martes, 27 de agosto de 2013

Las Tesmoforias y Los Gemelos

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Odio las comedias. Cada vez que se programa una comedia en el teatro romano de Mérida, yo me muero de miedo, me retuerzo en mi asiento, miro al resto del público que se ríe como si fueran seres de otro planeta o como si se hubieran tomado diez copas antes (quizá debería hacer yo eso) y me sale una úlcera. Pánico, se llama, lo que yo le tengo a las comedias. También le tengo pánico a según qué tragedias sobreactuadas, pero eso se me hace más llevadero.

Este año, no. Este año me lo he pasado muy bien. Me lo he pasado muy bien en el festival, en general, eso es cierto. Ha habido, como todas las ediciones, una obra tremenda, muchas charlas con los amigos, mucha cena y desfase dietético, mucho debate (no hay nada que nos guste más que opinar de teatro) y un puñado de obras de todo tipo. Aunque alguna ha sido fallida, como Julio César (un texto estupendo, mal empastada), también nos ha regalado algún momento (Sergio Peris Mencheta y su discurso: cuánto amor a Shakespeare).

Ana Trinidad en su silla. Foto: Jero Morales.

Pero es que me lo he pasado muy bien en las comedias. Eran proyectos de varias compañías extremeñas. Triclinium Teatro y Samarkanda para Las Tesmoforias; Oscuro Total y Verbo Producciones para Los Gemelos. De Las Tesmoforias se me olvidó la parte cómica (salvo algunos momentos), porque me quedo con la interpretación de Fermín Núñez (qué guapo, este hombre, por cierto) espetándole su sentido de la tragedia a Aristófanes. Es que a mí me gustan más las partes serias...

En el teatro siempre pasan cosas. Pasan tantas cosas que, tres días antes de estrenar, Ana Trinidad se hizo un esguince de rodilla. Baja inmediata, le dijo el médico. Hasta el lunes no puedo, respondió. Salió en silla de ruedas, se creció como si estuviera de pie y ella, Fermín y los demás me regalaron la primera comedia de la que no salgo horrorizada, por cierto. Y eso, tratándose de mí, es un gran cumplido.

Las Tesmoforias. Personaje delirante. Jesús Martín Rafael. Foto: Jero Morales.

La escribió Juan Copete. Este año le he abrazado mucho. A él y a Esteban García Ballesteros, dos flanes, rediós, con la de veces que ha escrito para el teatro romano el uno y con la de veces que se ha subido al escenario el otro. Qué nervios, qué trasiego. Qué divertido, al fin.

Los Gemelos. Aquí Erotia, aquí un amigo.
La semana siguiente llegaron Los Gemelos. Y me reí. Me reí mucho con Esteban y me reí mucho, mucho, hasta dolerme la tripa, con Pepa Gracia (esa Erotia) y Ana García (una Andrea que no sabe ni enfadarse), de las que no conocía esa vis cómica. Los periodistas culturales, con Paco Vadillo a la cabeza, estamos pidiendo porfavorporfavorporfavor un mano a mano Ana Trinidad-Esteban García Sánchez en otra comedia en el teatro para el año que viene.  Porque hemos visto mucha comedia horrible en ese teatro, no se pueden ni imaginar las cosas que me he tragado yo en ese teatro (alguna de tres horas, y ese fin de fiesta (una comedia sin más pretensión que la de hacer reír, sin ínfulas de intelectualidad alguna, chorrada tras chorrada comenzando por la escenografía y terminando por el vestuario) ha sido el mejor que podría haber deseado para el Festival.

Es la única obra que he visto este año dos veces. El último día de representación, apareció por allí Pau Gasol (que por lo visto está yendo a un fisio buenísimo que hay en Montijo y está haciendo mucho turismo por Extremadura). El teatro rugió y le aplaudió. Debe de ser tremendo eso de que te aplaudan 3.000 personas así, nada más llegar a un sitio. Se rió con la obra. Nos reímos todos, de nuevo, mucho. Por favor, que alguien grabe el monólogo de Ana García.

Ana García, Andrea, en el centro. Genial.

Si el año pasado o hace dos alguien me hubiera dicho que yo iba a ver una comedia dos veces en el teatro, no lo hubiera creído. 

Pero en el teatro siempre pasan cosas.

viernes, 23 de agosto de 2013

Strozzi y Botticelli

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Resurrección de Drusiana.

En la capilla de Filippo Strozzi encontramos a San Felipe domando al dragón y la crucifixión de San Felipe, todo de Filippino Lippi y del siglo XV. También hay un milagro de San Juan Bautista que desconozco -tengo que volver, sí, a leer la Biblia-: la resurrección de Drusiana.

Pesebre de Botticelli
Coronación de la Virgen, de Andrea di Bonaiuto
Púlpito de Brunelleschi, ejecutado por Pietro del Ticia

Debajo del rosetón hay un fresco de Sandro Botticelli y hay que prestar también atención a las vidrieras hermosísimas y al púlpito, que es una maravilla, como lo son también el resto de las capillas y el claustro verde (hay una parte de Santa Maria Novella cerrada por trabajos de restauración). En el claustro también hay frescos, de Paolo Ucello, que representan el diluvio universal. Y un diluvio anegó Florencia y Santa Maria Novella en al menos dos ocasiones: hay placas que recuerdan el punto exacto al que llegó el agua.

Esta inundación se cargó muchas obras. Entre ellas, el Cristo de Cimabue.
Claustro Verde

domingo, 18 de agosto de 2013

La capilla mayor de Santa Maria Novella

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La capilla Mayor, que es una bestialidad ante la que podrías morir, se le encargó a Domenico Ghirlandaio en septiembre de 1485. Con contrato y todo: el contrato se conserva. Lo firmó con el banquero Giovanni Tornabuoni. Ghirlandaio contó con la colaboración de su hermano David, de su cuñado (que no era sino el mismísimo Sebastiano Mainardi) y dicen que, probablemente, de Miguel Ángel, que tenía 13 años recién cumplidos. Tardaron cuatro años y Ghirlandaio fue quien menos pintó. Están la muerte y la asunción de la Virgen, la Adoración de los Magos, la Matanza de los Inocentes, la quema de libros, el casamiento de María, la expulsión de San Joaquín del templo (que es un episodio de la Biblia que, curiosamente, desconozco -tengo que volver a leer la Biblia- y hasta el banquete de Herodes, amén de retratos de Tornabuoni y de Francesca Pitti-Tornabuoni. No se puede fotografiar muy bien porque no se puede pasar.





martes, 13 de agosto de 2013

Nardo y Andrea

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Santa Maria Novella tiene un sinfín de capillas. La Capilla Strozzi de Mantua se le encargó a Andrea di Cione, llamado Orcagna, y a su hermano Nardo. El retablo es de Andrea; los frescos son de su hermano pequeño. En la pared principal está el Juicio Final y, en las laterales, hay motivos inspirados en La Divina Comedia.




Nardo era muy imaginativo y pinta los rostros compungidos o alegres según haya sido su suerte en el Juicio. Eso sí: hay que tener en cuenta que hacer fotos sin trípode (y, obviamente, sin flash) supone usar un ISO altísimo y que, además, en Santa Maria Novella no les han enseñado a iluminar correctamente los cuadros, así que te tienes que mover y mover hasta encontrar una perspectiva (que no suele ser la frontal) en la que la luz no te moleste y puedas apreciar la pintura. A trozos. Luego sabré que eso sucede en toda Florencia.

Políptico de Andrea Orcagna

viernes, 9 de agosto de 2013

Santa Maria Novella

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4 de marzo de 2013.



Me voy a tomar una Coca-Cola Light a 5 euros el vaso, lo mismo que he pagado por entrar en Santa Maria Novella. Estoy en la plaza. Precio turístico, que no me importa. Necesito un descanso después de tres horas caminando por esa iglesia. El Gorilla Pod vuelve a ser de gran ayuda... hasta que se me ocurre sentarme en un escaloncito y una de las vigilantes me pide que no lo use. Yo soy muy obediente y le hago caso -me encantaría que ocurriera lo mismo con todos los que tiran flashazos a las obras de arte-. Me han servido unos biscotti. Crujientes. Riquísimos. De chocolate.



Hacia el año 1456, Giovanni Rucellai, que era comerciante, le encargó a Leon Battista Alberti que remodelara la fachada de Santa Maria Novella. La iglesia es una maravilla, pero yo no dejo de echar de menos San Miniato. En la cornisa de Santa Maria Novella aparecen unas velas: la misma vela del escudo de la familia Rucellai.


La fachada original era del siglo XIII. A lo largo de los siglos, con este lugar se han hecho las más diversas barrabasadas: por nombrar solo una, Giorgio Vasari, en el siglo XVI, ordenó la demolición del coro y mandó cubrir algunos de los frescos que se habían pintado 200 años antes porque el gótico le parecía un estilo de bárbaros. Santa Maria merece al menos tres horas o tres horas y pico (sigo sin entender cómo hay gente que ve Florencia en tres días: después del tiempo que llevo aquí, pateando esta iglesia, tengo la sensación de que puede que me haya perdido diez o doce obras maestras).

Trinidad de Masaccio


En Occidente no inventamos la perspectiva: ya la usaban los chinos en el siglo XI, pero la Trinidad de Masaccio fue la primera obra, hacia 1427, en la que se utilizaron los principios de la perspectiva lineal que enunció Brunelleschi poco antes. El lenguaje formal de la arquitectura que él pinta recuerda a los edificios del maestro y por eso se cree que el arquitecto podría haber asesorado a Masaccio. Están Dios padre y Dios hijo en la cruz (todo muy rosa, por cierto) y la Virgen María y san Juan, el discípulo amado. Debajo de ellos están las figuras de los donantes (es decir, los que pusieron el dinero para la obra de arte) que pertenecen a la familia Lenzi. Hay además un sarcófago con un esqueleto en el que se puede leer: "Yo era lo que sois vosotros y vosotros seréis lo que soy yo". Los huesos que aquí estamos, por los vuestros esperamos, como se lee en el osario de Évora, en Portugal: la muerte, en fin, la futilidad de la vida y, también y sobre todo, lo tétrica que es esta religión que hemos heredado sin pedirla.

lunes, 5 de agosto de 2013

Jamie Cullum

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Siempre he querido ver a este señor. Siempre he querido ver a este señor y a Tom Waits. Y a nadie más. Bueno, sí. Una reunión del rat pack en sus mejores tiempos o a Billie Holiday envuelta en una boa de marabú con la voz llorando mientras me tomo una copa de bourbon (no sé por qué me lo imagino así: yo nunca he bebido bourbon).

Siempre he querido ver a este señor y Málaga es el hogar de dos amigos. Ese fin de semana -Jamie Cullum tocaba en Marbella el 27 de julio- me di cuenta de que todos, absolutamente todos mis amigos varones viven en otra ciudad. En Málaga, en Granada, en Sevilla, en Barcelona. Alguno a caballo entre dos sitios. Yo había planeado ir al concierto con uno de ellos, cuyo nombre es Raúl, un tipo al que da igual que no vea en dos años, que arregla una habitación de su casa para mí ("ya he pintado tu cuarto") y al que le acabo vomitando todas las mierdas del último bienio delante de una copa y de una manera muy calmada, porque es él.

Su jefe lo envió a Sri Lanka esa misma semana. Creo que voy a odiarle siempre por eso. Al menos, le envió con tiempo suficiente como para que nos viéramos el viernes. También conocí a Claudia (que, por cierto, tiene un blog de cocina vegana muy apañao. Ah. Yo también tengo uno) y estuve con Luis, para ver a Cloe, por fin, y para hablar de feminismo y literatura.

Yo solo hablo de libros con dos o tres personas, cuando se tercia. Ese tema es personal.

Málaga fue todo eso y también fue un concierto. En esta foto, se me puede ver.


Estuvo encima del escenario un par de horas y, cuando acabó, yo pensé: ¿Ya? No cantó But for now, porque tengo la manía de adoptar como canciones favoritas todos esos temas que no caben en un repertorio, pero sí High and dry, con If I ruled the world. Saltó, brincó, cantó, usó el piano como instrumento de cuerda real (es decir, tocando las cuerdas) y como elemento percusivo y sus músicos demostraron ser hombres orquesta. Y creo, que, en la tercera canción, me señaló y me sonrió. A mí nada más (y, si no fue a mí, amo los efectos ópticos que crea la distancia).

Pero hubiera disfrutado más si la gente no hubiera sacado ni sus cámaras ni sus móviles.

Debo de tener problemas de concentración, debo de estar transformándome en una asocial o no entiendo bien los modos de mirar de los jóvenes de ahora (tengo 37 años: hace mucho tiempo que dejé de ser joven). Ni de los viejos.

Vale. Sí. Yo lo hice una vez. Pero era Sonny Rollins, tenía mi equipo fotográfico encima, estaba en el Beacon Theatre y aquello no era un concierto normal. Aquello era un evento histórico. No es, yo qué sé, como cuando vas a un concierto de Iván Ferreiro, o de Coque Malla, y de pronto ves allí, en primera fila, a todo el mundo grabando (con calidad de imagen y de sonido penosas, por cierto) toda la actuación de cabo a rabo, a todo el mundo intentando que un móvil sin estabilizador, sin objetivo, sin nada, haga una imagen nítida y decente. Y todas esas lucecitas brillando a mi lado. Y los flashes desde lejos, comiéndose la luz cuidada que intenta crear una atmósfera determinada en una determinada canción. Gente que se acercaba a hacerse fotos con Cullum, gente que posaba debajo del escenario para inmortalizar el momento y vigilantes de seguridad que no decían nada ni de los móviles, ni de los flashes, ni de ese vaivén de fotógrafos aficionados debajo del escenario. Llamadas de teléfono incluidas, claro: "¡Estoy en un concierto de Jamie Cullum!". Y Twitter. Y el Facebook.

No entiendo qué lleva a gente que ha cumplido los 30 a comportarse de una manera tan absolutamente irrespetuosa y gilipollas.

viernes, 26 de julio de 2013

Javier Leoni

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Javier Leoni. La imagen la colgó La Nave del Duende en su Facebook.

Este señor de ahí arriba me daba, cuando me veía, un beso en los morros y luego me acariciaba la barbilla, como solo sabe hacerlo un padre. Le conocí cuando comencé a ocuparme de cultura: hace siete años de eso y en la agenda aún me faltan cientos y cientos de teléfonos, pero Javier Leoni era... Si hablabas del Festival Medieval de Alburquerque, allí estaba él. Si hablabas de programación, también. Si hablabas de producción teatral. Si hablabas del trabajo de actores. Si hablabas de.

Si hablabas de la periferia y de cómo se hace teatro en la periferia.

Porque yo vivo en la periferia. Ese espacio que nunca sale en los medios de comunicación (que circunscriben, todos, la información nacional a Madrid, Cataluña y el País Vasco, con algún guiño a Andalucía, porque aquí no hay más comunidades y los centros de poder son los únicos de los que se habla, en los medios de izquierdas y en los de derechas). Y, en este trozo del oeste, Javier Leoni se empeñó en que se podía hacer teatro y en que se podía vivir profesionalmente del teatro. Creyó en el asociacionismo también. Defendió todo esto.

Me enseñó muchas cosas y debatimos de muchas más, verborreicos los dos, e implacables.

Esperanza Rayo me recordó lo que decía cuando nos lo encontrábamos en una obra de teatro: Vengo a aprender.

Mi concepto de los entresijos del teatro, de cómo se trabaja y por qué, le debe mucho a este hombre.

Y le voy a echar de menos.

domingo, 14 de julio de 2013

Tolkien

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Hace mucho tiempo, en un Festival de Mérida en el que había un profesor de Clásicas al que yo tenía que atender porque iba a hacer unas críticas, mientras hablábamos de literatura, me dijo que los jóvenes no leían, en general -este tipo de charlas se tienen con generalizaciones- y que, claro, cuando leían, solo leían cosas como El Señor de los Anillos.

-No tienes ni puta idea de literatura.



Eduardo Segura ha traducido a Tolkien. Yo he hablado con él por La caída de Arturo, un poema inconcluso que acaba de editarse en español. Y, cuando estábamos hablando, se ha detenido y, con cierto asombro -me ocurre muchas veces- me ha dicho: "Me gusta mucho el enfoque que le estás dando a la entrevista, porque a Tolkien se le suele banalizar mucho".

Yo le debo a ese hombre uno de mis personajes favoritos, que no es Aragorn y no es Gandalf. Me enamoré de él por un párrafo, al inicio, unas pocas palabras que me han acompañado desde entonces, porque en ellas hay mezcla de orgullo y mezcla de dignidad.

-Tú no eres de aquí, no eres un Bolsón, tú... ¡tú eres un Brandigamo!
-¿Has oído eso, Merry? Fue un insulto, ¿no?- dijo Frodo, cerrando la puerta en las narices de Lobelia.
-Fue un cumplido -respondió Merry Brandigamo-, y por eso mismo falso.

Hemos hablado de la importancia de los medios de comunicación a la hora de transmitir la obra de un autor. De cómo la idea de Tolkien está, sí, profundamente mediatizada (la lucha entre el bien y el mal y ya está, las películas de Peter Jackson -Segura dice que, salvo genios como Malick y otros, se está olvidando la importancia de narrar en el cine norteamericano-) y de que ya hay opiniones que no cabrean.

Yo le debo haber creado Lothlorien, me ha dicho Jordi: Y también haber creado a Lúthien y a Beren. Y Antonio, al que no conozco aún, pero conoceré, me ha recordado el momento en que Frodo le perdona la vida a Zarquino y él le dice: Has crecido, mediano. Él le dio el libro a su hermana, que comenzó a llorar a moco tendido, a los catorce, con la balada de Frodo Nuevededos y el Anillo del Destino y él, que tenía cinco años más, quiso retroceder para volver a leerlo por vez primera y emocionarse tanto como ella.

Casi nunca hablo de libros así.

Al final, los mitos son una llave. Y esa llave implica que tú creces con ellos. Que, a los 13, no soportas a Boromir y luego, a los 30, descubres que tú también necesitas perdón y le entiendes. Y quieres ser Gandalf, y tener las riendas, o conocer a algún Gandalf, y conseguir un maestro y una guía y asumes la oscuridad de Aragorn, su camino de retorno, el peso que supone ser la única esperanza. Y también sabes que eres Sauron.

Sabes que eres Sauron, aunque quisieras ser Sam.

jueves, 11 de julio de 2013

Fuegos

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Jero Morales

Qué aburrido hubiera sido ser feliz.

Qué aburrido hubiera sido ser feliz y que el dolor no hubiera creado nada.

No resulta fácil transformar un espacio de tres mil butacas en un lugar íntimo y pequeñito. Ni que se te olvide que ahí, sobre el escenario, están Ana Torrent -soy Ana, soy Ana-, Cayetana Guillén Cuervo, Carmen Machi, Nathalie Poza y veas, realmente, a María Magdalena, a Marguerite Yourcenar, a Clitemnestra, a Safo de Lesbos. Ni que, de nuevo, como en tres o cuatro obras solamente antes de esta, hayas tenido la necesidad, la necesidad real, de dar las gracias a todos y cada uno de los miembros del equipo: desde el iluminador hasta los técnicos, desde el director -José María Pou-, hasta la productora.

Nosotros podemos hacer esas cosas, después.

A mí se me olvidó respirar.

Jero Morales

Me daba cuenta luego, cuando era consciente de que me estaba quedando sin aire. Vi a María, la de Magdala, contenta y virgen como una niña chica, esperando su noche de bodas con Juan, el discípulo amado al que le repugnaban las mujeres y que la abandona para que ella caiga en brazos de otros hombres porque a veces el adulterio es otra forma de amor y porque, a veces también, pasas el tiempo acostándote siempre con la misma persona, aunque nunca estés con ella en una cama.

Yo no sabía que otro había amado a Juan antes de que yo lo amara, antes de que él me amara a mí. Yo no sabía que Dios era el remedio que buscan los solitarios.

Jero Morales

Hemos escuchado muchas veces a Clitemnestra, allí. No: no la hemos escuchado a ella. Hemos visto lo que hacía, solamente. La mujer vengativa que mata a su marido porque él llega con otra, casi una niña, y porque él ha matado a su hija, a la hija de ambos, para ganar un botín de guerra.

Nunca se había puesto delante de mí para contarme su historia.

Las mujeres siempre somos malas.

Dejar de ser amada es convertirse en invisible.

Pero yo quería obligarlo a mirarme de frente por lo menos al morir: por eso lo iba a matar, para que se diera cuenta de que yo no era una cosa sin importancia que se puede dejar o ceder al primero que llega.

Jero Morales
Safo quiere volar para morir. Es acróbata, como en otros tiempos fue poetisa, pues la índole especial de sus pulmones le obliga a escoger un oficio que pueda ejercerse entre la tierra y el cielo. Recorre los puertos para buscar a Attys. Pero encuentra a un hombre: qué error tan grande creer que había un hombre joven.

El desamor.

La creación. El trabajo de construir a un personaje que no sea, nunca, tan limitado como tú eres. Hacerlo caminar y controlarlo, para que te enseñe las cosas de las que eres capaz. Para que, escuchando, yo me acuerde de las noches de frío. De las veces que abandoné o me abandonaron. De la forma de reaccionar. De si el dolor te hace crecer o es únicamente dolor.

De por qué solo escribo cuando tengo que explicarme.

lunes, 8 de julio de 2013

El Héroe

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Es el hijo de Zeus y de Alcmena y yo he crecido con él. Con el Anfitrión (Hércules, su hermano Ificles, Júpiter engañando a esa esposa abnegada). Euristeo, el primo cobarde al que hacen nacer antes para que reine en Micenas. Yolao. Hera, que amaba a Zeus y a la que él engaña para que amamante al que al final es hijo de otra y así nace la Vía Láctea. Ese tipo fuerte que es un semidiós pero que está roto por dentro, aunque no tenga la culpa.

La culpa.

Acabo de leerme El Héroe, de David Rubín, los dos tomos, uno detrás de otro. No suelo hablar de los libros que leo (si llamo "libro" a un cómic, ¿se ofenderá alguno?) y además, lo confieso, me acerqué a él con ciertas reticencias, porque no me suelo fiar -nada y nunca- de las críticas de cómics españoles.



Tampoco sé decir por qué me gustan las cosas que me gustan. A mí me hablan las tripas. Recordar una viñeta; quedarme sin respiración, literalmente, cuando Heracles mata a su esposa y a sus hijos; asistir al deterioro de la relación entre Deyanira y el héroe, sin Neso de por medio pero con Quirón, la absoluta fuerza de algunas escenas, el dolor frío de algunos dibujos, la manera de contar.

Y lo demás. Aquí los doce trabajos son lo de menos. Aquí se habla de miedo, de traición y de lealtad, de la infancia que se pierde, de la caricatura que los medios de comunicación pueden -podemos- hacer de hechos que merecen reconocimiento y admiración, de la pérdida del espacio público, de la inexistencia del espacio privado cuando eres una figura pública, de la caída de los dioses, del sexo como instrumento de control, de la falta de referencias, de qué se puede hacer con el libre albedrío, de cuáles son los mitos que nos acompañan, de escribir el propio discurso -ah, esa necesidad de tomar las riendas- aunque las circunstancias y la vida no acompañen y de que los monstruos somos nosotros y los monstruos también mueren.



Podría hablar del color -ese rojo y ese verde que ocupan páginas-, de la reapropiación de los personajes (con un Atlas que sujeta el mundo interior, más que el exterior y una Hera que parece una Medusa y un can Cerbero tierno que no deja de ser un cachorro) y de lo bien que dibuja este señor o del proceso creativo -y de maduración- que nos deja ver al principio y al final -sí, qué bien lo hacía Kirby y, sí, lo que cuesta parir una obra-.

Pero al final lo que yo quiero decir de esto es que hacía mucho, mucho tiempo, que no temblaba tanto al leer algo.

sábado, 6 de julio de 2013

Cuando tocan los amigos

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OEX ensayando. La hice con el móvil, sí.
Conozco ese teatro como la palma de la mano y siempre me asombra estar allí. Si la obra es una mierda, me dedico a ver las columnas. Una está mal colocada. Al final, entrar por primera vez cuando comienza el Festival de Mérida al ensayo general, al primer ensayo general, se ha transformado en un rito. Recorrer la rampa, esperar a que enciendan las luces para no matarte con las piedras, quejarse porque el aire acondicionado no funciona otro año más, saludar a los técnicos de sonido a los que ves una vez al año, enchufar los cables, hablar con los compañeros, que los compañeros te pregunten si te ha gustado y qué esperas de la obra, acabar a las dos de la mañana, dormir poco, escribir, sacar cortes.

Y el estreno.

Ver ese teatro lleno, ese teatro que son dos teatros y dos pueblos enteros, esas casi tres mil localidades una al lado de la otra, es una bestialidad. Siempre te encuentras a alguien (una pareja de un amigo, unos turistas) que lo ve por primera vez, que te cuenta la maravilla que es y que tú sabes, porque cada vez que viene alguien haces lo mismo: pagas la entrada del Consorcio, lo llevas al vomitorio central, haces que se tope con Ceres en el centro y le miras la cara. 

Maribel Gallardo. Foto de Jero Morales.
Ayer se estrenó Medea. Abrió la Orquesta de Extremadura con la Medea de Barber. La obra nos la sabemos de memoria: las distintas versiones y el encargo de Corinto y por qué mata a sus hijos y por qué mata a Creusa, o a Glauce, y lo hijo de la gran puta que es Creonte, así que no es difícil, no fue difícil, imaginar un ballet mientras tocaban. Esperanza Rayo y yo lo comentamos, las dos con la boca abierta, cómo componía este señor, de dónde el desamor, la desesperación y los celos. 

Y luego salió el Ballet Nacional y yo me acordé de Treme. De la necesidad de conservar la propia historia y la propia cultura, de la necesidad de reconocer lo que es tuyo. Lo que tienes en casa, lo que ha nacido en las exiguas fronteras de tu país, cierta tradición actualizada. Y ese animal que es Maribel Gallardo encima de un escenario.

Hacía mucho tiempo que no veía a dos mil personas puestas en pie gritando y aplaudiendo durante horas. Y cuando José Antonio Montaño hizo que la Orquesta se levantara y el público de Mérida, que no era de Mérida solamente, se vino arriba y actuó como actúan los hinchas en un campo de fútbol, como yo no recordaba que hubiera pasado nunca -solo en Nueva York, en el concierto de Sonny Rollins, he visto un comportamiento así de enfervorecido-, para que se percatara quien se tiene que percatar del orgullo de tener esto aquí, fue como un cumplimiento.

Luego, lo de siempre: el peristilo, las declaraciones, los abrazos, la euforia. Y una charla con copa hasta las cuatro y media de la mañana que se queda dentro de esas cosas que los periodistas conocemos del Festival y que no vamos a contar nunca en público.

No pudo haber mejor comienzo.

miércoles, 3 de julio de 2013

'El club de La Lonja', la crítica del Festival

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Este texto NO es mío. Es de mi amigo Paco Vadillo y se publicó en El Peristilo del Teatro Romano.


Cuando cae la noche de los veranos emeritenses, un grupo de periodistas que trabajan en Mérida se citan, desde hace más de un lustro, en la cafetería de la Lonja Agropecuaria de Extremadura. Realmente no se conoce bien si este dicharachero grupo escogió el bar, o el bar les escogió a ellos. Lo cierto es que la ubicación del establecimiento, justo frente a la puerta lateral del Teatro Romano, lo convierte en el punto de encuentro perfecto para las charlas más secretas, divertidas y estrambóticas de los periodistas que cubren la información ‘festivalera’. Porque cuando finaliza junio, ‘El club de la Lonja’ vuelve a su actividad.
Es una ‘club’ sin estatutos, ni junta directiva. Sin fin social ni subvención. Es un ‘club’ ficticio que se ha convertido en una tradición, y que se convierte cada verano extremeño, en una mesa de análisis, crítica y tertulia sobre el contenido del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. Y es cierto que allí, en La Lonja, se reúnen casi todos los profesionales que cubren para sus respectivos medios la información del certamen, pero el club sólo lo conforman un pequeño y heterogéneo colectivo de periodistas. Quedan incluso dos horas antes de los estrenos, de los ensayos y en días sueltos durante el Festival. Y con los años, ser, pertenecer y vivir ‘El club de la Lonja’ se ha convertido más en una necesidad que en un placer…Y cuando los quehaceres se convierten en ‘necesidad’ se conforma algo sólido. Los años han solidificado este grupo de amigos/periodistas que sobre todo, y por encima de todo, aman el Festival de Mérida.
En esas tertulias, acompañadas siempre de una tapa o ración, y su respectivo refrigerio, no sólo se analiza el montaje de turno, sino que se comenta cada detalle organizativo y folclórico del evento cultural. No son expertos, al menos no lo son todos, en periodismo cultural, pero su amor por el Festival les convierte en un sanedrín peculiar, diferente, que cada año gana adeptos. Es más, han sido muchos los directores, jefes de prensa y productores del festival que se acercan a estas reuniones, no sólo para saludar, sino para conocer la opinión sobre cada uno de los montajes que estos profesionales ofrecen. No son opiniones más, son opiniones de quien siente el Festival como algo suyo. Y esto, que puede parecer bohemio, es hasta peligroso, puesto que el nivel de exigencia tan alto muchas veces no permite al ‘Club de la Lonja’ dirimir sobre la calidad de un montaje…Pero cada maestrillo tiene su librillo, y sentirse en propiedad de algo, en ocasiones, no te deja ser objetivo. Pero hasta con sus lastres, este improvisado club, es una delicia de la que me siento parte.
Y para que conste, y con el máximo respeto a los compañeros que lo conforman, no podría acabar esta entrada en el blog sin contaros quién forma parte de un ‘club’, que por supuesto está abierto a los profesionales del periodismo amantes del certamen.
A día de hoy, este grupo lo conforman Esperanza Rayo, periodista del gabinete de presa de la Consejería de Cultura. Es, sin duda, la profesional que más sabe, conoce, ama, disfruta, de la cultura extremeña. Ha trabajado siempre como una ‘jabata’ y el Festival forma parte de su DNI. Inma Salguero, “la voz” de la Cadena SERen Extremadura, y este apelativo, sin intención de menospreciar a ninguno de sus compañeros de la emisora de Prisa, se lo pongo yo, porque la conozco a nivel personal y la veo luchar por su empresa y transmitir la cultura desde las ondas como nadie. Es además de una gran amiga, una excelente profesional. Fue la “voz en off” del Festival. Y conoce los entresijos del certamen a fondo. Enrique Treviño, nuestro ‘Quique’. Amor gaditano por los cuatro costados. Quique es de los profesionales que más años lleva cubriendo el Festival de Mérida. Es el responsable que el evento emeritense haya guardado sonidos históricos durante años. Además, entre sus múltiples premios consiguió el ‘Premio de Periodismo Radiofónico Pepe Andreu’ de la Universidad Miguel Hernández (UMH) de Elche por el programa ‘Margarita Xirgu, la primera actriz’, presentado por Radio Nacional de EspañaOlga Ayuso, la voz, las manos y la cara de la Cultura en Canal Extremadura Radio. Su programa es el faro cultural en los medios de comunicación de Extremadura. Su ácidez, pone la nota de color siempre, a cada análisis que el ‘club’ realiza, es imprescindible. Sandra Hernández, quien nos lleva en imágenes, gracias a Canal Extremadura TV, los estrenos teatrales de la región. Cubre la información para la tele autonómica dándole un toque de calidad en cada una de sus piezas, porque conoce, desde hace muchos años, el universo cultural de la región. Además, es una de las compañeras más amables y cariñosas de la profesión.
Completa el grupo un servidor, que lleva desde pequeño viviendo el festival, gracias a mi madre, que desde que tenía 8 años compraba los abonos para no perdernos una sola obra. Y gracias a mi profesión puedo hablar del festival en la Cadena COPE, pero también lo he hecho para el diario HOYABC y la emisora municipal de Mérida.
‘El club de la Lonja’ no es un grupo cerrado, siempre se nutre de nuevos compañeros, o viejos que quieren charlar y divertirse. Vivir el Festival de forma más intensa. Una excusa para hablar de teatro, de Festival y reunirnos. Queda un mes para la primera reunión…se apuntan?

El festival, para nosotros, comienza oficialmente mañana a las once y media de la mañana.

Y sí: es nuestro.

viernes, 28 de junio de 2013

Orgullo

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"El lenguaje es violencia". 
Toni Morrison.

Yo era muy pequeña para acordarme de las manifestaciones de los 80, cuando la policía corría a gorrazos a todo el que se atrevía a salir a la calle. Lo ha contado Jordi Petit muchas veces. Ha contado el proceso por el que, del miedo, se pasó a las carrozas coloridas. A los que otros llaman circo pero que a mí me encanta porque aprendí lo que ocurrió durante los años del medio. No solo porque lo leí. Lo aprendí porque mi amigo más viejo (me lleva 38 años) me lo contó, muchas veces: cómo se exilió y cómo lo juzgaron y bajo qué bandera.

Han cambiado las cosas, pero no han cambiado tanto. Lo sé porque he dado clases y porque dediqué una a responder a dos adolescentes que dijeron -el lenguaje es violencia- que los homosexuales "son unos enfermos". Y me encontré hablando de LeVay y de Monique Wittig y de Judith Butler y de la construcción de la sexualidad y del heterocentrismo y me acordé de un amigo que un día, entre risas, me dijo: "Esto es como ser judío en la Alemania nazi".

Wikipedia.

Eso fue antes de pasarme 29 horas seguidas (mi café más largo, hasta la fecha) hablando con otro sobre cómo decirlo y cómo asumirse. Hablando sobre lo de siempre: el yo sexual, el porno como terapia identificatoria, el heterocentrismo, el discurso que te dice (porque te lo dicen otros) cómo tienes que ser, si tienes que tener pluma, ni no tienes que tener pluma, las butch, las femme, la construcción del género, las dinámicas que crea el colectivo -porque las crea- y todo lo demás.

"Nunca hubiera imaginado que tú fueras tan queer". Eso lo tengo escrito en un ejemplar que me regalaron de Teoría Torcida. Ha sido uno de los mejores piropos que me han dicho nunca. A mí, que llevo tres décadas luchando con(tra) el concepto de femineidad.


Tengo un radar para el machismo y la homofobia. Al fin y al cabo, son lo mismo.

No está todo hecho. Ni yo lo veré. Pero hoy pienso en unos cuantos de mis amigos y me alegro, me alegro mucho, porque hace diez años era todo mucho peor.

jueves, 27 de junio de 2013

La utopía

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Tarde o temprano, me recordó Ignacio Ramonet un día, todo imperio perece. Yo estuve allí. Fui allí sin tener mitificada la ciudad, porque yo mitifico muy pocas cosas (amo muchas, ciertamente) y porque, además, mi memoria visual está ligada a mi memoria orgánica. Ahora, veo una película y reconozco un edificio de la calle 37 y me reconozco también y reconozco a la yo que fui allí.

Hoy he leído un texto. Se llama Cuando el destino nos alcance, se escribió en la New York Public Library (donde yo compré un libro de poemas) y me he encontrado recordando a las víctimas del sacrificio (las mías tienen nombre y apellidos) y esa capacidad de cohabitar sin convivir que tenemos todos.



Yo hice tamales en Nueva Jersey.

Yo hice tamales en Nueva Jersey, aprendí el sobrenombre de un par de coyotes y me pasé 20 días diciéndole a una persona a la que quiero que se largara de allí. Asistí a la preparación de un reportaje sobre la privatización encubierta (y no tan encubierta) del sistema educativo. Vi a todos los operarios cargando cajas: no había ningún blanco. En el Dakota sí. El portero era blanco y viejito. Supe que muchos de los problemas no vienen de la droga, sino de las seis cajas de pizza diarias y las telenovelas: para eso, no hace falta más que montarse en un autobús de Staten Island y ver a crías de 13 años embarazadas, carteles informando de los seguros de beneficencia y escuchar algunas charlas en las tiendas y en las estaciones de bomberos. 

Amo esa ciudad como amo la Sevilla de la que me sabía todos los puntos de venta de heroína y con qué la cortaban y los nombres de quien dormía en cada esquina. Porque también me aprendí alguna historia y porque vi una exposición sobre los derechos civiles en el International Center of Photography que me hizo sentarme en un banco y echarme a llorar de la vergüenza. Es la misma clase de vergüenza que sentí cuando leí, a los 8 o 9 años, Por qué no podemos esperar, de Martin Luther King. La misma que tuve en el Altiplano argentino. El mismo asco.


They asked us questions. How much is two and one? How much is two and two? But the next young girl also from our city, went and they asked her How do you wash stairs, from the top or from the bottom? She says, I don't go to America to wash stairs.

Pauline Notkoff, judía y polaca, 1917.

Eso lo apunté en Ellis Island. Creo que es uno de los mejores textos sobre la dignidad que me he encontrado jamás en una pared.



Pero, al mismo tiempo, lo dije cuando fui a ver la exposición de Hopper, en mis dos viajes a América del Norte (Canadá, Nueva York) he tenido la impresión de que estaba a medio hacer. De que esa construcción de América que han reflejado tantos -Hart Benton, por ejemplo, o el mismo Hopper, con sus escenas portuarias, o Charles C. Ebbets o Margaret Bourke-White-, no ha acabado todavía, porque su historia es cambiante y solo bien entradas varias décadas del siglo XX surgió el movimiento conservacionista. La América donde todo es grandioso: las casas, los parques, las montañas, las hamburguesas, los cafés y las avenidas, los diners y los moteles de carretera.

La utopía, sí. La utopía que no abarca a todos, pero que todos van buscando. Y esa sensación personal, mientras ves el Canal Morris, cuando estás en un teatro escuchando a Frank Sinatra, cuando buscas la casa de Willa Cather y la de Mark Twain en Greenwich Village y te tomas un vino blanco en un japonés, o hablas con el camarero de la Pete's Tavern o escuchas hablar de política en el Tompkins; esa sensación personal de que perteneces a un sitio en el que no has vivido nunca y del que vislumbras su potencia, la violencia de los cimientos y los porqués... esa sensación no desaparece. La conciencia de que todo es grande pero allí tienes el mundo conocido en la palma de la mano. Esa conciencia que se tiene a los veinte y que te hace recordarte a ti, como eras allí, cuando alguien escribe lo que está viviendo en Nueva York ahora mismo. Tres años después.

Echo de menos caminar hacia el agua. 

viernes, 21 de junio de 2013

Kim Thompson

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My heart just can't take this. Sorry to be emo, but fuck you cancer, fuck you fuck you fuck you
Janice Headley.
Kim Thompson por Michael Netzer.

Se murió Kim Thompson. El mecánico, decían. Me lo ha recordado hoy El Tío Berni, Alberto, que es del grupo de personas que conocí en Twitter hace ya ni sé. Este señor fue una de las personas sin las que el cómic ahora (industria, editoriales, autores, lectores) no sería lo que es. Yo me enteré el miércoles, el 19 de junio, justo después de hablar durante una hora con Jordi, cuando estaba a mitad de lectura de Esquirlas: enfrascada en la guerra de Bosnia, en el entrenamiento militar, intentando comprender a una madre fumadora y medio loca, abrí el Twitter en un descanso y ya no pude leer más.

Qué pena, coño.

Eso escribí.

Nadie ha dicho nada. En ningún medio generalista ha aparecido nada. No lo entiendo. No lo entiendo en absoluto y estoy hablando como periodista. El día que se muera Louise Cooper* y yo me entere diez siglos después, porque nadie diga nada tampoco por mucho que me guste a mí esa señora, lo entenderé. De verdad. Es una escritora de literatura fantástica, un tanto hippie, traducida pero sin ventas millonarias. Vale. Lo asumo. Quizá yo la nombre (informar, formar, entretener) por aquello de que a lo mejor alguien se enamora de Tarod como yo. Pero ¿que nadie, absolutamente nadie, en esos medios con sus secciones de cómics, le dedique una sola línea a Kim Thompson?

Kim Thompson por Chris Ware.
Yo le quise hacer un reportaje. Y llamé a los cercanos. A Alberto, a Montserrat Terrones, que hablaba con él día sí y día también cuando trabajaba en La Cúpula y me escribía -esta mujer tiene tiempo para todo- no solo para enviarme las novedades, sino para decirme: Te voy a mandar esto, que te va a gustar (nunca le agradeceré lo suficiente el Intimidades, de Leela Corman). A Gerardo Vilches, que es mi amigo. Y a Álvaro Pons.

A Álvaro lo entrevistó un compañero mío antes de que yo me hubiera atrevido siquiera y eso que consiguió el teléfono porque yo, con Álvaro, intercambio correos y mensajes asiduamente desde hace más de un año. Pero, ¿llamar? llamar da vergüenza.

Hay partes importantes en la trayectoria de un autor de las que nunca se habla. De los traductores, por ejemplo. De los editores. Un editor, si es buen editor, construye una carrera, guía, apoya, marca el camino, acota la creatividad si se te va de las manos, critica y orienta. Y así, con eso, se hace uno de un catálogo en el que están Charles Burns, Chris Ware, Art Spiegelman, Alison Bechdel, Peter Bagge, Robert Crumb, los hermanos Hernandez y Peter Kuper. Por ejemplo.

Y eso es lo que no entiendo que no aborde como se merece ningún medio de comunicación con más medios y más fuentes.

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Sí, vale, quejica, pero ¿quién era este tío?

Y en inglés, en The Comic Reporter, un recopilatorio. Y los autores.

*Louise Cooper, si es que ya lo sabía yo, murió en 2009. La actualidad y yo, esas grandes desconocidas.

miércoles, 19 de junio de 2013

40

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Jordi en acción, hace un par de años.

Ese tipo de ahí arriba es, posiblemente, la persona a la que más admiro. La primera vez que le dije te quiero fue durante una bronca. La primera vez que me lo dijo él a mí ocurría algo parecido. Hace unos meses, en septiembre de 2012, yo, que conozco el miedo mejor de lo que conozco cualquier otra cosa, andaba envuelta en pánico, el pánico más atávico, más real y más terrible que he sufrido jamás, volviéndome experta en síndromes extraños, en estudios genéticos en inglés, francés y español; en conexiones neuronales, en palabras técnicas y en enciclopedias de medicina. Me cogió de la mano y me arrastró a la cordura. Mi salud mental, los meses que siguieron, se la debo a él.

También le debo otras cosas. Que me hiciera investigar sobre fotografía, sobre las conexiones de la fotografía con la literatura y sobre la imagen como arte, y parte de mi capacidad analítica al abrir los ojos. Me gusta su manera de mirarme a mí. De cachondearse cuando le digo que no soy capaz de hacer algo. Esa fe.

Vive a más de 700 kilómetros. Nos hemos visto dos días, hace mucho. Organizó una quedada tremenda con alguno de mis fotógrafos imprescindibles, me llevó a una librería (hay muy poca gente con la que yo entre en librerías) y me mostró una luz hermosa que salía de un callejón. Le regalé un libro. Si ocurre algo grave (y han ocurrido un par de cosas o tres en todo este tiempo), se entera y me entero y estamos, que es lo único que se puede hacer cuando hay naufragios y hay tormentas. Alzar al otro, o confortarlo. 

Pertenece a ese grupo de personas a las que conocí de la manera más azarosa posible y se quedaron durante años. Mi vida, sin él, sería mucho peor.

Hoy cumple 40.

Algún día le haré un retrato que merezca el nombre. Y algún día le haré una foto a Pau.

Felicidades, niño. Por mucho tiempo.

miércoles, 12 de junio de 2013

Poesía

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Fui a Florencia pensando en que Rilke había estado allí antes que yo, decidiendo cuál iba a ser su futuro, intentando mirar como él miró al Perseo de Cellini, teniendo miedo de mis propias respuestas después de un abandono. Esta tarde he estado hablando de poesía. He estado recordando a Ángel Campos Pámpano, con sus amigos (escribir tal vez sea comparecer ante los otros / con los ojos más limpios). Me han estado recitando versos Basilio Sánchez (no hay nada razonable que no tenga una fuga) y José Manuel Díez (nunca más hablaremos de las cosas que amamos) y Miguel Ángel Lama y he amado Cristalizaciones y Baile de Máscaras lo mismo que antes amé 42, La caja vacía, Entre una sombra y otra. La periferia que es Extremadura, cómo el lugar inscrito te compone a su modo, por qué el íntimo misterio de una búsqueda, el mejor conocimiento que uno tiene de uno cuando lee lo que ha escrito.



Hoy he hablado de cosas de las que no hablo con nadie. De que a veces me aprendo poemas enteros, de que puedo recitarlos, íntimamente, por la calle. De Verlaine y de Rimbaud y de Llueve sobre los muros de la ciudad, que yo recité, también, cuando tenía 13, una noche de lluvia (Il pleure dans mon coeur / comme il pleut sur la ville). De lo bien que escribía Pardo Bazán (hay mil corrientes en mi pensamiento que solo contigo desahogo). De los hermanos que te conducen a libros.

Pero no les he dicho que fui buscando a Rilke.

jueves, 6 de junio de 2013

El sector impenetrable

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El periodismo cultural es muy raro. Siempre habrá personas, en la misma redacción, en cualquiera de las redacciones en las que puedas trabajar, que cuestionen cuál es tu concepto de eso tan amplio que se llama "cultura": por qué no incluyes gastronomía, moda o toros. Por qué quieres una entrevista con Manolo Escobar pero no con David Bisbal. Por qué Carlos Cano sí, siempre y por qué Pío Moa no, nunca. Por qué algo merece ser incluido y con otros algo ni te lo planteas. Por qué este poeta que ha publicado tres libros sí y aquél que lleva diez nunca aparece. Si las cosas son buenas solo porque a ti te parecen buenas.

Cuando entrevistas a alguien (y yo llevo unos cuantos pesos pesados, desde Antonio Gamoneda a Federico Luppi, desde Antonio Colinas a Achille Bonito Oliva, desde Gervasio Sánchez a José María Pou, Tomás Segovia, Blanca Portillo, Clara Janés, Román Gubern, Amparo Baró, Rafael Chirbes, Enrique García Asensio), siempre sabes que esa persona es mucho más lista que tú. Es más lista, es más inteligente, está acostumbrada a que le pregunten idioteces y siempre lo mismo y se enfrenta a las entrevistas porque la promoción es necesaria.


Nunca se nota. Gamoneda me miró un día y me dijo que le había hecho una pregunta muy inteligente; Luppi suspiró y dijo que mi primera cuestión era bastante compleja de contestar; Antonio Colinas salió de la entrevista y le preguntó a Luis Sáez, asombrado, de dónde habían sacado a esa niña. Ángel Campos Pámpano se asombró de que una becaria de 22 años supiera tanto de poesía y escribiera tan bien.

Esos son mis triunfos. Mis palmadas en la espalda. Las cosas que recuerdo cuando me enfrento a un tema o cuando me entra -porque me entra, porque yo soy insegura- el pánico terrible al "buenas noches" y a tener que empezar una charla con alguien con quien no he hablado nunca.

Alguno se asombra porque debe de estar acostumbrado a hablar con periodistas que no se han leído su libro. Nadie da por hecho que yo no haya leído nada en la vida. O que no sepa el significado de la palabra "expresionismo".

Salvo en un apartado.

El cómic.

El primer libro del que tengo conciencia es un volumen de El Hombre Enmascarado por el que supe qué era el ámbar gris. Me lo puso en las manos un señor de cincuenta y largos, supongo, que hizo las veces de abuelo y que murió. También me regaló a Flash. Luego, cada vez que nos poníamos enfermos, mi madre traía a casa a Spiderman, El Caballero Luna, Capa y Puñal, El Castigador, Batman, La Patrulla X, Los Vengadores, Ojo de Halcón, El Motorista Fantasma, El Capitán América, Spirou o Corto Maltés.

Esa gente es mi familia. Crecí amando a Wanda Maximoff y odiando a Cíclope. La primera vez que me di cuenta de que un tío era guapo fue viendo una viñeta de Spiderman, con un Peter Parker ya crecidito, vestido con un jersey azul de cuello vuelto, cuando Veneno no era Veneno siquiera. Recuerdo, como si fuera ayer, la primera vez que vi la cara del Doctor Muerte, de qué manera exacta se da cuenta Bernie Rosenthal de que Steve Rogers era el Capitán América y asistí con pavor infantil a la primera pelea de Ororo y Kitty Pride. Quise ir a Nueva Orleans y supe qué era un cajún gracias a Gambito, mucho antes de haber escuchado nada de jazz y, por supuesto, mucho antes de Treme y de Louis Armstrong. Crecí leyendo nombres como Chris Claremont, Stan Lee, John Buscema, Joe Kubert, Jack Kirby, Frank Miller, Alan Moore, Julián Clemente y Trajano Bermúdez.

Cuando estoy jodida, respiro y me repito como un mantra una frase de Lobezno.



El volumen más antiguo que se conserva en mi casa, de mi infancia, es El vástago de los 4 fantásticos, que se publicó en 1980.

Yo tenía cuatro años.

Según mis padres, llevaba un año y medio leyendo. Este mes hago 37. He leído cómics desde que puedo recordar y nunca he dejado de leerlos. Nunca. Jamás. Si no los compraba porque no los encontraba, los releía. Me sé Dios ama, el hombre mata de memoria.

Luego llegaron los demás. Llegó Seth y llegó Ware y llegó Satrapi y llegó, claro que llegó, el Watchmen y el From Hell, y Enrique Corominas y Carlos Giménez -a los que también he entrevistado- y Paco Roca y Fermín Solís y Harvey Pekar y Pablo de Santis y Juan Sáenz Valiente. Y no llegó Will Eisner porque también crecí con Spirit. Y con Blueberry. Y con Astérix y La pequeña Lulú.



Nunca lo vi raro. Ni cuando mis amigas se asombraban porque yo leía cómics de superhéroes y jugaba a indios y vaqueros. Ni cuando seguía coleccionando en la Facultad. Ni cuando, ahora, me recorro las tiendas de cómics con Nerea, en cuya casa están Píldoras azules o El Vecino, amén de muchos otros. La primera persona que me habló de Persépolis fue Begoña.

Todos mis amigos lectores leen cómics, novelas gráficas, tebeos o como lo queráis llamar. Los no lectores no leen.

Para mí es tan natural como abrir un libro de Pessoa. Me enamoro de Athos lo mismo que me enamoré de Danielle Moonstar.



Pero siempre que entrevisto a un comiquero da por hecho, siempre, que yo no he leído cómics en la puta vida.

No sé por qué es. No sé si es porque tengo 37, porque me río en las entrevistas y me lo paso muy bien, porque soy mujer, por mi voz. No tengo ni la más remota idea.

Pero ocurre. Desde el editor que te dice: "Pero los que leemos cómics tenemos otro punto de vista diferente a los que no leéis" hasta el que te responde a una pregunta con un "es que si no estás acostumbrada a leer novela gráfica, a lo mejor los tebeos te cuestan". O el que se asombra porque he nombrado a, yo qué sé, Vindicador.

La primera vez me sentí tan ofendida que pusieron mis balbuceos en un resumen de gazapos de la radio.

Luego te acostumbras.

Te acostumbras, pero te jode igual.

Y también piensas, que es mucho peor: y yo para qué coño hago esto. Para qué llamo a tres tíos distintos cuando se muere Moebius para una noticia de un informativo de mediodía en una cadena regional y generalista en la que podría hablar de Bisbal, es un poner. Porque yo trabajo en Extremadura, con unas características socioeconómicas que no hace falta explicar. Trabajo en una comunidad en la que, si pongo "semiólogo" en un titular, me lo corrigen y escriben "autor".

Y, trabajando aquí, para un público de aquí, elijo hablar del Graf, que se celebra en Barcelona, a.k.a. donde Cristo perdió el mechero. Y cierro un informativo con la muerte de Josep Maria Berenguer y siempre, siempre, hablo de los Eisner y de los Harvey, lo mismo que hablo de los Oscars y reseño el Salón del Cómic de Barcelona. Cosa, por cierto, bastante complicada, porque en los medios generalistas, de los que me nutro, nunca se habla de autores y sí de exposiciones y tonterías, así que termino completamente cabreada y pensando que la imagen que va a tener la sociedad, si yo no lo remedio, es que un Salón del Cómic es un carnaval lleno de niñas pintadas como japonesas y vestidas con minifaldas.

Imagen de La Vanguardia.

Hago todas esas cosas en mi trabajo, hablo de tebeos quinientas veces más de lo que hablo de danza o de fotografía, pero, cuando hablo con alguien que edita cómics, hace cómics o guioniza cómics, da por sentado que yo no tengo ni puta idea.

Bueno, sí: no sé quién entintó Días del futuro pasado. Ni sé en qué año se publicó el primer Tintín. Ni me importa una mierda.

Nunca me ha hecho falta decir que sé cómo se escribe e. e. cummings o que sé quién es Auden y que he leído a San Juan de la Cruz 538 veces cuando hablo de poesía con un premio Hiperión. Tampoco me ha hecho falta decir que leo ensayos, columnas periodísticas, artículos, relatos cortos, tratados filosóficos de Heidegger sobre arte o fanzines. Nadie da por hecho que yo estoy fuera. Salvo en el cómic.

Eso me dijo una vez uno: "Los que estáis fuera".




Pero luego, en los blogs de cómics, lees que hay que conseguir nuevos lectores, casi como un imperativo legal. Porque al cómic le pasa lo que le pasa a la poesía ("es que escriben raro") o a la música clásica ("es que tienes que saber  solfeo para escuchar a Rimsky-Korsakov"). Con el añadido de que, en un magazine, te tienes que poner a explicar que los tebeos no son para niños, lo mismo que explicas por qué Tom Sawyer es, y no es, una lectura de infancia únicamente. Qué se le va a hacer: hay gente así.

Es bastante agotador. A mí me ha resultado, con los años, tan agotador, tan cansino, que la mitad de las veces dejo el cómic y su mundillo para los cierres de los informativos y, en el programa, me dedico a entrevistar a los que ya saben que yo no me encontré una viñeta ayer. Y entonces agradezco íntimamente -y en público- que la vida me haya puesto en el camino a un Enrique Flores, a un Fermín Solís, a un Gol, a un Pedro Camello, a un Borja González Hoyos o a un Fran Aguilera.



E intento analizar. Por qué la gente del mundillo se pone tan contenta cuando el Salón del Cómic es portada de la sección de cultura de un periódico generalista, aunque solo hablen de exposiciones y de robotitos, pero luego es tan impenetrable. El 90 por ciento de las veces pienso que la gente quiere algo así como un mundo del cómic de gran tirada en el que se venda mucho para que la industria esté sana y lozana pero en el que, por supuesto, haya un reducto de gente que es, desde luego, la que verdaderamente sabe de cómics. Como si esto fuera un universo paralelo al arte y la literatura conocidos, con unos códigos ininteligibles a los que alguien se puede acercar, que alguien puede rozar, pero no penetrar. Porque, por lo visto, hay que saber física cuántica para leer un dibujo y unas palabritas en un bocadillo cuando a mí nadie me explicó nunca que una nube significaba que el personaje estaba pensando.

Es cierto que ahora se habla de cómics en los medios generales. Muy a menudo, eso sí, en secciones distintas al resto de la información cultural, cosa que rechazo por muchas razones que no me voy a poner a explicar aquí porque creo que he dejado claras muchas cosas antes. Pero al menos se habla. Mi problema, como periodista cultural, es que, la mayoría de las veces, cuando me quiero informar de algo para contarlo (e informar de algo que sucede a miles de kilómetros) tengo que tirar de blogs especializados, que, salvo alguna excepción, están dirigidos precisamente a la gente del mundillo. Que aquí pasa como con los poetas: todo dios se conoce. Mucho dato. Poco feeling. Y, aunque sé que alguien me matará por decir esto, mucho intentar demostrar que uno, por favor, tiene un bagaje y, sí, conoce quién tradujo el decimoctavo cómic de Batman que se publicó en España y por qué este crossover no funcionó.





Pero tú, que estuviste todo el día morriñosa cuando se murió Joe Kubert lo mismo que estuviste morriñosa cuando se murió Delibes (con la salvedad de que, de Delibes, sí te atreviste a escribir y Dios te salvara de escribir algo sobre Kubert, a pesar de que lo conozcas mejor), lo sigues intentando porque... bueno. Cuando llegan los Reyes y tu hermano te regala Crónicas de Jerusalén y Malas ventas y tu madre llega toda emocionada porque ha visto Todo Umpah-Pah en la librería y te mandan correos para preguntarte qué cómic le comprarías a un tipo al que le gusta x o y, o qué te has leído últimamente y tú aprovechas para meter lo último que te entusiasmó de Astiberri o de La Cúpula, pues está todo igual de bien que cuando le recomiendas a un poeta que no lee novela que se pimple ahora mismo Como amigo, de Forrest Gander.

Porque esas son las cosas que tú haces aunque sepas que un programa de cultura no lo escucha ni Dios.