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domingo, 20 de febrero de 2011

Lo que se fue

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Llevo limpiando todo el fin de semana. Ya sabía qué me iba a encontrar. Muchas libretas escritas. Mensajes cariñosos de alguien a quien eché y que me han hecho sonreír de puro cinismo, oye. Y varios textos que no publiqué nunca.

La banda sonora de mi vida está hecha de canciones que no suelo volver a escuchar. Este fin de semana, también, me he dedicado a intentar recordarlas. Algunas me recuerdan a mucha gente. Otras a nadie o solo a mí. A mí a los trece, con Jimi Hendrix y Guns'N'Roses. A mí una época de mucho frío, escuchando tangos. El comienzo de muchos de mis días, con casi dos décadas de diferencia, con las primeras notas de Red Rain, de Peter Gabriel. Y Man in the Mirror y las lágrimas la primera vez que sonó Estatua de Carne.

Llenar bolsas de basura es terapéutico. Sobre todo cuando la basura ya no afecta.

martes, 16 de noviembre de 2010

La importancia de un nombre

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En la Marble Collegiate Church, que no puedo ver porque las horas de visita son por la mañana (aunque está abierta: soy así de disciplinada) va a haber una Misa el 12 de septiembre. Las verjas que la separan de la calle están cubiertas de cintas. De cada una de ellas cuelgan tarjetas con nombres: las de los fallecidos durante el atentado a las Torres Gemelas. Me sobrecoge, la verdad, porque nombrar a alguien (yo lo sé muy bien: conozco muy bien la importancia que tiene un nombre) es poseerlo, darle forma, traerlo a la memoria, hacerlo tuyo. El corazón me da un muerdo porque me he acordado de m0ntaraz en Forbidden Planet, al ver un muñeco de V de Vendetta, de repente, y me ha vuelto a dar mucha pena, esa historia siempre va a darme pena, y también me he acordado de Pedro, porque yo olvido muy mal, a mí olvidar no se me da bien, y me he puesto triste, por ellos y por mí, sobre todo por uno de ellos, en el que pienso, de nuevo, cuando leo esos nombres de gente a la que no conocí pero a los que otros lloran desde hace casi una década, y asiento porque sí, porque es importante que haya quienes sepan tu nombre y tu apellido.



8 de septiembre.

jueves, 26 de agosto de 2010

Mi viaje de despecho

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La mayoría de vosotros sabe cómo surgió este viaje. Es más: algunos habéis estado recogiendo los pedazos. En septiembre, yo debería haberme ido a Alemania. A pasear a orillas del Rhin y a dispararle a la catedral de Colonia con un 18-55.

Pero me traicionaron.

Debería haberlo supuesto, de todas formas. Nunca he fraguado un plan que se cumpliera con semejante tiempo de antelación. Aun hoy, a días de irme, me dan ataques de pánico: es la historia de mi vida.

A mí el dolor no me dura mucho, quizá porque el recuerdo me dura eternamente. Después de mandar varios correos incendiarios y algún que otro mensaje muy cabrón, me acordé del encuentro con mi amiga Vane en Málaga: "Si alguna vez vas a Nueva York..." Fue una decisión muy rabiosa: yo no me quedaba sin vacaciones, me iba a pegar el viaje del siglo y la única ciudad en la que podría estar varios días -muchos- sin que se me agotara, tenía que ser una ciudad sin casco histórico. En la otra punta. Con mucha vida cultural, mucho museo y muchos bares.

La vida cultural que me interesaba no iba a ser tal porque la temporada de ópera comienza a finales de septiembre y el American Ballet Theatre anda de gira con sus zapatillas de punta por la otra orilla del país. Pero Sonny Rollins celebra en Nueva York su octogésimo cumpleaños y Twyla Tharp ha dibujado la coreografía de Come fly away. El museo de arte africano cierra por reformas hasta 2011 pero en el Guggenheim se ha programado una exposición de Kandinsky y Malevich que me va a recordar mucho a Nerea.

Vayáse lo uno por lo otro.

Desde que decidí irme, lo llamo, con mucha sorna, mi viaje de despecho.

Las ciudades se llevan dentro, pero yo no me llevo ya ningún dolor. Sí mucha curiosidad, muchas ganas y un equipo fotográfico que pesa cuatro kilos y que le debo a la generosidad de mis amigos.

También varias libretas, una buena provisión de bolígrafos y la idea de sentarme a escribir en cualquier sitio donde pongan buen café.

Prometo contarlo todo después.

La imagen está sacada de la red y no pone el autor. Una pena.

jueves, 3 de junio de 2010

Por la mitad

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Hace mucho que no escribo. Que no publico aquí, iba a decir, pero en realidad hace mucho que no escribo nada. Cuando no escribo, no vivo. O vivo peor, que es igual.

Dejará de doler. Sé que dejará de doler, que tardará mucho en dejar de doler, que tengo buena memoria y que no olvido. Sé que me di y que cuidé. Que quise mucho. Que quiero mucho, porque el amor no se va en dos días, aunque se vaya. También sé que esta será una historia más de las muchas que no cerré porque nadie quiso cerrarlas por mí. Que regresarán el sueño y el apetito. Que dejaré de meterme paquete y pico de tabaco entre pecho y espalda, para aventar el miedo y los nervios y la ansiedad. Que abrazaré a Pupe y que no lloraré con ella porque yo no lloro delante de nadie. Y que no le encontraré el sentido nunca, por más que sepa -gracias, Princesa- que a veces la gente no sabe cómo hacer las cosas. Que quizá el otro no es malo, sólo es débil. O cobarde.

Me han partido por la mitad y también sé que no soy buena para desprenderme de las cosas.

Imagen de Diana Bas.

sábado, 29 de agosto de 2009

Cerrado por vacaciones

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Escucho Canadian Sunset, de Kenny Barron. Pienso. Imagino. Una cabaña junto a un lago, un baile, un paseo, una tarta de arce y café en Le Petit Coin Latin, acarrear una maleta verde por las estaciones de Ottawa, Quebec y Toronto, visitar tiendas de discos sólo para observarlo; hacer fotos a los indios, si ellos quieren; descifrar el idioma, los idiomas; acurrucarme en una cama calentita después de haber metido los pies en agua caliente. Rezar para que no me salgan ampollas. Rezar, también, para que haya, al menos, unas cien fotos dignas... Escribirlo todo. Contarlo más tarde.

Os veo a la vuelta.

Mientras tanto, podéis pinchar aquí:



Imagen de Le Petit Coin Latin de Quebec de smwarnke4

martes, 18 de agosto de 2009

Ciudades

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Las ciudades tienen su propio olor y su propio pulso. Yo siempre camino por ellas como si las conociera y, a ratos, en las propias, como si las viera por primera vez. Miro imágenes, para saber cómo tengo que fotografiar, pero al final sólo saldrá lo que me sea propicio.

Hay lugares que hemos visto mil veces. Pero el olor, el ambiente, sólo lo descubrimos cuando llegamos. A mi lado caminará alguien que es todo ojos. Él será también mi vista.


Imagen de Ottawa.

domingo, 9 de agosto de 2009

Botas

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Me he comprado unas botas. Son éstas. Él dice que no hacen falta, pero yo me conozco. Me hace falta la seguridad psicológica de que no me voy a despeñar y eso sólo lo consigo con unas buenas suelas, aunque luego mi andar sea tan torpe como siempre (torpe, cuidadoso: al final nunca me caigo porque miro bien por dónde piso. Es un andar lento, también, inseguro de tan lento en las dificultades. Pero es el mío).

Me he comprado unas botas. Antes, me saqué el pasaporte. Y el carnet de conducir internacional. Y compré tres guías, que están en su casa, a mil kilómetros de mí, porque es más concienzudo a la hora de organizar los viajes que yo. Leo sobre los indios, retomo a Jack London, me imagino buscando oro y tengo la sensación de que mi vida es pequeñita y acomodada. Aprendo a limpiar la cámara de fotos. Tengo que coser una bolsa para el trípode. Cuento los días.

Quedan veinte. Justo veinte para aterrizar en Toronto.
Qué lentos pasan.

miércoles, 5 de agosto de 2009

Sabores

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Quiero besos con sabor a tabaco, a marihuana, a hachís, a café solo y a cerveza. Para descubrir después que tu boca tiene un sabor único que sólo yo conozco y que no puedo describir sin evocarlo.

jueves, 23 de julio de 2009

Todo tú

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Me gustas todo tú. La ternura con la que me acaricias, siempre. La pasión que imprimes a tus movimientos cuando ya no puedes más. Las ganas que te comes. La timidez con que me recibes.

También me gusto yo cuando estoy contigo.


Imagen de Sisapo.

domingo, 19 de julio de 2009

Gerona

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Me parece que hace siglos de las tardes de sofá y de las caricias, del rito de desayunar juntos después de haber salido a hacer fotos, de ir a comprar para tener lista la comida del día, del pacharán y los mojitos, las rutas por las librerías y las escaleras del casco antiguo.

Siempre que una vuelve de vacaciones ocurre lo mismo. Al segundo día de rutina, parece que nunca se fue y que la que vivió todo eso (el tiempo de despejarse y descansar, lo llaman: tiempo de sentir y descubrir, lo llamo yo) era otra persona.

A veces pienso que no se trata de que los viajes te cambien. Es otro de tus yoes el que viaja, mientras otra parte de ti se queda para volver a retomar los días con el mismo ritmo de siempre.

La foto es mía. Hay más en el álbum. Algún día aprenderé a mirar, prometido. Y a procesar y a colocarme y la técnica y...

miércoles, 6 de mayo de 2009

En mis planes

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Esto no entraba en mis planes. Nunca había entrado en mis planes. Yo no había imaginado mis días así. Iban a ser una sucesión plácida de trabajos, de algún viaje sola o con amigos, de visitas a la gente en Madrid o en Sevilla, una sucesión de hechos controlables. La soledad elegida.

Ahora están, en mi casa y en mi cuerpo, los restos de su visita. Hay dos nuevos libros y un CD de música que me recuerdan que es cierto, que no me lo estoy inventando, que todo esto ha ocurrido y está ocurriendo de veras. Me lo dicen Ian Jeffrey y Charles Dickens y también Lou Reed, Tom Waits, Franco Battiato, Eddie Veder y los Burning. Y un puñado de fotos en varias ciudades que hemos pisado juntos. Me lo recuerdan, también, las yemas de mis dedos, que se han quedado para siempre el recuerdo exacto de su piel, lo mismo que mi boca sabe a su boca cuando le convoco.

En mis planes entraba ir a Canadá. No enamorarme como una loca.

Imagen de ViaMoi.

miércoles, 8 de abril de 2009

Tierra

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-¿Te apuntas? ¿Te vienes?
-Por supuesto que sí, claro que voy, donde tú me digas.

Los viajes comienzan siempre mucho antes. El mío tiene fecha y hora: un 9 de marzo a las diez menos diez de la noche. Un correo electrónico, unos días que pasaron muy lentos hasta la confirmación definitiva y dos guías de Canadá que casi no me atrevía a abrir encima de mi mesa.

Hay pocos ingleses preparados para descubrir esta tierra, que avanza lentamente pero sin pausa, que consigue que las diferencias entre sus gentes queden atrás y sean pronto olvidadas, que alienta al espíritu emprendedor personal y colectivo a formar un Estado robusto y vital, sin una pizca de debilidad ni enfermedad, con el vigor y la salud latiendo en su firme pulso; esta tierra rebosa de ilusiones y esperanza.


Eso lo escribió Charles Dickens y quien me conoce, a poco que me haya leído, sabe que estoy enamorada hasta los tuétanos de ese escritor de folletines que consigue que sea la propia espina dorsal la que hable y al que cito en conversaciones de café como si fuera un viejo amigo. Esta tierra rebosa de ilusiones y esperanza. Como los viajeros. Como los exploradores.

Javier Reverte, que prepara un libro sobre Alaska y Canadá que no se editará antes de que yo pise su suelo por vez primera, dice que un viajero es aquél que sabe cuándo parte, pero no cuándo regresará. A los demás nos define la ruta el tiempo que disponemos de vacaciones. Yo ya no distingo entre viajeros y turistas: creo que, al final, lo más que hacemos, unos y otros, es desplazarnos por este territorio tan grande y tan exiguo que es el mundo, intentando apresar lo que podemos con todo el bagaje, mucho o poco, que arrastramos desde el punto de partida.

Esta vez yo estoy curada. No hago un viaje para huir de mi rutina. No tengo el corazón hecho pedazos. No hay ninguna ciudad, ningún lastre, que vaya a llevarme conmigo a otro país. Ningún viejo amor, ningún conflicto, ningún desequilibrio, ninguna desazón. No hay tormentas, no hay frío, no hay naufragios. Sólo ilusiones y esperanza.

Voy a ser tierra.

Imagen de Polilla.

lunes, 30 de marzo de 2009

Viajes

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Siempre he querido hacer dos viajes. Desconozco cuándo se gestó el deseo, porque algo debí de ver: una fotografía, quizá; un documental, una película. Ni siquiera conozco demasiado sobre esos dos países, a pesar de una amiga que vivió casi 30 años en uno de ellos y de un amigo que se enamoró de ella y me mandó una postal de los empalados de Vlad Tepes. A pesar, también, de mi último nick, que es una comida (sustantivo masculino) que no he probado jamás.

Transilvania. Los Cárpatos. Sibiu. Brasov. El castillo de Bram. Sighisoara. Un recorrido que tracé mentalmente hace años y que sólo está hecho de montañas, vampiros y leyendas.

El otro destino está hecho de colores. Unas pinceladas del rojo de un bosque de arces, ocres, amarillos y naranjas, los árboles vistos desde arriba. Tengo la imagen tan grabada en la memoria que me ocurre como con Harlem, años 30. Pienso que ya estuve. Que no me lo perdí.

Siempre había pensado que mi primer destino sería Europa y que viajaría sola. Un cuaderno, las cámaras de fotos, una libreta con la firma de William Shakespeare en la portada y los ojos bien abiertos y el entusiasmo infantil que me hace abrir la boca y excitarme en cada recodo.

Jamás pensé que iría a Canadá y jamás pensé que sería así. Acompaño a un tipo que siempre me ha gustado (porque nunca conozco a alguien hasta que no le leo, y le he leído mucho), pero del que pensé que no le conocería nunca y menos de este modo, planeando un viaje por correo electrónico sin habernos visto las caras y sin haberle escuchado la voz. Vamos a Ottawa, Quebec, Sainte-Marie among the Hurons, el Parque Nacional Algonquin, la Península de Gaspé y Terranova. Ha trazado una ruta compacta e improvisada, con plena libertad para hacer lo que queramos y sin más planes que los precisos, lo cual es maravilloso porque yo soy muy anárquica.

Me voy a Canadá.

La foto es mía, de las dos guías que tengo en casa.