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martes, 23 de marzo de 2010

Cine y fotos. Una excusa

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No sé si aprendemos realmente cuando se muere alguien. Si después, una vez pasados el dolor y la pena (hoy es 2 de febrero, aunque esto lo cuelgue más tarde y ni el dolor ni la pena se han ido), no actuamos como si no hubiera ocurrido nada. Un cabreo laboral aquí, un chisme allá, un correo que no se responde porque no tenemos tiempo, una afición que no se cultiva porque tampoco disponemos de horas suficientes, los pequeños actos de egoísmo, un alzarle la voz a alguien a quien quieres y de quien no sabes si estará mañana o no estará mañana.

La muerte de Tragamuvis a mí me ha servido, sobre todo, para hablar con Vértigo. Vértigo o Vertigen es un asiduo de los foros de cine, muy amigo de don Traga, con unos ojos verdes impresionantes y un acento mallorquín muy hermoso. Veinte minutos de charla, comentando lo que éramos para Jorge, muchas anécdotas sobre actrices de las que les gustan a los dos y un tú cómo estás.

Pero también me he acordado de otra gente. De la gente que se fue y de la que está ahora. Esos grumos bajo el sol de los que hablaba Manolo en Pincel & Pixel hace un tiempo en un mensaje emocionante. A muchos de ellos sí los conozco en persona: a los del grupo de Canonistas de Extremadura que viven en Badajoz, porque quedamos para hacer fotos con cualquier excusa. A otros no y no sé si habrá oportunidad de conocerlos.

Y, sin embargo, nos llevamos bien. A base de mensajes privados, comentarios en Flickr, algún mensaje en los blogs y diálogos en alguno de los hilos de un foro muy lleno en el que, de todos modos, vas haciendo un grupo de afinidades un tanto extraño. Está Pertur, por ejemplo, con un bebé en casa que vino antes porque tenía mucha prisa. O Carlos, que escribe como Dios y que está como siempre, estable dentro de la gravedad, y que me recuerda mucho, mucho, a ShooCat, porque es igual de inteligente y de irónico y tienen el mismo humor y viven en la misma ciudad y tienen la misma edad y son igual de atrayentes (sigo pensando que son la misma persona, lo juro). O Gayolópez, que se ríe –y no me extraña– de los retratos que me “perpetran” (lo dice así: “vaya retratos que te perpetran”) los chicos de Canonistas de Badajoz, Almeida a la cabeza. O Silvia.Z., que me comenta las fotos y las mira con calma y me dice que le gustan y me anima mucho para seguir aprendiendo, cuando pueda. O Alemonic, que me dedicó un texto e intentó enseñarme (sin resultado, todavía) qué demonios es la distancia hiperfocal. O Sokar, al que le presenté mis respetos una vez y al que seguiría presentándoselos siempre que tuviera la ocasión, porque me gusta mucho ese muchacho. O al Miguel, privado va, privado viene, esto no me funciona, me encanta esta foto del Nico aunque esté desenfocada y que se ha encargado de la organización de una QDD Nacional a la que, nuevamente, no podré ir. O Pere Larrègula, al que un día entrevistaré, no sé con qué motivo, sólo para oírle la voz y que me enseñe algo de fotografía y de su manera de ver el mundo (que me gusta más que las fotos que hace). O Gomendio, que es todo amabilidad. O Wamba, que siempre contesta a los comentarios. O Gala, que me mostró una vez cómo se cuenta una historia con una imagen y que está a 274 kilómetros de la persona a la que más le gusta retratar. O la gente a la que siempre lees, aunque sea en silencio: Hamilin, Bigdani, Ignatius Reilly, Dani, Bruno Abarca, Angharad, Vampyressa.

Y los míos.

Yo creo que nunca les agradeceré bastante a los inventores de la red la oportunidad que nos han dado a muchos de estar en el mismo espacio y de fijarnos los unos en los otros. A quienes crearon una página de cine, una de fotografía, sólo con la intención de compartir lo que tenían o lo que sabían y que ni siquiera pensaron, en sus inicios, supongo, que el cine y las fotos se transformarían a veces en eso.

En una excusa para reconocerte en otros.

miércoles, 17 de marzo de 2010

Estoy escuchando tangos

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Estoy escuchando tangos, niño. Al Calamaro, que es argentino y del que todo el mundo piensa que no sabe cantar tangos. Casi te estoy oyendo: “Pero Olguita” (“sacrílega, pedazo de sacrílega”). Luego vienen el Piazzolla y Edmundo Rivero y Osvaldo Pugliese. Así que quédate tranquilo. Con mis gustos, ya sabes, pasa lo mismo que con los de Karma7: son inviolables.

En las épocas tristes de mi vida, siempre me han acompañado los tangos. Para el desamor, la zozobra y las ausencias. Escribirte es mi manera de recordarte. Y de contarte, de nuevo, las cosas cotidianas. A vuelapluma y sin pensar.

Recuerdo un poema de Emily Dickinson, creo que te lo copié, o que lo leíste, el que empieza: “Fuera de casa he estado muchos años / y ahora, ante la puerta, a entrar yo no me atrevo” y termina diciendo “Busco aquí una vida que dejé: ¿aún sigue en esta casa?”. He vuelto al lugar en el que te conocí. Han cambiado algunas salas. Allí ya no habita gente que estuvo. No sólo tú, que ya no habitarás nunca lugar alguno (¿sabes? Ése es el pensamiento que más trabajo me cuesta) sino gente que se fue, o se mudó.

Estoy intentando averiguar dónde están los muebles, he llevado algunos cojines con forma de palabras, mías o de otros, porque las palabras son lo único que puedo aportar (no: no son poco: a ti te bastaron). Hay otros inquilinos: muchos a los que no conozco y ya sabes que a mí la gente, en general, me da un pánico terrible (y muchísima pereza) y también sabes que añoro relaciones que fueron pero que no volverán a ser nunca. En dos años se cambia mucho, pero la inseguridad permanece: cómo volver, de qué manera volver, cuando sabes que no se puede volver, que eso no va a ocurrir nunca. Así que intento envainarme el dolor, sin conseguirlo.

Por eso escucho tangos. Por eso me pongo al Calamaro recitando y ahora que estoy frente a ti, parecemos, ya ves, dos extraños. Lección que por fin aprendí: cómo cambian las cosas los años. Ha pasado mucho tiempo, Jorge. Yo ya no soy parte de la que fui, pero eso nadie tiene manera de saberlo. El problema es que sigo con las mismas heridas: ya cicatrizaron, pero la raja pica de vez en cuando y es muy honda. Y me da pena. No se me nota, pero me da mucha pena.

Ya ves. Los tangos: zozobra, desamor y ausencias.

Te sigo llorando. Ya no con lágrimas: las lágrimas se fueron. Pero el corazón se me pone pequeñito y se me sube hacia la garganta y luego, a veces, también sonrío. Me lo he tomado como un homenaje, volver. A la memoria. A las horas que se compartieron. A las palabras. A esos otros modos de relacionarse que muchos no comprenden. También a los abrazos y los vinos que nos hurtó la distancia.

Te escribí un correo. No sé si te dio tiempo a darle tu contraseña a alguien para que los leyera por ti. Fue una idiotez, pero te mandé un correo. Para decirte lo que tú ya sabías.

Esto tampoco lo leerás. Pero ya sabes. Escribir, siempre, es escribir una carta a alguien. Yo hoy escucho tangos y te escribo. Para decirte que he vuelto a casa y que, ya lo suponía, la casa está mucho más fría sin ti.

Olga.

PD: Esto lo escribí hace días. Hoy te digo que las lágrimas no se fueron.

miércoles, 10 de marzo de 2010

Rubio

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Jamás he visto llover en Sevilla como ese día. Y jamás me habían cerrado los bares tan pronto, a mí, que en esos mismos bares y en esa misma plaza he visto amanecer más de un día. Él ha creado un personaje, lo hemos creado entre todos: un personaje del que se espera lo más irreverente, lo más jocoso, lo más original. Le vi con dos amigos más y cumplimos, de nuevo, el rito de tomar unas croquetas en el Eslava, apretujados los cuatro en una mesa, con el vino corriendo y las cervezas y la charla: sobre política, sobre partidos, sobre música, sobre nosotros. Volví a reírme con Elena y a escucharla y a alegrarme de que el azar, o yo qué sé, la haya puesto en el camino (para las croquetas, para las librerías, para las anécdotas, para las series y la condescendencia cómplice cuando se embalan hablando de gente que no controlamos). Volví a abrazar a Juan y a contarle todas las cosas que me pregunta, aunque no quiera saber las respuestas. Y me encontré con Jacob, o lo busqué: “Rubio, dime que sí. Ningún rubio me ha dicho que sí nunca”, sólo para intentar descubrirle y formarme una imagen, al principio. Se me da mal, de todos modos, eso de formarme imágenes. Eso de intentar conjugarlas con lo que ya sé, porque nunca conozco del todo a alguien hasta que no he leído algo que haya escrito, pero las palabras por sí solas (sin una voz serena, sin unos ojos) nunca son suficientes.

Me preguntó, después, por la primera impresión. Sólo pude escribírsela un día más tarde, muy rápido: “Guapo. Inteligente. Interesante. Cariñoso”. Cuatro palabras, nada más. Y el deseo de que la próxima vez ni haya tormenta ni nos cierren los bares.

viernes, 5 de febrero de 2010

Por qué decidí volver

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Comencé firmando como Hermana de Coursodon, con un solo nick, hasta que me preguntaron por qué no me registraba. Eso fue hace mucho tiempo: había una portada con un shout, que es una cajetilla que hace las veces de chat y que el servidor no soportaba (demasiada gente dándole a F5 a la vez para actualizar la página) y estaban las trillizas aún y no se había cerrado el registro de usuarios y se debatía mucho, sobre cine, sobre la situación de la mujer, sobre baloncesto, sobre arte, sobre historia, sobre fotografía.

Que internet es como la vida real lo he dicho muchas veces. El problema es que es una vida real magnificada: el que está colgado, está mucho más colgado en la red. Y los que no tienen en cuenta que hay una persona detrás, con unos dedos, dándole a la tecla para escribir un mensaje, posiblemente también respeten poco a los demás en su vida diaria. En un foro, estableces tus afinidades por la manera de escribir de los demás. Por lo que dicen, por cómo lo dicen.

A mí hubo gente que me gustó. Me gustaron Tuppence, que es una mujer sabia y clarividente; me gustó la inteligentísima y sensible Dooddle; me gustó mucho KeyserSoze, que me regaló una piruleta, con un escorpión dentro, cuando hice la filmografía de Michael Curtiz. No me perdía un mensaje de CKDexterHaven; ni un debate en el que participaran Vértigo, Tragamuvis o Ciruja. Wagnerian me hizo un juego copiando mi anterior blog para ver si daba con el nuevo. Karma7 me enseñó fotos y me dio mucho cariño, muchísimo. El_Salmonete fundó una radio con esa música rara que le gusta a él y que yo no conozco. Pickpocket clamaba por un subforo de animación que por fin ha conseguido. Conocí a los gatos de FLaC antes que a él y me divertí con elPadrino y debatí con Hattusil muchas veces. David_Holm me enseñó que en lo raro radica la belleza y no concebía el día sin una charla con m0ntaraz.

Luego el foro se desmadró, echaron a Vértigo en plena quimioterapia, protesté y me fui. Vi una invitación de Jacob casi dos meses después. Que si quería ocuparme del foro de filmografías, las mismas filmografías que yo abandoné después de haber hecho más de una decena de ellas. Estoy en plena temporada de estudio (sin conseguir estudiar, todo sea dicho) y bueno. Al fin y al cabo, una comunidad la forma la gente y, si la gente no se implica, si coge lo que quiere pero no aporta, la comunidad se muere. No sé si será posible revitalizar la página: eso no sé siquiera si se puede hacer, sin Raúl, sin Keyser, sin Thug_Life, sin bluegardenia. Pero se ha muerto Tragamuvis, cuyos mensajes releo con una sonrisa. Y pensé que allí, hablando con esta gente a la que no conozco, salvo a unos pocos, yo fui muy feliz.

Vuelvo a encontrarme seudónimos que me despiertan la sonrisa, como El rey de las cartas, con quien he discutido una y mil veces pero a quien me alegra ver de nuevo (aunque seguramente volvamos a discutir), Dardo, Di, Diluvio, Marlowe, roisiano o Gastón. Veo que Jacob sigue en su línea, con ese personajillo que creamos de él entre todos, aunque ahora sea un administrador con todas las letras y de rojo. Quiero que Coursodon, que es mi hermano, vuelva a decir algo más que Pincho, pauso, gracias, porque es la persona que más sabe de cine de todas las que conozco (y conozco a mucha gente que dice saber de cine: él no, él es de los que se confiesa absolutamente ignorante en la materia, pero tuvo una profesora de crítica en un máster que le dijo una vez que le gustaba mucho su manera de escribir de cine, pero sobre todo le gustaba la manera que tiene de pensar el cine y que a los demás les había dicho que esperaba que hubieran aprendido algo, menos a él, a quien era consciente de que no podía enseñarle nada). Y también sé que voy a estar pensando en Tragamuvis cada vez que asome por la página y echándole de menos terriblemente en muchos debates, con su verborrea implacable y sus mil referencias a gente que yo no conocía.

Ya sé que no va a ser posible que ese lugar sea lo que fue. Pero yo estoy sintiendo que he vuelto a casa.

martes, 2 de febrero de 2010

Jorge Camboni - Tragamuvis

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Yo tuve un hermano.
No nos vimos nunca,
Pero no importaba.
Julio Cortázar.

Lloro. Escribo mientras lloro y paro de escribir para llorar y sorbo y salen todas las lágrimas que he tenido que reprimir esta mañana, en la que la vida sigue, y he entrevistado a Carlos Giménez, y me he ido a comer, y no le he mandado un correo a nadie, salvo a Vértigo, para compartir la pena.

Ese hombre que está ahí se llamó Jorge Camboni. Primero fue un nick: Tragamuvis. Un tipo uruguayo, que vivía en Dallas, irónico, ácido, de verborrea implacable y versos prestos, que me mandó como regalo con todo el pudor del mundo, una vez. Con una foto suya y de su perro. Le conocimos, todos los que le queríamos (mucho) a este lado del charco, por Internet, hablando de películas y de arte y de libros y de mujeres hermosas y de países y de política. Yo le oí la voz. Me mandó dos mensajes grabados, que comenzaban igual: “Hola, Olguiiiita”, con su acento dulce, que nunca escuché en una charla porque me lo propuso, un día, te llamo y echamos un rato, pero tenía que ser a un fijo, mi madre estaba en el salón porque en casa no hay inalámbrico y me dio vergüenza, porque soy así de gilipollas, y le dije que no.

Eso no me vuelve a pasar.

Internet tiene estas cosas. Que un día conoces a un tipo muy culto, muy inteligente, con el que primero te intercambias mensajes privados por un foro y luego por correo y después, porque las relaciones se tejen de manera rara, te enteras de que tiene cáncer y que se ha tenido que ir de Estados Unidos porque allí no le atienden si no hay dinero para el seguro y la mujer que ama, que se llama Yolanda y de la que te sabes la vida, no tiene tampoco plata para irle a ver a México. Y os organizáis y hacéis una colecta y yo me encargo, a mi estilo, de decirle: “niño, que te vamos a mandar un giro, que a ti cómo se te da esto de aceptar dinero ajeno”. Y luego te cuenta, que se ha quedado en estado de shock, que le ha dado algo a sus hijos, que también lo estaban pasando mal, y que se fueron a comer y bueno. Que fíjate con qué poco se puede hacer feliz a alguien.

No llegó a la Navidad y yo me he enterado hoy. De su enfermedad no hablaba mucho: que seguía noctámbulo y que comía poco, pero que estaba bien. Enviaba correos con noticias. Los dos últimos no se los respondí porque eran muy largos y yo no tenía los conocimientos suficientes para debatir con él de la situación política mexicana o de la de Honduras. Le conté que me iba a Canadá con Ciruja, me dijo: “Ciruja es un suertudo” y yo me encuentro pensando ahora en las percepciones tan distintas que pueden tener los demás sobre nosotros mismos: “ya que vais a coger un avión, pasaos por México”, me dijo. Me lo dijo varias veces: y cómo nos vamos a pasar por México, si vamos a la otra punta… Y, sin embargo, lo pensé, alguna vez: en cómo sería un encuentro, una comida, un café largo, una charla, con ese tipo culto de voz dulce.

Ya no será. Vivir es un poco raro. Haces planes que no se cumplen. No respondes un correo porque no tienes tiempo de debatir. No hablas por teléfono porque te da vergüenza. Y dos minutos después de enterarte de la noticia, de la noticia más horrible del mundo, que es la muerte de alguien a quien quieres, te centras en que tienes que hacer una entrevista porque has quedado con Carlos Giménez a las doce y se te vuelven a saltar las lágrimas y escribes un mensaje apresurado en los dos foros de cine en los que se te conoce, pero en los que ya no estás: “Yo he perdido a un amigo”. Y te vas a comer y vuelves a trabajar y haces un programa de radio de una hora y después, cuando te vas a casa, le mandas un mensaje a tu hermano para decirle “Nacho, se ha muerto Tragamuvis” y te echas a llorar en medio de la calle porque se ha ido un hombre bueno al que al que tú le gustabas mucho.

Yo tuve un amigo. No nos vimos nunca, pero no importaba.


Tango para un uruguayo que se fue
Gracias
Tragamuvis, Jorge, Geo

martes, 24 de marzo de 2009

Encuentros

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No sé si lo he dicho alguna vez, pero a mí la gente me da miedo. Es un miedo antiguo. Sé de dónde procede, aunque no vaya a contarlo aquí. Sé qué lo provoca, cómo se manifiesta -la rigidez de la espalda, la sequedad de la boca, la pesadez de los músculos-, cuál es la mejor forma de combatirlo: de hacer que no se note. O que yo deje de notarlo.

No hubo tiempo de eso ni circunstancias, porque a mí me sobrepasan los grupos grandes y no sé a qué atender. Por eso sólo recuerdo pinceladas, muchas: el tacto de una mano, un medio abrazo de despedida, una charla sobre libros de fantasía, un acento sevillano muy dulce, la definición de la primera persona de irresponsabilidad -uno cree, uno piensa, uno siente-, la petición jocosa de un diario de viaje que se hará, mi forma torpe de contar las cosas porque aún no he aprendido a hablar, pese a los esfuerzos.

Luego descubrí que me gustaron, me gustaron mucho, y que estuve cómoda, yo, que me siento fuera de lugar en cada sitio. Habrá una próxima vez, más reducida, sin rigidez, ni pesadez, ni sequedad, mucho más reposada, aunque se repitan las croquetas del Eslava y el café en cualquier lugar en el que dejen encender un cigarrillo. Seguiremos hablando del amor, o de la PAC, o de una gata y un conejo, quién sabe. Y nos reiremos y volveré a sentir la admiración brutal que me llena cuando estoy hablando con gente a la que reconozco.

Disfruté.

Hacía mucho que no disfrutaba tanto.

Imagen de Sevilla5.

domingo, 26 de octubre de 2008

Paul Newman

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Me empezó a gustar a la vejez. En La gata sobre el tejado de zinc pensé: "Pues no es para tanto". La cara demasiado larga, los ojos demasiado azules. Muchos años después, allí estaba, en pantalla grande, en Al caer el sol, con la Susan Sarandon más glamourosa que he visto jamás. Debió de ser el principio de esta gerontofilia mía que me hace babear con Federico Luppi y Tomás Segovia, pero me enamoré. Me enamoré como todos, porque no conozco a nadie que no haya estado enamorado de Paul Newman.



Tampoco conozco a nadie que no le admire. Ni a ninguna mujer heterosexual que no haya envidiado a Joanne Woodward por acostarse con él en la misma cama -las dosis justas de lujuria y respeto- durante 50 años. Uno detrás de otro.
El sábado de hace un mes fue la única noticia que importó.
Hay muertes que son tuyas.
A su salud, señor. Una botella de bourbon. Sin hielo. Sin vaso.

viernes, 15 de agosto de 2008

Las palabras que son suyas

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Al final descubres que todos tienen el mismo miedo que tú. A ciertos temas de conversación, a determinadas preguntas, a la desnudez real (que a veces se mezcla con la física, pero no siempre y no a la vez), al silencio incómodo, a la soledad impuesta.

Amaso una carne que no está y la recuerdo. Sonrío hasta que me duelen las mejillas. Hablo de las mujeres importantes de mi vida y siento la necesidad de tomarme un café instantáneo con una de ellas en su nueva cafetera rojo Ferrari, para intercambiar vidas, caminos de Santiago, risas, un fin de semana lleno de sensaciones y una borrachera de palabras. Hablo de la invisibilidad, de los sitios donde me he quedado, de los fantasmas y de las heridas. Descubro que no me quedan cicatrices, que me apetece regalar un poema, que no me importa contar si estoy cómoda, pienso en mis canciones recurrentes, en las imágenes que proyectamos y confieso que soy incapaz de encontrarle un defecto, por más que busque, a ciertas personas. Imagino otros lugares y, por vez primera, un viaje acompañada que posiblemente no se produzca nunca. Me veo caminando por calles desconocidas, en paz y muy serena y hay también un prado verde. Y pienso si la madurez será, al fin, un equilibrio que te haga disfrutarlo todo como si todo ocurriera por vez primera. Se me empañan los ojos en el momento de la despedida y no sé en qué se basarán los recuerdos ni el tiempo que transcurrirá hasta entonces. Vuelvo a sentir la ternura y unos brazos. Y sé que callaré las palabras que son suyas.

jueves, 14 de agosto de 2008

Para quedarse

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En mi casa, ahora, están los restos de una visita que no recogeré hasta mañana. Una cama por hacer, un montón de cerveza en la nevera, tres botellas de vino sin abrir, un par de vasos largos en el fregadero, una resaca leve de tabaco y ron y mil palabras rondándome la cabeza.

Un Brugal con frío en la terraza equivocada del teatro, dos charlas hasta las cuatro y media de la mañana, unos planes lentos llenos de piedras viejas, el aljibe con peces rojos en la Alcazaba, bacalao dorado, tortas de la Serena y del Casar, una cripta en el museo, el casco antiguo de Cáceres, Coldplay y los Beatles, Buika y Jorge Drexler, Tom Waits y Coltrane. Una cigüeña que marca el camino, una sonrisa perenne, un abrazo largo de despedida y lo demás. Todas las primeras veces en dos días.

Luego ya sí: luego recogí los restos de la visita, la casa se me hizo grande y eché de menos una voz que se me desdibuja. Y la calma de contarle quién eres a un desconocido que no guarda ideas preconcebidas e inmutables sobre ti, el silencio para paladear las conversaciones, mi mirada huidiza cuando yo hablaba porque si miro mucho no me concentro y decirle que cierre los ojos, que yo guío.

Descubro, de nuevo, que no me gusta que la gente se vaya. Aunque creo que él llegó para quedarse.

Imagen de John Muddleman.

viernes, 8 de agosto de 2008

Un té en Málaga

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Les vi a los dos a la vez, hace más de un año, cuando él había tomado el camino más difícil -ahora sé que le salió bien, o que le salió como tenía que haber salido- y cuando del otro no sabía más que unas pinceladas, lo mismo que sé ahora. Les vi a los dos a la vez, digo, pero no es del todo cierto, porque comimos los tres juntos, pero antes me tomé una caña con el segundo y hablamos de las relaciones -que, al final, son lo único que importa-, de los amigos, de las novias inaguantables de los amigos. Y con el primero, que es de quien quería hablar, me tomé un té largo, caminé por Málaga -que me pareció muy destartalada, pero igual de abarcable que cuando la recorría con Luci- e intercambiamos exposiciones y arte y modos de ver la vida, las relaciones de nuevo, el tiempo, el dolor.

Supongo que los asocio por eso: por una comida conjunta que tuvimos en el Clandestino, una ensalada con mango, creo, y manzana, que estaba muy rica; una charla en la que se rompe el hielo y hay silencios y uno arranca a hablar y luego, como pasa siempre que dos o tres se reconocen, todo fluye y es cómodo.

Ahora, que viene a verme el segundo de ellos, me acuerdo del primero, que anda por festivales y de verano y que tiene plaza cerca de casa por un curso y se me vienen a la cabeza su manera de expresarse y de describir lo que sentía, esa facilidad de palabra que te hace desgranar cada uno de los procesos de un estadio de tu vida y que yo no tengo en una charla hablada. Y no se lo dije, o no se lo dije así, pero me admiró mucho. No sólo por la claridad sino, sobre todo, por la apertura y lo fácil que resultó escucharle y quedarme con el poso de la charla mucho tiempo después.

No hemos vuelto a hablar. Nos conformamos con mensajes de blog, sms y palabras sueltas en un foro de cine. No me gusta el teléfono, pero me gustan mucho el té y su charla y firmaría por uno ahora mismo, sin prisas, un vaso grande con hielo y su mirada.

Imagen de José Miguel.

lunes, 28 de julio de 2008

Citas

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Supongo que tendremos tiempo de descubrirnos en un par de días, más allá de las dos horas que nos vimos por primera (y única) vez. Hemos hablado un par de veces por teléfono (no más de cinco y muy espaciadas) y algún chat apresurado (muy pocos). Le he leído mucho, eso sí, y me caía bien antes de conocerle. De ese primer encuentro hace casi dos años.

Ahora viene a mi casa. Y yo pienso en el anfiteatro, en el teatro, en la Casa del Mitreo a la que nunca he ido, en ver si encuentro el Foro y el Templo de Diana, con lo mal que me oriento, y en restaurantes para comer y para cenar y en jamón ibérico y Torta de la Serena y posibles temas de charla, que es lo que menos me preocupa porque a mí hablar me gusta mucho y escuchar me estimula más aún.

Vivo sola, viene a casa un tío y mi madre, que ya sabe que le conozco de internet y que he comido con él una vez hace siglos y que se extraña de que su hija haga estas cosas pero no se mete en nada, me hizo la pregunta:

-¿Es gay?
-Eh... Pues creo que es hetero. Pero la verdad es que no lo sé.

Ni siquiera recuerdo si tiene la dirección de este blog.

La imagen, por supuesto, es de Cary Grant.

domingo, 15 de junio de 2008

Entre les murs

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Me gustan las películas de profesores. No me pierdo una, por previsibles o malas que sean, así que tengo pendiente la que ganó el Festival de Cannes, Entre les murs, por más que cuando las críticas periodísticas hablen de "cine necesario", a mí me salga un sarpullido.


Fue la mejor aula que tuve jamás: la más cohesionada y la más entera. En el techo, colillas de cigarro. A ambos lados de la pizarra, dos pósters: Georg Solti, a la izquierda, con su pajarita y su gesto adusto y Aerosmith con un par de tías enseñando las tetas. No teníamos buena fama. Nuestro tutor acababa de llegar: muy joven, muy guapo, muy inexperto. Y quiso contener a la jauría mandando amonestaciones como correctivo. No a todos: sólo a los repetidores. La primera semana de clase. Pero no se dio cuenta: entre ellos había un chico tímido que no abría la boca, y allí estallamos: "Si me la hubieras puesto a mí -espeté-, todavía podríamos entenderlo". A partir de ahí, la guerra.

Ese año aprendí dos cosas. Que ser injusto es lo peor que puede pasarle a un profesor y que, cuando te enfrentas con quien es más poderoso que tú y lo haces sin trampas, siempre llevarás las de perder.

Tengo el dudoso honor de haber tenido que recuperar Educación Física en COU.


domingo, 27 de abril de 2008

Dardos y retrasos

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Eran las once y media de la noche. Sonó su voz en un bar de un pueblo del sur. Una despedida, una rumba con macetas, un tipo de sonrisa grande que se lo pasa bien encima de un escenario, un mensaje de móvil que no mandé porque era sábado y una promesa que ahora se cumple. No le daré ningún premio, salvo mis ojos y mis oídos. Cuando se puede. Algún poema que me aprendí. La convicción de que siempre compraré uno de sus libros. El asombro ante algunos versos. El reconocimiento de una voz rasgada que grita. Ciertos abismos. Más de un concierto. La permanencia en la sombra, como siempre. Alguna sonrisa. Alguna palabra, de vez en cuando.

Debo otros textos.

Cumplió 34 años un tipo al que quiero. Un niño de ojos verdes, cuerpo grande y abrazos huidizos que, sin embargo, me mima, me espolea y me protege a todas horas. Desde que le escribí por vez primera para retarle ha pasado mucho tiempo. Ha habido mil cenas, un partido de fútbol, muchos proyectos, una cena a solas, alguna bronca, mucho estrujar cada gesto y cada frase, mucha charla (que es de lo que se construyen las cosas) y la misma admiración, porque es inteligente y lúcido y me enternece que le afecte el clima y que sea capaz de recitarme a Shakespeare en inglés y que me muestre todos los viajes que sí hace y que me mire para volverme del revés y me cuente todas las historias del mundo. Oírle hablar me hace feliz. Y supongo que es lo mejor que puedo decir de alguien.

Cumplió 41 otro tipo al que quiero. Un tiarrón grande que toma decisiones después de darles vueltas durante dos días y que es capaz de preguntar, de interrogarlo todo y de admirarse. Trabajar con él es una de las mejores cosas que me han pasado jamás. Trabajar con él y ser capaz de entrar (y de quedarme) y compartir todos los pedazos de vida compartibles. Echo de menos sus abrazos a todas horas y que me enseñe las estrellas y cerrar la puerta para tomar un café a solas, invitarle a comer, escucharle la voz, verle a diario, sentir que estoy segura, asombrarme. Hace algo más de un año dije que tenía la impresión de que era de los que llegaban lentos. No recuerdo cómo empezó todo, pero sí de lo que se hizo. Ahora es un refugio.

Cumplió años también -no sé cuántos- una mujer. Nunca le he oído la voz y me gustaría escucharla cantar. Nunca le he visto la cara, salvo en una fotografía, y no sé si la reconocería de encontrármela por la calle. Pero está. Escribe como Dios. Me hace aprender. Me provoca más palabras. Me gusta su manera de ver el mundo porque me gusta su punto de vista. Busco sus letras, en cualquier parte (un blog, un foro, una respuesta a algún mensaje, un chat). Me hace crecer. Supongo que tomaremos un café algún día. Quizá.

Me quedan muchos días. Con todos.


viernes, 4 de abril de 2008

Sexo en Nueva York / Sex and the City

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Se podría decir que es frívola, que sus protagonistas sólo visten ropas de diseñadores conocidos y carísimos, que fomenta el consumismo, las compras desaforadas y que trata a los hombres como objetos sexuales. Pero ahora es mi antídoto contra el aburrimiento y mi catarsis. Aprendo de moda, me río (lloro también: qué se le va a hacer: tengo astenia primaveral, como siempre), me asombro, comparo arquetipos. Juego. E imagino Nueva York.


También comparo. Cuento a las mujeres de mi vida. Dos van a casarse. Una va a tener un niño. Todas las demás tienen pareja (también). Con los hombres suspiro de alivio: la mayoría son gays. Uno va a ser padre. Otro lo ha sido ya tres veces. Comparto mi tiempo libre con dos matrimonios: los demás (las demás) se conforman con un café rápido, de una hora, cada dos o tres semanas. El resultado es que hablo mucho y digo poco. Y que echo de menos esa complicidad.


A veces pienso que los amigos están cuando no tienen pareja.

martes, 11 de marzo de 2008

Federico Luppi

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Hablamos de España, de Argentina, de las dictaduras de Franco y de Videla, de lo anormal que es que no se detenga a ningún asesino, a ningún torturador, sólo porque formaban parte del aparato de Estado y se haga borrón y cuenta nueva (que no es tan nueva y sí más bien borrón). Y yo le escucho cada palabra y me la aprendo porque sé que hay una carga de razón histórica en lo que dice. Hablamos de teatro, del miedo escénico, de la inseguridad, del carácter estético del gusto, de que para los papeles de hombre viejo no necesita preparación, porque ya está en la vejez y la vive. Me cuenta que, para controlar el cuerpo, para pasar de persona a personaje, todos los actores del mundo han leído lo mismo desde Stanislavski. Que, cuando se trabaja con amigos, uno pierde el pudor a decir "esto que estás haciendo es una porquería" y de que los jóvenes irrumpen con fuerza porque se cuestionan que las cosas sean así porque sí y que la capacidad de fabular, de contar cuentos, de inventar historias, es la que nos mantiene vivos. El reservorio de la resistencia y la utopía.

El actor no es el personaje, pero tiene algo de todos ellos. Del Carlos Bonifatti bronco de Plata Dulce; de Fernando Robles, el profesor de literatura de Lugares comunes; del discurso sobre la Argentina que recita Martín Echenique en Martín (Hache) o del tipo honesto y serio, que enarbola su actitud y sus ideas como cuando fue Mario Dominicci en Un lugar en el mundo. El actor no es el personaje, pero llevo -llevamos todos- muchos años escuchando su voz y su acento y construyéndonos otra persona con lo que sabemos que dice. La fuerza del cine logra cosas como ésta: que te caiga bien alguien a quien nunca antes has conocido, al que posiblemente no conocerás nunca, sólo porque lo identificas con los papeles que les has visto hacer durante más de cuarenta años. Y, para mí, que no soy mitómana, pero que tengo mis simpatías, estas dos últimas jornadas -primero Antonio Gamoneda, ayer; hoy, Federico Luppi- han sido un regalo.

lunes, 10 de marzo de 2008

Felicidad

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Hoy he compartido a solas veinte minutos con este señor:


Cuando he acabado, he llamado a dos amigas, para contarles el descubrimiento (el de la persona, no el de los versos) con una sonrisa tontísima en la cara.


Pero este lunes me deparaba otra cosa. A las cinco y media de la tarde, me ha llamado por teléfono este otro señor:


Federico Luppi.

Y, después de colgar, me he puesto a dar botes y más botes y a gritar en mi trabajo. Como una niña chica, oigan.

Feliz.

Ya os cuento.

domingo, 28 de octubre de 2007

Finales

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Las historias se acaban. El mayor problema es decidir cuándo. Seguimos, a pesar de conocer el final, de saber la fecha exacta, de recordar la frase que las volvió del revés o que cambió el cien por un cero. A pesar de la autodestrucción (no debí confiar, no debí mostrar, no debí hacer); de la constancia, de las lágrimas, del miedo, de las oportunidades. Si el "no" ya lo tenemos, ¿deberíamos intentarlo? ¿Deberíamos seguir intentándolo? ¿Cómo se sabe qué importante eres para una persona, lo que significaste, lo que aún puedes ser? ¿Fuiste un buen rato delante de una pantalla, fuiste un polvo, o dos, apresurados, descolocaste su existencia? ¿Cómo se mide eso? Qué hacemos con el miedo a preguntar, a que piensen que somos demasiado insistentes, o que estamos demasiado desesperadas, o que tampoco fue para tanto, niña. Cómo guardamos las ganas de pedir, de escuchar una voz, de mirar. Cómo puede la petición no transformarse en exigencia. Cómo saber que no es demasiado tarde. Cómo saber cuánto tiempo tiene que transcurrir, cuando el otro se va, para dejar de desear que vuelva...

Este texto está dedicado. La persona a la que se lo he escrito ya sabe que es para ella. Y no: no habla de mí. Aunque también. Y no, niño: no eres tú.


domingo, 9 de septiembre de 2007

Vías

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Imagen de cjohnson7.


¿Te vienes conmigo?

A
Dooddle, por todo lo que ella ya sabe...

jueves, 23 de agosto de 2007

El club de los suicidas

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No me suelen molestar las adaptaciones: cine y literatura son dos discursos distintos y, lo mismo que no comparo cuadros y edificios, tampoco lo hago con libros y películas. Salvo que te menten a la madre.

Hoy me he lanzado al televisor porque he escuchado un título, El Club de los Suicidas, que yo tengo en una edición de bolsillo, junto con El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, pasta naranja, desde hace más de diez años. Se va a estrenar un largo, cine español, comedia, final feliz, algún polvo de por medio -ya se sabe: el cine patrio y las elipsis en las escenas de cama no son compatibles- y moraleja. Porque un grupo de personas que están hechas polvo y se quieren morir, descubren, gracias al poder maravilloso del amor, que merece la pena tirar p'alante. Porque la película es un canto a la vida. Es una adaptación muy libre, han dicho. Y tan libre. Lo peor es que seguro que hay algún panoli que se lee el libro después y monta en cólera porque no es como la peli.

Imagen de Lulife.

lunes, 18 de junio de 2007

Hoy he visto esto

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Una maravilla.
Mis tripas todavía están rugiendo.
Puro Fincher.
Así que, nenas mías, menos Piratas del Caribe 3 y más cine.

Vale, vale. Ya. Lo admito. Mi piel ruge. Si llegan a salir también James Spader, Willem Dafoe y George Clooney, rugiría más aún.

Pero es que están estos dos. Lo digo en mi descargo.


Está Elias Koteas, el segundo en mi ranking de morbo (el primero es el Dafoe, indiscutible, desde que puedo recordar, y se morirá siendo el primero) desde que lo vi en aquel Crash, de Cronenberg. Qué 46 años, Dios.



Sí, lo sé. A la mayoría de las mujeres de mi edad, quien les pone es Brad Pitt. O saldrían del cine queriendo ir a la cama de Jake Gyllenhaall. Yo lo asumo. Mi concepto de belleza es un tanto extraño.


Y está Robert Downey Jr., al que siempre es un lujazo ver, aunque en estas versiones dobladas que tenemos la desgracia de sufrir nos priven de una de las voces más hermosas del mundo. Deja de drogarte y actúa y canta, niño, que es lo que sabes hacer...



Id a verla. Es una orden.