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lunes, 23 de diciembre de 2013

2013

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El mejor culo del mundo. El Perseo de Cellini.
Como no te escribí, y casi no te fotografié, no te recuerdo. No demasiado. Sé que comenzaste con dos nacimientos: el de Marta, el de Marco. Fui a Florencia, a verle el culo al Perseo y a que Nerea me curara. Nerea me ha curado dos veces este año. Cristina también me ha curado dos veces. Y, como Cristina me curó dos veces y me dijo que me quiere el día del sorteo de Navidad (ella, que no lo dice nunca), me largué a verla, a Asturias, y descubrí por qué su vida sería peor sin Nacho. Ahora, en estos tiempos de mamporros, él me cuida mandándome canciones. Un correo de una línea o dos y una canción. De Bruce Springsteen, de los Rolling. A veces me hace llorar, pero nunca se lo he dicho.

Nerea en Florencia

Me fui a Granada a ver a la familia (hay familias de amigos que son tu familia, sí) y a estar con Ángel. Disfruté del teatro, como tantas otras veces: qué aburrido hubiera sido ser feliz. Bebí con Álvaro y me emborraché vilmente (y me hacía falta) con Ana, Bego y Nerea. Madrid son dos barrios y tres mujeres. Acudí al GRAF. Abracé, por fin, a Javier Olivares y a Christian Osuna y a Octavio y a Alberto y a Iñaki. David Aja me regaló una viñeta por mi cumpleaños. Álvaro Pons me corrigió un texto. No ha sido lo único que ha hecho, este año, ese tipo, ni lo único que seguirá haciendo el año que viene, espero. Y hoy, Manel Fontdevila me ha nombrado en su blog y me ha hecho sonreír mucho rato. Hubo muchos cafés los sábados y los domingos, con el grupo de siempre. Me regalaron libros.

Leí poesía y cómics. Muchos. De ambos. Entrevisté a gente interesante. Se me murieron otros. Javier Leoni, por ejemplo, y me quedé sin sus besos en los labios.

Llegó Raquel ("yo te vi y me enganché a ti", me dijo). Llegó Raquel, con sus ojos grandes y su confianza y toda su belleza y llegó Iván, que conoció primero unas letras y luego siguió escribiendo y supo del cuarto de atrás antes que de la luminosidad y la ternura y hubo franqueza y honestidad, mucha de ambas, sobre todos los temas que cuesta contar. También llegó Mónica, que ya no es (aunque lo sea y lo vaya a seguir siendo) mi dietista, sino mi amiga. Mientras me pesa y me mide nos contamos lo que nos ha ocurrido en las últimas tres semanas, apresuradamente. Y nos reímos. Nos reímos mucho juntas. De todo lo malo.

Y un día de abril, Ale y yo por fin nos abrazamos, después de cuatro o cinco años compartiendo mensajes fotográficos, charlas literarias, desahogos psicológicos, tutoriales y conocimiento. Me lo recordó él: que fue en abril, en Sevilla, en la Alameda, en el Bulevar, con un café y unas cervezas, porque a mí me parecía que habían transcurrido más meses. Este año también le veré más.

Hay veces que guardar silencio sobre algo se parece demasiado a mentir. Así que, cuando me caí y me rompí, yo, que no llamo nunca y que cuento pocas veces aunque no lo parezca, reuní a los amigos y les conté. A los viejos y a los nuevos. Me sirvió para conocer mejor a algunos y para constatar que tengo mucha suerte, siempre he sabido que tengo mucha suerte con la gente que me encuentro, ni siquiera sé por qué. Me acariciaron mucho rato en un sofá de Madrid, como si fuera una niña pequeña y, por primera vez en muchos años, me sentí protegida y acunada. Buscaron una wifi por Sri Lanka y me mandaron correos escritos en un avión. Luis me recordó su mucho criterio a la hora de elegir a la gente a la que quiere. Fui con Pupe a un balneario. Acudieron, de todas las maneras, cada uno a su modo, todos esos hombres y mujeres que hay en mi vida. Son muchos. Una veintena de gente que está pendiente de mí. A algunos, a los que están más lejos en distancia, los veré el año que viene, en Barcelona.

Y también le pondré nombre a las cosas que están mal.

miércoles, 23 de enero de 2013

Todo glaciares I

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6 de noviembre de 2012.



Podría comenzar a describir. Que el Lago Argentino parece leche cuando lo navegas. Que los glaciares son blancos y los colores que vemos, salvo el marrón que se produce por las morrenas del glaciar arrastrando la tierra, son ilusiones ópticas porque esos azules en realidad no existen aunque yo los vea. Que las fotos nunca le harán justicia, a ninguno de ellos: ni al Seco, ni al Rico, ni al Spegazzini, ni al Upsala, ni al Perito Moreno en su cara norte. Que uno revisa las imágenes y piensa: son bonitas, pero no sé si a los demás les transmitirá esa sensación. Supongo que la palabra "indescriptible" se inventó para cosas como ésta.



Cuando llegamos al barco, que sale de Punta Bandera, llueve. Intento prepararme mentalmente para otro día como el de anteayer, con la cámara mojada y una luz uniforme, pero luego sale el sol y es un alivio, por mucho que a mí me guste la niebla. El barco recorre el Brazo Norte del Lago Argentino y luego va hacia el Brazo Spegazzini y hacia el Canal de los Témpanos para ver el Perito Moreno. En el brazo norte está el glaciar Upsala, de 870 kilómetros cuadrados, el más grande del parque. A veces, por los icebergs, el barco no se puede acercar tanto como hoy. Nos quedamos a unos 800 metros. Porque el Lago Argentino está lleno de icebergs: algunos muestran una superficie pequeña: lo que vemos es un quince o un veinte por ciento de su tamaño total: el resto está bajo el agua. Otros son planchas inmensamente grandes: un trozo del glaciar se desprende y cae en el barco: los turistas se hacen fotos y más fotos con el pedazo de hielo, yo le tomo dos a Adriana.



Para usar la cámara, el barco es un poco la ley de la selva, pero se puede hacer fácilmente. Algunos estiran los brazos hacia arriba: van a salir todos iguales. Lo curioso es que se callan, nos callamos todos, cuando el barco se va deteniendo porque la vista de los glaciares exige silencio. Una pareja comienza a besarse desaforadamente cuando nos ponemos en marcha de nuevo y no me extraña, porque en este barco a mí me hace falta mucha gente: me hace falta Erik, dentro de 20 años; me hace falta Nico, trabajando en Buenos Aires -me acuerdo mucho de él-; me hace falta la visión observadora y entusiasta de Pupe; me hace falta Belén, me hace mucha falta Belén.

sábado, 5 de enero de 2013

Marta

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Cuando estaba en Argentina, me preguntaron si tu madre era como mi hermana. No, respondí. Con una hermana no tendría la relación que tengo con ella. Ni de lejos. Escribo antes de que acabe el año. No sé si nacerás el día 5, como han "programado" o si vendrás antes, o qué ocurrirá. Yo acabo de comprarte el mismo perrito pirata que le compré a mi sobrino, al hijo (sí) de mi hermano menor. Y supongo que te compraré libros y te leeré cuentos y un día, también, como hice con Miriam, te contaré quién es esa mujer a la que tú llamarás mamá.

Lo mejor que voy a poder desearte jamás es que tú tengas, cuando crezcas, cuando te traicionen una y mil veces y te rompan el corazón y te enamores y te abandonen, cuando llores hasta que se te caigan las pestañas, cuando te sientas ridícula, totalmente ridícula; y te pongas histérica, y las hormonas hablen por ti una o dos veces al mes, cuando te cases -sea cual sea la manera en la que te cases, contigo misma o con otra persona-; cuando la rutina te haga pensar que tienes una vida vacía, cuando todo sea caos y no encuentres casi nada a lo que agarrarte (fíjate bien: casi nada); cuando te quieras morir, porque te vas a querer morir (porque todos hemos querido morir); cuando te apetezca no hacer nada; cuando te sientas incómoda con todo el mundo; cuando tus padres (sí, los dos) no te entiendan, ni te entienda yo ni te entienda ningún adulto... Cuando te ocurran todas esas cosas que te van a ocurrir, y alguna más en la que no reparo ahora, te decía, lo mejor que voy a poder desearte jamás es que tú tengas una relación como la nuestra. Como la mía con esa mujer que es tu madre.

En esa foto está con Paula, el primer día que nació. Ya la conocerás, a Paula. Es la hija de Juli, que se enteró antes que yo de que ibas a nacer y que saldrá pitando en cuanto sepa que estás aquí. Y estarán Noelia y Ana, en tu vida. Como yo.

Quizá nos veas, juntas, y descubras que es posible. Que una persona puede conocer lo peor de ti, todo el cuarto de atrás, las inseguridades, los complejos, las deformidades mentales, las veces que traicionaste tus principios, que hiciste algo éticamente reprobable, que cometiste algún delito, todas las zozobras y los naufragios y los exilios y el miedo eterno. Y que, a pesar de todo eso, o quizá, precisamente por todo eso, piense, y lo crea de verdad, y lo sepa de verdad, que eres la mejor persona que existe sobre la faz de la tierra. Y que no habrá nada (repito: nada) que un abrazo, una charla o una mirada de esa persona no pueda curar o no pueda suavizar, si es que pasa algo tan horrible que no se cure con el tiempo y unas cañas (porque puede ocurrir, pero espero que a ti, precisamente, no te pase). No te equivoques: esa persona no será una pareja, nunca va a poder ser una pareja (que también curará y también suavizará, pero a su modo). Esa persona será un amigo, del latín amicum, el que va conmigo.

Eso es lo que te deseo cuando aún no has nacido. Que encuentres a alguien así. Que sepas ser así con alguien.

lunes, 31 de diciembre de 2012

2012

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Nació un niño que es un redondel cuando se asombra. Nacerá una niña o quizá cuando se publique esto ya haya nacido, porque voy a trompicones actualizando el blog con las fotos y la crónica, vuelta a redactar a ratos, del viaje a Argentina: hay cosas que no puedo, ni voy, a contar. Me suicidé y sabía que me iba a suicidar pero entonces no me importó o no supe salir. Entrevisté, por fin, a José María Pou, y me dio un abrazo. Tuve una crisis laboral, y personal, de la que salí gracias a Charo Calvo, que me agarró de los pelos y me arrastró hacia la luz y la conciencia. Conocí a un chico que es de colores. Pero creo que él no lo sabe. Se fue alguien, en julio, y sentí frío: sigo sintiendo frío. Murió mucha gente a la que admiré y a la que quise: poetas, cantantes, actores. Rompí con la relación más dañina que he tenido en mucho tiempo. Utilicé canciones para sanar, como siempre. Escribí, volví a escribir, volví a estrenar libretas. Estuve en Sevilla, en mi casa. Pisé, nuevamente, un aeropuerto para vivir un mes en otro lugar, para descubrir a gente a la que quiero volver a abrazar. La Orquesta de Extremadura sobrevivió y eso, para mí, significa algo más que la música: una cierta unión, algunos cafés, ampliar los círculos. Llegaron los mineros, a Madrid, y canté, en la distancia, Santa Bárbara Bendita. Vi ballenas y orcas y glaciares y me enamoré de los Andes y del Lago Argentino y volví a cantar en un coche como cuando era pequeña, mirando al lago Futalaufquen. Probé el mate por primera vez y aprendí -estoy aprendiendo- a comer de una manera más consciente. Pedí permiso para hacer retratos.




Un amigo volvió a su casa, después de diez años en otro país, a abrazar a su mujer y a sus hijos, y me dijo que es feliz. Estuve en La Lonja, como cada verano, cenando penosamente pero riéndonos mucho. Invité a un tipo atrayente a cenar: nunca lo había hecho antes. Viví dos primaveras, con frío de hielo, con calor asfixiante, y me puse morena como hacía siglos que no me ponía. Hablé mucho y callé cosas, pero pedí ayuda, cosa que tampoco suelo hacer. Encontré a alguien que reacciona igual que yo ante las incoherencias sentimentales y fue un alivio, porque supe que no era lo que me daba más pánico ser. Volví a hacer fotos, al tuntún, sin pensarlas, en un viaje en el que el paisaje casi lo conseguía todo. Constaté que mi cuerpo reacciona cuando lo descalabran. Creé un blog de cocina. Tuve una charla sobre amores perdidos en Esquel con una chica que me gustó mucho. Conocí a un hada en Mechuque y la abracé. Se casó Ángel y nos vimos, después de ocho años, como vi a Jandro, a Mariana, a Miriam, a Martina, a Marcos, y me encantó lo que vi. Comencé el año con Noelia y lo acabaré, como siempre, en los brazos de un amigo que sabe que soy gilipollas, pero, aún así, le gusto, de todas maneras. Y me quiere. Jordi estuvo pendiente de mí y me salvó de la angustia y la agonía. Quise estar en San Sebastián para abrazar mucho a una persona, para abrazarla todo el rato y salvarla del dolor, aunque no sea posible.

Y, como todos estos años, sigo teniendo mucha suerte con la gente que eligió estar conmigo. Feliz año nuevo.

viernes, 17 de agosto de 2012

Bolita es una niña!

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Ilustración de Marianne Barcilon

Bolita es una niña!
Mensaje recibido este 16 de agosto a las 9:11 de la mañana.

Bolita crece en una barriga, ahora el corazón, ahora los ojos y las manitas y ahora ya no soy un renacuajo y pronto aprisionaré los pulmones, el estómago y hasta las costillas de mi madre. Tuve -tengo- el mismo miedo que con Erik: el mismo deseo prudente de que todo salga bien y que me impide ponerme a dar saltos y a gritar de alegría y que me lo impedirá, lo sé, hasta que nazcan.

Yo no podría tener hijos. No soy paciente, soy estricta e inaguantable, me encanta aperrearme, mis inseguridades son legendarias y no quiero proyectarlas, gracias, no soy capaz de tener la casa en orden y ni siquiera sé cocinar, lo que, desde luego, me incapacita completamente para ser madre. Pero, hace cuatro años, Hugo apareció en mi vida y me descubrí leyendo sobre partos y etapas y me descubrí echándole de menos y me descubrí completamente exhausta pero muy feliz y me vi, también, con infinito asombro, lo atestiguo, puedo jurarlo incluso, observándole embobada mientras su madre me contaba no sé qué porque yo no le hacía caso, cosa que jamás pensé que me iba a ocurrir a mí. Y, de vez en cuando, cada vez más, de hecho, me da mucha pena esa vida que no tendré, porque a veces -a veces- pienso que podría hacerlo bien y que un niño podría ser feliz conmigo, mientras crece.

Cuando le cuento esto a tu madre me recuerda que el instinto maternal y yo nunca nos conocimos. Pero ahora me veo cambiando pañales apestosos, cogiéndote en brazos y moliéndome la espalda y mirándote como si fueras la única persona que existe sobre la tierra. No sé jugar mucho, lo siento, ni sé si me revolcaré por el suelo, pero escucho bien. Y, por experiencia, sé que los amigos de los padres, los que permanecen cerca, son una referencia. Tu madre, lo he dicho muchas veces, es mi territorio, mi orientación y mi cordura. Es la persona que mejor me conoce y la que mejor me entiende y no hay ninguna duda en esto. Tampoco hay dudas de que es una de las mujeres más espectaculares que he encontrado, en todos los sentidos: es desinhibida, mezcla maravillosamente bien la prudencia con la locura, es creativa, imaginativa y alegre y yo la admiro mucho. Quizá tú tengas otra percepción cuando crezcas, porque de las relaciones madre-hija se ha nutrido toda la literatura desde que el mundo es mundo, pero ella no va a dejar de ser todas esas cosas y una de las partes importantes de mi papel en tu vida va a ser que tú lo sepas.

Luego, ya, seré lo que tú quieras.

viernes, 25 de febrero de 2011

Pupe

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Esta capacidad para liarse la manta a la cabeza, para replantearse su vida y para pensar, para resurgir de las cenizas, para decidir, para abandonarse, para que le importen una mierda todas las convenciones sociales y lo que debería ser y lo establecido, para desear, para volver al punto de partida, para empezar de cero.

Nos veo en el coche, cantando a Pasión Vega a voz en cuello, la mirada brillante, la sonrisa de medio lado, su seguridad, su forma apabullante de superarlo todo.

A mí esta mujer siempre va a sorprenderme.

Cada vez que la veo acabo convencida de que debí de hacer algo grandioso en mi vida anterior.

sábado, 1 de enero de 2011

Adiós, 2010

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Ha sido un buen año. Si hablo estrictamente de mí, ha sido un buen año. A mi alrededor, algunos no pueden decir lo mismo: ha habido pérdidas dolorosas, cambios de vida y caos laboral. Pero se casaron Celia y Luis y eso hizo que viera a Vanessa después de muchos años y que le devolviera la visita a Raúl, que ha acabado el 2010 comprándose un ático que tendré que ir a ver cuando lo amueble. Es uno de mis propósitos de año nuevo: ir a Málaga para quedarme hablando hasta las cinco de la mañana con un amigo. 

Se casaron Luis y Celia e hice pan y recuperé a alguna gente y alguien se fue. Alguien me mintió, pero luego descubrí que le ha mentido a todo el mundo. Viajé con Pupe. Se repitió, como siempre, el café de los domingos con Raquel y Joaqui y María y Almudena. Noelia y Juli se quedaron embarazadas. Seguí viendo crecer a Hugo y llegaron Gabriel y Leo a nuestras vidas. Vi a Nerea, a Jesús y a Begoña. He visto a casi todos mis amigos este año.

Y llegaron otros. Incipientes, pero generosos. Llegó Sara y llegó Roy, que ha sido una de las mejores cosas de este año que se fue. Y llegaron otros a los que no les pongo cara ni voz, o a los que les pongo cara, pero no voz, aunque da igual. Sevilla siguió sentándome bien. Fui a Nueva York y conocí a Robert, a Fernanda, a X, a Dennis, a Katty. Le compré una libreta a Elías. Los círculos se abrieron. Celebré el cumpleaños de Sonny Rollins. Me compré una nueva cámara. Salí a hacer fotos. Aprendí.

Aprendí mucho. Y compartí. Y sentí. Y quise. Y quiero. 
Lo demás, a estas alturas, ya no importa.

La foto es mía. El recorte es de Workinpana, porque yo no lo vi.

lunes, 23 de agosto de 2010

Mi 34 cumpleaños

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El fin de semana que cumplí los 34 años, me regalaron un atardecer lleno de viento en el fin del mundo. Con paisajes maravillosos para hacer fotografías y pescadores que venden la faena diaria en la orilla del mar. La noche anterior nos bebimos una botella de vino y marcamos ciertas reglas. Algunas las cumplimos. Otras no. Antes, ella se había tomado el trabajo de hacer un cuadernillo detallado de la ruta.

Yo le debo todavía el regalo del año pasado.

He hablado muchas veces aquí de esa mujer y con nadie como ella tengo la certeza real de que me da mucho más de lo que jamás podré ofrecerle (entre otras cosas, porque mi mente no es capaz de idear planes geniales). La tarde del sábado, una pared de niebla caía a plomo, vertical, sobre el Atlántico. No nos extrañó nada que, 600 años antes, los barcos no se atrevieran a adentrarse en el océano, por el temor a los monstruos y a que no hubiera nada al otro lado. Cenamos en un indio con un camarero que era también prestidigitador, observamos asombradas la colonización de espacios que produce el turismo (pueblos enteros tomados por bares ingleses que sólo sirven hamburguesas y no tienen bacalhau) y nos reímos a todas horas.

Cuando la vi por primera vez, no supe averiguar lo que ella sería. Ni siquiera recuerdo cómo fui descubriéndola. Sólo sé -es una convicción diaria- que puedo estar rota y sin rumbo y, cuando llega, me sonríe (a veces siento impulsos de ir a buscarte y besarte los labios como si fueramos dos niñas revoltosas descubriendo la ternura) y me abraza, se vuelve un dios sanador y omnipotente. Esa mujer es entusiasta en el dolor y en la alegría. Y me encanta que se le ocurran estos planes...

viernes, 13 de noviembre de 2009

Irse

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Me he ido muchas veces, de muchos sitios. De tantos que no sé qué hice, ni dónde estaba, a los 23, ni a los 25, porque mi vida se divide por ciudades y no por años. He dejado de mudarme, por ahora, aunque tengo que consultar siempre el tiempo exacto que llevo aquí.

Si tú pierdes la memoria, qué nos queda.

El otro día leí un mensaje, cariñoso, que le escribí a un tipo del que no recuerdo nada. A algunos otros los tuve durante mucho tiempo dándome vueltas en el estómago, surgiendo como un ahogo que me atenazaba la garganta o sintiendo en ellos ese sabor a óxido que producen la rabia y el desencanto. Hubo gente que vino y se fue, a otros los eché, otros se largaron sin que ocurriera nada y sin despedirse. No hubo preguntas, ni el beneficio de la duda. En algún caso, incluso, hubo promesas de que no ocurriría nada.

-¿Sabes lo que me jode? Que esto nos va a pasar factura a los dos.
-No, hombre, qué va, ni de coña.


Y ésa fue la última charla, hace casi un año. Me revienta comprobar de qué manera absurda puedo ser tan poco observadora y tan clarividente a la vez y en ocasiones. Justo en las únicas ocasiones en las que me gustaría no predecir el futuro.

Pero luego me he acordado. Este fin de semana voy a ver a una mujer que no dudaría en coger un avión para venir desde Francia si yo lo preciso. He repasado mentalmente el único hecho relevante que tengo que contar, me he imaginado mis palabras y sus respuestas, porque estaremos tres allí, como siempre. He visto sus ojos, dos días antes, la mirada brillante porque yo la estoy mirando, el rímel en su sitio, el marco negro de ese brillo, he recordado su voz y su recuerdo me ha llevado a otras vidas que vivo a trompicones, repartidas y a esa manera que tiene alguna gente de hacerme decir con dos frases que estoy perdida, que deseo, que no sé si esto se llamará vacío, que hay desorden o que añoro. Aún más: a la manera que tiene esa gente de hacer que la bola enorme y hueca que me anida a veces se vaya en dos minutos, por un tiempo.

Hay gente que no va a irse.

martes, 13 de octubre de 2009

Esto es una casa

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Hubo un sitio en el que las rupturas se solventaban a base de partidas interminables de parchís y un tubo bien lleno de Marie Brizard con hielo. Keanu Reeves estaba como un queso, de vez en cuando venía un tipo que nos hacía el café y, cuando no estaba él, lo servía la última que llegaba. En ese lugar lloramos, a veces, y nos reímos más veces aún. Allí comenzaron los sinsabores laborales, las primeras etapas de paro, los desahogos por los múltiples trabajos de mierda y la conciencia de que estábamos juntas.

Luego hubo más. Una habitación diminuta, con un Zorrilla colgado en el salón (en Canadá vi uno, se me olvidó decírtelo: un Zorrilla auténtico, que me hizo soltar una carcajada. No sé si mi acompañante lo entendió: hay cosas que sólo vamos a entender muy pocos) y un baño que se estropeaba cada dos por tres, estilo década de los 60, quitándole años. Otra habitación azul y un sofá de cuadros azules y amarillos del que no me levantaba en todo el fin de semana. La terraza desde la que mirar las estrellas. Las charlas interminables. Las revistas. Y un piso más abajo, todos compartidos. Pero míos, también. En una de esas terrazas me pasé dos meses estudiando un examen que luego, mucho después, muchísimo tiempo después, me permitió llevar cultura. Sabía dónde estaban las pinzas de depilar, los tampones, el detergente, el café, la cafetera, los macarrones y el papel higiénico.

Luego se fue. Al principio era la casa de él, muy poco a poco. Un cepillo de dientes, una muda, una camiseta. Había dos cestos preciosos para la ropa sucia, un cuadrito en el cuarto de baño y un puf que fue mi asiento. Después fue el lugar de las partidas interminables de Monopoly hasta las seis de la mañana, de las botellas de vino compartidas, de las reuniones cuando otra de nuestras ellas venía de Francia, del ron con Coca-Cola, de las cenas opíparas que él cocina como nadie, de las actuaciones de Carnaval, de una voz cantando a todas horas y del afán por aprender a tocar más instrumentos y ver películas.

Ahora se ha vuelto a mudar. He pintado de blanco alguna habitación de esa casa, he limpiado pegotes del suelo para que pusieran la tarima, la vi sin muebles y le conté la historia del nombre de su calle. Pero hasta el fin de semana pasado no la había visto terminada. En la cocina está la cafetera roja que le regalé cuando se casó. Y en el baño los cestos metálicos y de madera para la ropa sucia. Y el cuadrito. Sonreí cuando lo vi: eran reconocibles. Todavía faltan los libros, hay cajas en el cuarto verde que sirve de vestidor y el ordenador ya está en su sitio. La casa es de colores. Como ella, que me vuelve de colores a mí. Lo supe cuando entré: lo demás eran pisos. Esto es una casa. Con sus cuadros dominicanos en el salón, el rojo centelleante de los muros y un metro siempre a mano para comprar los muebles.

“Pensé que te ibas a entusiasmar”, me dijo. Pero qué quieres. Yo soy lenta y ya sabes que no me oriento. Y eso me pasa cuando me mudo. Tengo que acostumbrarme a que voy a vivir en otra casa a partir de ahora.

Esta casa no es la suya, por supuesto: es una réplica de la casa de Los Simpsons.

jueves, 1 de enero de 2009

1 de enero

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Despedí el año de la mejor manera que se puede, aunque yo despidiera el año el día 31 por la mañana y volví a ser muy feliz. Por la noche, vinieron los Reyes, adelantados: me regalaron el Vitacuisine de Tefal (ahí, haciendo publicidad), que probaré en mi casa (en esa casa en la que vivo sola) con zanahorias, pescado, carne y arroz, y una bandeja con jabón, zapatillas para el baño, exfoliante, sales que no usaré porque yo sólo me ducho (y además no tengo bañera, pero aunque la tuviera: qué desperdicio de agua) y algunas cosas más que no sé qué son. Me harté de comer, como desde que comenzaron estas fiestas y me dieron las uvas.

Empecé el año de la mejor manera que se puede, a la una y pico de la madrugada, con una reunión de amigos, guitarras y buena música en la que no faltaron pasteles, pastelitos de hojaldre salados, ruedas de patatas (mis favoritas), garbanzos fritos, quicos, gominolas y cortezas de cerdo; y tampoco faltaron el caldo con jerez, el café ni las migas. Cantamos villancicos, nos pareció estar en Carnavales por un rato aunque falten dos meses y me fui a acostar a las ocho de la mañana, de las últimas (llevaba yéndome desde las seis, para variar).

No sé si hacer propósitos de nuevo año. O quizá sí: seguir igual de expansiva, después de una temporada en la que no me apetecía conocer a gente nueva.

Y lo que tenga que ser, será...

lunes, 6 de octubre de 2008

Felicidades

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A veces pienso que todas las cosas que me ocurren
me pasan sólo para que yo pueda contártelas.

viernes, 15 de agosto de 2008

Las palabras que son suyas

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Al final descubres que todos tienen el mismo miedo que tú. A ciertos temas de conversación, a determinadas preguntas, a la desnudez real (que a veces se mezcla con la física, pero no siempre y no a la vez), al silencio incómodo, a la soledad impuesta.

Amaso una carne que no está y la recuerdo. Sonrío hasta que me duelen las mejillas. Hablo de las mujeres importantes de mi vida y siento la necesidad de tomarme un café instantáneo con una de ellas en su nueva cafetera rojo Ferrari, para intercambiar vidas, caminos de Santiago, risas, un fin de semana lleno de sensaciones y una borrachera de palabras. Hablo de la invisibilidad, de los sitios donde me he quedado, de los fantasmas y de las heridas. Descubro que no me quedan cicatrices, que me apetece regalar un poema, que no me importa contar si estoy cómoda, pienso en mis canciones recurrentes, en las imágenes que proyectamos y confieso que soy incapaz de encontrarle un defecto, por más que busque, a ciertas personas. Imagino otros lugares y, por vez primera, un viaje acompañada que posiblemente no se produzca nunca. Me veo caminando por calles desconocidas, en paz y muy serena y hay también un prado verde. Y pienso si la madurez será, al fin, un equilibrio que te haga disfrutarlo todo como si todo ocurriera por vez primera. Se me empañan los ojos en el momento de la despedida y no sé en qué se basarán los recuerdos ni el tiempo que transcurrirá hasta entonces. Vuelvo a sentir la ternura y unos brazos. Y sé que callaré las palabras que son suyas.

martes, 5 de agosto de 2008

Ellos

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Ayer estuve cenando con quien es mi territorio, mi orientación y mi cordura y otra mujer de 20 años. Hablando de hombres. Esos completos desconocidos. Con lo de la amistad entre los dos sexos ocurre lo mismo que con la religión: es cuestión de fe y hay quien piensa que es imposible. Nunca me había parado a pensar en el papel que podrían haber desempeñado mis dos hermanos (varones) en el hecho de que yo haya tenido amigos siempre, pero ayer me di cuenta -cuando ellas dos dijeron que, con hermanos, era más fácil- de que yo salía siempre con ellos y sus amigos cuando era pequeña -una pandilla de once tíos en la que sólo estábamos dos chicas- y luego fue fácil incorporar a otros a mi vida, en el instituto, en la Facultad, en los trabajos.


Jamás he notado diferencias. Por supuesto, circulan un sinfín de estereotipos por ahí: que son más simples, que no saben expresarse, que no cuentan lo que les ocurre, que no lloran, que son menos cariñosos y no sé cuántas cosas más (además de que crean lazos de amistad más fuertes que los de las mujeres: cosa rara que también se diga eso cuando se mantiene que no hablan ni intiman). Y ayer, hablando de hombres, me di cuenta de que sólo puedo hablar de los míos, que son unos cuantos, pero no de generalidades. Ni sé qué significa "entender a los hombres", ni pienso que seamos tan distintos -más allá de la prevalencia que, sobre la mujer, tienen grabada a fuego por los siglos de los siglos: pero también varias de las mujeres que conozco, porque el machismo se interioriza- ni que sea tan complicada la comunicación, ni que al resto le parezcan otro mundo o bichos raros.

Yo tuve esa suerte, dijeron ayer, la de tener dos hermanos varones; y otra más: que nunca me había comido una rosca hasta hace bien poco, así que no existía tensión sexual, no planteaba una relación con un chico en términos de "posible-pareja" o "posible-rollete" y me acercaba a ellos, y me sigo acercando, como si se llamaran María o Carmen. No sé qué es "el punto de vista masculino": necesito comentar lo que me pasa con Alfredo, por ejemplo: pero porque es Alfredo: no porque sea un tío. Y lo mismo me ocurre con ocho o nueve más: no busco una visión que no me puedan dar mis amigas: busco su visión: la de unos cuantos muy concretos con nombre y apellidos que por esas casualidades de la vida resulta que son hombres.

Lo que me sigo preguntando es por qué a algunas les resulta tan difícil. Y por qué muchos mantienen que no es posible.

Imagen de Voodoo Plastik.

miércoles, 7 de mayo de 2008

Crónica de un 3 de mayo

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La felicidad se puede masticar.

Comencé a masticarla a las nueve de la mañana, cuando abracé a Miguel, cuando le dije te quiero, porque siempre le digo que le quiero, por si acaso se le olvida. Estaba en los churros y el café, July y yo quitándonos la palabra de la boca -se casa la Pupe- y un niño de un año mirándonos mientras jugaba. Luego todo fue muy rápido y muy lento: otro café, un cigarro en el patio, una hora en la peluquería, medias, falda, escotazo, pantalones, una camisa amarillo pollo, un bolso pequeño, base de maquillaje, máscara de pestañas, pendientes, barra de labios, colorete. Taconazos.

Él ya estaba en la Iglesia y yo buscaba al cura para decirle que tenía que leer. Al principio, como apertura de la ceremonia. Luego fuimos a buscarla a ella, los ojos brillantes, el ramo en la mano, los hombros al aire y la sonrisa. Los amigos. Los amigos que tengo gracias a ella -July, Miguel, Noelia, Ana- y los que conoces después y te gustan -Montse, Espe, Bea-.

Seguí masticándola cuando abracé al padrino -el hombre más guapo de la fiesta- y luego los nervios no me dejaron pensar en ella más. Sólo en no caerme al subir tres peldaños, con los tacones, en desplegar dos folios, hablar sin que me temblara la voz aunque me temblaran las piernas y las manos, en mirarlos a ellos dos, porque sólo existían ellos dos, y no me percataba de que la Iglesia estaba llena y sólo existían dos caras: la de mi amiga, con los ojos brillantes; la de él, sonriendo.

Luego volvió, la misma clase de felicidad punzante, cuando se fueron los nervios y el cura habló y leyó la sobrina de Flores, que lee y escribe como si le fuera la vida en ello, y se casaron y pudimos abrazarles y besarles y salimos de la Iglesia para escuchar a los hermanos de Flores, que son todos los miembros de la Tuna de Medicina de Badajoz. A mi lado, CH haciendo fotos, Espe grabándolo todo, un montón de capas en el suelo y la Tuna Compostelana y Las Cintas de mi Capa y el arroz y el baile.

Después, adiós. Una visita al Puerto para ver a las madres de July y Miguel y que nos dijeran lo guapísimas que íbamos y enseñarles las fotos de la novia y hacerles una con el pequeño y otro viaje a Zalamea para abrazar a Montse y a Cano y llegar al banquete y brindar con los novios y ver un vídeo que hizo Espe con imágenes de la vida de ambos antes del reencuentro y después.

Las bodas son un jaleo, excepto las que vives como si fueran propias. Al final se hará de recuerdos. Recordaré al padre de Pupe invitándome a una copa de vino en la mesa presidencial, a mitad de la comida, y dándome un trozo de su filete. A Jon pataleando en la puerta de la Iglesia. Una sevillana con Jose -llevo ocho horas bailando -y me señaló-: Tú, seis y media-. Un rato cantando con la tuna a media tarde y poniéndole cara a tantos nombres -nosotros también hemos oído mucho de ti-. A Noelia con un puro en el escote y liándola con todos los tíos, porque no se da cuenta del poder sexual que tiene (o sí se da, pero le da lo mismo). A Jennifer borracha y bailando sin parar y comunicándose con gestos porque sólo había dos personas que hablaran francés de entre más de ciento y pico. A los niños cantando Barlovento. Un baile agarrado con Flores -estás borracha. Yo también-. Y otro baile. El más emotivo de todos.


Porque le dedicaron Ojos de Gata a Montse y Cano y bailaron, abrazados; ella con la pierna vendada y las muletas que usa desde hace años; Rosa y yo llorando; el resto del mundo, en silencio. Algunos sabemos qué hay ahí. La clase de amor tan bestia que les mantiene juntos desde hace dos décadas, a pesar de todo lo imaginable. Y por eso se nos hizo el nudo en la garganta y por eso aplaudimos y por eso todas bailamos con él y nos dimos cuenta de todas las victorias.




free music


Después hubo tangos y derrota. Parra cantando Confesión y Garganta con Arena y El día que me quieras, mientras Flores me abrazaba y me abrazaba y no paraba de abrazarme y yo me acordaba de Pablo en Buenos Aires y de los tiempos de la Facultad, uno durmiendo en la barra con el vaso bajo de whisky en la mano, dos tocando, yo intentando cantar con una voz que más me hubiera valido para emular a Chavela Vargas y para una ranchera y el sueño que te muestra que la noche se ha acabado y el despertar en la casa de Montse, un café, más tabaco, una charla íntima y hermosa, y otra vez July y Miguel y el niño y tarta y Nocilla y café y un viaje de vuelta y muchos folios y un puñado de fotos en la cámara y un álbum por hacer y mucho amor.

No me lo pasé bien. Fue mucho más que eso.



Imagen de P10nero. Imagen de Just Peter. Imagen de Nash72.

Se casó mi mitad

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Ha pasado mucho tiempo desde aquel "Yo te gusto, ¿no?" que marcó el comienzo. Al final, dos se unen, supongo, porque sus palabras son las mismas y son los mismos los miedos y se reconocen cuando se miran y saben que están en casa. No sé cómo se mantiene eso. Todos dicen que es difícil: a mí no me lo parece. No me lo parece porque he visto ciertas miradas, he asistido a ciertos ritos, he sabido de ciertas historias. Y casi todo ha sido cotidiano y fácil. Ha sido fácil el encuentro, la confianza, la asunción de algunos hechos, el paso de los días. Aunque al principio los demás fuéramos duda, como sucede en todos los principios.

Yo creo que no será difícil, porque sé que es posible. Iré donde tú vayas, me quedaré donde estés, tu tierra será mi tierra. Al final son sólo frases y el amor es uno y el mismo: por eso se le escribe tanto. Por eso y por esa clase de física y química de la que se nutre y que es la culpable de las mariposas de tela en el estómago, de la angustia, de la locura y de la alegría. Pero también de la seguridad y de la calma que da el reconocerse en otra persona. De saber que es la correcta.

No sé si te lo he dicho alguna vez, pero a mí me gusta este hombre. Me gustan su ironía y su templanza y la manera optimista que tiene de encarar la vida y la forma de despreocuparse de lo que no sea esencialmente importante y la forma de acoger dejando libre. A ti no te lo he dicho nunca, pero ella es la persona más valiente, más entregada y más entera que conozco. Ella es muchas cosas, además de ser el mejor territorio, el terreno conocido, de al menos tres de las mujeres que estamos aquí hoy. Al fin y al cabo, nunca se ama solo. Y por eso llenamos esta Iglesia: porque también amamos.

No sé qué desearán los demás. Yo sólo voy a desear eso. Que sea fácil. Que pasen veinte años y parezca que fue ayer, que veinte años no es nada. Que las palabras sigan su curso, todos los días, por nimias que sean. Que te puedas mirar en los ojos del otro, y reconocerte, y saber que eres mejor porque te miras con sus ojos. Que no falten los amigos. Que el otro te complete y te conforme y te construya. Que podáis tener el mundo en la palma de la mano y la eternidad en una hora. Que os siga apasionando bailar la danza más antigua del mundo. Que el otro sea tu idioma. Que no se cierren las puertas. Que su piel sea tu patria.

Al final sólo es eso: el beso, el abrazo, la caricia, la lealtad, el amor. Vivir.

domingo, 4 de noviembre de 2007

El café de los domingos

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El rito más sano del mundo es el café de los domingos. Ahora suenan a alianzas, trajes de novia, invitaciones que no se quieren hacer pero que son ineludibles, la diferencia entre la famila y los amigos y los precontratos con un salón de comidas. Llego con mil cosas en la cabeza que no me apetece contar porque son absurdas y ya me sé todas las respuestas posibles. Así que me zambullo, entre un partido de fútbol, un café, una menta poleo, en mil charlas sobre las dietas que las tres estamos haciendo porque casi ninguna de mis amigas cumple los cánones de belleza (aquí, o se habla de comida, o se habla de sexo) y me río y escucho e intento centrarme en temas de los que no entiendo.


Porque ciertamente nunca me he fijado, salvo lo imprescindible, en los vestidos de novia, en los ramos o en alianzas. Nunca he tenido que disponer unas mesas, la única razón por la que me casaría sería por poder reunir a todos mis amigos en un mismo lugar durante unas horas y nunca he sabido de las reglas mínimas de vestimenta protocolaria (mañana, vestido corto; noche, vestido largo: es lo máximo que alcanzo) y los precios de un menú me parecen desorbitadísimos.

Ahora me queda casi un año para acostumbrarme. Se casan el año que viene dos de mis mejores amigas: una en mayo (tengo seis meses para quitarme treinta kilos de encima, gramo arriba, gramo abajo) y otra en octubre (y otros cuatro para no volverlos a engordar) y aquí estoy yo, hablando de fechas de entregas de pisos, viajes de lunas de miel y con mi complejo de Peter Pan a cuestas. Y con cierta soledad que se hace una montaña en determinados momentos, cuando miras a tu alrededor y ves a los demás con una vida hecha que tú distas mucho de elegir, de querer elegir, de poder elegir, pero que no te importaría probar a veces. Como un experimento analítico, aunque sólo fuera para poder escribirlo, para poder adentrarte.

Escucho. Pongo condiciones. Porque me he perdido, también, mil ritos en mi vida (liarse con alguien cuando tienes quince; acabar un fin de año borracha; echar un polvo en un coche) y no me apetece perderme alguno más. Así que les digo que no tengo hermanas y no las voy a tener nunca y que quiero hacer cosas tontas: ir a que se prueben trajes de novia, mirar alianzas, preparar una despedida de soltera (el plan perfecto: cena y copas y charla), seguir opinando de lo que no sé -escotes tipo barco o palabra de honor -que a ver de dónde viene el nombre-, trajes con corte medieval, mantillas, calados y telas de nombre impronunciable o contundente, como tafetán -qué palabra más bonita-). Asisto a dos historias que culminarán en mayo y en octubre y que me siguen asombrando.

A veces me asombran los desenlaces lógicos.

Imagen del café de Sogno Lucido.

Imagen de boda de MadeInItaly.

viernes, 24 de agosto de 2007

Raíces

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Si paso mucho tiempo sin verte,
comienza a parecerme que no pertenezco a ninguna parte...

sábado, 19 de mayo de 2007

Mi territorio, mi orientación, mi cordura

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Es la mujer más sensual que conozco y la única persona que me desinhibe bailando y me vuelve despreocupada y salvaje. Me hace tomar conciencia de mi cuerpo, como si no existiera nadie más y nadie mirara, y cada una de las concepciones y de las imágenes informes que tengo de mí misma me abandonaran para volverse luminosas, divertidas, bellas.

Lo sabe todo.

Lo sabe absolutamente todo y termina sabiendo incluso lo que me propongo no contarle, por vergüenza o por cansancio. El proceso no dura nunca más de un cuarto de hora, porque si me callo siento que la traiciono. Me hace hablar y resulta tan fácil... Llevo mirándola más de seis años y siempre acabo pensando en lo mismo: en la suerte que tengo de que ella sea mi territorio, mi orientación y mi cordura. Comparte conmigo desde una lectura de poemas de Sor Juana Inés de la Cruz, para descubrir que nada ha cambiado en cuatro siglos, hasta cenas con mi madre en las que mi madre le cuenta cosas de mi familia que yo desconocía por completo. Si hay que pintar la casa, allí está ella. Si hay que colgar una barra de armario, también. Si tengo que ir a cualquier sitio, a no sé cuántos kilómetros; si necesito dormir con alguien; si me apetece reírme o tirarme en el sofá de su casa a beber té. Esa mujer es rematadamente buena en casi todo lo que hace, pero hay algo en lo que supera a todos los demás.

Es única para recoger los pedazos.