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jueves, 28 de noviembre de 2013

Pons

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Algún día -le dije una vez- contaré toda la verdad sobre ti. Y diré que mucho de lo que escribo, le debe cientos de correos (y sí, son cientos), debates, encuentros, desencuentros y opiniones confrontadas, maneras de lectura y discusiones de las que me gustan a la relación que mantengo con este señor. 




Me lo encontré por Twitter (gracias, Twitter), o nos encontramos, yo qué sé. Le he entrevistado dos veces. De hecho, le entrevistó un compañero en la radio antes de que habláramos por vez primera (pero el teléfono se lo di yo). Una, cuando murió Kim Thompson. Otra, cuando hacía cien años del nacimiento de Ambrós. Hemos hablado de cómics, claro. Y de otras cosas. De muchas otras cosas.

Pero está aquí porque un día, durante muchos días, muchos correos, de una manera brutal, en pleno mes de agosto, me corrigió un texto. Escribes muy bien, me dijo. Y me lo echó para atrás. Una y otra y otra vez. Cada nueva versión que le mandaba. Escribes muy bien. Pero. Pero puedes hacerlo mejor. Pero tú no quieres escribir sobre esto. Pero estás preocupada por el sinfín de gente, con nombre y apellidos, que te va a leer. Y el sitio en el que se va a publicar. Y el resto.

Me encontré pensando en qué hubiera sido de mi capacidad si yo hubiera tenido un buen editor. Un editor como él. Alguien que leyera lo que escribo y me dijera: esto funciona, esto chirría, por ahí no, esto está bien y en esto hay que ahondar. Alguien que me empujara, como me empujó él, a contar lo que yo realmente quería contar. Ese ha sido, y es, y quizá sea, el artículo más personal que yo haya escrito alguna vez sobre un cómic. Harta de no encontrar el tono, cogí bebida y un paquete de tabaco, me senté, vomité lo que quise en media hora, sin releer y sin corregir y lo envié: "¿Ves? Esto no es publicable. No en una revista. En el blog sí. Pero porque yo soy una impúdica". "Esto no solo es publicable -respondió-. Es la mejor reseña que he leído de La infancia de Alan".

A menudo pienso si ese cómic de Guibert ha significado tanto para mí no solo por el cómic en sí, sino porque lo leí con Pons. Yo no he leído con nadie nunca. Ni siquiera hablo de libros con nadie, más allá de una recomendación puntual, más allá de "está muy bien" o "es una modernez". Tengo una relación tan íntima, o que yo creo tan íntima (y eso sí me da pudor) con ciertas obras que no me molesto en comentarlas, porque ya sé lo que son para mí. Me fijé, con él, en cosas en las que no me había percatado: analicé la memoria y los recuerdos y los recuerdos que he tapado y cómo la niñez es un lugar en el que a veces no sabemos si merece la pena vivir.

Daría un brazo por ir a una de sus clases.

Todo esto que cuento aquí (y más, mucho más) él ya lo sabe, porque se lo he dicho muchas veces. Pero escribir aquí siempre ha sido mi mejor manera de dar las gracias.

sábado, 28 de septiembre de 2013

La infancia de Alan

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Hace dos meses, visité la casa que había sido mi hogar durante los primeros 13 años de mi vida. De esto hace 25. Tuve que fijarme en el nombre de la calle, en el número, en la localización. Pasé por allí dos veces. La miré. La volví a mirar. El edificio era el mismo, la misma pintura blanca en la azotea, el mismo color verdoso y gris.

Ésa no era mi casa.

En este libro hay una viñeta preciosa que muestra un instante así. A los 17 años volví a Santa Bárbara —se había ido de allí con poco más de tres—. Encontré la calle donde estaba esa casa sin vacilar un instante; fui directo. Guibert nos muestra al joven mirando tras la valla lo que una vez fue suyo, las manos a la espalda, sin protegerse; un coche: el adulto que se encuentra con el espacio que habitó cuando era niño. Hay una tristeza y una serenidad, un cumplimiento, en ese dibujo, y en esas frases cortas, que yo no podría describir jamás.

La niñez es una casa: la vida adulta son escombros.

Es solo eso: un niño que ha dejado de ser niño y que mira una vida que perdió.

No sabemos si sigue ahí.


Esto es parte de un texto sobre La infancia de Alan, que no es una reseña, creo, que se puede leer descargando el primer número de CuCO Cuadernos pinchando en este enlace. Hay otro sobre la Hermandad de Historietistas del Gran Norte, de Seth.

lunes, 8 de julio de 2013

El Héroe

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Es el hijo de Zeus y de Alcmena y yo he crecido con él. Con el Anfitrión (Hércules, su hermano Ificles, Júpiter engañando a esa esposa abnegada). Euristeo, el primo cobarde al que hacen nacer antes para que reine en Micenas. Yolao. Hera, que amaba a Zeus y a la que él engaña para que amamante al que al final es hijo de otra y así nace la Vía Láctea. Ese tipo fuerte que es un semidiós pero que está roto por dentro, aunque no tenga la culpa.

La culpa.

Acabo de leerme El Héroe, de David Rubín, los dos tomos, uno detrás de otro. No suelo hablar de los libros que leo (si llamo "libro" a un cómic, ¿se ofenderá alguno?) y además, lo confieso, me acerqué a él con ciertas reticencias, porque no me suelo fiar -nada y nunca- de las críticas de cómics españoles.



Tampoco sé decir por qué me gustan las cosas que me gustan. A mí me hablan las tripas. Recordar una viñeta; quedarme sin respiración, literalmente, cuando Heracles mata a su esposa y a sus hijos; asistir al deterioro de la relación entre Deyanira y el héroe, sin Neso de por medio pero con Quirón, la absoluta fuerza de algunas escenas, el dolor frío de algunos dibujos, la manera de contar.

Y lo demás. Aquí los doce trabajos son lo de menos. Aquí se habla de miedo, de traición y de lealtad, de la infancia que se pierde, de la caricatura que los medios de comunicación pueden -podemos- hacer de hechos que merecen reconocimiento y admiración, de la pérdida del espacio público, de la inexistencia del espacio privado cuando eres una figura pública, de la caída de los dioses, del sexo como instrumento de control, de la falta de referencias, de qué se puede hacer con el libre albedrío, de cuáles son los mitos que nos acompañan, de escribir el propio discurso -ah, esa necesidad de tomar las riendas- aunque las circunstancias y la vida no acompañen y de que los monstruos somos nosotros y los monstruos también mueren.



Podría hablar del color -ese rojo y ese verde que ocupan páginas-, de la reapropiación de los personajes (con un Atlas que sujeta el mundo interior, más que el exterior y una Hera que parece una Medusa y un can Cerbero tierno que no deja de ser un cachorro) y de lo bien que dibuja este señor o del proceso creativo -y de maduración- que nos deja ver al principio y al final -sí, qué bien lo hacía Kirby y, sí, lo que cuesta parir una obra-.

Pero al final lo que yo quiero decir de esto es que hacía mucho, mucho tiempo, que no temblaba tanto al leer algo.

viernes, 21 de junio de 2013

Kim Thompson

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My heart just can't take this. Sorry to be emo, but fuck you cancer, fuck you fuck you fuck you
Janice Headley.
Kim Thompson por Michael Netzer.

Se murió Kim Thompson. El mecánico, decían. Me lo ha recordado hoy El Tío Berni, Alberto, que es del grupo de personas que conocí en Twitter hace ya ni sé. Este señor fue una de las personas sin las que el cómic ahora (industria, editoriales, autores, lectores) no sería lo que es. Yo me enteré el miércoles, el 19 de junio, justo después de hablar durante una hora con Jordi, cuando estaba a mitad de lectura de Esquirlas: enfrascada en la guerra de Bosnia, en el entrenamiento militar, intentando comprender a una madre fumadora y medio loca, abrí el Twitter en un descanso y ya no pude leer más.

Qué pena, coño.

Eso escribí.

Nadie ha dicho nada. En ningún medio generalista ha aparecido nada. No lo entiendo. No lo entiendo en absoluto y estoy hablando como periodista. El día que se muera Louise Cooper* y yo me entere diez siglos después, porque nadie diga nada tampoco por mucho que me guste a mí esa señora, lo entenderé. De verdad. Es una escritora de literatura fantástica, un tanto hippie, traducida pero sin ventas millonarias. Vale. Lo asumo. Quizá yo la nombre (informar, formar, entretener) por aquello de que a lo mejor alguien se enamora de Tarod como yo. Pero ¿que nadie, absolutamente nadie, en esos medios con sus secciones de cómics, le dedique una sola línea a Kim Thompson?

Kim Thompson por Chris Ware.
Yo le quise hacer un reportaje. Y llamé a los cercanos. A Alberto, a Montserrat Terrones, que hablaba con él día sí y día también cuando trabajaba en La Cúpula y me escribía -esta mujer tiene tiempo para todo- no solo para enviarme las novedades, sino para decirme: Te voy a mandar esto, que te va a gustar (nunca le agradeceré lo suficiente el Intimidades, de Leela Corman). A Gerardo Vilches, que es mi amigo. Y a Álvaro Pons.

A Álvaro lo entrevistó un compañero mío antes de que yo me hubiera atrevido siquiera y eso que consiguió el teléfono porque yo, con Álvaro, intercambio correos y mensajes asiduamente desde hace más de un año. Pero, ¿llamar? llamar da vergüenza.

Hay partes importantes en la trayectoria de un autor de las que nunca se habla. De los traductores, por ejemplo. De los editores. Un editor, si es buen editor, construye una carrera, guía, apoya, marca el camino, acota la creatividad si se te va de las manos, critica y orienta. Y así, con eso, se hace uno de un catálogo en el que están Charles Burns, Chris Ware, Art Spiegelman, Alison Bechdel, Peter Bagge, Robert Crumb, los hermanos Hernandez y Peter Kuper. Por ejemplo.

Y eso es lo que no entiendo que no aborde como se merece ningún medio de comunicación con más medios y más fuentes.

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Sí, vale, quejica, pero ¿quién era este tío?

Y en inglés, en The Comic Reporter, un recopilatorio. Y los autores.

*Louise Cooper, si es que ya lo sabía yo, murió en 2009. La actualidad y yo, esas grandes desconocidas.

jueves, 6 de junio de 2013

El sector impenetrable

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El periodismo cultural es muy raro. Siempre habrá personas, en la misma redacción, en cualquiera de las redacciones en las que puedas trabajar, que cuestionen cuál es tu concepto de eso tan amplio que se llama "cultura": por qué no incluyes gastronomía, moda o toros. Por qué quieres una entrevista con Manolo Escobar pero no con David Bisbal. Por qué Carlos Cano sí, siempre y por qué Pío Moa no, nunca. Por qué algo merece ser incluido y con otros algo ni te lo planteas. Por qué este poeta que ha publicado tres libros sí y aquél que lleva diez nunca aparece. Si las cosas son buenas solo porque a ti te parecen buenas.

Cuando entrevistas a alguien (y yo llevo unos cuantos pesos pesados, desde Antonio Gamoneda a Federico Luppi, desde Antonio Colinas a Achille Bonito Oliva, desde Gervasio Sánchez a José María Pou, Tomás Segovia, Blanca Portillo, Clara Janés, Román Gubern, Amparo Baró, Rafael Chirbes, Enrique García Asensio), siempre sabes que esa persona es mucho más lista que tú. Es más lista, es más inteligente, está acostumbrada a que le pregunten idioteces y siempre lo mismo y se enfrenta a las entrevistas porque la promoción es necesaria.


Nunca se nota. Gamoneda me miró un día y me dijo que le había hecho una pregunta muy inteligente; Luppi suspiró y dijo que mi primera cuestión era bastante compleja de contestar; Antonio Colinas salió de la entrevista y le preguntó a Luis Sáez, asombrado, de dónde habían sacado a esa niña. Ángel Campos Pámpano se asombró de que una becaria de 22 años supiera tanto de poesía y escribiera tan bien.

Esos son mis triunfos. Mis palmadas en la espalda. Las cosas que recuerdo cuando me enfrento a un tema o cuando me entra -porque me entra, porque yo soy insegura- el pánico terrible al "buenas noches" y a tener que empezar una charla con alguien con quien no he hablado nunca.

Alguno se asombra porque debe de estar acostumbrado a hablar con periodistas que no se han leído su libro. Nadie da por hecho que yo no haya leído nada en la vida. O que no sepa el significado de la palabra "expresionismo".

Salvo en un apartado.

El cómic.

El primer libro del que tengo conciencia es un volumen de El Hombre Enmascarado por el que supe qué era el ámbar gris. Me lo puso en las manos un señor de cincuenta y largos, supongo, que hizo las veces de abuelo y que murió. También me regaló a Flash. Luego, cada vez que nos poníamos enfermos, mi madre traía a casa a Spiderman, El Caballero Luna, Capa y Puñal, El Castigador, Batman, La Patrulla X, Los Vengadores, Ojo de Halcón, El Motorista Fantasma, El Capitán América, Spirou o Corto Maltés.

Esa gente es mi familia. Crecí amando a Wanda Maximoff y odiando a Cíclope. La primera vez que me di cuenta de que un tío era guapo fue viendo una viñeta de Spiderman, con un Peter Parker ya crecidito, vestido con un jersey azul de cuello vuelto, cuando Veneno no era Veneno siquiera. Recuerdo, como si fuera ayer, la primera vez que vi la cara del Doctor Muerte, de qué manera exacta se da cuenta Bernie Rosenthal de que Steve Rogers era el Capitán América y asistí con pavor infantil a la primera pelea de Ororo y Kitty Pride. Quise ir a Nueva Orleans y supe qué era un cajún gracias a Gambito, mucho antes de haber escuchado nada de jazz y, por supuesto, mucho antes de Treme y de Louis Armstrong. Crecí leyendo nombres como Chris Claremont, Stan Lee, John Buscema, Joe Kubert, Jack Kirby, Frank Miller, Alan Moore, Julián Clemente y Trajano Bermúdez.

Cuando estoy jodida, respiro y me repito como un mantra una frase de Lobezno.



El volumen más antiguo que se conserva en mi casa, de mi infancia, es El vástago de los 4 fantásticos, que se publicó en 1980.

Yo tenía cuatro años.

Según mis padres, llevaba un año y medio leyendo. Este mes hago 37. He leído cómics desde que puedo recordar y nunca he dejado de leerlos. Nunca. Jamás. Si no los compraba porque no los encontraba, los releía. Me sé Dios ama, el hombre mata de memoria.

Luego llegaron los demás. Llegó Seth y llegó Ware y llegó Satrapi y llegó, claro que llegó, el Watchmen y el From Hell, y Enrique Corominas y Carlos Giménez -a los que también he entrevistado- y Paco Roca y Fermín Solís y Harvey Pekar y Pablo de Santis y Juan Sáenz Valiente. Y no llegó Will Eisner porque también crecí con Spirit. Y con Blueberry. Y con Astérix y La pequeña Lulú.



Nunca lo vi raro. Ni cuando mis amigas se asombraban porque yo leía cómics de superhéroes y jugaba a indios y vaqueros. Ni cuando seguía coleccionando en la Facultad. Ni cuando, ahora, me recorro las tiendas de cómics con Nerea, en cuya casa están Píldoras azules o El Vecino, amén de muchos otros. La primera persona que me habló de Persépolis fue Begoña.

Todos mis amigos lectores leen cómics, novelas gráficas, tebeos o como lo queráis llamar. Los no lectores no leen.

Para mí es tan natural como abrir un libro de Pessoa. Me enamoro de Athos lo mismo que me enamoré de Danielle Moonstar.



Pero siempre que entrevisto a un comiquero da por hecho, siempre, que yo no he leído cómics en la puta vida.

No sé por qué es. No sé si es porque tengo 37, porque me río en las entrevistas y me lo paso muy bien, porque soy mujer, por mi voz. No tengo ni la más remota idea.

Pero ocurre. Desde el editor que te dice: "Pero los que leemos cómics tenemos otro punto de vista diferente a los que no leéis" hasta el que te responde a una pregunta con un "es que si no estás acostumbrada a leer novela gráfica, a lo mejor los tebeos te cuestan". O el que se asombra porque he nombrado a, yo qué sé, Vindicador.

La primera vez me sentí tan ofendida que pusieron mis balbuceos en un resumen de gazapos de la radio.

Luego te acostumbras.

Te acostumbras, pero te jode igual.

Y también piensas, que es mucho peor: y yo para qué coño hago esto. Para qué llamo a tres tíos distintos cuando se muere Moebius para una noticia de un informativo de mediodía en una cadena regional y generalista en la que podría hablar de Bisbal, es un poner. Porque yo trabajo en Extremadura, con unas características socioeconómicas que no hace falta explicar. Trabajo en una comunidad en la que, si pongo "semiólogo" en un titular, me lo corrigen y escriben "autor".

Y, trabajando aquí, para un público de aquí, elijo hablar del Graf, que se celebra en Barcelona, a.k.a. donde Cristo perdió el mechero. Y cierro un informativo con la muerte de Josep Maria Berenguer y siempre, siempre, hablo de los Eisner y de los Harvey, lo mismo que hablo de los Oscars y reseño el Salón del Cómic de Barcelona. Cosa, por cierto, bastante complicada, porque en los medios generalistas, de los que me nutro, nunca se habla de autores y sí de exposiciones y tonterías, así que termino completamente cabreada y pensando que la imagen que va a tener la sociedad, si yo no lo remedio, es que un Salón del Cómic es un carnaval lleno de niñas pintadas como japonesas y vestidas con minifaldas.

Imagen de La Vanguardia.

Hago todas esas cosas en mi trabajo, hablo de tebeos quinientas veces más de lo que hablo de danza o de fotografía, pero, cuando hablo con alguien que edita cómics, hace cómics o guioniza cómics, da por sentado que yo no tengo ni puta idea.

Bueno, sí: no sé quién entintó Días del futuro pasado. Ni sé en qué año se publicó el primer Tintín. Ni me importa una mierda.

Nunca me ha hecho falta decir que sé cómo se escribe e. e. cummings o que sé quién es Auden y que he leído a San Juan de la Cruz 538 veces cuando hablo de poesía con un premio Hiperión. Tampoco me ha hecho falta decir que leo ensayos, columnas periodísticas, artículos, relatos cortos, tratados filosóficos de Heidegger sobre arte o fanzines. Nadie da por hecho que yo estoy fuera. Salvo en el cómic.

Eso me dijo una vez uno: "Los que estáis fuera".




Pero luego, en los blogs de cómics, lees que hay que conseguir nuevos lectores, casi como un imperativo legal. Porque al cómic le pasa lo que le pasa a la poesía ("es que escriben raro") o a la música clásica ("es que tienes que saber  solfeo para escuchar a Rimsky-Korsakov"). Con el añadido de que, en un magazine, te tienes que poner a explicar que los tebeos no son para niños, lo mismo que explicas por qué Tom Sawyer es, y no es, una lectura de infancia únicamente. Qué se le va a hacer: hay gente así.

Es bastante agotador. A mí me ha resultado, con los años, tan agotador, tan cansino, que la mitad de las veces dejo el cómic y su mundillo para los cierres de los informativos y, en el programa, me dedico a entrevistar a los que ya saben que yo no me encontré una viñeta ayer. Y entonces agradezco íntimamente -y en público- que la vida me haya puesto en el camino a un Enrique Flores, a un Fermín Solís, a un Gol, a un Pedro Camello, a un Borja González Hoyos o a un Fran Aguilera.



E intento analizar. Por qué la gente del mundillo se pone tan contenta cuando el Salón del Cómic es portada de la sección de cultura de un periódico generalista, aunque solo hablen de exposiciones y de robotitos, pero luego es tan impenetrable. El 90 por ciento de las veces pienso que la gente quiere algo así como un mundo del cómic de gran tirada en el que se venda mucho para que la industria esté sana y lozana pero en el que, por supuesto, haya un reducto de gente que es, desde luego, la que verdaderamente sabe de cómics. Como si esto fuera un universo paralelo al arte y la literatura conocidos, con unos códigos ininteligibles a los que alguien se puede acercar, que alguien puede rozar, pero no penetrar. Porque, por lo visto, hay que saber física cuántica para leer un dibujo y unas palabritas en un bocadillo cuando a mí nadie me explicó nunca que una nube significaba que el personaje estaba pensando.

Es cierto que ahora se habla de cómics en los medios generales. Muy a menudo, eso sí, en secciones distintas al resto de la información cultural, cosa que rechazo por muchas razones que no me voy a poner a explicar aquí porque creo que he dejado claras muchas cosas antes. Pero al menos se habla. Mi problema, como periodista cultural, es que, la mayoría de las veces, cuando me quiero informar de algo para contarlo (e informar de algo que sucede a miles de kilómetros) tengo que tirar de blogs especializados, que, salvo alguna excepción, están dirigidos precisamente a la gente del mundillo. Que aquí pasa como con los poetas: todo dios se conoce. Mucho dato. Poco feeling. Y, aunque sé que alguien me matará por decir esto, mucho intentar demostrar que uno, por favor, tiene un bagaje y, sí, conoce quién tradujo el decimoctavo cómic de Batman que se publicó en España y por qué este crossover no funcionó.





Pero tú, que estuviste todo el día morriñosa cuando se murió Joe Kubert lo mismo que estuviste morriñosa cuando se murió Delibes (con la salvedad de que, de Delibes, sí te atreviste a escribir y Dios te salvara de escribir algo sobre Kubert, a pesar de que lo conozcas mejor), lo sigues intentando porque... bueno. Cuando llegan los Reyes y tu hermano te regala Crónicas de Jerusalén y Malas ventas y tu madre llega toda emocionada porque ha visto Todo Umpah-Pah en la librería y te mandan correos para preguntarte qué cómic le comprarías a un tipo al que le gusta x o y, o qué te has leído últimamente y tú aprovechas para meter lo último que te entusiasmó de Astiberri o de La Cúpula, pues está todo igual de bien que cuando le recomiendas a un poeta que no lee novela que se pimple ahora mismo Como amigo, de Forrest Gander.

Porque esas son las cosas que tú haces aunque sepas que un programa de cultura no lo escucha ni Dios.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Madrid y varios cómics

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30 de octubre de 2012.

Un avión significa Madrid. Y Madrid es Nerea. Madrid es Kois y es Begoña y es Gerardo. Nerea se va a Florencia, tres meses. Begoña acaba de regresar de un viaje por la India y Estambul en el que ha visto cada vez más mujeres con velo. Gerardo y yo hablamos de amores y de cómics. De Building Stories, de Ware. No lo he leído, no he leído nada de Ware. Con Ware me pasa como con Shakespeare: me da miedo no entenderlo. Pero hablar con Gerardo me hace tener ganas. Él no ha acabado aún Building Stories, que es una especie de Rayuela menos dirigido. El concepto, supongo, es claro: la vida no es lineal, ninguna vida es lineal. Pero Gerardo no sabe, o no ha descubierto, por qué Ware ha elegido contar lo que ha contado en un formato o en otro, que es lo que yo quiero analizar porque a mí me atraen las elecciones: por qué uno decide una forma de narrar y no otra. Cuál es el proceso que siguen las ideas. Cuáles son las diferentes maneras de mirar el mundo, o de leerlo. Pienso mucho ahora en unas palabras que le leí, de una entrevista que le hizo Pepo Pérez: decía que la razón por la que el tiempo se nos pasaba tan rápido ahora era porque, cuando somos niños, vemos el mundo en lugar de leerlo. Dibujar es, quizá, su manera de luchar contra el tiempo. Pero, desde luego, esa manera de observar lo desconocido por primera vez, sin miedos, viene cuando comenzamos a crecer.

Building Stories, de Chris Ware


Recuerdo a Erik, con sus ojos grandes, siempre con muecas de asombro, un círculo perpetuo por boca, mirando, sin leer. Y sé que crecerá escuchando a Beethoven, a Alfredo Kraus y unas pocas gaitas (la primera canción que le canté fue en gallego, A Carolina); que sabrá quiénes son Superman y Batman, quién es Lobezno y quién es Alan Moore y quién es Fontdevila. Y un día, quizá, le cuente que, pensando en Ware, me acordé de él.


Aprendí a leer a los dos años y medio. Leo, e interpreto, el mundo desde entonces. Sé que todo es texto y que todo se lee y que hay formas y formas de leer y sé que posiblemente Ware sea un genio capaz de absorberlo todo, pero me pregunto qué le hizo querer mirar también. Y si es posible, al final, mirar sin leer.

martes, 23 de octubre de 2012

La niña de sus ojos / Intimidades

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Joyce se me aparece, otra vez, como lo hizo en la Facultad, con Michael esperando bajo el frío en Dublineses. Nunca he leído el Ulises, pero sí me ventilé, cuando tenía 12 años, con una mezcla de asombro, pavor y excitación, sus Cartas a Nora, en una biblioteca de pueblo, de pie. Siempre había pensado en Joyce como en un Kierkegaard cualquiera, con sus paseos a las cinco en punto de la tarde y jamás me imaginé que fuera tan absolutamente pornográfico. Ahora leo La niña de sus ojos, sobre Lucia Joyce, sobre Mary M. Talbot, sobre Bryan Talbot, sobre Samuel Beckett, sobre James S. Atherton y pienso que, al final, una necesita sus propios ajustes de cuentas, cuando ya no pueden leerlos.

Y esas mujeres.

Las que no supieron, las que se volvieron locas, a las que internaron en sanatorios porque vivieron en la época equivocada, o las que murieron intentando controlar su cuerpo, como ocurre en Intimidades, de Leela Corman (sí, ya lo sé: ¡confundí el Lower East Side con el Upper East Side! ¡Yo! ¡La que se compró hasta la guía de los cómics de Nueva York!). Las dos son historias tristes. Una la cuenta a cuchilladas, de una manera totalmente asentimental, unas elipsis que te dejan construir la parte del discurso que te falta (lo que no, te lo ofrecen las caras, unos ojos, un rictus). Las dos hablan de la dualidad, de la identidad propia, de la supervivencia, de la formación. De la ropa tendida, de relaciones que nunca son mágicas.



Siempre me ha interesado por qué la gente elige una forma determinada de contar y cómo mi propio mundo, tan pequeño, tan de andar por casa, es capaz de interpretarla. Qué se elige en el encuadre de una viñeta, qué se saca del encuadre de una fotografía, por qué un trazo, por qué una luz, por qué una nota. Por qué, al final, yo leo lo que leo y por qué sé, al instante, nada más pasar la última página de esos dos libros, Intimidades, La niña de sus ojos, que lo único que voy a ser capaz de recordar dentro de unos meses es la pena.

lunes, 22 de octubre de 2012

Una cosa pequeña

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He hecho mi primera reseña de un cómic. Me la pidió Pepo Pérez. No tengo idea de por qué, ni de cómo dio conmigo. Es una cosa tonta, tiene 1000 palabras, que son apenas un par de párrafos y no he contado lo más importante.

Lo más importante es que he hecho una reseña de un cómic y no te la voy a poder mandar.

martes, 1 de noviembre de 2011

Nunca antes

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Es experta en llegar a destiempo. O demasiado tarde, como aquella vez que tardó tres años en explicar lo que solo entonces, cuando pasó el tiempo, pudo comprender; o demasiado pronto. Como ahora.

Mi suerte. Su desgracia.

Se repite muchas veces, estos días, la frase de Mariko. La que Mariko le dice a Lobezno cuando descubre que Yukio está enamorada de él y Logan responde pero yo te quiero a ti.


Desconoce qué significado tienen esas palabras porque nunca llega en el momento justo.

viernes, 25 de marzo de 2011

Cosas de las que no hablo con nadie

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(Normalmente): De que me gustan los dibujos de Fernando Vicente; de que, cuando salen Spike y Willow en Buffy, yo me lo paso mejor; del tufillo fascistoide y mesiánico que me jodió Battlestar Galactica y dejó de hacérmela redonda (aunque siga estando enamorada de Starbuck: o de la primera Starbuck) -por mucho que yo comprenda, bla bla bla, que en época de crisis, bla, bla, bla, la gente se aferra a la religión, y más bla-; de que me convertí en una experta en porno con trece años; de que Auden es capaz de traspasarme por la mitad; de la manera en que me enamoré de Athos hace ya mucho tiempo; de que algún día me gustaría hacer una buena foto en Nueva York; de que me gusta hablar con los chicos de Extrebeo porque puedo nombrar a superhéroes y decir "Chris Ware" o "Art Spiegelman" o "Krazy Kat" o "Midtown Comics"; de que a veces recito poemas en voz baja por la calle.

De que hay ciertos días que puedo llorar con cualquier cosa.

Con cualquier cosa. No por cualquier cosa. La charla con Enrique Bordes y Fermín Solís (al que nunca le agradeceré lo suficiente lo mucho que me hace crecer y lo bien que me lo paso hablando con él) está aquí.

El dibujo es de Fernando Vicente.

domingo, 13 de marzo de 2011

Madrid

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Madrid es besar a Nerea y que Jesús me bese, apretar la mano de Begoña y colegir, con Tormentito, que el 85 por ciento de la gente es gilipollas y que, del resto, hay muchos que no nos caen bien. Es reconocer en Cristina a la persona con la que me intercambio ocho correos diarios y ponerle cara a Nacho. Hablar con Pepe de música. Que Kois me baje la persiana para que el sol no me despierte. Probar platos nuevos y hablar un ratito, avergonzada, con el dependiente de The Comic Co. sobre "La vida es buena si no te rindes", de Seth, que me he traído a casa después de que Nerea se lo haya ventilado apresuradamente, como antes leyó algunos U que también están ya conmigo.


Esa foto de la Plaza Mayor tiene una gota en medio porque llovía. No he hecho muchas más fotos y ninguna salvable: hacía tiempo, mucho tiempo, que no pasaba tanto frío en Madrid y que el tiempo no era tan desapacible.

Es testimonial. He vuelto a ir, claro. Yo siempre vuelvo.

domingo, 27 de febrero de 2011

Le debo los cómics, a Julio Verne, el fantaterror y algunos perros

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Sé que murió con dolores y, mientras los tenía, animaba a la familia.
También que no se enteró de un divorcio y que olvidó que su nieto, al que más quería, tiene parálisis cerebral.
Sé que leyó lo que escribí y lloró.
Como yo ahora.
Por muchas razones.
Le debo los cómics, a Julio Verne, el fantaterror y algunos perros.
Debería beber vino hoy.
Y comer cangrejos.

martes, 15 de febrero de 2011

Big Culo Day

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Primero fue Green Lantern. Luego Lobezno. El año pasado falté a la cita porque no encontré culos y no estaba de humor. Para este, un chico que vive en México se ha puesto a escanear sus cómics. Y una amiga (una de esas personas que te encuentras por la red un día y con la que acabas escribiéndote unos ocho o diez correos diarios) ha estado abriendo los ojos como platos ante las sodomizaciones anales con garras que se ha encontrado buscando "Wolverine" y "culo".


Hoy es el Big Culo Day. Y yo me encuentro transgresora.



A mí este tipo siempre me pareció un soseras, oye. Ni cuando se morreaba con Lilandra me lo creí nunca. Ni con Moira. Ni con nadie. Ya sé: un idealista. El padre perfecto (cariñoso, disciplinado, correcto, con ese punto de distancia). El hermano atormentado. La hiperresponsabilidad. La mente más poderosa del planeta. Pero asexual. En sosería, Cíclope y él están a la par. Sólo se diferencian en que a mí Scott Summers jamás me cayó bien. Y Charles sí.

Creo que ha sido la primera vez que me fijo en el culo de Xavier.

Es igual de soso que su dueño.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Esta historia

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Aprendí a escribir mucho antes de haber aprendido a hablar. Esto no es cierto del todo, por supuesto, pero sigue siendo real, porque a mí hablar no se me da bien. Hablo mucho, pero nunca digo nada. Porque me ponen nerviosa ciertas miradas, aunque sepa que no me van a juzgar; porque generalmente no pido ayuda ni llamo a nadie a la desesperada; porque soy muy lenta para recuperarme y porque las pequeñas zozobras diarias o las heriditas que se ponen a sangrar de vez en cuando no merecen mención alguna.

Este espacio cumplió cinco años hace poco. Me lo pidió Sonia, porque en aquellos tiempos Lisboa era una duda y estábamos muy lejos y hacía meses que no nos veíamos ni hablábamos. Ella fue la excusa. Porque a mí, que me leyeran, siempre me dio mucha vergüenza. Los que me conocen lo saben: por eso no suelen preguntar sobre el blog ni sobre lo que en él se narra. Porque saben que puedo despacharme en dos minutos, por más definitorio que parezca un mensaje.

La imagen es una viñeta de Mauro Entrialgo de hace varios años. Entrialgo (que también tiene un blog) es otro de esos tipos a los que me gustaría entrevistar pero no entrevisto porque me da vergüenza -me da más vergüenza entrevistar a gente a la que sigo, no sé por qué-. Durante mucho tiempo, yo fui de las primeras. Luego, más, de las segundas. Hay blogs que echo mucho de menos (como el de Sorrow). Este ha tenido sus épocas y releyendo muchas de sus entradas, ya no me reconozco. La persona de hoy no es la de hace tres años, o la de hace cuatro, sino otra bien distinta, aunque siga siendo primaria y poco femenina y torpe e insegura o directamente estúpida. Pero lo fue. No he usado esto para trabajar, aunque haya hablado del trabajo. Y tampoco para contar lo que hago o lo que dejo de hacer: ni siquiera cuando mi nombre apareció en la portada de dos libros. Que es algo que me puso muy contenta, pero que no publiqué. Por pudor. Como siempre.

Lo he utilizado, al fin, para que los que están lejos (que han sido todos y que son la mayoría porque la mayoría de mis amigos están lejos) supieran cómo estaba por dentro. Alguno llegó que se hizo una imagen errónea y se creyó que yo era un personaje (pero no ha vuelto a aparecer, menos mal: los trolls se hacen muy cansinos). Otros llegaron y se quedaron. Otros (los más) leen y luego, en cuanto algo les chirría, mandan un correo por si hacen falta. Así actúa siempre una mujer sabia a la que le debo un mensaje de reconocimiento y amor y muchas de las ideas que me bullen en la cabeza (y que siempre va a hacer falta, sí). Y luego está quien no lo lee casi nunca porque no le hace falta leerlo.

Pero, sobre todo, lo he usado para curarme. Otros se lo hacen con una charla y una botella de vino, echando un polvo desesperado y triste o conduciendo hasta agotarse. Yo necesito escribirlo primero. Yo he necesitado escribirlo siempre. Escribir siempre estos dolores de andar por casa. Los otros, los que te rompen de verdad, tampoco los cuento porque me cansé de oírme y porque suelen destrozar todos los espejos.

Hablo de mí porque no sé hablar de otra cosa: no tengo opinión sobre casi nada (siempre pensaré que me faltan conocimientos, cualquiera que sea el terreno del que se hable), los blogs teóricos -sobre cine, sobre literatura, sobre física, sobre historia- acaban aburriéndome -son un a ver quién la tiene más larga- y, al fin, esto surgió por lo que es. En los foros lo enlazo durante un tiempo prudencial porque tengo esta manera de escribir categórica y contundente y suele haber bronca con los amantes del tenemos que respetar todas las opiniones -jamás he pensado que todas las opiniones sean respetables. Es más, pienso que algunas ni siquiera deberían decirse públicamente-. Y porque surgió para eso. Para que una amiga que estaba lejos supiera cómo estaba yo.

Lo que ocurre es que cada vez me resulta más complicado seguir.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Varios años de golpe

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Nos encontramos en julio a cuenta de unas gaitas. Yo le había leído ya, con la misma fruición con que me leí los mensajes de la muy sabia e inteligente Tuppence cuando entré en DxC. Al fin y al cabo, ya me había enamorado antes de ese androide que me enseñó, hace mucho tiempo, que lo único que me diferencia de un animal es mi conciencia de muerte.

Luego se fue, por un rato largo. Un mes, algo más. Regresó a cuenta de una mezquita y de unos libros. Ocho días después, durante un viaje a Madrid en el que Nerea y yo acababamos mirando los tejados con un café en las alturas, me dejó un paquete en Madrid Cómics. Con muchas revistas y muchas palabras. Nerea y yo pasamos parte de la tarde, con los dedos llenos de polvo y de ilusiones, leyendo en el metro y en el sofá, sonriendo.

Hasta ese momento, él y yo habíamos intercambiado una veintena de mensajes.

Al día siguiente, me fui a Nueva York. Las revistas siguen en casa de Nerea, que las seguirá hojeando para tenerlas aprendidas antes de que yo vaya a recogerlas. En Nueva York me siguió acompañando, a su modo. Recomendándome librerías, actividades en el Tompkins Square Park a las que no fui, y alguna tienda de cómic. También por las calles, porque a veces ocurre eso: estás en una ciudad que no conoces y te acuerdas mucho rato de alguien a quien no has visto nunca.

Reconocí St. Mark's Place porque él me la mostró. Y es suya mi foto favorita de Coney Island.

Cuando regresé, seguía estando aquí. Para trastear con mi ordenador, instalarme programas, enseñarme atajos de teclados, enviarme algún paquete, comentar alguna película o hablar de pasiones inefables. También me contiene cuando se me van los dedos, me critica de manera leal e implacable y me sujeta si voy a meterme en un lío.

Hacía mucho que no me fiaba tanto de nadie. Me gustan sus gustos, su humor y su ternura.

También me gusta su voz, pero me temo que eso no acaba de creérselo del todo.

Con alguna gente siempre voy a tener la sensación (qué coño sensación: la certeza) de que recibo más de lo que alguna vez podré darles.

Hoy le caen varios años más de golpe.

Y creo que eso no le gusta nada.

domingo, 10 de octubre de 2010

Midtown Comics

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A partir de hoy, he acabado con el Theater District. He acabado tirando los calcetines, que me estaban quemando los pies, en la papelera del baño del International Center of Photography, porque se me ocurrió ponerme las zapatillas de deporte. Son las cinco y media de la tarde y yo de aquí no me levanto hasta las siete. A esa hora tengo que canjear la entrada de Come fly away. Me he comprado una crema en Duane Reade: para el dolor de pies. El dolor no me lo ha quitado (veremos qué tal funciona por la noche), pero he terminado descalzándome en la placita que hay a los pies de la Trump Tower: eso es glamour, señores, crema para mis extremidades doloridas y polvos antiolor para unas zapatillas que no me voy a volver a poner porque hace un calor de mil demonios.



He visitado Midtown Comics: en la Drama Bookshop no he entrado porque ya me he comprado un libro en el ICP. Pero en Midtown Comics he estado un buen rato, curioseando. Veo la colección de Tintín y me acuerdo de Tomás. Hay gente de todo tipo: jovencitos adictos al cosplay, señores mayores y orondos, ejecutivos, chicos con gorra pasados de vuelta que vociferan. Me haría con una buena colección, pero a ver quién va cargando con todo eso, cuando va a llegar a casa a la una de la mañana... Tres o cuatro nos paramos frente al estante de La Patrulla X. Vuelvo a observar a la gente: uno que pregunta por un número atrasado, un joven con traje y corbata que se detiene frente a una compilación de La Pequeña Lulú que me traslada a mi más tierna infancia... Me doy cuenta entonces: soy la única chica. Y recuerdo cuando estuvieron en la radio los chicos de Extrebeo y Fermín Solís me dijo: "Tú estás muy puesta", porque le nombré a Estrella Polar en aquella charla sobre el sexo que nos quedó de lo más pacata. También está Flash y me acuerdo del Peris. Y sonrío mucho cuando veo una figura de Gambito, muy grande, con su capa-gabardina y una carta en la mano, porque me vienen a la mente las charlas con Jose: No sé cómo puedes leer eso, que está escrito para gilipollas; Tú no tienes ni puta idea, chaval; pero esto lo arreglamos con un ron por delante.


Yo les tengo cariño a esos tipos, por más que luego y gracias a él haya leído muchos otros que no son de superhéroes. Pero crecí con ellos: aprendí qué era un cajún porque Gambito lo es; qué es un seppuku y qué un harakiri y qué significa gaijin porque Lobezno se enamoró de Mariko. Y cómo puede llegar algo que te rompa en dos de manera que no sepas quién eres, porque eso le pasó a Tormenta. Tengo dibujados a muchos personajes en mi mente y por eso sonrío cuando veo al Dr. Extraño, a Polaris, al Jinete Fantasma, a la Pantera Negra, a la Bruja Escarlata siempre tan hermosa, a Spiderman.

Les guardo la lealtad que les reservo a mis amigos.

2 de septiembre.

lunes, 16 de febrero de 2009

Lobezno

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Se llama Lobezno y me enseñó que el todo a veces no es mejor que la suma de las partes. Nació en el siglo XIX, le forraron el esqueleto de adamantium y tiene garras. Propias. De hueso. Y un sentido del honor insuperable. Habla con frases cortas. Es el mejor en lo que hace (aunque lo que hace no es muy agradable) y ni la llegada de otro chulo, léase Gambito, le robó el primer puesto.

Me enamoré de él hace décadas, lo mismo que me enamoré de Edmundo Dantés, Athos o Sidney Carton. Y, hasta que llegó Hugh Jackman, siempre había pensado que el mejor Lobezno debería haber sido Jack Nicholson.

Pero no está aquí por eso.

Está aquí porque hoy es el...



Y no me negarán que, para tener más de doscientos años, el tipo tiene un culazo de la hostia.

viernes, 15 de febrero de 2008

El día del culo

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El culo de Linterna Verde es azul. Dicen que para dibujar un personaje de cómic, el esbozo hay que hacerlo con círculos. Para dibujar un culo, también. Porque esos culos no pueden ser reales. Ya nos gustaría.

Porque, piénsenlo bien: normalmente los tíos no tienen culo. Es plano y escurrido. Nada que ver con esos glúteos poderosos que muestro ahí arriba y que eligió para mí el siempre brillante Jotacé. No sólo poderosos: redondos, prietos, listos para amasar y para hundir las manos si la dureza de los músculos lo permite. La dureza, he dicho. De los músculos. Mentesucia.

Por eso, porque son dibujados, que es casi como decir esculpidos, los culos de los cómics se nos muestran desnudos. Casi como un body art. Cojan un culo y píntenlo de amarillo, de azul o de rojo y llámenlo "uniforme". Háganlo un objeto de deseo inalcanzable. Muéstrenlo moviéndose, encajado en alguna postura sexual durante una pelea y hagan que la imaginación se traslade a otros mundos -a una cama grande, a una mesa de cocina- y luego bájense a la realidad mientras observan el resto de los culos masculinos -inexistentes o gordos como pelotas de fútbol cuando existen-. Suspiren. Hasta pueden babear.

Darían ganas de morderlos si supieras que no ibas a morder papel.

martes, 28 de agosto de 2007

Coursodon

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Es como un niño pequeño, que lo quiere todo y lo quiere ya. Cuando era poco menos que un adolescente, se gastó el dinero de la comida de cuatro días en películas y se hizo bocadillos de lo que encontraba por casa. Llegó al cine por un libro que robó de la biblioteca y que aún está en su estantería, desde hace casi veinte años: Capone, se titula y, por su causa, a mí me gustan las historias de gángsteres. Después se aprendió de memoria Los Intocables, de Brian de Palma, porque estuvo levantándose temprano para verla durante un mes. Sería feliz si pudiera ver una película al día y necesita leer también a diario. Por eso va a París y compra libros en un idioma que no domina sólo porque aquí no están editados y son imprescindibles. Es la misma razón por la que descarga películas en alemán o en japonés sin subtitular.
Cuando tenía 16 años, un tío mío le preguntó a Alejandro Pachón si uno de sus sobrinos podía asistir a un seminario de cine que impartía él en la Universidad y, cuando acabó su primera clase, Pachón le preguntó que de dónde había sacado a ese niño. Ángel Campos le dio clases de Literatura en el instituto y se lo llevaba en los recreos para hablar de cine y de poesía.
Diez años antes, yo le había enseñado a leer. Leímos juntos en su cama La Historia Interminable y ese recuerdo permanece tan vivo en nuestras mentes como si las jornadas que pasamos con Atreyu y compañía hubieran sucedido ayer. Me aficionó a Spiderman, La Patrulla X, Los Vengadores, Watchmen y Alan Moore. En aquel tiempo jugaba conmigo a los espadachines, a indios y vaqueros, a los Masters del Universo y a piratas (y yo sigo preguntándome hoy, con estos mimbres, qué es la femineidad). Ahora los juegos consisten en libros, películas y cenas raras. Se lleva bien con mis amigas; me llevo bien con sus amigos, que son como sus hermanos, y por eso me río cuando me dicen que los hombres no saben expresarse. Desde hace año y pico está enamorado hasta los tuétanos de una mujer que se siente en Londres como en su casa, que ha visto medio mundo y que se ríe todo el tiempo. Agradece que ambos tengan pasiones individuales y la misma manera de ver las cosas, porque sabe que una percepción idéntica de la realidad es algo que salva vidas y te ofrece un buen asidero al que agarrarse.
Es capaz de darle un beso en la boca a un transexual sólo para que no se sienta incómodo, porque él no es nadie, dice, para hacer sentir mal a otra persona. En las reuniones familiares, le emborrachamos para que cante, porque canta como Dios, porque jamás he oído una voz como la suya y porque se prodiga poco. Da clases de Primaria y le gustan los niños casi tanto como a ellos les gusta él, desde siempre. Es profundamente observador, profundamente empático y casi nunca se equivoca en los juicios. Me encantaría poseer un ápice siquiera de su diplomacia, pero a mí me puede este carácter primario e irritable que tengo. Si paso dos días con él, me saca de mis casillas porque también es maniático y obsesivo hasta la extenuación y le da mil vueltas a todo lo que le descoloca. Pero es mi hermano y es mi amigo y nos buscamos y le echo terriblemente de menos cuando no está. Cuando no estoy.
En los foros de cine firma Coursodon. Y yo le quiero todavía más cuando entorna los ojos y sonríe y dice mi nombre en diminutivo.
Imagen de Londres de binarystatic.

Y la inspiración se la debo a este post de Suntzu.

martes, 14 de agosto de 2007

Espadas

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Después de preguntar a los expertos y de mirar mil páginas de internet, descubro que soy de ideas fijas. Se han ido los dos a Toledo, supongo que a Marto, para hacer realidad un sueño de niña (el otro es más difícil: una habitación entera y grandísima con una maqueta de tren) y ya tengo mi espada. No la Andúril de Aragorn, hijo de Arathorn, no es oro todo lo que reluce ni toda la gente errante anda perdida, ni la de Elendil, forjarán otra vez la espada rota; sino la de montaraz, de cuando Aragorn era Strider, o Trancos, y vivía en los bosques, y esperaba a Arwen y se metía de rondón en una taberna para abordar a Frodo porque sabía de su anillo, un anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas. Crecí admirando a Meriadoc Brandigamo, a Strider y a Gandalf y, aunque Aragorn, para muchos, tenga la cara de Viggo Mortensen, para mí es un personaje de cómic, de uno de los cómics de mi niñez, con la armadura, la capa verde, el pelo corto y negro, cuarenta años y mil más a las espaldas.

Hace unos días hablaba con un profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de Cáceres para hacerle la misma pregunta que les hago a todos: "y tus niños, ¿te leen o no te leen?" y para escuchar la misma respuesta que les oigo a todos, que sólo leen las lecturas obligadas (que me parece el camino más corto para que alguien aborrezca los libros: allí yo, con 20 años, intentando meterme Esperando a Godot mientras aparcaba un puñado de cartas de Kafka, a James Joyce y a Pessoa: pobre Beckett: qué mal le traté). Y que alguno lee cosas como Harry Potter o El Señor de los Anillos. "Oye, que El Señor de los Anillos está bien". Y me miró, creo, como si yo no hubiera leído un libro en mi vida. Pero a qué voy a explicarle yo. Y aunque fuera el peor libro del mundo, qué coño, con El Señor de los Anillos no se mete nadie, salvo mi hermano Antonio, que puede arremeter con lo que le dé la gana, porque es mi hermano, es muy culto y me ha comprado una espada montaraz.
Se han ido los dos, decía, el escocés que toca la gaita en el casco antiguo de Cáceres y que escribe relatos y poesía, el enamorado de los duelos verbales, que lo mismo te habla de Aristóteles que de artes marciales japonesas, y Claridad, la niña que obra milagros, la que siempre gana al Trivial, la que pone mil caras con su cara expresiva y lleva una bruja, o una meiga, colgada del cuello. Se han ido a Toledo, para llamarme, qué espada quieres, y no quiero una falcata, ni una daga, ni la Tizona del Cid, ni a Andúril, ni a Narsil, que es más fina, está más decorada y tiene un soporte historiadísimo. La mía es otra, la de los bosques, la del rey sin nada que reinar, la de aventuras. Y allí la pondré, cuando tenga un espacio mío: al lado de los libros de Tolkien, Louise Cooper, Ursula K. Le Guin, Stevenson, Dumas, sir Thomas Malory, la Baronesa de Orcy. Al lado de todos los que me hicieron amar una buena historia de piratas, de venganzas y de espadachines.

Imagen: Cómic de Luis Bermejo. Aragorn, Strider, es el de la primera viñeta, al lado del hobbit rubio, que no es otro que Sam.