martes, 15 de mayo de 2007

Porque sí

Tuve muchos profesores y algún maestro y el reconocimiento siempre llegó tarde, o no llegó, porque a ciertas edades se saben las cosas pero no se dicen por pudor y por vergüenza. Uno ha muerto ya. Me metió en el colegio a los dos años porque mi hermano se iba al cole y yo lloraba. Se llamaba Don Tomás. Le dio clases mi abuelo y creó la Academia. Estuvo pendiente de mí más de una década y yo lo sabía. De esa época me quedan la señorita Eva, la señorita Águeda, Don Francisco y Don José. A una iba a verla en los recreos cuando pasé de curso y los siguientes y todavía recuerdo una clase suya que se ha convertido, en mi memoria, en el primer día que tomé conciencia de que podía reírme de mí hasta que me doliera el cuerpo. Otra me mandaba raíces cuadradas a los ocho años, antes de saber qué es eso de la atención a la diversidad, y nos llamaba al orden con una campanita porque siempre estaba afónica. Me veo con dos libretas en sus clases: una para escribir -yo escribo desde que puedo recordar- y otra para hacer los ejercicios, cuando me enteraba de que había que hacerlos. Con Don Francisco no hizo falta burlar al resto de las asignaturas, porque sólo daba lengua y nos encargaba una redacción cada lunes sobre temas tan raros como los tacos (que ahí aprendí que tienen que ver con el sexo), los gitanos y el romanticismo. Y Don José merecería un libro entero él solo porque jamás he visto luego a nadie tan férreo y tan tierno, tan rudo y tan dulce.

Después pasé al instituto y Chencho, que ahora es subdelegado del Gobierno, me volvió a demostrar que la Historia es un cuento hermoso aunque la narren los que ganan siempre. Félix tuvo paciencia con este pato mareado que soy yo. Pilar me mostró el mundo a través de los ojos de Kant, Platón y Kierkegaard y Manuel me dedicó una clase para que comprendiera el uso de los colores de Mondrian.
Los recuerdo a todos, pero recuerdo aún más a los que perseguí allá donde dieran clase cuando tuve edad para descubrirlos al momento. El día de la presentación de Manuel Ángel Vázquez Medel, yo andaba en un examen de Lengua y, cuando volví, mis amigos me rodearon: "Este tío te va a encantar: dice que la literatura es una experiencia orgásmica". Y orgasmo tras orgasmo ahí estaban Alberto Caeiro -"que es una mezcla de Baudelaire y Whitman: ¡por eso grita tanto!"- y Borges ("tenue rey, sesgo alfil") y Joyce y Kafka y todos los semiólogos que en el mundo han sido. Me contó el significado etimológico de la palabra "amigo" y me mostró, por encima de todas las cosas, lo importante que es Ser. El amigo del que habló aquella noche, con contundencia y orgullo, se llama Adrián Huici, me espoleó el sentido crítico y el análisis y me encargó un trabajo sobre el Che Guevara, de no más de 12 páginas y del que me sintiera orgullosa. Le escribí 34, mezclé a Serrat con Larralde y con párrafos de cartas de Nerea, que es mi amiga y es un genio, y me dijo la nota una noche que le encontré en el cine, mirándome muy serio y riéndose al final. A Huici le perseguimos todos y ese año, el primer día, nos preguntó si nos habíamos equivocado de aula, porque el curso pasado había tenido 30 alumnos y esa vez éramos 110 más. Y luego estaba Leonardo, que le hablaba de usted a todos los alumnos menos a mí, que cambiaba la fecha de un examen si a mí no me convenía y que ha sido el maestro más irónico y punzante que he tenido jamás. A él sí fui a verle, cuando ya estaba en cuarto, y entré en su clase para dar una palmada en la mesa, mirarle a los ojos y decirle: "Vengo a darte las gracias" "¿Por qué?" "Porque sí".
Eso me lo enseñó Josemari, porque hay veces que los amigos son también maestros. Que no hace falta, a ratos, más explicación que ésa: ese sentimiento rotundo que lo muestra todo: porque sí.

9 comentaron:

Lectora hace tiempo, aunque nunca he escrito dijo...

Tú tienes que ser del Moñino!!!

UnaExcusa dijo...

Lo soy, lo soy...

Random Harvest dijo...

Precioso texto, Sarm. Yo también tendría que agradecer mucho a algunos profesores. Eso sólo se ve con la edad.

:D

Suntzu dijo...

Eres genial.Me ha encantado el texto.
Y menos lo de Vázquez Medel (con el que no llegué a conectar) suscribo todo lo que has dicho de los profesores de la Facultad. Huici y Leonardo, los mejores para mí.

Arwen dijo...

Yo no fui capaz de darles las gracias a ellos y a dos o tres más con los que no comulgabas tú, pero que a mí me aportaron mucho. Sólo a Leonardo, años después y sin que él recordase quién era yo (tengo una cara común y lo sé desde siempre, aunque si me hubiera visto acompañada de quien no me acompaña desde hace 6 años creo que me habría reconocido), le dije que lamentaba que ya no diera clase en periodismo porque las futuras generaciones se perdían un gran profesor. Se quedó cortado.
Y Vázquez Medel me exasperaba y encantaba por igual, y le debo haber descubierto muchos autores que si no, por mi incultura total, no me habrían llenado el alma como lo han hecho.
Y Huici, que me daba paz y me permitió redescubrir a una de mis autoras de la infancia y mirarla desde otra perspectiva y por quien falté sistemáticamente a otra clase (yo, empollona de primera fila) porque la suya era la importante.
Y en el instituto Lola, que me metió en diseño artístico aunque no sé pintar la O con un canuto y me animaba a no ser tan simétrica, tan cuadriculada y a sacar mi lado salvaje.
En fin, que sí, que afortunadamente aún quedan grandes maestros, hasta para los que no somos tan inteligentes.

UnaExcusa dijo...

Huy, yo nunca comprendí cómo la gente no podía conectar con Vázquez Medel. Me pasé persiguiéndole los años de carrera (esto es, allá donde daba clase, allá que iba yo, excepto en Comunicación Audiovisual, porque todavía no le conocía y de eso me arrepentiré toda la vida: de haber llegado tarde): no sólo es que recuerde clases enteras de literatura como si las hubiera vivido ayer. Es que la enseñanza más grande, y más íntima, que me queda, es lo absolutamente importante que es ser buena persona...
¿Qué profesores te aportaron con los que yo no comulgaba? Cuenta, Sherezade, cuenta...

Arwen dijo...

Bueno, Galiana no era mucho del gusto de nadie, pero a mí me dio la tranquilidad de saber que si me deprimían los telediarios no importaba no verlos, si luego sabía analizar las cosas y enterarme de lo que debía.
Y Carmen Herrero me enseñó cómo no se debe mandar. Y a descubrir una muy buena persona detrás de un carácter particular, sin olvidar alguna que otra lección periodística que no pongo para no alargarme.
Y, como soy pésima para los nombres, no recuerdo el de nuestra profesora de estética de cuarto, con la que descubrí todos los lados de Munch y el color, aunque ella no se diera cuenta de que me lo estaba enseñando.
Y Fernando, el de derecho de cuarto, me abrió ese mundo sin que ninguno de los dos supiéramos que acabaría de lleno en él (vamos, y que nadie me niegue que mi oposición es puritito derecho).
Lo que no recordaba es que también te metieras en semiótica por Vázquez Medel. Yo hasta ahí no pude llegar, ves tú.

UnaExcusa dijo...

Ay, María José... Sí, la de Estética: una maravilla de mujer, cierto. Muy buena dando clases. Galiana me caía bien (esa historia de amor traicionado con el ABC, por Dios). Carmen Herrero acojonaba tanto y sus clases eran tan alejadas de la Información Periodística Especializada (o de lo que yo entendía que debía ser eso) que no le cogí el punto nunca. Fernando es un encanto (lo pongo en presente, porque digo yo que seguirá siéndolo). A Joaquín Urías, que fue el mío de Derecho de cuarto, le quiero mucho, pero eso es porque luego pasó a ser mi amigo, más que mi profe y le debo todavía leerme su libro favorito, que es Ada o el ardor, de Nabokov.
Y, por cierto, Leonardo me escribió ayer porque le mandé el texto...

Arwen dijo...

Espero que des detalles de las respuestas sobre tu texto. Tengo curiosidad por ver cómo reaccionan las personas admiradas...