martes, 8 de julio de 2008

Una isla furtiva

-Eres la persona más excitante con la que he hablado nunca.

Ni siquiera fue ése el principio. Lo había sido mucho antes, cuando deshacía la cama por una sola y poderosa razón; cuando comenzó a jugar a un juego del que ella ya lo sabía todo, aunque no fuera muy consciente del momento exacto en que había comenzado la partida -siempre estabas muy ocupada; quiero saberlo todo de ti: qué te gusta, qué libros lees, quiénes son tus amigos-. Nunca pensó en nada más, porque siempre había otros (incluso uno que no servía ni para follar ni para llevárselo al teatro ni para ir de viaje, pero que estaba muy perdido en una vida que no quería y de la que no podía salir), porque no existía ningún futuro posible, porque por una vez le daba igual que el futuro no existiera y porque él también disponía de otro cuerpo: un cuerpo soso, un cuerpo que no se dejaba explorar demasiado, un cerebro dentro de un cuerpo que no le atraía lo más mínimo pero con el que había firmado un papel porque se había cansado de estar a salto de mata y fue ella quien le besó primero y quien no permitió que él dejara de besarla más tarde.

Hay personas a las que ni su vida, ni su carácter, ni sus circunstancias, les permiten tomar otras decisiones: se lo dijo una amiga muy sabia antes de que él hubiera aparecido siquiera, hablando de su propia e inolvidable historia, y ella no lo entendió del todo hasta que no le conoció a él y, de pronto, juzgar un comportamiento ajeno dejó de ser tan fácil y la palabra cobarde ya no definía nada. Al final ocurre eso cuando eres capaz de conocer a alguien, cuando te conoces a ti mismo, cuando no te aventuras a pensar qué harías tú de estar en su lugar porque nunca sabes qué respuesta darte, porque en todos hay miedo y necesidad de no estar solos y cierta capacidad de sacrificio y mil y una debilidades -querer levantarte con alguien una mañana, planear unas vacaciones, no tener que preocuparte de con quién irás al cine o a cenar, el íntimo regocijo de echar de menos una vida de soltero que había dejado de gustarte hace tiempo, aferrarte al espejismo de concederte que eres feliz a ratos-.

-Creo que me estoy enamorando de ti- le dijo un día. Y ella sonrió, porque era la primera vez, aunque hubiera habido otra, tres o cuatro años antes, mucho más rotunda (estoy enamorado de ti), una confesión que salió de las manos de un hombre a quien ella amó como a nadie y más que a nadie, con una desesperanza que todavía le asombra al recordar el frío del final, con esa pasión inocente y entregada de las que son primeras veces también. Y volvió a sonreírle, porque ella se lo había dicho también hacía meses -ahora sé que podría enamorarme de ti-, pero no recuerda qué le contestó, aunque sí sabe que le quería mucho, que siempre le ha querido mucho, porque ella era la más fuerte de esta historia, porque no tenía nada que perder, por supuesto, eso siempre te hace más fuerte, pero también porque no quería ganar nada, nunca había querido ganar nada, y sabía que él le decía la verdad, la única verdad posible, la única que podía romper todos los miedos, porque hay palabras que dan mucho miedo: enamorarse, amor, amor mío, mi vida, te quiero.

No se puede proteger a nadie. Eso lo descubrió mucho después, cuando ya se había dado cuenta de que deseaba tenerlo dentro de ella, todo su cuerpo dentro de su cuerpo, esconderlo de todos, volverlo invisible, construir una isla. No se puede proteger a nadie, pero lo intentó de la mejor manera que sabía: escuchar, preguntar, meter a otra persona en su cama, con ellos, después de un polvo fantástico -te follaré como no te han follado nunca, ni te volverán a follar-, porque ella también quería salvarlo todo y quería salvarle, aunque salvarle fuera imposible.

Existe esa clase de amor que consiste sólo en hacer eso mismo: escuchar, preguntar, respetar el ritmo íntimo de otra persona, no pedir lo que no quieres aunque se espere que lo quieras y que lo pidas y en el escozor de la piel y en que la piel se vuelva autónoma, un ente extraño que te pica, millones de alfileres ardiendo y el filo de las uñas intentando calmar sin resultado. Te follaré como no te han follado nunca, ni te volverán a follar. Y fue cierto, todavía hoy sigue siendo cierto, pero hizo más, porque la puso desnuda delante de un espejo, sus manos recorriendo desde atrás todas las esquinas, y ella jugó a que le daba vergüenza, pero miró su reflejo, el de ambos, como si ella fuese otra persona, una mujer a la que no era capaz de intimidar todo aquello porque era muy capaz de dejarse hacer y era muy capaz de abandonarse, que era lo que más le gustaba a él, ese abandono, la manera en que una puede asumir que su mundo está verdaderamente en la exigua superficie de una cama. Y era capaz de cumplir cualquier fantasía, porque todo le parecía divertido, incluso aunque su cuerpo dejara de responderle al cuarto o quinto polvo, porque lo importante era que la cabeza seguía queriendo más y era un descubrimiento que la cabeza siguiera queriendo más aunque no pudieras ni moverte y todos los descubrimientos tienen esa mezcla de curiosidad y de alegría con la que los niños encuentran un tesoro.

Él lo había sabido antes que ella, que no era muy consciente de su poder, porque siempre le había parecido que las demás serían mejores y que lo que ella pensaba, o decía, se encontraba dentro de los más estrictos márgenes de la normalidad, esa media eterna, ni suficiente ni sobresaliente, con la que pretendía juzgarse a diario. Él lo había sabido antes que ella, pero a ella no le asombró oírselo:

-Eres la caña.
-¿Por qué?
-Porque eres el justo punto medio entre la carnalidad y la intelectualidad.

Y eso era verdad porque allí estaban todos esos millones de alfileres ardiendo, todas esas terminaciones nerviosas, el cuerpo al servicio de una imaginación calenturienta y muy sucia, las pruebas de ensayo en las que nunca hubo el más mínimo error, la percepción de la intimidad que son capaces de crear dos cuerpos desnudos cuando el sexo no se ha vuelto un trámite engorroso, las charlas de durante y de después, que siempre han sido las mejores porque nunca preguntó qué tal, nunca se comportó como el macho que precisa de la aprobación de la hembra -has estado magnífico, querido- para convencerse de que es un buen amante y que a ella siempre le resultó patético, esa conciencia de poder usar todos los músculos de tu cuerpo y de notar que eres agua, que te estás cayendo y que, derrumbada y todo, eres muy capaz de seguir riéndote durante y después y de transformarte en un lobo y ser consciente de la humanidad que, al mismo tiempo, te hace estar pendiente de un experimento que siempre sale bien.

Él usaba palabras de otros, a veces, para explicarse y explicarles: Borges, Apollinaire, Blake, Kennedy Toole. Todos los hombres importantes de su vida le han regalado textos. Todos han tenido una biblioteca en casa y esa complejidad acojonante que hace siempre querer apresar en los libros algo de su propia vida, de las vidas que no vivieron ni van a vivir ya nunca y remitirse a la ayuda de otros: otros que vivieron en otra ciudad de otro continente acaso y que hablaban un idioma extraño, pero que sabían que las verdades son siempre las mismas.

Una isla se puede construir con un cuerpo y otro cuerpo, pero al final siempre habrá un náufrago porque hay puertos que no existen y hay barcos que no llegan a ninguna parte.

11 comentaron:

Puntos de vista y ... nada más dijo...

¿Existe esa clase de amor que consiste sólo en hacer eso mismo: escuchar, preguntar, respetar el ritmo íntimo de otra persona, no pedir lo que no quieres aunque se espere que lo quieras y que lo pidas?

Sí, claro que existe

glauka dijo...

Me has dejado con la boca abierta, que lo sepas. Emocionada y con la boca abierta.

Esta ternura abrumadora que se respira en cada letra, es tremendo.

Me vuelvo a leerte otra vez.

Gracias.

Arwen dijo...

Joder, demasiado en cualquier momento, pero más ahora, con esta semana sin descanso que llevo. Joder. Intenso. Perfecto.
De mayor quiero escribir como tú.

Anónimo dijo...

Te informo: hay lecturas que se deben de hacer en papel y esta es una de ellas, precioso, gracias por este relato. Lo guardare para que lo lean mis nietos y poder presumir. Marilo

Anónimo dijo...

Para escribir así, hay que dominar la herramienta: conocer el idioma, saber contar historias...

Y antes, hay que saber vivir y saber sentir esas historias.

Sin eso, es imposible.

Y una cosa. Tal vez él supo antes que ella era la caña, y percibió ese justo punto medio entre la carnalidad y la intelectualidad. Pero, desde luego, no sospechó en ningún momento que ella tuviera tan buena memoria.

;)

Portorosa dijo...

No te he leído todavía, pero ¡¿qué hace aquí la isla de la Coelleira?!

Mira: http://unhombresentadoenunasilla.blogspot.com/2007/08/vuelta-vicedo.html

Ricardo Colomer dijo...

Gracias. Es impresionante poder iniciar el día leyendo un texto como este. Reitero...gracias por escribir como escribes ¡¡¡¡¡que envidia!!!!!!!!

Portorosa dijo...

Hola, Viajes.
Me ha gustado.
Lo del sexo me da un poco igual, creo; o al menos me parece secundario. Lo que me gusta más es la referencia a la falta de expectativas en la relación (algo que en ciertos momentos de la vida era sinónimo de desilusión, se convierte en un atractivo añadido), a la imposibilidad de proteger a nadie, a la imposibilidad de juzgar a nadie, y al miedo a reconocernos que queremos: todo eso me parece acertadísimo, Viajes; y me parece increíble hasta qué punto nuestras preocupaciones (las tuyas y las mías) parecen, ahora mismo, coincidir.

Besos.

Los viajes que no hice dijo...

Puntos de vista, sí que existe. Sí que existe...

Glauka, muchas gracias, cariño...

Arwen, si es que no se puede salir tanto... :P

Mariló, muchas gracias. Espero que tus nietos sean casi mayores de edad cuando lo lean :)

Anónimo, me quedo con la intriga de saber quién eres... Quizá él sí sepa que ella tiene buena memoria.

Porto, es una isla y es gallega y voy a Galicia siempre que puedo. Siempre que tengo ganas de aguantar las once horas de autobús, claro.

Ricardo, muchas gracias...

Porto, (y 2). Lo del sexo no es tan secundario, pero obviamente, tiene mucho más peso lo otro: la imposibilidad de proteger y de juzgar, el miedo a admitir que queremos a alguien cuando no deberíamos quererle... Pero... ¿parecen coincidir o coinciden? Besos.

Portorosa dijo...

Ah, quién sabe. Parecer, lo parecen, y seguramente lo harán, aunque no sepamos por qué motivos hemos llegado los dos a estar dándole vueltas a las mismas cosas a estas alturas de nuestras vidas.

(Yo he ido a la Coelleira en lancha, ¿sabes?)

Un beso.

Los viajes que no hice dijo...

Pues porque al final, Porto, todos somos sota, caballo y rey...

Me gustan tus viajes en lancha...