Vuelvo a ver el Hudson. Por la tarde camino sin rumbo por la Zona Cero, viendo las grúas, hoy paradas, observando a los turistas que hacen fotos, sonriendo porque la gente se cruza contigo y te sonríe. He llegado a un monumento, que no aparece en mis mapas aunque creo haberlo visto reflejado en otra parte, un monumento irlandés. Es una especie de parquecito en ruinas, un laberinto de muros y bajos y parcelas de hierba, al que se accede por un pasillo en el que hay escritas muchas palabras sobre el hambre: una megafonía las repite, como una salmodia. Es el Irish Hunger Memorial, de Brian Tolle, que construyó con piedras de cada uno de los 32 condados irlandeses y que simboliza las casas y los patatales abandonados cuando la hambruna de mediados del XIX, que tanta gente llevó hasta Estados Unidos y hasta Nueva York concretamente: recuerdo el libro de Brendan Beham, Mi Nueva York, hablando sobre ellos, tan divertido.
En todo eso pienso mientras camino por el Winter Garden y luego por el parque, con el río al lado, los barcos, los chavales que caminan sobre las ruedas de un monopatín, las bicicletas que sortean a los peatones (y a los coches, en las carreteras: qué valor tienen estos neoyorquinos), el sol iniciando el camino lento hacia la noche. Cuando cae la noche, generalmente llevo horas caminando, acabo metiéndome por las calles más desiertas y no hago fotos porque no me apetece sacar el trípode. Estoy siendo de lo más precavida cuando oscurece (tampoco demasiado: se supone que es mejor no andar por el Financial District de noche y yo me lo pateé entero sin darme cuenta de que estaba en él hasta que salí) porque no me apetece llevarme un susto y porque me conozco: ya había caminado varias veces por la Cañada de la Muerte cuando mis amigos me advirtieron de que ni se me ocurriera ir por ahí y lo mismo me pasó con la Torre de los Perdigones en Sevilla. Si el sur del Bronx estuviera en Manhattan, fijo que yo acababa deambulando por ahí. Ejem: quien dice "de madrugada" dice a las nueve, que ya es de noche cerrada, porque a la madrugada nunca llego. Es el único inconveniente de viajar sola: que una no se va de bares y que a las diez suspira por meterse en una cama.















































