sábado, 26 de julio de 2008

Mi cactus-pepino

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El año pasado me regalaron un cactus y una orquídea. La orquídea me duró un mes, a pesar de mis mimos -le compré abono, la regaba como me dijeron en la floristería... Quiero pensar que no aguantó los rigores del verano y no que fui yo quien la maté-. El cactus me dio dos flores de un día que se comió un langosto a las seis de la mañana y, como vi lo que le pasó a la orquídea, yo lo he tenido todo el año a la sombrita, pobrecito, para que no pase calor y no se me muera y lo he regado, religiosamente, una vez por semana.


Este año no ha echado flores y, además, tiene una forma de pepino impresionante: ¡va buscando el sol! Así que aquí estoy ahora, como una tonta, con mi cactus arriba y abajo, por las mañanas en el salón y por la tarde en la terraza (¿tiene que darles el aire? Es que si abro la puerta, me entran los pájaros), para que vuelva a recuperar su redondez primigenia y sus ganas de echar flores y a mí se me quita el complejo de que no valgo ni para cuidar cactus. Porque además me regalaron otro: y yo lo puse en el poyete, para que le diera el sol. Se cayó. El primer día. No fui yo, que conste: fue el viento. Debe de ser duro, porque no le pasó nada: ni un pinchito se le rompió, ni se movió una pizca de tierra.

Pero bueno. Carlos, no te preocupes: sobrevivirán.

(Espero).

viernes, 25 de julio de 2008

Tardo

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Tardo un instante en hacer que regresen los fantasmas; cinco minutos en redactar una noticia y otros cinco en fumarme un cigarro; siete minutos en ir de mi casa al trabajo; diez en ducharme y vestirme para salir; dos horas en buscar una primera frase; un momento en decidir qué me apetece comer; cuatro minutos en encender la tele y apagarla y medio año en darme cuenta de que ya no te echo de menos.

Que es mentira, claro, porque sí te echo de menos. Lo que ocurre es que, por fin, no me acuerdo de ti todos los días ni a todas horas ni por cualquier cosa y que tardo exactamente tres minutos en hacerte desaparecer de mi memoria.

Normalmente me asusta la capacidad que tengo para prescindir de gente que antes hubiera considerado importante y necesaria. Ahora, aquí, hablando de ti, es todo un alivio.

jueves, 24 de julio de 2008

El juego

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Cuando te han repartido la baraja, casi se te han olvidado las reglas del juego.

miércoles, 23 de julio de 2008

No fue el ron

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Una cena en la que se mezclaron los grupos, con unas croquetas que sabían a Avecrem y una terraza calurosa que no pisaremos más se transformó en una noche de descubrimientos. Llegaron las charlas con los amigos y el ron, el Matakas con sus carteles de cine de antes de los años 30 y su juke-box en la que escuchar a Calamaro y Los Piratas y un niño perdido que es un encanto con el que intercambié pedazos de mi vida por la suya hasta las seis y media de la mañana. Yo no hablo de libros más que con unas cuantas personas (muy, muy pocas), pero pulularon por allí -les convocaría el alcohol- Oscar Wilde, Stevenson y Dickens. Y el amor, más tarde, y las relaciones y el necesitar muchas charlas para enamorarte de alguien y cómo influye el pensamiento en la cama y la necesidad de escribir y la fortuna de encontrar a una persona con la que puedas ser tú y mantener tus aficiones individuales porque ella también cultive sus pasiones. A veces se produce esa magia porque eres capaz de reconocer a alguien. Y no fue el ron, obviamente, porque yo controlo mucho lo que digo y lo que hago aunque lleve tres Brugales y un tequila en el estómago. Simplemente, ocurrió y hacía mucho que no me quitaba la palabra de la boca un completo desconocido y que no me quedaba con alguien a solas tanto tiempo y disfrutando. Los dos besos del principio de la noche, hola, qué tal, se transformaron en un abrazo grande de madrugada y en la resaca de una charla en la que he pensado mucho, porque no sé cuándo le volveré a ver pero sí que sería un buen colega, otra incorporación a esos círculos que pensé en cerrar un día y que después han permanecido abiertos porque ha llegado gente como él.


Y sí: recuerdo todas las palabras. Y quiero imaginar las que no se han dicho todavía.

martes, 22 de julio de 2008

Hugo

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Dentro de la barriga de mi amiga crece un niño al que ya le he visto la cara y una mueca que parece una sonrisa, los ojos cubiertos por líquido amniótico, la manita en la mejilla, una imagen naranja que te hace asombrarte de que algo tan cotidiano pueda parecer tan milagroso cuando lo ves tan de cerca. He pasado cuatro días en Sevilla, a donde fui en situación de crisis -como tantas otras veces- para admirar una barriga que parece la bola del mundo, un ombligo que ha desaparecido casi por completo y una línea alba que la parte en dos. También he leído tres o cuatro libros sobre el embarazo, he aprendido qué son el apego y la impronta, he corroborado el papel del tacto y he notado moverse a un niño que será también mío.

No sé en qué nos cambiará la vida. Ahora pienso que la vida no te la cambia un hijo. Quizá la vida sea un todo y no haya nada que te la cambie: ni un bebé, ni la pérdida de un trabajo, ni una lotería que te caiga. Es sólo que tu futuro ya no será el que tú pensabas que sería, pero quién puede ver el futuro a estas alturas. Ya nos gustaría ver el de ese muchacho que ahora da patadas mientras su padre le besa y con el que bromeamos, le voy a comprar una raqueta de tenis y un balón de fútbol para ver si nos saca de pobres, pero del que suponemos que será un niño feliz.

Yo ya le escribí cuando aún le andaban buscando, pero me gustaría poder recordarle algún día quiénes son sus padres: esas dos personas que al principio serán comida, abrazos, masajes, mimos y baños; que luego se transformarán en el lugar seguro y consciente de referencia, cuando lleguen los extraños -yo, entre ellos- y sus padres les miren para contarles con los ojos que esa gente rara también le quiere mucho. Y más tarde, los que no entienden nada, las personas ante las que hay que guardar todos los secretos y luego aún dos referencias a las que intuyes y en cuyas manos vuelves a ponerte para contarles los planes, mimarlos, hacerles favores y planear viajes, porque después aprendes que ellos siempre estarán.

Para todo esto hace falta mucho tiempo. Un tiempo que se nos va a pasar muy rápido -qué chico es, mira cómo anda, qué bien habla ya; niño, no digas tacos, hostias; dónde andará a estas horas; el hijoputa ayer llegó borracho- y que produce mucho vértigo, porque cuando él tenga veinte años los demás pasaremos de los cincuenta y nos seguirán asombrando su jerga y su manera de vestir.

No sé cómo cambiarán sus padres en ese tiempo, qué hará el reloj con nuestro carácter y nuestras ganas y cómo podremos hacer del mundo algo que no le resulte tan hostil, todavía. Cada uno piensa en el papel que le toca desempeñar en estas circunstancias y yo no sé qué seré para un niño al que veré dos o tres veces al año, pero me gusta pensar que puedo transmitirle algo, porque los amigos de mis padres también lo hicieron conmigo cuando era una cría y gracias a ellos me enteré de muchas historias que me los acercaron.

Tengo ganas de que llegues y de asombrarme de nuevo cuando te vea.

Imágenes de Buteijn y de Bies.

martes, 8 de julio de 2008

Una isla furtiva

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-Eres la persona más excitante con la que he hablado nunca.

Ni siquiera fue ése el principio. Lo había sido mucho antes, cuando deshacía la cama por una sola y poderosa razón; cuando comenzó a jugar a un juego del que ella ya lo sabía todo, aunque no fuera muy consciente del momento exacto en que había comenzado la partida -siempre estabas muy ocupada; quiero saberlo todo de ti: qué te gusta, qué libros lees, quiénes son tus amigos-. Nunca pensó en nada más, porque siempre había otros (incluso uno que no servía ni para follar ni para llevárselo al teatro ni para ir de viaje, pero que estaba muy perdido en una vida que no quería y de la que no podía salir), porque no existía ningún futuro posible, porque por una vez le daba igual que el futuro no existiera y porque él también disponía de otro cuerpo: un cuerpo soso, un cuerpo que no se dejaba explorar demasiado, un cerebro dentro de un cuerpo que no le atraía lo más mínimo pero con el que había firmado un papel porque se había cansado de estar a salto de mata y fue ella quien le besó primero y quien no permitió que él dejara de besarla más tarde.

Hay personas a las que ni su vida, ni su carácter, ni sus circunstancias, les permiten tomar otras decisiones: se lo dijo una amiga muy sabia antes de que él hubiera aparecido siquiera, hablando de su propia e inolvidable historia, y ella no lo entendió del todo hasta que no le conoció a él y, de pronto, juzgar un comportamiento ajeno dejó de ser tan fácil y la palabra cobarde ya no definía nada. Al final ocurre eso cuando eres capaz de conocer a alguien, cuando te conoces a ti mismo, cuando no te aventuras a pensar qué harías tú de estar en su lugar porque nunca sabes qué respuesta darte, porque en todos hay miedo y necesidad de no estar solos y cierta capacidad de sacrificio y mil y una debilidades -querer levantarte con alguien una mañana, planear unas vacaciones, no tener que preocuparte de con quién irás al cine o a cenar, el íntimo regocijo de echar de menos una vida de soltero que había dejado de gustarte hace tiempo, aferrarte al espejismo de concederte que eres feliz a ratos-.

-Creo que me estoy enamorando de ti- le dijo un día. Y ella sonrió, porque era la primera vez, aunque hubiera habido otra, tres o cuatro años antes, mucho más rotunda (estoy enamorado de ti), una confesión que salió de las manos de un hombre a quien ella amó como a nadie y más que a nadie, con una desesperanza que todavía le asombra al recordar el frío del final, con esa pasión inocente y entregada de las que son primeras veces también. Y volvió a sonreírle, porque ella se lo había dicho también hacía meses -ahora sé que podría enamorarme de ti-, pero no recuerda qué le contestó, aunque sí sabe que le quería mucho, que siempre le ha querido mucho, porque ella era la más fuerte de esta historia, porque no tenía nada que perder, por supuesto, eso siempre te hace más fuerte, pero también porque no quería ganar nada, nunca había querido ganar nada, y sabía que él le decía la verdad, la única verdad posible, la única que podía romper todos los miedos, porque hay palabras que dan mucho miedo: enamorarse, amor, amor mío, mi vida, te quiero.

No se puede proteger a nadie. Eso lo descubrió mucho después, cuando ya se había dado cuenta de que deseaba tenerlo dentro de ella, todo su cuerpo dentro de su cuerpo, esconderlo de todos, volverlo invisible, construir una isla. No se puede proteger a nadie, pero lo intentó de la mejor manera que sabía: escuchar, preguntar, meter a otra persona en su cama, con ellos, después de un polvo fantástico -te follaré como no te han follado nunca, ni te volverán a follar-, porque ella también quería salvarlo todo y quería salvarle, aunque salvarle fuera imposible.

Existe esa clase de amor que consiste sólo en hacer eso mismo: escuchar, preguntar, respetar el ritmo íntimo de otra persona, no pedir lo que no quieres aunque se espere que lo quieras y que lo pidas y en el escozor de la piel y en que la piel se vuelva autónoma, un ente extraño que te pica, millones de alfileres ardiendo y el filo de las uñas intentando calmar sin resultado. Te follaré como no te han follado nunca, ni te volverán a follar. Y fue cierto, todavía hoy sigue siendo cierto, pero hizo más, porque la puso desnuda delante de un espejo, sus manos recorriendo desde atrás todas las esquinas, y ella jugó a que le daba vergüenza, pero miró su reflejo, el de ambos, como si ella fuese otra persona, una mujer a la que no era capaz de intimidar todo aquello porque era muy capaz de dejarse hacer y era muy capaz de abandonarse, que era lo que más le gustaba a él, ese abandono, la manera en que una puede asumir que su mundo está verdaderamente en la exigua superficie de una cama. Y era capaz de cumplir cualquier fantasía, porque todo le parecía divertido, incluso aunque su cuerpo dejara de responderle al cuarto o quinto polvo, porque lo importante era que la cabeza seguía queriendo más y era un descubrimiento que la cabeza siguiera queriendo más aunque no pudieras ni moverte y todos los descubrimientos tienen esa mezcla de curiosidad y de alegría con la que los niños encuentran un tesoro.

Él lo había sabido antes que ella, que no era muy consciente de su poder, porque siempre le había parecido que las demás serían mejores y que lo que ella pensaba, o decía, se encontraba dentro de los más estrictos márgenes de la normalidad, esa media eterna, ni suficiente ni sobresaliente, con la que pretendía juzgarse a diario. Él lo había sabido antes que ella, pero a ella no le asombró oírselo:

-Eres la caña.
-¿Por qué?
-Porque eres el justo punto medio entre la carnalidad y la intelectualidad.

Y eso era verdad porque allí estaban todos esos millones de alfileres ardiendo, todas esas terminaciones nerviosas, el cuerpo al servicio de una imaginación calenturienta y muy sucia, las pruebas de ensayo en las que nunca hubo el más mínimo error, la percepción de la intimidad que son capaces de crear dos cuerpos desnudos cuando el sexo no se ha vuelto un trámite engorroso, las charlas de durante y de después, que siempre han sido las mejores porque nunca preguntó qué tal, nunca se comportó como el macho que precisa de la aprobación de la hembra -has estado magnífico, querido- para convencerse de que es un buen amante y que a ella siempre le resultó patético, esa conciencia de poder usar todos los músculos de tu cuerpo y de notar que eres agua, que te estás cayendo y que, derrumbada y todo, eres muy capaz de seguir riéndote durante y después y de transformarte en un lobo y ser consciente de la humanidad que, al mismo tiempo, te hace estar pendiente de un experimento que siempre sale bien.

Él usaba palabras de otros, a veces, para explicarse y explicarles: Borges, Apollinaire, Blake, Kennedy Toole. Todos los hombres importantes de su vida le han regalado textos. Todos han tenido una biblioteca en casa y esa complejidad acojonante que hace siempre querer apresar en los libros algo de su propia vida, de las vidas que no vivieron ni van a vivir ya nunca y remitirse a la ayuda de otros: otros que vivieron en otra ciudad de otro continente acaso y que hablaban un idioma extraño, pero que sabían que las verdades son siempre las mismas.

Una isla se puede construir con un cuerpo y otro cuerpo, pero al final siempre habrá un náufrago porque hay puertos que no existen y hay barcos que no llegan a ninguna parte.

sábado, 5 de julio de 2008

Secretos

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Las cosas más importantes son siempre las más difíciles de contar. Son cosas de las que uno se avergüenza, porque las palabras las degradan. Al formular de manera verbal algo que mentalmente nos parecía ilimitado, lo reducimos a tamaño natural. Claro que eso no es todo, ¿verdad? Todo aquello que consideramos más importante está siempre demasiado cerca de nuestros sentimientos y deseos más recónditos, como marcas hacia un tesoro que los enemigos ansiaran robarnos. Y a veces hacemos revelaciones de este tipo y nos encontramos sólo con la mirada extrañada de la gente que no entiende en absoluto lo que hemos contado, ni por qué nos puede parecer tan importante como para que casi se nos quiebre la voz al contarlo. Creo que eso es precisamente lo peor. Que el secreto lo siga siendo, no por falta de un narrador, sino por falta de un oyente comprensivo.

Stephen King.

Imagen de Memo Vasques.
Cuando ocurre eso, una cambia de tema o miente, miente, miente... Compartir un secreto, uno de ésos a los que se refiere King (yo soy a los best-sellers lo que mi padre a las hamburguesas), es el primer paso de la amistad. Oyentes los he tenido de todos los tipos. Los que parece que te escuchan pero sólo quieren hablar de sí mismos; los que te escuchan para juzgarte o hacerse una idea inamovible de ti de la que no podrás escaparte jamás; los que desprecian cada cosa que cuentas o los que no llegan a entenderte ni preguntan. A ésos no les hablo. Más bien, no les digo (ya saben la frase: hablo mucho, pero digo poco). Pero luego, afortunadamente, han estado los otros.

Aquéllos que te vuelven del revés y a los que acabas contándoles lo que nunca antes habías contado a nadie. Y no sólo eso: te descubren aspectos de ti que ni sabías que existían.

viernes, 4 de julio de 2008

Maghenta

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No sé cómo me la encontré. No sé qué otros blogs me llevaron a ella, quizá fuera el de Adúlter, o quizá cualquier otro, porque tampoco sé cómo llegué al de Adúlter, (que ha recuperado para mi solaz: lo tenía que decir, maestro) pero me encontré envuelta en palabras que muchas veces no entendía y que no podía dejar de leer y en imágenes sugerentes que no sé de dónde saca, pero que me hicieron pensar, cuando vi a Hans Baldung Grien, que le gustaría este Retrato de una dama. Su dieta equilibrada incluye un paquete de Nobel y seis cafés, tiene un hijo y una madre omnipotente a la derecha de Rajoy y trabaja en una editorial. No cuento nada que ningún lector de su blog no sepa.

He conocido a mucha gente por Internet. Personas que sólo residen en la red (hay uno desde hace ocho años: quizá una de las personas que más me han conformado y al que le debo -sí, se la debo a un hombre- la mayor parte de mi conciencia de género. No le veré nunca, pero está) y personas que salieron de ella y pasaron a formar parte de mi vida: ya no son "amigos de Internet": son amigos, simplemente. Llegaron por foros de debate y por foros de cine y por chat (o messenger o Gmail, que es casi lo mismo). Y luego descubrí que los blogs también servían para esto de incorporar a gente a tu vida.

Hoy he ido a recoger tres libros. El tipo que me atendía me preguntaba: "¿Sabes de dónde vienen?" y yo: "Pues no". "¿Y el nombre de la persona que te lo manda?". "Bueno, sé el nombre, pero no el apellido". A ver cómo le explico yo al tío de la mensajería que mira, que es que resulta que no sé quién es ni la he visto nunca, pero las dos tenemos un blog y nos leemos desde hace algún tiempo y hemos intercambiado cuatro o cinco correos, pero ella es así de generosa y me ha mandado tres novelas.

Que yo publicito porque me da la gana (para que no le falte el trabajo, para que vendan muchos libros y como agradecimiento).


Aquí los tengo, echándoles el ojo en mi mesa. Si quieren saber dónde los venden en su ciudad, éstos y otros, pinchen aquí.

Ahora sólo queda que, en su editorial, le publiquen un libro. Porque escribe como Dios.

Una boa de marabú

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Escuché su voz por vez primera hace veinte años. Pedí un disco suyo por Reyes. No me gustó. Y el caso es que no me gustaba, porque no me gustaba nada, pero no paré de escucharlo y, ni siquiera sé por qué, luego pedí otro.

Jamás me había imaginado que nadie pudiera cantar así.

Nunca veré a Frank Sinatra encima de un escenario. Tampoco veré a los Beatles. Ni a Janis Joplin. Ni a Jimi Hendrix. Ni a Queen. Ni a Alfredo Kraus. Ni al resto de la gente con la que he crecido. Pero, cuando me preguntan qué no me hubiera gustado perderme, dónde querría haber estado y ya no puedo, siempre digo lo mismo.

En un club de Harlem, años 30, en primera fila, para ver a esta mujer con guantes estilo Gilda y una boa de marabú alrededor de su cuello.

De hecho, lo he imaginado tantas veces que, en ocasiones, creo que no me lo perdí. El pelo recogido, los ojos tristes, los labios pintados.

La lágrima en la voz.

Actitud

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Yo pude ser de otra manera y una vez conocí a dos personas que eran lo que yo podría haber sido. Nunca fui consciente de mi elección. Quizá estuvo hecha de pequeños actos de defensa: una frase de un cómic, una cita de ciertos libros, un carácter desenvuelto que transmitía seguridad aunque a mí la gente, en general, me provoque un pánico terrible; el rechazo a cierto concepto de femineidad que me dura hoy y que viene de todos los lenguajes que no sé usar -el de la estética, el de la pasividad, el de la seducción-; la escritura como modo de verme desde fuera y analizarme; la manía de destruirme cada cinco días y comenzar a construirme de nuevo, antes.

Lo que me llevó a ser quien soy -y a no ser ellas dos- no fue una terapia asumida y puesta en marcha. Simplemente, yo sabía con qué trabajar. Pero hubo algo constante durante esos años (ocho, desde los trece a los veintiuno), antes del vértigo: nunca se me ocurrió luchar contra los elementos: ciertas imágenes de uno mismo -lo que querrías ser y no lo que eres- sólo pueden llevar a lo grotesco, a una percepción deformada de la realidad o a la burla de los otros. Yo siempre tuve muy claro lo que era y lo que no podría llegar a ser jamás, por mucho que me gustara la idea o por muy grande que fuera el deseo. La asunción de una realidad real y el no crearme, ni creerme, una realidad inventada, supone lo que mis amigos más cercanos llaman "un problema de actitud". Y, sin embargo, el verdadero problema de actitud para mí sería el contrario.


Ejemplifico: supongamos que mido un metro y medio y que vivo en España, sociedad en la que la media de estatura para las mujeres de mi generación es de, al menos, diez centímetros más. No se tratará de que yo me vea baja, o de que los demás lo hagan: se tratará de que soy baja. Puedo ponerme taconazos de vértigo y crear ilusiones ópticas con la ropa, pero cuando me desvista y me descalce, horror de los horrores, seguiré midiendo metro y medio. Porque resulta, señores, que hay unos cánones y unos esquemas y unas circunstancias (haber nacido en España y vivir aquí y no en África con los pigmeos) y que la actitud no te salvará de ser un retaco. Ni hará que los demás te perciban como una mujer de metro ochenta. A tener presente eso, y a ninguna otra cosa, es a lo que yo llamo ser consciente de la realidad real. Podríamos ponernos estrictos y filosóficos y decir que los cánones varían de una época a otra, que la realidad es cambiante y que la sociedad está hecha de individuos y de actos sociales y de algo que trasciende, que es lo que la costumbre, la tradición o las estadísticas han definido como correcto o mediano. Pero el resultado sería el mismo: que hoy, en España, en esta primera década del siglo XXI, soy más bien enanilla. Se puede hacer la prueba no sólo con la altura: también con la belleza -que no, señores, no es subjetiva. Ni de coña es subjetiva-, el contorno de las caderas o la talla de sujetador. Y hay pocos caminos posibles. Dos, a lo sumo. La negación -y prepárate para la burla- o la asunción de los hechos: pongámosle ser consciente de tus limitaciones.

Y la actitud, perdonen que les diga, en ciertos casos (y me refiero sobre todo a los casos en los que se suma la percepción de los demás a la tuya propia) no va a cambiar una mierda.


Oración última

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Que no tengo alma de aventurera, que me cuesta arrancar, que necesito seguridad económica y que siempre me pongo en la peor de las hipótesis es algo que todo el mundo sabe a poco que me conozca. Pero también que las verdades inmutables me duran un segundo y que hay veces que una frase puede dar al traste con todo mi planteamiento anterior. Hace un año compré un libro de fotografía de viajes. Hay un capítulo que se llama "Viajar acompañado": "Centrarse en la fotografía durante unas vacaciones familiares o en un viaje organziado puede ser todo un desafío. Los itinerarios en grupo raramente se adaptan a las necesidades de un apasionado por la imagen (...) Una solución sencilla para adaptarse a los demás sin dejar de darle prioridad a la fotografía es levantarse a hacer fotos antes del desayuno. La luz suele ser la mejor, la actividad en las ciudades y los mercados está en su momento más intenso e interesante y no se molesta a nadie del grupo".

Es cierto: esperar a que alguien saque una foto, o quiera volver al mismo lugar más tarde; o captar una imagen de un monumento cuando amanece, cuando atardece y cuando ya es de noche, puede resultar un auténtico tedio. Si uno va solo, no le tiene que dar explicaciones a nadie, ni tiene que adaptarse a un recorrido que no ha planificado él mismo, ni supone un estorbo para los demás. Como soy de extremos he pasado del no quiero viajar sola al me molesta todo el mundo. Porque realmente sé que un par de cuadernos, bolígrafos, algunas guías y novelas sobre el lugar de destino y un equipo fotográfico es cuanto necesito para descubrir Viena, Buenos Aires, Transilvania o Chipre. Y, por la misma razón, luego podría plantearme vender lo que escriba a alguna revista de viajes -que hay cientos- o hacer un reportaje sobre un tema -los mercados de Asia, templos del mundo, grandes librerías- cuando tenga material suficiente, pasados unos años.

Claro que para eso me hacen falta un trabajo, un mes de vacaciones e ingresos estables y suficientes. O que me toque la lotería.

Santa Primitiva, atiende a mis ruegos, amén.

Imagen de Mr. Dmnt. Buenos Aires.
Imagen de Chodaboy. Transilvania. Castillo de Drácula.

lunes, 30 de junio de 2008

Otra forma de contar

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Me interesa la fotografía desde hace poco y ni siquiera soy de los que buscan la mejor luz: me limito a caminar y disparar en cuanto veo algo que me resulta curioso. No tengo un buen equipo, sólo una cámara compacta de 3,5 megapíxeles, que deja de mostrar imágenes nítidas en cuanto comienza a atardecer, con unos niveles de ruido considerablemente altos, y sé que una buena réflex -con sus objetivos, con su trípode, con su flash- ayudaría, pero que el equipo no lo es todo porque hay que saber mirar.

Leí una vez que toda la fotografía era fotografía de viajes, porque en todas partes hay mercados, ferias, gente, animales, plantas y bullicio. Una buena manera de experimentar es caminar por la propia ciudad con otros ojos: ya lo hicieron mi padre y su mujer con fotografías de las flores pacenses. El encuadre, me digo. Cefe López también me lo dice: que lo importante es saber qué historia quiero contar. El problema es que no lo sé, porque pensar en palabras me resulta muy fácil, pero no tanto pensar en imágenes. Desde que compro libros especializados -más o menos para principiantes, eso sí- me fijo mucho más en la composición: lo comprobé en el Museo del Prado, mirando los cuadros de los maestros del XIX: aquí un haz de luz, aquí una mujer en una cama, aquí una cara medio en sombras y un perro y mucha gente amontonada velando un cadáver y un cielo brumoso o unas lanzas. Otro de los secretos, dicen, es que todo el mundo hace malas fotografías: el truco está en no enseñarlas. Más que nada, para no aburrir.

Y experimentar. Y levantarse con los primeros rayos del sol y salir un día nublado y hacerse con todos los controles de la cámara y no usar el modo automático y ajustar la apertura del diafragma y la velocidad de obturación según las necesidades. Lo único que se me dan bien son los retratos. Y esto, en mi lenguaje de aficionada sin equipo y sin las mínimas nociones de Photoshop, sólo significa que la gente sale guapa. Me divierte mucho retratar, porque suelo conocer a los modelos -son amigos: qué si no- y así resulta mucho más fácil. También me divierte editar y clasificar , pero hay tantas fotos penosas en mi archivo que se salvan sólo unas pocas decenas y a veces más por lo que me transmiten que por su bondad. Y algunas de las que los desconocidos dieron como buenas (están ordenadas por el número de gente que las ha asignado como favoritas en Flickr) surgieron de la más pura casualidad.

También me digo que no me voy a dedicar a esto, pero que me gustaría que mis imágenes fueran dignas de ver, sin que parezcan las postales típicas que todo el mundo hace o sin que parezca que se me ha caído el dedo en el disparador en el momento más aleatorio.

Y mientras llega el equipo, compro libros, analizo cuadros y fotos y aprendo. Para ponerme a ello cuando pueda jugar con las imágenes y contar, o intentarlo, una historia en dos dimensiones.

Las imágenes son mías, con la cámara de 3,5 megapíxeles y sin saber qué quiero contar, pero disparando al fin.

Amor

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La relación monógama es la más complicada de cuantas existen y nosotros nos empeñamos en mantenerla toda la vida. Se hacen votos para eso: en la salud y la enfermedad, en la riqueza y la pobreza. El Estado regula un contrato, sobre bases puramente económicas, que definirán después pensiones y días de visita. Nada dice de la alienación parental, ni de la comodidad que suponen unos hijos de fines de semana -cuatro días al mes-. En el inicio, se adecentan las iglesias, se buscan trajes, se lee una ley en el Ayuntamiento, se habla de dar un paso más: la compra de un piso, un par de anillos, unos muebles, tener un niño. Proyecto de vida en común, lo llaman.

Si nuestro cuerpo no creara esa serie de bombas químicas prehistóricas que aseguran la reproducción de la especie, lo veríamos como es: aterrador.

Ocho años

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Que ocho años no es nada. Ni los ocho que me lleva ni los ocho que hacía que no nos veíamos. Sigue siendo el mismo tipo bonachón que entonces, sólo que un poco más cansado: él siempre se queda en esa ciudad africana del sur: los demás aguantamos un año -los hay de una semana o de un día- luchando contra las cucarachas -siguen allí y ahora de dos clases distintas: le extraña que aquí no haya- y contra los políticos. Me lo recuerda: érais tan pequeños y tan entusiastas... Sevilla me mutó el carácter y Melilla me descubrió el oficio, la realidad de las ciudades de frontera y el valor de un grupo que se vuelve tu familia cuando ver a los tuyos te cuesta casi la mitad del sueldo de un mes. Ninguna otra ciudad me ha influido tanto. Y supongo que, precisamente por eso, por los lazos que se crearon, no hace falta romper el hielo ni reconocerse; nos reímos de cualquier cosa, como antes; y son las mismas la apertura y la confianza. Al final los amigos se quedan. Aunque no les veas en ocho años.

Espero no tardar tanto en abrazarte la próxima vez.



sábado, 28 de junio de 2008

Tú no eres tu historia

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No sé cómo podría explicarlo mejor, eso. Que tú no eres tu historia. Porque otros podrían preguntarme: y entonces qué eres. Y tampoco hallaría una respuesta.

Yo tengo una historia que pocas veces cuento y que a ratos me parece que no es mía. Que alguien es capaz de mirarme desde dentro y decirme que todo eso no ocurrió nunca. Como todas, está formada por hechos que ocurrieron así y de ninguna otra manera, y con lo que la memoria hizo con ellos -en el olvido, mi memoria es como en el recuerdo: francamente buena-. Y, como todos, voy andando, a menudo muy a tientas, con lo que ellos y ella me dejaron: el espacio, los estereotipos, los conceptos y los esquemas que hice míos. También con el frío y los escombros.

Durante mucho tiempo pensé que, para que alguien me conociera realmente, tendría que saber al menos un par de hechos fundamentales de mi vida. Luego me cansé de mí misma y de contarlos: nadie los ha sabido después. Quizá debería haberlo escrito de otra forma. Quizá debería haber dicho que el triunfo está en conocer que tú no eres lo que te sucede. Que lo que te ocurrió fue sólo algo que ocurrió: se separaron tus padres, tuviste un aborto, mataste a alguien. Y que puede que eso te conforme. Te conformará, sin duda. Pero ya no explicará nada, o explicará muy poco: apenas una pequeña parte de lo que eres.

Supongo que lo digo porque me gustaría pensar que soy más que unos sucesos con peor fortuna.

26 de junio

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Procuro hacerme un autorregalo al día: de forma inconsciente, la mayoría de las veces, pero regalo de todos modos. Tienen forma de café, lectura, charla, copa de vino, descubrimiento. Hoy es mi cumpleaños, así que tiro la casa por la ventana, abandono el gimnasio mañanero y lo cambio por una visita a mis librerías favoritas: me traigo el Atlas del Arte, pido un libro de fotografía, que ya llegará, y me muevo entre juegos de ajedrez, cuadernos de viaje, juguetes de hojalata y libretas decoradas con la imagen de Santa Sofía y Betty Boop. Llego agotada porque el calor me hincha, me ofrecen un trabajillo de correctora que me reportará unos cien euros o un poquito más y quedo para cenar algo*. Mañana llega una amiga mía de Francia, dispuesta a ir a la feria -los amigos exigen ciertos sacrificios, qué se le va a hacer: quemaremos calorías moviendo el esqueleto al ritmo de esa música horrible-, así que el fin de semana se presenta con el estrés de ocio que me caracteriza. Se fueron los 31 y, como me dijo Nerea hace diez años, qué importa un año más de vida o un año menos... Siempre habrá proyectos y más proyectos: un aeropuerto, salir, visitar a los amigos, perder kilos, perder kilos, aprender, seguir siendo feliz.


*La cena acabó a las dos de la madrugada y todavía le doy vueltas a algunos de los temas que tocamos.

viernes, 27 de junio de 2008

25 de junio

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Cumplo 32 y las últimas horas de mis 31 me las paso escribiendo, hablando de periodismo y de política, con agujetas de un gimnasio al que no iba desde hacía más de un mes y con la mente en blanco porque no sé qué decir, aunque empuñe la pluma de todos modos.


Cumplo 32 y no puedo ver el futuro. Me ha pasado siempre: conozco a quien proyecta a largo plazo y me admiran, porque yo nunca he sido capaz. No me creo el cuento de que uno es capaz de elegir su propia vida y, si fuera cierto, daría exactamente igual porque siempre me equivoco en las decisiones importantes. Más bien, pienso que los hechos -llamemos hechos al mercado laboral y a ése no me queda más remedio que aceptarlo- te van llevando de un lado a otro. Ha habido de todo todos estos años, pero incluso aunque el mundo se derrumbara (y se derrumbó muchas veces: a los 13, a los 16, a los 19, a los 25...) siempre hubo un refugio. Ahora estoy mejor que nunca, digo, pero sé que no es cierto, porque he sido muy feliz. Y me he dado cuenta de que era feliz en el mismo momento y no dos años más tarde, lo cual supongo que es un triunfo o, cuando menos, que demuestra cierta clase de consciencia.

Llego con ideas y sin planes, para que nada los tuerza en el último momento. Llego con la convicción de la soledad, que por primera vez no me parece tan terrible, y con un montón de destinos por descubrir. Y llego como siempre: un tanto irónica, presta para la risa, perdida y con la curiosidad intacta.

No es mal equipaje, para viajar.

martes, 17 de junio de 2008

Te joden vivo

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Te joden vivo (They fuck you up). Así se llama un libro de Oliver James. Le tengo ganas desde que lo vi: creo que es el único ejemplar que me ha atraído únicamente por el título. No creo que diga nada nuevo, ya sabemos que vamos andando nuestra vida con las sombras de nuestra infancia y que lo que ocurre los seis primeros años de vida es definitivo y conforma el carácter, pero he estado hablando de hijos con dos padres últimamente y de historias familiares y de educación y de separaciones matrimoniales y terapias y al final siempre tengo la impresión de que el resto piensa que lo que digo es crudo, o muy crudo, cuando yo en realidad lo que quería era dar ánimos. Decir que se sobrevive. Y que al final se comprende.


A la primera de los hijos que han tenido y van a tener mis amigos, que nació hace ya siete u ocho años, le escribí una carta, para cuando fuera mayor. Le conté lo que su padre era: el tipo que me salvó la vida en la carrera; el único al que llamaba cuando estaba hecha una mierda para que me dejara más hecha polvo todavía; el que me llevaba al campo y me abrazaba; el hombre valiente hasta lo indecible; el que se planteaba su existencia de raíz a cada paso. Y terminé pensando que yo le conoceré mejor, porque para ella es su padre, pero es mi amigo. Vivimos con alguien toda la vida y no sabemos quién es, a no ser que nos lo cuenten los demás. Quienes han caminado con ellos mucho tiempo. Se mantienen las imágenes a toda costa, ya saben. Hablar se convierte en un interrogatorio, porque uno pregunta y los otros han de contestar, pero el padre no cuenta sus preocupaciones, ni sus desvelos laborales, y pocas veces es capaz de transmitir el miedo que tiene y lo perdido que se siente porque no se lo puede permitir.

Hay historias que ya no cuento porque no me da la gana, porque no tengo necesidad, porque ya las saben quienes las tienen que saber y porque se prestan a unos análisis tan facilones que terminarían divirtiéndome si no fuera porque en ese preciso momento me estarían psicoanalizando a mí y ése es un trabajo que se puede permitir muy poca gente sin que yo me cierre y me vuelva desconfiada y silenciosa.

Lo que sí cuento es lo que aprendí. Que a los hijos se les traumatiza siempre y que el que piense lo contrario miente o se engaña. Que existen armas para defenderse de ello (la lectura, la escritura, los amigos -por este orden y por ninguno otro-). Que los hijos pocas veces se plantean que sus padres son algo más que sus padres, quizá mucho más que sus padres. Que podrás intentarlo, cuando los tengas, o cuando vayan cumpliendo años, pero ellos no te conocerán nunca porque nunca habrá una relación de igual a igual. Y que al final comprendes que todo el mundo se equivoca, tus padres también, y que el hecho de estar es una cuestión de ida y vuelta. Que tampoco es tan malo, por malo que sea. Que tú no eres tu historia.

Al final la meta es ésa: saber que tú no eres tu historia. Y suspirar de alivio cuando lo descubres.


La imagen es de la serie Family Guy.

Pérdidas

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No nos enseñan a eso. A aguantar el dolor, a expresarlo, a que nos dejemos horadar sin sentirnos ridículos, cuál es la mejor manera de soportar el duelo. Crecemos sin conciencia de muerte o enfermedad, sin comprender que son azarosas y llegan cuando quieren y que las pérdidas no se curan nunca. Jamás. Se vive, claro que se vive, y el tiempo pasa, y te ríes y sigues amando y trabajas y comes y disfrutas de los amigos y, de cuando en cuando -una fecha, una canción, cualquier cosa-, te deja sin aire unos segundos y luego vuelves: te tomas un vino, haces planes, te rascas, conciertas una cita, escribes, abrazas, continúas.

Con él no pudo Auschwitz, pero sí un cáncer y la persona a la que querría abrazar está a dos mil kilómetros de mí. A diez mil más hay otro, al que los médicos le vuelven poco razonable y ya está viejo para cambiar. Acaba de morir un amigo muy querido de dos hombres a los que respeto. Uno de los míos se come sus propias plaquetas. A otra le inyectan morfina en la médula, a ver si se le pasan los dolores que tiene desde hace ocho años. Son los cercanos. En el tiempo, digo. Antes hubo accidentes de coche, suicidios, sida y otras muertes.

Y siempre es lo mismo. Todas las noticias nos cogen por sorpresa.


Imagen de Flickr.

lunes, 16 de junio de 2008

Inventario de motivos contra la desilusión II

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Un cigarro para desconectar. Un café taciturno y una charla de horas. El olor a tierra mojada. Las guías de viajes. Las rancheras y los tangos. Las cuatro mujeres que me conocen mejor que yo misma. Los abrazos. El olor de los libros nuevos. Noviembre. Los días largos del estío. Los regalos de cumpleaños. Dickens y Dumas. Descifrar un poema. Leer algunos blogs. Dar clases y descubrir que hay otro trabajo que te pone. Las calles de Sevilla. Implicarse, pese a todos los desvelos. Las charlas de política. Lo que ocurre muchos días a partir de las ocho de la tarde. Un programa de cultura de media hora escasa. Las columnas del teatro romano de Mérida con Ceres en lo alto. La luna de plata en Aguadú. Los desayunos de los días laborales. El otoño compartido con Nerea y la luz. Un estreno que esperas desde hace tiempo. Escribir en los bares. Los jerseys de cuello vuelto. Descubrir un nuevo restaurante. Asistir a ciertas historias como si fueran mías. Una reunión con guitarra y amigos. Chatear con algunas personas un ratito. La excitación y los sueños de adrenalina. Pensar en Camerún. Madrid, siempre Madrid. Una copa de vino. Frank Sinatra y Jamie Cullum. El scrapbook. Soñar que algún día sabré hacer fotos y tendré una buena cámara y podré contar el mundo con imágenes. Explicarme.

*******

Este Inventario de Motivos contra la Desilusión me lo pasó Palmiralis hace mucho tiempo, en una carta manuscrita. Yo se lo pasé a Javier Álvarez Amaro y vuelvo a escribirlo, en justa correspondencia, porque el primero que hice no está en este blog.

No es un meme. O sí. Pero es un meme que sólo se hace cuando uno está jodido. Así que nada, Arwen. Todo tuyo.

domingo, 15 de junio de 2008

Entre les murs

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Me gustan las películas de profesores. No me pierdo una, por previsibles o malas que sean, así que tengo pendiente la que ganó el Festival de Cannes, Entre les murs, por más que cuando las críticas periodísticas hablen de "cine necesario", a mí me salga un sarpullido.


Fue la mejor aula que tuve jamás: la más cohesionada y la más entera. En el techo, colillas de cigarro. A ambos lados de la pizarra, dos pósters: Georg Solti, a la izquierda, con su pajarita y su gesto adusto y Aerosmith con un par de tías enseñando las tetas. No teníamos buena fama. Nuestro tutor acababa de llegar: muy joven, muy guapo, muy inexperto. Y quiso contener a la jauría mandando amonestaciones como correctivo. No a todos: sólo a los repetidores. La primera semana de clase. Pero no se dio cuenta: entre ellos había un chico tímido que no abría la boca, y allí estallamos: "Si me la hubieras puesto a mí -espeté-, todavía podríamos entenderlo". A partir de ahí, la guerra.

Ese año aprendí dos cosas. Que ser injusto es lo peor que puede pasarle a un profesor y que, cuando te enfrentas con quien es más poderoso que tú y lo haces sin trampas, siempre llevarás las de perder.

Tengo el dudoso honor de haber tenido que recuperar Educación Física en COU.


viernes, 13 de junio de 2008

Qué

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Tú estás ahí, humillada y desangrándote, y siempre hay alguien dispuesto a darte la puntilla. Da igual cómo: con la indiferencia, suponiendo lo que tú quieres oír (nunca te conocen tanto como para eso), o afirmando que las curas de humildad son maravillosas (salvo cuando se las propinan a ellos, que entonces duelen). Ni la presunción de inocencia, ni la confianza en lo que ves, o en lo que eres, o en lo que haces: nada de eso vale.


Yo me pregunto qué queda, entonces. Qué somos. Qué hay.

jueves, 12 de junio de 2008

Me cagüen la puta

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Me he pasado media vida creyendo que el sistema me beneficiaba. Que yo siempre tendría razón delante de un folio en blanco.

Es mentira.

También he pensado siempre que sabía hacer mi trabajo. Que, desde el día en que tardé cinco horas en rellenar media página hasta que comencé a pedir dos enteras libres y a escribir artículos de opinión, y anduve de un lado a otro, de una ciudad a otra, prensa, agencia de prensa, televisión, radio, había aprendido algunos de los rudimentos del oficio. Que nadie haría las cosas como yo porque sólo yo tengo este recorrido y este equipaje, esta manera de enfrentar el mundo y de contarlo, este punto de vista.

También es falso.

Hoy me han dicho que no sé trabajar, que no sé escribir, que no sé redactar una noticia, que no sé hacer una entrevista a un escritor y que mi percepción de la realidad es errónea. Que cuando salgo de un examen y me emborracho porque he hecho una prueba brillante, es mentira. Mi examen es medianito. Muy medianito. Poco más que un suficiente alto. De hecho, es tan medianito que me sobrepasa con creces alguna persona que comete errores gramaticales de bulto.

No sé hacerlo mejor. Y, si quiero conseguir un empleo estable en uno de los pocos trabajos que me gustan, tendré que someterme a otra prueba que no pasaré porque no sé redactar una noticia, ni sé hacer una entrevista, pero nadie me lo había dicho hasta ahora. Nadie me había dicho hasta ahora que no sé usar las palabras. Y ni siquiera sé a qué otra cosa me puedo dedicar. En qué otra parcela comenzar a buscar trabajo.

Lo cachondo es que era la única cosa de mi vida que funcionaba. La única que me hacía sentir medianamente segura, y feliz. Y vamos a ver: no me creo un genio, no me creo una artista, no me he presentado jamás a un concurso literario ni a un premio periodístico, ni se me pasan por la cabeza, ni he pensado nunca en publicar nada porque soy muy consciente de mis limitaciones. Pero escribo bien. Eso he pensado desde que pude empuñar un boli. Que esta parte de mi vida -que es, con mucho, la mejor, porque las otras no existen-, sí me pertenecía y estaba lo suficientemente anclada.

Me equivoqué, para variar.

Nadie me lo dijo antes, no sé si por desidia, porque no importaba la falta de calidad en lo que hago o porque me ocupaba de un espacio de relleno, ya saben, el área que se les da a los becarios cuando vienen a hacer prácticas en verano y les mandan a cubrir el Festival. De hecho, llevo dos años escuchando que soy buena. Muy buena. Y no tengo que creérmelo porque nadie se cree las cosas buenas que dicen de uno. Aunque resulta, también, que si no eres un genio ya se verá, pero si no te lo crees ni tú no llegas a ninguna parte y "lo mío" -a ver si alguien me aclara alguna vez qué es "lo mío"- es un problema de actitud. Mi inteligencia -bastante medianita, ya se ha visto- no me da para conjugar las dos partes: que no tengo que creérmelo y que tengo que creérmelo con todas mis fuerzas para llegar.

El problema es que no sé hacerlo mejor. No sé escribir mejor. Ni peor, tampoco, porque no sé escribir de otra manera. No sé contar la realidad de otro modo, ni se me ocurrirían otras preguntas que hacerle a un escritor. No puedo aprobar un examen porque mi manera de redactar es de un suficiente y se necesita ser sobresaliente o notable altísimo para conseguir una plaza. No sé llevar el área del que me he ocupado durante la inmensa mayoría de mi carrera profesional, porque yo siempre he llevado Cultura allá donde he ido. Y ni siquiera nadie ha tenido la decencia, aunque fuera por mantener unos niveles de calidad mínimamente decentes en un medio de comunicación, de decirme que lo hago mal y qué tengo que cambiar. Ah, bueno, sí. Que soy muy literaria y poco informativa -porque cuando voy a una rueda de prensa de Sanidad mi crónica reproduce únicamente versos de las Coplas a la muerte de su padre, no te jode- y que mi estilo es muy pedagógico porque intento condensar en un minuto desde los antecedentes de un hecho hasta las consecuencias.

El problema es, también, que me regalan dos puntos por haber trabajado -muy mal, que conste que no se me olvida- ocho, diez, doce, catorce y diecinueve horas diarias. Y que me voy a poner en los primeros puestos de una lista en la que no me merezco estar, para vergüenza de mis jefes y mayor humillación mía. El problema es que tengo que tengo que trabajar, porque no me ha tocado la Primitiva, ni hay nadie a mi alrededor que me mantenga, salvo mi madre, que dobla turnos y se echa a la espalda 16 horas de trabajo para arañar 300 euros más al mes porque cobra una mierda de sueldo de auxiliar de clínica. Con lo cual tengo que trabajar sí o sí. Y hay crisis económica y no me llueven las ofertas ni el mundo es tan grande ni hay tanto mercado. Etcétera etcétera.

Se me ocurren un sinfín de símiles para contar lo que le han hecho a mi dignidad hoy: desde la sodomía hasta el fist fucking. Ya lo decía Larralde, que el derecho de ignorar tiene razón limitada.

Yo me entero diez años después y así me llega la sentencia, la recomendación o el aviso. Dedícate a otra cosa, que para esto no vales.

Me acaban de partir por la mitad.

Imagen de Alfonso Benayas. Imagen de internet.

martes, 10 de junio de 2008

Ya lo dijo Vallejo

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Esta tarde llueve como nunca
y no tengo ganas de vivir, corazón.

lunes, 9 de junio de 2008

Eugenio Montejo

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Murió Eugenio Montejo y yo no estaba ahí para contarlo, para sacar testimonios de la entrevista que le hice y recuperar sus poemas y ponerles música y hablar de este señor que me atendió tan bien, que era tan conciso en las respuestas y que saludó antes de comenzar a todos los radioescuchas. Me enteré por el blog de Santos Domínguez y luego por el de Iván Thays y me dio una pena infinita, por lo inesperado y porque siempre guardo las entrevistas por lo que pueda pasar, pero nunca pensé que pasara tan pronto. Hablaba con ese acento dulce de los venezolanos y escribía cosas como ésta:


ADIÓS AL SIGLO XX

a Alvaro Mutis

Cruzo la calle Marx, la calle Freud;
ando por una orilla de este siglo,
despacio, insomne, caviloso,
espía ad honorem de algún reino gótico,
recogiendo vocales caídas, pequeños guijarros
tatuados de rumor infinito.
La línea de Mondrian frente a mis ojos
va cortando la noche en sombras rectas
ahora que ya no cabe más soledad
en las paredes de vidrio.
Cruzo la calle Mao, la calle Stalin;
miro el instante donde muere un milenio
y otro despunta su terrestre dominio.
Mi siglo vertical y lleno de teorías...
Mi siglo con sus guerras, sus posguerras
y su tambor de Hitler allá lejos,
entre sangre y abismo.
Prosigo entre las piedras de los viejos suburbios
por un trago, por un poco de jazz,
contemplando los dioses que duermen disueltos
en el serrín de los bares,
mientras descifro sus nombres al paso
y sigo mi camino.

Imagen de Gorka Lejarcegi.

domingo, 8 de junio de 2008

Toda una señorita

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Nunca anduve sobre tacones de aguja, ni me pasé horas probándome ropa que no me fuera a comprar por necesidad, ni me maquillé indefectiblemente antes de salir de casa, ni supe con qué combinar un collar ni tuve jamás un bolso de fiesta. La expresión armas de mujer me pone enferma y me parece machista que las mujeres la usen: lo mismo me pasaba con los libros sobre la edad del pavo en esa adolescencia de cinturones con tachuelas y camisetas negras de lo más heavy. Las colonias masculinas me siguen gustando mucho más, pero ya me parecía rizar el rizo y nunca me atreví a usar una (debería hacerlo. Como teñirme el pelo de lila y azul). Cuando tenía 13 años me hicieron un pasillo porque llevé falda a clase, tardé dos sexenios más en perforarme las orejas y debe de hacer más o menos el mismo tiempo que no me pongo un vestido. Me encantan las pinturas, pero son todo un misterio para alguien que no sabe hacerse la raya del ojo ni perfilarse los labios. El esmalte de uñas me está prohibido y me depilo las cejas cada cuatro meses, casi con la misma asiduidad con la que me paso por una peluquería. Las pulseras me incomodan y me duran años los relojes. Agradezco que nadie haya querido transformarme en una señorita porque hubiera sido una fuente de frustración inagotable. Hablo alto y claro y mal, digo tacos, fumo, me gustan las tascas. No sé sentarme correctamente. Odio las telas con flores y se me mueren todas las macetas. No tengo tampoco la más mínima idea de decoración y una tarde de compras es un plan insufrible: si entro en más de dos tiendas necesito un café.

Y, sin embargo, una noche, un tipo me miró a los ojos y me dijo que soy muy femenina. Que a mí no me hacía falta nada de eso.

Y lo dijo así: a bocajarro y sin anestesia.

Todavía estoy intentando asimilarlo.

Imagen de Bett, diseñadora argentina que vive en Madrid y que tiene un blog con ilustraciones preciosas.

jueves, 5 de junio de 2008

Breves apuntes para una biografía

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Escribo en los bares y en las estaciones durante las esperas. Voy sola al cine o a un concierto si me apetece. Me recuerdo con el mismo peinado y la misma cara que ahora aunque rememore hechos de diez años atrás. Olvido lugares: he olvidado incluso alguna ciudad en la que viví. Las paredes de mi casa, de cualquiera de ellas, se me caen encima a las dos horas: últimamente tardan algo más porque me estoy volviendo vieja y comodona. Uso la televisión como somnífero a la hora de la siesta y no la vuelvo a encender hasta el día siguiente, salvo excepciones. Soy desordenada y no me imagino compartiendo mi espacio ni mi cama con nadie más. Durante mucho tiempo, nadie me leyó, pero ha pasado una década desde que perdí los pudores. Aprendí a hablar más o menos por la misma época: fui muy desconfiada y me pasé al bando contrario, porque nunca supe dónde están las medias tintas y la miopía me jugó malas pasadas. Por la misma razón, si las tripas me lo cuentan, prescindo de quien antes se suponía imprescindible. Reivindico el contacto, aunque sea huidizo. Tengo mil libretas sin terminar porque me gusta estrenar cuadernos. Mis bares me los cambiaron y sigo buscando uno propio. Lo que callo es mucho más interesante que lo que digo, pero hay hechos que dudo mucho que vuelva a contar nunca. Por cansancio. Me joden los kilómetros y las despedidas.

miércoles, 4 de junio de 2008

Pero ya no te tengo

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Tú me tienes siempre, iba a decir. Pero es cierto: ya no me hablas de seguros en una radio, ni me paso a tomar un café por tu oficina, ni te abrazo lo que yo quisiera y necesito, ni me monto en tu coche ni quedamos a las diez para emborracharnos, ni llego al trabajo con seis cubatas en el cuerpo, ni hay motivo alguno para salir los lunes a las siete de la mañana ni repetir la jugada los martes, los miércoles, los jueves...


Ahora el teléfono me avisa cada vez que llego a Portugal y durante ese tiempo no lo hizo nunca porque la Raya no existía. Sólo sus ventajas: es una República y hay una hora menos. Nadie me manda mensajes poniendo a parir a mis entrevistados ni me río en directo por algo que nadie sabe, ni como queso a las tres de la mañana, ni confieso el efecto que tiene un chupito de ginja, ni me miro en tus ojos. Y hace mucho que no hablo de sexo guarro guarro guarro, ni me llamas roja ni te llamo facha.

Han sido las ferias de Cáceres y yo hacía un examen y vi la noria de lejos y me acordé de ti. De los brazos grandes y la risa franca y las charlas de política y de la vez que me reí cuando me dijeron que no te conocía del todo y que no confiara tanto.

Y bueno, niño. Ya no vivimos en el mismo sitio, pero me gusta tenerte, aunque sea de lejos y a ratos, como tengo a tanta otra gente importante de mi vida. Y te lo escribo en un bar, ¿ves? Hay cosas que no cambian nunca...

martes, 3 de junio de 2008

El vino

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No me fío de nadie a quien no le guste el vino. No es del todo cierto, por supuesto, pero casi. Porque considero sana, sanísima, la desinhibición que produce el alcohol y, además, el vino no me da resaca. Mantengo la teoría, además, de que cuando uno se emborracha, sale su verdadero yo. Los hay oprimidos (por sus padres, por su trabajo, por su pareja, por su jefe); los hay deprimidos (ésos son los que te joden la noche); existe también esa clase de personas a las que les cuesta demasiado trabajo vivir y los hay puramente exhibicionistas y que se despelotan a la menor ocasión.


A mí me da por contar lo que pocas veces cuento. No forzosamente ha de haber una copa de vino de por medio, pero al menos al día siguiente tengo una causa a la que echarle la culpa. Esto tampoco es cierto: como todos, mantengo el control de cada cosa que hago y de cada cosa que digo y elijo bien a mis interlocutores porque ya me arrepiento de demasiado a lo largo del día como para morirme de vergüenza por recuerdos de borrachera. También paso de la primera copa a la exaltación de la amistad más absoluta, aunque para exaltar la amistad a mí no me haga falta ningún estimulante: soy esencialmente cariñosa, necesito el contacto físico casi más que respirar y sin abrazos no puedo vivir.

El problema, ya lo he comprobado, es la mañana de después. Has bebido, has hablado de política y de teatro y de dildos y de literatura y de relaciones y has comentado lo de siempre: que para una mujer (y todas las que conozco están de acuerdo) nunca es sólo sexo. Y que eso no significa que te cuelgues, que te encoñes o que te enamores locamente ni de lejos. Pero que nunca es sólo sexo y ni siquiera sabes exactamente qué significa eso: que nunca es sólo sexo. Así que al día siguiente, cuando ya estás sola, porque tú en público no pierdes el control, ni lloras nunca, ni cuentas lo que no puedes contar salvo a quienes ya lo saben porque no puedes mentirles, se te van al carajo todas las defensas, maldices tu buena memoria y tu complejo de culpa y tus tendencias autodestructivas y maldices, también, ya puestos, las convenciones sociales y los deseos y las represiones y las imposturas y al final se te sale por los ojos.

No vuelvo a emborracharme.

Al menos, hasta el sábado que viene.


Contra la depresión

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Mi señora madre dice que cuando uno está deprimido, no hay nada como comprarse algo o tomar helado. Como el helado no lo puedo tomar, porque estoy a dieta y bajando kilos con todo mi esfuerzo (200 gramos la semana pasada: ahí, ahí, lenta pero segura), me entra el afán consumista.

La anterior etapa de crisis me la salvaron Barrie y Stevenson. Cuando entro en una librería, me mareo, ya lo conté por ahí. Siempre pienso que no voy a encontrar nada (los libros son como la comida: hay mil platos suculentos, pero a ratos te apetece sólo uno), hasta que doy un grito, porque me eligen y parezco una niña emocionada y exultante. En muchas estanterías hay novelas de personas a las que ya he entrevistado y leo Ausencias y tengo ganas de agarrar por el cuello a Hilario (demonios, ¡quiero ser Emma!), pero me vuelven a salvar la crisis dos tipos que murieron y con los que nunca voy a poder hablar.