lunes, 11 de octubre de 2010

Robados

5 comentaron


Hoy me dedico a hacer foto callejera. Llamarlo así es una chulería por mi parte, porque planto el tele y hago retratos, pero alguno me gusta mucho a pesar de que me temo que no está muy enfocado. Cuando veo el cartel de Spiderman en el Hudson Theatre, descubro que mi tarjeta de ocho gigas no funciona. Vuelta a la B&H, compro dos (al único dependiente de la segunda planta que no habla español, un chaval muy lindo, gordete, con la kippá que me trae tantos recuerdos porque hacía diez años que no formaba parte de mi paisaje cotidiano), las pruebo y cojo el metro para ir a Columbus Circle. Pensaba comprar algo en Whole Foods Market (un sitio de lo más voluptuoso con todo lo que uno pueda imaginar) y llevármelo a Central Park, pero mañana bajarán drásticamente las temperaturas y puede ser un mejor día (se supone, de todos modos, que se acerca un huracán). Además, mañana hemos quedado para salir por la noche. Robert es amigo de alguien que es amigo, creo, de una periodista de la ETB y no sé qué vamos a hacer.



Creo que me va a parecer pronto que vivo aquí, por esas cotidianeidades varias: sacar a Boule a pasear, hablar con Robert y contarnos qué tal el día, que me prepare la cena, comer sushi tranquilamente en el Whole Foods Market, escuchar jazz en cualquier bar tomando un café mientras escribo.


Vuelvo a recorrer Broadway y vuelvo, también, a Times Square (pero no encuentro el edificio Condé Nast). Es de día, pero tampoco me apasiona: veo muchas tiendas de souvenirs horteras, demasiadas lucecitas (hasta en la entrada del metro) y sigue habiendo mucha gente. Pero, de pronto, en una de esas tiendas cuajadas de bolas de nieve y estatas de la Libertad, suena Bon Jovi a todo trapo. Entonces sí: miro hacia arriba, veo el reloj, canto y sonrío.

Estoy en Nueva York.

2 de septiembre.

Las fotos son mías.

domingo, 10 de octubre de 2010

Midtown Comics

2 comentaron

A partir de hoy, he acabado con el Theater District. He acabado tirando los calcetines, que me estaban quemando los pies, en la papelera del baño del International Center of Photography, porque se me ocurrió ponerme las zapatillas de deporte. Son las cinco y media de la tarde y yo de aquí no me levanto hasta las siete. A esa hora tengo que canjear la entrada de Come fly away. Me he comprado una crema en Duane Reade: para el dolor de pies. El dolor no me lo ha quitado (veremos qué tal funciona por la noche), pero he terminado descalzándome en la placita que hay a los pies de la Trump Tower: eso es glamour, señores, crema para mis extremidades doloridas y polvos antiolor para unas zapatillas que no me voy a volver a poner porque hace un calor de mil demonios.



He visitado Midtown Comics: en la Drama Bookshop no he entrado porque ya me he comprado un libro en el ICP. Pero en Midtown Comics he estado un buen rato, curioseando. Veo la colección de Tintín y me acuerdo de Tomás. Hay gente de todo tipo: jovencitos adictos al cosplay, señores mayores y orondos, ejecutivos, chicos con gorra pasados de vuelta que vociferan. Me haría con una buena colección, pero a ver quién va cargando con todo eso, cuando va a llegar a casa a la una de la mañana... Tres o cuatro nos paramos frente al estante de La Patrulla X. Vuelvo a observar a la gente: uno que pregunta por un número atrasado, un joven con traje y corbata que se detiene frente a una compilación de La Pequeña Lulú que me traslada a mi más tierna infancia... Me doy cuenta entonces: soy la única chica. Y recuerdo cuando estuvieron en la radio los chicos de Extrebeo y Fermín Solís me dijo: "Tú estás muy puesta", porque le nombré a Estrella Polar en aquella charla sobre el sexo que nos quedó de lo más pacata. También está Flash y me acuerdo del Peris. Y sonrío mucho cuando veo una figura de Gambito, muy grande, con su capa-gabardina y una carta en la mano, porque me vienen a la mente las charlas con Jose: No sé cómo puedes leer eso, que está escrito para gilipollas; Tú no tienes ni puta idea, chaval; pero esto lo arreglamos con un ron por delante.


Yo les tengo cariño a esos tipos, por más que luego y gracias a él haya leído muchos otros que no son de superhéroes. Pero crecí con ellos: aprendí qué era un cajún porque Gambito lo es; qué es un seppuku y qué un harakiri y qué significa gaijin porque Lobezno se enamoró de Mariko. Y cómo puede llegar algo que te rompa en dos de manera que no sepas quién eres, porque eso le pasó a Tormenta. Tengo dibujados a muchos personajes en mi mente y por eso sonrío cuando veo al Dr. Extraño, a Polaris, al Jinete Fantasma, a la Pantera Negra, a la Bruja Escarlata siempre tan hermosa, a Spiderman.

Les guardo la lealtad que les reservo a mis amigos.

2 de septiembre.

sábado, 9 de octubre de 2010

Derechos civiles

0 comentaron

La foto de Dan Weiner, sacada de Internet.

El ICP programa exposiciones periódicas: hoy hay tres: una en la que casi ni entro, porque son retratos de una especie de fetos; otra de Ed Templeton con escenas callejeras (un chaval soltando una paloma, una mujer desnuda, varios besos) y una muestra sobrecogedora sobre derechos civiles. Se llama "For all the world to see. Visual culture and the struggle for civil rights". La forman carteles, vídeos y fotografías. Los primeros tienen varias leyendas: "No dogs, negroes, mexicans", "We served colored. Carry out only"; "Drinking fountain" -con dos flechas: "white", "colored"-; "Colored seated in rear"; "Colored entrance only". También hay muñecas negras (hasta la Barbie de los 70) y fotografías de la revista Life, cuando la música (y la guerra, sobre todo, a donde fueron muchos) lograron que no pareciera extraña una portada de una viuda negra consolando a su hijo negro o una de Louis Armstrong o Billie Holiday. La muestra es sobrecogedora: no sólo los letreros: también los vídeos del Ku Klux Klan con su cruz en llamas y las capuchas blancas y la foto de un Martin Luther King pensativo, con la mano en la frente: una imagen muy famosa de Dan Weiner en blanco y negro. Lo curioso es que también son negros los trabajadores del International Center of Photography. Y se detienen en todos los letreros.

Cuando llego a casa y se lo cuento a Robert, se sonroja:
-¡Qué vergüenza!
-A mí me ha dado vergüenza del hombre. No de los americanos.

Me paro en Bryant Park, que también tiene un espacio para jugar al ping pong (donde está el mismo chico que ayer jugaba a la petanca) y una sala de lectura. Ver la vida cotidiana me reconcilia de nuevo con todos, aunque dudo mucho que se me olvide el asco que me han suscitado ciertas letras o el impacto de ese cartel de propaganda que mostraba a niños jugando en un césped con la sombra de una cruz gamada (Don't let that shadow touch them. Buy war bonds). Me senté un rato frente a uno de los vídeos de la muestra: canta Shirley Verret y luego aparecen las Supremes, Ella Fitzgerald y Sammy David Jr., Bo Didley y unos jovencísimos Tina Turner y Stevie Wonder.

No sé si mis pies podrán llevarme a algún lado hoy.


La foto del cartel, sacada de internet.

2 de septiembre

viernes, 8 de octubre de 2010

El rito diario

2 comentaron



X me cuenta que ha aprendido muchas cosas que quizá pueda aplicar cuando se vaya de vuelta a su país, porque allí los niños desayunan lo mismo todos los días. Hoy, en Legal Grounds, me preparan un bagel en dos: una parte con pavo, otra con salmón, y un café americano -no, no, que el café americano está asqueroso, le digo. Aquí no, me responden- que estoy saboreando (tenían razón) mientras escribo. Aunque me levante a las seis y media de la mañana, nunca salgo de Legal Grounds antes de las ocho y media o las nueve: estar en su jardín, mirar las flores y la parra, la hiedra trepando por las paredes, el cigarrito... se está transformando en el mejor momento del día. En el más plácido. Abrir la Moleskine grande con los sitios de interés, sacar la Moleskine pequeña para hacer crucecitas en el mapa, decidir a dónde voy mientras escucho a los pájaros y saludo a la ardilla que viene a verme todas las mañanas y que hoy, por cierto, ha faltado a la cita.

Creo que mis pies reclaman hoy un museo fotográfico.

2 de septiembre.

jueves, 7 de octubre de 2010

Chinatown y Little Italy

0 comentaron

El Caffe Roma tiene más de cien años, el techo artesonado de color verde y un café riquísimo que paladeo como si me estuviera bebiendo a dios. Marco en el mapa los puntos de interés del siguiente recorrido: Chinatown y Little Italy. Ahora que pienso en los plannings de la gente del foro, no sé cómo les da tiempo a ver tantísimas cosas. Bueno, reconozco que yo no tengo mucho fondo: comer fuera de casa y andar a todas horas es realmente agotador y eso que llevo aquí sólo dos días. No he visto el puente de Brooklyn (sólo un par de torrecillas, a lo lejos) ni me he acercado al Chrysler, más que cuando me saluda, a lo lejos, entre la niebla de la ciudad, como una promesa. Y he visto el Empire sin fotografiarlo. El viernes o el sábado iré a Governor's Island y debería también pasear por Battery Park algún día. Es curioso: llevo dos días y medio en la ciudad, cojo el metro como si fuera neoyorquina y (casi) he aprendido a leer un mapa. Me encuentro con turistas, pero no son demasiados: deben de estar todos en Times Square, ese hervidero de hormiguitas y de luces. Espero que mi hermano no me llame cateta cuando le diga que es lo que menos me ha gustado de la ciudad. Su esquina más emblemática, que en los 80 era pasto de putas y drogadictos.



Colocando los adornos para San Gennaro en Little Italy, al lado de Old Sant Patrick's Cathedral.
 

Edward Mooney House.

Me quedo con los detallitos pequeños: las salamandras del Alwyn Court, el espacio de petanca en Bryant Park, los múltiples parques para esos niños a los que vivir en una gran urbe les impide ocupar las calles, las escaleras pintadas y repintadas del SoHo, el trajín de los trabajadores en los bares y colocando banderitas para la fiesta de San Gennaro al lado de la Old St Patrick's Cathedral, la mezcla de idiomas (eso sí: a mí ni dios me habla en español) y la sonrisa del dependiente de McNally Jackson Books mientras me daba a elegir la cinta que adornaría el regalo de Robert. Roja, por supuesto.




La esquina sangrienta de Doyers Street.

En este viaje camino y observo: tampoco es que yo sea muy observadora, que todo hay que decirlo, pero intento detenerme un poco en cada sitio que me gusta. Mis pies siguen sin responderme, pero ya va siendo hora de que me levante...



The Manhattan Bridge Approach.

Chinatown no me gusta, pero se me hace de noche allí buscando la esquina sangrienta, la plaza de Confucio -con su gesto adusto y solemne- y el Manhattan Bridge Approach, de Carrère y Hastings, un arco monumental que, según dicen, recuerda a la puerta de Saint-Denis en París, cosa que desconozco porque no la he visto nunca. Enfrente del antiguo edificio de la Policía, enormemente grande y ornamentado, hay un banco rojo que aprovecho. Detrás está el Onieal's, el bar de Steve y Aidan en Sexo en Nueva York. Luego me percataré de que no he visto el Puck Building por ninguna parte, pero sí otros muchos edificios hermosos de los que no sé el nombre. Eso sí: no me pierdo la Edward Mooney House, 18 Bowery Street, la casa unifamiliar más antigua de Estados Unidos y, mientras cambio y cambio de objetivo y pienso en el polvo neoyorquino que debe de estar acumulando mi cámara, me doy cuenta de que debería dedicar un día a sacar robados contra la ley de la cantidad de expresiones curiosas que he visto en Nueva York: un brazo con mil gotitas de sudor refulgente en un chaval negro que corría por Grand Street (bueno, eso es en Jersey); una mujer china cansada sentada en una puerta; un hombre con un carrito sorteando los coches, un señor mayor que me preguntó algo que yo entendí como Are you flesh?; la mirada de un niño entusiasmado ante el carrito de los helados de Ferrara Bakery.


Antiguo edificio de la Policía.

Busco West Broadway. Y, cuando no sé si tirar hacia arriba o hacia abajo, aparece el Chrysler, a lo lejos, como un faro en alta mar, indicándome el camino.

1 de septiembre.

miércoles, 6 de octubre de 2010

SoHo

7 comentaron

Hoy es el cumpleaños de Robert y me invita a desayunar. De hecho, me hace el café él mismo, en Legal Grounds. Hablamos de libros, me recomienda la Strand y decido que hoy recorreré el SoHo. Va a hacer 35 grados. Con humedad. Va a ser divertido caminar por Nueva York en esas condiciones, con cinco kilos de más encima (y los muchísimos que arrastro yo de cosecha propia). Lo bueno es que en esta ciudad hay un bar en cada esquina.



The Cable Building.
The Bayard Condict Building.

 Ahora escribo desde McNally Jackson Books, una librería encantadora con baño y café. Los edificios del SoHo son más altos de lo que yo pensaba, pero es un barrio muy bonito. Hay edificios preciosos: yo he anotado unos cuantos. Comienzo por el Bayard Condict Building, en el 65 de Bleecker Street. Los construyó el maestro de Francis Lloyd Wright, Louis K. Sullivan: es el único suyo que hay en la ciudad. Se suceden las tiendas de ropa, jabones, bolsos maravillosos, marcas y más marcas en los bajos de esas construcciones de hierro colado. Los hay pintados de gris, de azul, de verde. Las fachadas tienen detallitos en altorrelieve: angelitos, sobre todo: caritas gordas de querubines. Es curioso, porque en la calle de Robert, no son querubines, sino vikingos. Se está muy bien aquí. He pasado por la tienda de Apple y he usado un iPad. Mis amigas me dicen que escriba mucho. Yo sólo mando un correo, para contarle a alguien que soy agua y que la ciudad me está cuidando muy bien. Eso sí: ya sé que todo toma el doble de tiempo de lo previsto, que las calles son inmensamente largas, que sólo podré ver pequeños pedacitos de cada barrio. No podría hacerme una idea de cómo se vive aquí por más tiempo que pasara. Cuando caminaba por el SoHo, a mi lado ha pasado un chico llorando. A moco tendido. La gente cruza por las calles con el semáforo en rojo, los coches hacen sonar la bocina a cada rato y los bares son un pequeño oasis de tranquilidad. Yo escribo a mano: todos los demás son maqueros. Y hablan por el móvil a todas horas, pero veo a muy poca gente acompañada. Tampoco es raro ver a alguien comiendo solo: los hay que se suben a los poyetes de las ventanas o que comen un poco de sushi en Dean & Deluca, de pie. Yo tengo por norma no comer de pie, así que lo intento en dos sitios y luego me meto, para variar, en el primero que veo: Jacques Bistro, se llama. Hamburguesa de salmón. Tengo un hambre canina y además voy muy cargada, porque de la McNally he salido con la Guía de Arquitectura del AIA y con un libro de Cartier-Bresson para Robert. Me ha encantado este lugar.



McNally Jackson Books.

Podría ser un buen sitio para vivir, el SoHo. Hay una tienda preciosa con cuadernos, tarjetas y papeles de todas clases. Papyre, se llama. Luego veo Sur la table, que es realmente -Bea tenía razón- como para volverse loca. A mi favor tengo que no puedo calcular cuánto dinero hay en mi cuenta y que ya llevo suficiente peso. También paso por la tienda del MoMA y me enamoro de unos reposapalillos a por los que luego iré si no son muy caros (ACLARO: sí que lo eran): hay utensilios que no sé ni para qué sirven. Antes de comer he estado leyendo la guía del AIA: si fotografiara todos los edificios de la ciudad, tardaría años. Sí me detengo ante el Haughwout Building, gris también, con sus columnas: el primer edificio con ascensor de la ciudad.


Map Floating.

Creo que si sigo a este ritmo me voy a quedar sin pies. Desde el café veo Broadway: sus mil tiendas: Dolce&Gabbana, GAP, Levi's. Me asombra la cantidad de niños guapos que hay en este lugar: no de tíos buenos, que también, sino de niños guapos, con facciones más que correctas. Eso sí: Nueva York tiene algo muy negativo. Mucho. Sudo tantísimo y bebo tantísima agua que paso por un sinfín de pastelerías apetitosas (alguna con reseña del New York Times incluida contando que tienen la mejor tarta de chocolate de Manhattan) y ni me detengo. A este paso, los únicos dulces que voy a probar van a ser los muffins del Legal Grounds. Y también sé que voy a tener que venir a Nueva York muchas más veces, porque son las cinco y media de la tarde y yo ahora mismo me iría a dormir hasta mañana.






Dos nuevas paradas. Tres: en Armani Exchange, en la que no duro ni tres minutos (la música es un chunda-chunda atronador y la ropa es made in China); en Kate`s Papier, también lleno de cuadernos deliciosos y en Papabubble, donde hacen caramelos artesanos. Me paro en el Caffe Roma después de comprarle un botecito a Robert. Ya pueden estar buenos: los venden a precio de oro. Estoy en Little Italy, ya he pateado el SoHo (aunque debe de haber infinidad de edificios hermosos que no he visto), me he parado en no sé cuántas galerías de arte, me he dado cuenta de que también hay que mirar al suelo (porque sólo así se ve el Subway Map Floating de Françoise Schein), sonrío ante ciertos lofts y pretendo no levantarme de aquí hasta que mis pies descansen. Que eso puede ser mañana por la mañana.

1 de septiembre.

martes, 5 de octubre de 2010

America Today

5 comentaron

En el 1260 de la Sexta Avenida, entre las calles West 51st y West 52nd, están los frescos que Thomas Hart Benton pintó entre 1930 y 1931. Los tituló America Today. No dejan hacer fotografías y, para grabármelos bien, me detengo mucho rato ante esas pinturas que parece que retratan una guerra contra el tiempo. Los aviones surcan el cielo, los obreros -camisas arremangadas, enjutos, con sombrero, las caras afiladas y contraídas- clavan, transportan, golpean con el martillo y saltan chispas, aquí un edificio a medio hacer, allí una grúa. Muchos de ellos serían los inmigrantes que llegaron a Ellis Island con lo puesto.



No dejaban hacer fotos, así que ésta está sacada de Shafe.

Paseo sin detenerme por un montón de tiendas: Bergdorf Goodman, Dior (para fotografiar el LMVH), Chanel, Nike... el colmo del lujo. He señalado en el mapa los sitios importantes, pero ninguno me parece tan apetecible ahora como el Green Cafe para tomar un batido de frutos rojos. Es una excusa porque necesito un baño y sentarme de nuevo. Agradezco no venir con nadie, pero lo cierto es que son las seis de la tarde, llevo doce horas despierta y en la calle y tengo los brazos amoratados de sacarme y ponerme la mochila de la cámara.


Mi batido y mis libretitas, donde escribí lo que ahora copio aquí.

Lo maravilloso es la cantidad de buena música que ponen en los bares. Ahora canta Jim Morrison: cuánto tiempo hace que no escuchaba a los Doors: me doy cuenta ahora, cuando tarareo People are Strange. En este viaje hay mucha música: comenzó en el avión, con Every little thing she does is magic, de Sting, que pusieron al despegar y al aterrizar; esta mañana, en Legal Grounds, sonaba Empire State of Mind de Alicia Keys... y como sigan poniendo a los Doors (love me two times, baby...) no me levanto hasta que no se acabe el disco.

Esta foto es una patatilla, pero es la puerta de la casa de Marlon Brando, señores...

Reviso las fotos. En dos días llevo tarjeta y media. Si sigo así, deberé pasarme por la B&H de nuevo alguna vez. Y cuando llegue a Badajoz, tendré que limpiar la cámara: he cambiado unas diez veces de objetivo al día. Pero es que cada edificio tiene detalles únicos.


El símbolo de los arquitectos del Alwyn Court.

En la puerta de Alwyn Court Apartments, un mendigo con una camiseta de I love NY me comenta que el símbolo de los arquitectos (Harde & Short) es la salamandra. Se decoró en terracota, en estilo renacentista francés. El portero, un chaval joven, y yo nos ponemos a hablar de cámaras y precios, porque quiere comprarse una. Cuando sigo mi camino busco, ya sí, el Equitable (paso por el Carnegie Hall, con la fachada llena de andamios, y por el NY City Center of Music and Dance, con su pared extraña en estilo morisco). El Equitable está cerrado, pero la puerta es de cristal y se puede ver perfectamente el fresco de Roy Liechtenstein. Es un niño con una pelota, una mano de mujer con una esponja y muchísimas figuras geométricas.


Se me ha hecho de noche, pateando. Entro en la tienda de M&Ms, que me hace mucha gracia (es asombrosa la cantidad de merchandasing que inventan para unas pastillitas de colores: me acuerdo de Eriksen cuando fotografío al Tony Manero). Al salir de allí, guardo la cámara. Estoy muerta. Y me queda una larga caminata hasta el Path. Cuando llego a Jersey City, Robert ha hecho palomitas y se está tomando una cerveza. Le hace muchísima gracia que haya pasado por un montón de tiendas sin mirar siquiera los escaparates.



31 de agosto.

lunes, 4 de octubre de 2010

En el Rockefeller y más allá

3 comentaron


Adoro de Nueva York el que sea imposible perderse. Completamente imposible. También el que haya un parque con bancos en cada esquina. Sentarse en un banco sola tiene sus peligros, de todas maneras. En Bryant Park, un señor que antes me ha pedido dinero (I'm sorry. I don't understand you, miento) se me para enfrente para pedirme un cigarro. Piensa que soy gitana. Quiere darme conversación, pero no me gustan los mendigos que no conozco.

Cuando me levanto, una chica ocupa mi asiento y se echa a llorar, desesperada.
Nadie la mira.



Me gusta la vida callejera de esta ciudad. Y el olor de las calles, que va cambiando: ahora a pretzel, a perritos calientes, a café, a humo, a asfalto. He pasado antes por Midtown Comics y me he acordado de Roy. Y por la Drama Bookshop, donde se atrincheró mi hermano mientras los demás subían al Top of the Rock. No entro porque las compras de la zona las voy a dejar para cuando visite el ICP. Además, por hoy ya he tenido suficiente. Ahora estoy sentada en el Starbucks del Rockefeller Center: yo quería un simple café con leche y con hielo y me han puesto un tanque lleno de nata y chocolate que se supone que he pedido (pero, ¿milk no era leche?). Me da lo mismo: ¡¡hay mesas y sillones!! Sillones con respaldo blandito, aire acondicionado para mis pies hirviendo.





También me acuerdo de Locotomoro. Me he pasado dos meses copiando direcciones de pastelerías y, después de haber comido un poquito de taboulé y de hummus, llego a Magnolia Bakery y salgo sin pedir nada. Creo que, si me quedara un mes, conseguiría la talla 38. Por lo menos.



Pienso que, por mucho que yo anduviera por estas calles, por las mismas, una y otra vez, siempre habría algo asombroso en ellas. Fotografío la puerta del Algonquin, donde Dorothy Parker debatía con los amigos. No entro porque me da vergüenza (luego miro el menú de la Round Table y no es caro: 39 dólares, sin tasas, sin propinas). Me asomo a Diamond Row, que me parece un auténtico horror, literalmente: las joyerías no me apasionan en absoluto, llevo diez años con el único anillo que me voy a poner, uno de plata que antes era liso y ahora está rallado. Es una calle bulliciosa y con letreros dispares que me espanta. Y, como me espanta, ni la recorro. No sé qué le ven de turístico, pero hay miles de personas haciendo fotos. Yo sigo hacia el Rockefeller Center: me planteo subir al Top of the Rock, pero ya lo haré otro día. Me queda aún un montón de camino.

Y no me siento sola, ni me sobra el tiempo.

31 de agosto.

Las fotos son mías. La segunda, la tercera y la cuarta son del Rockefeller.

domingo, 3 de octubre de 2010

Theater District

8 comentaron

El Path funciona con una tarjeta de Metrocard que no sea de viajes ilimitados (te cobran el máximo, pero la barata no aparece en las máquinas, más que para recargar. Y yo no tengo una SmartLink). Creo que pasan diez intentos hasta que me admite la tarjeta. Lo bueno, sí, es que las máquinas expendedoras están en español. Me deja en la calle 33 y voy a arrasar B&H. Compro un objetivo de focal fija con su parasol y su filtro correspondiente, dos correas de neopreno que serían estupendas si no tuviera ya el cuello quemado, dos cabezales para el GorillaPod. Es curioso, pero me siento como cuando voy de visita a casa de Nerea y ella está trabajando y yo camino por el Madrid conocido. No, no es porque conozca Nueva York: mi memoria visual es penosa. Es porque el tiempo cunde aquí de una forma muy elástica: a las seis de la mañana es el sol el que me despierta, saludo a Robert, le cuento el día de ayer, sacamos a Boule, volvemos a casa, me ducho y voy al Legal Grounds: el rito diario.





Después de B&H me voy al primer lugar que encuentro para probar el objetivo, cambiarle la correa a la cámara y marcar los puntos de interés en la Moleskine. Dos horas después, sólo he visto Bryant Park y la New York Public Library.



Me he enamorado de Bryant Park. Hay mesas y sillas por doquier, un espacio para jugar al ajedrez, un tiovivo precioso para los críos y un juego de petanca en el que mayores y jóvenes (algún adolescente), mujeres y hombres de varias etnias, llevan horas intentando acercar las bolas de hierro a la pelotita de goma roja. Y aquí estoy ahora, mirándolos.




He comido en Le Pain Quotidien. Hummus, babaganoush y taboulé. Están restaurando la Biblioteca de Nueva York: el edificio principal, flanqueado por Paciencia y Fortaleza (no sé quién es uno y quién es otro, pero los fotografío a los dos) está cubierto de lonas. Dentro, sólo hago fotos a la zona de los pasillos. Entro en las salas de lectura tan despacito que creo que logro el efecto contrario al que pretendía, porque todo el mundo me mira y me sonríe. En la puerta de una de ellas hay una cita que me emociona: "A good book is the pretious life-blood of a master spirit, imbalm'd and treasur'd up on purpose to a life beyond life", aunque sólo capto el sentido, porque soy incapaz de traducirla del todo.



En la tienda de la Biblioteca compro una compilación de poemas sobre Nueva York, con versos de Walt Whitman, Herman Melville, Wallace Stevens, Dorothy Parker, Marianne Moore, Auden, Elizabeth Bishop y un puñado de gente más a la que amo. Y un sinfín a los que no he leído nunca. Me queda una larga caminata por delante y sigue haciendo un calor de mil demonios.

31 de agosto.

Fotos: Leyendo en Central Park, la Biblioteca Pública, el juego de petanca de Central Park y de nuevo la Biblioteca (interior). Son mías. 

sábado, 2 de octubre de 2010

Los barcos del puerto

2 comentaron


Los barcos del puerto no tienen las velas izadas, pero siguen siendo espectaculares. En los Piers 15 y 16 están amarrados el Ambrose, de 1908, un barco faro que señalaba la entrada; el Peking, con sus cuatro mástiles, de 1911 y el Wavertree, de 1885, con su vela cuadrada que no puedo ver. Quizá porque soy de secano, verlos siempre me hace pensar en aventuras en alta mar, hombres oliendo a salitre con los surcos marcados en la frente y una mujer esperando en la orilla. Miro las construcciones. El Cannon's Walk, Schermerhorn Row, con su patio interior, que me hace sonreír porque me recuerda a la corrala de la casa de Begoña; los turistas comiendo y el Fulton Market, con todos los puestos cerrados ya y la gente recogiendo.


Busco un ciber para decirle a Josh que el día 14 quedamos en la McSorley a las ocho de la tarde. Que se venga con Virginia. Ellos tienen edad de vistas hermosas y yo de tabernas literarias, porque hemos quedado para hablar y no para hacer fotos. También escribo a Roy. Sigo hasta las obras del World Trade Center y no me detengo porque busco Port Authority. Las andanzas de mis aventuras para llegar a casa se resumen en que por fin compro una Metrocard para 14 días con viajes ilimitados, llego a Times Square y, en Port Authority, las dos personas de información me mandan a dos lugares por los que no pasa ningún autobús. Y además el trayecto es cada hora y yo estoy cada vez más agotada. Son las diez y media de la noche y llevo en danza desde las seis de la mañana, tengo el cuello quemado de la cámara de fotos y mañana las agujetas van a llegarme al cielo de la boca. El cansancio se me olvida cuando llego a una calle que me ofrece una vista preciosa del Chrysler. Luego descubriría que, por no preguntar y por dar por sentado lo que leo en los carteles, que la estación del World Trade Center no está operativa, me había equivocado de pleno yéndome al autobús. Pero en autobús llego a Jersey City. Gracias a un vigilante simpático y después de estar hora y media en la puerta del New York Times viendo a los trabajadores salir y pensando: "Quiero ser tú".



Times Square me parece una luminaria imposible que a todo el mundo impacta, menos a mí, que ya las vi en la calle Yonge de Toronto y que me parecieron, entonces como ahora, un canto al gasto inútil. Un monumento al capital. Para alguien que tiene una relación tan extraña con el dinero como yo, y a la que las tiendas no la hacen detenerse salvo que sean de artesanía o vendan libros, Times Square es un bullicio increíble pero muy poco atrayente.


Creo que en el foro van a matarme cuando lean esto, pero desde luego que me quedo con Schermerhorn Row antes que con mil letreros luminosos anunciando cosas que no quiero comprar. Eso sí: entro en Toys 'R Us para buscar las Barbies de colección que tengo que llevarle a Leticia. Y después de hora y media buscando el autobús (en inglés: aquí todo el mundo habla español, aquí todo el mundo habla español) llego a casa desde Journal Square en taxi. Según Robert, me tenía que haber bajado en la parada anterior, pero no tengo ni idea porque me quedé dormida. Al día siguiente, mi jornada comenzará con él y con Boule, por el canal Morris, viendo Manhattan con la neblina del río. Vuelvo a desayunar en Legal Grounds: el café sabe a café y el muffin de canela es exquisito. Y decido, sobre la marcha, ir al Theater District a comprar una correa de neopreno en B&H y dos cabezales para el trípode. Voy a descubrir si hoy sí me aclaro con el Path.

30 de agosto. 

Fotos: El Peking, el puerto, el Wavertree y Times Square. Las hice yo :)

viernes, 1 de octubre de 2010

South Street Seaport

0 comentaron

Sé dónde voy a comer. En South Street Seaport. Ya veré Battery Park otro  día. El perfil de Manhattan desde el ferry parece una sucesión de  torrecitas de Lego. Rascacielos grises, marrones, negros, verdes. Miles  de ventanitas diminutas. No me sobrecoge. Eso es porque puedo sentir que  he llegado a casa. Voy sin plano y voy sin guía, no he comprado la  Metrocard ni el bono para el Path porque sólo me he movido en barco. Y  no me pierdo: creo que me he estudiado tanto el mapa de Nueva York que  ahora no me hace falta.





Siempre me han gustado los puertos. Ahora  no hay ninguno que no sea deportivo o turístico, pero aun así me siguen  llamando poderosamente la atención. Quiero comer. Busco el Stella (213   Front Street), acogedor, fresquito, con una pasta carbonara que no es  carbonara aunque tenga bacon y huevo, pero que está exquisita. La prueba  de fuego será el café: espresso, pido: mitad leche, mitad café. No está  malo. Por cierto, no sé cuántas personas me han dicho que todo el mundo  habla español. Deben de haberse ido todos de vacaciones, porque estoy  practicando inglés como una loca: doy indicaciones de cómo llegar a los  sitios, explico dónde está Extremadura, pregunto dónde incluyo la  propina… No hay nada como necesitar comunicarse.






Ah. No sé si serán chinches, pero me han picado todos los bichos de Nueva York. En los pies. No habría otro sitio más cerca.

30 de agosto.

Las fotos son de la comida y del puerto, claro está.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Miss Liberty

3 comentaron



Ahora supongo que podría haber subido a la Corona porque, para acceder al pedestal (no me dejan llevar la bolsa de la cámara) hay que ascender algo más de 150 escalones. Tengo que dejar de fumar y hacer deporte, me voy diciendo mientras las pulsaciones se me aceleran y echo los pulmones en cada descansillo. Desde el pedestal no se ve la estatua: sólo los pliegues de la túnica.

Para tomarle una foto de frente, hay que volver al barco. Hace un calor de mil demonios, tengo la regla y sudo a mares. Pero no paro de sonreír y sonrío también, con una mezcla de cinismo, cuando veo los carteles de propaganda y las consignas: Demuestra que eres estadounidense, dona dinero. Yo no soy estadounidense, pero sé que el año que viene arreglarán la estatua y dejo un dólar. Un billete de un dólar. Me parece simbólico -y no sé si hermoso- que respeten tanto a su moneda que la cantidad de referencia sea un billete, porque me acuerdo de la última peseta: esa monedita tan pequeña y tan ridícula.

A las 14:15 del 30 de agosto de 2010 piso, por vez primera, el suelo de Manhattan.

"Keep ancient lands, your storied pomp!" cries she
With silent lips. "Give me your tired, your poor,
Your huddled masses yearning to breathe free,
The wretched refuse of your teeming shore.
Send these, the homeless, tempest-tost to me,
I lift my lamp beside the golden door!"


Emma Lazarus.

martes, 28 de septiembre de 2010

Ellis Island

6 comentaron




They asked us questions. How much is two and one? How much is two and two? But the next young girl also from our city, went and they asked her How do you wash stairs, from the top or from the bottom? She says, I don't go to America to wash stairs.


Pauline Notkoff, judía y polaca, 1917.

No comienzo mi viaje por Nueva York, por el Nueva York de Manhattan, sino por la antigua puerta de entrada de todos los que buscaban una vida mejor. Los mohicanos la llamaban Isla Gull, Isla Gaviota, que en su lengua se decía kioshk. Por los pájaros.



En Ellis Island hay maletas, vestidos, un piano viejo y muchos testimonios y fotografías. Ahora te toman las huellas dactilares y te hacen una foto. Antes preguntaban el nombre -algunos serían un trabalenguas ininteligible para los americanos- y te retenían cinco horas para hacerte toda clase de pruebas médicas. Por aquí pasaron, según cuentan, la anarquista Emma Goldman, el gángster Lucky Luciano o la futura estrella de cine que luego se llamó Rodolfo Valentino. También deportaban a gente. También los rechazaban: tres mil de ellos se suicidaron allí mismo. Cerca del 40 por ciento de los estadounidenses, nos cuentan, puede encontrar a cualquier antepasado emigrante en los registros de Ellis Island.



En el barco que me lleva allí, que sale desde Jersey City, también hay gente de todas las nacionalidades. Cuando pretendo bajar, noto que alguien (alguien pequeñito), me coge de la mano. Es un niño oriental (¿chino? ¿japonés? ¿coreano?) que, cuando descubre que soy una desconocida, se asusta muchísimo y se esconde tras su padre:

-I am good!-le digo. Al cabo de cinco minutos de carcajadas a coro (su padre, su abuela y yo) me mira y me sonríe. Luego vuelve a esconderse. Por si acaso.



Es asombroso, pero no me siento sola. A pesar de que a mi alrededor todo el mundo va en grupo. En pareja, al menos, pero también hay familias enteras, con sus carritos de bebé, bajo este sol de justicia. Todos haciendo fotos.



Qué distinta es la entrada a Ellis Island de la que hicieron Pauline Notkoff y los suyos. Qué miedo tuvieron que pasar, pienso, viendo todo aquello. Intentando responder en un idioma que no era el suyo, sometiéndose a exámenes médicos (dibuje un diamante, dígame qué letras son éstas, qué correspondencia hay entre estos dibujos) y con la esperanza de salir adelante: tener trabajo, poder comer. Por dos dólares al día: mineros, granjeros, carpinteros, sastres. Entre 1892 y 1954 entraron en Estados Unidos casi doce millones de personas. Algunos años antes, en 1886, Francia le regaló a América una estatua de 151 pies que todo el mundo conoce.

30 de agosto.

Las fotos son: 


-El Liberty State Park de Jersey City, desde donde se coge el ferry a Ellis Island.
-La Central Railroad Station, donde se compran los billetes.
-La sala principal de Ellis Island.
-La sala de las maletas de Ellis Island.
-La Estatua de la Libertad.


Son mías todas.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Robert y Boule

6 comentaron


Robert tiene los ojos azules, el pelo castaño y me va a enseñar a revelar. No sólo eso: me ha prestado una cámara, de carrete, con su fotómetro y que no enfoca. También me ha buscado una tarjeta para llamar a casa. Y me ha preguntado si me he traído un portátil y si tengo iPod. No y no los quiero. Nuestra primera parada, además de en su casa, para dejar la maleta y darle los regalos -una manta térmica para Boule, una botella de albariño y una de aceite de oliva- es en el Liberty State Park. La primera imagen que tengo de Nueva York es una estatua muy famosa en la que casi no reparo: hay fiesta polaca en el barrio, con orquesta incluida y baile, brownstones decorados, rascacielos y un lugar que es un club para que los chavales no terminen metiéndose en bandas. Cenamos en un cubano: ensalada de aguacate, bacalao empanado, quesadillas vegetarianas. Hablamos de política, de la crisis, de comercio justo y de lo distintas que pueden ser las maneras de relacionarse con los demás dependiendo del lugar en el que vivas. Hace calor y humedad y luego descubriré que amanece a las seis de la mañana: sale el sol desde Manhattan y a Manhattan lo veo desde las ventanas de mi cuarto. También me recomienda el Legal Grounds, en la calle Grand, con un café exquisito en un vaso pequeño que es un tanque. Y aquí estoy, desayunando en el jardín. Hasta me han traído el Daily News para que vaya practicando inglés. Oigo ruidos. Es una ardilla que mira atentamente mi bagel.

-¿Qué tal?-, me pregunta el dueño, Chris.
-Estoy feliz.

30 de agosto, por la mañana.


Las fotos son mías.

sábado, 25 de septiembre de 2010

Camino de Jersey City

2 comentaron


Imagen de David Iliff.

El comienzo del viaje no ha podido ser más divertido. Mi teléfono no funciona. No encuentra ninguna red, así que no puedo llamar a casa... Ni llamar a Robert. Y nadie puede llamarme a mí. No me molesta en absoluto estar incomunicada... salvo ahora. Tampoco tengo cambio. Pienso qué voy a hacer fumándome un par de cigarritos. Me voy al Starbucks del aeropuerto, pido el café más barato que tienen para que me den muchas monedas y me voy a una cabina... para gastármelo todo sin resultado alguno.

Antes de eso he pasado por inmigración. Allí te miran el pasaporte, te preguntan dónde te quedas ("en casa del novio de una amiga", miento) y el policía, muy simpático, intenta chapurrearme en español. No ha sido tan terrible, no he visto el cuartito y he contado que soy periodista y que estoy aquí de vacaciones. Tampoco me han abierto la maleta. Tres minutos de trámite y luego, una lenta agonía telefónica -con una tipa hablando en inglés cosas que yo no entiendo (supongo que debe de ser el contestador automático de Robert)- que yo hago pasar encendiéndome un cigarro tranquilamente y buscando un taxi.

Mi taxista se llama Louis y es de Haití. El trayecto va a costarme 47 dólares de Newark a Jersey City. Cuando me pregunta si le puedo indicar, le digo que my phone is broken and I'm looking for a friend. Me da su teléfono, llamo a Robert, que está ya en el aeropuerto y, durante el trayecto, se pondrán de acuerdo dos veces más para quedar. Es el viaje en taxi más divertido de mi vida, nos reímos muchísimo, acabo enseñándole unas cuantas palabras en español y le doy 33 dólares de propina.

Robert sonríe mucho después:

-Con eso ya se puede jubilar.

29 de agosto.

jueves, 23 de septiembre de 2010

En el aeropuerto

10 comentaron


Mostrador. United Airlines. Piden el ESTA. Lo llevo impreso: llevo impreso veinte mil papeles. Pero... No estoy. No aparezco. Nerea me mira, con los ojos como platos. Mi billete de vuelta sí está, pero el de ida no. No puedo regresar de un sitio donde se supone que no he llegado. Ella se queda con la maleta, que pesa un poco porque llevo dos botellas, una de albariño y otra de aceite de oliva ecológico de mi tierra, y una manta térmica para el perro del chaval en cuya casa me quedo y yo me voy a un mostrador donde un chico se eterniza facturando no sé cuántas bicicletas. Van a participar en una competición en Quebec. Cinco, diez, quince minutos de cháchara. La conversación es animada. Él viene de Singapur y no sabe qué hacer con su jet lag. Yo sí sé qué voy a hacer con el mío: levantármelo de encima a base de cafés. Total, llevo una semana maldurmiendo por culpa del trabajo, así que no creo que tenga excesivos problemas...

...si es que alguna vez llego a Nueva York.

Veinte minutos, veinticinco, veintisiete y el chico de las bicis se va, por fin. Pero llaman por teléfono. La mujer que me ha acompañado (de United) al mostrador de Continental (la que opera el vuelo) suelta un bufido porque yo estaba antes. Allí plantada, físicamente. A la de Continental le da igual: Sí, cariño; hola, cariño; ahora te lo miro; espera, que te lo arreglo, mi vida. Yo sonrío y espero. Cuánto amor. United y Continental, me contó Jesús, se han fusionado hace dos días y medio, pero por lo visto eso no se refleja en los vuelos. El fallo es que la azafata de United, para buscar mi billete, había puesto sólo el primer apellido y yo estaba registrada con los dos.

Qué cosas tienen los ordenadores.

En el aeropuerto, dos cartones de Camel, una llamada de mi madre, un rato de escritura, un par de cigarros. En el avión, el viaje es como el canadiense del año pasado: largo. Lo único reseñable es que está el último disco de Jamie Cullum, que todas las azafatas hablan en inglés y muy bajito -la primera vez que se me dirigen para preguntarme si quiero algo de beber, ni las entiendo y la tipa me mira con desprecio -otra española inculta, debe de pensar- y que al sentarme, me he roto la falda.

Vamos a llegar veinte minutos antes. Pero, para eso, faltan aún tres horas y media.

Y muchas turbulencias, por lo visto.

29 de agosto.

La foto es del aeropuerto de Barajas. La he cogido de la red, pero no pone el autor.

martes, 21 de septiembre de 2010

Al final todo llega

3 comentaron


Al  final todo llega. Llegó la noche antes de coger el tren, con el sueño  intermitente y ese terror eterno a no despertarse y perder el  transporte. Llegó Atocha, y el metro a Puente de Vallecas, Nerea  esperándome en la esquina, la tapa en casa, salir a comer, contar los  viajes. Ha estado en Grecia, viendo a los Durrell; en Italia y un pueblo  de tejados cónicos en el que los habitantes, a pesar de las  prohibiciones, arrojan las basuras a una cala que ya no puede acoger  más; y en Albania, con su Tirana de casitas de colores y los mercados  cochambrosos. Hablamos de la colonización de los espacios, de cómo la  llegada del capitalismo impulsó a la gente a comprarse coches y más  coches, y de la capacidad de los sistemas políticos para definir unas  creencias que luego se quedan en nada, porque hay que vender las granjas  para irse a la ciudad y comprarse un BMW.

Recuerdo a Tomaz  Pandur, en la presentación de Medea, el año pasado: "Yo soy yugoslavo y  Yugoslavia ya no existe". A Nerea y a mí nos faltan conocimientos para  entender qué pasó. Cómo se conjugan los héroes de la patria, las  estatuas dedicadas a los obreros en armas, la exaltación de la mujer  campesina, con los Volkswagen y los Audi en cada puerta. Cómo se  consigue que un pueblo desee y crea lo que luego va a dejar de desear y  de creer. En un tris.

Madrid también ha sido un paseo hasta el  centro, para entrar en Madrid Cómics. Alguien a quien no conozco y a  quien no sé si alguna vez tendré la oportunidad de abrazar, me había  dejado allí muchas revistas. Internet crea extrañas alianzas. Y en  demasiado poco tiempo, apenas una veintena de mensajes cruzados. Siempre  me asombrará esa generosidad. Me asombra y me conmueve. No creo que  vaya a poder corresponderle nunca.

A Begoña también la conocí por  internet, hace casi una década, hablando de Pessoa, de sor Juana Inés  de la Cruz y del miedo en las relaciones. Cuatro meses después de  aquello, nos tomábamos los primeros vinos en la plaza de Chueca. Desde  entonces, Madrid es también esa mujer guapísima y divertida,  inteligentemente divertida, admirable para mí por muchas razones, con la  que comparto ciertos ritos extraños, como buscar los bares más  estrambóticos de la ciudad. Además, me presta a sus amigos, así que  visitarla a ella es dejar, también, que Jesús me abrace y me mime.

Hace  dos años o así, Jesús y yo nos ventilamos una botella de pacharán de la  que sólo íbamos a tomarnos un chupito. Al pacharán le habían antecedido  no sé cuántos vinos y algún vermouth, unas gambas, jamón ibérico y  mejillones. Yo salí del bar agarrada a él y haciendo eses. De lado a  lado. Desde entonces, aquella noche se ha convertido en una anécdota que  recordar cada vez que nos juntamos. Jesús jura y perjura que yo no  estaba tan mal y yo no me acuerdo de mucho.

Me han picado todos los mosquitos de Madrid y me he levantado tres veces en mitad de la noche.

28 de agosto.

sábado, 18 de septiembre de 2010

El último trayecto

3 comentaron


Vuelvo a escribir en una estación a la espera de que salga el autobús. Repaso mentalmente: coger ibuprofeno, cortauñas, máquina de afeitar, alguna medicina, todos los papeles, el pasaporte, el dinero, fregar la casa, planchar la ropa, poner dos o tres lavadoras, bajar la maleta, ordenar la mochila de la cámara. Ya llegan los nervios y eso que todavía me quedan por redactar los últimos flecos del viaje. En Madrid quedaré con Nerea y con Begoña, volveré a tomar vinos, Nerea me acompañará al aeropuerto, nos daremos mil abrazos y me contará cómo ha ido siguiendo las huellas de los Durrell por Corfú. Le debo la lectura de unos cuantos libros.

Sabré, también, cómo está Manhattan.

Volveremos a brindar por estar vivas.

Hasta entonces, me queda la visita de mis dos hermanos y de dos cuñadas que son mis amigas, un ensayo y un estreno, despedir al Festival hasta el año que viene con el deseo de que sea muchísimo mejor y volver a convencer a un director general de que la cultura da prestigio, no dinero.

Cinco días que, lo sé, van a guardar minutos que parecerán horas.

22 de agosto de 2010.

La imagen está sacada de la web Zarzablog.