Mostrando entradas con la etiqueta Tragamuvis. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Tragamuvis. Mostrar todas las entradas

miércoles, 24 de octubre de 2012

Mira, Traga

2 comentaron

Resulta que Monsieur Lange, y Droid, y Chuschao y los demás, con Vértigo también, que ahora se llama Pancho-Vertigen, han creado un foro de cine. Otro más, que hacía falta. Y resulta que me voy a Argentina, que está tan cerca de Uruguay y que, cuando leo ciertos mensajes, de ciertos temas, escritos por cierta gente que ahora creció y que tiene hijos y ha publicado libros y ha seguido viviendo a mi lado, más o menos, con esa cercanía que a veces da la gente a la que no has visto nunca y no sabes si vas a ver, regreso a ti de nuevo y a la tristeza.

Se diría que un ave de bronce emerge de una superficie de mercurio. 
Es sólo un pajarraco, posiblemente una garza, emergiendo del White Rock Lake,
pero se ve como el resurgimiento de Terminator.
La imagen y la leyenda son de Tragamuvis.

 Miro textos viejos. Releo tus poemas, me acuerdo de tu voz, tengo grabada tu voz. Pienso en Pablo, con el que no caminaré por Buenos Aires, y en m0ntaraz, y en Neno, que me hizo leer algunos hechos de la única manera en la que podré leerlos, en la manera en que él me hizo ser esto que soy, o estas partes que soy y, de rebote, porque el corazón hace estas cosas una noche cualquiera de finales de octubre, también pienso en la gente que se fue, en quien se acabó de ir hace casi cuatro meses y no va a volver ya más.

No es cierto que la música sigue sonando. No es cierto. Supongo que, como siempre, acabo deseando que la sinfonía hubiera sido más larga. Unos años más larga. Toda la vida más larga.

Se me dan mal las pérdidas y las despedidas. Y no saber qué ocurrió, qué hice, qué dejé de hacer, en qué momento debí cerrar la boca.

Echo de menos que me crezcas.

Echo mucho de menos que me crezcas.

jueves, 20 de enero de 2011

La propia sombra

10 comentaron


Antes de que David muriera, yo tenía su dirección y su teléfono y fui a Madrid muchas veces desde que nos conocimos. Nunca le avisé y no nos vimos nunca.

A estas alturas, ni siquiera sé si a él le pasó lo mismo.

También supe dónde trabajaba Neno, que sigue siendo una influencia poderosa, porque lo que me dio se quedó dentro de mí y porque jamás he querido a nadie como le he querido a él (más que a él, sí: como a él, no). Me alojé una semana al lado de su trabajo: jamás fui a buscarle.

No pido lo que no sé si me van a dar. No lo pido nunca, no en este terreno.

Tragamuvis, que estaba profundamente enamorado de Yolanda, me tiró los trastos durante años.

Porque el juego forma parte de la vida.

La penúltima vez que me ocurrió, fue divertido porque era de noche y él estaba a mi lado y pude contárselo. La que después iba a ser su pareja nos había sorprendido hablando y, en un aparte, me dijo algo así como que a un hombre no se le podían contar ciertas cosas.

Me reí mucho.

El miedo es libre, pensé. Pero yo he llegado antes. Y voy a saber más. Iba a saber más, después. Como el nombre de las 17 tías con las que se ha acostado mientras estaba contigo. Eso, a ti, no te lo va a contar nunca.

Ni vas a enterarte.

A veces no llegas antes.

A veces uno juega. Uno comienza a jugar: ¿por qué?

Porque el juego forma parte de la vida.

Y resulta que sí, que sí se enteran. Y que hay ciertas palabras que dan miedo. Porque hay quien construye así sus relaciones: acotando.

El amor es esa cosa extraña que te hace pensar, y creer, que una persona es mejor que todas las demás. Y que no necesitas al resto.

Porque ella te basta.

Al cabo de los años, quizá descubres que ella te basta porque no tienes a nadie más.

No hay amigos ni aficiones. Caminas a su lado como una sombra y ella creyó que tú eras su sombra y tú lo creíste también.

Porque una mujer pensó que su pareja era su sombra, le prohibió hablar conmigo. Leyó mis correos (en los que hablábamos de una pasión de él que ella ha cercenado), me escribió para enviarme un mensaje insultante y asistió a todas mis intervenciones en un foro. Yo nunca le dije cuál era mi nick.

Tampoco es un secreto.

No sé si me siento desnuda o prostituida.

He acabado agradeciendo en lo más profundo que la persona que más sabe de mí de ese foro y con la que más me escribo sea una mujer.

Claro que si su novio ve que la llamo "cariño" lo mismo se mosquea.

No sé de quién es la imagen.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Jorge

5 comentaron

Tú, pidiéndome que te dejara escucharme la voz. Comentándome las fotos en Facebook ("me gusta la modelo"), mandándome correos con mensajes grabados, chateando a todas horas y a horas intempestivas y sin dejar que me fuera a la cama. Hablando de mujeres poderosas y guapísimas. De política, siempre. De literatura.

Y de mí. Y de Yolanda. Y de ti.

El último es de junio del año pasado. Y hay otro de Navidad.

Siamo arrivati al 2009, qué bueno que sobreviví al 2008!!! y pienso seguir sobreviviendo unos cuantos más y más aún, en mejor forma, siempre que me pueda apartar del vicio de la quimioterapia. 

Te echo mucho de menos, Traga. No te imaginas cuánto te echo de menos.

martes, 23 de marzo de 2010

Cine y fotos. Una excusa

5 comentaron


No sé si aprendemos realmente cuando se muere alguien. Si después, una vez pasados el dolor y la pena (hoy es 2 de febrero, aunque esto lo cuelgue más tarde y ni el dolor ni la pena se han ido), no actuamos como si no hubiera ocurrido nada. Un cabreo laboral aquí, un chisme allá, un correo que no se responde porque no tenemos tiempo, una afición que no se cultiva porque tampoco disponemos de horas suficientes, los pequeños actos de egoísmo, un alzarle la voz a alguien a quien quieres y de quien no sabes si estará mañana o no estará mañana.

La muerte de Tragamuvis a mí me ha servido, sobre todo, para hablar con Vértigo. Vértigo o Vertigen es un asiduo de los foros de cine, muy amigo de don Traga, con unos ojos verdes impresionantes y un acento mallorquín muy hermoso. Veinte minutos de charla, comentando lo que éramos para Jorge, muchas anécdotas sobre actrices de las que les gustan a los dos y un tú cómo estás.

Pero también me he acordado de otra gente. De la gente que se fue y de la que está ahora. Esos grumos bajo el sol de los que hablaba Manolo en Pincel & Pixel hace un tiempo en un mensaje emocionante. A muchos de ellos sí los conozco en persona: a los del grupo de Canonistas de Extremadura que viven en Badajoz, porque quedamos para hacer fotos con cualquier excusa. A otros no y no sé si habrá oportunidad de conocerlos.

Y, sin embargo, nos llevamos bien. A base de mensajes privados, comentarios en Flickr, algún mensaje en los blogs y diálogos en alguno de los hilos de un foro muy lleno en el que, de todos modos, vas haciendo un grupo de afinidades un tanto extraño. Está Pertur, por ejemplo, con un bebé en casa que vino antes porque tenía mucha prisa. O Carlos, que escribe como Dios y que está como siempre, estable dentro de la gravedad, y que me recuerda mucho, mucho, a ShooCat, porque es igual de inteligente y de irónico y tienen el mismo humor y viven en la misma ciudad y tienen la misma edad y son igual de atrayentes (sigo pensando que son la misma persona, lo juro). O Gayolópez, que se ríe –y no me extraña– de los retratos que me “perpetran” (lo dice así: “vaya retratos que te perpetran”) los chicos de Canonistas de Badajoz, Almeida a la cabeza. O Silvia.Z., que me comenta las fotos y las mira con calma y me dice que le gustan y me anima mucho para seguir aprendiendo, cuando pueda. O Alemonic, que me dedicó un texto e intentó enseñarme (sin resultado, todavía) qué demonios es la distancia hiperfocal. O Sokar, al que le presenté mis respetos una vez y al que seguiría presentándoselos siempre que tuviera la ocasión, porque me gusta mucho ese muchacho. O al Miguel, privado va, privado viene, esto no me funciona, me encanta esta foto del Nico aunque esté desenfocada y que se ha encargado de la organización de una QDD Nacional a la que, nuevamente, no podré ir. O Pere Larrègula, al que un día entrevistaré, no sé con qué motivo, sólo para oírle la voz y que me enseñe algo de fotografía y de su manera de ver el mundo (que me gusta más que las fotos que hace). O Gomendio, que es todo amabilidad. O Wamba, que siempre contesta a los comentarios. O Gala, que me mostró una vez cómo se cuenta una historia con una imagen y que está a 274 kilómetros de la persona a la que más le gusta retratar. O la gente a la que siempre lees, aunque sea en silencio: Hamilin, Bigdani, Ignatius Reilly, Dani, Bruno Abarca, Angharad, Vampyressa.

Y los míos.

Yo creo que nunca les agradeceré bastante a los inventores de la red la oportunidad que nos han dado a muchos de estar en el mismo espacio y de fijarnos los unos en los otros. A quienes crearon una página de cine, una de fotografía, sólo con la intención de compartir lo que tenían o lo que sabían y que ni siquiera pensaron, en sus inicios, supongo, que el cine y las fotos se transformarían a veces en eso.

En una excusa para reconocerte en otros.

miércoles, 17 de marzo de 2010

Estoy escuchando tangos

14 comentaron


Estoy escuchando tangos, niño. Al Calamaro, que es argentino y del que todo el mundo piensa que no sabe cantar tangos. Casi te estoy oyendo: “Pero Olguita” (“sacrílega, pedazo de sacrílega”). Luego vienen el Piazzolla y Edmundo Rivero y Osvaldo Pugliese. Así que quédate tranquilo. Con mis gustos, ya sabes, pasa lo mismo que con los de Karma7: son inviolables.

En las épocas tristes de mi vida, siempre me han acompañado los tangos. Para el desamor, la zozobra y las ausencias. Escribirte es mi manera de recordarte. Y de contarte, de nuevo, las cosas cotidianas. A vuelapluma y sin pensar.

Recuerdo un poema de Emily Dickinson, creo que te lo copié, o que lo leíste, el que empieza: “Fuera de casa he estado muchos años / y ahora, ante la puerta, a entrar yo no me atrevo” y termina diciendo “Busco aquí una vida que dejé: ¿aún sigue en esta casa?”. He vuelto al lugar en el que te conocí. Han cambiado algunas salas. Allí ya no habita gente que estuvo. No sólo tú, que ya no habitarás nunca lugar alguno (¿sabes? Ése es el pensamiento que más trabajo me cuesta) sino gente que se fue, o se mudó.

Estoy intentando averiguar dónde están los muebles, he llevado algunos cojines con forma de palabras, mías o de otros, porque las palabras son lo único que puedo aportar (no: no son poco: a ti te bastaron). Hay otros inquilinos: muchos a los que no conozco y ya sabes que a mí la gente, en general, me da un pánico terrible (y muchísima pereza) y también sabes que añoro relaciones que fueron pero que no volverán a ser nunca. En dos años se cambia mucho, pero la inseguridad permanece: cómo volver, de qué manera volver, cuando sabes que no se puede volver, que eso no va a ocurrir nunca. Así que intento envainarme el dolor, sin conseguirlo.

Por eso escucho tangos. Por eso me pongo al Calamaro recitando y ahora que estoy frente a ti, parecemos, ya ves, dos extraños. Lección que por fin aprendí: cómo cambian las cosas los años. Ha pasado mucho tiempo, Jorge. Yo ya no soy parte de la que fui, pero eso nadie tiene manera de saberlo. El problema es que sigo con las mismas heridas: ya cicatrizaron, pero la raja pica de vez en cuando y es muy honda. Y me da pena. No se me nota, pero me da mucha pena.

Ya ves. Los tangos: zozobra, desamor y ausencias.

Te sigo llorando. Ya no con lágrimas: las lágrimas se fueron. Pero el corazón se me pone pequeñito y se me sube hacia la garganta y luego, a veces, también sonrío. Me lo he tomado como un homenaje, volver. A la memoria. A las horas que se compartieron. A las palabras. A esos otros modos de relacionarse que muchos no comprenden. También a los abrazos y los vinos que nos hurtó la distancia.

Te escribí un correo. No sé si te dio tiempo a darle tu contraseña a alguien para que los leyera por ti. Fue una idiotez, pero te mandé un correo. Para decirte lo que tú ya sabías.

Esto tampoco lo leerás. Pero ya sabes. Escribir, siempre, es escribir una carta a alguien. Yo hoy escucho tangos y te escribo. Para decirte que he vuelto a casa y que, ya lo suponía, la casa está mucho más fría sin ti.

Olga.

PD: Esto lo escribí hace días. Hoy te digo que las lágrimas no se fueron.

martes, 2 de febrero de 2010

Jorge Camboni - Tragamuvis

14 comentaron


Yo tuve un hermano.
No nos vimos nunca,
Pero no importaba.
Julio Cortázar.

Lloro. Escribo mientras lloro y paro de escribir para llorar y sorbo y salen todas las lágrimas que he tenido que reprimir esta mañana, en la que la vida sigue, y he entrevistado a Carlos Giménez, y me he ido a comer, y no le he mandado un correo a nadie, salvo a Vértigo, para compartir la pena.

Ese hombre que está ahí se llamó Jorge Camboni. Primero fue un nick: Tragamuvis. Un tipo uruguayo, que vivía en Dallas, irónico, ácido, de verborrea implacable y versos prestos, que me mandó como regalo con todo el pudor del mundo, una vez. Con una foto suya y de su perro. Le conocimos, todos los que le queríamos (mucho) a este lado del charco, por Internet, hablando de películas y de arte y de libros y de mujeres hermosas y de países y de política. Yo le oí la voz. Me mandó dos mensajes grabados, que comenzaban igual: “Hola, Olguiiiita”, con su acento dulce, que nunca escuché en una charla porque me lo propuso, un día, te llamo y echamos un rato, pero tenía que ser a un fijo, mi madre estaba en el salón porque en casa no hay inalámbrico y me dio vergüenza, porque soy así de gilipollas, y le dije que no.

Eso no me vuelve a pasar.

Internet tiene estas cosas. Que un día conoces a un tipo muy culto, muy inteligente, con el que primero te intercambias mensajes privados por un foro y luego por correo y después, porque las relaciones se tejen de manera rara, te enteras de que tiene cáncer y que se ha tenido que ir de Estados Unidos porque allí no le atienden si no hay dinero para el seguro y la mujer que ama, que se llama Yolanda y de la que te sabes la vida, no tiene tampoco plata para irle a ver a México. Y os organizáis y hacéis una colecta y yo me encargo, a mi estilo, de decirle: “niño, que te vamos a mandar un giro, que a ti cómo se te da esto de aceptar dinero ajeno”. Y luego te cuenta, que se ha quedado en estado de shock, que le ha dado algo a sus hijos, que también lo estaban pasando mal, y que se fueron a comer y bueno. Que fíjate con qué poco se puede hacer feliz a alguien.

No llegó a la Navidad y yo me he enterado hoy. De su enfermedad no hablaba mucho: que seguía noctámbulo y que comía poco, pero que estaba bien. Enviaba correos con noticias. Los dos últimos no se los respondí porque eran muy largos y yo no tenía los conocimientos suficientes para debatir con él de la situación política mexicana o de la de Honduras. Le conté que me iba a Canadá con Ciruja, me dijo: “Ciruja es un suertudo” y yo me encuentro pensando ahora en las percepciones tan distintas que pueden tener los demás sobre nosotros mismos: “ya que vais a coger un avión, pasaos por México”, me dijo. Me lo dijo varias veces: y cómo nos vamos a pasar por México, si vamos a la otra punta… Y, sin embargo, lo pensé, alguna vez: en cómo sería un encuentro, una comida, un café largo, una charla, con ese tipo culto de voz dulce.

Ya no será. Vivir es un poco raro. Haces planes que no se cumplen. No respondes un correo porque no tienes tiempo de debatir. No hablas por teléfono porque te da vergüenza. Y dos minutos después de enterarte de la noticia, de la noticia más horrible del mundo, que es la muerte de alguien a quien quieres, te centras en que tienes que hacer una entrevista porque has quedado con Carlos Giménez a las doce y se te vuelven a saltar las lágrimas y escribes un mensaje apresurado en los dos foros de cine en los que se te conoce, pero en los que ya no estás: “Yo he perdido a un amigo”. Y te vas a comer y vuelves a trabajar y haces un programa de radio de una hora y después, cuando te vas a casa, le mandas un mensaje a tu hermano para decirle “Nacho, se ha muerto Tragamuvis” y te echas a llorar en medio de la calle porque se ha ido un hombre bueno al que al que tú le gustabas mucho.

Yo tuve un amigo. No nos vimos nunca, pero no importaba.


Tango para un uruguayo que se fue
Gracias
Tragamuvis, Jorge, Geo

lunes, 28 de mayo de 2007

Nada que decir

4 comentaron

A veces la poesia se queda a medio camino
se niega a desplegarse y coagular
se manosean las mismas palabras
gastadas, ajenas, impotentes
un collage de hojas amarillas
un repetirse a si mismo hasta la náusea
un no decir por miedo
a decir demasiado
y que eso duela hasta lo insoportable
a sentir las verdades hasta la empuñadura
y ni siquiera poder rozar esas verdades
no poder respirarlas
a quemarse los labios
a desgarrarse la garganta
a lacerarse los ojos
y quedarse sin piel y sin carne viva
petrificado
a no ser
y resbalarse en brazos de la muerte
que complete la tarea
y proporcione el alivio final
aboliendo esa esperanza
esa llamita vacilante
fuego fatuo
centella
puerta incandescente
del infierno tan temido
y entonces recurrimos a todas las trampas
para postergar la vida
hasta que la muerte
sin importar la espera
el paréntesis gris y vergonzante
nos acoja en su tibio regazo

No sé su nombre real. En DXC le decimos, se dice a sí mismo, Tragamuvis.