martes, 28 de julio de 2009

Carmen Corella. Iain Mackay

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Muchas veces es más difícil decir algo por medio de palabras que por medio de la danza”. No me lo creí, por supuesto, tengo en alta estima a las palabras, más que a cualquier otra cosa del mundo, a pesar de lo traicioneras y lo malinterpretables que pueden ser en toda ocasión. Y ni siquiera me planteaba cómo se podía hacer que un movimiento, o muchos entrelazados, contara una historia sin el concurso de un texto. O cómo alguien (en este caso, el coreógrafo, Ángel Corella) podía ver la historia y los pasos escuchando la música de un autor, Prokófiev, al que él ha bailado además un sinfín de veces y en el mismo papel que ahora interpretaba Iain Mackay. De hecho, una tiene su sensibilidad y su gusto educado, más o menos, a base de lecturas (Shakespeare incluido), teatro y algo más, pero ver un espectáculo de danza clásica, hasta hace cuatro días, no me atraía lo más mínimo. A veces los milagros ocurren y ahora escucho a Frank Sinatra y me imagino a un tipo vestido con pantalones negros y camisa blanca bailándome el Come fly with me: qué se le va a hacer. A mí cuando algo me da, me da. Como diría Suntzu.

Yo fui Carmen Corella. Eso ya lo he contado. Pero en realidad, lo descubro ahora, soy un poco más Iain Mackay. Soy el Romeo que llega corriendo, con la mirada perdida, buscando entre los balcones (entre las columnas del teatro romano) a la mujer que ama y sabiendo, porque lo sabe, que esa mujer se le va a escapar. Soy su desesperación a ratos, la forma en que intenta calmarla (no tengas miedo, soy yo, estoy aquí: tener, ser, estar, los verbos en los que se resume nuestra vida), la pasión con que la alza del suelo, porque quiere verla volar sin temores y soy, además, ese tipo de abrazo, el abrazo que es ardor y que es también protección, el capullo acogedor que te demuestra que todo va a estar bien y no va a ocurrir nada, aunque sea mentira y tú lo sepas.

Debí haberlo escrito de otra manera: yo fui Iain Mackay y quise haber sido Carmen Corella. Al fin y al cabo, yo suelo identificarme con ellos, más que con ellas. Lo bueno es que aquí, en este concreto pas de deux, no vi a una mujer, en el concepto más asqueroso de la palabra mujer, que existe, y de qué forma: la mujer que suspira por el príncipe azul y que no es más que un sujeto pasivo de toda historia, tan delicada ella y tan rompible. Y ni siquiera quiero decir que sus movimientos no fueran delicados, porque lo eran y nunca vi nada tan etéreo transmitir tanta fuerza. Quizá porque Julieta, la Julieta de Carmen Corella y de Ángel Corella, no es más que una criatura asustada, como tantas, como yo. Una náufraga, entre la seguridad de su vida tal y como es y la zozobra que le produce una relación que no sabe cómo va a acabar pero a la que no puede sustraerse. Y esa cualidad, tratándose de la historia romántica por excelencia (aunque los románticos, ya lo sabemos, acabaron todos suicidándose y con tuberculosis), qué quieren que les diga, es todo un alivio.

Llevo, desde que la vi, haciéndome preguntas. Qué gracioso: no sé si alguien se ha planteado el sinnúmero de reflexiones a los que te pueden llevar veinte minutos de danza. A dónde voy yo con mis propias historias pequeñitas. A dónde fui una vez y por qué. Qué desesperación, si es que lo era, me llevó a buscar lo que no podía ser encontrado, sin tener conciencia ni de lo uno ni de lo otro. Qué hace a alguien querer esa comunión con otro tú. Por qué las ideas de lo que debe ser, de lo que es correcto, de la obediencia, acaban siempre influyéndonos y hasta condicionándonos, aunque nos dejaríamos ahorcar antes de admitirlo. Por qué los finales son un hundimiento, siempre. O si quiero que me abracen así. Cuántas veces he querido antes que me abrazaran así.

Todo eso me pregunto.

Me pregunto sobre el amor, los naufragios y las despedidas.

Para Rachel, que me lo pidió.

La foto es de Fernando Bufalá. Que, por cierto, no sólo hace fotos hermosas: baila impresionantemente.

sábado, 25 de julio de 2009

Kazuko Omori

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Volví a verlo todo. Con distintos bailarines en los papeles principales. Con Carmen Corella, de nuevo, intentando contenerse sin conseguirlo (qué manera de contar una historia: las zozobras, la pasión, la urgencia, el dolor de la despedida). Volví a verlo todo sin parpadear, a ver dónde ponen el pie y cómo se colocan, y pensé en las horas de trabajo, la dieta, los ensayos, los viajes (hoy estarán en Mérida y mañana van a Olmedo), el peligro de la carretera, el exilio, el desarraigo, la incomprensión y todo lo que sigue: lo que no adivino siquiera.

Pero luego salió esa mujer. Es pequeñita, tiene una cara muy dulce, debe de ser muy joven y parece un junco. Se llama Kazuko Omori y ya dije que se confundía con el suelo y las columnas del teatro romano de Mérida en Clear. Mucho del mérito, en esto, es suyo. El resto, también, es de los magníficos, insuperables e hiperprofesionales técnicos de iluminación, que deberían haber bajado también a saludar.

La vi, decía, con Ángel Corella en Diana y Acteón y hubo un momento, varios minutos, en que se me olvidó mirar a Corella y se me olvidó mirar sus pies. A esa mujer habría que ponerle unas gafas de sol cuando sale a bailar. Sale sonriendo, sonríe a todas horas, pero no es eso lo que impacta. Es la manera en que se le ilumina la cara. Y la manera en que tú descubres que se te está abriendo la boca porque la felicidad de otra persona, alguien a quien no conoces, te está haciendo muy feliz a ti.

Qué importará el sacrificio, pensé. De Japón a Flandes, de Flandes a España, todo el rato hablando un idioma que no es el suyo y la lucha por llegar, por no ser mediocre y las horas practicando un giro una y otra vez sin que salga y las lesiones y la falta de tiempo para todo lo demás. Qué importa.

No recuerdo haber visto nunca a nadie a quien le brillen los ojos así.


Actualizado: May me manda dos enlaces sobre Ángel Corella. Uno es su reportaje Gracias, Ángel. Y el otro es la dirección de la propia FotoEscena, pero de su foro, un foro magnífico (del que yo a veces no entiendo ni papa, por cierto), y magníficamente bien moderado, cosa que es de agradecer.


La imagen es de La Nueva España, de Jesús Vallinas.

viernes, 24 de julio de 2009

Ángel Corella. Corella Ballet

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"Es la primera vez que me siento delante de un teclado y no sé qué escribir". Eso dije ayer, de madrugada, la primera crónica que hago para un informativo desde que trabajo en esta radio: crónica real, en primera persona. "Habla de la belleza". Pfff. La belleza. Qué poco, ¿no? esa palabra. O qué poco el concepto.

No me llega. Vi a Hermán Cornejo y se me olvidó parpadear. Kazuko Omori se confundió con el suelo y las columnas. Ayer vi disolverse, delante de mis ojos, todas las células de una mujer y convertirse en luz y ser mármol y notas. La música fue cuerpo.

Yo fui Carmen Corella. También aprendí que en danza se da la identificación con el personaje de una manera más íntima que en cine, porque es a ti a quien abrazan y eres tú quien mira y tu mirada antecede al cuerpo y lo controla y lo maneja.

Y descubrí que se puede danzar una pieza de jazz. A Duke Ellington, a Billy Strayhorn. Para esto se me acaban las palabras. Qué pena no poder mostrar lo que vi, ni la manera en que lo vi. El punto de chulería, la manera de crecer, de convertir Mérida en un tugurio de Harlem, él solo.

Acabo de comprar la última entrada centrada que quedaba en Orchestra. Tengo que verlo de nuevo. Aunque no baile el We got it good. Por cierto, creo que soy la única periodista que, cuando no va a trabajar, paga religiosamente su entrada. Pero de eso podríamos hablar en otra ocasión.

Le entrevisté hace dos días, a Ángel Corella. Tiene un año más que yo. Me contó que en el colegio le cascaban y que su adolescencia se la pasó metido en el estudio y que estuvo relegado porque en España no había una compañía de danza clásica. Lo decía tranquilamente, le han hecho mil entrevistas, ha contado esto y mucho más, pero te mira a los ojos y le ves el punto de tristeza cuando te lo cuenta, en esa mirada brillante y dulce que tiene. "Poquito a poco te vas conociendo como persona. Paso mucho tiempo solo". Y tú estás allí, hablando con él los diez minutos reglamentarios, y piensas: este niño me gusta. Es la suerte de no ser mitómana: que nadie te deslumbra y que, cuando te gusta alguien, te gusta por lo que ves.

Cuando acabó la obra, le di las gracias. "Gracias a ti. Lo que necesites", me dijo y me apretó la mano. Pues no lo necesito, pero me apetecería un montón un café.

La imagen es de Rosalie O'Connor y pertenece a la página de Ángel Corella.

jueves, 23 de julio de 2009

Todo tú

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Me gustas todo tú. La ternura con la que me acaricias, siempre. La pasión que imprimes a tus movimientos cuando ya no puedes más. Las ganas que te comes. La timidez con que me recibes.

También me gusto yo cuando estoy contigo.


Imagen de Sisapo.

domingo, 19 de julio de 2009

Gerona

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Me parece que hace siglos de las tardes de sofá y de las caricias, del rito de desayunar juntos después de haber salido a hacer fotos, de ir a comprar para tener lista la comida del día, del pacharán y los mojitos, las rutas por las librerías y las escaleras del casco antiguo.

Siempre que una vuelve de vacaciones ocurre lo mismo. Al segundo día de rutina, parece que nunca se fue y que la que vivió todo eso (el tiempo de despejarse y descansar, lo llaman: tiempo de sentir y descubrir, lo llamo yo) era otra persona.

A veces pienso que no se trata de que los viajes te cambien. Es otro de tus yoes el que viaja, mientras otra parte de ti se queda para volver a retomar los días con el mismo ritmo de siempre.

La foto es mía. Hay más en el álbum. Algún día aprenderé a mirar, prometido. Y a procesar y a colocarme y la técnica y...

lunes, 29 de junio de 2009

Michael Jackson

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Fui fan de Michael Jackson antes de comprarme todos los discos de Tracy Chapman y de Jimi Hendrix y de los Beatles. Fui fan de Michael Jackson antes que de nadie. No me quedó otra, de todos modos. Mi hermano Nacho puso, durante años, una cinta de cassette (el disco de Bad) hasta que se rayó. Y llegó Thriller. Y llegó Off the Wall. Por ese orden. Y llegó también la música de los Jackson Five. Y la mejor versión de Who's Loving You que he oído jamás y que me perdone Terence Trent D'Arby. Y un vídeo casero con un muchacho cantando, cuando era muy pequeño, y diciendo que a Jackie Wilson había que enfocarlo con todas las luces cuando bailaba y que él quería conseguir eso.

Lo consiguió.

Es el único cantante del que reconozco los temas al primer acorde. Gracias a él escuché por primera vez clásicos como I'll be there o Ain't no sunshine. Y supe quiénes eran Bruce Springsteen y Cindy Lauper y James Brown. Y qué era el Teatro Apollo. Recuerdo a mi hermano cantando With a Child's Heart una mañana de sábado de hace años. Y recuerdo el justo momento en que mis padres compraron el vinilo de Usa for Africa. Y lo que simbolizaban unos guantes blancos, unos calcetines blancos y unas tiritas en los dedos. Y la de veces que escuché She's out of my life. Y a mi primo Popi pinchando por las mañanas cuando se levantaba Man in the mirror, porque si uno quiere cambiar el mundo tiene que empezar por la persona que le mira en el espejo. Eso fue este hombre. La boca abierta cuando lo veía bailar, algunas lágrimas con ciertas canciones, el acercamiento al hard-rock que luego me gustó tanto, una voz infantil, una emoción.

Y el resto de lo que se cuenta de él, a mí me da exactamente igual.

viernes, 26 de junio de 2009

Jacko

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Qué quieren. Yo era fan.

Pero hoy sigue siendo mi cumpleaños. Miren la entrada siguiente y felicítenme, carallo, que 33 no se cumplen todos los días.

33

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Hoy cumplo 33 y me voy de vacaciones, con una cámara, un trípode (gracias, JLAtance, y a ver si actualizamos la galería), dos objetivos y varias tarjetas de memoria. También me voy con ganas.

No hago balance en los cumpleaños. Intento hacerlos en diciembre, pero tampoco me salen las cuentas: recibo mucho y tengo mucha suerte. Nunca pensé en cómo iba a transcurrir mi vida y en qué iba a estar haciendo en según qué decadas y, de todos modos, la experiencia me ha demostrado que, en mi caso, es mejor no hacer planes, porque se me desbaratan.

Llego a los 33 habiendo aprendido a mirar lo externo, con un nuevo círculo social ampliado y con la misma capacidad de asombro. Ahora sí hay proyectos: decidir una ruta, mirar hoteles en pueblos canadienses, disfrutar de los días y las novedades. Sin prisas. Sin agobios. Con serenidad. Llego, también, con una cabeza en la que caben todos los esquemas y todas las posibilidades y eso, que antes hubiera sido un signo de incoherencia, es lo que lo está volviendo todo tan divertido.

Me sigue gustando mucho todo esto.

Imagen de Diario del Viajero. Desconozco el autor.

lunes, 22 de junio de 2009

Ninguna imagen buena

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Leo, leo, leo. Me fijo. He visto más fotografías en dos meses que en toda mi vida anterior y eso que, antes de que me diera por comprarme la cámara, me fui a Madrid a ver Ocultos, con fotos de Man Ray, Salgado, Lucien Clergue, Cartier-Bresson y Mapplethorpe; Vidas Minadas, de Gervasio Sánchez; las fotos de guerra de Don McCullin: tengo los catálogos en casa. Y Luis Ramón Marín. Y Edward Steichen. Fui a Madrid sólo para ver a Steichen (por cierto, a ver cuándo aprenden a iluminar fotografías con cristales en los museos).

Es lo único que hago ahora: aprendo qué es la proporción áurea, olvidada en mis apuntes de Historia del Arte del instituto; aprendo qué marca que un objetivo tenga más luminosidad; me fijo en el color del cielo y de los edificios y veo belleza en todas las ciudades. No sé encuadrar esa belleza, ni acotarla aún, ni quitarle lo que sobra, ni valorar qué revelado o qué procesado podría quedar mejor. Intento trabajar en Photoshop sin conseguirlo (hay quien es capaz de quitar a los turistas o de pintarle un nervio a una hoja o de darle luz a la mirada y a nada más). Tengo tantos datos en la cabeza que me mareo y ni siquiera sé para qué demonios sirve el filtro de paso alto ni cómo hacer un balance de blancos en condiciones.

Y, cuanto más leo y más aprendo, más cuenta me doy de que en Gerona, a donde me voy en pocos días, o en Canadá, donde parto en dos meses y poco, no voy a sacar ninguna imagen medianamente digna, a no ser que me suene la flauta por casualidad como al burro de la fábula.

Definitivamente, en la ignorancia yo era más feliz.

La foto es de Man Ray.

viernes, 19 de junio de 2009

Vicente Ferrer

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Creo que la mente de muchos ha viajado hoy a la India. O su corazón.

Imagen de César Lucadamo recogida de la página de la Fundación Vicente Ferrer.

jueves, 18 de junio de 2009

Tom Sawyer

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En mi mente, Tom Sawyer tiene la pinta de los dibujos animados de mi infancia. Huck también. El sábado pasado, ese niño ocurrente volvió a salvarme. Me enseñó, de nuevo, que cierto tipo de lenguaje hace que las palabras no signifiquen nada y que lo que más quieres es lo que más cuesta conseguir porque somos así de estúpidos. Ahora recuerdo una charla, hablando sobre los escritores que te cambian la vida. Yo nombré a Dumas. "¡Dumas, no! ¡Dumas te entretiene!". Supongo que Mark Twain está en el mismo saco. Y Rafael Sabatini. Y Stevenson.

Me hace gracia esa división. Literatura entretenida, literatura elevada. Porque acabas pensando: "Dios, Twain es un clásico. Como Kafka. Algo tendrá. ¿O seré yo? ¿Estoy infantil, yo? ¿Es Twain peor que Kafka?" Y aún más: "¿Le pasa esto a Twain porque es americano o porque cometió la audacia de hablar de niños?".

No he releído Príncipe y Mendigo desde antes de la adolescencia, pero podría contar la historia entera y alguna anécdota, como la del sello real que servía para cascar las nueces. También he leído algún best seller. Los pilares de la tierra (menudo coñazo). El alquimista (horroroso). La sombra del viento, que me enganchó y me lo bebí (está hecho para eso). Todos se han ido. Ni recuerdo la trama, ni los personajes siquiera. Otros permanecen. Huckleberry Finn. Tom Sawyer. Athos. Aslan. Edmundo d'Antés. La Pimpinela Escarlata. Scaramouche.

También se quedan otros. Gregor Samsa. Sidney Carton. Los poemas de Juana Inés de la Cruz y de San Juan de la Cruz y de Quevedo. Las reflexiones literarias de Virginia Woolf. El Lazarillo de Tormes (¿eso es de aventuras, también?). Atticus Finch.

Me entretienen, todos. Toda la literatura que leo es literatura de entretenimiento. Ensayos incluidos. Si no me entretiene un libro, lo cierro. Y sí: Dumas te cambia la vida y Tom Sawyer te la salva un sábado cualquiera de un mes de junio.

sábado, 23 de mayo de 2009

La Albuera

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Hay opiniones para todos los gustos, sobre la Batalla de la Albuera. Yo me quedo con la de Urko y casi me quedaría también con sus fotos, la verdad, pero espero algún día aprender a mirar así.

Voy entrenando. Me fijo en los colores del cielo, en la disposición de las flores y en las líneas de los edificios, recuerdo monumentos y busco puntos de vista.

Ahora sé que una mirada puede contar una historia.

La foto es mía.

lunes, 18 de mayo de 2009

Mario Benedetti

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Hay varias personas con quienes yo comento este dolor inexplicable. El mismo que con Hierro o con González, el mismo que tendré con Gamoneda o con Serrat. Porque tengo la suerte de que casi todas las personas de las que me enamoré murieron hace ya muchos años. Dickens, Dumas, Woolf, Pessoa, Cernuda, Juana Inés y Juan de la Cruz, Vallejo, Tagore, Rilke, Wilde, Twain. Esta gente, ya saben. "Se nos ha muerto Benedetti", le he dicho a Nerea. "Otra vez la tristeza", me ha dicho Sonia, entre exabruptos. Me manda un mensaje Maricarmen: "¡Hoy es un día triste! ¡Benedetti siempre nos dejará su: yo te quiero un poquito más que el resto del mundo! Un beso enorme". Pupe también manda mensaje: "Hola, cariño: ¿cómo llevas lo de Benedetti? Menudo palo".

Los amigos. Ésos que saben, al final, y dan el pésame.

Recuerdo el entusiasmo (la irrupción en un aula donde mis amigos hablaban de sus cosas) con que terminé Vaivén, que le copié luego a Sonia en una libreta en mis tiempos de amanuense. Recuerdo el sillón de mi casa en Reyes lleno de sus libros. Recuerdo versos suyos de memoria, desde hace años. Recuerdo el cabreo y el desdén con que le contesté a quien me dijo que era un poeta para adolescentes (en aquella época leía yo a Ovidio, Walt Whitman y César Vallejo: poetas para adolescentes, también, supongo: a Benedetti llegué mucho más tarde). Recuerdo la expresión "Los formales y el frío", en los dedos de Neno hablando de un alejamiento.

Al final, ciertos escritores se transforman en colegas y los citas cuando hablas con tus colegas y ellos saben a quién te refieres y por qué y qué significan en tu vida y en tu construcción del mundo.

Ahora tengo que hacer un programa dedicado a él y llevo desde las ocho de la mañana tragándome las lágrimas...



Imagen de AFP.

miércoles, 13 de mayo de 2009

Seda y hierro

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Hablaba de Marga del Río, que se le fue en 2004. Pero una vez me la dedicaron. "Parece que la escribió pensando en ti". Conocí la letra mucho antes que la música, ya lo conté. Hizo dos versiones. Hoy he escuchado la primera, la que él definió como un reggae puro:



Y bueno. Le debo eso. Y otras cuantas. Alguna versión. Cierta ternura. La sensación de que este tipo estuvo toda la vida muriéndose y no nos lo creíamos nunca, porque siempre sobrevivía. Era mucho mayor de lo que yo pensé: 51 años.

También le debo una tarde en casa de Sonia, que ayer no tenía palabras, desmontando prejuicios sobre Antonio Gala.




Y la sensación de que a veces se va gente que parece que han sido colegas toda la vida.

Imagen de Thomas Canet.

miércoles, 6 de mayo de 2009

En mis planes

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Esto no entraba en mis planes. Nunca había entrado en mis planes. Yo no había imaginado mis días así. Iban a ser una sucesión plácida de trabajos, de algún viaje sola o con amigos, de visitas a la gente en Madrid o en Sevilla, una sucesión de hechos controlables. La soledad elegida.

Ahora están, en mi casa y en mi cuerpo, los restos de su visita. Hay dos nuevos libros y un CD de música que me recuerdan que es cierto, que no me lo estoy inventando, que todo esto ha ocurrido y está ocurriendo de veras. Me lo dicen Ian Jeffrey y Charles Dickens y también Lou Reed, Tom Waits, Franco Battiato, Eddie Veder y los Burning. Y un puñado de fotos en varias ciudades que hemos pisado juntos. Me lo recuerdan, también, las yemas de mis dedos, que se han quedado para siempre el recuerdo exacto de su piel, lo mismo que mi boca sabe a su boca cuando le convoco.

En mis planes entraba ir a Canadá. No enamorarme como una loca.

Imagen de ViaMoi.

miércoles, 29 de abril de 2009

Ha muerto Idea Vilariño

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Ha muerto Idea Vilariño y Benedetti está malito.
Y yo estoy triste...

Lo que siento por ti es tan difícil

Lo que siento por ti es tan difícil.
No es de rosas abriéndose en el aire,
es de rosas abriéndose en el agua.
Lo que siento por ti. Esto que rueda
o se quiebra con tantos gestos tuyos
o que con tus palabras despedazas
y que luego incorporas en un gesto
y me invade en las horas amarillas
y me deja una dulce sed doblada.
Lo que siento por ti, tan doloroso
como pobre luz de las estrellas
que llega dolorida y fatigada.
Lo que siento por ti, y que sin embargo
anda tanto que a veces no te llega.

Idea Vilariño.

domingo, 19 de abril de 2009

En el Ministerio de la Gobernación, hace 45 años...

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Le gustaba irse al monte, cuando era chinorri. Su padre, militar, le había enchufado en el Ministerio de la Gobernación, como aprendiz de conserje, para que hiciera carrera. La carrera se le truncó una Semana Santa. Su compañero tenía que haberse aliado con él, pero era mucho más dócil y bajó la cabeza: hoy es un alto cargo del Gobierno socialista. Tenía los festivos libres, había hecho horas de más, su madre iba a prepararle la mochila.

Cambiaron de opinión en el último momento. Él no:
-Yo me voy a Peñalara.

No le convenció nadie. Le llamaron, finalmente, al despacho del director general, "un tío de 60 años, un fascista, vestido de negro y con su gominola en el pelo, y su bigotito". Volvió a explicarle lo que llevaba toda la mañana contando: me lo habían prometido, he estado trabajando de más para poder irme estos cuatro días, yo ya había hecho mis planes.

-Usted va a venir mañana a trabajar.
-No, señor. Yo mañana me voy al monte.
-Creo que no me está entendiendo bien. Usted va a estar aquí mañana a las ocho de la mañana.
-No. Usted no me está entendiendo a mí. Le he dicho que yo mañana me voy al monte.

El tipo aquel miró al niño que tenía enfrente, un mocoso de 14 años de edad que le plantaba cara, una y otra vez, mientras se ponía, alternativamente, lívido y pálido, e hizo lo que mejor sabía:

-¡Está usted despedido! Y mire lo que le digo. Escúcheme: su vida a partir de ahora va a ser muy complicada, porque yo, personalmente, me voy a ocupar de hacérsela imposible.

De eso han pasado 45 años. Me lo contó hace poco, durante un café. Hablábamos de quienes no quieren ser salvados, del concepto de revolución, de la dignidad y la coherencia.

El chinorri le aguantó la mirada:
-Mire usted: la vida es muy larga y usted es muy mayor.

Imagen de Peñalara de César Zarallo.

jueves, 16 de abril de 2009

Ésta es la noticia

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Yo siempre había pensado, no sé por qué, que para cantar bien sólo hacía falta una hermosa voz. Bueno. Y estudiar.

Se llama Susan Boyle. Si pinchan sobre su nombre, verán un vídeo que ha reventado Youtube.

La noticia es ésta. Aparece en El País. Que hay una friki que hace llorar a Demi Moore. La noticia, pues, es: ¿cómo es posible que una tía tan fea, que no se depila las cejas, que está gorda -tiene hipotiroidismo, si se fijan: sólo se han dado cuenta de que está gorda-, cante así de bien?

Yo siempre había pensado, no sé por qué, que para cantar bien sólo hacía falta una hermosa voz.

Ah. Eso ya lo he dicho.

Hoy he descubierto que, para cantar bien, lo único que hace falta es ser muy guapa.

Como para el resto de las cosas de la vida, vamos.

lunes, 13 de abril de 2009

Ya no quiero

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Ningún cambio es posible sin violencia. Me lo escribió Jandro una vez y me lo creo. Yo llevaba mucha acumulada, ocho años justos, uno detrás de otro, en los que intenté deshacerme de la parte de mí que no servía.

De eso hace una década justa ahora: del último momento de vértigo en que asumí que escribir es mi mejor manera de estar sola; que la lucha se había acabado porque ya no me quedaban fuerzas; que iba a ser capaz de hablar, por fin, sin el parapeto de un folio en blanco (aunque aún no haya aprendido, o no del todo); que esto era yo, que había mucho de mí que me gustaba y que era capaz de aceptar, con mucho humor, las mil características que hubiera deseado no tener.

Ya no quiero ser perfecta.

Imagen de Arbego.

miércoles, 8 de abril de 2009

Tierra

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-¿Te apuntas? ¿Te vienes?
-Por supuesto que sí, claro que voy, donde tú me digas.

Los viajes comienzan siempre mucho antes. El mío tiene fecha y hora: un 9 de marzo a las diez menos diez de la noche. Un correo electrónico, unos días que pasaron muy lentos hasta la confirmación definitiva y dos guías de Canadá que casi no me atrevía a abrir encima de mi mesa.

Hay pocos ingleses preparados para descubrir esta tierra, que avanza lentamente pero sin pausa, que consigue que las diferencias entre sus gentes queden atrás y sean pronto olvidadas, que alienta al espíritu emprendedor personal y colectivo a formar un Estado robusto y vital, sin una pizca de debilidad ni enfermedad, con el vigor y la salud latiendo en su firme pulso; esta tierra rebosa de ilusiones y esperanza.


Eso lo escribió Charles Dickens y quien me conoce, a poco que me haya leído, sabe que estoy enamorada hasta los tuétanos de ese escritor de folletines que consigue que sea la propia espina dorsal la que hable y al que cito en conversaciones de café como si fuera un viejo amigo. Esta tierra rebosa de ilusiones y esperanza. Como los viajeros. Como los exploradores.

Javier Reverte, que prepara un libro sobre Alaska y Canadá que no se editará antes de que yo pise su suelo por vez primera, dice que un viajero es aquél que sabe cuándo parte, pero no cuándo regresará. A los demás nos define la ruta el tiempo que disponemos de vacaciones. Yo ya no distingo entre viajeros y turistas: creo que, al final, lo más que hacemos, unos y otros, es desplazarnos por este territorio tan grande y tan exiguo que es el mundo, intentando apresar lo que podemos con todo el bagaje, mucho o poco, que arrastramos desde el punto de partida.

Esta vez yo estoy curada. No hago un viaje para huir de mi rutina. No tengo el corazón hecho pedazos. No hay ninguna ciudad, ningún lastre, que vaya a llevarme conmigo a otro país. Ningún viejo amor, ningún conflicto, ningún desequilibrio, ninguna desazón. No hay tormentas, no hay frío, no hay naufragios. Sólo ilusiones y esperanza.

Voy a ser tierra.

Imagen de Polilla.

viernes, 3 de abril de 2009

Quince años

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Esta Semana Santa hace quince años que nos conocemos. Fue durante una Pascua, en Burgos, en la que pasamos cuatro días juntas casi sin hablar. Le mandé una carta -en aquel entonces, la gente conocía la letra de los amigos-: un par de folios que no decían mucho y ella me respondió, mucho más abierta, mucho más expuesta. Nos sostuvo el servicio de Correos durante años, hasta que nos dimos cuenta de que vivíamos en el mismo país, a 400 km, de que existían las carreteras y de que podíamos reencontrarnos.

Viene el domingo y cuento las horas. Ha venido a cada sitio que he habitado, excepto Valencia de Alcántara. Ha estado en Almería, Granada, Sevilla, Badajoz, Melilla, Mérida. Nos fuimos a Lisboa, otra Semana Santa.

Hemos creído y descreído a la vez y hemos sufrido las mismas decepciones. Dormir a su lado -deja de leer, carajo, que son las tres de la mañana- es uno de los placeres de mi vida. Observar cómo se utilizan los espacios en las ciudades también. Oírle la voz. Que me lea. Grabar todos sus discos. Revisar los títulos de los nuevos libros de su biblioteca. Ver exposiciones. Ir a un concierto. Emborracharnos. Reírnos de las mayores idioteces, de nuestras carencias, de nuestros miedos. Admirarme de su inteligencia, de su sensibilidad y de su hondura cada vez que abre la boca. Saludar al otoño, todos los años. Ir a varias librerías durante la mañana, como una peregrinación. Compartir un cuscús. Llegar completamente pedos a casa y no parar de hablar. Resumir lo que soy en tres palabras y saber que ella siempre me verá mejor. Fumarnos el porrito de antes de dormir, que al final es más de uno. Recordar el íntimo significado que tienen para ambas los conceptos de pobreza y comunión. Plantearnos el compromiso. Sentir vergüenza y hastío y cansancio por las mismas cosas. La ternura que soy cuando la veo. Y poder abrazarla, besarla en la boca, reconocerme y saber que así pasen otros quince.

La quiero por eso y por un gesto.

Hablábamos un día. Paseábamos por Madrid. No recuerdo cuál fue el tema de conversación, pero sí que le dije:

-Imagínate que tú me pones verde a mí.

Me miró, los ojos redondos, y abrió la boca para decir algo, pero no pudo.

Tenía la mayor cara de asombro que le he visto jamás.


Imagen de * Cati Kaoe *
Imagen de Asturtom.

lunes, 30 de marzo de 2009

Viajes

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Siempre he querido hacer dos viajes. Desconozco cuándo se gestó el deseo, porque algo debí de ver: una fotografía, quizá; un documental, una película. Ni siquiera conozco demasiado sobre esos dos países, a pesar de una amiga que vivió casi 30 años en uno de ellos y de un amigo que se enamoró de ella y me mandó una postal de los empalados de Vlad Tepes. A pesar, también, de mi último nick, que es una comida (sustantivo masculino) que no he probado jamás.

Transilvania. Los Cárpatos. Sibiu. Brasov. El castillo de Bram. Sighisoara. Un recorrido que tracé mentalmente hace años y que sólo está hecho de montañas, vampiros y leyendas.

El otro destino está hecho de colores. Unas pinceladas del rojo de un bosque de arces, ocres, amarillos y naranjas, los árboles vistos desde arriba. Tengo la imagen tan grabada en la memoria que me ocurre como con Harlem, años 30. Pienso que ya estuve. Que no me lo perdí.

Siempre había pensado que mi primer destino sería Europa y que viajaría sola. Un cuaderno, las cámaras de fotos, una libreta con la firma de William Shakespeare en la portada y los ojos bien abiertos y el entusiasmo infantil que me hace abrir la boca y excitarme en cada recodo.

Jamás pensé que iría a Canadá y jamás pensé que sería así. Acompaño a un tipo que siempre me ha gustado (porque nunca conozco a alguien hasta que no le leo, y le he leído mucho), pero del que pensé que no le conocería nunca y menos de este modo, planeando un viaje por correo electrónico sin habernos visto las caras y sin haberle escuchado la voz. Vamos a Ottawa, Quebec, Sainte-Marie among the Hurons, el Parque Nacional Algonquin, la Península de Gaspé y Terranova. Ha trazado una ruta compacta e improvisada, con plena libertad para hacer lo que queramos y sin más planes que los precisos, lo cual es maravilloso porque yo soy muy anárquica.

Me voy a Canadá.

La foto es mía, de las dos guías que tengo en casa.

viernes, 27 de marzo de 2009

Equilibrio

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La felicidad, a veces, sí, huele a azahar en Doña Elvira, porque hace muchos años que Santa Cruz no significa nada y que no duele y la luz amarilla se vierte a plomo sobre el puente de Triana y la orilla del río aún no está llena de mosquitos y se puede repostar en cualquier cafetería.

Sevilla y Madrid son las dos ciudades a las que más he escrito porque allí viven las dos personas que me faltan. Si estuvieran en otro lugar, ese lugar sería también mi casa y caminaría por las calles con esa plenitud y no querría encerrarme nunca entre cuatro paredes, catorce horas en los bares, caminando, viendo a los amigos por los que no pasa el tiempo, echando de menos el albero de la Alameda y los botellones a las once de la noche en El Salvador y sintiéndome en paz, completamente en paz y más yo, desde el justo momento en que veo la Giralda.

Equilibrio. Sevilla y Madrid se llaman equilibrio.

La imagen es de mi última visita a Sevilla: mi estampa favorita de la Giralda, desde el patio de banderas. Ya lo sé: no hago buenas fotos y ni siquiera las trato después con el Photoshop, porque no sé usarlo. Pero son mías.

jueves, 26 de marzo de 2009

Dogmas de fe

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Hay temas que no me merecen ningún tipo de debate. Son dogmas de fe, si quieren, y ni siquiera me molesto. Ya no. Que te eduque tu padre, pienso. O una biblioteca.

Que la gente ha de saber dónde están sus muertos; que una lengua no se impone; que habría que legalizar todas las drogas; que la mujer está discriminada; que habría que nacionalizar ciertos servicios; que los impuestos de un país no pueden mantener a una persona y su familia por razón de cuna. Y así.

No gasto mucha tinta, ni saliva, en convencer a nadie, aunque contesto cuando me preguntan, si tengo ganas. Lo malo es que después, saben, la gente opina. Y se escriben editoriales en los periódicos y nuestros políticos se la cogen con papel de fumar y dan vergüenza ajena y hasta se publican cartas de lectores destacadas, en recuadritos, en los medios de comunicación.

La última vez la vi allí, sin respuesta, en una revista destinada al público femenino, con esas cosas que les interesan a las mujeres (belleza, pareja, cómo hacerle disfrutar a él en la cama, hijos, consultorio psicológico, cocina, moda). La publicaron, digo yo, por aquello de la pluralidad de opiniones y de la autocrítica, faltaría más.

Que a ver cuándo alguien se atrevía a investigar cuánto había influido el grado de violencia psicológica que ejercen las mujeres hacia los hombres que son sus parejas antes de que éstos, agotados ya y sin otra opción, hubieran decidido darles una paliza o matarlas. En defensa propia.

Yo estaba allí con mi cigarrito, fuma que te fuma, el sol calentándome la espalda después de un frío invierno muy frío, leyendo aquello, negro sobre blanco y volviendo a releer, como hago con todas las frases de los libros que me abren la mente y me espolean.

Y me jodió, entiéndame. Porque una a veces tiene este tipo de revelaciones sobre los temas sobre los que ha pensado mucho. Y carajo, pensé: esto cómo no se me ha ocurrido a mí antes.

Imagen de Aaron Ramos.

martes, 24 de marzo de 2009

Encuentros

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No sé si lo he dicho alguna vez, pero a mí la gente me da miedo. Es un miedo antiguo. Sé de dónde procede, aunque no vaya a contarlo aquí. Sé qué lo provoca, cómo se manifiesta -la rigidez de la espalda, la sequedad de la boca, la pesadez de los músculos-, cuál es la mejor forma de combatirlo: de hacer que no se note. O que yo deje de notarlo.

No hubo tiempo de eso ni circunstancias, porque a mí me sobrepasan los grupos grandes y no sé a qué atender. Por eso sólo recuerdo pinceladas, muchas: el tacto de una mano, un medio abrazo de despedida, una charla sobre libros de fantasía, un acento sevillano muy dulce, la definición de la primera persona de irresponsabilidad -uno cree, uno piensa, uno siente-, la petición jocosa de un diario de viaje que se hará, mi forma torpe de contar las cosas porque aún no he aprendido a hablar, pese a los esfuerzos.

Luego descubrí que me gustaron, me gustaron mucho, y que estuve cómoda, yo, que me siento fuera de lugar en cada sitio. Habrá una próxima vez, más reducida, sin rigidez, ni pesadez, ni sequedad, mucho más reposada, aunque se repitan las croquetas del Eslava y el café en cualquier lugar en el que dejen encender un cigarrillo. Seguiremos hablando del amor, o de la PAC, o de una gata y un conejo, quién sabe. Y nos reiremos y volveré a sentir la admiración brutal que me llena cuando estoy hablando con gente a la que reconozco.

Disfruté.

Hacía mucho que no disfrutaba tanto.

Imagen de Sevilla5.

miércoles, 18 de marzo de 2009

Abrir/cerrar

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Voy por épocas. Como todo el mundo. Pero no recuerdo, desde hace tiempo, una tan expansiva, en la que hubiera tanto que hacer, en la que quedara con tanta gente distinta, desconocida, y estuviera igual de a gusto que con los amigos viejos. Un Carnaval, un Monopoly hasta las seis de la mañana, una llamada de teléfono de un tío encantador del foro de Canonistas, a ver cuándo te vemos el pelo, una cita en Mérida y otra en Sevilla con dos personas que salieron de la red y que se materializarán en pocos días... Los descubrimientos que siempre me hacen pensar en la frase de Walt Whitman: Los desconocidos son amigos a los que nunca te han presentado.

Sigo siendo yo. Abro y cierro los círculos. Esta vez no ha sido algo consciente. Da igual. Hay quien decide desaparecer, sin dar explicaciones ni decir cómo, de la noche a la mañana, y el duelo dura un mes. Y quien lleva ahí catorce, quince, casi veinte años, a pesar de mis idas y venidas (de los kilómetros, de los amores, del resto de los amigos).

Voy pintándome. No sé qué parte es de mí y qué parte es de otros. Tampoco me importa. Ahora llegan más otros. La inmensa mayoría no se quedarán. Puede que algunos sí, durante un tiempo. O puede que me vaya yo.

A estas alturas de la historia, ni me lo planteo. Sólo lo disfruto.

Imagen deAgniMax.

martes, 17 de marzo de 2009

Frío

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Leo textos de hace cinco años y no me reconozco. ¿Realmente puede volvernos el amor -o su ausencia- tan locos, tan desesperados?

Jamás he tenido tanto frío.

Algo me salva.

Desde entonces, no he vuelto a tener frío.

Imagen de Paulo Brandão.

sábado, 14 de marzo de 2009

Raquel

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Dice que aprende a ser peor a ratos, aunque eso no se lo cree ni ella, que es una de las personas más buenas que conozco. En el mejor sentido de la palabra, como decía Machado. Que una cosa es ser peor y otra marcar límites y cuidar de una misma. Lleva a mi lado 18 años, lo que la convierte en la amiga más antigua que conservo y con frecuencia bromeamos con que dentro de dos décadas estaremos contándonos no sé qué cosa, o no sé cuál otra. Un día vimos a cuatro amigas de 70 años en un bar, tomando licores en vaso bajo y unas enormes copas de helado, maquilladas, quitándose la palabra de la boca, estupendísimas. Nosotras vamos a ser así. Ni siquiera creo que sea una promesa: será una realidad, aunque los licores ya no nos entren para entonces porque vamos comprobando que la edad no perdona y hace mucho que sustituimos el botellón (¡sí! ¡hicimos botellón unas cuantas veces!) por los cafés de media tarde y las tapitas de la noche.

Es cotidiana. Creo que es una de las mejores cosas que puedo decir de alguien. Que es cotidiana. Es decir, que lo mismo te echa un cable monetario para que te puedas ir a comenzar una nueva vida con un nuevo trabajo allá en África, que te acompaña a comprar ropa cuando odia ir de tiendas tanto como yo, que nos reúne en su casa y nos cocina un pescado al horno, que llama todas, absolutamente todas las semanas por teléfono (ya aprendió que yo no soporto ese aparatejo horrible) o que te manda correos para decirte que eres maravillosa y que no se te olvide nunca.

Yo creo que nunca, en estos 18 años, le he dado ni la milésima parte de lo que ella me da a mí. No es una frase hecha. Lo creo de verdad.

Pero qué carajo. Te quiero mucho, niña. Felices 33.

Imagen de MrCookie.

sábado, 7 de marzo de 2009

Programados para la belleza

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Ando aprendiendo conceptos que antes desconocía: apertura de diafragma, velocidad de obturación, distancia focal, sensores, bloqueo de enfoque. Me divierte tomar apuntes, observar imágenes de otros, mirar la realidad como si estuviera tras un visor, imaginarme posibles modelos para mis fotos, saber cómo debería hacer para que el agua de una fuente parezca de seda, experimentar con todos los botones y fijarme en los planos de las películas.

He debatido sobre la post-producción -¿es manipular quitar lo que estorba? ¿se pueden romper todas las reglas si el resultado te satisface aunque no le guste a nadie más? ¿cómo ha de ser un HDR si me decido a hacerlo algún día?-, he fotografiado todas las flores artificiales de mi casa, espero a que amaine el temporal para estudiar la luz del Templo de Diana, me planteo si sé mirar.

Pero aprendo mucho más. Uno, que todo el mundo hace malas fotos: el secreto está en no enseñarlas. Dos, que la manipulación ha existido siempre, también en los momentos de la película y el revelado y que, además, no hay mayor manipulación que el blanco y negro: ¡la realidad es en color! Tres, que el ojo humano es capaz de deshacerse de todo lo que le molesta. Cuando vemos un paisaje espléndido mirando por la ventanilla de un coche, somos capaces de olvidar las vallas metálicas del campo, los postes y los cables de teléfono. Nuestro cerebro no los procesa. Estamos programados para la belleza. Y, como la fotografía también busca la belleza, aunque nos muestre realidades horribles a menudo, al componer una imagen hay que procurar quitar lo accesorio: la cámara sí lo verá. Aprender a mirar es aprender a observar lo feo, lo que sobra, para eliminarlo.

He tardado casi 33 años en darme cuenta.

La imagen es mía, una de las primeras que hice trasteando en casa. Le sobra el marco de la puerta, pero me gusta.

domingo, 1 de marzo de 2009

Intento

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Voy a intentar escribir, me digo. Pero lo cierto es que tampoco tengo nada que contar. Está la sensación de que el cerebro es una vasta extensión yerma; de que ciertas partes del mundo se te desmoronan sin saber qué ha ocurrido, ni ganas de averiguarlo; de que el pensamiento no lleva a la acción sino a la taquicardia y de que las horas se escapan sin hacer nada provechoso.

Una porción de todo esto terminará en un mes. Cuatro semanas pasan pronto, me digo, aunque me temo que se van a hacer muy lentas. Por eso hay que buscar ocupación en las horas de ocio: seguir viendo capítulos de Northern Exposure; disparar fotografías; vencer la pereza para ir al cine; hacer planes para pensar poco. Leer, leer, leer. Desechar lo que nunca fue importante. Asumir la exclusión. Lograr que no importe ni desequilibre. Esperar que pase el tiempo.

No asustarme.

A estas alturas, todavía no he averiguado cómo se hace eso.

Imagen de Celeste.