miércoles, 25 de noviembre de 2009

Luz y música

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Yo estaba rumiando un texto, por sus 34. De esos 34 llevamos juntas diez, mes arriba, mes abajo. Le debo haber creado un blog, como una excusa, y mucha parte de mi cordura, la mejor parte de esa cordura que intento conservar sin conseguirlo muchas veces. No te echo de menos salvo cuando estoy contigo. Ya se lo dije una vez y lo mantengo. Ahora está aquí y ya he dejado de temer que se vaya. Ayer nos reímos de unos ojos que lloran por un pueblo perdido entre curvas interminables y yo seguía pensando en cómo volver a decirle lo que la quiero y lo que me importa. Pero me he encontrado con esto y Chesku me ha dejado sin palabras...

Se llama Luz y música y lo copio aquí porque no quiero perderlo. No vaya a ser que algún día, por cansancio, decida abandonar el blog y cerrarlo y eliminarlo...

Aquella tarde de enero era imposible controlar los nervios. Era, una vez más, una cuestión de vida o muerte. La casa era preciosa y al entrar un fuerte olor a tabaco daba la bienvenida; todo estaba perfectamente colocado y los carteles del evento aparecían por cada rincón. Subí las escaleras y entré en la mesa redonda, donde me esperaban mis futuros compañeros. Entre ellos, una mirada verde escrutaba mis movimientos y me escuchaba atentamente, meneando la cabeza en tono afirmativo y de lado. Las preguntas que me formulaba su voz salían de sus labios con delicadeza, pero buscando en mí las respuestas adecuadas al enorme proyecto que se traían entre manos.

Diez minutos después de salir de la casa recibí la llamada que me abrió sus puertas, y meses después, celebrando la inauguración de la exposición de Xirgu en un pub cutre de Huertas, alguien nos preguntó si eramos hermanos. Tanto ella como yo dijimos que sí. Y ese fue el principio del cariño, de la complicidad, del esfuerzo por hacer sonreír al otro, de las penas compartidas, de las cervezas compartidas, del parentesco inventado, de la admiración mutua.

Le gusta cantar alto porque lleva la música en cada vena de su diminuto cuerpo; gritar con todas sus fuerzas a todo un peristilo y parte trasera de una escena legendaria a las seis de la mañana; adora sus dos islas, donde siempre es primavera; tiene prisa por recorrer el mundo entero, porque sabe que en el fondo no le dará tiempo comerse con los ojos cada paisaje; lleva la humildad y la serenidad hasta su perfección más absoluta; abraza con todas sus ganas; llora en silencio sus tristezas, y a sus "veinticatorce", sigue explorando y explorándose, se analiza, se estudia y se asimila; no se conforma con haber vivido, también quiere seguir viviendo para lograr un pedazo de este mundo y moldearlo como una escultura, dándole la forma y textura que a ella se le antoje o bien para pintarlo al óleo y resucitar en un cuadro perfecto todas sus luces y sombras.

Y yo cada día que paso con ella aprendo algo nuevo como hermano pequeño que soy, y con la luz que emana de esa mirada verde consigue contagiarme de su alegría, de su escucha, de sus ganas por cambiar lo injusto o lo aburrido, de esas pequeñas felicidades que a veces pasan por el lado de uno, sin darse siquiera cuenta. Ella sabe encontrar esas pequeñas cosas, y va y te las regala sin pensarlo para que las disfrutes al máximo, como hace ella.

Decía Galeano en un relato fantástico que las personas somos como fueguitos. A ella debo agradecerle que siga llenado mi aire de chispas.

Felicidades hermanita.

Mi regalo, además de ese libro de Dickens, es una flor canadiense, una foto hecha en los jardines de Cap à L'Aigle en Charlevoix.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Irse

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Me he ido muchas veces, de muchos sitios. De tantos que no sé qué hice, ni dónde estaba, a los 23, ni a los 25, porque mi vida se divide por ciudades y no por años. He dejado de mudarme, por ahora, aunque tengo que consultar siempre el tiempo exacto que llevo aquí.

Si tú pierdes la memoria, qué nos queda.

El otro día leí un mensaje, cariñoso, que le escribí a un tipo del que no recuerdo nada. A algunos otros los tuve durante mucho tiempo dándome vueltas en el estómago, surgiendo como un ahogo que me atenazaba la garganta o sintiendo en ellos ese sabor a óxido que producen la rabia y el desencanto. Hubo gente que vino y se fue, a otros los eché, otros se largaron sin que ocurriera nada y sin despedirse. No hubo preguntas, ni el beneficio de la duda. En algún caso, incluso, hubo promesas de que no ocurriría nada.

-¿Sabes lo que me jode? Que esto nos va a pasar factura a los dos.
-No, hombre, qué va, ni de coña.


Y ésa fue la última charla, hace casi un año. Me revienta comprobar de qué manera absurda puedo ser tan poco observadora y tan clarividente a la vez y en ocasiones. Justo en las únicas ocasiones en las que me gustaría no predecir el futuro.

Pero luego me he acordado. Este fin de semana voy a ver a una mujer que no dudaría en coger un avión para venir desde Francia si yo lo preciso. He repasado mentalmente el único hecho relevante que tengo que contar, me he imaginado mis palabras y sus respuestas, porque estaremos tres allí, como siempre. He visto sus ojos, dos días antes, la mirada brillante porque yo la estoy mirando, el rímel en su sitio, el marco negro de ese brillo, he recordado su voz y su recuerdo me ha llevado a otras vidas que vivo a trompicones, repartidas y a esa manera que tiene alguna gente de hacerme decir con dos frases que estoy perdida, que deseo, que no sé si esto se llamará vacío, que hay desorden o que añoro. Aún más: a la manera que tiene esa gente de hacer que la bola enorme y hueca que me anida a veces se vaya en dos minutos, por un tiempo.

Hay gente que no va a irse.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Rafael Chirbes o el porqué

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Hoy he estado hablando con Rafael Chirbes. Me ha contado que escribe para conocerse a sí mismo, para conocer el mundo en el que vive y el tiempo en el que habita. Que así intenta explicarse.

Yo también escribía para eso. Para lo primero, digo, porque desistí hace mucho de apresar el mundo. A mí me educaron tarde en palabras gastadas (participación, colectividad, dignidad, honor, clase social) y a muchas de ellas se las ha comido el mercado. Veo a gente cinco años más joven y no me reconozco. Ni siquiera sé si me reconocería en los de mi generación. Martín Gaite le dijo un día: "Escribimos para salir limpios del fondo de lo peor". Qué se cuenta, por qué se cuenta, a quién va dirigido, si el trabajo (el trabajo por el que cobras) influye -claro que influye, siempre-, por qué se construye un personaje y para qué. Si sería posible un trabajo colectivo. Si cierta vida elegida no significa decidir estar en el limbo. Si realmente decidimos y qué decidimos y con qué armas. O si estamos viviendo la vida que queríamos. Si conocíamos qué vida queríamos. Si criticar sin afirmar es válido. Si esta sensación de que tú no diriges va a seguir siempre así.

Cernuda: "Estoy cansado del estar cansado, entre plumas ligeras sagazmente".

Escribí para conocerme, el cambio no es posible sin violencia y siempre habrá partes de mí sobre las que ya no quiero volver. A pesar de que tengo 33 años y de que, cuanto más medito, más lo constato.

Estoy perdida en mí.

(Sí: la etiqueta está bien: éste es un texto político. Aunque no lo parezca. O sí).

martes, 3 de noviembre de 2009

Obituarios

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Taylor Mitchell, a la que yo sí conocía porque su disco me lo traje de Canadá.
José Luis López Vázquez, que era casi como de la familia.
Francisco Ayala, a quien escuché decir que la escritura nace de una necesidad estética hace doce años y de quien me enamoré por aquellos entonces.
Claude Lévi-Strauss. Que no, no es el de los pantalones.

Mierda de mundo, oigan.

viernes, 30 de octubre de 2009

Patria

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Yo también lo llamo patria, aunque la única que reconozca es el idioma.

Hay textos que no querría perder nunca. Por eso los enlazo. En este blog, los enlaces salen en marrón y sin subrayar. Por si alguien se pierde y no sabe de qué hablo.

Éste habla de amor. Lo ha escrito Dani. Y es de las cosas más hermosas que le he leído jamás.

miércoles, 28 de octubre de 2009

La foto que se me movió

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No se me movió ella, por supuesto, la tomé mal. Sin trípode, a pulso y con los parámetros que Dios me dio a entender. Pero es una de las fotos que más me gustan del viaje (junto con alguna de una puerta, muy sencilla, y varias de flores, o una de Pedro de espaldas, mirando al horizonte).

Québec está lleno de músicos callejeros que a mí me dio vergüenza fotografiar, a pesar de dejarles mi donativo convenientemente. Este señor tocaba canciones de los Beatles a la guitarra. También había arpistas y hasta uno que sabía cómo las copas de cristal pueden emitir sonidos dulces.

Era el Petit Champlain, por la noche. El Petit Champlain lleno de tiendas de artesanía hermosas, de restaurantes para turistas, de colores, de sorpresas. Nos sentamos en un banco, a escucharle. Le dimos unas monedas. Intentamos fotografiarlo, sin flash, porque yo sólo tengo flash en la cámara y no me gustan las fotos con flash (salvo que sea de relleno): las prefiero movidas a notarle los flashazos. Todo hubiera cambiado, supongo, con un flash externo, pero no había. La foto no hay por dónde cogerla: no existe un elemento nítido en toda la escena y la composición es... inexistente, vamos a decir. Le hice tres o cuatro fotos, borré algunas, salían movidísimas y no sabía cómo dejar de respirar y apoyarme para que salieran bien porque tenían que ser a pulso. Así que tenía la cámara encendida, pero me dediqué a encender un cigarro y a escucharle. Toca muy bien.

Y de pronto se acercó ese chaval. Estaba con sus padres, dio un grito cuando vio al músico y se quedó allí, embobado, escuchándole.

Ésa es la historia de esta foto. Hay que contarla porque la foto no la muestra. El arrobamiento de un niño ante un tipo que tocaba.

domingo, 25 de octubre de 2009

New York, New York

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El puente de Brooklyn, para mí, es más neoyorquino que la Estatua de la Libertad, que pertenece al mundo. Nueva York es una promesa y, más que ninguna otra ciudad, es la certeza de la vida que no tendré. Y que quizá me hubiera gustado.

Creo que la gente va allí buscando algo. Unos, la taberna donde Dylan Thomas se murió de absenta. Otros, el Empire State. O el Moma. O Wall Street, Harlem, Manhattan. La oportunidad de su vida. Un trabajo. El sueño americano. El amor. La Quinta Avenida. El Metropolitan.

Yo he conocido esa ciudad, sobre todo, deseando lo que ya perdí. No sé cuándo iré. No sé siquiera si iré. Pero alguien me regaló un paseo por el puente de Brooklyn, como si yo fuera otra persona, la mujer ideal que nunca seré, y no sabe cómo se lo agradezco.


La imagen es un cuadro de Cristina Bergoglio. Y no es el puente de Brooklyn, sino el de Manhattan.

jueves, 22 de octubre de 2009

Mapa y territorio

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Dicen que, para aprender a hacer fotos, o para hacer fotos buenas en los viajes, debes mirar muchas fotos de otra gente que haya estado en los mismos lugares. Yo no sé cuándo te vi por primera vez: en qué imagen, en qué programa de televisión, en qué enciclopedia. No fue, desde luego, cuando te encontraba en casi cada esquina, erguida, discreta, para recordarme que de veras estaba caminando por las calles de Toronto. Todo era nuevo. Las calles estaban llenas de gente, yo las miraba desde el primer piso de un autobús y me asombré, nuevamente, de que la ciudad existiera antes de que yo pudiera verla. Antes de que me hubiera dado cuenta de que podía imaginármela. Pero estabas tú, que eres un símbolo, aunque no vayas a saberlo nunca. Y quise verte de cerca y anduve muchas horas hasta el puerto y subí muchas escaleras para sentir vértigo al mirarte desde abajo.



Me gustaste. Pero ya te conocía.

Lo he descubierto en este viaje, transitando por esos sitios que sólo salen en las guías locales y que están llenos de sorpresas. Hace tiempo, unos amigos se fueron de viaje a Nueva York y le enseñaron las fotos a mi hermano Nacho: les fue diciendo el nombre de cada calle. Por las películas. Así conozco yo París. Y Roma. Y Praga. Por las imágenes de otros. Por lo que otros vieron antes que yo, que no lo he visto.

Lo descubrí también en Québec. Prefiero tomar fotografías de apuntar y disparar y asombrarme cuando veo las cosas por primera vez. Prefiero el asombro de no sentir que estoy en un sitio por el que pasé antes, sin verlo. De que las calles y las plazas comienzan a existir cuando yo las transito y nunca antes. Lo prefiero, realmente, para no tener más esta sensación de que sigo andando por el mapa y no por el territorio.

martes, 20 de octubre de 2009

Definitivamente...

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Esto fue lo primero que vi cuando llegué a Toronto. Me dio un vuelco el corazón. Y pensé, sin acabar las palabras: "Joé, qué concienciá está esta gente".

Definitivamente, tengo que aprender inglés.

sábado, 17 de octubre de 2009

Nueva York. Mensaje invitado. New York. Guest Post.

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Esta foto está tomada desde la parte de Queens, así que los edificios que se ven son el downtown de Manhattan. Recuerdo que había un flujo constante de corredores y ciclistas en ambas direcciones. Era relativamente pronto y no había demasidos turistas, aunque sacar la foto sin nadie era bastante difícil. Dado que la mañana se presentó nublada y un poco neblinosa, me he inclinado por el blanco y negro. Me dice más que la de color. Por supuesto, nada más volver a Manhattan salió el sol, con lo que los rascacielos resplandecían que daba gusto, pero ya no era plan de volver a darse la caminata hasta el otro lado para repetir la foto con tantas otras cosas por ver y fotografiar en Nueva York.

En cuanto a la foto en sí, como muchas de las fotos que hice en Nueva York, se trata de un panorama hecho con el Autostitch. Aunque me planteé la idea de alquilar un gran angular para el fin de semana, era demasiado lío (y dinero) y como tampoco tengo muchas pretensiones con la fotografía, mejor aplicar el conocido lema de KISS.

Y para acabar la entrada, simplemente decir que en realidad ésta no era la foto que yo quería hacer del puente de Brooklyn (!). La que yo quería hacer era desde la orilla de Queens en la hora azul, con exposición larga para alisar el agua del río y quizás captar las luces de los rascacielos y el puente entero. Pero bueno, quizás la próxima vez...


I took this photo from the Queens side of the bridge, so the buildings are the skyline of downtown Manhattan. I strolled along the bridge relatively early on Sunday morning, which proved to be good in terms of few tourists around but not so good in terms of light conditions (cloudy and generally speaking a bit of a gloomy start of the day). Instead of tourists there was a constant flow of runners and cyclists in both directions so taking the photo with nobody on it would have been almost impossible. By the time I came back to Manhattan the day was getting sunnier and sunnier (too late for me) but I just couldn´t be bothered to go back to Queens to take another shot. Instead, I just simply went for B&W, which somehow fits better what I saw from New York (but for Times Square).

Talking about the photo itself, it is obviously made out of several photos stitched together. This is the cheap option instead of renting a wide lens, which would have been a bit of a mess to organise considering my very tight schedule (and budget, I would dare to add). I think the photo from Grand Central (soon in my blog) is made out of thirty odd photos. I cannot exactly remember but I used less than ten photos for this one.


Finally, I had a sort of list of photos I wanted to take while in New York. Some I managed to take, some I didn´t and some I simply refused to try (for example the subway, which pissed me off with the maintenance work and intimidating staff). The one I had on my mind for the bridge was also from the Queens side, but from the shore and including the whole bridge in it, possibly at the blue hour in the late evening and with long exposition time to soften the water waves in the river. But then, there it goes, an excuse to come back...

El mensaje, ya lo han leído en el título, es un post invitado: por el título del blog, Los Viajes Que No Hice. El autor es también el autor de Puntos Suspensivos... Ah. Y todo parecido del texto en inglés con el texto en español es pura coincidencia.

martes, 13 de octubre de 2009

Esto es una casa

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Hubo un sitio en el que las rupturas se solventaban a base de partidas interminables de parchís y un tubo bien lleno de Marie Brizard con hielo. Keanu Reeves estaba como un queso, de vez en cuando venía un tipo que nos hacía el café y, cuando no estaba él, lo servía la última que llegaba. En ese lugar lloramos, a veces, y nos reímos más veces aún. Allí comenzaron los sinsabores laborales, las primeras etapas de paro, los desahogos por los múltiples trabajos de mierda y la conciencia de que estábamos juntas.

Luego hubo más. Una habitación diminuta, con un Zorrilla colgado en el salón (en Canadá vi uno, se me olvidó decírtelo: un Zorrilla auténtico, que me hizo soltar una carcajada. No sé si mi acompañante lo entendió: hay cosas que sólo vamos a entender muy pocos) y un baño que se estropeaba cada dos por tres, estilo década de los 60, quitándole años. Otra habitación azul y un sofá de cuadros azules y amarillos del que no me levantaba en todo el fin de semana. La terraza desde la que mirar las estrellas. Las charlas interminables. Las revistas. Y un piso más abajo, todos compartidos. Pero míos, también. En una de esas terrazas me pasé dos meses estudiando un examen que luego, mucho después, muchísimo tiempo después, me permitió llevar cultura. Sabía dónde estaban las pinzas de depilar, los tampones, el detergente, el café, la cafetera, los macarrones y el papel higiénico.

Luego se fue. Al principio era la casa de él, muy poco a poco. Un cepillo de dientes, una muda, una camiseta. Había dos cestos preciosos para la ropa sucia, un cuadrito en el cuarto de baño y un puf que fue mi asiento. Después fue el lugar de las partidas interminables de Monopoly hasta las seis de la mañana, de las botellas de vino compartidas, de las reuniones cuando otra de nuestras ellas venía de Francia, del ron con Coca-Cola, de las cenas opíparas que él cocina como nadie, de las actuaciones de Carnaval, de una voz cantando a todas horas y del afán por aprender a tocar más instrumentos y ver películas.

Ahora se ha vuelto a mudar. He pintado de blanco alguna habitación de esa casa, he limpiado pegotes del suelo para que pusieran la tarima, la vi sin muebles y le conté la historia del nombre de su calle. Pero hasta el fin de semana pasado no la había visto terminada. En la cocina está la cafetera roja que le regalé cuando se casó. Y en el baño los cestos metálicos y de madera para la ropa sucia. Y el cuadrito. Sonreí cuando lo vi: eran reconocibles. Todavía faltan los libros, hay cajas en el cuarto verde que sirve de vestidor y el ordenador ya está en su sitio. La casa es de colores. Como ella, que me vuelve de colores a mí. Lo supe cuando entré: lo demás eran pisos. Esto es una casa. Con sus cuadros dominicanos en el salón, el rojo centelleante de los muros y un metro siempre a mano para comprar los muebles.

“Pensé que te ibas a entusiasmar”, me dijo. Pero qué quieres. Yo soy lenta y ya sabes que no me oriento. Y eso me pasa cuando me mudo. Tengo que acostumbrarme a que voy a vivir en otra casa a partir de ahora.

Esta casa no es la suya, por supuesto: es una réplica de la casa de Los Simpsons.

domingo, 11 de octubre de 2009

Coque Malla

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Hacía mucho tiempo que no tenía ganas de comprar un disco. Han vuelto.

Hacía mucho tiempo, también, que no tenía ganas de ir a un concierto. Volvieron. Fui. Claro que, cuando salí, descubrí por qué hacía mucho tiempo que no tenía ganas de ir a un concierto.

Hay una imagen muy gráfica, es de Borges, de un texto que se llama Del rigor en la ciencia. Andamos por el mapa y no por el territorio. Eso pasó ayer.

Salieron Nico Nieto, a la guitarra eléctrica (un tipo alto, muy alto, desgarbado, con una chaqueta preciosa, pinta de gamberro y unos dedos ágiles ágiles) y Coque Malla, para cantar Hasta el final (que me encanta) y no habían sonado los primeros acordes cuando salieron también, de delante, de detrás, de todos lados, un montón de móviles de última generación o de penúltima, para hacer fotitos y grabar el concierto.

Somos un ojo tecnológico. Nos perdemos la música para verla luego en casa, mucho peor, casi sin sonido, sin haber cruzado una mirada con quien está encima de un escenario o sin haberte fijado en cómo se miran ellos dos. Que a mí me da igual lo que cada uno haga con sus móviles. En su puta casa.

Cuando comienzas a no entender los comportamientos de la gente a la que llevas cinco años es que debes de estar haciéndote mayor.

Yo, más que mayor, me siento vieja. No comprendo que alguien grabe a un tipo que está tocando para él. No comprendo que alguien haga fotos a un tipo que está tocando para él, cuando en su página web puede verlas y descargárselas con mucha mejor calidad, mejor encuadre, mejor luz y hechas por un profesional. Las páginas web de los cantantes han entendido aquello de "si no puedes con ellos, únete" y han colgado espacios para que la gente comparta sus fotos y sus vídeos, pero se está convirtiendo en una plaga esto, pronto voy a verlo hasta en la ópera.

Tampoco comprendo que un grupo de tíos de 1,80 se plante delante de ti, que has llegado antes, y se dedique a hablar durante todo el concierto sin hacerle caso a los dos que se están partiendo el pecho a dos palmos de su cara. O que pretendan hacerse fotos de primer plano en las que salgan Coque y Nico detrás mientras los demás estamos intentando verlos. Y menos aún que alguien oiga una guitarra eléctrica y no se ponga a saltar, a brincar, a moverse. Que más que un concierto de rock, en cuanto a público se refiere, aquello parecía una primavera de brisa corriendo por entre los trigales...

No sé por qué ocurre y no me importan las razones, que yo resumo en una absoluta falta de respeto por el trabajo ajeno. Supongo que hay quien no se toma la música como un trabajo, pero yo también me lo paso bien en el mío. Muy bien, incluso. Rematadamente bien.

En fin.

Comenzó con Hasta el final, siguió con She's my baby y con Abróchate. Por riguroso orden del disco. Pero hubo tiempo también para algún que otro éxito de Los Ronaldos (Saca la lengua, por ejemplo), para canciones de otros discos (El sombrero, El final, Qué será de nosotros), para dos bises (uno con la canción que cerraba el último disco de Los Ronaldos, Mi casa) que, sinceramente, el público no se merecía (bravo por su generosidad, porque a mí La hora de los gigantes me gusta mucho y la tocó para cerrar).

Y Berlín.

No me voy a poner a desgranar las canciones. Eché de menos una. Pero eso siempre me pasa. Las canciones que me gustan a mí no son las que le gustan al resto de la gente, así que normalmente no las incluyen en los repertorios, a no ser que presenten el disco. Y a veces ni eso. Así que me quedé con las ganas de Árboles Cruzados, que estuve escuchando repetidamente allá por aquellos tiempos, cuando todavía había cassettes y las cintas se rebobinaban.

Este señor lleva desde los 15 años encima de un escenario y se nota, claro que se nota. Sonó a banda, porque el disco suena a banda, cohesionada, digo, a grupo hecho, a músicos que se implican con el proyecto. Iván Ferreiro lo explica mejor que yo y, además, a mí me gusta mucho lo que los amigos explican sobre quienes son sus amigos.

Disfruté. Disfruté mucho, me lo pasé muy bien y se me hizo muy corto, a pesar de todo lo que he contado antes y de que en ciertos momentos hubiera sacado una recortada. Disfruté como una cría. Mi maravillosa tendinitis y yo no paramos de saltar. Canté. Me reí mucho, porque yo me río cuando disfruto. Y pensé que ojalá se cumpla lo que canta: "Todo va bien por el momento: puedes estar contento".

Es otra manera de dar las gracias. Desear que todo vaya bien y que le mimen.

La imagen es la portada del disco y es del fotógrafo Claudio de Casas.

viernes, 9 de octubre de 2009

Otoño

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Este año, yo no estaba predispuesta. Qué pereza, sacar la ropa de invierno, meter el edredón en la funda, volver a ensuciarse con las baldosas mal puestas, que el día se acabe casi cuando no ha empezado todavía, no saber cuándo tender una lavadora.

Hoy ha llovido. Y me ha pillado camino de casa y me he dado cuenta de que el agua sólo es agua o además es agua eso que cae y que te moja y te hace tener conciencia de tu piel. Me han brillado los ojos: eso lo sé, aunque no lo haya visto.

Ha llegado el otoño, con sus hojas de colores y esta sensación eterna de que todo está por hacer, de que el año comienza justo ahora, cuando vuelvo a observar a los adolescentes a las puertas del instituto camino del trabajo, cuando en las librerías vuelve a oler a libros nuevos y a gomas de borrar y las madres van a comprar mochilas con sus hijos y las estanterías se llenan de libretas que luego se llenarán de palabras.

Bienvenido, de nuevo. Muchos años vengas.

La foto es mía, de cuando estuve en Canadá.

miércoles, 7 de octubre de 2009

Acuarelas

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Juan Carlos Mestre acaba de decirme que hablo con acuarelas.

Y esta acuarela es suya.

Y lo sé: esto es un ejercicio de egocentrismo, pero ¿y si se me olvida algún día?

domingo, 4 de octubre de 2009

Muere La Negra

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Y yo qué digo. Que se me ha muerto la Negra, la Voz de América Latina, doña Mercedes Sosa, y ya no llevo ni la cuenta de la gente que se me muere.

Pero bueno. Esta mujer es como la cigarra, ya lo saben...



Edito para añadir una entrada que, sobre Sosa, escribió Gilda en su blog. Madera de viejo nogal. Para no perderlo.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

El tiempo

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El 29 de agosto a las cuatro de la tarde estaba en un avión y también acababa de aterrizar en Toronto. La hora de las siete de la mañana del 13 de septiembre no existe. No estuve en ningún lugar. O quizá sí. También en un avión, supongo. Dormitando. El tiempo no existe. Escribo cuando el viaje es pasado, pero se vuelve presente si reparo en mis piernas y en las plantas de mis pies y en que cuando son las doce de la noche, aquí, allí faltaba tan sólo una hora para despertarme y volver a caminar.

El tiempo no existe, descubro, pero yo no he parado de fotografiar relojes.

La foto es mía: es el reloj de la estación de trenes de Québec.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Las fotos que no hice

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Dos tipos fumadísimos sentados encima de un coche-maceta, a los que sólo cogí de espaldas y rápidamente. Un negro gordo y barbudo, camiseta verde, vaqueros, turbante, que miraba la sección de discos de música negra de Soundscapes, la mejor tienda de discos que jamás vi (a pesar de que no tuviera ópera). Una mujer que tocaba el arpa en la zona más oscura de una de las puertas del Viejo Québec. Un señor de negro y con el pelo largo, una enorme cruz al cuello, que caminaba impasible por el Petit Champlain ajeno a las miradas. Los muchos mendigos y colgados que vimos en Toronto en diez minutos. La mirada de Jacques, que había configurado mal su cámara y que suspiró de alivio cuando se la arreglé. Los religiosos de la calle Yonge, repartiendo folletos sobre el Islam, el Cristianismo o la Cienciología. Una pelea, jugando, entre un león y una leona. La guerra sin cuartel de una mujer con un moño imposible, la mirada concentrada y un matamoscas azul de plástico en la mano... en aquel bar de mala muerte de Tadoussac en el que escuchamos a Luther Allison y Bob Dylan.

Tampoco capté, porque no supe (ni sé y espero que el futuro se me conceda), el espíritu de las calles de Kensington Market. Pero el resto de las fotos del barrio que vi tampoco lo hacían, porque no pueden transmitir los olores, ni la sensación de asombro, ni el caos controlado.

"Éste tiene una foto", decíamos. Pero no la hacíamos nunca: por pudor, la mayoría de las veces, sobre todo a los mendigos (me tiré cuatro años relacionándome con yonkis, prostitutas, traficantes y borrachos, en la calle: tengo ciertas ideas sobre ellos y las fotos, o sobre las fotos y ellos). En otras ocasiones, preferí mirar. O perdí el momento, o no tenía puesto el objetivo correcto, o la luz estaba de frente del todo, o el sujeto estaba demasiado lejos.

La imagen que más me gusta está movida. Mejor disparar que no tenerla, me dije. Es un niño, admirado ante un músico callejero de los muchos que había por Québec, bien entrada la noche. Tengo 2209 fotos más, muchas de ellas hasta bien enfocadas y todo, pero ninguna me transmite lo que ésa.

Supongo, de todos modos, que, cuando aprenda a hacer fotos, tendré que ir allá de nuevo.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Autoridad docente

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Maravilloso, le he dicho. Ybris es profesor, jubilado. Escribe maravillosamente bien y yo le sigo, muchas veces en silencio.

Pero hoy enlazo un artículo suyo para que lo lean los muchos amigos profesores que tengo por aquí. Se puede decir más alto, pero no más claro. Habla de la autoridad docente, desde la perspectiva de quien ha pasado más de 33 años dando clases. Se puede leer pinchando aquí.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Única

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Yo, que ando estos días echando de menos a gente que se fue y añorando a un niño al que ni veré nacer ni le compraré regalos (qué mal se me da olvidar: qué mal), recibo un correo y recupero la sonrisa. Me devuelve a los 17, al tiempo que hemos pasado juntas sin estar juntas más que a ratos y se despide: "Te quiero. Menos mal que hay cosas que no cambian".

Tú sí que eres única.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Alfredo Kraus. Diez años

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Con cierta gente pasa lo mismo que con los equipos de fútbol. Creces con ellos, son de la familia. Hoy hace diez años que murió Alfredo Kraus. Yo estaba en Melilla por aquellos entonces y llamé a mi padre para darle el pésame: él lo escuchaba. Era viernes. Estaría de vacaciones, porque era por la mañana. "Ay, entonces ya lo sabes", le dije. Pero no, no lo sabía. Su voz, la de mi padre, sale en uno de los vídeos oficiales que grabó Kraus. Grita: "¡El más grande!".

Y yo también lo creo. Cuando esto se publique, yo estaré de vacaciones en Canadá y tampoco tengo mucha esperanza de que en este país de mierda se lo homenajee como se merece. Pero yo sí. He dicho. Este es mi tema favorito, que es el de los Cuentos de Hoffman (el Va pour Kleinzach):



Y éste va por Sonia, porque sé que le gusta:

sábado, 29 de agosto de 2009

Cerrado por vacaciones

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Escucho Canadian Sunset, de Kenny Barron. Pienso. Imagino. Una cabaña junto a un lago, un baile, un paseo, una tarta de arce y café en Le Petit Coin Latin, acarrear una maleta verde por las estaciones de Ottawa, Quebec y Toronto, visitar tiendas de discos sólo para observarlo; hacer fotos a los indios, si ellos quieren; descifrar el idioma, los idiomas; acurrucarme en una cama calentita después de haber metido los pies en agua caliente. Rezar para que no me salgan ampollas. Rezar, también, para que haya, al menos, unas cien fotos dignas... Escribirlo todo. Contarlo más tarde.

Os veo a la vuelta.

Mientras tanto, podéis pinchar aquí:



Imagen de Le Petit Coin Latin de Quebec de smwarnke4

lunes, 24 de agosto de 2009

Borges

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En mi casa siempre ha habido gente. Allá en las estanterías, inalcanzables. Ovidio, Goethe -toda la vida diciendo "goete" para que luego algunos dijeran "guete" y enterarme a la vejez de que se pronuncia "gute"-, Miguel Hernández, John Steinbeck, Stefan Zweig, Somerset Maugham, Faulkner, Alejo Carpentier.

Borges también está en mi casa, y en mi vida, con pinceladas raras.

Un viaje en autobús urbano en el que Julia me pidió que recitara Ajedrez II. Una clase de Vázquez Medel con la piel erizada ("¡el caballo está en el encabalgamiento!"), el Segundo Poema de los Dones como un regalo para Sonia, que se convirtió después en nuestro particular Inventario de Motivos contra la Desilusión. Un libro de Virginia Woolf traducido por él. Una cita suya (de nuevo el ajedrez) en un libro de Pérez-Reverte que me llevó de nuevo, y mejor, a Dumas.

"Me gustan los relojes de arena, los mapas, las etimologías, la tipografía del siglo XVIII, el sabor del café y la prosa de Stevenson".

A mí también me gustan todas esas cosas. Y me gusta él.

Copio este poema de memoria. Para que Julia crea que lo estoy recitando para ella. Otra vez.

Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada
reina, torre directa y peón ladino
sobre lo negro y blanco del camino
buscan y libran su batalla armada.

No saben que la mano señalada
del jugador gobierna su destino,
no saben que un rigor adamantino
sujeta su albedrío y su jornada.

También el jugador es prisionero
(la sentencia es de Omar) de otro tablero
de negras noches y blancos días.

Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonías?

domingo, 23 de agosto de 2009

Todo está por hacer

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Todo está por hacer y todo es posible. No recuerdo quién lo dijo y no importa. Todo está por pensar. Ya no hay caminos inmutables, salvo alguno. Pero me gusta esta sensación de sorpresa y de posibilidad. Me está gustando comprobar que no controlo nada.


Yo, que siempre quise tomar las riendas.


Imagen de I-Leica.

viernes, 21 de agosto de 2009

Ayer se acabó el verano

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Esta mujer me acompaña desde que tenía 13 años y la vi por vez primera en el Museo Nacional de Arte Romano de Mérida. Cada verano me la encuentro, allí arriba, entre las columnas centrales, cuidando el paso de los actores, vigilante. Cada verano brindo al final por el final, en el peristilo que también enseño cuando vienen mis amigos de turistas.

Cuando se acaba el Festival, se acaba el verano. A los nervios del primer estreno (que me perdí) le suceden el cansancio de las jornadas laborales agotadoras ("¡gracias, Dioses, por fin se acabó!") y la tristeza. Brindas. Quieres quedarte, pero tienes que irte a trabajar. Y recuerdas. Al Brujo y su lección de teología; el deslumbramiento que fue Ángel Corella; la generosidad de Tamzin Townsend; los monólogos brutales de Edipo; un barco hecho con desechos y unos niños que aprenden y esa Medea comprensible, muy amable, en sentido estricto, que ha construido Tomaz Pandur.

El calor volverá pronto. Volverás a pedir una botella de agua en la barra, a echar un cigarro mientras ensayan los actores, a enchufar los cables mientras sostienes un plato de jamón, a mirarte en los ojos de los amigos... y a mirarlas, a mirar esas piedras que te sabes de memoria, como si fuera la primera vez.

Hasta el año que viene, susurro.

La imagen es mía. Que fue lo máximo que pude hacer con un 250mm.

martes, 18 de agosto de 2009

Ciudades

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Las ciudades tienen su propio olor y su propio pulso. Yo siempre camino por ellas como si las conociera y, a ratos, en las propias, como si las viera por primera vez. Miro imágenes, para saber cómo tengo que fotografiar, pero al final sólo saldrá lo que me sea propicio.

Hay lugares que hemos visto mil veces. Pero el olor, el ambiente, sólo lo descubrimos cuando llegamos. A mi lado caminará alguien que es todo ojos. Él será también mi vista.


Imagen de Ottawa.

jueves, 13 de agosto de 2009

Retrato

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-Oye... ¡Tú eres una gamberra!
-No lo sabes tú bien.
-Sí que lo sé, que te tengo calada del otro día.

Me enamoré de él, o de Dante, en Martín (Hache). Y me ha caído mucho mejor de lo que yo pensaba. A su puro estilo.

Y sí: he sido gamberra.

La imagen, supongo, es de Ros Ribas y pertenece al Festival del Grec 2009. La mujer que lo acompaña, a Eusebio Poncela (Edipo) un encanto, es Rosa Novell... (o Yocasta).

domingo, 9 de agosto de 2009

Botas

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Me he comprado unas botas. Son éstas. Él dice que no hacen falta, pero yo me conozco. Me hace falta la seguridad psicológica de que no me voy a despeñar y eso sólo lo consigo con unas buenas suelas, aunque luego mi andar sea tan torpe como siempre (torpe, cuidadoso: al final nunca me caigo porque miro bien por dónde piso. Es un andar lento, también, inseguro de tan lento en las dificultades. Pero es el mío).

Me he comprado unas botas. Antes, me saqué el pasaporte. Y el carnet de conducir internacional. Y compré tres guías, que están en su casa, a mil kilómetros de mí, porque es más concienzudo a la hora de organizar los viajes que yo. Leo sobre los indios, retomo a Jack London, me imagino buscando oro y tengo la sensación de que mi vida es pequeñita y acomodada. Aprendo a limpiar la cámara de fotos. Tengo que coser una bolsa para el trípode. Cuento los días.

Quedan veinte. Justo veinte para aterrizar en Toronto.
Qué lentos pasan.

viernes, 7 de agosto de 2009

Willy DeVille

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No ganamos para sustos, oiga. Una, fumándose un cigarrito tan tranquilamente y sale un compañero, oye, que se ha muerto Willy DeVille. El tipo de la voz ronca, el corsario del rock, el tipo que me hizo interesarme (más) por la cultura cajún y el que me regaló, al menos, entre otras muchas, una canción que...



Bueno. Una canción que me trae muchos recuerdos. Sin más.

miércoles, 5 de agosto de 2009

Sabores

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Quiero besos con sabor a tabaco, a marihuana, a hachís, a café solo y a cerveza. Para descubrir después que tu boca tiene un sabor único que sólo yo conozco y que no puedo describir sin evocarlo.

viernes, 31 de julio de 2009

Yo

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Me fascina el yo. No voy a hacer ningún tratado filosófico, porque creo que tiene que ver más con una actitud cotilla ante la vida. Cotilla o curiosa, tanto da. O que, como decía Soledad Puértolas, el escritor escribe porque le gustaría apresar las vidas ajenas y, como no puede hacerlo, se inventa personajes.

No sé si tendrá algo que ver con escribir, porque yo no escribo historias, pero sí me pregunto sobre las vidas ajenas. Eso tiene un punto de suficiencia, de creerse un demiurgo y hasta de pensar que tú eres mejor. Es un alivio y te protege de la envidia. O será que yo siempre me fijo en los mismos: chavalines que arrastran las palabras, señoras mayores con la mirada cansada, hombres que no saben expresar lo que sienten salvo con la frialdad o con la ira, jóvenes con tacones de 15 centímetros. No me parece que sean felices, ni que lean un libro, ni que tengan amigos que merezcan el nombre.

De vez en cuando la cordura regresa, claro. Y sé que ellos deben de pensar lo mismo de mí.

Imagen de Enrique Flores. Le acabo de descubrir, vive en la misma ciudad que yo, creo, y su blog conjunto me parece una maravilla.