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jueves, 7 de noviembre de 2013

Suicidios

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Me suicidé por primera vez a los 25. No lo busqué. No lo busqué, no lo planeé, tuve más frío del que he sentido jamás, descubrí todas las maneras en las que podía actuar como un animal herido que solo busca un refugio calentito pero quiere matarlo todo y quiere matarse a sí. Cuando camino por algunos lugares de Madrid, de vez en cuando, durante algún minuto de esos días caóticos, de repente, por un lugar, o por una charla con una mujer con la que siempre acabo desnudándome del todo, recuerdo a dos personas a las que nunca he visto, a las que nunca veré, que ya no están en mi vida, pero que me suicidaron. Una a los 25. Otra a los 32. También me morí pasados los 30 y a los 35. Yo me muero de a poquitos.



La última vez fui todas y cada una de las cosas que me aterran ser y que desprecio ser.
Dejé de escribir.
Estoy intentando descubrir, en este preciso instante, si lo que no te mata te hace más fuerte.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Mira, Traga

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Resulta que Monsieur Lange, y Droid, y Chuschao y los demás, con Vértigo también, que ahora se llama Pancho-Vertigen, han creado un foro de cine. Otro más, que hacía falta. Y resulta que me voy a Argentina, que está tan cerca de Uruguay y que, cuando leo ciertos mensajes, de ciertos temas, escritos por cierta gente que ahora creció y que tiene hijos y ha publicado libros y ha seguido viviendo a mi lado, más o menos, con esa cercanía que a veces da la gente a la que no has visto nunca y no sabes si vas a ver, regreso a ti de nuevo y a la tristeza.

Se diría que un ave de bronce emerge de una superficie de mercurio. 
Es sólo un pajarraco, posiblemente una garza, emergiendo del White Rock Lake,
pero se ve como el resurgimiento de Terminator.
La imagen y la leyenda son de Tragamuvis.

 Miro textos viejos. Releo tus poemas, me acuerdo de tu voz, tengo grabada tu voz. Pienso en Pablo, con el que no caminaré por Buenos Aires, y en m0ntaraz, y en Neno, que me hizo leer algunos hechos de la única manera en la que podré leerlos, en la manera en que él me hizo ser esto que soy, o estas partes que soy y, de rebote, porque el corazón hace estas cosas una noche cualquiera de finales de octubre, también pienso en la gente que se fue, en quien se acabó de ir hace casi cuatro meses y no va a volver ya más.

No es cierto que la música sigue sonando. No es cierto. Supongo que, como siempre, acabo deseando que la sinfonía hubiera sido más larga. Unos años más larga. Toda la vida más larga.

Se me dan mal las pérdidas y las despedidas. Y no saber qué ocurrió, qué hice, qué dejé de hacer, en qué momento debí cerrar la boca.

Echo de menos que me crezcas.

Echo mucho de menos que me crezcas.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Ir a Madrid

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Desde hace once años, ir a Madrid es pensar en alguien a quien nunca veré.

Le debo parte de lo que soy. Mucha parte de lo que soy. Frases que digo. Expresiones. Concepciones del mundo. Cierta militancia.

Si le viera por la calle, no le reconocería.

Ya no hablamos. Da igual: está dentro de mí.

Él es yo.

Tampoco hablo con otro alguien a quien nunca veré.

No sé su nombre y le pedí que se fuera.

Lo he contado mil veces. Es una historia vieja.

De esto hace tres años.

Volvió por un rato y fue peor. Fue muchísimo peor.

Ya sé que no puedo ir a la Plaza Mayor sin que se me vuelva el estómago del revés. Y que me muero por hacerle una foto nocturna al templo de Debod, pero posiblemente no vaya nunca.

Siempre que voy a Madrid me ocurre lo mismo.

Me sienta
tan bien
(y tan mal)
al mismo tiempo...

martes, 8 de marzo de 2011

Cien años

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Han pasado cien años desde que comenzó a celebrarse.

No es una celebración, sino una reivindicación.

Si me quejo, o si me indigno, siempre recibo las mismas respuestas.

Que soy una víctima. Que no me puedo quejar, porque antes estábamos peor. Que odio a los hombres.

Yo no nací mujer.

Ni siquiera supe devenir en una.

La conciencia de género me la despertó un hombre. Fue un hombre quien me habló de Seneca Falls por primera vez. Y de Elizabeth Cady Stanton.

Existir, existen. Y existieron. Marx. Engels. Stuart Mill.

Raúl, que intenta entenderme. Carlos. Ángel, cuya escultura sobre la igualdad, uno de sus sobresalientes en Bellas Artes, preside mi estantería desde hace años. Luis. Agu. Carmelo. Javi. Alfredo.

Los amigos que tengo.

Y Neno.

Gracias.

La imagen es de Cady Stanton.

jueves, 20 de enero de 2011

La propia sombra

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Antes de que David muriera, yo tenía su dirección y su teléfono y fui a Madrid muchas veces desde que nos conocimos. Nunca le avisé y no nos vimos nunca.

A estas alturas, ni siquiera sé si a él le pasó lo mismo.

También supe dónde trabajaba Neno, que sigue siendo una influencia poderosa, porque lo que me dio se quedó dentro de mí y porque jamás he querido a nadie como le he querido a él (más que a él, sí: como a él, no). Me alojé una semana al lado de su trabajo: jamás fui a buscarle.

No pido lo que no sé si me van a dar. No lo pido nunca, no en este terreno.

Tragamuvis, que estaba profundamente enamorado de Yolanda, me tiró los trastos durante años.

Porque el juego forma parte de la vida.

La penúltima vez que me ocurrió, fue divertido porque era de noche y él estaba a mi lado y pude contárselo. La que después iba a ser su pareja nos había sorprendido hablando y, en un aparte, me dijo algo así como que a un hombre no se le podían contar ciertas cosas.

Me reí mucho.

El miedo es libre, pensé. Pero yo he llegado antes. Y voy a saber más. Iba a saber más, después. Como el nombre de las 17 tías con las que se ha acostado mientras estaba contigo. Eso, a ti, no te lo va a contar nunca.

Ni vas a enterarte.

A veces no llegas antes.

A veces uno juega. Uno comienza a jugar: ¿por qué?

Porque el juego forma parte de la vida.

Y resulta que sí, que sí se enteran. Y que hay ciertas palabras que dan miedo. Porque hay quien construye así sus relaciones: acotando.

El amor es esa cosa extraña que te hace pensar, y creer, que una persona es mejor que todas las demás. Y que no necesitas al resto.

Porque ella te basta.

Al cabo de los años, quizá descubres que ella te basta porque no tienes a nadie más.

No hay amigos ni aficiones. Caminas a su lado como una sombra y ella creyó que tú eras su sombra y tú lo creíste también.

Porque una mujer pensó que su pareja era su sombra, le prohibió hablar conmigo. Leyó mis correos (en los que hablábamos de una pasión de él que ella ha cercenado), me escribió para enviarme un mensaje insultante y asistió a todas mis intervenciones en un foro. Yo nunca le dije cuál era mi nick.

Tampoco es un secreto.

No sé si me siento desnuda o prostituida.

He acabado agradeciendo en lo más profundo que la persona que más sabe de mí de ese foro y con la que más me escribo sea una mujer.

Claro que si su novio ve que la llamo "cariño" lo mismo se mosquea.

No sé de quién es la imagen.

miércoles, 13 de mayo de 2009

Seda y hierro

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Hablaba de Marga del Río, que se le fue en 2004. Pero una vez me la dedicaron. "Parece que la escribió pensando en ti". Conocí la letra mucho antes que la música, ya lo conté. Hizo dos versiones. Hoy he escuchado la primera, la que él definió como un reggae puro:



Y bueno. Le debo eso. Y otras cuantas. Alguna versión. Cierta ternura. La sensación de que este tipo estuvo toda la vida muriéndose y no nos lo creíamos nunca, porque siempre sobrevivía. Era mucho mayor de lo que yo pensé: 51 años.

También le debo una tarde en casa de Sonia, que ayer no tenía palabras, desmontando prejuicios sobre Antonio Gala.




Y la sensación de que a veces se va gente que parece que han sido colegas toda la vida.

Imagen de Thomas Canet.

martes, 17 de marzo de 2009

Frío

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Leo textos de hace cinco años y no me reconozco. ¿Realmente puede volvernos el amor -o su ausencia- tan locos, tan desesperados?

Jamás he tenido tanto frío.

Algo me salva.

Desde entonces, no he vuelto a tener frío.

Imagen de Paulo Brandão.

viernes, 29 de agosto de 2008

Algo contigo

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Suena la guitarra de Vicentico y canta una canción que no compuso él. Es la mejor versión que he escuchado nunca de ese bolero. Quizá no sea la mejor, pero a mí su voz me estremece porque una vez me dedicaron este tema, este tema suyo que no es suyo, y me compré ese disco sólo porque ya me sabía la letra de memoria. Lo escuché y creo que lloré, no lo recuerdo, pero supongo que sí, porque en aquel momento todas y cada una de las frases eran reales. Sobre todo una.

Posiblemente, no conozca a muchas de las personas con las que me apetecería tomarme un café. No conocí a Jorge, que me mandó un cuento de Allan Poe para explicarme por qué se iba. Ni a Minerva. Ni a David, que murió y por el que dos seguimos manteniendo un foro de debate que no es lo mismo sin él. No conozco a Náufraga, a pesar de que nos escribimos desde hace ocho años. Ni a Karma7, ciruja, Tuppence o Vertigo y no sé si habrá alguna oportunidad de quedar con Tragamuvis en cualquier lugar del mundo. Tampoco voy a encontrarme nunca con la persona que me dedicó Algo contigo, pero eso ya no duele, o duele mucho menos y sólo duele a ratos.

Ahora tengo aquí a un anónimo que me escribe versos. Me gustan los poemas que escoge y al principio se me saltaron las alarmas porque pensé que podían ser dos personas. Nunca he sabido que una de ellas leyera poesía y la otra no escribe como él, pero se le parece. Reconozco estilos cuando he leído mucho a alguna gente, aunque no soy infalible y cualquiera puede disimular. Y, si no fuera porque dudo mucho de que mi otro candidato sepa quién es Santos Domínguez, le hubiera dado todos los puntos. Por muchas razones. Hasta que me di cuenta de que podía ser un ella y no un él y de que posiblemente haya llegado a este sitio por casualidad y haya querido comunicarse con las palabras de otros. Quizá un día se vaya también y yo me acuerde a ratos de ese anónimo que me escribía versos.

Sigo escuchando canciones que me recuerdan los encuentros que nunca se produjeron. Antes cantaba Vicentico. Ahora es Calamaro quien grita.


Cuando yo creo que estás en mi poder, tú te vas soltando, te vas escapando de mis propias manos (...) Al final me aclaro que te estás burlando, que te estás riendo, en mi propia cara de mis sentimientos, de mi corazón.

Parece que escojo el principio, pero que nunca soy capaz de elegir los finales.

Imagen de Janesdead.

martes, 17 de junio de 2008

Pérdidas

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No nos enseñan a eso. A aguantar el dolor, a expresarlo, a que nos dejemos horadar sin sentirnos ridículos, cuál es la mejor manera de soportar el duelo. Crecemos sin conciencia de muerte o enfermedad, sin comprender que son azarosas y llegan cuando quieren y que las pérdidas no se curan nunca. Jamás. Se vive, claro que se vive, y el tiempo pasa, y te ríes y sigues amando y trabajas y comes y disfrutas de los amigos y, de cuando en cuando -una fecha, una canción, cualquier cosa-, te deja sin aire unos segundos y luego vuelves: te tomas un vino, haces planes, te rascas, conciertas una cita, escribes, abrazas, continúas.

Con él no pudo Auschwitz, pero sí un cáncer y la persona a la que querría abrazar está a dos mil kilómetros de mí. A diez mil más hay otro, al que los médicos le vuelven poco razonable y ya está viejo para cambiar. Acaba de morir un amigo muy querido de dos hombres a los que respeto. Uno de los míos se come sus propias plaquetas. A otra le inyectan morfina en la médula, a ver si se le pasan los dolores que tiene desde hace ocho años. Son los cercanos. En el tiempo, digo. Antes hubo accidentes de coche, suicidios, sida y otras muertes.

Y siempre es lo mismo. Todas las noticias nos cogen por sorpresa.


Imagen de Flickr.

martes, 18 de marzo de 2008

Tejiendo

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He vivido alguna de esas noches mágicas, los dedos volando en el teclado, la mente despierta, esa sintonía que te hace estar más relajada porque no sabes quién es del todo quien está enfrente, al otro lado, pero eres capaz de intuirla al minuto. En la red también existen las primeras impresiones.

Conocí así a una de las mujeres de mi vida, hace más de cinco años, la misma que me recordó, y me recuerda, que los monstruos también mueren, una rubia guapísima y perseverante, enamorada de Sor Juana Inés de la Cruz y gracias a la cual he ampliado en mucho mi biblioteca porque siempre me regala libros y ninguna otra cosa más.

Conocí así, también, al hombre más influyente de mi vida, a pesar de que no le conozca -ni le vaya a conocer- la voz y los gestos, pero esa historia la he contado en otros lugares y muchas veces.

Internet es un mundo posible, pero real. Un mundo paralelo y muy pequeño, a pesar de la vastedad. Con sus reglas, desde luego. Algunas pueden transformarse en un problema: quizá me he perdido a alguien interesante por ello, pero no pierdo un minuto con alguien que hable lenguaje XAT o tenga faltas de ortografía. Lo que me asombra es la manera de llegar de quienes se quedan: hace años que no chateo y, sin embargo, a veces, los descubro por una duda, un mensaje en un foro, un blog al azar... y así se teje esta red tenue que le da todo el significado a La Red.

Por eso había dos personas a las que quise ver cuando el azar y el sexo me llevaron a Málaga: por el puro placer de reconocerlos y de saber que son como yo había pensado (mucho más interesantes en persona). Por eso tengo dos excusas para visitar Buenos Aires sin sentirme extraña: un hombre lindo que cumplió 45 hace muy, muy poco y una mujer sabia llena de preguntas que llegó naufragando hace siete años y que me regala rosas de Palermo para celebrar mi casa nueva. Por eso, en Barcelona, después de un lustro, cené con quien me lleva casi cuatro décadas para verle tan lúcido, tan divertido y tan generoso como cuando éramos sólo letras en un ordenador y dos voces telefónicas. Por eso echo de menos, también, a quien nunca se despide, aunque la culpa le roa, porque así no tiene la impresión de que se ha marchado del todo. Por eso comparto una entrevista y me dicen que les asombra mi voz dulce (qué clase de mujer seca y fría pareceré por aquí) y por eso supongo que algún día iré al Norte y que un año de estos podría planear un café en Cordura.

Al final sólo es eso. Como en la vida real. Sólo valen quienes se quedan.

viernes, 29 de febrero de 2008

Canciones

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Una vez, me pintaron un retrato antes de haberme visto nunca. Otras veces, me han mandado canciones que les recuerdan a mí. Y me reconozco en las historias que cuentan, sin creerme que yo sea ésa del todo... Hoy he buscado una. No la había escuchado antes, pese a que me la escribieron en un foro para sacarme a bailar una Nochevieja.




Las quería escribir, por si acaso algún día se me olvidan... Cada una me llevó a un lugar: a descubrir de mí lo que veían otros. Cada una me trae algún recuerdo: todos agradables, todos con una punzada de dolor por lo perdido, de reconocimiento por lo que viví, de asombro.






Alguna me trajo un cuerpo reconocido, el descubrimiento de las sensaciones de mi propio cuerpo, la ternura y la seguridad de que puedo hacerlo todo. De que siempre voy a tener razón dentro de una cama.



Y otras, simplemente, son la historia de mi vida...


viernes, 22 de febrero de 2008

Niños

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La mujer que va a tener un hijo me regaló una vez una Waterman Audace. También la cafetera con la que hago el descafeinado de por las noches. El último fin de semana que estuve en su ciudad, me lo pasé acariciándole la tripa a todas horas, sin creérmelo casi, aunque ya le hubiera escrito cuando aún no era más que deseo, proyecto y búsqueda.

El hombre que va a tener un hijo me dice que no se puede ser tan macho y nos reímos. Él vive más lejos, a dos autobuses y casi seis horas de distancia. A su pareja la conozco por fotografías y cuando la vea, será, supongo, para saber de los otros dos miembros de su familia a la vez. Para abrazarle y admirarme ante la nueva vida que empieza.

La mujer que tiene dos niñas no pasa por sus mejores momentos, pero cuando las ve, casi es capaz de olvidarlo todo. Su sabiduría le permite recordar a cada instante que se acabará la tormenta, a pesar de los miedos, y que quizá algún día, podamos recordar todo esto con el dolor justo.

La pareja que tiene un hijo afirma que, si llegan a saberlo, lo hacen antes. Los días se les pasan entre cuidados, paseos con cochecito y una placidez estable. De vez en cuando (menos de lo que me gustaría) observamos cómo va creciendo esa personita a la que vimos, por primera vez, con quince horas de vida. Y siempre nos asombra.

El hombre que me abrazaba todos los días, ahora puede levantarse temprano para llevar a su hija a la guardería, ir a recogerla y comer los tres juntos. Me enseñaba estrellas y estaciones espaciales y el día que se fue, me regaló un libro lleno de planos para estrenar mi casa. Le echo de menos todo el tiempo.

Hay otra pareja con niño. Con foto de niño en el móvil, con pocas posibilidades de conocerle aún. Pero sé que también son felices, porque son felices juntos desde hace casi diez años.

Sólo una vez he deseado tener un hijo, porque conocí al único padre idóneo. Fue hace mucho tiempo, en una de esas etapas de locura transitoria que da un amor que luego sólo fue escarcha -no he tenido más frío en mi vida- y más tarde reconocimiento y después recuerdo y asunción de la propia historia rara que vivimos. Ahora que muchos amigos míos son padres, o lo van a ser, me sorprendo pensando en cómo cambian las vidas en tan poco tiempo, nueve meses poco más o menos, y comienzan a ser otra vida que gusta.

Será divertido estar ahí.

domingo, 30 de diciembre de 2007

Recuentos

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Recuento las cicatrices y los fantasmas. Un atracador a mano armada, una palma que no me recorrerá el cuerpo, un tipo con acento alemán al que no oiré reírse, esta concepción eterna de que el futuro (me) será siempre incierto; la soledad buscada, impuesta o elegida; la sensación de quedarme atrás, en tantas cosas; la escarcha que me quema cuando sé que te he perdido; la incapacidad para ser un buen soldado.

No son demasiadas, o las olvido, porque siempre me fijé más en los árboles que en el bosque. Pero de vez en cuando atacan, o aparecen.

Me apetecería que me mimaras.

Me apetecería, digo: el condicional me recuerda que nunca me dirigiré a un concreto.

martes, 13 de noviembre de 2007

Segundas partes nunca fueron buenas

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Hace algunos años, muy pocos, salí de una historia que me devastó. Después de la devastación, uno sigue con vida. Ya no eres tú, nunca serás tú del todo, pero continúas yendo a trabajar, o buscando un empleo, comes, bebes, sales con los amigos, sigues empuñando un bolígrafo para verte desde fuera y te vuelves a inventar los días, como buenamente puedes, porque no dejaste de respirar a pesar del frío y de la asfixia. Uno puede quedarse sin aire y seguir aspirando y espirando varias veces por minuto. Aprendes a vestirte de cenizas, como Alejandra Pizarnik, y descubres, para tu sorpresa, que sigues siendo confiada, que no te resulta demasiado difícil abandonarte de nuevo y que tu patrimonio, lo que quedará al final, es esa manera de darte cuando el otro es atrayente y tú estás cómoda.

"Tú no te permites no sentir". Me lo dijo Nerea en aquella época. La misma en la que podía llorar hasta agotarme, la misma de la frustración y los vaivenes, la misma en que abominé mil veces del verde y la esperanza, porque no es verdad que la esperanza sea lo último que se pierde, pero sí es verdad que sigues esperando lo que sabes que no va a llegar nunca, el pinchazo en el globo imperceptible por donde se colará lo que quieres, aunque no haya ni un alfiler cerca y aunque sepas que las palabras nunca y jamás son los adverbios más claros de tu vida.

Me encantaría ser mental. Fría. Correcta. Distante. Tener un carácter un poquito menos primario, menos tumultuoso, muchísimo más pausado, más pensado, menos loco. Me encantaría no tardar tanto en darme cuenta, ser bastante más analítica, más observadora, más lejana. Pero tengo 31 años y a veces elijo la ceguera porque estoy a gusto viendo sólo una parte. La cuestión es que cuando la ves entera, ya sólo queda romperlo todo. Total, tampoco van a intentar recomponerlo.

A veces, para algunos, las reglas son más importantes que las personas. Y, cuando eso pasa, cuando no hay excepciones, ni resquicios, ni esperanza, la única deducción posible es que tú nunca fuiste demasiado. A pesar de la intimidad, a pesar de todas las horas de todos los días de años. A pesar del humor, de las risas, de la excitación y de todas las palabras, porque las palabras a veces no valen absolutamente nada. No valen ni el recuerdo que evocan porque no hay un encuentro que evocar -hay por aquí alguien que entenderá esta frase igual que yo- y tampoco sirven para otra cosa que para el arrepentimiento. Debí decir menos o no decir nada. Pero no valgo para eso.

Quizá sí para poder, ahora, a la segunda, desterrar la esperanza y creerme que nunca, que jamás.

Y para preguntarme por qué carajo no le hice caso a Pupe hace dos años, cuando me dijo que otra vez no y yo le dije -qué ilusa soy a veces- que quizá esta vez fuera distinto.


Imagen de riazorenho

Imagen de L4ur4

domingo, 28 de octubre de 2007

Déjame entrar

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Todos tenemos puertas cerradas.
Yo pido que me dejen entrar.
A veces entro sin permiso.




Quien entra en mí suele hacerlo de golpe. Suelo ser generosa en las palabras, salvo que tenga un mal día, porque se me da mal mentir y porque, aunque la gente, en general, me dé miedo, en particular suelen gustarme. Y me gustan personas de muy distinto tipo. Atraigo, además, a quien no habla, a quien no cuenta, a quien no se muestra. Me ha pasado siempre, no sé qué lo provoca y supongo que, si lo supiera, tampoco podría utilizarlo. Algunos de mis mejores amigos pueden dar fe: no son de muchas palabras, o de casi ninguna. Se me da mal, muy mal, hacer preguntas, salvo con Adúlter, al que escribo con signos de interrogación. Sólo soy cómica si me encuentro muy a gusto. Escribiendo no. No me sale. No sé si es estilo, que dudo mucho que lo tenga, o incapacidad (por eso admiro a Suntzu). Hablo mucho, o poco, depende del interlocutor. No digo demasiado. Así que no entiendo esa atracción.



Tampoco entiendo por qué me atraen a mí las puertas cerradas. Las personas que nunca te darán un abrazo; las que jamás te dirán te quiero; las que se cuidarán de demostrarte que les importas, si es que les importas algo -porque eso a veces no se nota: eso a veces hay que decirlo-; la gente a la que no verás, aunque llevéis hablando seis años, porque cumplen reglas absurdas, porque lanzan excusas que no se cree nadie, porque te atraparon con el primer mensaje y tú eres rápida y de efecto retardado y de las que te perderás el tono de la voz y la risa y un cine porque al final tú sólo eres lila sobre blanco y nada más (ni una sola cosa más). Por qué me atraen quienes son sólo privados, quienes lo transforman todo en privado y en silencio, quienes nunca te dejarán traspasar nada aunque tú te desnudes todas las veces, aunque no plantees siquiera el intercambio, pero lo esperes, ya sabes, por aquello de la reciprocidad. No es por el más difícil todavía: no suele atraerme lo difícil por sí mismo. Tampoco son ganas de sufrir, porque sufrir me gusta lo justo. Quizá no sea más que una broma: que sean capaces de contarte su vida todos, excepto justo aquellos de quienes quieres saberla más que nada. O que toda regla tiene una excepción que la confirma.


O que soy gilipollas, pero eso ya lo sabía.

El post viene de aquí.

domingo, 30 de septiembre de 2007

Si supiera

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Imagen de Renmeleon.

Escribir, siempre, es escribir una carta a alguien. Aunque después no la lea. Si supiera que no la ibas a leer nunca, te diría muchas más cosas. Podría abrirme entera, dejar que te escondieras dentro de mí, mirar tus abismos, sentir vértigo. Intentaría conjurar el miedo, el tuyo y el mío, porque me quedan pendientes un café en Madrid, ver un atardecer extremeño de los que glosó Antonio López, sentarme a la orilla de un lago al Norte, ir a un concierto, mirarme contigo en una pantalla de cine (aunque ya no repongan esa película), enseñarte las ciudades que amo, presentarte a la gente que me quiere, oírte hablar, sonreír, verte trastear por una casa (fregar los platos, hacer la cama, cocinarme); que seas, realmente, el primero en sacarme a bailar; regalarte un libro, hacer un viaje, recorrerte el cuerpo.

Imagen de equusignis.

Si supiera que no la ibas a leer nunca, te hablaría de la frustración, del desengaño y de las máscaras. De mi concepto del amor, del dolor y del llanto. De lo necesario que me eres a veces, aunque no surjas ya como un ahogo. Te contaría mis planes, te lanzaría a la cara mis verdades inmutables de un segundo y sabrías, por fin, que no tengo opinión de casi nada.

De ti tampoco. Ni de ti siquiera.

sábado, 15 de septiembre de 2007

Esquinas

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Imagen de Jen Elvira.

Resulta que en todas las esquinas hay un rumor de pasos...

Andrés Aberasturi

miércoles, 29 de agosto de 2007

Sin finales

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Me estoy volviendo experta en historias inconclusas. No en historias acabadas, que sería un consuelo, porque uno puede superar, medianamente, todos los finales -la muerte también, o te suicidas-, sino en historias de puerta abierta, cuyos discursos acaban por no tener significado alguno. Comencé a los 25, con un tipo que me regalaba cuadros y poemas y que jamás ha quedado con nadie a quien hubiera conocido por Internet. Porque la vida real es mejor, aunque yo no las distinga, y porque tuve la desgracia de encontrármelo en un foro, que si me hubiera topado con él en el metro, podría haber tenido la oportunidad de escucharle la voz y la risa, de tomarme un café a su lado, ver un atardecer extremeño, ir al cine o darle las gracias. Nunca sabré por qué no hizo excepciones. Seguimos hablando, no se nos olvidan las fechas importantes, tardó un año en decirme su nombre y, desde hace siete, ir a Madrid es pensar en una persona a la que jamás veré. De vez en cuando aún manifiesta la osadía que no perdió diciéndome que nunca se sabe. Pero yo sí lo sé, porque hay cosas que han de hacerse a tiempo para que no pierdan todo el sentido.

Lo mejor es que después duele menos. Si llega alguien igual ya no importa tanto, o importa por el recuerdo, por la sensación, que no se va, de no haber aprendido nada en siete años. Al final eres tú mismo quien se da la explicación que no recibió, la única posible, y es que nunca importaste, más allá de unos correos apresurados o de una charla por Messenger. Lo mejor es que después duele menos y a veces ni duele.

No duele tampoco cuando se aventuran las razones de una desaparición abrupta, las heridas de quien rompe la cadena por el eslabón más débil. Y agradecerías una llamada, un hola qué tal, un lo siento, un no puedo, un ya sabes que no puedo. Pasaste por una vida, la descolocaste un segundo que duró casi dos años y, de vez en cuando, quieres intentarlo: mandar un mensaje, llamar tú. Pero te vence el respeto por otra decisión. Por otra persona que no espera que hagas nada, ni siquiera una noche de borrachera móvil en mano porque hace siglos que no te emborrachas. Su poder era elegir y yo lo sabía y lo acepté, aunque a veces me quede la sensación de que he sido una prueba, o un juego. Ya: nunca fui un buen soldado.

Del próximo que llegue, sabré cuándo empieza, pero espero dejarle claro que pretendo, si no es mucho pedir y sin afán de molestar, oiga, que tenga la decencia de decirme por qué acaba.


Imagen de Madrid: imagonovus.
Imagen de Almería: jlmieza.

lunes, 7 de mayo de 2007

Una vez

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Una vez quise. Quise de la manera en que quiere todo el mundo: definitiva, abismal, sin esperanza. Luego he querido de otras formas. Sin lágrimas, porque nunca las tuve, pero me las devolvieron con creces durante un año; con calma, como si se pudiera querer calmadamente; contenida, porque no es lo mismo el control que la represión, me repetí, aunque jamás haya llegado a creerme del todo aquella frase. Me regalaron cuadros de Georgia O'Keefee, Chagall y Klimt; poemas de Miguel Hernández, José Hierro, Ángel González, Goytisolo, Barrett Browning, Alejandra Pizarnik y otros cientos; canciones de Ella Fitzgerald y Andrés Calamaro. Ya no miro títulos de libros pensando que estarán en su estantería, pero tampoco hace falta porque soy parte de él. Y con esto quiero decir precisamente eso: que ciertas partes de mí, ahora, le deben lo que son. Que le debo lo que soy o parte de lo que soy o algunas de las mejores partes de mí. No he vuelto a querer así. Dudo mucho que vuelva a querer así.


La jaula

Afuera hay sol.
No es más que un sol
pero los hombres lo miran
y después cantan.

Yo no sé del sol.
Yo sé la melodía del ángel
y el sermón caliente
del último viento.
Sé gritar hasta el alba
cuando la muerte se posa
desnuda en mi sombra.

Yo lloro debajo de mi nombre.
Yo agito pañuelos en la noche y barcos sedientos de realidad
bailan conmigo.
Yo oculto clavos
para escarnecer a mis sueños enfermos.

Afuera hay sol.
Yo me visto de cenizas.

Alejandra Pizarnik.

Lo que hago mejor últimamente es alejar a la gente que me importa.

domingo, 4 de febrero de 2007

Ansia en Plaza Francia

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Encerrado en mi torre de marfil,
la soledad del cuarto del hotel,
bajo el peso de mi propia ley perdí,
mi propia ley que es roce de tu piel.

Esperándote con ansia en plaza Francia,
la fragancia de tu rosa en mi pellejo,
que no pude borrar en cuatro días,
malditas despedidas, me están volviendo viejo.

En el ropero dejé la campera de cuero,
ahora soy un torero retirado de los ruedos.
Mi dinero me lo gasto en elegancia,
esperándote con ansia en plaza Francia.

En mi cárcel de cristal, te espero,
más allá del bien y del mal, te quiero.

Con mi tarjeta dorada no me puedo comprar nada,
el amor no se puede pagar.

Saco pecho y camino por el techo,
otra vez va a ser mejor comprarlo hecho al amor.

Andrés Calamaro
Me he acordado de ti.