martes, 19 de octubre de 2010

Un paseo cotidiano

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Salimos del Legal Grounds sin tiempo para hacer la colada ni para otro plan que no sea irnos rápidamente, porque hemos quedado para comer. Los niños tienen un pico de trabajo. Robert les ayuda y yo entro en la barra sintiéndome un tanto inútil por no poder echar una mano hasta que descubro algo que sí sé hacer: pesar café de Mauritania y fregar los platos. Cuando voy a pagar, no quieren cobrarme, así que les dejo el dinero del desayuno en el bote de las propinas. Después de dejar a Boule en casa, iremos a recoger un bagel de queso crema con cebolla tierna (no los he probado en otro lugar, pero supongo que así es como tienen que ser: tiernos, crujientes y suaves) y a coger el Path hasta World Trade Center. Llegamos tarde, así que nos montamos en un taxi. Robert intenta explicarme cómo funcionan: hay todo un sistema de lucecitas en juego para designar si están ocupados, libres o sin servicio; nuestro taxista es indio y conduce al estilo neoyorquino: dando brincos por las calles, casi rozando a los peatones y haciendo que el cliente tema por su vida en cada curva. Hemos quedado con unas amigas de Robert. Una de ellas quiere ir a comprar compulsivamente y otra a pasear, así que vamos al High Line Park, un parque hecho a petición de los vecinos sobre el terreno que había para las líneas del tren en desuso, un parque elevado creo que diez metros sobre el nivel de la calle, con sus hierbas, sus bancos de madera donde leer o tomar el sol, sus flores y sus varias obras de arte, y lo recorremos de punta a punta: lo que está finalizado, porque faltan aún varias fases por terminar.

High Line Park.



Nos reímos mucho, son mujeres muy interesantes y divertidas. Acabamos comiendo en una tienda del Chelsea Market (donde están expuestas las fotos que Eliot Erwitt hizo en Italia) en la que también se vende ropa (carísima): luego, dos de las chicas (al final nos juntamos seis personas) se van: una a devolver unos pantalones (ella tiene la suerte de vivir allí) y otras dos a Macy's a fundirse la tarjeta de crédito. Mónica, Robert y yo caminamos por Chelsea, el Meatpacking y SoHo hasta West Broadway. Mónica va unas tres o cuatro veces al año a Nueva York: me enseña la casa de Julian Schnabel y la de Annie Leibovitz, a las que les da todo el sol de frente. Paramos en Westville a tomar tarta de ruibarbo, tarta de manzana y un maravilloso soufflé de chocolate con chocolate líquido (para mí) con una limonada que lleva menta y el hielo más picado que he visto jamás.

Cupcakes en el Chelsea Market.

Acabamos hablando apasionadamente de las traiciones, de la lealtad y de los amigos. Quedar con gente, pararse a merendar, charlar mucho rato, caminar por las calles de esta ciudad y reírse de los detalles (una cabina con un anuncio: Still a virgin?) me ofrece una sensación de eternidad que es también muy triste, porque me doy cuenta de que me iré, de que llevo aquí una semana y, en diez días que transcurrirán muy rápidos (aún no he visto el Flatiron, siquiera) estaré cogiendo un avión con esta sensación melancólica en el cuerpo, porque no deja de ser paradójico esto de sentirme en casa y entre amigos con gente a la que acabo de conocer: como si esa fuera mi vida real.

Después iremos al aeropuerto de Newark, a recoger la furgoneta para la excursión de mañana. Las niñas quieren ir a Cold Spring, en el Hudson Valley, y a Woodbury. Mira tú por dónde, al final voy a conocer ese macrocentro comercial...

4 de septiembre.

lunes, 18 de octubre de 2010

Un desayuno de horas

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Es sábado. Creo que he despertado a Robert, pero ahora estoy esperándole en Legal Grounds. Mi ardilla sí que ha aparecido hoy. Las temperaturas han bajado drásticamente: no hay ni rastro del huracán, mañana hace una semana que estoy aquí y ya sé que no voy a ver ni la mitad de lo previsto. Y descubro que no me importa, que no siento ninguna urgencia, que esta ciudad que se mueve a mí me calma y que yo no he nacido para estresarme.

Además, creo que va a ser un día tranquilo. Robert se ha metido tras la barra a echar una mano. Dice que le relaja. Que luego desayuna y nos vamos. Yo le he dicho que se lo tome con calma, que no me importa, que yo escribiendo en el jardín del Legal Grounds estoy muy feliz. Hoy hay mucha más gente. Es un sitio especial este bar tranquilo, con su bandeja de mil muffins diferentes, sus bagels crujientes y riquísimos, la charla diaria con los niños: llegar y contar qué hice ayer, enseñar las fotos, pedir un café distinto cada día, observar cómo lo tuestan, las cafeteras, los tarros con los granos verdes y marrones de decenas de sitios distintos.

El jardín del Legal Grounds.

Hay locales acogedores en este país. En estas dos ciudades en las que pienso siempre como si fueran una, que a ratos son un caos y a ratos se despejan, en las que se aprende rápido cuándo los semáforos se van a poner en verde (que aquí es blanco) y en los que siempre te responden a las preguntas (Excuse me, sir, I'm looking for...) con una sonrisa. Robert sale:

-Ahora vengo, que están tardando en hacerme el bagel.
-¡Es sábado!-respondo-: ¡Nada de estrés!

Creo que ahora comprendo por qué la gente viene una y otra vez a este lugar. Este sitio nunca se termina de conocer del todo. Nunca vas a poder decir eso: conozco Nueva York. Puedes haber pateado sus calles mil veces, haber recorrido Richmond Road para ver a una mujer de rodillas cuidando de su jardín; haber esperado pacientemente a que la marea humana de Times Square guíe tus pasos hacia la calle 33; haber hablado con un chaval en Book & Cafe de fotografía; haberte fijado en todos los edificios del SoHo para descubrir que la reina, siempre, será más guapa que el rey o haber observado mil veces cómo el sol te devuelve los reflejos de los cristales de Manhattan desde el ferry de Staten Island, desde el Liberty State Park de Jersey... y no podrás decir que conoces Nueva York, porque Nueva York, pienso, es una ciudad de vidas, más que de monumentos. Más, mucho más, que de parques, edificios históricos, estilos arquitectónicos de los que no habías oído hablar nunca porque son una reinvención de los europeos (renacentista francés, Greek revival), teatros y plazas. No hay una masa informe de gente con caras de nada, sino un sinfín de expresiones distintas: los obreros tomándose un bocadillo y riendo a las nueve de la noche en la Zona Cero, el policía que te dice que esperes y saca su iPod para indicarte mejor una dirección; el entusiasmo de un señor que frisa la sesentena en Midtown Comics; el repartidor que te ofrece un periódico gratuito con una sonrisa; los turistas haciéndose fotos con la Naked Girl que te arranca una carcajada; la chica rubia fotografiándose a sí misma con el móvil y atusándose el pelo; el chaval que intenta ligar con otra chica rubia y muy poco vestida en la estación del Path; los vendedores de Chinatown recogiendo los puestos de pescado por la noche; la basura lista para recogerse en las aceras y el operario del camión que te grita que pases tú primero y todos los deseos, Have a good day, como una premonición.

Have a good day. Los tengo. Los estoy teniendo. Todos los días.

4 de septiembre.

domingo, 17 de octubre de 2010

El puente y un regreso

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La primera vez que vi el puente de Brooklyn, el día que pisé Manhattan, vislumbré sus torres nada más. Hoy camino por el Pier 17, para probar bien el GorillaPod y el mando a distancia que me dejó V3rthigo. El GorillaPod da el avío, pero no puede sustituir a un trípode de verdad: sin embargo, es cómodo, a pesar de sus carencias. El suelo tiembla, la gente zapatea y muchos hacen fotos con flash (descubrirán después que les han salido oscuras: hay quien no se lee las instrucciones de la cámara).



Vuelvo al Path dando, de nuevo, vueltas y revueltas, por calles semiluminadas y medio vacías. Camino rápidamente como si supiera a dónde voy, pero lo cierto es que no lo sé en absoluto. Termino en Park Row, preguntándole la dirección a un vigilante idéntico a Said, el de Lost, y paso por la Trinity Church, con su cementerio, que también he visto esta mañana, cuando me he dado la vuelta en Harrison St: perderme, no me pierdo, pero siempre voy hacia la calle contraria. Compro planos de Brooklyn y Queens en una Barnes & Noble grandísima. No hay de Staten Island. Ahora estoy en casa, he visto a Robert (creo que su figura apoyada en la puerta de su cuarto va a ser una de las cosas que más eche de menos), le he enseñado las fotos y ahora está ahí, buscando una furgoneta para la excursión del domingo. A mí me han salido dos pequeñas ampollas: me traje tiritas de España, pero con esta humedad, se despegan nada más ponérmelas. A lo mejor en Duane Reade -unas tiendas que hay en la ciudad entera, donde venden desde compresas hasta aspirinas- las tienen con pegamento extrafuerte.



Mañana iremos a la lavandería. A dejar la ropa, al más puro estilo americano, para que te la devuelvan dobladita y limpia. Qué lujo, oye: quién las tuviera tan baratas en España.

Otra cosa: se me ha roto el bolso mientras estaba en el puerto: si es que un bolso de cuatro euros no puede ser bueno. Así que entro en la primera tienda que veo y me compro uno. De Spiderman.

¿Hay algo más neoyorquino que el Trepamuros?

3 de septiembre.

sábado, 16 de octubre de 2010

El huracán que no llegó

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Se anuncia un huracán. El cielo sobre Manhattan está gris y caen rayos. Pero el viaje de regreso (con el agua picada, el olor a salitre, el viento fuerte) me hace disfrutar muchísimo. Manhattan se ve bajo esa luz difusa, a ratos brumosa, a ratos muy brillante, que sólo dan las tormentas y ver el perfil de Jersey City también me gusta porque ahí está mi casa y porque me encanta la vista desde el Liberty State Park.



Acabo comiendo Spicy Chicken & Fried shrimp en el puerto, a las siete y pico de la tarde, muerta de hambre. Al menos, en el Book & Cafe me he tomado un pedacito de tarta casera de fresa (a 2,50: esta gente de la comuna no se va a hacer rica) que estaba exquisita. El pollo, las gambas y el arroz también están buenos, pero creo que es más porque estoy realmente desfallecida.



Se supone que estoy al lado del puente de Brooklyn, pero no lo veo por ninguna parte. Y además no sé si va a estar cayendo el diluvio universal cuando salga a la calle...

3 de septiembre.

viernes, 15 de octubre de 2010

Historic Richmond Town

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El Historic Richmond Town es un caos hoy, no sé por qué. Creo que hay una especie de feria en el barrio (Richmond) porque hay atracciones para los niños y están montando un escenario porque el sábado habrá algo que se llama Rock en ruinas.

Stephens-Black House, de 1838.

El mapa no es muy claro para alguien como yo, que no sabe leer un mapa, pero termino la visita habiendo visto -creo- la mayoría de los edificios. Hoy todos están cerrados y el diner no sirve comidas porque a las tres de la tarde se van todos de allí. El lugar es... Es muy curioso, desde luego. Hay un edificio de 1695 (que no encuentro) pero la mayoría son de 1700-1800.

Eltingville Store, de 1860.

Era un pueblo, claro, así que tiene sus iglesias, sus cementerios, su escuela (uno de los edificios más bonitos: me imagino a los niños yendo a diario, hace muchas, muchas décadas); tiendas como la Tinsmith Shop, que me encanta... y hasta su hotel. Ha sido uno de los lugares que más me han gustado de Nueva York, aunque hubiera deseado, con mucho, menos trajín. Menos camiones preparando lo que sea que vaya a haber, menos operarios colocando carteles, menos carros de perritos y menos terrazas con comida. Ahora que caigo, a lo mejor es por el Labor Day, pero no lo sé porque no lo pregunto.

Bennet House, de 1839.

La escuela, de 1907.

Si algún día queréis visitarlo (cosa que yo recomiendo, pero tened en cuenta que a mí no me gusta Times Square) hay un centro de visitantes en el que se debe pagar una entrada de cinco dólares. El Richmond Town no está acotado ni nada, así que supongo que a pesar de que te dan una pegatina que debes colocar en un lugar visible, más de uno habrá recorrido el villorrio sin pagar. Pero cinco dólares es un precio baratísimo. Además, se admiten mascotas y se puede uno llevar la comida porque hay un gran espacio para picnics.

Church of Saint Andrew, de 1872.

Dunn's Mill, de 1800-1820.


Tinsmith Store, de 1841.

3 de septiembre.

jueves, 14 de octubre de 2010

Historic Richmond Town y Ganas

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El autobús 74 (S74) para cerquísima y en la puerta, creo. Cerquísima, al menos. Si alguna vez se os ocurre ir, preguntadle al conductor. Yo calculé que se tardaba una media hora, según ponía en mi guía, y vi un cartel indicador. En rojo. Y me bajé en la siguiente parada. Yo lo vi, lo juro que lo vi y lo juraré hasta que me muera pero, cuando desandé el camino del autobús (del que me apeé menos de un minuto después de haber visto el cartel), no estaba por ninguna parte.

Manhattan desde el ferry.

En Staten Island (al menos, por Richmond Road), hay muchísimos coches, pero nadie por la calle. En el bus, hombres y mujeres orondísimos y obesos, todos hispanos, negros e hindúes, cargados de pizzas. Y alguna chica menor de edad embarazadísima. Carteles en español para el seguro médico gratuito. Para tener buena higiene mental. Para informar de servicios sociales. Hay otra población con mucho menos glamour y más problemas.


Desde aquí se coge el ferry a Governor's Island, a la que al final no fui.

Estaba a punto de llamar a la puerta de una casa (por cierto, preciosas) cuando vi una estación de bomberos. Después de caminar hora y media por caminos acerados, caminos sin aceras, a la orilla de algún bosque y por otros sitios extraños, con los ojos bien abiertos y disfrutando del paisaje, encontré una tienda cuya dependienta (en inglés, claro, porque aquí ni dios habla español, salvo cuando no me atienden a mí) me dijo que me faltaban cinco minutos. Que en realidad eran diez. La crema para el dolor de pies que me compré es verdaderamente milagrosa, pero son las cinco de la tarde y no he comido.


Las dos son de Book & Cafe, de la comuna hippie Ganas.


Estoy en Book & Cafe, de la comuna hippie Ganas, un lugar precioso con un café exquisito. Son hippies, así que todos frisan los 60. Una mujer toca el violín, hay ordenadores (mando dos correos apresurados para que mis amigos sepan que estoy viva), cuadros y libros y más libros con unas sillitas con cojines. Es un lugar con mucha vida, la verdad.


La estatua desde el ferry.

3 de septiembre.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Manuel Alexandre

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Este señor siempre estaba allí. No conozco a nadie a quien no le guste, a quien no le caiga bien. Fue un hombre de teatro, sobre todo, que era lo que más le gustaba. A pesar de sus 312 películas, en las que se divirtió tanto. Fernando Fernán Gómez fue su hermano. Tuvo otro: Álvaro de Luna. "Le voy a echar mucho de menos", ha dicho. Y a mí se me ha hecho un nudo en la garganta, porque este tipo, como José Luis López Vázquez, como Miguel Delibes, como Saramago, era de la familia.

Eso sí.

Para mí, Manuel Alexandre siempre se llamará Don Mati:

Dos

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Cuando llego a casa, Robert me está esperando. Hay dos Roberts, el de por la noche, con su camiseta y sus vaqueros, y el Robert del trabajo, traje, camisa y corbata. Está muy guapo, de las dos maneras. No sólo porque lo sea, que lo es, sino porque también es tan dulce, tan tierno y tan encantador que parece más guapo cada día. El domingo no me quedo en Nueva York: tenemos programada una excursión a Cold Spring, "un pueblo precioso, con sus casitas... típico americano".

Todo esto lo escribo en el Legal Grounds: creo que ya lo he dicho, pero estar en su jardín -hoy tampoco ha venido mi ardilla- es uno de los mejores momentos del día. Sin embargo, ya va siendo hora de ponerse en marcha: hoy toca Governor's Island y el Historic Richmond Town, si lo encuentro...

3 de septiembre.

martes, 12 de octubre de 2010

Come fly away

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El Lyceum: es la más decente que tengo, así que imaginad cómo son las demás...

El Marquis Theatre está en pleno Times Square. Cerca, el Lyceum, el teatro más antiguo de la ciudad, un edificio hermosísimo en el que además siguen representándose actuaciones. Vislumbro un poco el interior, pero no me atrevo a preguntar si puedo entrar porque me da vergüenza (debería haber venido con Pupe, que es mucho más resolutiva que yo). Cuando por fin encuentro la taquilla del Marquis (dentro de un edificio en el que está el restaurante-bar The View, al que no subo porque sólo ver los ascensores me marea) y consigo mi entrada, hay que subir al primer piso: venden CDs de Frank Sinatra, algún libro y camisetas del musical. Dentro del teatro, un gran telón con la firma de Sinatra y el título de la obra. Cambiando de color.

Parte del cartel de Come fly away, fotografiado por mí a la entrada del teatro.

El escenario es un bar. Primero aparece Betsy (Laura Mead), torpe, con su vestido años 50, toda rosa ella. Y Marty, también torpe, Charlie Neshyba-Hodges, del que luego leeré que es licenciado cum laude en arquitectura y danza, que no sabe ni ponerse el delantal y que será uno de los personajes más queridos de la representación, además de todo un monstruo capaz de dar volteretas imposibles en el aire y expresarlo todo con una mirada. Los vemos a los dos: el primer acercamiento, los colegas empujándole para que se declare, los colegas advirtiendo después de que ésta se quiere casar y tener hijos, el agobio de Marty y sus sudores.


Betsy y Marty. Foto de Joan Marcus.

También está Babe (Holly Farmer), una pelirroja guapísima, toda una sophisticated lady, elegantísima y sensual, con su dandy, Sid, John Selya, un chico guapísimo, guapo, guapo, guapo hasta rabiar (lo de los cuerpos esculturales, se les presupone a todos). Y Kate, una camerunesa cuyo nombre es Karine Plantadit, que parece una leona y una gata y que es la mujer libre que ahora está con uno, ahora con otro, destrozando corazones hasta que le pagan con la misma moneda y se revuelve como un animal herido, aullando y sangrando.


Babe y Sid. Foto de Joan Marcus.

Siempre que veo un espectáculo de danza (qué bestia Twyla Tharp, qué manera de ensamblar todas las piezas), me admiro del control del cuerpo, del control de todos y cada uno de los músculos del cuerpo y de la física: cómo apoyar los pies en la cadera del compañero para bajar por sus piernas; en qué punto exacto hay que agarrar un muslo y un brazo para balancear a alguien. Observo, además, la maestría de los músicos: señores mayores que tocan el saxo y la trompeta con pulmones que ya hubiera querido yo para mí a la hora de subir a la Estatua de la Libertad. La música es de Frank Sinatra, pero también canta una mujer (Hilary Gardner) a la que le presupongo la felicidad por hacer un dúo con semejante señor (a mí ese tipo siempre me cayó bien, en general, a pesar de sus muchas sombras) y recorre grandes éxitos: desde I've got you under my skin hasta My way. Acaba con New York, New York y yo me pongo a cantar a voz en cuello toda emocionada: a los neoyorquinos les dará igual, pero yo estoy ahí, en Broadway, con my little town blues y my vagabound shoes y mis pies recocidos y me siento la queen of the hill y me pregunto qué carajo hago yo viviendo en Mérida cuando existe esta ciudad eterna y cambiante, que se mueve como un ente extraño, con más vida cultural de la que yo podría abarcar en una década; con su historia de teatros, de literatos y de poetas que le cantaron al puente de Brooklyn porque sabían que aquí todo está por hacer y todo es posible.


Kate y Hank (Keith Roberts). Foto de Joan Marcus.

El escenario del Marquis Theatre y los bailarines son una buena metáfora de Nueva York: ocurren muchas cosas en muy poco tiempo. Aquí dos se besan, dos hacen el amor, un hombre se emborracha porque se ha quedado solo, otro quiere huir y tú no sabes hacia dónde mirar.

También vuelvo a constatarlo. No hay nada que me parezca más bello, más voluptuoso, más sensual, más provocador y más excitante que un hombre bailando.

Qué ganas de echar un polvo.

2 de septiembre.

lunes, 11 de octubre de 2010

Robados

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Hoy me dedico a hacer foto callejera. Llamarlo así es una chulería por mi parte, porque planto el tele y hago retratos, pero alguno me gusta mucho a pesar de que me temo que no está muy enfocado. Cuando veo el cartel de Spiderman en el Hudson Theatre, descubro que mi tarjeta de ocho gigas no funciona. Vuelta a la B&H, compro dos (al único dependiente de la segunda planta que no habla español, un chaval muy lindo, gordete, con la kippá que me trae tantos recuerdos porque hacía diez años que no formaba parte de mi paisaje cotidiano), las pruebo y cojo el metro para ir a Columbus Circle. Pensaba comprar algo en Whole Foods Market (un sitio de lo más voluptuoso con todo lo que uno pueda imaginar) y llevármelo a Central Park, pero mañana bajarán drásticamente las temperaturas y puede ser un mejor día (se supone, de todos modos, que se acerca un huracán). Además, mañana hemos quedado para salir por la noche. Robert es amigo de alguien que es amigo, creo, de una periodista de la ETB y no sé qué vamos a hacer.



Creo que me va a parecer pronto que vivo aquí, por esas cotidianeidades varias: sacar a Boule a pasear, hablar con Robert y contarnos qué tal el día, que me prepare la cena, comer sushi tranquilamente en el Whole Foods Market, escuchar jazz en cualquier bar tomando un café mientras escribo.


Vuelvo a recorrer Broadway y vuelvo, también, a Times Square (pero no encuentro el edificio Condé Nast). Es de día, pero tampoco me apasiona: veo muchas tiendas de souvenirs horteras, demasiadas lucecitas (hasta en la entrada del metro) y sigue habiendo mucha gente. Pero, de pronto, en una de esas tiendas cuajadas de bolas de nieve y estatas de la Libertad, suena Bon Jovi a todo trapo. Entonces sí: miro hacia arriba, veo el reloj, canto y sonrío.

Estoy en Nueva York.

2 de septiembre.

Las fotos son mías.

domingo, 10 de octubre de 2010

Midtown Comics

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A partir de hoy, he acabado con el Theater District. He acabado tirando los calcetines, que me estaban quemando los pies, en la papelera del baño del International Center of Photography, porque se me ocurrió ponerme las zapatillas de deporte. Son las cinco y media de la tarde y yo de aquí no me levanto hasta las siete. A esa hora tengo que canjear la entrada de Come fly away. Me he comprado una crema en Duane Reade: para el dolor de pies. El dolor no me lo ha quitado (veremos qué tal funciona por la noche), pero he terminado descalzándome en la placita que hay a los pies de la Trump Tower: eso es glamour, señores, crema para mis extremidades doloridas y polvos antiolor para unas zapatillas que no me voy a volver a poner porque hace un calor de mil demonios.



He visitado Midtown Comics: en la Drama Bookshop no he entrado porque ya me he comprado un libro en el ICP. Pero en Midtown Comics he estado un buen rato, curioseando. Veo la colección de Tintín y me acuerdo de Tomás. Hay gente de todo tipo: jovencitos adictos al cosplay, señores mayores y orondos, ejecutivos, chicos con gorra pasados de vuelta que vociferan. Me haría con una buena colección, pero a ver quién va cargando con todo eso, cuando va a llegar a casa a la una de la mañana... Tres o cuatro nos paramos frente al estante de La Patrulla X. Vuelvo a observar a la gente: uno que pregunta por un número atrasado, un joven con traje y corbata que se detiene frente a una compilación de La Pequeña Lulú que me traslada a mi más tierna infancia... Me doy cuenta entonces: soy la única chica. Y recuerdo cuando estuvieron en la radio los chicos de Extrebeo y Fermín Solís me dijo: "Tú estás muy puesta", porque le nombré a Estrella Polar en aquella charla sobre el sexo que nos quedó de lo más pacata. También está Flash y me acuerdo del Peris. Y sonrío mucho cuando veo una figura de Gambito, muy grande, con su capa-gabardina y una carta en la mano, porque me vienen a la mente las charlas con Jose: No sé cómo puedes leer eso, que está escrito para gilipollas; Tú no tienes ni puta idea, chaval; pero esto lo arreglamos con un ron por delante.


Yo les tengo cariño a esos tipos, por más que luego y gracias a él haya leído muchos otros que no son de superhéroes. Pero crecí con ellos: aprendí qué era un cajún porque Gambito lo es; qué es un seppuku y qué un harakiri y qué significa gaijin porque Lobezno se enamoró de Mariko. Y cómo puede llegar algo que te rompa en dos de manera que no sepas quién eres, porque eso le pasó a Tormenta. Tengo dibujados a muchos personajes en mi mente y por eso sonrío cuando veo al Dr. Extraño, a Polaris, al Jinete Fantasma, a la Pantera Negra, a la Bruja Escarlata siempre tan hermosa, a Spiderman.

Les guardo la lealtad que les reservo a mis amigos.

2 de septiembre.

sábado, 9 de octubre de 2010

Derechos civiles

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La foto de Dan Weiner, sacada de Internet.

El ICP programa exposiciones periódicas: hoy hay tres: una en la que casi ni entro, porque son retratos de una especie de fetos; otra de Ed Templeton con escenas callejeras (un chaval soltando una paloma, una mujer desnuda, varios besos) y una muestra sobrecogedora sobre derechos civiles. Se llama "For all the world to see. Visual culture and the struggle for civil rights". La forman carteles, vídeos y fotografías. Los primeros tienen varias leyendas: "No dogs, negroes, mexicans", "We served colored. Carry out only"; "Drinking fountain" -con dos flechas: "white", "colored"-; "Colored seated in rear"; "Colored entrance only". También hay muñecas negras (hasta la Barbie de los 70) y fotografías de la revista Life, cuando la música (y la guerra, sobre todo, a donde fueron muchos) lograron que no pareciera extraña una portada de una viuda negra consolando a su hijo negro o una de Louis Armstrong o Billie Holiday. La muestra es sobrecogedora: no sólo los letreros: también los vídeos del Ku Klux Klan con su cruz en llamas y las capuchas blancas y la foto de un Martin Luther King pensativo, con la mano en la frente: una imagen muy famosa de Dan Weiner en blanco y negro. Lo curioso es que también son negros los trabajadores del International Center of Photography. Y se detienen en todos los letreros.

Cuando llego a casa y se lo cuento a Robert, se sonroja:
-¡Qué vergüenza!
-A mí me ha dado vergüenza del hombre. No de los americanos.

Me paro en Bryant Park, que también tiene un espacio para jugar al ping pong (donde está el mismo chico que ayer jugaba a la petanca) y una sala de lectura. Ver la vida cotidiana me reconcilia de nuevo con todos, aunque dudo mucho que se me olvide el asco que me han suscitado ciertas letras o el impacto de ese cartel de propaganda que mostraba a niños jugando en un césped con la sombra de una cruz gamada (Don't let that shadow touch them. Buy war bonds). Me senté un rato frente a uno de los vídeos de la muestra: canta Shirley Verret y luego aparecen las Supremes, Ella Fitzgerald y Sammy David Jr., Bo Didley y unos jovencísimos Tina Turner y Stevie Wonder.

No sé si mis pies podrán llevarme a algún lado hoy.


La foto del cartel, sacada de internet.

2 de septiembre

viernes, 8 de octubre de 2010

El rito diario

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X me cuenta que ha aprendido muchas cosas que quizá pueda aplicar cuando se vaya de vuelta a su país, porque allí los niños desayunan lo mismo todos los días. Hoy, en Legal Grounds, me preparan un bagel en dos: una parte con pavo, otra con salmón, y un café americano -no, no, que el café americano está asqueroso, le digo. Aquí no, me responden- que estoy saboreando (tenían razón) mientras escribo. Aunque me levante a las seis y media de la mañana, nunca salgo de Legal Grounds antes de las ocho y media o las nueve: estar en su jardín, mirar las flores y la parra, la hiedra trepando por las paredes, el cigarrito... se está transformando en el mejor momento del día. En el más plácido. Abrir la Moleskine grande con los sitios de interés, sacar la Moleskine pequeña para hacer crucecitas en el mapa, decidir a dónde voy mientras escucho a los pájaros y saludo a la ardilla que viene a verme todas las mañanas y que hoy, por cierto, ha faltado a la cita.

Creo que mis pies reclaman hoy un museo fotográfico.

2 de septiembre.

jueves, 7 de octubre de 2010

Chinatown y Little Italy

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El Caffe Roma tiene más de cien años, el techo artesonado de color verde y un café riquísimo que paladeo como si me estuviera bebiendo a dios. Marco en el mapa los puntos de interés del siguiente recorrido: Chinatown y Little Italy. Ahora que pienso en los plannings de la gente del foro, no sé cómo les da tiempo a ver tantísimas cosas. Bueno, reconozco que yo no tengo mucho fondo: comer fuera de casa y andar a todas horas es realmente agotador y eso que llevo aquí sólo dos días. No he visto el puente de Brooklyn (sólo un par de torrecillas, a lo lejos) ni me he acercado al Chrysler, más que cuando me saluda, a lo lejos, entre la niebla de la ciudad, como una promesa. Y he visto el Empire sin fotografiarlo. El viernes o el sábado iré a Governor's Island y debería también pasear por Battery Park algún día. Es curioso: llevo dos días y medio en la ciudad, cojo el metro como si fuera neoyorquina y (casi) he aprendido a leer un mapa. Me encuentro con turistas, pero no son demasiados: deben de estar todos en Times Square, ese hervidero de hormiguitas y de luces. Espero que mi hermano no me llame cateta cuando le diga que es lo que menos me ha gustado de la ciudad. Su esquina más emblemática, que en los 80 era pasto de putas y drogadictos.



Colocando los adornos para San Gennaro en Little Italy, al lado de Old Sant Patrick's Cathedral.
 

Edward Mooney House.

Me quedo con los detallitos pequeños: las salamandras del Alwyn Court, el espacio de petanca en Bryant Park, los múltiples parques para esos niños a los que vivir en una gran urbe les impide ocupar las calles, las escaleras pintadas y repintadas del SoHo, el trajín de los trabajadores en los bares y colocando banderitas para la fiesta de San Gennaro al lado de la Old St Patrick's Cathedral, la mezcla de idiomas (eso sí: a mí ni dios me habla en español) y la sonrisa del dependiente de McNally Jackson Books mientras me daba a elegir la cinta que adornaría el regalo de Robert. Roja, por supuesto.




La esquina sangrienta de Doyers Street.

En este viaje camino y observo: tampoco es que yo sea muy observadora, que todo hay que decirlo, pero intento detenerme un poco en cada sitio que me gusta. Mis pies siguen sin responderme, pero ya va siendo hora de que me levante...



The Manhattan Bridge Approach.

Chinatown no me gusta, pero se me hace de noche allí buscando la esquina sangrienta, la plaza de Confucio -con su gesto adusto y solemne- y el Manhattan Bridge Approach, de Carrère y Hastings, un arco monumental que, según dicen, recuerda a la puerta de Saint-Denis en París, cosa que desconozco porque no la he visto nunca. Enfrente del antiguo edificio de la Policía, enormemente grande y ornamentado, hay un banco rojo que aprovecho. Detrás está el Onieal's, el bar de Steve y Aidan en Sexo en Nueva York. Luego me percataré de que no he visto el Puck Building por ninguna parte, pero sí otros muchos edificios hermosos de los que no sé el nombre. Eso sí: no me pierdo la Edward Mooney House, 18 Bowery Street, la casa unifamiliar más antigua de Estados Unidos y, mientras cambio y cambio de objetivo y pienso en el polvo neoyorquino que debe de estar acumulando mi cámara, me doy cuenta de que debería dedicar un día a sacar robados contra la ley de la cantidad de expresiones curiosas que he visto en Nueva York: un brazo con mil gotitas de sudor refulgente en un chaval negro que corría por Grand Street (bueno, eso es en Jersey); una mujer china cansada sentada en una puerta; un hombre con un carrito sorteando los coches, un señor mayor que me preguntó algo que yo entendí como Are you flesh?; la mirada de un niño entusiasmado ante el carrito de los helados de Ferrara Bakery.


Antiguo edificio de la Policía.

Busco West Broadway. Y, cuando no sé si tirar hacia arriba o hacia abajo, aparece el Chrysler, a lo lejos, como un faro en alta mar, indicándome el camino.

1 de septiembre.

miércoles, 6 de octubre de 2010

SoHo

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Hoy es el cumpleaños de Robert y me invita a desayunar. De hecho, me hace el café él mismo, en Legal Grounds. Hablamos de libros, me recomienda la Strand y decido que hoy recorreré el SoHo. Va a hacer 35 grados. Con humedad. Va a ser divertido caminar por Nueva York en esas condiciones, con cinco kilos de más encima (y los muchísimos que arrastro yo de cosecha propia). Lo bueno es que en esta ciudad hay un bar en cada esquina.



The Cable Building.
The Bayard Condict Building.

 Ahora escribo desde McNally Jackson Books, una librería encantadora con baño y café. Los edificios del SoHo son más altos de lo que yo pensaba, pero es un barrio muy bonito. Hay edificios preciosos: yo he anotado unos cuantos. Comienzo por el Bayard Condict Building, en el 65 de Bleecker Street. Los construyó el maestro de Francis Lloyd Wright, Louis K. Sullivan: es el único suyo que hay en la ciudad. Se suceden las tiendas de ropa, jabones, bolsos maravillosos, marcas y más marcas en los bajos de esas construcciones de hierro colado. Los hay pintados de gris, de azul, de verde. Las fachadas tienen detallitos en altorrelieve: angelitos, sobre todo: caritas gordas de querubines. Es curioso, porque en la calle de Robert, no son querubines, sino vikingos. Se está muy bien aquí. He pasado por la tienda de Apple y he usado un iPad. Mis amigas me dicen que escriba mucho. Yo sólo mando un correo, para contarle a alguien que soy agua y que la ciudad me está cuidando muy bien. Eso sí: ya sé que todo toma el doble de tiempo de lo previsto, que las calles son inmensamente largas, que sólo podré ver pequeños pedacitos de cada barrio. No podría hacerme una idea de cómo se vive aquí por más tiempo que pasara. Cuando caminaba por el SoHo, a mi lado ha pasado un chico llorando. A moco tendido. La gente cruza por las calles con el semáforo en rojo, los coches hacen sonar la bocina a cada rato y los bares son un pequeño oasis de tranquilidad. Yo escribo a mano: todos los demás son maqueros. Y hablan por el móvil a todas horas, pero veo a muy poca gente acompañada. Tampoco es raro ver a alguien comiendo solo: los hay que se suben a los poyetes de las ventanas o que comen un poco de sushi en Dean & Deluca, de pie. Yo tengo por norma no comer de pie, así que lo intento en dos sitios y luego me meto, para variar, en el primero que veo: Jacques Bistro, se llama. Hamburguesa de salmón. Tengo un hambre canina y además voy muy cargada, porque de la McNally he salido con la Guía de Arquitectura del AIA y con un libro de Cartier-Bresson para Robert. Me ha encantado este lugar.



McNally Jackson Books.

Podría ser un buen sitio para vivir, el SoHo. Hay una tienda preciosa con cuadernos, tarjetas y papeles de todas clases. Papyre, se llama. Luego veo Sur la table, que es realmente -Bea tenía razón- como para volverse loca. A mi favor tengo que no puedo calcular cuánto dinero hay en mi cuenta y que ya llevo suficiente peso. También paso por la tienda del MoMA y me enamoro de unos reposapalillos a por los que luego iré si no son muy caros (ACLARO: sí que lo eran): hay utensilios que no sé ni para qué sirven. Antes de comer he estado leyendo la guía del AIA: si fotografiara todos los edificios de la ciudad, tardaría años. Sí me detengo ante el Haughwout Building, gris también, con sus columnas: el primer edificio con ascensor de la ciudad.


Map Floating.

Creo que si sigo a este ritmo me voy a quedar sin pies. Desde el café veo Broadway: sus mil tiendas: Dolce&Gabbana, GAP, Levi's. Me asombra la cantidad de niños guapos que hay en este lugar: no de tíos buenos, que también, sino de niños guapos, con facciones más que correctas. Eso sí: Nueva York tiene algo muy negativo. Mucho. Sudo tantísimo y bebo tantísima agua que paso por un sinfín de pastelerías apetitosas (alguna con reseña del New York Times incluida contando que tienen la mejor tarta de chocolate de Manhattan) y ni me detengo. A este paso, los únicos dulces que voy a probar van a ser los muffins del Legal Grounds. Y también sé que voy a tener que venir a Nueva York muchas más veces, porque son las cinco y media de la tarde y yo ahora mismo me iría a dormir hasta mañana.






Dos nuevas paradas. Tres: en Armani Exchange, en la que no duro ni tres minutos (la música es un chunda-chunda atronador y la ropa es made in China); en Kate`s Papier, también lleno de cuadernos deliciosos y en Papabubble, donde hacen caramelos artesanos. Me paro en el Caffe Roma después de comprarle un botecito a Robert. Ya pueden estar buenos: los venden a precio de oro. Estoy en Little Italy, ya he pateado el SoHo (aunque debe de haber infinidad de edificios hermosos que no he visto), me he parado en no sé cuántas galerías de arte, me he dado cuenta de que también hay que mirar al suelo (porque sólo así se ve el Subway Map Floating de Françoise Schein), sonrío ante ciertos lofts y pretendo no levantarme de aquí hasta que mis pies descansen. Que eso puede ser mañana por la mañana.

1 de septiembre.

martes, 5 de octubre de 2010

America Today

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En el 1260 de la Sexta Avenida, entre las calles West 51st y West 52nd, están los frescos que Thomas Hart Benton pintó entre 1930 y 1931. Los tituló America Today. No dejan hacer fotografías y, para grabármelos bien, me detengo mucho rato ante esas pinturas que parece que retratan una guerra contra el tiempo. Los aviones surcan el cielo, los obreros -camisas arremangadas, enjutos, con sombrero, las caras afiladas y contraídas- clavan, transportan, golpean con el martillo y saltan chispas, aquí un edificio a medio hacer, allí una grúa. Muchos de ellos serían los inmigrantes que llegaron a Ellis Island con lo puesto.



No dejaban hacer fotos, así que ésta está sacada de Shafe.

Paseo sin detenerme por un montón de tiendas: Bergdorf Goodman, Dior (para fotografiar el LMVH), Chanel, Nike... el colmo del lujo. He señalado en el mapa los sitios importantes, pero ninguno me parece tan apetecible ahora como el Green Cafe para tomar un batido de frutos rojos. Es una excusa porque necesito un baño y sentarme de nuevo. Agradezco no venir con nadie, pero lo cierto es que son las seis de la tarde, llevo doce horas despierta y en la calle y tengo los brazos amoratados de sacarme y ponerme la mochila de la cámara.


Mi batido y mis libretitas, donde escribí lo que ahora copio aquí.

Lo maravilloso es la cantidad de buena música que ponen en los bares. Ahora canta Jim Morrison: cuánto tiempo hace que no escuchaba a los Doors: me doy cuenta ahora, cuando tarareo People are Strange. En este viaje hay mucha música: comenzó en el avión, con Every little thing she does is magic, de Sting, que pusieron al despegar y al aterrizar; esta mañana, en Legal Grounds, sonaba Empire State of Mind de Alicia Keys... y como sigan poniendo a los Doors (love me two times, baby...) no me levanto hasta que no se acabe el disco.

Esta foto es una patatilla, pero es la puerta de la casa de Marlon Brando, señores...

Reviso las fotos. En dos días llevo tarjeta y media. Si sigo así, deberé pasarme por la B&H de nuevo alguna vez. Y cuando llegue a Badajoz, tendré que limpiar la cámara: he cambiado unas diez veces de objetivo al día. Pero es que cada edificio tiene detalles únicos.


El símbolo de los arquitectos del Alwyn Court.

En la puerta de Alwyn Court Apartments, un mendigo con una camiseta de I love NY me comenta que el símbolo de los arquitectos (Harde & Short) es la salamandra. Se decoró en terracota, en estilo renacentista francés. El portero, un chaval joven, y yo nos ponemos a hablar de cámaras y precios, porque quiere comprarse una. Cuando sigo mi camino busco, ya sí, el Equitable (paso por el Carnegie Hall, con la fachada llena de andamios, y por el NY City Center of Music and Dance, con su pared extraña en estilo morisco). El Equitable está cerrado, pero la puerta es de cristal y se puede ver perfectamente el fresco de Roy Liechtenstein. Es un niño con una pelota, una mano de mujer con una esponja y muchísimas figuras geométricas.


Se me ha hecho de noche, pateando. Entro en la tienda de M&Ms, que me hace mucha gracia (es asombrosa la cantidad de merchandasing que inventan para unas pastillitas de colores: me acuerdo de Eriksen cuando fotografío al Tony Manero). Al salir de allí, guardo la cámara. Estoy muerta. Y me queda una larga caminata hasta el Path. Cuando llego a Jersey City, Robert ha hecho palomitas y se está tomando una cerveza. Le hace muchísima gracia que haya pasado por un montón de tiendas sin mirar siquiera los escaparates.



31 de agosto.