miércoles, 24 de noviembre de 2010

Upper West Side

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Ayer el East y hoy el West, porque además me toca ver a Sonny Rollins en el Beacon Theatre. Ha llegado el otoño, está llegando el otoño a esta ciudad. Corre el viento y es frío. Ayer terminé poniéndome encima la manta del avión, recorriendo las tiendas de la Quinta Avenida. Toda glamour, yo. Eso sí: no hay nubes. 




Se supone, creo, que el Upper West era menos pijo; al menos, no he visto a niños enchaquetados ni a perros vestiditos y con lazos, pero sigue habiendo mansiones impresionantes, con su puerta de servicio igualmente (y con los del servicio entrando por la puerta del servicio). Ya he localizado el Beacon (de obras en la fachada o colocando carteles o algo) y el Metropolitan Opera, que me ha costado dar tres o cuatro vueltas (y creo que había pasado por detrás alguna vez que otra). En la tienda, trajes y más trajes, joyas, una gran sección de CDs y DVDs, marcapáginas, cuadernos hechos por Moleskine y los tres tenores cantando. La dependienta me ha dado la agenda de las representaciones y le he contado que soy de España, que ya vi el programa en la web pero que me voy antes de que comience la temporada y lloro. Mi padre también llora. Le he comprado un cubo decorativo porque no me atrevo con un DVD.





Me he recorrido casi todo Central Park West, gran parte de Riverside Drive y de las avenidas Columbus y Amsterdam, dando vueltas y más vueltas, hasta el Hudson. Desde The Dorilton hasta los Majestic Apartments, el Dakota, el Apthorp, el Turin, El Dorado, San Remo, the Langham y The Kenilworth, porque aquí todos los edificios tienen nombre.





Como en el Greenwich, muchísimos se alquilan. Dios sabe cuánto costará un piso de estos. Escribo desde el Alice's Tea Cup de la calle 73, porque una calle más arriba está el Beacon. Suena Billie Holiday, muy bajito. Sólo me he sentado a comer, en Good, desde que llegué a Manhattan, a las nueve de la mañana. Y me he levantado a las seis y media para caminar con Robert y con Boule:

-No sé cómo no partes el día- me ha dicho.





Porque no me da tiempo, he pensado yo. Porque, de Central Park, sólo he visto sus muros y las copas de los árboles, pero no la estatua de Andersen, ni The Bow ni el Belvedere (aunque sí le haya hecho fotos al Strawberry Fields, sin flores). Porque no he visto el Midtown ni Lower Manhattan y no he ido a Brooklyn ni he cruzado por su puente ni he visto el Queensboro y, además, no he hecho todas esas cosas que todo el mundo me va a echar en cara no haber hecho.





Pero los porteros del Dakota y yo hemos aplaudido a una mujer que cantaba ópera en su coche y he visto las casitas de colores de Pomander Walk (hay que acercarse y mirar por la verja: en una de ellas vivió Humphrey Bogart) y me he parado a escuchar a unos músicos (Rasheed) en Verdi Square, después de detenerme un buen rato ante el Ansonia (donde vivieron tantos otros porque está insonorizado: Menuhin entre ellos) y les he comprado un disco y les he hecho muchas fotos. Después, uno de ellos, el que tocaba el contrabajo, se me ha acercado para que se las envíe. 







Y me he encontrado de casualidad con una placa que recuerda a Elizabeth Cady Stanton porque vivió durante sus últimos años enfrente del Pomander Walk y me he emocionado porque, bueno, hay un buen puñado de mujeres americanas que nunca nos nombran en la escuela y cuyos nombres deberíamos recitar todos, como el Padre Nuestro, al levantarnos. Y darles las gracias por iniciar la lucha.



10 de septiembre.

martes, 23 de noviembre de 2010

Historias de Nueva York

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Cuando llego a casa, leo. En Nueva York, en 1741, había diez mil blancos en la ciudad y dos mil esclavos negros. En el periodo colonial, era como un reino feudal en el que los holandeses establecieron un sistema de alquiler de las fincas del río Hudson, donde los barones controlaban por completo la vida de los arrendatarios. Hubo revueltas. Bajo el mandato de Benjamin Fletcher, se concedió el 75 por ciento del territorio de Nueva York a unas treinta personas y le regaló a un amigo suyo (por 30 chelines simbólicos) medio millón de acres. En 1700, había muchos pobres en la ciudad: niños de cuatro a catorce años que pasaban sus días en la calle.




Lo cuenta Howard Zinn. Ahora también hay, en esta ciudad, un sinfín de pobres. Aquí deberían ser considerados pobres quienes no tuvieran suficiente para poder disfrutar de Nueva York y no malvivirla. Se les ve en el metro, durmiendo en algún portal y pidiendo en cada esquina (en las puertas de las iglesias no he visto a ninguno). Suelen ser hombres, de mediana edad, alguno muy mayor, la inmensa mayoría negros. En el Upper East Side, todos blancos: los vecinos del barrio, digo. Los porteros, negros. Cargando cajas, negros. En los camiones, repartiendo, haciendo el trabajo duro, negros. Camareros los hay de todas las razas.

La riqueza, en este sitio, estuvo concentrada en unas pocas manos desde 1770. No eran indios, ni negros, quienes la tenían. Como en cualquier otro lugar de Occidente. Lo explica Howard Zinn en La otra historia de los Estados Unidos. Habla de las mujeres, también: de Elizabeth Cady Stanton; de Lucretia Mott; de Sojourner Truth -nacida esclava en Nueva York: "Mirad mi brazo. He trabajado la tierra, he sembrado y he recogido la siembra en el granero y ningún hombre me podía ganar. ¿Y no soy mujer?"-, Angelina y Sarah Grimké, o Harriet Tubman, que sacó a miles de esclavos en el Tren Subterráneo porque a los 15 su capataz la hirió en la cabeza: "Había una o dos cosas a las que tenía derecho: la libertad o la muerte. Si no podía tener una, tendría la otra, porque ningún hombre me iba a tomar con vida".





Ayer lo hablaba con Robert, mientras volvíamos de las fotos nocturnas. Si hubiésemos nacido esclavos, o indios, ¿habríamos tenido los arrestos suficientes como para rebelarnos contra el hombre blanco? ¿Habríamos asumido su superioridad sin plantearnos que el mundo podría haber sido de otro modo, podría ser de otro modo, que nosotros también teníamos los mismos derechos?

-Quiero creer que sí para no darme asco a mí misma-le dije-, pero no estoy tan segura. 

Porque hay cosas, eso lo sé bien, de las que ni siquiera te das cuenta hasta que otras mujeres te las muestran.
9 de septiembre.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Enjoy

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Me acuerdo de Malter. Los camareros, en algunos sitios, dicen Enjoy!

Estoy tan llena que creo que voy a explotar. Menos mal que me quedan unas treinta y cinco calles downtown que pretendo hacer andando...






Recorro la Quinta, con sus tiendas carísimas y sus turistas, a los que tan poco he visto en otros lugares, haciéndole fotos al Atlas. 







Hay varios edificios en restauración: entre ellos, tapado enteramente, el Temple Emanu-El. Marcas y más marcas, lucecitas, Michael Jackson sonando en el establecimiento de Tommy Hilfiger, bolsos y más bolsos con el nombre del diseñador, bolsos sin precio en un lugar en el que un reloj cuesta 1.125 dólares: ni pregunto. Creo que mi madre se va a quedar sin bolso y acabaré comprándole una réplica hortera de la Estatua de la Libertad.
9 de septiembre.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Feliz no cumpleaños

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Como en el Candle Cafe. Un indian plate. Es un vegetariano que está al lado de J.G. Melon, también recomendadísimo por sus hamburguesas (pero no voy a comer hamburguesa otra vez). Aquí también las sirven, pero son de seitán. Todo ecológico y de productores locales, que es algo que se potencia mucho en Nueva York: luego te dan vasos de papel en todas partes y, por mucho que sean de de papel reciclado, la tapa es de plástico y hay que ver la cantidad de basura que se genera).




Alice's Tea Cup, decorado con alas de mariposa y con dibujos de Alicia en el País de las Maravillas, es un sitio encantador que, además, huele maravillosamente bien. He pedido un Birthday and Unbirthday Tea (feliz no cumpleaños, me digo) y un carrot cupcake, por aquello del conejo. Antes, he estado dando una vuelta por este barrio de gente rica, lleno de rubias con perlas y faldas tableadas, señores encorbatados, porteros en todos los edificios (mansiones, más bien), limusinas y puertas para el servicio, subterráneas, porque no está bien mezclarse con la chusma, ya saben, como en la casa de Joseph Pulitzer.

El cupcake está impresionante. Y encima me acaban de traer otro postre gratis, un camarero guapísimo (que habla español porque su abuela es puertorriqueña): un pastel caliente de calabaza, con nata y frambuesa. El barrio será muy pijo, pero por este lugar ya merece la pena.





No he visitado los museos, pero sí algunas de sus tiendas. En el Museo de la Ciudad he comprado otro libro, la guía que editó el New York Times sobre los lugares donde se han rodado películas. Hoy me he encontrado con el rodaje de una, White Collar, creo: en Jersey hay otro. No sé quién actúa ni me he detenido: soy muy poco mitómana. En Toronto hubiera podido ver a mi mito sexual más mito y más sexual (a dos de ellos, además: George Clooney y Willem Dafoe, aunque me refería a Dafoe y no a Clooney con lo del mito sexual) y me los perdí porque, cuando veo cámaras de televisión, huyo y huyo. Aunque de eso sí que me arrepiento, así que espero que no esté rodando aquí y enterarme días más tarde.

Me queda una semana. 

Qué rápido se pasa el tiempo en este lugar y qué poco cunden las horas. Yo ya lo sabía antes de venir: esta ciudad no se agota nunca.
9 de septiembre.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Por hacer

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Esta mañana he estado repasando: no he ido a ningún museo, salvo al ICP; no he subido al Empire ni al TOR, no he comido en Bubba Gump y todavía no he visto Central Park (a pesar de que ahora lo tengo enfrente) ni he cruzado el puente de Brooklyn. Pero me he emborrachado un día entre semana con vino argentino, he aprendido a querer a un perro en diez minutos y a fijarme en qué establecimientos los permiten, he visto el Hudson Valley, me he tomado algo en (casi) todas las tabernas históricas de la ciudad, he pasado horas en la Strand asombrada y babeando, he tenido algunos encuentros emocionantes y memorables y estoy siendo muy feliz.

Los museos no se van a ir nunca del sitio. Es curioso cómo lo que te parece imprescindible de la ciudad cambia del todo a medida que comienzas a pisarla.

Yo aquí sólo quiero estar en la calle.
9 de septiembre.



La foto es de la casa de Elia Kazan (una de sus casas).

viernes, 19 de noviembre de 2010

Upper East Side

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Ya me habían advertido de que la zona era pija, pero ver a esas madres de negro riguroso, con sus Chaneles, y a sus hijos preadolescentes enchaquetadísimos y con corbata, desgarbados en un traje que no les corresponde, ha sido asombrosamente divertido. 




Escribo en el café Sabarsky, de la Neue Galerie. Antes he ido a desayunar al Legal Grounds. X me ha despedido con un abrazo mañanero. Me gusta mucho ese hombre. El día está nubladísimo, con un cielo que amenaza tormenta y mucho viento: los árboles de Central Park se mueven furiosamente. Así que, después de desayunar, me he ido a la orilla, a hacerle fotos al perfil de Manhattan con esa luz. Mi ampolla y yo nos hemos pensado mucho bajar la calle, porque hay un trechillo y tengo el pie lleno de heriditas (these shoes are not made for walking, por muy domados que yo pensara que los tenía), pero ha sido uno de los momentos más hermosos de la jornada. 





El otro ha sido el Path. Un padre contándole cuentos a su hija, una niña guapísima y muy expresiva, que le escuchaba completamente embobada, ahora palmoteando, ahora riendo, ahora asustada y siempre pidiendo más. Su padre gesticulaba (un hombre muy guapo, por cierto), movía los brazos (con cuidado, porque tenía a otro niño mucho más pequeño en las rodillas), levantaba las cejas y hacía de monstruo. No me he enterado muy bien de qué iba la historia, pero me ha parecido divertidísimo y tierno. Los mirábamos todos los de alrededor, sonriendo, con el mayor descaro del mundo. Y ellos ni siquiera se daban cuenta.





El Cafe Sabarsky, por supuesto, está lleno hasta la bandera de gente arregladísima y varias chicas anoréxicas con un Louis Vuitton, supongo que verdadero y no de Chinatown, que saben cruzar las piernas dos veces (para eso hay que estar muy delgada o ser contorsionista: o ambas cosas a la vez). Hay unas tartas estupendas, pero no voy a comer tarta a media mañana (más bien son las dos de la tarde y a mí me rugen las tripas). Los camareros no te dicen: "Hi! How are you?", sino "Good afternoon, madam". Dicen que es un típico café vienés, con su música clásica, pero no lo sé, porque nunca he estado en Viena. Eso sí: el café melangé es magnífico y el sitio es bonito.
9 de septiembre.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Dos rayos de luz

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-Vámonos. Coge el angular y el trípode.

Robert baja con Boule antes que yo para comprar la cena. La comeremos en el puerto, calle Grand hacia abajo, hacia el agua, para ver el perfil iluminado de Manhattan, con las dos torres luminosas en la Zona Cero. Encienden los cañones por el 11-S. Otro fotógrafo nos cuenta que todavía no están cargados del todo: dentro de dos días, se verán con más fuerza. Robert me enseña a hacer fotos nocturnas: verle manejando una cámara, con todo el cuidado del mundo, es un espectáculo. Algún día se comprará una digital. Me gusta estar con él, lo he dicho millones de veces, pero llegar a casa y charlar es, junto con el desayuno del Legal Grounds (gracias a otro hombre, siempre), uno de los mejores momentos del día. Hoy me ha dejado una manta para el frío. No hace frío, no hace nada de frío, pero él es así de detallista. Me gusta mucho haberle conocido.
8 de septiembre.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Lo que me llevé de la Strand

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Broadway, desde la calle 33, es un hervidero de orientales, de letreros horteras, de tiendas de souvenirs a caballo entre el kitsch más enternecedor y el mal gusto repulsivo. Y de gente en oleadas por la calle. Voy bajando por Broadway para ir a la Strand. No subo al tercer piso para que no se me vaya la cabeza, que yo soy bien capaz de gastarme 400 dólares en un Dickens, pero se me va igualmente. Compro dos marcapáginas, dos cuadernos (uno para Elías Moro y otro para mí), una bolsa de algodón que es un bolso más bien y de la que me enamoro nada más verla y dos libros. No me llevo el de Howard Zinn ni el de Lewis Carroll. Cojo dos que me puedo permitir. Uno para mi hermano Nacho: Typee, de Herman Melville, edición de The Heritage Press de 1863, editado por Miguel Covarrubias. Y, para mí, un facsimil collector' edition, a falta del original, de cuero con el filo de las hojas en dorado (una moda horrible que se perdió, menos mal), mucho más moderno, de 1994, con introducción de Thomas Hart Benton, que también ilustra, y editado y prologado por Bernard deVoto. Las aventuras de Huckleberry Finn.

Cuando llego a casa, se los doy a Robert:
-Huélelos, le digo.

Los dos huelen maravillosamente bien. No hay nada que me guste más que acercar la nariz a los libros.




8 de septiembre.

martes, 16 de noviembre de 2010

La importancia de un nombre

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En la Marble Collegiate Church, que no puedo ver porque las horas de visita son por la mañana (aunque está abierta: soy así de disciplinada) va a haber una Misa el 12 de septiembre. Las verjas que la separan de la calle están cubiertas de cintas. De cada una de ellas cuelgan tarjetas con nombres: las de los fallecidos durante el atentado a las Torres Gemelas. Me sobrecoge, la verdad, porque nombrar a alguien (yo lo sé muy bien: conozco muy bien la importancia que tiene un nombre) es poseerlo, darle forma, traerlo a la memoria, hacerlo tuyo. El corazón me da un muerdo porque me he acordado de m0ntaraz en Forbidden Planet, al ver un muñeco de V de Vendetta, de repente, y me ha vuelto a dar mucha pena, esa historia siempre va a darme pena, y también me he acordado de Pedro, porque yo olvido muy mal, a mí olvidar no se me da bien, y me he puesto triste, por ellos y por mí, sobre todo por uno de ellos, en el que pienso, de nuevo, cuando leo esos nombres de gente a la que no conocí pero a los que otros lloran desde hace casi una década, y asiento porque sí, porque es importante que haya quienes sepan tu nombre y tu apellido.



8 de septiembre.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Tom Traubert's Blues

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Llevo días escuchando esta canción a todas horas. A ratos la alterno con Jersey Girl. A ratos, con una de las mejores versiones que se han hecho del Waltzing Matilda, la de Slim Dusty.

Me recuerda a un chaval que vive en Nueva York.

Nunca se lo he dicho.

martes, 9 de noviembre de 2010

Seis años

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Hoy me ha llamado Ángel. Hace seis años que no le veo. Acabo de descubrirlo, mirando un mensaje antiguo y me ha entrado cierto vértigo. Está, desde hace diez, en el reducido número de los mejores amigos. Eso quiere decir que, cuando hay un naufragio, Ángel se entera. Y viceversa. De hecho, en Flickr lo tengo como "familia".

-Reconocería esa voz en cualquier parte- ríe.

Yo reconocería su olor.

Se ha vuelto más paciente, lo mismo que yo he aprendido a aventar lo que no es importante. En 17 minutos le he resumido mi vida laboral, la sexual, la sentimental y las últimas decepciones.

No hacía falta que me diera cuenta de que da igual. De que da igual el tiempo que hace que no nos vemos o que nos hayamos llamado una vez al año. Da exactamente lo mismo. Porque iré a Granada, cuando tenga más de cinco días libres, y me quedaré en su casa y conoceré a su mujer (por fin) y sacaremos al perro y volveremos a comprar té y a hablar de arte y de diseño y de viajes y de nosotros, de planes de futuro, de lo que somos y de cómo somos cuando estamos juntos, porque cuando estamos juntos somos mejores.

Y qué coño: tengo muchas ganas de darte un abrazo.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Carta de Santiago Sierra

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A Santiago Sierra le han dado el Premio Nacional de Artes Plásticas. Treinta mil euros. 30.000 euros. Los otorga el Ministerio de Cultura, ése que le ha dado también 30.000 euros a Serrat y a Amaral y 20.000 a tantos otros (pero no a las editoriales, porque el Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial es testimonial tan sólo), pero que, aduciendo que no hay dinero, recorta fondos de todas las partidas, incluidos museos, que nunca tienen un duro para hacer todo lo que deberían hacer.

A mí este hombre, que se ha pasado la vida denunciando las relaciones de poder que se crean en el sistema capitalista (no hay más que recordar su Penetrados, por ejemplo), siempre me ha caído bien.


Pero, después de leer su carta, me cae aún mejor.

Aquí la tienen:

Madrid, Brumaire 2010

Estimada señora González-Sinde,

Agradezco mucho a los profesionales del arte que me recordasen y evaluasen en el modo en que lo han hecho. No obstante, y según mi opinión, los premios se conceden a quien ha realizado un servicio, como por ejemplo a un empleado del mes.
Es mi deseo manifestar en este momento que el arte me ha otorgado una libertad a la que no estoy dispuesto a renunciar. Consecuentemente, mi sentido común me obliga a rechazar este premio. Este premio instrumentaliza en beneficio del estado el prestigio del premiado. Un estado que pide a gritos legitimación ante un desacato sobre el mandato de trabajar por el bien común sin importar qué partido ocupe el puesto. Un estado que participa en guerras dementes alineado con un imperio criminal. Un estado que dona alegremente el dinero común a la banca. Un estado empeñado en el desmontaje del estado de bienestar en beneficio de una minoría internacional y local.
El estado no somos todos. El estado son ustedes y sus amigos. Por lo tanto, no me cuenten entre ellos, pues yo soy un artista serio. No señores, No, Global Tour.

¡Salud y libertad!

Santiago Sierra

Imagen de Efe.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Blanca Portillo - Festival de Mérida

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Venía vestida de verde, por aquello de la esperanza. Sonia me dejó la chapa de Medea/Portillo que Ceferino López hizo para la obra de Tomaz Pandur que la tuvo como protagonista. Blanca Portillo ha venido a dirigir el Festival de Mérida. Con rigor. Hablando de los clásicos que nos interpelan y diciendo que estamos en el siglo XXI. A esta mujer la hemos visto escoger obras de teatro arriesgadas para sus papeles protagonistas, sabemos de su gran capacidad de trabajo y del compromiso que tiene con la profesión. Son cosas que también conocemos de Chusa Martín. Yo, desde ayer, sólo he pensado en una palabra, como una salmodia: "criterio", "criterio", "criterio". Una visión. Una visión, una idea de lo que tiene que ser Mérida: de lo que fue y de lo que no ha vuelto a ser.

Hacía mucho tiempo, muchísimo, que no tenía tantas ganas de que llegara julio.

Foto: Cefe López.

Flatiron

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Ahora escribo desde el Argotea, en los bajos del Flatiron, el viento horroroso que casi me tira (antes, se ponían allí para ver cómo se les subía la falda a las mujeres) y que me ha hecho muchísima gracia y el vértigo y el mareo al mirar hacia arriba. El Empire, detrás, también me saluda. Afuera, gente haciendo deporte y un grupo de ancianos sentado a la sombra. A mi lado, un chico y una chica, orientales, hablando en un idioma que desconozco, muy animadamente. Yo miro mi ampolla, cada vez más gorda y más porculera. Creo que iré en metro hasta mi próximo destino, porque también pretendo recorrer Chelsea y son las cinco de la tarde. Pero no: son cuatro calles y media y lo que no me dé tiempo, ya lo veré otro día.


Ni Chelsea ni acercarme siquiera. Me he encaramado en la 33 para ver el Empire desde abajo, le he hecho todas las fotos habidas y por haber, al igual que al Flatiron, y he visto el barrio entero. Desde la Little Church around the Corner hasta la Marble Collegiate (no tiene mucho mérito: están al lado), edificios neo-grec, romanesque revival y Gramercy Park, con sus niños chillones y su gente usando la llave para entrar. Es el único parque privado que hay en la ciudad y los edificios que lo circundan son maravillosos. Hoy ha sido un día de bares y de arquitectura: el Metropolitan Life Insurance Company, hermosísimo; el sorprendente número 1 de Madison Park, con su forma de lápiz lleno de ventanas; el North Building, con su reloj imponente; el Lincoln Building, en tiempos, porque ahora ya no se llama así; el Decker, que he fotografiado con un contrapicado que lo hace irreconocible porque mi ampolla se me ha rebelado justo en ese momento para impedirme cruzar la calle; y las iglesias.



The Little Church Around The Corner no se llama así, pero ese nombre aparece en su puerta. En 1870, un pastor declinó oficiar el funeral por el actor George Holland y dijo que quizá podrían ofrecerlo "en la pequeña iglesia de la esquina". Desde entonces, es el templo de los actores: lo pone en la puerta de su oficina. No puedo acceder al edificio principal, donde una mujer toca el órgano, pero sí al jardín, que es encantador, y a una capilla con vidrieras preciosas. Verlo nevado debe de ser muy hermoso, pienso ahora.



8 de septiembre.

martes, 2 de noviembre de 2010

Old Town Bar

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Como en Old Town Bar. Aquí se han rodado Sexo en Nueva York, Balas sobre Broadway o Last days of disco. Y no es caro. Hamburguesa: estoy de lo más americana. Es otra taberna de madera, con las mesas gastadas y desconchadas, gente del barrio (supongo, porque hablan animadamente con los camareros) y algún turista mayor con mochila. También con los techos artesonados y grandes lámparas. Y fotos en las paredes: encima de mi mesa, una de Jackie Cooper. Antes, en la Pete's Tavern, me ha hecho gracia bajar por las escaleras hasta el baño: deben de ser las originales, desde luego, porque están gastadísimas por muchos puntos.


Block Beautiful

Ahora que me doy cuenta, en Union Square me he parado cada dos pasos para meterme en un bar. No sé si lo reclamaban mis pies (mi pie derecho, en todo caso) o que se trata de dos de los sitios que era ineludible visitar, como la White Horse.

-¿Qué has hecho en Nueva York?
-Caminar e ir de bares.

Y escribir en una libreta de la que llevo ya más de cincuenta páginas.




No podría hacer una ruta guiada por Nueva York, pienso. Porque yo ando y desando, voy de una calle a otra para descubrir que tendría que haber ido a otra parte, me paro muchísimo en muchos sitios y casi nunca sé por qué calle estoy caminando porque de repente cruzo a la otra esquina al ver un edificio bonito. Espero que la guía del AIA sirva para conseguir archivar varias de esas fotografías que no sé qué son. Y si no, tampoco pasa nada. Me veo entrando en casa, en Mérida, con la maleta, archivando las fotos. Y sé que me va a entrar una nostalgia tremenda.

8 de septiembre.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Pete's Tavern

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También a Pete's Tavern, en uno de cuyos reservados escribió O. Henry The Gift of Magi. Suena Moon River, que me recuerda siempre a Nueva York. Abrió en 1864, dicen que es la taberna más antigua de la ciudad. A mi lado hay una pareja (ella, muy amable, me dice que mi inglés es bueno y yo le agradezco la mentira). Los camareros son mayores y muy simpáticos. Por qué me gustarán tanto los bares, con sus cientos de botellas de colores, sus tiradores de esa cerveza que yo no bebo y esta barra viejísima de madera. Acabo de tomarme un café, pero tengo que entrar en este lugar, por supuesto, y beber algo. No voy a alcanzar la genialidad de O. Henry, pero lo mismo se me pega un poco: su espíritu debería de andar por aquí.





Hay barriles (Pete's 1864 Ale) y una juke box. También muchas fotos de los camareros con gente famosa. Y un libro de O. Henry, por supuesto (Collected Stories).

Mi ampolla debe de estar a gusto en este barrio, porque ha crecido, la cabrona. Da lo mismo: esto es una guerra y no voy a dejar de maltratarla hasta que explote. Por cierto, habrá que denunciar a Compeed por publicidad engañosa: el dolor no desaparece, lo digo yo, aunque me temo que no soy la única que camina por Nueva York con los pies doloridos.

Me quedan menos de diez días aquí y siento como si se me acabara el tiempo.

8 de septiembre.

domingo, 31 de octubre de 2010

Strand

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En Think Coffee también ponen un café magnífico. Adoro al New York Times por reseñarme estos lugares. Hay cuadros en las paredes, pinturas de Adriana Ehmad. Acabo de estar, por orden, en la Forbidden Planet y en la Strand. Y me he venido a tomar un café para que se me pase la impresión.



Forbidden Planet es parecida a Midtown Comics y a cualquier librería de cómics, supongo (para mí, tiene más encanto la primera, pero tampoco sabría decir por qué). Con muchísimo merchandising, además, desde figuras de Edgar Allan Poe y Charles Dickens hasta una estatua bien hermosa de Puñal. De nuevo el recuerdo de un quiosco, en Montijo, con nuestra paguita que gastar en historietas, desde el TBO hasta El Caballero Luna; de nuevo la imagen de mi madre trayéndonos un puñado de ellos cuando teníamos que quedarnos en cama, como durante mi sarampión de los tres años. Los libros que me llevaría son demasiado voluminosos, pero curioseo durante mucho rato.



Menos del que voy a pasarme en la Strand. Ya sé qué cuaderno le voy a comprar a Elías Moro: uno de esta librería grandísima y mareante (no sé ni hacia dónde mirar) en la que hay tres plantas y un sótano y en la que los empleados cogen cajas y más cajas y se toman un café mientras hojean un libro.



No cierro la boca en toda la visita. No puedo verme, pero sé que me brillan los ojos. Fotografía, arte, historia americana, historia militar, viajes, cocina, libros usados, novedades, separadores, marcapáginas con citas, bolsas, cuadernos en blanco y libros, libros, libros, libros. Tackeray en cuero, Lewis Carroll completo e ilustrado (lo cojo para llevármelo, junto a otro de Howard Zinn, dos libretas y algo más: cuando me doy cuenta del peso, devuelvo cada cosa a su sitio y pospongo la visita para cuando me vaya a ir a casa, que no es plan de ir cargando con todo eso), Omar Khayyam, Herman Melville (primera edición de Moby Dick, sin precio), Wilde, Auster (firmados), cómics, una sección de arte inmensa, otra de arquitectura no menos inmensa y la tercera planta.



La tercera planta es la de las primeras ediciones, libros para bibliófilos y publicaciones raras, como alguna del siglo catapún sobre las flores de Nueva Guinea. En la tercera planta hay un busto de Mark Twain, un par de restauradores cosiendo libros y varios Dickens a más de 400 dólares. Las obras completas, desde el Pickwick a Our Mutual Friend, cuestan 1.800. Quiero ser rica. Y quiero hacer fotos, pero me da mucha vergüenza preguntar -Roy, por favor, hazlas tú por mí-. Veo a Shakespeare, al Dr Johnson, a Lawrence (firmado), muchos libros de fotografía inmensos y, de nuevo, a más gente querida. Camino despacito y me fijo en cada título, en los lomos gastados, en los carteles que explican que ciertos libros no tienen precio y que se pregunte al dependiente, en las letras de oro y el cosido robusto que ha hecho que ahora estén ahí, al alcance de mi mano (pero no de mi bolsillo). Había visto las imágenes de Roy en el foro de Nueva York, pero jamás me imaginé que fuera tan hermosa, tan grandísima, tan caótica -con sus cajas y los dependientes de un lado a otro-, tan ordenadísima y tan calmada a la vez, porque, a pesar de la cantidad de gente que hay, que es mucha, es un sitio silencioso. Parecido a una biblioteca.

Me acuerdo muchísimo de mi hermano. Lo que disfrutaría aquí. Lo que disfrutaría yo viendo sus ojos.

Tenemos que venir juntos.

8 de septiembre.

sábado, 30 de octubre de 2010

Union Square

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-Prueba apple cider-, me dice Robert.



Invertí un día entero en el Greenwich Village. Aún no me explico cómo hay quienes pueden ver tanto en tan poco tiempo, a no ser que tengan una ruta muy definida y no callejeen tanto como yo. Hoy planeo Flatiron y Garment Districts porque hay mercado. El cielo está encapotadísimo, perfecto para las fotos y creo que antes de irme me pasaré por el puerto para dispararle al perfil de Manhattan. Me ha salido una ampolla en el pie derecho, así que supongo que iré más lenta. Mientras tanto, desayuno en el Legal Grounds, hablo con X (como todos los días) y me cuenta.

Qué duro es vivir, a veces.



Mi ampolla catedralicia (por el tamaño) y yo nos dirigimos al Union Square Greenmarket de los miércoles, jodiéndonos cordial y mutuamente. Aprendiendo a convivir. Ejerciendo alguna su dictadura, porque no se me ha ocurrido pasar por el puerto. Esto es un mercado al aire libre, de los que a mí me gustan, con los productores locales vendiendo, carteles de información de dónde están las granjas (aquí lo local es, más bien, a dos horas en coche a la redonda) y folletos aclaratorios: no usamos pesticidas, no usamos transgénicos, zumos libres de azúcar. En Union Square también hay mesas para que mi ampolla y yo nos sentemos un rato y se me acerquen las palomas, y cocineros comprando verdura. Frutas, dulces, quesos, flores que no había visto nunca y un joven hindú leyendo un best-seller al que debería hacerle una foto porque tiene una cara interesantísima...



Estoy sentada enfrente de la escultura que hizo Henry Kirke Brown de Abraham Lincoln. Tomándome un apple cider frío, zumo de manzana del Hudson Valley, entre edificios imponentes con depósitos de agua en el techo. Hay tantísima gente en la calle que parece que ningún neoyorquino trabaja. Ayudo a una mujer a meter sus bolsas en un carrito. Antes, en Jersey City, una agente ha cruzado conmigo la calle. Son eso: agentes que te ayudan a cruzar la calle, porque ya ha comenzado el colegio y los escolares caminan por ahí con sus mochilas. Ayer vi a muchos jóvenes en el edificio de bienvenida de la New York University: son iguales, en todos los sitios: con esa sensación de que el mundo es abarcable, de que es algo que cabe en la palma de la mano, y no una cosa inextricable que al final vas construyendo con los escombros que puedes arrastrar por ahí. Ahora pasan unos 20 pequeños, con sus profesores. Vienen a jugar al Evelyn's Playground de Union Square. Todos son rubísimos, uniformados, ellos y ellas: pantalón negro, camiseta burdeos, con un escudo en dorado. Qué buena manera de pasar el recreo, jugando en el parque con otros niños.

El cielo se ha despejado y el sol me hace guiños entre las hojas de los árboles.

Cada día me gusta más esta ciudad.

8 de septiembre.

viernes, 29 de octubre de 2010

Nocturnas en Jersey

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He vuelto a casa y como Wasabi Peas, que realmente quitarían toda la sinusitis del mundo: es un sabor nuevo y curioso. Salgo a hacer fotos nocturnas: no sé qué tal habrán salido pero supongo que, si no se amplían mucho, hasta darán la sensación de que no están movidas, cosa que dudo porque hacía un viento que ni con peso en el trípode. Además, no sé dónde he acabado pero no era el lugar de ayer, aunque también ofrece vistas interesantes de Manhattan. Habrá que ir una mañana, después del desayuno en Legal Grounds.



Dentro de tres cuartos de hora sacamos a Boule, que ha ido hoy al veterinario. Le he cogido mucho cariño a ese perro tan bueno, que me recibe moviendo el rabo y se acerca timidillo para que le acaricie. Lo dejaron abandonado, estaba en un solar y el dueño del solar, un gallego, le daba de comer, pero ha debido de pasarlo muy mal. Ahora está mimadísimo y me gusta que así sea, porque es, realmente, un animal muy noble.



Un animal muy noble al que su dueño acaba sacando a las dos de la mañana, sin mí, porque se ha quedado dormido.

7 de septiembre.

jueves, 28 de octubre de 2010

De tabernas y de series

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Debería poderse fumar una un cigarro en este lugar. Estoy en la White Horse Tavern, donde Dylan Thomas se tomó algún whisky de más que le hizo despedirse de este mundo al día siguiente. En la tele, el tenis. En el techo, lámparas con caballos. Un reloj de péndulo, más caballos blancos y parroquianos mayores de tertulia. Salvo los camareros, soy la única mujer.

White Horse.

Greenwich Village es un barrio muy literario y me gusta por eso. He visto varias librerías diferentes, alguna biblioteca pública hermosa y edificios memorables.

Aquí se rodó Sola en la oscuridad.

Y aquí se rodaba El show de Bill Cosby.

El camino me lleva a 66 Perry Street, la casa en la que vivía Carrie Bradshaw. Soy una fan confesa de Sexo en Nueva York. Supongo que, en los 90, una serie con cuatro amigas hablando de sexo tan abiertamente tuvo que ser todo un acontecimiento, pero yo la vi más tarde, casi quince años más tarde, y me apasionó igualmente. Desde luego, si me pongo a analizar, sí, vale, está bien: son cuatro mujeres pretendidamente independientes que se pasan (al menos tres de ellas) la serie entera buscando al hombre perfecto. Al príncipe azul con el que formar una familia. Pero, a pesar de eso, me hacen mucha gracia estas cuatro mujeres, así que fotografío la puerta de la casa de Carrie Bradshaw, con su cartel correspondiente de No trespassing, como antes he fotografiado el Onieal's Pub o la Louis K. Meisel Gallery.

Casa de Carrie Bradshaw.

También le disparo al bloque de edificios de Friends: no he visto mucho la serie, así que no lo identificaría si no fuera por las tres turistas que hay haciendo lo mismo que yo al otro lado de la calle. Casi nadie camina después unos pasitos hacia adelante para encontrarse con los muy poco fotografiables (un árbol los tapa enteros) Twin Peaks, dos edificios preciosos de Clifford Daily.

Edificio de Friends.

Las Twin Peaks.

Antes he estado, también, por la orilla del Hudson para ver las Torres de Perry Street, y los almacenes destartalados de la calle Leroy, que me encantan, para dirigirme a St Luke's Place, donde, en una casa con una puerta pequeñita que no encuentro al primer vistazo, se rodó Sola en la oscuridad. Es el número 4 y en el número 10 hay una pintada: "Theo was here". Theo, el hijo mayor de Bill Cosby. Él escribió un libro delicioso y divertido sobre ser padre que yo leí hace mucho tiempo y que todavía está en mi casa. Luego, me tiro un café encima (muy rico, de Joe) y recuerdo la emoción que me produjo ver la casa de Willa Cather: allí escribió tres novelas y hacía tertulias los viernes: D. H. Lawrence era asiduo. Todos ellos pisaron estas calles: Carter, Lawrence, cummings, Wharton, Thomas y Edna St Vincent Millay, la poeta irreverente que ganó el Pulitzer con su Ballad of the Harp Weaver y que vivía en el 75 1/2 de Bedford Street, la casa más estrecha de Nueva York, que luego ocupó Cary Grant.

La casa de Edna y de Cary.

Alguien preguntó una vez si merecía la pena el Greenwich. Yo no podría elegir un barrio de Nueva York, porque viviría en cualquiera de ellos, pero no me lo perdería en una visita por nada del mundo. Es un lugar tranquilo, con pinta de barrio, los vecinos saludándose a la puerta, las flores en cada casa cuidadísimas y todos esos espacios que habitaron gentes que nos construyeron, personas a las que amo. Cuando me despedí de los camareros del Funayama, me sonrieron:

-See you again.
Yo hice una mueca triste:
-Ojalá.

7 de septiembre.