lunes, 4 de octubre de 2010

En el Rockefeller y más allá

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Adoro de Nueva York el que sea imposible perderse. Completamente imposible. También el que haya un parque con bancos en cada esquina. Sentarse en un banco sola tiene sus peligros, de todas maneras. En Bryant Park, un señor que antes me ha pedido dinero (I'm sorry. I don't understand you, miento) se me para enfrente para pedirme un cigarro. Piensa que soy gitana. Quiere darme conversación, pero no me gustan los mendigos que no conozco.

Cuando me levanto, una chica ocupa mi asiento y se echa a llorar, desesperada.
Nadie la mira.



Me gusta la vida callejera de esta ciudad. Y el olor de las calles, que va cambiando: ahora a pretzel, a perritos calientes, a café, a humo, a asfalto. He pasado antes por Midtown Comics y me he acordado de Roy. Y por la Drama Bookshop, donde se atrincheró mi hermano mientras los demás subían al Top of the Rock. No entro porque las compras de la zona las voy a dejar para cuando visite el ICP. Además, por hoy ya he tenido suficiente. Ahora estoy sentada en el Starbucks del Rockefeller Center: yo quería un simple café con leche y con hielo y me han puesto un tanque lleno de nata y chocolate que se supone que he pedido (pero, ¿milk no era leche?). Me da lo mismo: ¡¡hay mesas y sillones!! Sillones con respaldo blandito, aire acondicionado para mis pies hirviendo.





También me acuerdo de Locotomoro. Me he pasado dos meses copiando direcciones de pastelerías y, después de haber comido un poquito de taboulé y de hummus, llego a Magnolia Bakery y salgo sin pedir nada. Creo que, si me quedara un mes, conseguiría la talla 38. Por lo menos.



Pienso que, por mucho que yo anduviera por estas calles, por las mismas, una y otra vez, siempre habría algo asombroso en ellas. Fotografío la puerta del Algonquin, donde Dorothy Parker debatía con los amigos. No entro porque me da vergüenza (luego miro el menú de la Round Table y no es caro: 39 dólares, sin tasas, sin propinas). Me asomo a Diamond Row, que me parece un auténtico horror, literalmente: las joyerías no me apasionan en absoluto, llevo diez años con el único anillo que me voy a poner, uno de plata que antes era liso y ahora está rallado. Es una calle bulliciosa y con letreros dispares que me espanta. Y, como me espanta, ni la recorro. No sé qué le ven de turístico, pero hay miles de personas haciendo fotos. Yo sigo hacia el Rockefeller Center: me planteo subir al Top of the Rock, pero ya lo haré otro día. Me queda aún un montón de camino.

Y no me siento sola, ni me sobra el tiempo.

31 de agosto.

Las fotos son mías. La segunda, la tercera y la cuarta son del Rockefeller.

domingo, 3 de octubre de 2010

Theater District

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El Path funciona con una tarjeta de Metrocard que no sea de viajes ilimitados (te cobran el máximo, pero la barata no aparece en las máquinas, más que para recargar. Y yo no tengo una SmartLink). Creo que pasan diez intentos hasta que me admite la tarjeta. Lo bueno, sí, es que las máquinas expendedoras están en español. Me deja en la calle 33 y voy a arrasar B&H. Compro un objetivo de focal fija con su parasol y su filtro correspondiente, dos correas de neopreno que serían estupendas si no tuviera ya el cuello quemado, dos cabezales para el GorillaPod. Es curioso, pero me siento como cuando voy de visita a casa de Nerea y ella está trabajando y yo camino por el Madrid conocido. No, no es porque conozca Nueva York: mi memoria visual es penosa. Es porque el tiempo cunde aquí de una forma muy elástica: a las seis de la mañana es el sol el que me despierta, saludo a Robert, le cuento el día de ayer, sacamos a Boule, volvemos a casa, me ducho y voy al Legal Grounds: el rito diario.





Después de B&H me voy al primer lugar que encuentro para probar el objetivo, cambiarle la correa a la cámara y marcar los puntos de interés en la Moleskine. Dos horas después, sólo he visto Bryant Park y la New York Public Library.



Me he enamorado de Bryant Park. Hay mesas y sillas por doquier, un espacio para jugar al ajedrez, un tiovivo precioso para los críos y un juego de petanca en el que mayores y jóvenes (algún adolescente), mujeres y hombres de varias etnias, llevan horas intentando acercar las bolas de hierro a la pelotita de goma roja. Y aquí estoy ahora, mirándolos.




He comido en Le Pain Quotidien. Hummus, babaganoush y taboulé. Están restaurando la Biblioteca de Nueva York: el edificio principal, flanqueado por Paciencia y Fortaleza (no sé quién es uno y quién es otro, pero los fotografío a los dos) está cubierto de lonas. Dentro, sólo hago fotos a la zona de los pasillos. Entro en las salas de lectura tan despacito que creo que logro el efecto contrario al que pretendía, porque todo el mundo me mira y me sonríe. En la puerta de una de ellas hay una cita que me emociona: "A good book is the pretious life-blood of a master spirit, imbalm'd and treasur'd up on purpose to a life beyond life", aunque sólo capto el sentido, porque soy incapaz de traducirla del todo.



En la tienda de la Biblioteca compro una compilación de poemas sobre Nueva York, con versos de Walt Whitman, Herman Melville, Wallace Stevens, Dorothy Parker, Marianne Moore, Auden, Elizabeth Bishop y un puñado de gente más a la que amo. Y un sinfín a los que no he leído nunca. Me queda una larga caminata por delante y sigue haciendo un calor de mil demonios.

31 de agosto.

Fotos: Leyendo en Central Park, la Biblioteca Pública, el juego de petanca de Central Park y de nuevo la Biblioteca (interior). Son mías. 

sábado, 2 de octubre de 2010

Los barcos del puerto

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Los barcos del puerto no tienen las velas izadas, pero siguen siendo espectaculares. En los Piers 15 y 16 están amarrados el Ambrose, de 1908, un barco faro que señalaba la entrada; el Peking, con sus cuatro mástiles, de 1911 y el Wavertree, de 1885, con su vela cuadrada que no puedo ver. Quizá porque soy de secano, verlos siempre me hace pensar en aventuras en alta mar, hombres oliendo a salitre con los surcos marcados en la frente y una mujer esperando en la orilla. Miro las construcciones. El Cannon's Walk, Schermerhorn Row, con su patio interior, que me hace sonreír porque me recuerda a la corrala de la casa de Begoña; los turistas comiendo y el Fulton Market, con todos los puestos cerrados ya y la gente recogiendo.


Busco un ciber para decirle a Josh que el día 14 quedamos en la McSorley a las ocho de la tarde. Que se venga con Virginia. Ellos tienen edad de vistas hermosas y yo de tabernas literarias, porque hemos quedado para hablar y no para hacer fotos. También escribo a Roy. Sigo hasta las obras del World Trade Center y no me detengo porque busco Port Authority. Las andanzas de mis aventuras para llegar a casa se resumen en que por fin compro una Metrocard para 14 días con viajes ilimitados, llego a Times Square y, en Port Authority, las dos personas de información me mandan a dos lugares por los que no pasa ningún autobús. Y además el trayecto es cada hora y yo estoy cada vez más agotada. Son las diez y media de la noche y llevo en danza desde las seis de la mañana, tengo el cuello quemado de la cámara de fotos y mañana las agujetas van a llegarme al cielo de la boca. El cansancio se me olvida cuando llego a una calle que me ofrece una vista preciosa del Chrysler. Luego descubriría que, por no preguntar y por dar por sentado lo que leo en los carteles, que la estación del World Trade Center no está operativa, me había equivocado de pleno yéndome al autobús. Pero en autobús llego a Jersey City. Gracias a un vigilante simpático y después de estar hora y media en la puerta del New York Times viendo a los trabajadores salir y pensando: "Quiero ser tú".



Times Square me parece una luminaria imposible que a todo el mundo impacta, menos a mí, que ya las vi en la calle Yonge de Toronto y que me parecieron, entonces como ahora, un canto al gasto inútil. Un monumento al capital. Para alguien que tiene una relación tan extraña con el dinero como yo, y a la que las tiendas no la hacen detenerse salvo que sean de artesanía o vendan libros, Times Square es un bullicio increíble pero muy poco atrayente.


Creo que en el foro van a matarme cuando lean esto, pero desde luego que me quedo con Schermerhorn Row antes que con mil letreros luminosos anunciando cosas que no quiero comprar. Eso sí: entro en Toys 'R Us para buscar las Barbies de colección que tengo que llevarle a Leticia. Y después de hora y media buscando el autobús (en inglés: aquí todo el mundo habla español, aquí todo el mundo habla español) llego a casa desde Journal Square en taxi. Según Robert, me tenía que haber bajado en la parada anterior, pero no tengo ni idea porque me quedé dormida. Al día siguiente, mi jornada comenzará con él y con Boule, por el canal Morris, viendo Manhattan con la neblina del río. Vuelvo a desayunar en Legal Grounds: el café sabe a café y el muffin de canela es exquisito. Y decido, sobre la marcha, ir al Theater District a comprar una correa de neopreno en B&H y dos cabezales para el trípode. Voy a descubrir si hoy sí me aclaro con el Path.

30 de agosto. 

Fotos: El Peking, el puerto, el Wavertree y Times Square. Las hice yo :)

viernes, 1 de octubre de 2010

South Street Seaport

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Sé dónde voy a comer. En South Street Seaport. Ya veré Battery Park otro  día. El perfil de Manhattan desde el ferry parece una sucesión de  torrecitas de Lego. Rascacielos grises, marrones, negros, verdes. Miles  de ventanitas diminutas. No me sobrecoge. Eso es porque puedo sentir que  he llegado a casa. Voy sin plano y voy sin guía, no he comprado la  Metrocard ni el bono para el Path porque sólo me he movido en barco. Y  no me pierdo: creo que me he estudiado tanto el mapa de Nueva York que  ahora no me hace falta.





Siempre me han gustado los puertos. Ahora  no hay ninguno que no sea deportivo o turístico, pero aun así me siguen  llamando poderosamente la atención. Quiero comer. Busco el Stella (213   Front Street), acogedor, fresquito, con una pasta carbonara que no es  carbonara aunque tenga bacon y huevo, pero que está exquisita. La prueba  de fuego será el café: espresso, pido: mitad leche, mitad café. No está  malo. Por cierto, no sé cuántas personas me han dicho que todo el mundo  habla español. Deben de haberse ido todos de vacaciones, porque estoy  practicando inglés como una loca: doy indicaciones de cómo llegar a los  sitios, explico dónde está Extremadura, pregunto dónde incluyo la  propina… No hay nada como necesitar comunicarse.






Ah. No sé si serán chinches, pero me han picado todos los bichos de Nueva York. En los pies. No habría otro sitio más cerca.

30 de agosto.

Las fotos son de la comida y del puerto, claro está.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Miss Liberty

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Ahora supongo que podría haber subido a la Corona porque, para acceder al pedestal (no me dejan llevar la bolsa de la cámara) hay que ascender algo más de 150 escalones. Tengo que dejar de fumar y hacer deporte, me voy diciendo mientras las pulsaciones se me aceleran y echo los pulmones en cada descansillo. Desde el pedestal no se ve la estatua: sólo los pliegues de la túnica.

Para tomarle una foto de frente, hay que volver al barco. Hace un calor de mil demonios, tengo la regla y sudo a mares. Pero no paro de sonreír y sonrío también, con una mezcla de cinismo, cuando veo los carteles de propaganda y las consignas: Demuestra que eres estadounidense, dona dinero. Yo no soy estadounidense, pero sé que el año que viene arreglarán la estatua y dejo un dólar. Un billete de un dólar. Me parece simbólico -y no sé si hermoso- que respeten tanto a su moneda que la cantidad de referencia sea un billete, porque me acuerdo de la última peseta: esa monedita tan pequeña y tan ridícula.

A las 14:15 del 30 de agosto de 2010 piso, por vez primera, el suelo de Manhattan.

"Keep ancient lands, your storied pomp!" cries she
With silent lips. "Give me your tired, your poor,
Your huddled masses yearning to breathe free,
The wretched refuse of your teeming shore.
Send these, the homeless, tempest-tost to me,
I lift my lamp beside the golden door!"


Emma Lazarus.

martes, 28 de septiembre de 2010

Ellis Island

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They asked us questions. How much is two and one? How much is two and two? But the next young girl also from our city, went and they asked her How do you wash stairs, from the top or from the bottom? She says, I don't go to America to wash stairs.


Pauline Notkoff, judía y polaca, 1917.

No comienzo mi viaje por Nueva York, por el Nueva York de Manhattan, sino por la antigua puerta de entrada de todos los que buscaban una vida mejor. Los mohicanos la llamaban Isla Gull, Isla Gaviota, que en su lengua se decía kioshk. Por los pájaros.



En Ellis Island hay maletas, vestidos, un piano viejo y muchos testimonios y fotografías. Ahora te toman las huellas dactilares y te hacen una foto. Antes preguntaban el nombre -algunos serían un trabalenguas ininteligible para los americanos- y te retenían cinco horas para hacerte toda clase de pruebas médicas. Por aquí pasaron, según cuentan, la anarquista Emma Goldman, el gángster Lucky Luciano o la futura estrella de cine que luego se llamó Rodolfo Valentino. También deportaban a gente. También los rechazaban: tres mil de ellos se suicidaron allí mismo. Cerca del 40 por ciento de los estadounidenses, nos cuentan, puede encontrar a cualquier antepasado emigrante en los registros de Ellis Island.



En el barco que me lleva allí, que sale desde Jersey City, también hay gente de todas las nacionalidades. Cuando pretendo bajar, noto que alguien (alguien pequeñito), me coge de la mano. Es un niño oriental (¿chino? ¿japonés? ¿coreano?) que, cuando descubre que soy una desconocida, se asusta muchísimo y se esconde tras su padre:

-I am good!-le digo. Al cabo de cinco minutos de carcajadas a coro (su padre, su abuela y yo) me mira y me sonríe. Luego vuelve a esconderse. Por si acaso.



Es asombroso, pero no me siento sola. A pesar de que a mi alrededor todo el mundo va en grupo. En pareja, al menos, pero también hay familias enteras, con sus carritos de bebé, bajo este sol de justicia. Todos haciendo fotos.



Qué distinta es la entrada a Ellis Island de la que hicieron Pauline Notkoff y los suyos. Qué miedo tuvieron que pasar, pienso, viendo todo aquello. Intentando responder en un idioma que no era el suyo, sometiéndose a exámenes médicos (dibuje un diamante, dígame qué letras son éstas, qué correspondencia hay entre estos dibujos) y con la esperanza de salir adelante: tener trabajo, poder comer. Por dos dólares al día: mineros, granjeros, carpinteros, sastres. Entre 1892 y 1954 entraron en Estados Unidos casi doce millones de personas. Algunos años antes, en 1886, Francia le regaló a América una estatua de 151 pies que todo el mundo conoce.

30 de agosto.

Las fotos son: 


-El Liberty State Park de Jersey City, desde donde se coge el ferry a Ellis Island.
-La Central Railroad Station, donde se compran los billetes.
-La sala principal de Ellis Island.
-La sala de las maletas de Ellis Island.
-La Estatua de la Libertad.


Son mías todas.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Robert y Boule

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Robert tiene los ojos azules, el pelo castaño y me va a enseñar a revelar. No sólo eso: me ha prestado una cámara, de carrete, con su fotómetro y que no enfoca. También me ha buscado una tarjeta para llamar a casa. Y me ha preguntado si me he traído un portátil y si tengo iPod. No y no los quiero. Nuestra primera parada, además de en su casa, para dejar la maleta y darle los regalos -una manta térmica para Boule, una botella de albariño y una de aceite de oliva- es en el Liberty State Park. La primera imagen que tengo de Nueva York es una estatua muy famosa en la que casi no reparo: hay fiesta polaca en el barrio, con orquesta incluida y baile, brownstones decorados, rascacielos y un lugar que es un club para que los chavales no terminen metiéndose en bandas. Cenamos en un cubano: ensalada de aguacate, bacalao empanado, quesadillas vegetarianas. Hablamos de política, de la crisis, de comercio justo y de lo distintas que pueden ser las maneras de relacionarse con los demás dependiendo del lugar en el que vivas. Hace calor y humedad y luego descubriré que amanece a las seis de la mañana: sale el sol desde Manhattan y a Manhattan lo veo desde las ventanas de mi cuarto. También me recomienda el Legal Grounds, en la calle Grand, con un café exquisito en un vaso pequeño que es un tanque. Y aquí estoy, desayunando en el jardín. Hasta me han traído el Daily News para que vaya practicando inglés. Oigo ruidos. Es una ardilla que mira atentamente mi bagel.

-¿Qué tal?-, me pregunta el dueño, Chris.
-Estoy feliz.

30 de agosto, por la mañana.


Las fotos son mías.

sábado, 25 de septiembre de 2010

Camino de Jersey City

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Imagen de David Iliff.

El comienzo del viaje no ha podido ser más divertido. Mi teléfono no funciona. No encuentra ninguna red, así que no puedo llamar a casa... Ni llamar a Robert. Y nadie puede llamarme a mí. No me molesta en absoluto estar incomunicada... salvo ahora. Tampoco tengo cambio. Pienso qué voy a hacer fumándome un par de cigarritos. Me voy al Starbucks del aeropuerto, pido el café más barato que tienen para que me den muchas monedas y me voy a una cabina... para gastármelo todo sin resultado alguno.

Antes de eso he pasado por inmigración. Allí te miran el pasaporte, te preguntan dónde te quedas ("en casa del novio de una amiga", miento) y el policía, muy simpático, intenta chapurrearme en español. No ha sido tan terrible, no he visto el cuartito y he contado que soy periodista y que estoy aquí de vacaciones. Tampoco me han abierto la maleta. Tres minutos de trámite y luego, una lenta agonía telefónica -con una tipa hablando en inglés cosas que yo no entiendo (supongo que debe de ser el contestador automático de Robert)- que yo hago pasar encendiéndome un cigarro tranquilamente y buscando un taxi.

Mi taxista se llama Louis y es de Haití. El trayecto va a costarme 47 dólares de Newark a Jersey City. Cuando me pregunta si le puedo indicar, le digo que my phone is broken and I'm looking for a friend. Me da su teléfono, llamo a Robert, que está ya en el aeropuerto y, durante el trayecto, se pondrán de acuerdo dos veces más para quedar. Es el viaje en taxi más divertido de mi vida, nos reímos muchísimo, acabo enseñándole unas cuantas palabras en español y le doy 33 dólares de propina.

Robert sonríe mucho después:

-Con eso ya se puede jubilar.

29 de agosto.

jueves, 23 de septiembre de 2010

En el aeropuerto

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Mostrador. United Airlines. Piden el ESTA. Lo llevo impreso: llevo impreso veinte mil papeles. Pero... No estoy. No aparezco. Nerea me mira, con los ojos como platos. Mi billete de vuelta sí está, pero el de ida no. No puedo regresar de un sitio donde se supone que no he llegado. Ella se queda con la maleta, que pesa un poco porque llevo dos botellas, una de albariño y otra de aceite de oliva ecológico de mi tierra, y una manta térmica para el perro del chaval en cuya casa me quedo y yo me voy a un mostrador donde un chico se eterniza facturando no sé cuántas bicicletas. Van a participar en una competición en Quebec. Cinco, diez, quince minutos de cháchara. La conversación es animada. Él viene de Singapur y no sabe qué hacer con su jet lag. Yo sí sé qué voy a hacer con el mío: levantármelo de encima a base de cafés. Total, llevo una semana maldurmiendo por culpa del trabajo, así que no creo que tenga excesivos problemas...

...si es que alguna vez llego a Nueva York.

Veinte minutos, veinticinco, veintisiete y el chico de las bicis se va, por fin. Pero llaman por teléfono. La mujer que me ha acompañado (de United) al mostrador de Continental (la que opera el vuelo) suelta un bufido porque yo estaba antes. Allí plantada, físicamente. A la de Continental le da igual: Sí, cariño; hola, cariño; ahora te lo miro; espera, que te lo arreglo, mi vida. Yo sonrío y espero. Cuánto amor. United y Continental, me contó Jesús, se han fusionado hace dos días y medio, pero por lo visto eso no se refleja en los vuelos. El fallo es que la azafata de United, para buscar mi billete, había puesto sólo el primer apellido y yo estaba registrada con los dos.

Qué cosas tienen los ordenadores.

En el aeropuerto, dos cartones de Camel, una llamada de mi madre, un rato de escritura, un par de cigarros. En el avión, el viaje es como el canadiense del año pasado: largo. Lo único reseñable es que está el último disco de Jamie Cullum, que todas las azafatas hablan en inglés y muy bajito -la primera vez que se me dirigen para preguntarme si quiero algo de beber, ni las entiendo y la tipa me mira con desprecio -otra española inculta, debe de pensar- y que al sentarme, me he roto la falda.

Vamos a llegar veinte minutos antes. Pero, para eso, faltan aún tres horas y media.

Y muchas turbulencias, por lo visto.

29 de agosto.

La foto es del aeropuerto de Barajas. La he cogido de la red, pero no pone el autor.

martes, 21 de septiembre de 2010

Al final todo llega

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Al  final todo llega. Llegó la noche antes de coger el tren, con el sueño  intermitente y ese terror eterno a no despertarse y perder el  transporte. Llegó Atocha, y el metro a Puente de Vallecas, Nerea  esperándome en la esquina, la tapa en casa, salir a comer, contar los  viajes. Ha estado en Grecia, viendo a los Durrell; en Italia y un pueblo  de tejados cónicos en el que los habitantes, a pesar de las  prohibiciones, arrojan las basuras a una cala que ya no puede acoger  más; y en Albania, con su Tirana de casitas de colores y los mercados  cochambrosos. Hablamos de la colonización de los espacios, de cómo la  llegada del capitalismo impulsó a la gente a comprarse coches y más  coches, y de la capacidad de los sistemas políticos para definir unas  creencias que luego se quedan en nada, porque hay que vender las granjas  para irse a la ciudad y comprarse un BMW.

Recuerdo a Tomaz  Pandur, en la presentación de Medea, el año pasado: "Yo soy yugoslavo y  Yugoslavia ya no existe". A Nerea y a mí nos faltan conocimientos para  entender qué pasó. Cómo se conjugan los héroes de la patria, las  estatuas dedicadas a los obreros en armas, la exaltación de la mujer  campesina, con los Volkswagen y los Audi en cada puerta. Cómo se  consigue que un pueblo desee y crea lo que luego va a dejar de desear y  de creer. En un tris.

Madrid también ha sido un paseo hasta el  centro, para entrar en Madrid Cómics. Alguien a quien no conozco y a  quien no sé si alguna vez tendré la oportunidad de abrazar, me había  dejado allí muchas revistas. Internet crea extrañas alianzas. Y en  demasiado poco tiempo, apenas una veintena de mensajes cruzados. Siempre  me asombrará esa generosidad. Me asombra y me conmueve. No creo que  vaya a poder corresponderle nunca.

A Begoña también la conocí por  internet, hace casi una década, hablando de Pessoa, de sor Juana Inés  de la Cruz y del miedo en las relaciones. Cuatro meses después de  aquello, nos tomábamos los primeros vinos en la plaza de Chueca. Desde  entonces, Madrid es también esa mujer guapísima y divertida,  inteligentemente divertida, admirable para mí por muchas razones, con la  que comparto ciertos ritos extraños, como buscar los bares más  estrambóticos de la ciudad. Además, me presta a sus amigos, así que  visitarla a ella es dejar, también, que Jesús me abrace y me mime.

Hace  dos años o así, Jesús y yo nos ventilamos una botella de pacharán de la  que sólo íbamos a tomarnos un chupito. Al pacharán le habían antecedido  no sé cuántos vinos y algún vermouth, unas gambas, jamón ibérico y  mejillones. Yo salí del bar agarrada a él y haciendo eses. De lado a  lado. Desde entonces, aquella noche se ha convertido en una anécdota que  recordar cada vez que nos juntamos. Jesús jura y perjura que yo no  estaba tan mal y yo no me acuerdo de mucho.

Me han picado todos los mosquitos de Madrid y me he levantado tres veces en mitad de la noche.

28 de agosto.

sábado, 18 de septiembre de 2010

El último trayecto

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Vuelvo a escribir en una estación a la espera de que salga el autobús. Repaso mentalmente: coger ibuprofeno, cortauñas, máquina de afeitar, alguna medicina, todos los papeles, el pasaporte, el dinero, fregar la casa, planchar la ropa, poner dos o tres lavadoras, bajar la maleta, ordenar la mochila de la cámara. Ya llegan los nervios y eso que todavía me quedan por redactar los últimos flecos del viaje. En Madrid quedaré con Nerea y con Begoña, volveré a tomar vinos, Nerea me acompañará al aeropuerto, nos daremos mil abrazos y me contará cómo ha ido siguiendo las huellas de los Durrell por Corfú. Le debo la lectura de unos cuantos libros.

Sabré, también, cómo está Manhattan.

Volveremos a brindar por estar vivas.

Hasta entonces, me queda la visita de mis dos hermanos y de dos cuñadas que son mis amigas, un ensayo y un estreno, despedir al Festival hasta el año que viene con el deseo de que sea muchísimo mejor y volver a convencer a un director general de que la cultura da prestigio, no dinero.

Cinco días que, lo sé, van a guardar minutos que parecerán horas.

22 de agosto de 2010.

La imagen está sacada de la web Zarzablog.

sábado, 28 de agosto de 2010

Los preparativos

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Tardé dos días en comprar el billete de avión. Los suficientes como para navegar por internet durante horas, reservar un vuelo que no estaba disponible y tener que llamar por teléfono por si se les ocurría hacerme el cargo y acordarme de que mi primo David es dueño de una agencia de viajes. Familia y amigos me enviaron sus recomendaciones (todo Dios ha visitado esa ciudad), me prestaron sus mapas y sus guías, me regalaron libros y compré varios más. Después de pasar dos meses preparando concienzudamente muchos documentos que he terminado compartiendo con un montón de desconocidos, puedo asegurar que sé en qué barrio exacto queda calle que me nombren con su esquina correspondiente, dónde escribieron Herman Melville y O. Henry y a qué imprenta envió Walt Whitman sus Hojas de hierba. También qué casas habitaron Billie Holiday, Charlie Parker, Marlon Brando y Elia Kazan y dónde descansa el piano de Cole Porter.

Intenté hacer un planning. Un planning organizado: ahora veo esto, ahora aquello, hoy toca el MoMA y dentro de dos días el ICP... pero, después de cuatro días intentando cuadrar las horas sin conseguirlo y sin saber dónde poner los tiempos muertos, el viaje dejó de ser algo apetecible para empezar a transformarse en una condena. Voy 18 días y medio: no me hace falta más planning que saber en qué cafetería quiero desayunar cada mañana, qué horarios tienen los museos y en qué fechas cae Rosh Hashaná este año.

Ya decidiré qué quiero ver sobre la marcha. El día anterior. Los planes no se me dan bien.

La foto es de un lugar que espero visitar: el Historic Richmond Town. Está cogida de su página web.

jueves, 26 de agosto de 2010

Mi viaje de despecho

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La mayoría de vosotros sabe cómo surgió este viaje. Es más: algunos habéis estado recogiendo los pedazos. En septiembre, yo debería haberme ido a Alemania. A pasear a orillas del Rhin y a dispararle a la catedral de Colonia con un 18-55.

Pero me traicionaron.

Debería haberlo supuesto, de todas formas. Nunca he fraguado un plan que se cumpliera con semejante tiempo de antelación. Aun hoy, a días de irme, me dan ataques de pánico: es la historia de mi vida.

A mí el dolor no me dura mucho, quizá porque el recuerdo me dura eternamente. Después de mandar varios correos incendiarios y algún que otro mensaje muy cabrón, me acordé del encuentro con mi amiga Vane en Málaga: "Si alguna vez vas a Nueva York..." Fue una decisión muy rabiosa: yo no me quedaba sin vacaciones, me iba a pegar el viaje del siglo y la única ciudad en la que podría estar varios días -muchos- sin que se me agotara, tenía que ser una ciudad sin casco histórico. En la otra punta. Con mucha vida cultural, mucho museo y muchos bares.

La vida cultural que me interesaba no iba a ser tal porque la temporada de ópera comienza a finales de septiembre y el American Ballet Theatre anda de gira con sus zapatillas de punta por la otra orilla del país. Pero Sonny Rollins celebra en Nueva York su octogésimo cumpleaños y Twyla Tharp ha dibujado la coreografía de Come fly away. El museo de arte africano cierra por reformas hasta 2011 pero en el Guggenheim se ha programado una exposición de Kandinsky y Malevich que me va a recordar mucho a Nerea.

Vayáse lo uno por lo otro.

Desde que decidí irme, lo llamo, con mucha sorna, mi viaje de despecho.

Las ciudades se llevan dentro, pero yo no me llevo ya ningún dolor. Sí mucha curiosidad, muchas ganas y un equipo fotográfico que pesa cuatro kilos y que le debo a la generosidad de mis amigos.

También varias libretas, una buena provisión de bolígrafos y la idea de sentarme a escribir en cualquier sitio donde pongan buen café.

Prometo contarlo todo después.

La imagen está sacada de la red y no pone el autor. Una pena.

martes, 24 de agosto de 2010

Foro de Nueva York

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Yo soy carne de foro. Desde que, hace más o menos diez años, escribí un texto en la página de Chueca (entonces era Elrond, parece que hace siglos) para comentar una noticia que acababa de publicar uno de mis más queridos amigos. Aquello acabó como el rosario de la aurora, pero me dio a unos cuantos -Barcelona, Madrid, Buenos Aires- que me acompañan desde entonces.

Luego ha habido otros. Creo que en el único en el que no he entrado haciéndome notar ha sido en el de Canonistas, porque me obligaron a quedar con ellos a los pocos días de presentarme (suelo necesitar bastantes meses antes de un café con un desconocido. En algún caso han pasado años). Llevo el suficiente tiempo moviéndome por la red como para saber quién me gusta al primer vistazo: en todos hay mesías, camarillas y luchas por un poder que no existe. También sé que mi manera de escribir, a mandoblazos, no me ayuda en nada, pero la gente a la que le hago gracia ha seguido quedándose después.

El foro de Nueva York es mucho menos anónimo que el resto y se establecen relaciones más cercanas en un tiempo mucho más exiguo del que se necesita en otros foros, porque a los dos días sabes datos como dónde viven, cuál es el nombre y en qué profesión trabajan de las personas que te interesan. Ha habido, como en todas partes, rayos, truenos y centellas, pero eso sirve también para comprobar reacciones.

Los que me gustan siempre han reaccionado bien.

Es un lugar terriblemente divertido y muy tierno a veces, con participantes muy irónicos. Todos acaban comiendo en los mismos sitios y tocándole los huevos al Charging Bull, pero al final cuentan experiencias únicas porque cada forma de mirar lo es. Vuelvo a suscribirme a blogs que narran aventuras, debato sobre fotografía, observo el puente de Brooklyn por la noche y hay diez o doce nicks a los que busco.

Con uno de ellos no he coincidido y no sé si habrá la oportunidad de hacerlo, porque dejó de escribir justo cuando llegué. Me gusta mucho cómo escribe. Lo que dice también, pero el cómo, aún más. Creo que es porque me recuerda a David, que murió antes de que nos hubiéramos tomado unos vinos en Madrid o en La Vera. La misma calma, la misma templanza, la misma rectitud, cada palabra en su sitio y la franqueza.

Yo le llamo el manhattanés.

He acabado bebiéndome todos sus mensajes.

También los de otros. A alguno, incluso, lo tengo en mi firma, en espera de que acabe su relato de una vez.

Siempre va a asombrarme la irrefrenable simpatía que siento por alguien a quien solo conozco detrás de un teclado.

Y os preguntaréis: ¿a qué viene lo de Superman? Pues viene a cuento, viene a cuento. Aunque no lo parezca. Es la imagen de un avatar.

lunes, 23 de agosto de 2010

Mi 34 cumpleaños

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El fin de semana que cumplí los 34 años, me regalaron un atardecer lleno de viento en el fin del mundo. Con paisajes maravillosos para hacer fotografías y pescadores que venden la faena diaria en la orilla del mar. La noche anterior nos bebimos una botella de vino y marcamos ciertas reglas. Algunas las cumplimos. Otras no. Antes, ella se había tomado el trabajo de hacer un cuadernillo detallado de la ruta.

Yo le debo todavía el regalo del año pasado.

He hablado muchas veces aquí de esa mujer y con nadie como ella tengo la certeza real de que me da mucho más de lo que jamás podré ofrecerle (entre otras cosas, porque mi mente no es capaz de idear planes geniales). La tarde del sábado, una pared de niebla caía a plomo, vertical, sobre el Atlántico. No nos extrañó nada que, 600 años antes, los barcos no se atrevieran a adentrarse en el océano, por el temor a los monstruos y a que no hubiera nada al otro lado. Cenamos en un indio con un camarero que era también prestidigitador, observamos asombradas la colonización de espacios que produce el turismo (pueblos enteros tomados por bares ingleses que sólo sirven hamburguesas y no tienen bacalhau) y nos reímos a todas horas.

Cuando la vi por primera vez, no supe averiguar lo que ella sería. Ni siquiera recuerdo cómo fui descubriéndola. Sólo sé -es una convicción diaria- que puedo estar rota y sin rumbo y, cuando llega, me sonríe (a veces siento impulsos de ir a buscarte y besarte los labios como si fueramos dos niñas revoltosas descubriendo la ternura) y me abraza, se vuelve un dios sanador y omnipotente. Esa mujer es entusiasta en el dolor y en la alegría. Y me encanta que se le ocurran estos planes...

jueves, 19 de agosto de 2010

Trece años

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Tiene 13 años y la mirada viva. Sólo la he visto dos veces, las suficientes como para que me recuerde mucho a mí, a su edad. Con los vaqueros y las camisetas negras -la mía tenía una Harley-. Sospecho, sólo sospecho, que se lleva mejor con ellos que con ellas y que el resto de las chicas -maquilladas, en clase, vi a muchas por entonces: octavo de EGB y pintadas como una puerta- le parecen, o de otro planeta, o directamente despreciables. Recuerdo, también, que cuando yo tenía trece, me puse una falda y mis compañeros me hicieron desfilar. Quizá luego se pregunte, como yo, qué es eso de la femineidad, desdeñe las armas de mujer (que no sé qué son, ni me interesa, a estas alturas) y descubra a un puñado de iguales que tampoco sepan andar con tacones y se rían de la costumbre absurda de ponerse guapas para que los demás las miren.


Sospecho, sólo sospecho, que le gustarán más los bares que las discotecas. Y que, a lo mejor, lee a Stevenson y siente envidia. O se enamora de Dickens de aquí a unos cuantos años. También sé -eso lo sé- que no lo va a tener fácil. Que lo tendrá menos fácil que las otras, pero crecerá mejor. O pensará que ha crecido mejor, que ya es bastante. Por lo pronto, me gusta, aunque no la conozca. Quizá porque la veo y desando veinte años, con el cinturón de tachuelas y la camiseta negra y los vaqueros grandes y el convencimiento: Yo no soy como ellas. Ni siquiera es un juicio de valor, aunque lo parezca. Yo no soy como ellas. De hecho, a veces podrá transformarse en una condena. O en una pregunta.

Porque, no creo equivocarme, se lo va a preguntar todo.

La foto es mía. Ya sé que la cigüeña está centrada y que queda fatal, pero la he recortado de todas las maneras posibles hasta que he descubierto que, en fin: me gusta más centrada.

miércoles, 18 de agosto de 2010

Cinco años

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Hoy es 18 de agosto de 2010.
Hace cinco años comencé UnaExcusa.
Con un texto que, casualidades de la vida, había escrito cinco años antes, en un periódico melillense.
¿Se celebra que un blog cumple años, como un niño pequeño?

domingo, 8 de agosto de 2010

La primera vez...

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La primera vez que le cogí en brazos, tenía miedo de que se me cayera.


La foto es mía.

jueves, 5 de agosto de 2010

Espacio/Espaço Escrito

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Esto lo escribí hace mucho tiempo, pero, como tantas otras cosas, descansaba en mi archivo. Lo rescato ahora, en que varios de sus amigos (Miguel Ángel Lama, Elías Moro, Álvaro Valverde) se quejan de que no se le ha otorgado, este año tampoco, la Medalla de Extremadura a título póstumo. Yo en esto cito a don Miguel Delibes que, supongo que con toda la ironía de que fue capaz, cuando le dieron la Medalla de Castilla y León tarde y mal (porque se la dieron tarde, perdonen), sonrió y dijo: Demasiado metal para mí. Será que a mí no me importan las medallas).

En la portada, un trozo de piel que se adivina y muchos libros. En la contraportada, él. Luis Sáez, que dirige la Editora Regional de Extremadura (cosa que nunca agradeceré lo suficiente), me acaba de mandar los dos últimos volúmenes de Espacio/Espaço Escrito. Sólo un nombre: Ángel Campos Pámpano. Un número extraordinario, en noviembre: un año se cumplía. El 25 de noviembre ya no es sólo un cumpleaños: también es una ausencia. Y muchos versos. Los de los amigos: Antonio Gamoneda, José Luis Puerto, Elías Moro, Antonio Gómez, Santiago Castelo, Juan Carlos Mestre, Ada Salas… He tenido la suerte de hablar con ellos en varias ocasiones. Con Gamoneda sólo una, que le debo a Ángel y que ya conté. Con uno de quienes cito me voy a tomar cervezas de vez en cuando y me regala libros y me enseña un cuaderno de notas con fotografías y textos). Quizá por eso son los primeros nombres que busco.


El suyo sigue en mi lista de conectados del correo de Gmail: lo veo todas las mañanas y algunas veces releo los correos: los míos comienzan siempre igual: “Angelito…”. Sigo pasando las páginas: Miguel Ángel Lama, Luis Landero, José Saramago, Luis Arroyo, Gonzalo Hidalgo Bayal. Veo su letra, que ya conocía, puntiaguda, en negro, y no consigo recordar cuándo la vi por primera vez: quizá en mi cuaderno, cuando le entrevisté por vez primera con motivo de una lectura del Aula Díez Canedo; o en aquella cena en San Vicente en la que nos sentamos juntos y durante la que me escribió su teléfono portugués y se comió dos boles de natillas.

Ya me lo había dicho Antonio Sáez, que preparar el número había sido un proceso muy doloroso, de búsqueda de archivos en el ordenador personal de Ángel, de detenerse en muchos textos, de intentar averiguar cómo le hubiera gustado la revista, de pedirle al resto de los amigos algunas palabras de recuerdo y de homenaje. Yo lo tengo al lado. Releo: cómo se gestó La vida de otro modo; cómo Gamoneda se quedó con una bufanda suya; cómo uno nunca sabe qué hacer con la muerte ni en qué exacto lugar colocar los recuerdos para poder convivir con la tristeza; cómo el cielo dispone su paisaje de signos; cómo había unos ojos siempre trazando impulsos. Y recuerdo el paisaje de Jola antes del incendio que viví y recuerdo a Jola quemada a través de sus palabras.

En mi casa hoy hace frío. Pero no nieva.

La foto es de Laura Covarsí.

miércoles, 28 de julio de 2010

La Malbaie y Cap à l’Aigle

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En nuestro viaje por Charlevoix tuvieron mucho que ver el chaval que nos alquiló el coche (que nos recomendó un establecimiento que tampoco sale en ninguna guía, el Café Chez Nous, de La Malbaie) y el cocinero que allí nos encontramos. Os lo presento. Se llama Aldo:


Aldo cocina un arroz de camarones y una pasta con camarones (langostinos, para que nos entendamos) que son una delicia. También una sopa de verduras a la que le adiviné un poco de curry, supongo, pero de la que no me dio la receta (¡Aldo! ¡Ya sabes! ¡Manda correo!) y que fue una comida de lo más reconstituyente una noche de frío. Él también nos recomendó que fuéramos al Cabo del Águila, a Cap à l’Aigle y la Ile aux Coudres, con una sidrería la mar de curiosa. En teoría en Cap à l’Aigle hay indios, pero no los vimos. Lo que sí vimos fue esto.


También vimos a los barcos de vela navegar por las aguas del río San Lorenzo y un sinfín de flores preciosas. Pasear por Les Jardins de Cap à l’Aigle transmite asombro y tranquilidad. Yo echo de menos eso que nunca ha ocurrido: vivir allí, hacerme amiga de la mujer que cobra la entrada (muy simpática, por cierto), llevarme un libro y sentarme en el banco o en el césped. Si supiera pintar, me llevaría un lienzo, para retratar los cambios en los colores de los árboles y la forma en que las flores se recogen hasta que llega la primavera.


lunes, 26 de julio de 2010

Sainte Anne de Beaupré

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En Sainte-Anne-de-Beaupré vimos los primeros árboles que cambiaban el color. Siempre me había imaginado Canadá como una sucesión de los más bellos tonos del otoño: aquí un ocre, aquí un amarillo y el rojo arce abarcándolo todo, pero llegamos cuando el calor aún no se había ido y el verde de las hojas dominaba. Sainte Anne de Beaupré es un santuario dedicado a la madre de la Virgen María, la santa patrona de los náufragos (no sé si el patrón de los náufragos ha cambiado: santa Ana lo era en 1650, cuando un grupo de marineros, agradecidos por salvar la vida, prometió erigir una capilla en su honor). Los 26 de julio acuden allí más de un millón y medio de personas. Pero la basílica que se adivina detrás de estas hojas se construyó en 1920, el quinto templo que se edificó en el lugar. Santa Ana es también, desde hace siglos, la patrona de Quebec.


Nuestro destino era Baie St Paul, una localidad que aparece nombrada de pasada en las guías (salvo en la muy completa de Lonely Planet) y que es uno de los lugares más encantadores de Charlevoix, una comarca (¿se llaman comarcas en Canadá?) que la Unesco nombró Reserva Natural de la Biosfera. De Baie St Paul son las dos siguientes fotos que existen. Eran casas particulares, en medio de esa población llena, sobre todo, de galerías de arte, porque durante el siglo XIX, los pintores quebequeses se trasladaban a esta localidad pequeñita para pintar paisajes y reivindicar así la hermosura canadiense. Charlevoix tiene 6000 kilómetros cuadrados y tan sólo unos 30.000 habitantes: eso nos da una idea de lo despoblado que está el país. Durante cuatro días, sólo vimos pueblos pequeñitos, pero preciosos, a la orilla del río San Lorenzo. Verde y agua han sido los elementos principales de este viaje a Canadá. Y una indescriptible nostalgia también y el imaginar cómo sería mi vida allí.



viernes, 23 de julio de 2010

Y vuelta la burra al trigo

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Para no tener problemas en un futuro, ni en la red ni en la vida real, es necesario aprenderse unas cuantas reglas:

-Puede que en un futuro muy, muy lejano, o en una realidad alternativa que yo, gracias al Cielo, no voy a visitar, Paulo Coelho o Ken Follet o Stieg Larsson sean grandes clásicos y me los estaré perdiendo por no leerlos.

Aclaro que sí, que he tenido la desgracia de leer a dos de ellos y la suerte de no acordarme de nada de lo que leí a los dos minutos de haber cerrado el libro.

-Si alguien dice que Follet es maravilloso y Cervantes es un truño, es una opinión que debo respetar. Tanto como la contraria.

-Mi opinión, por supuesto, es sólo eso, una opinión, tan válida como otra cualquiera (aunque quien exprese ese "otra cualquiera" no sepa para qué sirven las comas ni las tildes) y no puedo decir que algo (un cantante, una serie de televisión, una película, un libro) es bueno sólo porque me guste a mí. Porque yo no decido qué es bueno y qué no.

-Por supuesto, todo el mundo tiene derecho a expresar su opinión (y a expresarla en público, además), aunque esa opinión sea poco fundamentada, ignorante, discriminatoria o absolutamente imbécil.

-Tengo que (es decir: estoy obligada a) debatir e intentar razonar con personas que escriben "Viva la ignorancia" (sí, sí, como lo leéis: con dos cojones), porque, si no discuto, soy una fascista y no soy capaz de expresar mis argumentos.

¿Y sabéis qué? Que, encima, esta gente vota.

martes, 13 de julio de 2010

FLaC: 28 de mayo: Celia

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Las bodas siempre me producen un poco de vértigo. Por la seguridad que supone que dos personas quieran compartir sus vidas. Por la capacidad que tienen, esos dos, de concitar en torno a sí la felicidad de otros muchos, mayores y jóvenes, que saben, cada uno, una parte de lo que son. Los padres, los abuelos, los compañeros de la Facultad, los amigos que llegaron luego por las causas más inverosímiles.

Conocí a FLaC en Málaga, hace algunos años más, en un momento de zozobra que parece que ocurrió hace siglos. Ayer, después de comprar aprisa y corriendo unos pantalones negros porque se me habían olvidado los míos en otra ciudad, estuve en su boda para darme cuenta de que todo el mundo sonreía y a todos les brillaban los ojos, para emocionarme cuando bailó con su abuela la canción de apertura, el Take This Waltz, de Leonard Cohen que todos coreamos, para reírme hasta que me dolieron los carrillos con las ocurrencias de sus amigas y para llevarme una foto de los novios, un vídeo de los niños cantando por Camilo Sesto y una botella de ron miel de comercio justo.. Ahora se van de viaje de novios a llevar material escolar a La Habana y Cayo Guillermo. Ahora paseo por Málaga, tres horas caminando, un bolso nuevo con muchos bolsillos, muchas charlas con Raúl y la promesa de una obra de teatro de José María Pou y pescaíto frito en el puerto mañana.

Y me acuerdo de las charlas. De cuando me contó que iría sin corbata y lo vi con pajarita, la barba recortada y una chapa de Ahí lo llevas, un grupo de dos a cuyo cantante, doy fe, imita Iván Ferreiro. De cuando me escribió para decirme: oye, vente. Y de cuando yo no sabía si iba a poder estar. Ver de nuevo a Ale, asombrarme cuando apareció Celia, guapísima y luminosa, escuchar a Virginia y a Eva hablar de los dos por los que estábamos todos allí, estar con Raúl de nuevo, ahora yo en su casa, los abrazos del reencuentro y la copita de antes de la ceremonia. A la que le faltó un micrófono para que fuera perfecta.

Para ellos lo fue. Lo que no sé ahora es qué se siente al estar casados. Yo creo que lo hicieron por la juerga.

No se me asusten: escribí el texto en un bar, como siempre, el día 29 de mayo. Sí: soy tardona.

lunes, 12 de julio de 2010

El partido

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Foto: EFE

Ayer lo vi. Iba a irme a un bar, pero en mi casa se estaba mejor, con mis Coca-Colas, mis paquetes de tabaco (no sé cuántos cayeron: qué nervios), mi televisión con su TDT (hacía siglos que no lo usaba: sólo veo series), mi aire acondicionado y mi sillón orejero que no he ocupado durante dos semanas.

No distingo un penalti de un geranio. Tampoco sé qué es un córner. En el Alemania-España, aprendí por qué se produce un fuera de juego. Pero entiendo lo suficiente de buenas prácticas como para saber que darle patadas en el pecho a un contrincante no es la mejor manera de ganar. El partido de la semifinal me gustó mucho. Este, lo sufrí. Me dio mucho asco y me dio mucha pena. Hasta que marcó Iniesta y me descubrí gritando Gol y palmeando. Feliz.

Yo, hasta ayer, no sabía quién era Iniesta. Luego me he enterado de que perdió a su mejor amigo, Dani Jarque, del Espanyol. Y que llevaba mucho tiempo queriendo marcar para recordarle.



España también ha ganado el premio Fair Play. Y acaban de llegar, los chavalines, contentos, como estamos todos. Y qué quieren: hemos tenido pocos momentos para estar felices, todos juntos, últimamente.

Y qué quieren también. Yo estoy monotemática.
El Empire State, con la bandera de España.

miércoles, 23 de junio de 2010

New York, New York

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Dentro de un par de meses, me voy a Nueva York. Mi único plan (que no le pase nada) es ir a un concierto de Sonny Rollins, el 10 de septiembre: celebra su cumpleaños. Ochenta. Estará con amigos. Veré a un señor que anda despacito y que toca como anda: un amigo mío le escuchó en Sevilla hará un par de años. Ahora, me vuelvo loca planeando un viaje al que iré con la única compañía de dos cámaras de fotos, algunos cuadernos y varios bolígrafos. He visto 14 museos imprescindibles (aunque el Museum for African Art está cerrado, porque va a cambiar de edificio); dos cementerios en los que están las tumbas de gente que amo (como Ralph Waldo Emerson, Miles Davis o Duke Ellington; aunque en el Cementerio del Bronx, para hacer fotos, es necesario un permiso), alguna iglesia interesante (como la Trinity Church, a la que iba George Washington), muchas calles, alguna taberna histórica y varias rutas literarias... También he copiado las direcciones de las panaderías interesantes; de los restaurantes japoneses imprescindibles y de varios vegetarianos con comida macrobiótica, que no sé qué es, pero habrá que probarla algún día. Tengo en la cabeza cientos de edificios históricos, un plano de metro, otro de autobuses y la imagen de la Estatua de la Libertad. Haré un picnic en Central Park al atardecer, me estiraré en la hierba, fumaré donde me dejen y escribiré mucho.

Prometo contarlo después.

A lo mejor le tengo que cambiar el nombre al blog.

viernes, 18 de junio de 2010

José Saramago

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Saramago fue, primero, una referencia a Adrián Huici, uno de los mejores maestros que he tenido jamás, en los Cuadernos de Lanzarote. Luego fue Ensayo sobre la ceguera, y mi hermano Nacho leyéndolo hasta las cinco de la mañana. Y El Evangelio según Jesucristo y Norman Mailer. Y su voz en la radio, con su cerrado acento portugués, y Luis Pastor contándome que siempre que iba a su casa, José le regalaba un libro. Y mi hermano Antonio, con toda su obra. Y un Todos los nombres sin abrir aún, El año de la muerte de Ricardo Reis, que es de Tabucchi aunque sea de Saramago. Y una crítica velada de Javier Marías que nunca entendí. Y el análisis de un cuadro. Y el descubrimiento de que siempre lloraremos porque nos harán daño y por ninguna otra razón.

Hay escritores que no son sólo palabras.
Son recuerdos.

miércoles, 9 de junio de 2010

Cómo se gestiona el dolor

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Llevo mucho tiempo conmigo misma. El suficiente como para saber de qué manera actúo cuando algo me daña y la mejor de hacer que pare.
Contarlo.
Hay quien lo llama sacarlo a pasear.
Hay quien no lo ve bien.
Lo siento por ellos.

A mí me iba peor antes.
Mucho peor, dónde va a parar, cuando era silenciosa y nadie sabía nada.
Si lo escribo, lo expulso, porque generalmente a estos temas, con mis amigos y delante de un café, les doy quince minutos antes de sentirme completamente estúpida.
Hablar no se me da.

Imagen de Linda Cronin.

lunes, 7 de junio de 2010

You've got a friend

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Estos últimos días, he escuchado esta canción una y otra vez. En muchas versiones. He elegido esta porque el día 4 salió a la venta James Taylor y Carole King Live at the Troubadour. Ella le regaló a él su mejor canción. Y lo cuidó cuando se enganchó a la heroína y supongo, porque fabulo, que estaría también cuando el primer divorcio y el segundo y el tercero... Que estarían los dos. Y que quizá Carole King sea, para él, la mujer más importante de su vida, a pesar de los amores o a favor de ellos.

Gracias por cantármela, chicos.

When you're down and troubled
And you need some loving care
And nothing, nothing is going right
Close your eyes and think of me
And soon I will be there
To brighten up even your darkest night

You just call out my name
And you know wherever I am
I'll come running to see you again
Winter, spring, summer or fall
All you have to do is call
And I'll be there
You've got a friend

If the sky above you
Grows dark and full of clouds
And that old north wind begins to blow
Keep your head together
And call my name out loud
Soon you'll hear me knocking at your door

You just call out my name
And you know wherever I am
I'll come running to see you
Winter, spring, summer or fall
All you have to do is call
And I'll be there

Ain't it good to know that you've got a friend
When people can be so cold
They'll hurt you, and desert you
And take your soul if you let them
Oh, but don't you let them

You just call out my name
And you know wherever I am
I'll come running to see you again
Winter, spring, summer or fall
All you have to do is call
And I'll be there
You've got a friend

jueves, 3 de junio de 2010

Por la mitad

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Hace mucho que no escribo. Que no publico aquí, iba a decir, pero en realidad hace mucho que no escribo nada. Cuando no escribo, no vivo. O vivo peor, que es igual.

Dejará de doler. Sé que dejará de doler, que tardará mucho en dejar de doler, que tengo buena memoria y que no olvido. Sé que me di y que cuidé. Que quise mucho. Que quiero mucho, porque el amor no se va en dos días, aunque se vaya. También sé que esta será una historia más de las muchas que no cerré porque nadie quiso cerrarlas por mí. Que regresarán el sueño y el apetito. Que dejaré de meterme paquete y pico de tabaco entre pecho y espalda, para aventar el miedo y los nervios y la ansiedad. Que abrazaré a Pupe y que no lloraré con ella porque yo no lloro delante de nadie. Y que no le encontraré el sentido nunca, por más que sepa -gracias, Princesa- que a veces la gente no sabe cómo hacer las cosas. Que quizá el otro no es malo, sólo es débil. O cobarde.

Me han partido por la mitad y también sé que no soy buena para desprenderme de las cosas.

Imagen de Diana Bas.

miércoles, 21 de abril de 2010

Mark Twain

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Les voy a confesar algo. Creo que los que tenemos ahora poco más de treinta años, conocimos a Tom Sawyer antes por esta serie de televisión de los ochenta que por las palabras de Mark Twain. Era el tiempo en que nos acercábamos a algunos clásicos por los dibujos animados. A D'Artagnan y los otros. A Phileas Fogg. A Tom Sawyer y Huckleberry Finn. Luego ya nos enamoramos. Yo me enamoré de Huck. Y, sobre todo, de un párrafo de Huck en el que habla del lenguaje, cuando le prohíben jurar y blasfemar. Pero también de ese chico que era capaz de coserse el cuello de la camisa para que su tía no descubriera que se había ido a bañar al río.

Yo quiero a este señor al que me he ido encontrando en películas, en cuentos de superhéroes (por uno de ellos me enteré de que su nombre era Samuel Langhorme Clemens), en libros y más libros. Príncipe y Mendigo, Un yanqui en la corte del rey Arturo. Me sé algunas escenas de memoria.

Desde que leí a este hombre por primera vez, quiero surcar el Mississippi en un barco de vapor.

(Hoy se cumplen 100 años de la muerte de Mark Twain).