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jueves, 2 de junio de 2011

Barcelona

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La semana que viene me voy a Barcelona, con una promesa incumplida porque sí he tardado cinco años en volver. En Barcelona está mi más viejo amigo, que no el más antiguo. Le conocí por la red, porque yo a la red nunca le agradeceré lo suficiente algunas cosas, en el mismo tiempo en el que Neno llegó a serlo todo (todas las palabras, todos los libros, todo el cine y todas las ideas) y me dibujó sin haberme visto nunca, con el yin y el yan en un ojo y en el otro una paloma. Guaya, que en realidad se llama Joan, me lleva 38 años, pero yo no lo sabía cuando debatía con él de política y de literatura y de normalización lingüística y de sida y de homosexualidad. Yo lo supe mucho, mucho más tarde.

En Barcelona también está mi amigo más joven. Se llama Pablo y escribe y un día me preguntó por qué escribía yo (porque siempre lo he hecho, cariño: no hay otra razón). Pablo me gusta porque me recuerda a lo que yo fui hace diez años y porque es mucho más valiente de lo que yo lo fui y porque hay textos suyos que me hacen mirar el ordenador con la mirada que yo pongo cuando sé que voy a aprenderme un texto o una cita: cuando algunas palabras van a empezar a formar parte de mí.



A Pablo lo encontré en el mismo lugar que a Marc y a David. Marc siempre ha sido una mano, un corazón muy grande y mucho cerebro. Y David... bueno: estos dos llevan tantos años en tantos sitios (un foro de cine, Facebook, blogs, Flickr...) que a veces sé que me los voy a encontrar en cualquier parte.

Varios años más tarde llegaron los demás. Silvia y sus crónicas, Carlos y su agudeza. Y Miguel, que lleva mucho tiempo resolviéndome problemas, de varios tipos. Y Pertur. Y Emiliano, al que tengo muchas ganas de volver a abrazar. Y Neus, a la que quiero escuchar de nuevo. Y Rubén, Dwaitt, que me acoge en su casa porque desde que nos leímos por vez primera en el Foro de Nueva York caímos rendidos el uno a los pies del otro.

Y un niño pequeño al que no sé si voy a retratar, al fin.



Hay un par de razones por las que voy ahora.

De todos modos, la razón principal es un hombre.

Y no vive en Barcelona.

sábado, 19 de febrero de 2011

Pablo

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Nunca le voy a perdonar que tenga diez años menos que yo. Le puedo perdonar que escriba como escribe, que lea más que yo; que además de interesante sea guapo y que le brillen los ojos cuando sonríe. También que no nos hayamos encontrado después de cuatro o cinco años de relación cibernética. Pero nunca que tenga diez años menos que yo.

La mitad de lo que soy está hecha de palabras.

Algún cuento suyo me hizo llorar.

Verlo siempre me hace retroceder. Una década. Una década justa, la que le llevo. Recuerdo una charla sobre sexo, teórica; una sobre por qué no hablo de libros; una sobre si el amor... si el amor es... sobre qué es... y cómo...

La otra, de música y cine.

Le  conocí hablando de cine. Y por un blog. Para eso sirven estas cosas, a veces. Le gustan Calvin & Hobbes y sale de las pelis de Antonioni con la mirada limpia. Con la mirada despierta. También ama a Hopper. Como yo. Y lee en los trenes. Me imaginó tomando un té rojo y me preguntó por qué se escribe. Hay mil respuestas para eso. Porque somos unos inadaptados, cariño; para no volarnos la tapa de los sesos; para que el dolor no nos gane; porque nuestras vidas no nos bastan y porque queremos averiguar lo que sabemos.


Yo siempre perdía y no paraba de aprender.

Compartió conmigo su primer trabajo.



Un tiempo después me envió su primer libro.

Lo que mejor sé de Pablo es que me gusta. Y que es mucho más valiente que yo.

(¿Sabes? Una vez quedé con alguien porque me recordó a ti).

Querría una cámara para este tipo de cosas. Para pensamientos, dolores y escalofríos. Pero como no las hay, lo escribo y así se me olvida menos. La única cámara que tengo es una cámara de palabras, que sólo retrata recuerdos.

Te hubiera gustado Nueva York.

Las palabras en cursiva son suyas. Yo no escribo así.

viernes, 15 de febrero de 2008

Por qué escribes

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Odio el té rojo. Nunca tomaría té rojo. Verde, blanco o negro. Mejor verde con hierbabuena y azúcar negra o negro, paquistaní, hecho en agua, con un chorro de leche. Ahora, con sacarina líquida concentrada, cuatro gotas exactas. Antes, con dos cucharadas o un sobre de azúcar. Y, mientras bebo té, fumo. Y fumo mientras escribo.


No sé por qué escribo yo, así que no te puedo contar un cuento. Sólo sé que es íntimo. Que, durante mucho tiempo, fue mi única manera de decir y que hoy, cuando ya he aprendido a hablar, sigue siendo mi mejor modo de comunicar lo que me importa. Al final, es lo mismo: escribo porque siempre lo he hecho, por ninguna otra razón. Otros comienzan en la adolescencia: yo lo hice en cuanto pude empuñar un bolígrafo. Un castigo a los siete años, una semana sin entrar en la habitación en la que escribía -dio igual: lo hacía en clase: una hoja para los apuntes, la otra para lo que yo quería decir-; ciento y pico de páginas cohesionadas a los diez (que perdí) y un sinfín de cartas más tarde, muchos cuentos cortos e historias de los lugares que habité. Escribía porque leía y porque no sabía pintar, como no sé tantas otras cosas. Y ahora, décadas más tarde, confío más en lo que me muestra esto que en las palabras habladas de los otros. No puedo hacerme una idea completa de alguien hasta que no le he leído. Y me acerco a ellas como quien se acerca a los descubrimientos.

Me tomo un té contigo. Y te veo el intento y te palpo la vergüenza, que no sé si es vergüenza o es pudor. Me gusta lo que veo y lo que intuyo. Pero sé que no se puede explicar, ni siquiera delante de un té a distancia. Ni siquiera cuando se disfraza como otra manera de devolver lo que te dieron, de aventar la soledad, de estar solo del todo y contundentemente, de conseguir amigos o de que los amigos te conozcan mejor y sepan quién eres. Sólo es eso: la necesidad de vivir más y de nuevo cuando escribes.