domingo, 24 de octubre de 2010

Irish Hunger Memorial

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Vuelvo a ver el Hudson. Por la tarde camino sin rumbo por la Zona Cero, viendo las grúas, hoy paradas, observando a los turistas que hacen fotos, sonriendo porque la gente se cruza contigo y te sonríe. He llegado a un monumento, que no aparece en mis mapas aunque creo haberlo visto reflejado en otra parte, un monumento irlandés. Es una especie de parquecito en ruinas, un laberinto de muros y bajos y parcelas de hierba, al que se accede por un pasillo en el que hay escritas muchas palabras sobre el hambre: una megafonía las repite, como una salmodia. Es el Irish Hunger Memorial, de Brian Tolle, que construyó con piedras de cada uno de los 32 condados irlandeses y que simboliza las casas y los patatales abandonados cuando la hambruna de mediados del XIX, que tanta gente llevó hasta Estados Unidos y hasta Nueva York concretamente: recuerdo el libro de Brendan Beham, Mi Nueva York, hablando sobre ellos, tan divertido.


Irish Hunger Memorial


Luego voy caminando hacia el Winter Garden, que perdió todos los cristales durante los atentados del 11-S y me imagino el estruendo y el miedo. Creo que voy a estar lejos de la Zona Cero el 11 de septiembre: no me apetece inmiscuirme en un dolor ajeno que precisa de intimidad y no de un puñado de turistas observando. Creo que pasé demasiado tiempo cubriendo sucesos (un año es demasiado) y despreciando la desaparición de esa línea diáfana, antes, que establecía qué era público y qué privado. Las lágrimas son privadas. El recuerdo de un amigo, de un familiar, de un amante muerto, también lo es. No se puede compartir el dolor si no se conoce a nadie.



En todo eso pienso mientras camino por el Winter Garden y luego por el parque, con el río al lado, los barcos, los chavales que caminan sobre las ruedas de un monopatín, las bicicletas que sortean a los peatones (y a los coches, en las carreteras: qué valor tienen estos neoyorquinos), el sol iniciando el camino lento hacia la noche. Cuando cae la noche, generalmente llevo horas caminando, acabo metiéndome por las calles más desiertas y no hago fotos porque no me apetece sacar el trípode. Estoy siendo de lo más precavida cuando oscurece (tampoco demasiado: se supone que es mejor no andar por el Financial District de noche y yo me lo pateé entero sin darme cuenta de que estaba en él hasta que salí) porque no me apetece llevarme un susto y porque me conozco: ya había caminado varias veces por la Cañada de la Muerte cuando mis amigos me advirtieron de que ni se me ocurriera ir por ahí y lo mismo me pasó con la Torre de los Perdigones en Sevilla. Si el sur del Bronx estuviera en Manhattan, fijo que yo acababa deambulando por ahí. Ejem: quien dice "de madrugada" dice a las nueve, que ya es de noche cerrada, porque a la madrugada nunca llego. Es el único inconveniente de viajar sola: que una no se va de bares y que a las diez suspira por meterse en una cama.

Winter Garden.

6 de septiembre.

sábado, 23 de octubre de 2010

Encuentros y sonidos

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Rememoro los paseos. El río Hudson lleno del oro del sol al atardecer; las mil fotos que no he hecho porque me he quedado embobada mirando; los encuentros diarios (un niño rubio acariciando a dos perros idénticos; los gritos de los pequeños en este día eterno de fiesta jugando en el parque; las caras de cansancio de la gente en el Path de vuelta a casa), los ruidos. Las voces de los amigos llamándose desde el otro lado de la calle, una mujer discutiendo con un hombre en Century 21 -sigue la búsqueda infructuosa del bolso para mi madre- porque ellas querían comprar y ellos salir a tomarse una cerveza; el claxon de los taxis en cuanto el semáforo se pone en verde; la hierba del High Line Park meciéndose con el viento; el tren pasando por las vías de Cold Spring; la voz de Robert, que cambia muchísimo del inglés al español (qué curiosa es la fonética); los ladridos de Boule, que siempre está callado salvo cuando él desaparece de su vista y se angustia; el trajín del Whole Foods Market, todos los excuse me y los I'm sorry que digo durante el día; las puertas del metro cerrándose; el crujido de las escaleras mecánicas; las charlas por el móvil (en algunos bares no se admiten: me encanta eso); los portazos y el chisporroteo de la comida en cualquier puesto callejero con una plancha encendida.

6 de septiembre

viernes, 22 de octubre de 2010

TriBeCa

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Seis de septiembre. Labor Day. Son las diez y cuarto de la mañana y yo estoy todavía en Legal Grounds, hablando con los niños y resumiendo los dos últimos días. Pensaba ir al Carnaval de Brooklyn, pero vuelve a hacer calor y me temo que habrá muchísima gente, así que voy a cambiar de plan. TriBeCa, quizá. Harrison Street y sus casitas.

Bazzini Building.

TriBeCa, al final. Caminando por el río hasta llegar a la destartalada y encantadora Ear Inn, con sus carteles antiguos y sus pizarras. Ahora comparto barra, después de haber estado caminando durante horas por el barrio. También con sus casas de hierro colado y sus depósitos de agua en la azotea. Debe de ser, como tantos otros, un buen lugar para vivir.


Harrison Street.

Son las dos y media: esta ciudad me quita el hambre, aunque realmente sólo he comido cosas hipercalóricas, así que por mucho que patee... Hay un ambiente bonito en esta taberna: poca luz, mesitas con manteles de papel, un timón en el techo, muchas pizarras y una cabina de teléfonos. Hay gente del barrio, supongo: un hombre completamente tatuado y muy alegre que ya no cumplirá los 50 y que lleva el pelo largo y barba; una pareja mixta (ella muy blanca y muy rubia; él, muy negro y muy moreno); un señor y su hijo comiendo pasta a la boloñesa y una chica sentada en las mesas del fondo. Y un partido de tenis en la tele, muchas cervezas, muchas botellas y una música magnífica. También varias insignias y una escayola de una oreja: no sabemos de quién. Quizá la regaló alguien, quizá hay ahí otra historia oculta y por eso la taberna tiene ese nombre desde el siglo XIX...


Hay otro lugar precioso, con un café estupendo: Kaffe 1668. No he tomado ningún brebaje asqueroso en Nueva York: claro que me cuidé mucho de apuntarme los buenos sitios en la guía. El Kaffe tiene una mesa comunal donde ahora mismo está todo el mundo conectado al ordenador y leyendo el periódico, salvo un perro que dormita bajo mis pies. Ovejitas de peluche, sillas de madera, un gran número de viñetas en las paredes, grandes ventiladores y un camarero muy guapo que saluda: Hi! How are you?.

Mi primer cupcake.

He comido en el parque, en el Washington Market Park, con un gorrión muy atrevido acercándose cada vez más a la comida que yo había comprado en el Whole Food Market de al lado. El Kaffe me sirve para recordar el desayuno de ayer, al que Robert me invitó, en un diner ("en los diners, la propina se deja en la mesa y se paga en la caja"), la Pancake Factory, y para recordar los que vimos por el camino: "Parecen naves espaciales". Reviso las fotos de TriBeCa y el camino por el río y recuerdo a los grupos de chicos sin camiseta, sentados en la hierba y tocando la guitarra; a las parejas observando el perfil de Jersey City, donde está ahora mismo Robert, descansando, espero (he visto a un par que se le parecían) y agradezco el clima neoyorquino que está mudando la piel hacia el otoño.

El gorrioncillo que quería quitarme la comida.

Es asombrosa, pienso también, acariciando al perrito que tengo enfrente, la cultura de mascotas de esta gente. En muchos bares tienen cuencos para el agua, en varias galerías de arte los dejan entrar y en casi todos los parques públicos también, excepto en los destinados a los niños. Creo que fue Gandhi quien dijo que el desarrollo de un pueblo se mide por la forma en que trata a sus animales. Aquí se les acepta, de manera cotidiana, sin aspavientos. Me gustaría que Nerea estuviera aquí conmigo, porque me he acordado mucho de ella caminando por TriBeCa y pensando en que esta ciudad sí parece proyectada para la gente. Para que la gente viva la ciudad y no para que la engulla: con sus mil parques verdes, las flores, estas calles hechas para admirarse y para caminar, para salir al encuentro de alguien conocido, de una parada de metro que te lleve a otro lugar o vuelta a casa y al descanso.

Hoy sé que volveré. Que tengo que volver, para poder saludarla como a una vieja amiga.

6 de septiembre.

jueves, 21 de octubre de 2010

Hudson Valley

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Cold Spring es un lugar encantador, que Robert ya conocía, pero todavía estoy tratando de dilucidar si es más encantador el pueblo o el camino que conduce a él. Pasamos por Central Park para recoger a las niñas: es la primera vez que veo el parque tan de cerca. Y después, después del Woodbury, sólo hay árboles y más árboles, una vegetación exuberante y verdísima, algunas hojas ya mudando el color y preparándose para el otoño, y el río, calmo y gris, que luego se volverá de plata al atardecer.



Qué suerte tengo de estar viva, pienso. Qué suerte tengo de estar viva el 5 de septiembre de 2010, a la una menos cuarto de la tarde, con Robert a mi lado, conduciendo, la radio escupiendo éxitos de los 60, los 70 y los 80, con Mónica detrás y Boule más atrás aún y mis ojos abiertos para observar este paisaje al que no le podré hacer fotografías y que tendré que memorizar para siempre.

Un robado en Cold Spring.

Me acuerdo de Canadá también, me acuerdo mucho de Canadá y me siento en casa, en terreno conocido y, cuando llegamos a Cold Spring siento que ya he estado antes en este lugar de casitas bajas de colores y maderas pintadas, con la bandera americana, construido en el siglo XIX y con tiendas en las que venden carteles con diálogos del Mago de Oz.



Paseamos. Hablamos con gente (una chica espitosa: "¡Me emociono cuando oigo a alguien hablando en español!" Yo la cojo de los hombros: "Te comprendo perfectamente"), cuidamos de Boule, el camarero le trae agua al perro sin que se la hayamos pedido, entramos en muchas tiendas de antigüedades curiosísimas, observamos a los turistas, hacemos fotos, charlamos. Robert me dice que está contento porque yo haya podido salir de Nueva York y ver el Hudson Valley ("siempre viene bien salir de la ciudad") y yo le digo que estoy contenta porque él va a ver a sus padres.



Hemos quedado en la mansión Vanderbilt, a la que se accede por un camino particularmente hermoso ("anoche soñé que había vuelto a Manderley"), que despierta la frivolidad brutal de querer ser millonaria en ese preciso momento para comprarle el terreno al Estado: acres y acres de césped recién cortado con árboles centenarios dispuestos armoniosamente. La madre de Robert le pregunta a Mónica cómo me las apaño en Nueva York. Cuando llevamos media hora juntos, la mira:

-Se apaña perfectamente.


Mansion Vanderbilt. Paisaje.


Y mansión.

Nos queda un buen trayecto: llegar a Nueva York comiendo una bolsa de munchkins de Dunkin Donuts por el camino; despedir a Mónica, volver a Jersey sin parar de hablar, dejar el coche (el Gobierno quiere cobrarnos nuevamente las tasas, porque llegamos dentro de los veinte minutos de cortesía que marca Hertz). Yo cabeceo. Y sonrío, porque me pone de muy buen humor ver a Robert contento: siempre se está preocupando de que los demás estemos bien.

Me gusta mucho y se lo digo a cada rato.

5 de septiembre.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Woodbury

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El Woodbury es como Las Rozas Village, pero supongo que más grande. Yo entro exactamente en cinco tiendas: dos de juguetes (una, por si tienen Barbies; la otra, porque Robert me manda: hemos venido con Boule y él no puede entrar); Versace, Jimmy Choo y Clarks. Hay más, en las que entro, miro y salgo. La de Clarks es la segunda parada: hay dos marcas de zapatos que no me hacen daño, sólo dos, y Clarks es una. Me pruebo unos zapatos, descubro que tengo el 8 y medio, miro dos pares de sandalias (unas marrones y unas negras, planas, comodísimas), las compro y me voy. No tardo ni diez minutos.

Como no tengo teléfono, Robert me ha dado un walkie talkie. El plan es estar un par de horas en el Woodbury y luego ir al Hudson Valley. Intento buscar un bolso para mi madre, pero los que me gustan cuestan 1300 dólares: no sé dónde le ve la gente la baratura a Nueva York. Sí: hay alguno de 300. Le llevo yo un bolso de 300 dólares a mi madre y se lleva un disgusto... Esa mujer, cuando tiene que gastar dinero en ropa, primero pasa por una librería.

Boule en Woodbury.

No sé comprar. En fin: no es algo que descubra en Nueva York, pero es que yo entro en una tienda y me agobio. Si entro en dos, necesito un café. Cuando llevo media hora en el Woodbury dando vueltas y buscando un bar, Robert (que lo sabe) me llama por el walkie y quedamos. Hay otra mujer buscando a alguien por el mismo canal. Nos tomamos un pretzel, hasta que llega Mónica, con sus bolsas llenas de vaqueros, camisetas y una capa monísima. Por qué no seré yo más mujer, me digo. ¡Carajo, que voy caminando por Nueva York con un bolso de Spiderman! Me veo diciéndole a todo el mundo que no he traído regalos porque las tiendas que más me gustan son una librería y un sitio de cómics en inglés...

5 de septiembre.

martes, 19 de octubre de 2010

Un paseo cotidiano

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Salimos del Legal Grounds sin tiempo para hacer la colada ni para otro plan que no sea irnos rápidamente, porque hemos quedado para comer. Los niños tienen un pico de trabajo. Robert les ayuda y yo entro en la barra sintiéndome un tanto inútil por no poder echar una mano hasta que descubro algo que sí sé hacer: pesar café de Mauritania y fregar los platos. Cuando voy a pagar, no quieren cobrarme, así que les dejo el dinero del desayuno en el bote de las propinas. Después de dejar a Boule en casa, iremos a recoger un bagel de queso crema con cebolla tierna (no los he probado en otro lugar, pero supongo que así es como tienen que ser: tiernos, crujientes y suaves) y a coger el Path hasta World Trade Center. Llegamos tarde, así que nos montamos en un taxi. Robert intenta explicarme cómo funcionan: hay todo un sistema de lucecitas en juego para designar si están ocupados, libres o sin servicio; nuestro taxista es indio y conduce al estilo neoyorquino: dando brincos por las calles, casi rozando a los peatones y haciendo que el cliente tema por su vida en cada curva. Hemos quedado con unas amigas de Robert. Una de ellas quiere ir a comprar compulsivamente y otra a pasear, así que vamos al High Line Park, un parque hecho a petición de los vecinos sobre el terreno que había para las líneas del tren en desuso, un parque elevado creo que diez metros sobre el nivel de la calle, con sus hierbas, sus bancos de madera donde leer o tomar el sol, sus flores y sus varias obras de arte, y lo recorremos de punta a punta: lo que está finalizado, porque faltan aún varias fases por terminar.

High Line Park.



Nos reímos mucho, son mujeres muy interesantes y divertidas. Acabamos comiendo en una tienda del Chelsea Market (donde están expuestas las fotos que Eliot Erwitt hizo en Italia) en la que también se vende ropa (carísima): luego, dos de las chicas (al final nos juntamos seis personas) se van: una a devolver unos pantalones (ella tiene la suerte de vivir allí) y otras dos a Macy's a fundirse la tarjeta de crédito. Mónica, Robert y yo caminamos por Chelsea, el Meatpacking y SoHo hasta West Broadway. Mónica va unas tres o cuatro veces al año a Nueva York: me enseña la casa de Julian Schnabel y la de Annie Leibovitz, a las que les da todo el sol de frente. Paramos en Westville a tomar tarta de ruibarbo, tarta de manzana y un maravilloso soufflé de chocolate con chocolate líquido (para mí) con una limonada que lleva menta y el hielo más picado que he visto jamás.

Cupcakes en el Chelsea Market.

Acabamos hablando apasionadamente de las traiciones, de la lealtad y de los amigos. Quedar con gente, pararse a merendar, charlar mucho rato, caminar por las calles de esta ciudad y reírse de los detalles (una cabina con un anuncio: Still a virgin?) me ofrece una sensación de eternidad que es también muy triste, porque me doy cuenta de que me iré, de que llevo aquí una semana y, en diez días que transcurrirán muy rápidos (aún no he visto el Flatiron, siquiera) estaré cogiendo un avión con esta sensación melancólica en el cuerpo, porque no deja de ser paradójico esto de sentirme en casa y entre amigos con gente a la que acabo de conocer: como si esa fuera mi vida real.

Después iremos al aeropuerto de Newark, a recoger la furgoneta para la excursión de mañana. Las niñas quieren ir a Cold Spring, en el Hudson Valley, y a Woodbury. Mira tú por dónde, al final voy a conocer ese macrocentro comercial...

4 de septiembre.

lunes, 18 de octubre de 2010

Un desayuno de horas

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Es sábado. Creo que he despertado a Robert, pero ahora estoy esperándole en Legal Grounds. Mi ardilla sí que ha aparecido hoy. Las temperaturas han bajado drásticamente: no hay ni rastro del huracán, mañana hace una semana que estoy aquí y ya sé que no voy a ver ni la mitad de lo previsto. Y descubro que no me importa, que no siento ninguna urgencia, que esta ciudad que se mueve a mí me calma y que yo no he nacido para estresarme.

Además, creo que va a ser un día tranquilo. Robert se ha metido tras la barra a echar una mano. Dice que le relaja. Que luego desayuna y nos vamos. Yo le he dicho que se lo tome con calma, que no me importa, que yo escribiendo en el jardín del Legal Grounds estoy muy feliz. Hoy hay mucha más gente. Es un sitio especial este bar tranquilo, con su bandeja de mil muffins diferentes, sus bagels crujientes y riquísimos, la charla diaria con los niños: llegar y contar qué hice ayer, enseñar las fotos, pedir un café distinto cada día, observar cómo lo tuestan, las cafeteras, los tarros con los granos verdes y marrones de decenas de sitios distintos.

El jardín del Legal Grounds.

Hay locales acogedores en este país. En estas dos ciudades en las que pienso siempre como si fueran una, que a ratos son un caos y a ratos se despejan, en las que se aprende rápido cuándo los semáforos se van a poner en verde (que aquí es blanco) y en los que siempre te responden a las preguntas (Excuse me, sir, I'm looking for...) con una sonrisa. Robert sale:

-Ahora vengo, que están tardando en hacerme el bagel.
-¡Es sábado!-respondo-: ¡Nada de estrés!

Creo que ahora comprendo por qué la gente viene una y otra vez a este lugar. Este sitio nunca se termina de conocer del todo. Nunca vas a poder decir eso: conozco Nueva York. Puedes haber pateado sus calles mil veces, haber recorrido Richmond Road para ver a una mujer de rodillas cuidando de su jardín; haber esperado pacientemente a que la marea humana de Times Square guíe tus pasos hacia la calle 33; haber hablado con un chaval en Book & Cafe de fotografía; haberte fijado en todos los edificios del SoHo para descubrir que la reina, siempre, será más guapa que el rey o haber observado mil veces cómo el sol te devuelve los reflejos de los cristales de Manhattan desde el ferry de Staten Island, desde el Liberty State Park de Jersey... y no podrás decir que conoces Nueva York, porque Nueva York, pienso, es una ciudad de vidas, más que de monumentos. Más, mucho más, que de parques, edificios históricos, estilos arquitectónicos de los que no habías oído hablar nunca porque son una reinvención de los europeos (renacentista francés, Greek revival), teatros y plazas. No hay una masa informe de gente con caras de nada, sino un sinfín de expresiones distintas: los obreros tomándose un bocadillo y riendo a las nueve de la noche en la Zona Cero, el policía que te dice que esperes y saca su iPod para indicarte mejor una dirección; el entusiasmo de un señor que frisa la sesentena en Midtown Comics; el repartidor que te ofrece un periódico gratuito con una sonrisa; los turistas haciéndose fotos con la Naked Girl que te arranca una carcajada; la chica rubia fotografiándose a sí misma con el móvil y atusándose el pelo; el chaval que intenta ligar con otra chica rubia y muy poco vestida en la estación del Path; los vendedores de Chinatown recogiendo los puestos de pescado por la noche; la basura lista para recogerse en las aceras y el operario del camión que te grita que pases tú primero y todos los deseos, Have a good day, como una premonición.

Have a good day. Los tengo. Los estoy teniendo. Todos los días.

4 de septiembre.

domingo, 17 de octubre de 2010

El puente y un regreso

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La primera vez que vi el puente de Brooklyn, el día que pisé Manhattan, vislumbré sus torres nada más. Hoy camino por el Pier 17, para probar bien el GorillaPod y el mando a distancia que me dejó V3rthigo. El GorillaPod da el avío, pero no puede sustituir a un trípode de verdad: sin embargo, es cómodo, a pesar de sus carencias. El suelo tiembla, la gente zapatea y muchos hacen fotos con flash (descubrirán después que les han salido oscuras: hay quien no se lee las instrucciones de la cámara).



Vuelvo al Path dando, de nuevo, vueltas y revueltas, por calles semiluminadas y medio vacías. Camino rápidamente como si supiera a dónde voy, pero lo cierto es que no lo sé en absoluto. Termino en Park Row, preguntándole la dirección a un vigilante idéntico a Said, el de Lost, y paso por la Trinity Church, con su cementerio, que también he visto esta mañana, cuando me he dado la vuelta en Harrison St: perderme, no me pierdo, pero siempre voy hacia la calle contraria. Compro planos de Brooklyn y Queens en una Barnes & Noble grandísima. No hay de Staten Island. Ahora estoy en casa, he visto a Robert (creo que su figura apoyada en la puerta de su cuarto va a ser una de las cosas que más eche de menos), le he enseñado las fotos y ahora está ahí, buscando una furgoneta para la excursión del domingo. A mí me han salido dos pequeñas ampollas: me traje tiritas de España, pero con esta humedad, se despegan nada más ponérmelas. A lo mejor en Duane Reade -unas tiendas que hay en la ciudad entera, donde venden desde compresas hasta aspirinas- las tienen con pegamento extrafuerte.



Mañana iremos a la lavandería. A dejar la ropa, al más puro estilo americano, para que te la devuelvan dobladita y limpia. Qué lujo, oye: quién las tuviera tan baratas en España.

Otra cosa: se me ha roto el bolso mientras estaba en el puerto: si es que un bolso de cuatro euros no puede ser bueno. Así que entro en la primera tienda que veo y me compro uno. De Spiderman.

¿Hay algo más neoyorquino que el Trepamuros?

3 de septiembre.

sábado, 16 de octubre de 2010

El huracán que no llegó

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Se anuncia un huracán. El cielo sobre Manhattan está gris y caen rayos. Pero el viaje de regreso (con el agua picada, el olor a salitre, el viento fuerte) me hace disfrutar muchísimo. Manhattan se ve bajo esa luz difusa, a ratos brumosa, a ratos muy brillante, que sólo dan las tormentas y ver el perfil de Jersey City también me gusta porque ahí está mi casa y porque me encanta la vista desde el Liberty State Park.



Acabo comiendo Spicy Chicken & Fried shrimp en el puerto, a las siete y pico de la tarde, muerta de hambre. Al menos, en el Book & Cafe me he tomado un pedacito de tarta casera de fresa (a 2,50: esta gente de la comuna no se va a hacer rica) que estaba exquisita. El pollo, las gambas y el arroz también están buenos, pero creo que es más porque estoy realmente desfallecida.



Se supone que estoy al lado del puente de Brooklyn, pero no lo veo por ninguna parte. Y además no sé si va a estar cayendo el diluvio universal cuando salga a la calle...

3 de septiembre.

viernes, 15 de octubre de 2010

Historic Richmond Town

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El Historic Richmond Town es un caos hoy, no sé por qué. Creo que hay una especie de feria en el barrio (Richmond) porque hay atracciones para los niños y están montando un escenario porque el sábado habrá algo que se llama Rock en ruinas.

Stephens-Black House, de 1838.

El mapa no es muy claro para alguien como yo, que no sabe leer un mapa, pero termino la visita habiendo visto -creo- la mayoría de los edificios. Hoy todos están cerrados y el diner no sirve comidas porque a las tres de la tarde se van todos de allí. El lugar es... Es muy curioso, desde luego. Hay un edificio de 1695 (que no encuentro) pero la mayoría son de 1700-1800.

Eltingville Store, de 1860.

Era un pueblo, claro, así que tiene sus iglesias, sus cementerios, su escuela (uno de los edificios más bonitos: me imagino a los niños yendo a diario, hace muchas, muchas décadas); tiendas como la Tinsmith Shop, que me encanta... y hasta su hotel. Ha sido uno de los lugares que más me han gustado de Nueva York, aunque hubiera deseado, con mucho, menos trajín. Menos camiones preparando lo que sea que vaya a haber, menos operarios colocando carteles, menos carros de perritos y menos terrazas con comida. Ahora que caigo, a lo mejor es por el Labor Day, pero no lo sé porque no lo pregunto.

Bennet House, de 1839.

La escuela, de 1907.

Si algún día queréis visitarlo (cosa que yo recomiendo, pero tened en cuenta que a mí no me gusta Times Square) hay un centro de visitantes en el que se debe pagar una entrada de cinco dólares. El Richmond Town no está acotado ni nada, así que supongo que a pesar de que te dan una pegatina que debes colocar en un lugar visible, más de uno habrá recorrido el villorrio sin pagar. Pero cinco dólares es un precio baratísimo. Además, se admiten mascotas y se puede uno llevar la comida porque hay un gran espacio para picnics.

Church of Saint Andrew, de 1872.

Dunn's Mill, de 1800-1820.


Tinsmith Store, de 1841.

3 de septiembre.

jueves, 14 de octubre de 2010

Historic Richmond Town y Ganas

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El autobús 74 (S74) para cerquísima y en la puerta, creo. Cerquísima, al menos. Si alguna vez se os ocurre ir, preguntadle al conductor. Yo calculé que se tardaba una media hora, según ponía en mi guía, y vi un cartel indicador. En rojo. Y me bajé en la siguiente parada. Yo lo vi, lo juro que lo vi y lo juraré hasta que me muera pero, cuando desandé el camino del autobús (del que me apeé menos de un minuto después de haber visto el cartel), no estaba por ninguna parte.

Manhattan desde el ferry.

En Staten Island (al menos, por Richmond Road), hay muchísimos coches, pero nadie por la calle. En el bus, hombres y mujeres orondísimos y obesos, todos hispanos, negros e hindúes, cargados de pizzas. Y alguna chica menor de edad embarazadísima. Carteles en español para el seguro médico gratuito. Para tener buena higiene mental. Para informar de servicios sociales. Hay otra población con mucho menos glamour y más problemas.


Desde aquí se coge el ferry a Governor's Island, a la que al final no fui.

Estaba a punto de llamar a la puerta de una casa (por cierto, preciosas) cuando vi una estación de bomberos. Después de caminar hora y media por caminos acerados, caminos sin aceras, a la orilla de algún bosque y por otros sitios extraños, con los ojos bien abiertos y disfrutando del paisaje, encontré una tienda cuya dependienta (en inglés, claro, porque aquí ni dios habla español, salvo cuando no me atienden a mí) me dijo que me faltaban cinco minutos. Que en realidad eran diez. La crema para el dolor de pies que me compré es verdaderamente milagrosa, pero son las cinco de la tarde y no he comido.


Las dos son de Book & Cafe, de la comuna hippie Ganas.


Estoy en Book & Cafe, de la comuna hippie Ganas, un lugar precioso con un café exquisito. Son hippies, así que todos frisan los 60. Una mujer toca el violín, hay ordenadores (mando dos correos apresurados para que mis amigos sepan que estoy viva), cuadros y libros y más libros con unas sillitas con cojines. Es un lugar con mucha vida, la verdad.


La estatua desde el ferry.

3 de septiembre.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Manuel Alexandre

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Este señor siempre estaba allí. No conozco a nadie a quien no le guste, a quien no le caiga bien. Fue un hombre de teatro, sobre todo, que era lo que más le gustaba. A pesar de sus 312 películas, en las que se divirtió tanto. Fernando Fernán Gómez fue su hermano. Tuvo otro: Álvaro de Luna. "Le voy a echar mucho de menos", ha dicho. Y a mí se me ha hecho un nudo en la garganta, porque este tipo, como José Luis López Vázquez, como Miguel Delibes, como Saramago, era de la familia.

Eso sí.

Para mí, Manuel Alexandre siempre se llamará Don Mati:

Dos

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Cuando llego a casa, Robert me está esperando. Hay dos Roberts, el de por la noche, con su camiseta y sus vaqueros, y el Robert del trabajo, traje, camisa y corbata. Está muy guapo, de las dos maneras. No sólo porque lo sea, que lo es, sino porque también es tan dulce, tan tierno y tan encantador que parece más guapo cada día. El domingo no me quedo en Nueva York: tenemos programada una excursión a Cold Spring, "un pueblo precioso, con sus casitas... típico americano".

Todo esto lo escribo en el Legal Grounds: creo que ya lo he dicho, pero estar en su jardín -hoy tampoco ha venido mi ardilla- es uno de los mejores momentos del día. Sin embargo, ya va siendo hora de ponerse en marcha: hoy toca Governor's Island y el Historic Richmond Town, si lo encuentro...

3 de septiembre.

martes, 12 de octubre de 2010

Come fly away

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El Lyceum: es la más decente que tengo, así que imaginad cómo son las demás...

El Marquis Theatre está en pleno Times Square. Cerca, el Lyceum, el teatro más antiguo de la ciudad, un edificio hermosísimo en el que además siguen representándose actuaciones. Vislumbro un poco el interior, pero no me atrevo a preguntar si puedo entrar porque me da vergüenza (debería haber venido con Pupe, que es mucho más resolutiva que yo). Cuando por fin encuentro la taquilla del Marquis (dentro de un edificio en el que está el restaurante-bar The View, al que no subo porque sólo ver los ascensores me marea) y consigo mi entrada, hay que subir al primer piso: venden CDs de Frank Sinatra, algún libro y camisetas del musical. Dentro del teatro, un gran telón con la firma de Sinatra y el título de la obra. Cambiando de color.

Parte del cartel de Come fly away, fotografiado por mí a la entrada del teatro.

El escenario es un bar. Primero aparece Betsy (Laura Mead), torpe, con su vestido años 50, toda rosa ella. Y Marty, también torpe, Charlie Neshyba-Hodges, del que luego leeré que es licenciado cum laude en arquitectura y danza, que no sabe ni ponerse el delantal y que será uno de los personajes más queridos de la representación, además de todo un monstruo capaz de dar volteretas imposibles en el aire y expresarlo todo con una mirada. Los vemos a los dos: el primer acercamiento, los colegas empujándole para que se declare, los colegas advirtiendo después de que ésta se quiere casar y tener hijos, el agobio de Marty y sus sudores.


Betsy y Marty. Foto de Joan Marcus.

También está Babe (Holly Farmer), una pelirroja guapísima, toda una sophisticated lady, elegantísima y sensual, con su dandy, Sid, John Selya, un chico guapísimo, guapo, guapo, guapo hasta rabiar (lo de los cuerpos esculturales, se les presupone a todos). Y Kate, una camerunesa cuyo nombre es Karine Plantadit, que parece una leona y una gata y que es la mujer libre que ahora está con uno, ahora con otro, destrozando corazones hasta que le pagan con la misma moneda y se revuelve como un animal herido, aullando y sangrando.


Babe y Sid. Foto de Joan Marcus.

Siempre que veo un espectáculo de danza (qué bestia Twyla Tharp, qué manera de ensamblar todas las piezas), me admiro del control del cuerpo, del control de todos y cada uno de los músculos del cuerpo y de la física: cómo apoyar los pies en la cadera del compañero para bajar por sus piernas; en qué punto exacto hay que agarrar un muslo y un brazo para balancear a alguien. Observo, además, la maestría de los músicos: señores mayores que tocan el saxo y la trompeta con pulmones que ya hubiera querido yo para mí a la hora de subir a la Estatua de la Libertad. La música es de Frank Sinatra, pero también canta una mujer (Hilary Gardner) a la que le presupongo la felicidad por hacer un dúo con semejante señor (a mí ese tipo siempre me cayó bien, en general, a pesar de sus muchas sombras) y recorre grandes éxitos: desde I've got you under my skin hasta My way. Acaba con New York, New York y yo me pongo a cantar a voz en cuello toda emocionada: a los neoyorquinos les dará igual, pero yo estoy ahí, en Broadway, con my little town blues y my vagabound shoes y mis pies recocidos y me siento la queen of the hill y me pregunto qué carajo hago yo viviendo en Mérida cuando existe esta ciudad eterna y cambiante, que se mueve como un ente extraño, con más vida cultural de la que yo podría abarcar en una década; con su historia de teatros, de literatos y de poetas que le cantaron al puente de Brooklyn porque sabían que aquí todo está por hacer y todo es posible.


Kate y Hank (Keith Roberts). Foto de Joan Marcus.

El escenario del Marquis Theatre y los bailarines son una buena metáfora de Nueva York: ocurren muchas cosas en muy poco tiempo. Aquí dos se besan, dos hacen el amor, un hombre se emborracha porque se ha quedado solo, otro quiere huir y tú no sabes hacia dónde mirar.

También vuelvo a constatarlo. No hay nada que me parezca más bello, más voluptuoso, más sensual, más provocador y más excitante que un hombre bailando.

Qué ganas de echar un polvo.

2 de septiembre.

lunes, 11 de octubre de 2010

Robados

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Hoy me dedico a hacer foto callejera. Llamarlo así es una chulería por mi parte, porque planto el tele y hago retratos, pero alguno me gusta mucho a pesar de que me temo que no está muy enfocado. Cuando veo el cartel de Spiderman en el Hudson Theatre, descubro que mi tarjeta de ocho gigas no funciona. Vuelta a la B&H, compro dos (al único dependiente de la segunda planta que no habla español, un chaval muy lindo, gordete, con la kippá que me trae tantos recuerdos porque hacía diez años que no formaba parte de mi paisaje cotidiano), las pruebo y cojo el metro para ir a Columbus Circle. Pensaba comprar algo en Whole Foods Market (un sitio de lo más voluptuoso con todo lo que uno pueda imaginar) y llevármelo a Central Park, pero mañana bajarán drásticamente las temperaturas y puede ser un mejor día (se supone, de todos modos, que se acerca un huracán). Además, mañana hemos quedado para salir por la noche. Robert es amigo de alguien que es amigo, creo, de una periodista de la ETB y no sé qué vamos a hacer.



Creo que me va a parecer pronto que vivo aquí, por esas cotidianeidades varias: sacar a Boule a pasear, hablar con Robert y contarnos qué tal el día, que me prepare la cena, comer sushi tranquilamente en el Whole Foods Market, escuchar jazz en cualquier bar tomando un café mientras escribo.


Vuelvo a recorrer Broadway y vuelvo, también, a Times Square (pero no encuentro el edificio Condé Nast). Es de día, pero tampoco me apasiona: veo muchas tiendas de souvenirs horteras, demasiadas lucecitas (hasta en la entrada del metro) y sigue habiendo mucha gente. Pero, de pronto, en una de esas tiendas cuajadas de bolas de nieve y estatas de la Libertad, suena Bon Jovi a todo trapo. Entonces sí: miro hacia arriba, veo el reloj, canto y sonrío.

Estoy en Nueva York.

2 de septiembre.

Las fotos son mías.

domingo, 10 de octubre de 2010

Midtown Comics

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A partir de hoy, he acabado con el Theater District. He acabado tirando los calcetines, que me estaban quemando los pies, en la papelera del baño del International Center of Photography, porque se me ocurrió ponerme las zapatillas de deporte. Son las cinco y media de la tarde y yo de aquí no me levanto hasta las siete. A esa hora tengo que canjear la entrada de Come fly away. Me he comprado una crema en Duane Reade: para el dolor de pies. El dolor no me lo ha quitado (veremos qué tal funciona por la noche), pero he terminado descalzándome en la placita que hay a los pies de la Trump Tower: eso es glamour, señores, crema para mis extremidades doloridas y polvos antiolor para unas zapatillas que no me voy a volver a poner porque hace un calor de mil demonios.



He visitado Midtown Comics: en la Drama Bookshop no he entrado porque ya me he comprado un libro en el ICP. Pero en Midtown Comics he estado un buen rato, curioseando. Veo la colección de Tintín y me acuerdo de Tomás. Hay gente de todo tipo: jovencitos adictos al cosplay, señores mayores y orondos, ejecutivos, chicos con gorra pasados de vuelta que vociferan. Me haría con una buena colección, pero a ver quién va cargando con todo eso, cuando va a llegar a casa a la una de la mañana... Tres o cuatro nos paramos frente al estante de La Patrulla X. Vuelvo a observar a la gente: uno que pregunta por un número atrasado, un joven con traje y corbata que se detiene frente a una compilación de La Pequeña Lulú que me traslada a mi más tierna infancia... Me doy cuenta entonces: soy la única chica. Y recuerdo cuando estuvieron en la radio los chicos de Extrebeo y Fermín Solís me dijo: "Tú estás muy puesta", porque le nombré a Estrella Polar en aquella charla sobre el sexo que nos quedó de lo más pacata. También está Flash y me acuerdo del Peris. Y sonrío mucho cuando veo una figura de Gambito, muy grande, con su capa-gabardina y una carta en la mano, porque me vienen a la mente las charlas con Jose: No sé cómo puedes leer eso, que está escrito para gilipollas; Tú no tienes ni puta idea, chaval; pero esto lo arreglamos con un ron por delante.


Yo les tengo cariño a esos tipos, por más que luego y gracias a él haya leído muchos otros que no son de superhéroes. Pero crecí con ellos: aprendí qué era un cajún porque Gambito lo es; qué es un seppuku y qué un harakiri y qué significa gaijin porque Lobezno se enamoró de Mariko. Y cómo puede llegar algo que te rompa en dos de manera que no sepas quién eres, porque eso le pasó a Tormenta. Tengo dibujados a muchos personajes en mi mente y por eso sonrío cuando veo al Dr. Extraño, a Polaris, al Jinete Fantasma, a la Pantera Negra, a la Bruja Escarlata siempre tan hermosa, a Spiderman.

Les guardo la lealtad que les reservo a mis amigos.

2 de septiembre.

sábado, 9 de octubre de 2010

Derechos civiles

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La foto de Dan Weiner, sacada de Internet.

El ICP programa exposiciones periódicas: hoy hay tres: una en la que casi ni entro, porque son retratos de una especie de fetos; otra de Ed Templeton con escenas callejeras (un chaval soltando una paloma, una mujer desnuda, varios besos) y una muestra sobrecogedora sobre derechos civiles. Se llama "For all the world to see. Visual culture and the struggle for civil rights". La forman carteles, vídeos y fotografías. Los primeros tienen varias leyendas: "No dogs, negroes, mexicans", "We served colored. Carry out only"; "Drinking fountain" -con dos flechas: "white", "colored"-; "Colored seated in rear"; "Colored entrance only". También hay muñecas negras (hasta la Barbie de los 70) y fotografías de la revista Life, cuando la música (y la guerra, sobre todo, a donde fueron muchos) lograron que no pareciera extraña una portada de una viuda negra consolando a su hijo negro o una de Louis Armstrong o Billie Holiday. La muestra es sobrecogedora: no sólo los letreros: también los vídeos del Ku Klux Klan con su cruz en llamas y las capuchas blancas y la foto de un Martin Luther King pensativo, con la mano en la frente: una imagen muy famosa de Dan Weiner en blanco y negro. Lo curioso es que también son negros los trabajadores del International Center of Photography. Y se detienen en todos los letreros.

Cuando llego a casa y se lo cuento a Robert, se sonroja:
-¡Qué vergüenza!
-A mí me ha dado vergüenza del hombre. No de los americanos.

Me paro en Bryant Park, que también tiene un espacio para jugar al ping pong (donde está el mismo chico que ayer jugaba a la petanca) y una sala de lectura. Ver la vida cotidiana me reconcilia de nuevo con todos, aunque dudo mucho que se me olvide el asco que me han suscitado ciertas letras o el impacto de ese cartel de propaganda que mostraba a niños jugando en un césped con la sombra de una cruz gamada (Don't let that shadow touch them. Buy war bonds). Me senté un rato frente a uno de los vídeos de la muestra: canta Shirley Verret y luego aparecen las Supremes, Ella Fitzgerald y Sammy David Jr., Bo Didley y unos jovencísimos Tina Turner y Stevie Wonder.

No sé si mis pies podrán llevarme a algún lado hoy.


La foto del cartel, sacada de internet.

2 de septiembre

viernes, 8 de octubre de 2010

El rito diario

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X me cuenta que ha aprendido muchas cosas que quizá pueda aplicar cuando se vaya de vuelta a su país, porque allí los niños desayunan lo mismo todos los días. Hoy, en Legal Grounds, me preparan un bagel en dos: una parte con pavo, otra con salmón, y un café americano -no, no, que el café americano está asqueroso, le digo. Aquí no, me responden- que estoy saboreando (tenían razón) mientras escribo. Aunque me levante a las seis y media de la mañana, nunca salgo de Legal Grounds antes de las ocho y media o las nueve: estar en su jardín, mirar las flores y la parra, la hiedra trepando por las paredes, el cigarrito... se está transformando en el mejor momento del día. En el más plácido. Abrir la Moleskine grande con los sitios de interés, sacar la Moleskine pequeña para hacer crucecitas en el mapa, decidir a dónde voy mientras escucho a los pájaros y saludo a la ardilla que viene a verme todas las mañanas y que hoy, por cierto, ha faltado a la cita.

Creo que mis pies reclaman hoy un museo fotográfico.

2 de septiembre.