Tuve muchos profesores y algún maestro y el reconocimiento siempre llegó tarde, o no llegó, porque a ciertas edades se saben las cosas pero no se dicen por pudor y por vergüenza. Uno ha muerto ya. Me metió en el colegio a los dos años porque mi hermano se iba al cole y yo lloraba. Se llamaba Don Tomás. Le dio clases mi abuelo y creó la Academia. Estuvo pendiente de mí más de una década y yo lo sabía. De esa época me quedan la señorita Eva, la señorita Águeda, Don Francisco y Don José. A una iba a verla en los recreos cuando pasé de curso y los siguientes y todavía recuerdo una clase suya que se ha convertido, en mi memoria, en el primer día que tomé conciencia de que podía reírme de mí hasta que me doliera el cuerpo. Otra me mandaba raíces cuadradas a los ocho años, antes de saber qué es eso de la atención a la diversidad, y nos llamaba al orden con una campanita porque siempre estaba afónica. Me veo con dos libretas en sus clases: una para escribir -yo escribo desde que puedo recordar- y otra para hacer los ejercicios, cuando me enteraba de que había que hacerlos. Con Don Francisco no hizo falta burlar al resto de las asignaturas, porque sólo daba lengua y nos encargaba una redacción cada lunes sobre temas tan raros como los tacos (que ahí aprendí que tienen que ver con el sexo), los gitanos y el romanticismo. Y Don José merecería un libro entero él solo porque jamás he visto luego a nadie tan férreo y tan tierno, tan rudo y tan dulce.
Los recuerdo a todos, pero recuerdo aún más a los que perseguí allá donde dieran clase cuando tuve edad para descubrirlos al momento. El día de la presentación de Manuel Ángel Vázquez Medel, yo andaba en un examen de Lengua y, cuando volví, mis amigos me rodearon: "Este tío te va a encantar: dice que la literatura es una experiencia orgásmica". Y orgasmo tras orgasmo ahí estaban Alberto Caeiro -"que es una mezcla de Baudelaire y Whitman: ¡por eso grita tanto!"- y Borges ("tenue rey, sesgo alfil") y Joyce y Kafka y todos los semiólogos que en el mundo han sido. Me contó el significado etimológico de la palabra "a
migo" y me mostró, por encima de todas las cosas, lo importante que es Ser. El amigo del que habló aquella noche, con contundencia y orgullo, se llama Adrián Huici, me espoleó el sentido crítico y el análisis y me encargó un trabajo sobre el Che Guevara, de no más de 12 páginas y del que me sintiera orgullosa. Le escribí 34, mezclé a Serrat con Larralde y con párrafos de cartas de Nerea, que es mi amiga y es un genio, y me dijo la nota una noche que le encontré en el cine, mirándome muy serio y riéndose al final. A Huici le perseguimos todos y ese año, el primer día, nos preguntó si nos habíamos equivocado de aula, porque el curso pasado había tenido 30 alumnos y esa vez éramos 110 más. Y luego estaba Leonardo, que le hablaba de usted a todos los alumnos menos a mí, que cambiaba la fecha de un examen si a mí no me convenía y que ha sido el maestro más irónico y punzante que he tenido jamás. A él sí fui a verle, cuando ya estaba en cuarto, y entré en su clase para dar una palmada en la mesa, mirarle a los ojos y decirle: "Vengo a darte las gracias" "¿Por qué?" "Porque sí". Eso me lo enseñó Josemari, porque hay veces que los amigos son también maestros. Que no hace falta, a ratos, más explicación que ésa: ese sentimiento rotundo que lo muestra todo: porque sí.


