Arwen me hace un encargo que no sé cómo cumplir. Yo de amores no entiendo, lo he dicho ya alguna vez. Sí de esperas, me paso la vida esperando lo que no va a suceder nunca. Por eso no puedo escribir "del amor que debe ser esperanzado": porque no sé si debe serlo, porque no sé de correspondencias, porque no sé qué nombre dar a lo que ella siente -puedo llamarlo dolor, añoranza, miedo, pérdida; pero tampoco será bastante-, porque a mí los ritos se me escapan y porque ya sé que nunca entenderé lo que no he vivido nunca.
domingo, 2 de diciembre de 2007
Sobre la desesperanza del amor que debe ser esperanzado
11 comentaron
Publicado por
Los viajes que no hice
en
12/02/2007 10:50:00 p. m.
Etiquetas: Arwen
miércoles, 4 de julio de 2007
Yo, con los ojos de Arwen
13 comentaron
Estaba escuchando a Christina Rosenvinge y, de pronto, me he encontrado con una entrada de Arwen que me ha hecho llorar. Joder, que yo no lloro...
"Hace unos días me decidí a hacer una visita a una amiga. Hacía años que no compartíamos más que un pequeño momento robado a una visita relámpago o una conversación de esas largas, largas por teléfono. Me apetecía mucho verla, sobre todo, porque se acercaban nuestros respectivos cumpleaños y 13 años de amistad bien merecen una celebración.
Fue un fin de semana intenso, de hacer muchas cosas, pero sobre todo de hablar, hablar, hablar y hablar. Ella se quedó afónica por intentar silenciarme, yo me
vacié de todas esas cosas que cuento a alguna gente, pero que ella sabe dar la vuelta y devolverme para que lo mire desde otra perspectiva... Desde luego, fueron dos días que no me defraudaron.
La verdad es que siempre me pone un poco nerviosa ir a verla, porque es de las pocas personas que me meten mucha, mucha caña, y es casi la única a la que se lo permito, porque sé que lo hace con buena intención, porque me permite alejarme de mí misma y mirar las cosas de otra manera. Es directa, a veces dura por ello, radical, racional, aunque también terriblemente visceral, divertida, y, sobre todo, amiga de sus amigos.
Hemos tenido nuestros más y nuestros menos, pero sé que estará ahí. Da igual el tiempo que haga que no hablamos, si me ocurre algo terrible (bueno o malo) sé que la puedo llamar y me bajará de las nubes, me pondrá los pies en el suelo e incluso se reirá de mis idas de olla (que son muchas y variadas).
Es capaz de decirme que cambie de vida y nos recuerda a los que le rodeamos que primero somos individuos, y que la pareja viene después, porque, si no, las cosas no funcionan.
De las personas más cultas que conozco, jamás me ha hecho sentirme tonta, porque sabe no darle importancia a todo lo que conoce. Por el contrario, me abre nuevos mundos, nuevos conocimientos que ella recita sin darle importancia, porque son tan suyos como su color de ojos.
Un poco rabo de lagartija, se revuelve si escucha algo que no le gusta, pero sabe encajar bastante bien las críticas, aunque a veces le asombren. Eso sí, si en algo nos parecemos, además de por ser cáncer, es porque si los comentarios negativos vienen de jefes inútiles le cuesta Dios y ayuda saber que un jefe es un jefe, aunque con los años ha desarrollado una mano izquierda que le falló en el pasado.
Y esa es una de las cosas que me gustó descubrir hace unos días. Está claro que todos maduramos, pero ella, a la que siempre querré por ser espontánea, directa y, en ocasiones, radical, se ha atemperado y, si bien sigue sin callarse casi nada, percibí una mayor capacidad para soltar lo que piensa sin cargar las tintas, suave 'porque con un poco de azúcar la medicina entra mejor'.
En lo que no ha cambiado es en su desparpajo ante el sexo. Me hace hablar de cosas que casi ni me menciono a mí misma y me obliga a estar alerta, porque ella y quienes la rodean tienen una agilidad para encontrar el lado picante a la vida que me pilla por sorpresa y me deja, más de una vez, colorada. Pero es que esa capacidad de hablar de todo, de quitarle importancia a las cosas que la tienen en su justa medida, por mucho que nos empeñemos en ocultarla, es otro de los elementos que la convierten en la persona a la que me gusta acudir para oírla, para aprender de ella.
Y sabe tocar, y le gusta tocar. Para mí, que casi ni abrazo a mis padres, ahora y cuando la conocí fue un descubrimiento el cariño entre amigos expresado en abrazos, en besos, en definitiva, en tocarse. Quizás no se haya percatado, pero ser su amiga me permitió comprender que todos necesitamos las caricias, el roce: de familia y de la pareja, pero también de amigos, de compañeros. Durante mucho tiempo sólo a ella le permití darme unos abrazos que, por su tamaño y el mío, me ocultaban, y sólo lamento que, tal vez, no le correspondí cuando ella lo necesitaba.
Sin embargo, esos momentos de soledad en los que pudo verse han terminado, porque en mi visita descubrí que está rodeada de gente que sabe quién es y la quiere y respeta por eso. Casi tuve envidia, porque hace tiempo que no encuentro un grupo en el que sentirme integrada, en el que poder divertirme y, si es necesario, llorar. Pero no la tuve, porque se merece estar bien, y que la quieran, que ya bastante tuvo de tristezas y soledades, aunque siempre supo rodearse muy bien.
Volver a verla me transportó al pasado, a rabonas de clase y primeras noches sentadas en un balcón modernista hablando de la que se nos venía encima, a días de trabajo interminables y risas por no llorar ante él, a reportajes manoseados hasta encontrarles forma, a noches interminables persiguiendo cucarachas... y a charlas de los sueños que aún teníamos por lograr.
Sé que le quedan todavía unos cuantos, pero espero que también sea consciente de todo lo que ha logrado, de todo lo que nos aporta y siga siendo feliz porque, al final, es de eso de lo que se trata".
(Yo también me acuerdo de cuando nos sentábamos esa pared, a hablar, a ver el mar, a que nos guiara el faro).
Publicado por
Los viajes que no hice
en
7/04/2007 07:45:00 a. m.
Etiquetas: Arwen
lunes, 25 de junio de 2007
Christina
10 comentaron
Ha venido Arwen (y Suntzu debería haber venido también). No es una quedada bloggera: nos conocemos las tres desde hace trece años, aunque algunas nos conozcamos más que otras. Un calor asfixiante, la alegría de presentarle a tus amigos (me gusta que mis amigos se pongan cara: hablo mucho a los unos de los otros y se pierden), de que compartan un café, de que se reconozcan. Pero, qué curioso, lo que me ha traído el pasado al presente de golpe, los 18 años y los casi 31 a la vez, ha sido una cinta de cassette. Ella no canta bien, pero a mí me gusta. Me gusta por lo que me recuerda. Me gusta por su cuñado, cuyas poesías también me gustan (Benjamín Prado, se llama) y me gustaba mucho más que su pareja, ahora ex pareja, Ray Loriga, al que leía alguno de mis amigos de la Facultad y al que yo leí una mañana en un par de horas después de una noche de resaca para quedarme asombradita de lo mal que escribe el tío. Y me gusta porque no tiene voz, pero me gusta lo que dice. Y porque no me había dado cuenta hasta este fin de semana, después de trece años, pero me recuerda a Arwen.
Publicado por
Los viajes que no hice
en
6/25/2007 06:33:00 p. m.
Etiquetas: Arwen
miércoles, 21 de junio de 2006
Se van en verano los veinte
6 comentaron
Pues sí. Quién nos lo iba a decir cuando llegaran los treinta. ¿Dan demasiado miedo las cifras redondas o sólo ésta, que nos recuerda que ya debíamos ser adultas? Nos pienso hace doce años, con la inconsciencia que da la sensación de comenzar a construir el futuro. Y hace seis, al otro lado del mar, adaptándonos a vivir juntas, el Baygon como compañero inseparable, la música siempre, los periódicos tirados en el sofá (sigo siendo desordenada, qué creías), las noches de insomnio, los miles de tés y jeringos y pañuelos que se quedaron para siempre en las caderas, las coreografías en La Vaca (¡Mamma mia!)... ¿Realmente hemos cambiado tanto? ¿No seguimos en lo mismo: en intentar entender el mundo, en dibujarlo con palabras, en hallar el vocablo preciso e íntimo que nos despierte; en construir un espacio único, amueblarlo como se pueda, recoger los escombros cada cierto tiempo? Porque nos recuerdo, ya te digo, con dieciocho. La misma contundencia y las mismas locuras, aunque (es cierto) ni tú ni yo aguantemos ya noches de doce horas y aunque las locuras han pasado a ser una cosa incierta llamada "proyectos".
Sé que si no hubiera comenzado a trabajar seis días antes de mis treinta, el tono de este escrito sería bien distinto, porque mi cerebro y el de Peter Pan se hubieran fundido sin remedio. Sin embargo, no es el deseo de no crecer: contra eso no quiero hacer nada (aunque cada uno se autodestruye como puede). Es la certeza de que crecer no era esto. De que nadie nos advirtió. De que tuvimos que darnos cuenta en medio de plantes, huelgas, jornadas de catorce h
oras, inseguridad laboral y cuidades en las que a menudo no quisimos vivir. Llegaron los amigos con fecha de caducidad, las carreteras eternas, las crisis de pareja (o el no encontrarla nunca, que también es algo que llega), el sentirse en tierra extraña y el aprender, al final, que los lugares y las personas se llevan dentro. Cambiaron los cuerpos: lo afirman rotundas las fotografías. Y tengo doce años más, tendré doce años más dentro de nada: abandonaré los 29 y me sigo viendo igual de perdida...
No aprendí a quererme más, porque nunca supe qué era eso. Sólo publico textos periodísticos porque sigue dándome tanta vergüenza que me lean como cuando tenía ocho años y escribía en clase. También dispongo de casas y me apropié de algunas ciudades del centro al sur. Fui amiga y sigo siéndolo porque hay quien permanece a pesar de las caducidades y los kilómetros. Me enamoré y conseguí olvidar, aunque de vez en cuando me pique la cicatriz. Y sigo recordando las palabras de Vanesa el último año de Facultad: "Todos hemos cambiado, pero tú te llevas la palma". Descubrí que soy ingenua. Sigo sintiendo vértigo ante los abismos. Me procuré unos cuantos refugios, unos cuantos bares, unas cuantas noches de luna llena. Sigo echando de menos el mar. Viajé con la mente porque con el cuerpo me fue imposible. Creé un blog para que mis amigos me espiaran. Hice muchas maletas, pero nunca aprendí a llevar una casa. Conocí dos pieles. Vi crecer a niños a destiempo. Creí y descreí. Se me desmontaron todos los esquemas. Aprendí a darme del todo.
No sé si es buen baremo para estos treinta.
A Arwen, que me pidió un texto más.
Publicado por
Los viajes que no hice
en
6/21/2006 08:20:00 p. m.
Etiquetas: Arwen
martes, 20 de junio de 2006
Esos maravillosos 30
4 comentaron
Aquí están. Nunca pensaste que pudieran llegar tan pronto pero, efectivamente, hace 30 años que naciste. Tampoco pensaste que, al llegar, fueran a notarse en tu rostro, y puede que tu cara disimule, pero esas primeras (o nuevas) canas que empiezan, no a dorar tu cabellera, sino a aclararla hacia la vejez no dejan lugar a dudas, como tampoco lo dejan la celulitis, la falta de flexibilidad, que ya no trasnochas como antes...: empiezas década de nuevo.
La verdad es que después de esa absurda crisis de los 25 ¡a los 24!, cumplir años no ha estado mal, y ahora no va a empezar a estarlo. Sin embargo, está claro que un número tan redondo incita a la reflexión, a pararse, siquiera por un instante, y pensar sobre uno mismo. Podría adentrarme en caminos tan complicados como adónde voy, de dónde vengo, pero me conformo con plantearme si a los 20 me habría creído que, diez años después, apenas habría avanzado unos pasos en este intrincado mundo de la edad adulta.
Porque, voy a ser sincera. Creo que en el plano mental (jua jua) hemos adelantado bastante, hemos superado traumas, hemos dejado atrás complejos y hemos comenzado a vivir NUESTRA vida porque era nuestra y a nuestra manera (más o menos y a pesar de los padres).
Sin embargo, ¿de verdad nos creeríamos, en esos dulces 20, que el trabajo iba a seguir siendo nuestra preocupación ¡ocho años después de terminar la carrera!?¿Nos íbamos a tragar que el piso sería nuestro sueño casi inalcanzable? (las afortunadas estáis hasta las cejas, no sé si eso es tener un piso o que os tenga él encerradas) ¿Estaríamos dispuestas a todo ese esfuerzo (lo digo por las trece o catorce horas diarias currando) para seguir oyendo las mismas exigencias con el mismo sueldo diez años después?
Creo que no. Entonces, si nosotras no lo creeríamos y casi no lo creemos ahora, ¿qué porras estamos haciendo? ¿Cumplir años nada más?
Eso sería demasiado fácil de pensar y, teniendo en cuenta que llevamos vivido casi un tercio de nuestra vida (pienso ser longeva y ser una tía abuela de lo más marchosa), tampoco es tan malo el balance, al menos en lo personal.
No conocí el mundo, pero conseguí crear el mío propio: amigos, pareja, música, libros...Y aún me quedan 60 años para viajar.
No me hice famosa escribiendo, pero escribí muchas cosas que me ha merecido la pena contar, sobre todo historias que han ayudado a algunas personas y que me han ayudado a mí a ampliar mi visión del mundo.
No tengo una casa...Tengo muchas, las de los amigos, las de la familia, y hogares en casi todos esos sitios, porque me siento querida (que también es un logro, ¿o no?).
Y podría tener muchos motivos para deprimirme, sobre todo yo, de bajones fáciles, pero creo que también para sonreír, porque, a pesar de todo, seguimos en la brecha y sigo asombrándome y cabreándome por las injusticias, lo que no sólo quiere decir que estoy viva, sino que estoy dispuesta a seguir en mi lucha por el mundo que quiero.... No sé, si lo miras así, tampoco son tantos los 30 y las canas ¡hasta me están gustando!
Arwen
Publicado por
Los viajes que no hice
en
6/20/2006 10:14:00 p. m.
Etiquetas: Arwen


