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miércoles, 10 de marzo de 2010

Rubio

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Jamás he visto llover en Sevilla como ese día. Y jamás me habían cerrado los bares tan pronto, a mí, que en esos mismos bares y en esa misma plaza he visto amanecer más de un día. Él ha creado un personaje, lo hemos creado entre todos: un personaje del que se espera lo más irreverente, lo más jocoso, lo más original. Le vi con dos amigos más y cumplimos, de nuevo, el rito de tomar unas croquetas en el Eslava, apretujados los cuatro en una mesa, con el vino corriendo y las cervezas y la charla: sobre política, sobre partidos, sobre música, sobre nosotros. Volví a reírme con Elena y a escucharla y a alegrarme de que el azar, o yo qué sé, la haya puesto en el camino (para las croquetas, para las librerías, para las anécdotas, para las series y la condescendencia cómplice cuando se embalan hablando de gente que no controlamos). Volví a abrazar a Juan y a contarle todas las cosas que me pregunta, aunque no quiera saber las respuestas. Y me encontré con Jacob, o lo busqué: “Rubio, dime que sí. Ningún rubio me ha dicho que sí nunca”, sólo para intentar descubrirle y formarme una imagen, al principio. Se me da mal, de todos modos, eso de formarme imágenes. Eso de intentar conjugarlas con lo que ya sé, porque nunca conozco del todo a alguien hasta que no he leído algo que haya escrito, pero las palabras por sí solas (sin una voz serena, sin unos ojos) nunca son suficientes.

Me preguntó, después, por la primera impresión. Sólo pude escribírsela un día más tarde, muy rápido: “Guapo. Inteligente. Interesante. Cariñoso”. Cuatro palabras, nada más. Y el deseo de que la próxima vez ni haya tormenta ni nos cierren los bares.