo en mi firma, en espera de que acabe su relato de una vez.

Siempre va a asombrarme la irrefrenable simpatía que siento por alguien a quien solo conozco detrás de un teclado.

Y os preguntaréis: ¿a qué viene lo de Superman? Pues viene a cuento, viene a cuento. Aunque no lo parezca. Es la imagen de un avatar.