jueves, 6 de junio de 2013

El sector impenetrable

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El periodismo cultural es muy raro. Siempre habrá personas, en la misma redacción, en cualquiera de las redacciones en las que puedas trabajar, que cuestionen cuál es tu concepto de eso tan amplio que se llama "cultura": por qué no incluyes gastronomía, moda o toros. Por qué quieres una entrevista con Manolo Escobar pero no con David Bisbal. Por qué Carlos Cano sí, siempre y por qué Pío Moa no, nunca. Por qué algo merece ser incluido y con otros algo ni te lo planteas. Por qué este poeta que ha publicado tres libros sí y aquél que lleva diez nunca aparece. Si las cosas son buenas solo porque a ti te parecen buenas.

Cuando entrevistas a alguien (y yo llevo unos cuantos pesos pesados, desde Antonio Gamoneda a Federico Luppi, desde Antonio Colinas a Achille Bonito Oliva, desde Gervasio Sánchez a José María Pou, Tomás Segovia, Blanca Portillo, Clara Janés, Román Gubern, Amparo Baró, Rafael Chirbes, Enrique García Asensio), siempre sabes que esa persona es mucho más lista que tú. Es más lista, es más inteligente, está acostumbrada a que le pregunten idioteces y siempre lo mismo y se enfrenta a las entrevistas porque la promoción es necesaria.


Nunca se nota. Gamoneda me miró un día y me dijo que le había hecho una pregunta muy inteligente; Luppi suspiró y dijo que mi primera cuestión era bastante compleja de contestar; Antonio Colinas salió de la entrevista y le preguntó a Luis Sáez, asombrado, de dónde habían sacado a esa niña. Ángel Campos Pámpano se asombró de que una becaria de 22 años supiera tanto de poesía y escribiera tan bien.

Esos son mis triunfos. Mis palmadas en la espalda. Las cosas que recuerdo cuando me enfrento a un tema o cuando me entra -porque me entra, porque yo soy insegura- el pánico terrible al "buenas noches" y a tener que empezar una charla con alguien con quien no he hablado nunca.

Alguno se asombra porque debe de estar acostumbrado a hablar con periodistas que no se han leído su libro. Nadie da por hecho que yo no haya leído nada en la vida. O que no sepa el significado de la palabra "expresionismo".

Salvo en un apartado.

El cómic.

El primer libro del que tengo conciencia es un volumen de El Hombre Enmascarado por el que supe qué era el ámbar gris. Me lo puso en las manos un señor de cincuenta y largos, supongo, que hizo las veces de abuelo y que murió. También me regaló a Flash. Luego, cada vez que nos poníamos enfermos, mi madre traía a casa a Spiderman, El Caballero Luna, Capa y Puñal, El Castigador, Batman, La Patrulla X, Los Vengadores, Ojo de Halcón, El Motorista Fantasma, El Capitán América, Spirou o Corto Maltés.

Esa gente es mi familia. Crecí amando a Wanda Maximoff y odiando a Cíclope. La primera vez que me di cuenta de que un tío era guapo fue viendo una viñeta de Spiderman, con un Peter Parker ya crecidito, vestido con un jersey azul de cuello vuelto, cuando Veneno no era Veneno siquiera. Recuerdo, como si fuera ayer, la primera vez que vi la cara del Doctor Muerte, de qué manera exacta se da cuenta Bernie Rosenthal de que Steve Rogers era el Capitán América y asistí con pavor infantil a la primera pelea de Ororo y Kitty Pride. Quise ir a Nueva Orleans y supe qué era un cajún gracias a Gambito, mucho antes de haber escuchado nada de jazz y, por supuesto, mucho antes de Treme y de Louis Armstrong. Crecí leyendo nombres como Chris Claremont, Stan Lee, John Buscema, Joe Kubert, Jack Kirby, Frank Miller, Alan Moore, Julián Clemente y Trajano Bermúdez.

Cuando estoy jodida, respiro y me repito como un mantra una frase de Lobezno.



El volumen más antiguo que se conserva en mi casa, de mi infancia, es El vástago de los 4 fantásticos, que se publicó en 1980.

Yo tenía cuatro años.

Según mis padres, llevaba un año y medio leyendo. Este mes hago 37. He leído cómics desde que puedo recordar y nunca he dejado de leerlos. Nunca. Jamás. Si no los compraba porque no los encontraba, los releía. Me sé Dios ama, el hombre mata de memoria.

Luego llegaron los demás. Llegó Seth y llegó Ware y llegó Satrapi y llegó, claro que llegó, el Watchmen y el From Hell, y Enrique Corominas y Carlos Giménez -a los que también he entrevistado- y Paco Roca y Fermín Solís y Harvey Pekar y Pablo de Santis y Juan Sáenz Valiente. Y no llegó Will Eisner porque también crecí con Spirit. Y con Blueberry. Y con Astérix y La pequeña Lulú.



Nunca lo vi raro. Ni cuando mis amigas se asombraban porque yo leía cómics de superhéroes y jugaba a indios y vaqueros. Ni cuando seguía coleccionando en la Facultad. Ni cuando, ahora, me recorro las tiendas de cómics con Nerea, en cuya casa están Píldoras azules o El Vecino, amén de muchos otros. La primera persona que me habló de Persépolis fue Begoña.

Todos mis amigos lectores leen cómics, novelas gráficas, tebeos o como lo queráis llamar. Los no lectores no leen.

Para mí es tan natural como abrir un libro de Pessoa. Me enamoro de Athos lo mismo que me enamoré de Danielle Moonstar.



Pero siempre que entrevisto a un comiquero da por hecho, siempre, que yo no he leído cómics en la puta vida.

No sé por qué es. No sé si es porque tengo 37, porque me río en las entrevistas y me lo paso muy bien, porque soy mujer, por mi voz. No tengo ni la más remota idea.

Pero ocurre. Desde el editor que te dice: "Pero los que leemos cómics tenemos otro punto de vista diferente a los que no leéis" hasta el que te responde a una pregunta con un "es que si no estás acostumbrada a leer novela gráfica, a lo mejor los tebeos te cuestan". O el que se asombra porque he nombrado a, yo qué sé, Vindicador.

La primera vez me sentí tan ofendida que pusieron mis balbuceos en un resumen de gazapos de la radio.

Luego te acostumbras.

Te acostumbras, pero te jode igual.

Y también piensas, que es mucho peor: y yo para qué coño hago esto. Para qué llamo a tres tíos distintos cuando se muere Moebius para una noticia de un informativo de mediodía en una cadena regional y generalista en la que podría hablar de Bisbal, es un poner. Porque yo trabajo en Extremadura, con unas características socioeconómicas que no hace falta explicar. Trabajo en una comunidad en la que, si pongo "semiólogo" en un titular, me lo corrigen y escriben "autor".

Y, trabajando aquí, para un público de aquí, elijo hablar del Graf, que se celebra en Barcelona, a.k.a. donde Cristo perdió el mechero. Y cierro un informativo con la muerte de Josep Maria Berenguer y siempre, siempre, hablo de los Eisner y de los Harvey, lo mismo que hablo de los Oscars y reseño el Salón del Cómic de Barcelona. Cosa, por cierto, bastante complicada, porque en los medios generalistas, de los que me nutro, nunca se habla de autores y sí de exposiciones y tonterías, así que termino completamente cabreada y pensando que la imagen que va a tener la sociedad, si yo no lo remedio, es que un Salón del Cómic es un carnaval lleno de niñas pintadas como japonesas y vestidas con minifaldas.

Imagen de La Vanguardia.

Hago todas esas cosas en mi trabajo, hablo de tebeos quinientas veces más de lo que hablo de danza o de fotografía, pero, cuando hablo con alguien que edita cómics, hace cómics o guioniza cómics, da por sentado que yo no tengo ni puta idea.

Bueno, sí: no sé quién entintó Días del futuro pasado. Ni sé en qué año se publicó el primer Tintín. Ni me importa una mierda.

Nunca me ha hecho falta decir que sé cómo se escribe e. e. cummings o que sé quién es Auden y que he leído a San Juan de la Cruz 538 veces cuando hablo de poesía con un premio Hiperión. Tampoco me ha hecho falta decir que leo ensayos, columnas periodísticas, artículos, relatos cortos, tratados filosóficos de Heidegger sobre arte o fanzines. Nadie da por hecho que yo estoy fuera. Salvo en el cómic.

Eso me dijo una vez uno: "Los que estáis fuera".




Pero luego, en los blogs de cómics, lees que hay que conseguir nuevos lectores, casi como un imperativo legal. Porque al cómic le pasa lo que le pasa a la poesía ("es que escriben raro") o a la música clásica ("es que tienes que saber  solfeo para escuchar a Rimsky-Korsakov"). Con el añadido de que, en un magazine, te tienes que poner a explicar que los tebeos no son para niños, lo mismo que explicas por qué Tom Sawyer es, y no es, una lectura de infancia únicamente. Qué se le va a hacer: hay gente así.

Es bastante agotador. A mí me ha resultado, con los años, tan agotador, tan cansino, que la mitad de las veces dejo el cómic y su mundillo para los cierres de los informativos y, en el programa, me dedico a entrevistar a los que ya saben que yo no me encontré una viñeta ayer. Y entonces agradezco íntimamente -y en público- que la vida me haya puesto en el camino a un Enrique Flores, a un Fermín Solís, a un Gol, a un Pedro Camello, a un Borja González Hoyos o a un Fran Aguilera.



E intento analizar. Por qué la gente del mundillo se pone tan contenta cuando el Salón del Cómic es portada de la sección de cultura de un periódico generalista, aunque solo hablen de exposiciones y de robotitos, pero luego es tan impenetrable. El 90 por ciento de las veces pienso que la gente quiere algo así como un mundo del cómic de gran tirada en el que se venda mucho para que la industria esté sana y lozana pero en el que, por supuesto, haya un reducto de gente que es, desde luego, la que verdaderamente sabe de cómics. Como si esto fuera un universo paralelo al arte y la literatura conocidos, con unos códigos ininteligibles a los que alguien se puede acercar, que alguien puede rozar, pero no penetrar. Porque, por lo visto, hay que saber física cuántica para leer un dibujo y unas palabritas en un bocadillo cuando a mí nadie me explicó nunca que una nube significaba que el personaje estaba pensando.

Es cierto que ahora se habla de cómics en los medios generales. Muy a menudo, eso sí, en secciones distintas al resto de la información cultural, cosa que rechazo por muchas razones que no me voy a poner a explicar aquí porque creo que he dejado claras muchas cosas antes. Pero al menos se habla. Mi problema, como periodista cultural, es que, la mayoría de las veces, cuando me quiero informar de algo para contarlo (e informar de algo que sucede a miles de kilómetros) tengo que tirar de blogs especializados, que, salvo alguna excepción, están dirigidos precisamente a la gente del mundillo. Que aquí pasa como con los poetas: todo dios se conoce. Mucho dato. Poco feeling. Y, aunque sé que alguien me matará por decir esto, mucho intentar demostrar que uno, por favor, tiene un bagaje y, sí, conoce quién tradujo el decimoctavo cómic de Batman que se publicó en España y por qué este crossover no funcionó.





Pero tú, que estuviste todo el día morriñosa cuando se murió Joe Kubert lo mismo que estuviste morriñosa cuando se murió Delibes (con la salvedad de que, de Delibes, sí te atreviste a escribir y Dios te salvara de escribir algo sobre Kubert, a pesar de que lo conozcas mejor), lo sigues intentando porque... bueno. Cuando llegan los Reyes y tu hermano te regala Crónicas de Jerusalén y Malas ventas y tu madre llega toda emocionada porque ha visto Todo Umpah-Pah en la librería y te mandan correos para preguntarte qué cómic le comprarías a un tipo al que le gusta x o y, o qué te has leído últimamente y tú aprovechas para meter lo último que te entusiasmó de Astiberri o de La Cúpula, pues está todo igual de bien que cuando le recomiendas a un poeta que no lee novela que se pimple ahora mismo Como amigo, de Forrest Gander.

Porque esas son las cosas que tú haces aunque sepas que un programa de cultura no lo escucha ni Dios.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Basilio Sánchez

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Leo un poema de Basilio Sánchez. Pienso en cómo se tejen las palabras, cómo las relaciones, cuáles son los primeros balbuceos, en qué baso yo el respeto intelectual, el reconocimiento. Qué, y a quiénes, echo de menos. Sin quiénes estaría muerta, o vacía.

Y me emociono.


Lo bueno de tener el correo de un autor es que puedes decirle que has llorado con un poema suyo.



***

Se titula Apenas nada. Parece una ciudad dentro de otra ciudad. Sé de lo que habla. También sé lo que a mí me dice, por qué las palabras se transforman en personas, por qué recuerdo miradas, abandonos y exilios; qué es lo que se oxidó; de dónde nace la necesidad de escribir (mi necesidad); quiénes podrían haber sido mis maestros y por qué nunca tuve ninguno. 

Lo releo a trozos y lo despedazo.

viernes, 24 de mayo de 2013

San Miniato al Monte II

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San Miniato al Monte

El libro Arte y arquitectura en Florencia, de Rolf C. Wirtz, que me dejó mi padre, se ha vuelto imprescindible. Aquí se cuenta que en el año 250 después de Cristo, san Miniato fue martirizado en Florencia durante el reinado del emperador Decio. Cuenta la leyenda que, tras ser decapitado, el santo recogió su propia cabeza y subió hasta la cima de la colina situada al sur del río Arno. Allí se edificó una capilla sobre su tumba en la Alta Edad Media, en algún año entre los siglos VII y IX.

San Miniato de noche


A principios del siglo XI, se hallaron sus restos y se edifició un monasterio benedictino, que luego perteneció a los cluniacenses. En el suelo de la iglesia figura el año 1207 -que yo no fotografío porque esto lo leo después- y suponen los historiadores que el edificio ya estaba terminado para entonces. San Miniato y el Baptisterio de San Giovanni son los ejemplos más sobresalientes del protorenacimiento italiano. Las fachadas de ambos son de mármol blanco y verde oscuro. La de San Miniato se inició en el año 1075. El águila que hay encima del templo es el emblema del gremio de Calimala (los mercaderes de tela), que financió la construcción de la iglesia.

El águila de Calimala
Baptisterio, con el mismo tipo de mármol
El campanario está inacabado: Baccio d'Agnolo lo construyó en 1518 porque el anterior se derrumbó en 1499. Durante el sitio de Florencia de 1529, Miguel Ángel lo hizo rodear de colchonetas para protegerlo de la artillería enemiga.

El campanario, a la izquierda, y San Miniato, a la derecha
Tienda de los monjes
Luego, el gran duque Cosme I convirtió la iglesia en fortaleza porque desde allí se divisa toda la ciudad y, durante la epidemia de peste de 1630, San Miniato funcionó como hospital y luego como asilo para los desamparados. Ahora, los monjes que lo ocupan son benedictinos y visten de blanco. El techo es de madera, los capiteles de las columnas son de varias épocas, algunos bizantinos. En el siglo XIX se restauró el templo y se pintaron escenas en la nave central. El suelo, que no se puede pisar, es una maravilla.

Interior de San Miniato

Escenas en la nave central del siglo XIX
Cementerio de las Puertas Santas

domingo, 19 de mayo de 2013

San Miniato al Monte I

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Subimos -más escaleras- a San Miniato al Monte, en la que hay una tienda de productos que hacen -o venden- los monjes, pero cuyo horario, descubrimos, no se cumple. Entrar en esta iglesia es gratis. Los monjes visten de blanco. Si vas por la mañana (nosotras llegamos a la una) la luz se cuela en forma de haces por la ventana y crea una atmósfera maravillosa. Por la tarde, a partir de las dos y algo, cuando salimos, ya no se ve ese juego de luces.



Pero antes de llegar, de tomar aliento cuando se te acaba subiendo las escaleras, hemos estado tomando fotos de las calles de Florencia. Las calles siempre salen mejor con gente, pero a esas horas no pasa casi nadie. Cuando miro las fotos por el visor de la cámara, me detengo ante una: "Señor gusta", porque le he sacado una foto a un transeúnte que ahora pasa justo por mi lado, me escucha, sonríe y me saluda con la mano. Es un músico: muy guapo, por cierto. Me muero de la vergüenza, pero nos reímos un buen rato.

Señor gusta.

Una de las casas de Florencia
Llamador
Portero automático. Son muy típicos. Hay hasta postales.
Claro que en los nombres de los supuestos habitantes de la casa pone Michelangelo, Donatello, Giotto... 
En San Miniato, cuando bajas a la parte de la iglesia en la que están las reliquias del santo, hay un cartel que ruega que no hagas fotos. La gente las hace hasta con flash y yo comienzo a cabrearme más y más porque todo el mundo debería saber que no se pueden hacer fotos con flash en ninguna parte en la que haya obras de arte. Yo quito el aviso sonoro y las hago igual. Sí, soy así. Sin flash, claro. Con trípode.

Cripta y tumba de San Miniato

Descubro que mi hasta entonces infrautilizado Gorilla Pod es una auténtica maravilla, con su cabezal de rótula y sus patas que se mueven en todas las direcciones posibles. Disfruto como una loca fotografiando esa iglesia hermosa, que me parece la iglesia más bella en la que he estado jamás, por encima de catedrales, por encima de cualquiera. Además, cuando hemos llegado, había un monje en la puerta (otro tipo guapo: qué desperdicio), hablando con una mujer mayor a la que le enseñaba una foto o un documento en el móvil. Y, al entrar, estaban cantando.

Ábside de San Miniato
San Miniato al Monte es mágica.

martes, 14 de mayo de 2013

Todo el día en la Piazzale Michelangelo

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Cenamos una calzone en casa, después de buscar infructuosamente algún restaurante en el que nos dieran de comer pasadas las diez de la noche. No, no están cerrados: es sábado: están llenos. Hace frío aquí, estos días, mucho frío, de la clase de frío que cuartea la cara y las piernas. Hacemos fotos nocturnas. Es la primera vez que salgo con el trípode para hacer nocturnas desde Nueva York y descubro que me entusiasma... y que llevo el objetivo equivocado, porque mi trípode es muy bajito y me hace falta el 10-20. Ya saldremos después.

La cúpula del Duomo, de noche
Piazza del Duomo
Nerea en la puerta de Il Papiro

Hoy hemos pasado el día entero en la Piazzale Michelangelo y en San Miniato al Monte. Hemos ido por la mañana y hemos ido por la tarde. No sé cómo demonios puede decir la gente que Florencia la ves en tres días. Es matemáticamente imposible ver esta ciudad no ya en tres días: en siete. Ni siquiera sé si en quince.
Hay que subir una cuesta empinada para llegar.

Acuarelas de Junko Mukai en Via di San Niccolò
La casa donde vivió Andrei Tarkovski
Kiosco en Via di San Niccolò
Via dei Bardi
Cuando vamos camino de la plaza, nos paramos delante de mil escaparates deliciosos: una panadería que tiene productos gourmet, una tienda con ajedreces espectaculares (nota mental: necesito un polarizador), mil papelerías. Compramos acuarelas en una tiendita al final de la cuesta, una miniatura de tienda que nos encanta. Desde la plaza se ve toda Florencia: son sus vistas más famosas y decido que hay que venir por la noche. En la plaza también hay un David completamente verde y puestos ambulantes de souvenirs. En realidad es un aparcamiento.

Piazzale Michelangelo
Reproducción del David
Palazzo Vecchio desde las alturas
Duomo desde Piazza Michelangelo

miércoles, 8 de mayo de 2013

Hablar y curarse

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3 de marzo de 2013

La primera impresión de Florencia no es el estallido de belleza que me espero, ni el asombro. Eso vendrá después: no cuando vea el Duomo, ni la Signoria, sino cuando camine por sus calles empedradas y me vaya haciendo a esta ciudad dividida por un río en la que todos los edificios son de colores. He visto muchas ciudades medievales, mucha construcción de piedra, y el ojo reacciona, pero no ve. Luego ya sí: luego, cuanto más la voy pisando, más me enamora. Y, después de día y medio, he caído completamente rendida.

Llegué a las dos y veinte a Florencia, en el tren de alta velocidad, después de haber visto las colinas nevadas de Bolonia y de haber pedido un asiento de ventanilla que no sirve para nada porque el trayecto está lleno de túneles.

Via Toscanella, muy divertida, con la escultura tapándose la nariz por el olor de los contenedores...

En Florencia me espera Nerea. Paseamos hasta casa, en la via Toscanella. Es un edificio antiguo, en el que hay que subir un sinfín de escaleras y caminar por un pasillo que da a un patio interior encantador, con macetitas por doquier. Comemos en la Osteria Santo Spirito por menos de 30 euros las dos, platos riquísimos y pantagruélicos servidos en platos de loza descascarillados que Nerea se quiere llevar.

Hago fotos de la comida, como siempre, pero he tardado en sacar la cámara porque quería primero apresar la ciudad con los ojos. Hay, en los sitios clave -Duomo, Signoria- una miríada de turistass que, sin embargo, no convierten el lugar en un espacio ruidoso. Constato que aquí debe de ser complicado vivir: hay muchos coches, muchas motocicletas, muchas bicicletas, demasiadas cuestas y escaleras y, en el centro, pocos supermercados. El mercado de San Lorenzo es una sucesión de puestos para turistas llenos de bolsos de piel -aquí todo es piel- o de plasticucho, con inmigrantes por doquier y la misma clase de artesanía que venden en todas partes, desde España hasta Argentina. En Santa Maria della Annunziata vemos otro mercado, de joyas y pendientes con forma de hojas de árbol y cuadernos hechos con papel reciclado, mucho más bonito.

Mi casita
Nerea y yo hablamos. Nos ponemos al día. Le cuento los hechos vergonzosos y dolorosos -alguno, muy doloroso- que me han ocurrido desde que no la veo y me abandono, porque cuando estás con un amigo, puedes hablar de todo el cuarto de atrás (que es inmensamente grande, en mi caso) y acabar riéndoos como dos niñas pequeñas de tu vergüenza y tu dolor. Y de repente está todo bien y ya no duele, ha dejado de doler y tú estás en casa, estás completa y vuelves, solo porque has hablado con esa mujer, vuelves, digo, a sentirte poderosa caminando por las calles de Florencia, llenas de obras y grúas, sin parar de hablar y de reír.
El patio de mi casa, muy particular

Y no importan las pérdidas. Que le den por culo a las pérdidas. Qué me importan las pérdidas si se queda siempre gente como ella.

viernes, 3 de mayo de 2013

Bolonia y la llegada

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Aterrizo en Bolonia y estoy muerta de frío en la estación. He venido en taxi desde el aeropuerto: 16 euros. No os asustéis si el taxímetro no se mueve durante un rato: es completamente normal. El billete a Florencia cuesta 26: el próximo, porque hay varios trenes, pero éste es de alta velocidad. Un capuccino en la máquina, muy rico, por cierto (he venido a una tierra de grandes amantes del café. Como yo), 0,80. El taxista escuchaba música de los 60 y nos hemos entendido en una mezcla de italiano, español e inglés, idioma que he hablado sin problemas con la chica que me ha ayudado a sacar el billete de la máquina. Bolonia es muy bonita, por cierto: lo poco que he visto. Las típicas construcciones mastodónticas de piedra de colores anaranjados, las cúpulas verdes y palomas por doquier. Lo malo es que en la estación no hay ni un asiento y estoy aquí con la espalda doblada, escuchando las mil llamadas de megafonía en el idioma musical de los italianos. Me preguntan varias cosas algunos transeúntes. Digo "no sé" en español, con la esperanza de que me entiendan: si no el lenguaje, sí mi cara de pasmo. El cielo está completamente gris y yo intento colocarme en una posición más cómoda, porque llevo más de cinco kilos de equipo fotográfico a las espaldas y la mochila es incómoda para ciertos menesteres, por más que me haya acostumbrado a que sea una extensión de mí en todos los viajes.

Tapenade con pan toscano

Un viaje es esperar y esperar en varios lugares donde la gente no interacciona. A mi lado, una mujer con Il Corriere della Sera. A mis pies, más palomas, gordísimas. Tengo que bajarme en Santa Maria Novella. Allí me espera Nerea. Necesito una cámara pequeña, porque la mía no la he sacado aún de la bolsa, ni ganas que tengo: no pretendo hacerlo hasta que no llegue a Florencia.

No me da miedo viajar sola.

Ravioli con salsa de nuez

Comemos en la Osteria Santo Spirito, en la plaza del mismo nombre. Menestra di farro y ravioli con salsa de nueces: 7 y 9 euros. La camarera me explica que el café macchiato es el cortado y el café con leche, café latte, es un café con leche tamaño catedral.

Lo primero que fotografío es la comida.

Minestra de farro. Esto está de muerte.

sábado, 27 de abril de 2013

La OEX y dos cubatas

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Beñat Arrieta. Imagen de la Orquesta de Extremadura.
A pesar de algún móvil que sonó y del señor que no paraba de hacer un rulo con su programa de mano justo detrás de mí, ayer comprendí de qué manera se gesta, y se percibe, la energía que emana de un público entero y cómo esa respuesta silenciosa puede cambiar una manera de interpretar. No lo había descubierto hasta ayer y aseguro que llevo unos cuantos conciertos y unas cuantas obras de teatro a mis espaldas.

También me sirvió, la música -Haydn, Donizetti, Hindemith: cada uno a su modo- para pensar en mi vida, en mis relaciones, en la forma que tengo de inhibirme y desaparecer. Aplaudimos. Aplaudimos mucho. Beñat estuvo mágico.

Yo fui allí después de una semana de perros, pensando en ver un concierto, largarme a casa y levantarme más o menos temprano antes de ir a la reunión del cine club. No estaba en el mejor momento -tampoco en el peor- y me di cuenta de cuánto echo de menos oírlos tocar más a menudo. Que la música me calme, o me desespere.

Me quedé para saludar a Álvaro después:
-¿Tienes planes?
-Ninguno.

Cena, ron, gin tonics.

Nos dieron las tres de la mañana.

A mí me gusta mucho estar con él. Me gusta mucho estar con él, me gusta mucho entrevistarle, me gusta mucho oírle hablar de música y me gusta la sensación de que estoy aprendiendo sobre otros modos de trabajar. De intentar crear.

Recuerdo una escena de Treme. Antoine Batiste le dice a una alumna que lea una partitura y la letra que la acompaña y le pide que piense en cómo esa letra le pide a ella que interprete la canción. Al final es eso: que el músico sepa que no es un mero ejecutante, sino un creador, que no tenga miedo a volar, a conseguir un sonido, a adquirir una voz; y que participe de una voluntad colectiva.

Hacía mucho que nadie me decía que soy brillante (y me hacía falta oírlo).

Hacía mucho, también, que no intercambiaba ideas con nadie. Porque la creatividad hay que estimularla y yo había dejado de tener ideas, de acariciar un proyecto, de pensar en posibilidades, de ilusionarme y, sobre todo, de creer que yo, por ser yo y solo yo, podía aportar algo -y aportarlo, además, en una materia de la que no sé absolutamente nada y que la persona que me escucha, que sí sabe y que estudia, escuche, pregunte, comparta-. Sirvió de desahogo y de descubrimiento.

Me di cuenta de todas las razones.

lunes, 22 de abril de 2013

Mi fantasma

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Hubo un chico, una vez. Muy tímido. Muy roto por dentro. No podrido: roto: hay matices. Muy guapo. Ser guapo y tímido no está permitido. Ser guapo y tímido y no confiar en nadie tampoco.

Había una chica, también. Se encontraron en un bar, primero. Luego en un cumpleaños de amigos comunes. Un día, ella entró en su casa: él se había roto una pierna, pasó a saludar, tímida también. La visita de cortesía de diez minutos se transformó en un café de horas. Y a ese día siguió otro y otro más y todos los días sin faltar ni uno que él estuvo enfermo, hasta que se fue y volvió.

Fue fácil para ambos, hasta que ella se rompió, porque a veces la gente se rompe y, por el camino, acaba destrozándolo todo, también, y él no supo recomponer ni actuar tampoco. Fue fácil hablar. Era fácil compartir el tabaco y los mecheros, bailar canciones que dolían, acabar buscándose, acabar quedándose solos. Resultó fácil mostrar todas las miserias, en todas las direcciones, reírse, ver partidos de fútbol, ir a Garciaz a limpiar una casa, entrar en su habitación cuando él estaba dormido para despertarle, confiar, compartir lo que uno es: las luces, las sombras, las oscuridades. Y que no importara.

Ha pasado mucho tiempo. Pero ella sabe, porque lo sabe, que su vida, la de él, hubiera sido mejor si ella se hubiera quedado.

De vez en cuando, ella recuerda. Aparecen fogonazos: dos cubatas encima de una barra de bar, la primera salida con las muletas, un plato de pasta que él le cocinó, llegar a su casa a las cinco de la tarde y que, de pronto, fueran las siete de la mañana.

Han pasado diez años y ella nunca ha vuelto a confiar en nadie así.

El dolor es el de todos los exilios.

domingo, 21 de abril de 2013

Mechuque

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14 de noviembre de 2012. 

Escribo en la cocina de la tía Berta, que es la tía de Anita. Ella vive en Mechuque, que es una isla chilena en la que solo hay luz desde las siete de la tarde hasta las doce de la noche. Está en el archipiélago que forman las islas Butachauques: aquí vivían también indígenas. Llegamos desde Puerto Montt en un colectivo que nos conduce hasta Ancud, una población en la isla Chiloé a la que se arriba en transbordador. Nos vinieron a buscar la prima de Anita y su marido, que nos condujeron a Quicaví, con parada en Quemchi: las poblaciones de este sitio tienen nombres muy sonoros. En Quicaví nos esperaba Lalo, con una lancha para cruzarnos el océano hasta Mechuque. El bote saltaba, el agua nos mojaba enteras y nos reíamos como si tuviéramos tres años, las tres.

Mechuque


Unos señores nos llevan las maletas hasta casa. Y menos mal, porque la arena está llena de piedras y no somos capaces de acarrearlas.

La casa de la tía es la más antigua del pueblo, está hecha de madera de alerce, ha sobrevivido a dos terremotos sin inmutarse y tiene unas escaleras matadoras. Es inmensamente grande, está pintada de colores preciosos y en la cocina se está muy calentito porque hay una estufa de leña. La isla huele a leña quemada, a flores y a salitre.

martes, 16 de abril de 2013

Esquel es Héctor, es María, es Cati...

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Kiosco El Chucao

Esquel es Héctor, es María, es Cati, pero también es Romina y es Óscar, que son la hija y el hermano de María, una de las hijas y uno de los hermanos. Llegamos a las seis y media de la mañana, en un micro coche-cama (hay cama y semicama) en el que nos dieron de cenar una cantidad pantagruélica de comida (pollo y patatas con salsa, arroz con verduras, ensalada, carne fría, pastel de carne, flan con dulce de leche) y en el que, en el primer tramo del viaje, te morías de frío y en el siguiente, te asfixiabas. En la estación de ese pueblito que nos regaló el amanecer rosado de los Andes estaba Héctor, el hermano de Adriana, para darle un abrazo a ella y otro abrazo a mí. También estaba María, igualmente cariñosa. Cati, que es quien me falta, es la hija de Héctor y Gabriela, la hermana de Nico. Tiene 32 años. Su padre ha montado un kiosco y ahora trabaja allí. En Argentina, en el kiosco no se vende prensa: se vende todo lo imaginable, menos periódicos y revistas: chucherías, tabaco, bebidas, pañuelos de papel, cacao para los labios... Hay uno o dos en cada esquina.

viernes, 12 de abril de 2013

Los ojos de otros

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Lo que yo voy a ver lo vieron los ojos de Dostoievski y de Rilke que, frente al Perseo de Cellini, descubre que ha de vivir ahora las preguntas. Ese poema, que me aprendí, me lo copió Jandro hace más de una década, cuando él tenía un camino marcado que luego abandonó y yo no sabía, entonces como ahora, qué iba a ser de mí. Vive ahora las preguntas. Rilke se hizo viejo aquí: planeó proyectos, supo qué quería hacer. Hay gente con una sensibilidad honda que yo no sé si tengo. Nerea, que llegó a caballo entre dos años para quedarse tres meses, me escribió para decirme que su primera impresión de la ciudad es que estaba infestada de turistas (seguimos teniendo la costumbre de salir del país en fin de año) y que todo era carísimo.


Rilke.
Quizá después de dos meses allí haya aprendido, como los florentinos, a no fijarse en ellos. Que, ciertamente, somos una plaga. Pero no importa: solo habrá que levantarse un poco más temprano para intentar caminar por calles medio desiertas y saber, como en cada viaje, que veré lo que pueda y como buenamente pueda.

Porque yo soy lenta. Soy tan lenta que siempre me asombro de lo rápido que viajan los demás. Y no solo eso: también me asombran las recomendaciones: voy a una ciudad con más artistas locales que ninguna otra, con más obras de arte por metro cuadrado que ninguna, con más sabores que muchas y que exige un cierto tipo de detenimiento. Florencia se ve en tres días, me dicen. Marco me mira: en una semana no te da tiempo, dice, pero puedes disfrutar de muchas cosas. Ve a Siena: en un día la ves, dicen. Marco me mira: no vayas a Siena, Siena necesita más de una semana, te vas a venir con los dientes largos.

Marco es italiano, cuando habla de la región a la que pertenece dice "mi casa" y vivió en Florencia cuatro años. Ahora va a tener un niño que nacerá escuchando violines todo el rato: sus dos padres son violinistas y, por lo visto, igual de lentos para viajar que yo.

Porque es que a mí me gustan los bares y me gusta escribir en los bares y me gusta mucho el café y me gusta observar a la gente, preguntarme cómo serán, qué hacen allí, si son felices. Siempre me produce un cierto tipo de extrañeza comprobar que las ciudades existen al margen de mí, que sus habitantes estaban allí antes de que yo llegara y les observara por primera vez, porque siempre tengo la impresión de que son mis ojos, al mirarlos, los que les han dado vida, los que los han convertido en reales.

Peking y Helen McAllister. Barcos viejos en Nueva York.


Una ciudad no es nada sin la gente que la vive y me resulta casi mágico percatarme de que creo que yo di vida a la miriada de habitantes de Toronto cuando la vi por primera vez pero que, si pienso en una ciudad más antigua ("en el puerto de Nueva York hay barcos antiguos", le dije a Robert. "No. Hay barcos viejos. Antiguos, en Europa") siempre la imagino de noche, con hombres con sotana y capas, vestidos de negro o púrpura, caminando muy rápido con alguna nueva o vieja intriga en la mente, casi invisibles. Puede que algunos de los momentos más decisorios de la vida de las personas ocurran en una casa o en una cama, pero yo siempre he creído que las ciudades se transforman al anochecer gracias a todas las cosas que han transcurrido y transcurren cuando el sol desaparece, porque nadie quita y pone reyes a plena luz del día, nadie tiene una amante a plena luz del día.

lunes, 8 de abril de 2013

Que el ojo vea: no que el ojo reconozca

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Nunca veo muchas fotos de los lugares que voy a visitar. No me gusta llegar a los sitios con la sensación de que ya he estado allí, y, además, no tengo memoria "fílmica": habré visto mil y una películas de Nueva York y, hasta antes de ir, cuando me estuve preparando la guía, ni siquiera sabía cómo era el Empire State. De Florencia no he buscado más que los lugares desde los que fotografiar la ciudad desde las alturas. Como siempre, llevo dos guías en el bolso, más -en esta ocasión- un libro de arte y el libro electrónico cargado con 38 documentos que busqué por internet.

Siempre compro planos, pero, lo reconozco, no sé leer los mapas. Walter Benjamin decía que importa poco no saber orientarse en una ciudad, pero perderse por sus calles, como quien se pierde en un bosque, requiere aprendizaje. La mitad de las veces, yo acabo dando vueltas en círculo. Como si me perdiera en un bosque.

Al final, una busca los pequeños lugares que la van a hacer sonreír o emocionarse (como ocurrió en Nueva York cuando vi, sin esperarlo, la casa de Elizabeth Cady Staton). Cuando Dostoievski escribió El Idiota, miraba los muros del Palazzo Pitti y sabía -él, que finalmente no murió en Siberia-, de la muerte de su primera mujer, Maria Dimitrievna, de la muerte de su hermano Mijail.



Quiero averiguar, también, si sé mirar bien los frescos de la capilla Brancacci, donde Masolino permitió trabajar a su alumno, Masaccio, y el alumno pintaba de tal manera que no se distinguían sus estilos, hasta que logró desligarse de las ataduras de la imitación y voló y superó no solo a su maestro, sino también la época de su maestro.

Todo eso no lo he visto nunca. Sí el Duomo, el David, la Venus naciendo de Botticelli... los he visto y los he estudiado.

Lo demás no. Ni siquiera sé -no he querido mirar- cómo es la fachada de la Santa Croce. A mí me gusta que el ojo vea, no que el ojo reconozca. Cuando se quieren hacer fotos, eso es una renuncia: siempre te dicen que veas muchas, muchas fotos, de las ciudades para saberte los edificios de memoria y conocer las esquinas desde las que quieres disparar. Yo, como no tengo excesivas pretensiones (salvo, sí, hacer nocturnas y vespertinas, cosa que siempre me prometo que voy a hacer en todos los viajes y que al final, por una razón u otra -cansancio, lluvia- nunca hago) obvio el trámite de aprenderme la ciudad antes de verla por primera vez.

martes, 2 de abril de 2013

Dios

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No se de quién es esta imagen, que lleva en uno de mis hogares ni se hace cuánto tiempo...


Hace exactamente ocho años y cuatro días, ocurrió algo que escribí, para rememorarlo, cuatro años más tarde.

Tenía el acento dulce, no nos conocíamos de nada y me enseñó que seis horas pueden ser definitivas.

Las mejores mitades de mí le llaman Dios.

Hoy he vuelto a hablar con Él.