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lunes, 15 de septiembre de 2008

Más feliz aún

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¡Mi sobrino va a nacer!
¡Mi sobrino va a nacer!
(Quién me ha visto y quién me ve, Dios).

martes, 22 de julio de 2008

Hugo

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Dentro de la barriga de mi amiga crece un niño al que ya le he visto la cara y una mueca que parece una sonrisa, los ojos cubiertos por líquido amniótico, la manita en la mejilla, una imagen naranja que te hace asombrarte de que algo tan cotidiano pueda parecer tan milagroso cuando lo ves tan de cerca. He pasado cuatro días en Sevilla, a donde fui en situación de crisis -como tantas otras veces- para admirar una barriga que parece la bola del mundo, un ombligo que ha desaparecido casi por completo y una línea alba que la parte en dos. También he leído tres o cuatro libros sobre el embarazo, he aprendido qué son el apego y la impronta, he corroborado el papel del tacto y he notado moverse a un niño que será también mío.

No sé en qué nos cambiará la vida. Ahora pienso que la vida no te la cambia un hijo. Quizá la vida sea un todo y no haya nada que te la cambie: ni un bebé, ni la pérdida de un trabajo, ni una lotería que te caiga. Es sólo que tu futuro ya no será el que tú pensabas que sería, pero quién puede ver el futuro a estas alturas. Ya nos gustaría ver el de ese muchacho que ahora da patadas mientras su padre le besa y con el que bromeamos, le voy a comprar una raqueta de tenis y un balón de fútbol para ver si nos saca de pobres, pero del que suponemos que será un niño feliz.

Yo ya le escribí cuando aún le andaban buscando, pero me gustaría poder recordarle algún día quiénes son sus padres: esas dos personas que al principio serán comida, abrazos, masajes, mimos y baños; que luego se transformarán en el lugar seguro y consciente de referencia, cuando lleguen los extraños -yo, entre ellos- y sus padres les miren para contarles con los ojos que esa gente rara también le quiere mucho. Y más tarde, los que no entienden nada, las personas ante las que hay que guardar todos los secretos y luego aún dos referencias a las que intuyes y en cuyas manos vuelves a ponerte para contarles los planes, mimarlos, hacerles favores y planear viajes, porque después aprendes que ellos siempre estarán.

Para todo esto hace falta mucho tiempo. Un tiempo que se nos va a pasar muy rápido -qué chico es, mira cómo anda, qué bien habla ya; niño, no digas tacos, hostias; dónde andará a estas horas; el hijoputa ayer llegó borracho- y que produce mucho vértigo, porque cuando él tenga veinte años los demás pasaremos de los cincuenta y nos seguirán asombrando su jerga y su manera de vestir.

No sé cómo cambiarán sus padres en ese tiempo, qué hará el reloj con nuestro carácter y nuestras ganas y cómo podremos hacer del mundo algo que no le resulte tan hostil, todavía. Cada uno piensa en el papel que le toca desempeñar en estas circunstancias y yo no sé qué seré para un niño al que veré dos o tres veces al año, pero me gusta pensar que puedo transmitirle algo, porque los amigos de mis padres también lo hicieron conmigo cuando era una cría y gracias a ellos me enteré de muchas historias que me los acercaron.

Tengo ganas de que llegues y de asombrarme de nuevo cuando te vea.

Imágenes de Buteijn y de Bies.