Mostrando entradas con la etiqueta Javi de Palos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Javi de Palos. Mostrar todas las entradas

lunes, 8 de septiembre de 2008

Javi

22 comentaron


Nunca he hablado aquí antes de él y su casa fue, durante años, uno de mis dos refugios en época universitaria. Un amigo suyo lo definió perfectamente: el mejor anfitrión del mundo incluso sin café y sin leche y sin azúcar. Me lleva a Ikea para no volver más, damos paseos por Sevilla, vamos al cine, me mima, me toca, me besa y me abraza. Nos lo contamos todo -sobre todo, lo escabroso- con pelos y señales y nos reímos mucho. Cada día está más guapo. Y me presta a sus amigos.

Es inteligente, es culto, es divertido, le ocurren cosas extrañísimas que no voy a contar porque estamos en horario infantil y que darían para un libro sobre el comportamiento humano y, sobre todo, tiene un corazón como una catedral. No es nada nuevo: mis amigos suelen ser amorosos, por muy fríos a la hora de expresarse que sean unos pocos, pero él es bueno y dulce y provoca muchísima ternura. Y un deseo enorme de protegerlo, aunque al final creo que los roles se invierten aunque no lo veamos y es él quien abarca y acoge y se encabrona cuando los demás damos vueltas y más vueltas a una frase o una mirada que no significan mucho. Puede ser duro, también, porque al final ocurre lo de siempre: aguantamos bien el dolor propio, pero el de la gente que queremos se nos vuelve insoportable.

Hace mucho nos traía las mejores patatas fritas del mundo. Ahora las hemos cambiado por lechuga y pollo a la plancha. Y sí: tenemos menos pelo y somos 13 años más viejos, pero sabemos que estamos mejor que nunca y es real.

Lo bueno de mirar atrás y contar el tiempo es eso: que sabes que llegarán otros trece años y que hay gente, como él, que no se irá nunca.

miércoles, 6 de diciembre de 2006

Masculino plural

3 comentaron

En mi vida siempre habitaron hombres. Desde los inicios. Hubo quien nos enseñó a jugar al hockey. Hubo un primer amigo. Hubo amores imposibles de niñez -Dios mío, cuánto tiempo ha pasado-. Hubo dos por quienes celebré los 24 de marzo como el día de mi llegada a la Badajoz temida, haciendo novillos en el instituto para ir a desayunar. Hubo un primer amor a los diecisiete (a veces todo pasa a los diecisiete) y otro dos años más tarde, con quien hace una década que no hablo pero que siempre pregunta por mí. Hubo pintores y poetas -quién no tiene amigos pintores o poetas en la Facultad-. Hubo quien me enseñó que, cuando uno se pasa la vida haciendo maletas, siempre tiene la prudencia de guardar una mano para agarrarla fuerte. Hubo un flechazo a primera vista y una relación que comenzó una carta y que continúa hoy. Hubo un piso franco en la calle Tintes, sin café, sin leche y sin azúcar -¿recuerdas?- pero con muchas charlas de cama y muchos abrazos. Hubo un yonki, atracador a mano armada, enfermo de SIDA, que me mostró que no todas las experiencias valen. Hubo otro yonki con un perro hermoso que venía flechado si me veía. Y otro más, que me descubrió cómo saben los besos. Hubo un fraile que ya no lo es y que me salvó la vida más veces de las que puedo recordar. Hubo un profesor que me habló de libros delante de un plato de comida y del valor de adoptar una forma de ser aunque vaya contracorriente. Hubo varios maestros: quien me enseñó el valor del camino hacia el Ser y quien confió en que yo podía hacer las cosas de tal manera que me sintiera orgullosa de mí. Hubo quien me construyó de nuevo a los 25, sin habernos visto las caras nunca y sin que haya visos de que un día le conozca la voz y la risa. Hubo sexo cada año a partir de los 28: con un desconocido que ahora es colega, con un amigo que dejó de serlo, con un deseo alcanzable quién sabe si sólo una vez. Hubo parejas de amigas que ya no son sus parejas, y un hermano que es también amigo, y los amigos de ese hermano que son hermanos también. Hubo un militar de ojos azules, un sindicalista, un legionario y un compañero allá en Melilla. Y un escritor guapo que me regaló un anillo que no me quito desde entonces. Y otro que vuelve, como si no hubiera pasado el tiempo ni nos separara el mar. Hubo quien supo de amigos contingentes. Hubo maridos de amigas. Hubo conexiones brutales que duraron dos años y recuerdos. Hubo con quien hablé de política y sexo guarro hasta las seis de la mañana todos los días durante meses. Hubo un diseñador coherente, estable, amoroso, que me dio palabras, cenas y paseos. Hubo un copistero amante del cine y las confidencias. Hubo una casa acogedora en Sevilla, por un amigo común de ojos verdes con quien hablé una vez 29 horas seguidas. Hubo quien se materializó después de cinco años gracias a unos billetes de avión que me regalaron. Y quien no se ha materializado todavía porque me queda conocer Valencia aún. Hubo con quien compartí piso un año. Hubo un amor a primera vista una noche de karaoke y borrachera que sigue siendo un amor. Hubo dos dependientes que me guardaron libros, revistas y cómics.

Los hay que están todavía. Los hay con los que ya no pueden ni la incomunicación, ni la distancia de meses, porque siempre habrá un reencuentro de decíamos ayer. Los hay que son nuevos descubrimientos asombrosos que me cuidan en esta ciudad en la que sólo hay relaciones laborales. Los hay que me desmontan todos los mitos masculinos que enarbolan las mujeres que no han conocido más hombres que sus parejas (aunque ellas piensen que mis amigos son raros). Son hombres/nombres clave. Me definen y me anclan y me recuerdan que siempre les necesité, en esta vida tan poblada de mujeres que llevo ahora, porque la mayoría de mis hombres viven lejos. Algunos se marcharon, o los eché, que es lo mismo. Pero otros siguen, incansables, hablándome de lo que son, lo que quieren, lo que esperan. En eso, como en tantas otras cosas (siempre lo digo) he tenido suerte.

Fotografías de Robert Mapplethorpe.