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lunes, 12 de mayo de 2008

La Plaza Real

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–Jamás me entrometo sino en lo que me atañe, y sé aparentar que no veo lo que no me importa; pero aborrezco a los hipócritas, y en esta categoría cuento a los mosqueteros que se las dan de clérigos y a los clérigos que se las dan de mosqueteros. El señor –prosiguió, volviéndose hacia Porthos- es de mi parecer.

Porthos, que aún no había hablado, contestó sólo con una palabra y un ademán.

Dijo sí y echó mano a la espada.

Aramis dio un salto hacia atrás y sacó la suya. D'Artagnan se encorvó, preparado para atacar o defenderse.

Tendió entonces Athos una mano con la actitud de mando supremo que le era propia, sacó lentamente su espada del tahalí, rompió el acero sobre su rodilla y tiró los dos pedazos a su derecha.

Se volvió después hacia Aramis y le dijo:

–Aramis, romped esa espada.

Aramis vaciló.

–Es preciso -dijo Athos.

Y en voz más alta y dulce añadió:

–Así lo quiero.

Más pálido que nunca, pero subyugado por aquel ademán, vencido por aquella voz, partió Aramis con sus manos la flexible hoja, se cruzó de brazos y quedó en suspenso, temblando de rabia.

Este movimiento hizo retroceder a D'Artagnan y Porthos; el primero no sacó la espada y el segundo envainó la suya.

–Prometo ante Dios que nos ve y nos oye en medio de la solemnidad de esta noche –dijo Athos alzando lentamente su mano derecha–, que jamás, jamás, se cruzará mi espada con las vuestras, ni tendrán mis ojos una mirada de ira, ni abrigará mi corazón el menor sentimiento de odio para vosotros. Hemos vivido juntos; juntos hemos amado y aborrecido; hemos vertido y mezclado nuestra sangre, y tal vez podría añadir que existe entre nosotros un lazo más poderoso que el de la amistad: que existe el pacto del crimen, porque entre los cuatro hemos condenado, juzgado y dado muerte a un ser a quien quizá no tuvimos derecho para arrastrar de este mundo, aunque más que del mundo pareciera morador del infierno. Siempre os he amado como a un hijo, D'Artagnan.Diez años hemos dormido hombro con hombro, Porthos; Aramis es vuestro hermano como es mío, porque os ha querido como yo os amo todavía, como os amaré toda mi vida. ¿Qué vale para nosotros el cardenal Mazarino, cuando hemos domeñado la mano y el corazón de un hombre como Richelieu? ¿Qué vale éste o aquel príncipe para nosotros, que hemos consolidado la corona en la cabeza de una reina? Os pido perdón, D'Artagnan, por haber cruzado ayer mi acero con el vuestro, y Aramis se lo pide a Porthos. Odiadme si podéis; yo os juro que a pesar de vuestro aborrecimiento os profesaré siempre la misma estimación, la misma amistad. Ahora, Aramis, repetid mis palabras, y después, si quieren y si queréis, alejémonos para siempre de los que fueron nuestros amigos.

Reinó un instante de solemne silencio, que fue interrumpido por Aramis.

–Juro –dijo con franca mirada, pero con voz algo agitada todavía–, que no tengo resentimiento contra los que fueron nuestros amigos; juro que siento haberme batido con vos, Porthos; juro, finalmente, que no sólo no se volverá a dirigir mi espada contra vuestro pecho, sino que nunca abrigaré en lo más hondo de mi pensamiento la menor intención hostil contra vos. Venid, Athos.

Este dio un paso para marcharse.

–¡Oh!, no, no. No os vayáis –exclamó D'Artagnan, arrastrado por uno de esos irresistibles impulsos que revelaban el calor de su sangre y la natural rectitud de su corazón–; no os vayáis, porque yo también tengo que hacer un juramento. Juro que daría hasta la última gota de mi sangre por conservar el aprecio de un hombre como vos, Athos, y la amistad de un hombre como vos, Aramis.

Y se precipitó en brazos de Athos.

(Creo que me sé este capítulo de memoria y que habré releído el parlamento de Athos unas treinta o cuarenta veces. Y en mi campaña por el fomento de la lectura de los clásicos -y, sobre todo, de clásicos tan denostados como Dumas, ya sabéis, literatura menor y de aventuras- lo escribo aquí para que os deleitéis y os estremezcáis y os asombréis como yo cuando lo leo. He dicho).

sábado, 9 de febrero de 2008

Gentes de toga y gentes de espada

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Nadie ha leído todo Dumas, pero todo el mundo ha leído a Dumas.



Ando revuelta este fin de semana, entre intrigas palaciegas, herretes de diamantes, cardenales de 35 años que saben de sobornos y se enfrentan con reyes y amores de tres segundos. Por allí anda un chaval gascón, que se mete en peleas siempre que puede, por una mirada o una palabra mal dicha y que salva su impericia con las ganas. También un hombretón noble, corto de entendederas, leal, muy hablador y magnífico para el difícil arte de obedecer sin planear. Y un mosquetero que quiere ser abate y que estudia teología en sus ratos libres, acompañado siempre de una dama y nunca la misma.

A mí me acompañan estos cuatro desde que recuerdo. Siempre me gustaron las espadas y los duelos y ciertas mujeres valientes que no saben esperar sin actuar primero y preguntar más tarde. Hoy me he venido con El vizconde de Bragelonne bajo el brazo, tres tomos y la última de las aventuras que me queda por leer, pero he vuelto a comenzar desde el principio, aunque el principio me lo sepa de memoria. Rochefort, Milady, Richelieu, Tréville, Luis XIII, Ana de Austria, Mourdant. La fuerza, la nobleza, el valor y la astucia.

Por allí anda también otro. Treinta años, poco más o menos. Un hijo. Una mujer a la que quiere ver muerta. Pocos amores, o casi ninguno. Misógino. Casi mudo. Leal. Le busco en cada página y siempre me asombra.

Con él descubrí que puedes enamorarte como una loca de alguien que no ha existido nunca.