domingo, 27 de febrero de 2011

Le debo los cómics, a Julio Verne, el fantaterror y algunos perros

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Sé que murió con dolores y, mientras los tenía, animaba a la familia.
También que no se enteró de un divorcio y que olvidó que su nieto, al que más quería, tiene parálisis cerebral.
Sé que leyó lo que escribí y lloró.
Como yo ahora.
Por muchas razones.
Le debo los cómics, a Julio Verne, el fantaterror y algunos perros.
Debería beber vino hoy.
Y comer cangrejos.

viernes, 25 de febrero de 2011

Pupe

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Esta capacidad para liarse la manta a la cabeza, para replantearse su vida y para pensar, para resurgir de las cenizas, para decidir, para abandonarse, para que le importen una mierda todas las convenciones sociales y lo que debería ser y lo establecido, para desear, para volver al punto de partida, para empezar de cero.

Nos veo en el coche, cantando a Pasión Vega a voz en cuello, la mirada brillante, la sonrisa de medio lado, su seguridad, su forma apabullante de superarlo todo.

A mí esta mujer siempre va a sorprenderme.

Cada vez que la veo acabo convencida de que debí de hacer algo grandioso en mi vida anterior.

miércoles, 23 de febrero de 2011

París

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El rito vuelve a repetirse. Otra ciudad grande e inagotable, varias guías encima de la mesa; un sinfín de cafés donde escribieron y fumaron y se emborracharon Faulkner, Gertrude Stein, Hemingway, Boris Vian, Kristeva, Barthes, Foucault. Y Baudelaire. Y Duras. Y los otros.

En Francia se exige a los estudiantes de Secundaria que demuestren sus conocimientos filosóficos antes de ir a la Universidad. Desde hace algunos años, yo sueño con ser francesa. No tiene nada que ver con los cafés literarios, ni con pasear con boina por las calles de París, sino porque creo que ese afán de cultura es el que posibilita que los estudiantes salgan a la calle cuando se intentan aprobar medidas que retrasarán su jubilación.

Yo sé que iré a la Shakespeare and Company, claro, y le haré una foto al Corcoran's, aunque ahora sea un pub irlandés y no el bareto en el que Kerouac y Ginsberg se emborrachaban; e iré a comprar harinas para hacer pan en Poilâne; probaré el vino de Anjou en homenaje a mi Dumas del alma, brindaré por Athos y me será fácil elegir los regalos.

Y hacérmelos, porque aquí está Pierre Hermé y hay una tienda de teteras, y queso a espuertas para comerlo en cualquier parte si no llueve y un sinfín de mercados.

Pero, sobre todo, está la Plaza Real.

Yo no lo sabía.

Porque ahora se llama Place des Vosges.

Yo me enamoré de Athos hace mucho tiempo. Me enamoré de él como se enamora la gente. Y sé lo que es (es borracho, es misógino, es frío -ejem, salvo con D'Artagnan, salvo con Raúl-, es cruel), pero no me importa.

Hemos vivido juntos; juntos hemos amado y aborrecido; hemos vertido y mezclado nuestra sangre.

Ese es el lugar que más me apetece ver de París.

Porque a nadie más he querido en este mundo.

No sé quién ha hecho esa foto, porque no está acreditada.

lunes, 21 de febrero de 2011

Los derechos de los lectores

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Copiando recetas de cocina que comienzo a hacer (sólo la parte de repostería) me topo con este post antiguo de Sirope de Alce, cuando era Desde mi cocina en Montreal.

Cito:

Daniel Pennac, escritor francés que me cae especialmente simpático por varios motivos (escribió novela negra sin acomplejarse por ello, tiene grandes inquietudes pedagógicas, entre otras las de transformar la educación pública en una institución que dé una educación de calidad, sin masacrar al individuo), es un rebelde literario y pedagógico que de niño sufrió mucho intentando adaptarse a una escuela que no estaba hecha para él, y que si hubiera hecho caso a los obtusos profesores que lo desahuciaron del mundo cultural, nunca hubiera escrito cosas tan interesantes como "Comme un roman" ("Como una novela"), ensayo en el que estableció los derechos imprescriptibles del lector :

El mensaje se transformó en meme. Y me hizo gracia.



1. El derecho a no leer
Últimamente lo practico más de lo que debería. Acabo saturada de meterme entre pecho y espalda mil textos durante la mañana. Realmente no es cierto que no lea. Me paso el día leyendo: guías de viaje, foros, reseñas cinematográficas, textos de blogs, poesías sueltas, cuentos... Pero tengo mil libros por leer. Y eso a veces me agobia tanto que no los leo.

2. El derecho de saltarse páginas
No es que me las salte. Es que, en cuanto sé, más o menos, quiénes son los personajes, acabo yendo invariablemente a la última página del libro. Eso me ha destripado innumerables novelas de misterio, pero no he escarmentado todavía. Lo he intentado mil veces. Si no me entero de qué ocurre en la última página, voy picando por capítulos. Luego desando el camino y me leo el libro del tirón. Pero antes picoteo.

3. El derecho a no terminar un libro
No sólo es eso. Es que hay algunos clásicos que no he acabado jamás ni acabaré. No puedo con Victor Hugo, por ejemplo. La cuestión es que siempre me queda un cuarto de libro por acabar cuando lo dejo abandonado a su suerte...

4. El derecho a releer
Por supuesto. Releo y releo y releo. Hay párrafos, cómics y libros que me sé de memoria.

5. El derecho a leer lo que sea
Siempre, claro. Pero no practico el derecho a elegir lo que sea o a comprar lo que sea. Con eso soy mucho más exquisita.

6. El derecho al "bovarismo" (enfermedad de transmisión textual)
No. A mí mi vida me gusta mucho. De hecho, yo escribiría un libro sobre mi vida, qué coño. Y además yo he buscado tesoros y he caminado junto a una loba y he formado parte de una manada y he buscado herretes de diamantes y he hablado de política y nací con el don de la risa y me han encantado el mar y una biblioteca y me he dedicado a matar demonios y a hacer magia y he tenido hijos y, sobre todo, he sido muchos hombres y muy pocas mujeres. Ya sabéis: quien lee no tiene límites. Quienes no leen, son nada más que ellos mismos.*

7. El derecho a leer en cualquier sitio
Leo en los bares, en los autobuses, en los trenes, en los aviones. En casa de amigos. En la mía. Sentada en el suelo mientras observo cómo crece el pan en el horno. En algunas clases, también he leído. En el trabajo, mucho, todo el rato. En varios restaurantes. En la cama, también, claro está. Y en el baño, por supuesto. Mientras hago cola. En los aeropuertos. En la cocina.

8. El derecho a hojear
No sólo a hojear. A leer libros enteros en cualquier centro comercial, mientras mis padres compraban. Ahora no los leo enteros, por pudor. Pero hojeo. Mucho.

9. El derecho a leer en voz alta
Jamás lo hago y no me gusta. Ni que me lean.

10. El derecho a callarnos.
Siempre o casi siempre. A mí no me gusta hablar de libros, ni de cómics. Son charlas de esas de a ver quién la tiene más larga. Y me dan mucho asco. Se lee por placer, no para presumir.

*La frase, maravillosa, se la oí en persona a Benjamín Prado el día que conocí a Ángel Campos Pámpano.


La foto es mía.

domingo, 20 de febrero de 2011

Lo que se fue

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Llevo limpiando todo el fin de semana. Ya sabía qué me iba a encontrar. Muchas libretas escritas. Mensajes cariñosos de alguien a quien eché y que me han hecho sonreír de puro cinismo, oye. Y varios textos que no publiqué nunca.

La banda sonora de mi vida está hecha de canciones que no suelo volver a escuchar. Este fin de semana, también, me he dedicado a intentar recordarlas. Algunas me recuerdan a mucha gente. Otras a nadie o solo a mí. A mí a los trece, con Jimi Hendrix y Guns'N'Roses. A mí una época de mucho frío, escuchando tangos. El comienzo de muchos de mis días, con casi dos décadas de diferencia, con las primeras notas de Red Rain, de Peter Gabriel. Y Man in the Mirror y las lágrimas la primera vez que sonó Estatua de Carne.

Llenar bolsas de basura es terapéutico. Sobre todo cuando la basura ya no afecta.

sábado, 19 de febrero de 2011

Pablo

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Nunca le voy a perdonar que tenga diez años menos que yo. Le puedo perdonar que escriba como escribe, que lea más que yo; que además de interesante sea guapo y que le brillen los ojos cuando sonríe. También que no nos hayamos encontrado después de cuatro o cinco años de relación cibernética. Pero nunca que tenga diez años menos que yo.

La mitad de lo que soy está hecha de palabras.

Algún cuento suyo me hizo llorar.

Verlo siempre me hace retroceder. Una década. Una década justa, la que le llevo. Recuerdo una charla sobre sexo, teórica; una sobre por qué no hablo de libros; una sobre si el amor... si el amor es... sobre qué es... y cómo...

La otra, de música y cine.

Le  conocí hablando de cine. Y por un blog. Para eso sirven estas cosas, a veces. Le gustan Calvin & Hobbes y sale de las pelis de Antonioni con la mirada limpia. Con la mirada despierta. También ama a Hopper. Como yo. Y lee en los trenes. Me imaginó tomando un té rojo y me preguntó por qué se escribe. Hay mil respuestas para eso. Porque somos unos inadaptados, cariño; para no volarnos la tapa de los sesos; para que el dolor no nos gane; porque nuestras vidas no nos bastan y porque queremos averiguar lo que sabemos.


Yo siempre perdía y no paraba de aprender.

Compartió conmigo su primer trabajo.



Un tiempo después me envió su primer libro.

Lo que mejor sé de Pablo es que me gusta. Y que es mucho más valiente que yo.

(¿Sabes? Una vez quedé con alguien porque me recordó a ti).

Querría una cámara para este tipo de cosas. Para pensamientos, dolores y escalofríos. Pero como no las hay, lo escribo y así se me olvida menos. La única cámara que tengo es una cámara de palabras, que sólo retrata recuerdos.

Te hubiera gustado Nueva York.

Las palabras en cursiva son suyas. Yo no escribo así.

jueves, 17 de febrero de 2011

El tiempo

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Si estuviera ahora mismo mi hermano disponible, hablaría con él sobre el tiempo. Sobre la mecánica clásica, la relativista, la filosofía del tiempo, eso que no existe y que se da la vuelta sobre sí mismo. Las primeras páginas de todas las historias, que luego...

Mi pasado es solo lo que yo recuerdo y lo demás no existe.

La memoria, que es lo mismo que el tiempo, a su modo, me ha hecho pensar en mí siempre con la misma edad que tengo en el presente, aunque recuerde hechos que ocurrieron hace diez años, durante los cuales, sin duda, estaba más delgada y vestía gafas. Me instalé en una vida que creo adolescente simplemente porque no me casé, ni tengo pareja (ni la he tenido nunca y a estas alturas no me veo acoplándome a alguien, cuando ni siquiera sé cómo afrontar con serenidad ciertas nuevas relaciones) y ni siquiera sé si eso detuvo el tiempo. Por mucho que yo viva pendiente de un reloj: a las ocho inglés, a las siete y media natación, a las cinco y cuarto correr, a las diez llego a casa y echo de menos hablar contigo.

Nunca sé qué pasará mañana, pero da lo mismo porque nunca ocurre nada. Las semanas siguen transcurriendo lentamente y los meses tan rápido que comienza a dar vértigo. Al final lo único que va a quedarse siempre es el miedo.

Pero del miedo y el tiempo, a la vez, nadie habla nunca.

El reloj es el del Parlamento de Ottawa. La foto es mía.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Mordor

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Sé qué es querer largarse de un lugar. Hay alguno que no volveré a pisar nunca. Quizá tú vuelvas. Quizá. Para hacerle fotos a los árboles. O no. De todos modos, se acabó. Se acabó el frío, se acabaron los kilómetros, se acabaron las tortitas y el queso y la carne y las renuncias y el resto de las cosas que no voy a escribir pero que tú conoces.

Mejor que yo.

Vamos a grabarlo. 16 de febrero de 2011. El día en el que cayó el Ejército de Mordor. Con todas las de la ley.

Adiós, Mordor, adiós. Y que le vayan dando.

(Amén).

La foto es de Luis Carlos González.

martes, 15 de febrero de 2011

Big Culo Day

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Primero fue Green Lantern. Luego Lobezno. El año pasado falté a la cita porque no encontré culos y no estaba de humor. Para este, un chico que vive en México se ha puesto a escanear sus cómics. Y una amiga (una de esas personas que te encuentras por la red un día y con la que acabas escribiéndote unos ocho o diez correos diarios) ha estado abriendo los ojos como platos ante las sodomizaciones anales con garras que se ha encontrado buscando "Wolverine" y "culo".


Hoy es el Big Culo Day. Y yo me encuentro transgresora.



A mí este tipo siempre me pareció un soseras, oye. Ni cuando se morreaba con Lilandra me lo creí nunca. Ni con Moira. Ni con nadie. Ya sé: un idealista. El padre perfecto (cariñoso, disciplinado, correcto, con ese punto de distancia). El hermano atormentado. La hiperresponsabilidad. La mente más poderosa del planeta. Pero asexual. En sosería, Cíclope y él están a la par. Sólo se diferencian en que a mí Scott Summers jamás me cayó bien. Y Charles sí.

Creo que ha sido la primera vez que me fijo en el culo de Xavier.

Es igual de soso que su dueño.

lunes, 14 de febrero de 2011

Chimamanda Adichie

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Se pueden poner subtítulos en español. Es un vídeo de una escritora nigeriana a la que yo no he leído. Se llama Chimamanda Adichie. De hecho, ni siquiera (salvo a Chinua Achebe y muy poco) he leído a los escritores africanos que cita. Pero yo también quise tomar cerveza de jengibre y el primer personaje prototipo que creé se llamaba Jack porque, como ella, comencé leyendo a ingleses y a americanos. Y tiendo, como todos, a estereotipar.

La cuestión del poder no es solo una cuestión literaria. Convertimos a un pueblo en una sola cosa, en una única cosa una y otra vez. Es imposible hablar sobre esto, dice, sin hablar del poder. El poder de contar la historia de otro y de hacer que esa historia sea la definitiva. La única posible.

Eso es lo que hace mi profesión.

También lo que ha hecho la literatura. No: no la literatura, perdón. El mercado. Es distinto, hay matices. Ni siquiera hace falta que lo explique. Recuerdo las palabras de Erero, durante un café: "La democracia es un invento de Occidente. Si occidente dice que Camerún es una democracia, Camerún es una democracia". El neocolonialismo, la penetración cultural, la subordinación.

Pero contar una sola historia también tiene que ver con lo que somos. Con las etiquetas y los espejos y las imágenes. Con lo que elegimos decir de nosotros mismos. Con lo que los demás quieren saber o te permiten narrar. Con lo que construyen, en sí, de lo que eres.

Rezo para no ser injusta, para saber abarcar todas las aristas y para que me guíe el amor que digo sentir, para saber callar y saber decir y saber sanar.

Aunque no tenga ni la más remota idea de cómo hacerlo y esté muerta de miedo.

domingo, 13 de febrero de 2011

Carlota

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Hoy ha nacido la hija de un hombre al que siempre me va a gustar abrazar. Le gustará Rossini, quizá, como a su hermana mayor. Y aprenderá de mapas y de historia. 

La foto es mía.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Esta historia

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Aprendí a escribir mucho antes de haber aprendido a hablar. Esto no es cierto del todo, por supuesto, pero sigue siendo real, porque a mí hablar no se me da bien. Hablo mucho, pero nunca digo nada. Porque me ponen nerviosa ciertas miradas, aunque sepa que no me van a juzgar; porque generalmente no pido ayuda ni llamo a nadie a la desesperada; porque soy muy lenta para recuperarme y porque las pequeñas zozobras diarias o las heriditas que se ponen a sangrar de vez en cuando no merecen mención alguna.

Este espacio cumplió cinco años hace poco. Me lo pidió Sonia, porque en aquellos tiempos Lisboa era una duda y estábamos muy lejos y hacía meses que no nos veíamos ni hablábamos. Ella fue la excusa. Porque a mí, que me leyeran, siempre me dio mucha vergüenza. Los que me conocen lo saben: por eso no suelen preguntar sobre el blog ni sobre lo que en él se narra. Porque saben que puedo despacharme en dos minutos, por más definitorio que parezca un mensaje.

La imagen es una viñeta de Mauro Entrialgo de hace varios años. Entrialgo (que también tiene un blog) es otro de esos tipos a los que me gustaría entrevistar pero no entrevisto porque me da vergüenza -me da más vergüenza entrevistar a gente a la que sigo, no sé por qué-. Durante mucho tiempo, yo fui de las primeras. Luego, más, de las segundas. Hay blogs que echo mucho de menos (como el de Sorrow). Este ha tenido sus épocas y releyendo muchas de sus entradas, ya no me reconozco. La persona de hoy no es la de hace tres años, o la de hace cuatro, sino otra bien distinta, aunque siga siendo primaria y poco femenina y torpe e insegura o directamente estúpida. Pero lo fue. No he usado esto para trabajar, aunque haya hablado del trabajo. Y tampoco para contar lo que hago o lo que dejo de hacer: ni siquiera cuando mi nombre apareció en la portada de dos libros. Que es algo que me puso muy contenta, pero que no publiqué. Por pudor. Como siempre.

Lo he utilizado, al fin, para que los que están lejos (que han sido todos y que son la mayoría porque la mayoría de mis amigos están lejos) supieran cómo estaba por dentro. Alguno llegó que se hizo una imagen errónea y se creyó que yo era un personaje (pero no ha vuelto a aparecer, menos mal: los trolls se hacen muy cansinos). Otros llegaron y se quedaron. Otros (los más) leen y luego, en cuanto algo les chirría, mandan un correo por si hacen falta. Así actúa siempre una mujer sabia a la que le debo un mensaje de reconocimiento y amor y muchas de las ideas que me bullen en la cabeza (y que siempre va a hacer falta, sí). Y luego está quien no lo lee casi nunca porque no le hace falta leerlo.

Pero, sobre todo, lo he usado para curarme. Otros se lo hacen con una charla y una botella de vino, echando un polvo desesperado y triste o conduciendo hasta agotarse. Yo necesito escribirlo primero. Yo he necesitado escribirlo siempre. Escribir siempre estos dolores de andar por casa. Los otros, los que te rompen de verdad, tampoco los cuento porque me cansé de oírme y porque suelen destrozar todos los espejos.

Hablo de mí porque no sé hablar de otra cosa: no tengo opinión sobre casi nada (siempre pensaré que me faltan conocimientos, cualquiera que sea el terreno del que se hable), los blogs teóricos -sobre cine, sobre literatura, sobre física, sobre historia- acaban aburriéndome -son un a ver quién la tiene más larga- y, al fin, esto surgió por lo que es. En los foros lo enlazo durante un tiempo prudencial porque tengo esta manera de escribir categórica y contundente y suele haber bronca con los amantes del tenemos que respetar todas las opiniones -jamás he pensado que todas las opiniones sean respetables. Es más, pienso que algunas ni siquiera deberían decirse públicamente-. Y porque surgió para eso. Para que una amiga que estaba lejos supiera cómo estaba yo.

Lo que ocurre es que cada vez me resulta más complicado seguir.

viernes, 4 de febrero de 2011

Gervasio Sánchez

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Hoy he leído a alguien diciéndome las cosas que yo ya sé y alguna que no conocía. Ya lo sé, aunque intente no hacerlo. Ya sé qué parte del mundo cuento y con qué palabras y qué ven los que me escuchan. Yo ya lo sé. No soy consciente a diario, desde luego, porque eso me impediría trabajar. Y quizá me impediría trabajar en cualquier cosa.

Sigo pensando que es necesario, de todos modos. Y que hace falta cierta formación personal y cierto compromiso político para ejercer. A pesar, ya lo he dicho, de que muchos no tengamos ni futuro, ni alegría, ni energía, ni esperanza.

He estado leyendo a Gerva, hablando del dolor, y de la profesión y al final he acabado limpiándome las lágrimas un buen rato. He estado hablando con una amiga sobre las jornadas de 16 horas y las cuerdas flojas y los dos trabajos y los muchos veranos sin vacaciones y todo lo demás. No me veo haciendo otra cosa. No la veo haciendo otra cosa. Ni siquiera sé si sabríamos. Ni creo que pudiéramos aprender.

Y, mientras tanto, leo a Gerva, hablando de la crisis de identidad del periodismo, de los grupos de comunicación que abrazaron el poder (y lo que no se dice y el miedo, el miedo, el miedo), de que alguien ofreció 40 euros por un reportaje de texto y fotos sobre la guerrilla de Birmania y de las armas españolas y de las denuncias que no valen para nada y el periodismo de trinchera de la sección de local. Y de la dignidad, de todos modos: de los que murieron por no matar o de los que se enfrentaron. Reivindicando la calle en los momentos más oscuros y pasivos.

Diariamente, me construyo una parcelita bien cuidada, llena de grandes nombres (gente que cuestionó) y a veces descanso, porque me creo a salvo. Y porque yo, haciendo lo que hago, soy muy feliz. Una vez cada dos meses, me acuerdo de Alicia. La cuestión es saber quién manda. Rueda de prensa a rueda de prensa da igual quién mande porque, jugando, se nos olvidó cómo repartir las cartas. De pronto llegan Gerva, o Ignacio Ramonet, o alguien de los de ATTAC, o Ramón Chao o Pascual Serrano y te lo recuerda. Te recuerda lo que ocurre, por qué ocurre y a quién estás sirviendo.

Y de repente, nos doy mucha pena.

La imagen es de Gervasio Sánchez. De su último proyecto, Desaparecidos.