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jueves, 6 de enero de 2011

Nigger

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Fue mi autorregalo en Nueva York. Un facsímil de 1994 de la edición de Las Aventuras de Huckleberry Finn ilustradas por Thomas Hart Benton.

De Twain he escuchado de todo. Lo último, que era racista.

Supongo que porque usaba la palabra "nigger".

Hay quien se dedica a opinar de libros sin saber leer o sin haberlos leído, porque Huck va, precisamente, de la amistad entre un niño y un negro, que además es esclavo. Y de la libertad. La libertad que representa Huck y la que quiere para Jim.

En uno de los libros de Tom Sawyer, que es un cabronazo magnífico, inteligente y tierno, Huck se va de casa de la viuda, a la calle, a jurar y cagarse en la puta madre que la parió. Porque las palabras sirven para esas cosas, Tom, y si a mí me quitan las palabras y la posibilidad...

Eso dice. Es un parlamento magnífico de un parrafito.

A mí con Twain me pasa como con Stevenson y con Dickens: que, de repente, en un párrafo, me dan un puñetazo en el cráneo de una manera brutal.

Huck lo hizo, hablando de las palabras que no le podían quitar. De por qué la viuda no le podía prohibir hablar mal.

Y ahora llega un gilipollas que se la coge con papel de fumar y sustituye la palabra nigger por la palabra esclavo.

Para no herir susceptibilidades.

Y a mí me produce estupor que alguien intente enmendarle el estilo a Twain, para empezar, y para seguir me produce auténtico pánico.

Y una sensación de indefensión absoluta.

Huck debe de estar cabreadísimo.

La imagen es una de las ilustraciones de Thomas Hart Benton, que aparece en su página web.

miércoles, 21 de abril de 2010

Mark Twain

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Les voy a confesar algo. Creo que los que tenemos ahora poco más de treinta años, conocimos a Tom Sawyer antes por esta serie de televisión de los ochenta que por las palabras de Mark Twain. Era el tiempo en que nos acercábamos a algunos clásicos por los dibujos animados. A D'Artagnan y los otros. A Phileas Fogg. A Tom Sawyer y Huckleberry Finn. Luego ya nos enamoramos. Yo me enamoré de Huck. Y, sobre todo, de un párrafo de Huck en el que habla del lenguaje, cuando le prohíben jurar y blasfemar. Pero también de ese chico que era capaz de coserse el cuello de la camisa para que su tía no descubriera que se había ido a bañar al río.

Yo quiero a este señor al que me he ido encontrando en películas, en cuentos de superhéroes (por uno de ellos me enteré de que su nombre era Samuel Langhorme Clemens), en libros y más libros. Príncipe y Mendigo, Un yanqui en la corte del rey Arturo. Me sé algunas escenas de memoria.

Desde que leí a este hombre por primera vez, quiero surcar el Mississippi en un barco de vapor.

(Hoy se cumplen 100 años de la muerte de Mark Twain).

jueves, 18 de junio de 2009

Tom Sawyer

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En mi mente, Tom Sawyer tiene la pinta de los dibujos animados de mi infancia. Huck también. El sábado pasado, ese niño ocurrente volvió a salvarme. Me enseñó, de nuevo, que cierto tipo de lenguaje hace que las palabras no signifiquen nada y que lo que más quieres es lo que más cuesta conseguir porque somos así de estúpidos. Ahora recuerdo una charla, hablando sobre los escritores que te cambian la vida. Yo nombré a Dumas. "¡Dumas, no! ¡Dumas te entretiene!". Supongo que Mark Twain está en el mismo saco. Y Rafael Sabatini. Y Stevenson.

Me hace gracia esa división. Literatura entretenida, literatura elevada. Porque acabas pensando: "Dios, Twain es un clásico. Como Kafka. Algo tendrá. ¿O seré yo? ¿Estoy infantil, yo? ¿Es Twain peor que Kafka?" Y aún más: "¿Le pasa esto a Twain porque es americano o porque cometió la audacia de hablar de niños?".

No he releído Príncipe y Mendigo desde antes de la adolescencia, pero podría contar la historia entera y alguna anécdota, como la del sello real que servía para cascar las nueces. También he leído algún best seller. Los pilares de la tierra (menudo coñazo). El alquimista (horroroso). La sombra del viento, que me enganchó y me lo bebí (está hecho para eso). Todos se han ido. Ni recuerdo la trama, ni los personajes siquiera. Otros permanecen. Huckleberry Finn. Tom Sawyer. Athos. Aslan. Edmundo d'Antés. La Pimpinela Escarlata. Scaramouche.

También se quedan otros. Gregor Samsa. Sidney Carton. Los poemas de Juana Inés de la Cruz y de San Juan de la Cruz y de Quevedo. Las reflexiones literarias de Virginia Woolf. El Lazarillo de Tormes (¿eso es de aventuras, también?). Atticus Finch.

Me entretienen, todos. Toda la literatura que leo es literatura de entretenimiento. Ensayos incluidos. Si no me entretiene un libro, lo cierro. Y sí: Dumas te cambia la vida y Tom Sawyer te la salva un sábado cualquiera de un mes de junio.