lunes, 30 de junio de 2008

Otra forma de contar

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Me interesa la fotografía desde hace poco y ni siquiera soy de los que buscan la mejor luz: me limito a caminar y disparar en cuanto veo algo que me resulta curioso. No tengo un buen equipo, sólo una cámara compacta de 3,5 megapíxeles, que deja de mostrar imágenes nítidas en cuanto comienza a atardecer, con unos niveles de ruido considerablemente altos, y sé que una buena réflex -con sus objetivos, con su trípode, con su flash- ayudaría, pero que el equipo no lo es todo porque hay que saber mirar.

Leí una vez que toda la fotografía era fotografía de viajes, porque en todas partes hay mercados, ferias, gente, animales, plantas y bullicio. Una buena manera de experimentar es caminar por la propia ciudad con otros ojos: ya lo hicieron mi padre y su mujer con fotografías de las flores pacenses. El encuadre, me digo. Cefe López también me lo dice: que lo importante es saber qué historia quiero contar. El problema es que no lo sé, porque pensar en palabras me resulta muy fácil, pero no tanto pensar en imágenes. Desde que compro libros especializados -más o menos para principiantes, eso sí- me fijo mucho más en la composición: lo comprobé en el Museo del Prado, mirando los cuadros de los maestros del XIX: aquí un haz de luz, aquí una mujer en una cama, aquí una cara medio en sombras y un perro y mucha gente amontonada velando un cadáver y un cielo brumoso o unas lanzas. Otro de los secretos, dicen, es que todo el mundo hace malas fotografías: el truco está en no enseñarlas. Más que nada, para no aburrir.

Y experimentar. Y levantarse con los primeros rayos del sol y salir un día nublado y hacerse con todos los controles de la cámara y no usar el modo automático y ajustar la apertura del diafragma y la velocidad de obturación según las necesidades. Lo único que se me dan bien son los retratos. Y esto, en mi lenguaje de aficionada sin equipo y sin las mínimas nociones de Photoshop, sólo significa que la gente sale guapa. Me divierte mucho retratar, porque suelo conocer a los modelos -son amigos: qué si no- y así resulta mucho más fácil. También me divierte editar y clasificar , pero hay tantas fotos penosas en mi archivo que se salvan sólo unas pocas decenas y a veces más por lo que me transmiten que por su bondad. Y algunas de las que los desconocidos dieron como buenas (están ordenadas por el número de gente que las ha asignado como favoritas en Flickr) surgieron de la más pura casualidad.

También me digo que no me voy a dedicar a esto, pero que me gustaría que mis imágenes fueran dignas de ver, sin que parezcan las postales típicas que todo el mundo hace o sin que parezca que se me ha caído el dedo en el disparador en el momento más aleatorio.

Y mientras llega el equipo, compro libros, analizo cuadros y fotos y aprendo. Para ponerme a ello cuando pueda jugar con las imágenes y contar, o intentarlo, una historia en dos dimensiones.

Las imágenes son mías, con la cámara de 3,5 megapíxeles y sin saber qué quiero contar, pero disparando al fin.

Amor

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La relación monógama es la más complicada de cuantas existen y nosotros nos empeñamos en mantenerla toda la vida. Se hacen votos para eso: en la salud y la enfermedad, en la riqueza y la pobreza. El Estado regula un contrato, sobre bases puramente económicas, que definirán después pensiones y días de visita. Nada dice de la alienación parental, ni de la comodidad que suponen unos hijos de fines de semana -cuatro días al mes-. En el inicio, se adecentan las iglesias, se buscan trajes, se lee una ley en el Ayuntamiento, se habla de dar un paso más: la compra de un piso, un par de anillos, unos muebles, tener un niño. Proyecto de vida en común, lo llaman.

Si nuestro cuerpo no creara esa serie de bombas químicas prehistóricas que aseguran la reproducción de la especie, lo veríamos como es: aterrador.

Ocho años

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Que ocho años no es nada. Ni los ocho que me lleva ni los ocho que hacía que no nos veíamos. Sigue siendo el mismo tipo bonachón que entonces, sólo que un poco más cansado: él siempre se queda en esa ciudad africana del sur: los demás aguantamos un año -los hay de una semana o de un día- luchando contra las cucarachas -siguen allí y ahora de dos clases distintas: le extraña que aquí no haya- y contra los políticos. Me lo recuerda: érais tan pequeños y tan entusiastas... Sevilla me mutó el carácter y Melilla me descubrió el oficio, la realidad de las ciudades de frontera y el valor de un grupo que se vuelve tu familia cuando ver a los tuyos te cuesta casi la mitad del sueldo de un mes. Ninguna otra ciudad me ha influido tanto. Y supongo que, precisamente por eso, por los lazos que se crearon, no hace falta romper el hielo ni reconocerse; nos reímos de cualquier cosa, como antes; y son las mismas la apertura y la confianza. Al final los amigos se quedan. Aunque no les veas en ocho años.

Espero no tardar tanto en abrazarte la próxima vez.



sábado, 28 de junio de 2008

Tú no eres tu historia

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No sé cómo podría explicarlo mejor, eso. Que tú no eres tu historia. Porque otros podrían preguntarme: y entonces qué eres. Y tampoco hallaría una respuesta.

Yo tengo una historia que pocas veces cuento y que a ratos me parece que no es mía. Que alguien es capaz de mirarme desde dentro y decirme que todo eso no ocurrió nunca. Como todas, está formada por hechos que ocurrieron así y de ninguna otra manera, y con lo que la memoria hizo con ellos -en el olvido, mi memoria es como en el recuerdo: francamente buena-. Y, como todos, voy andando, a menudo muy a tientas, con lo que ellos y ella me dejaron: el espacio, los estereotipos, los conceptos y los esquemas que hice míos. También con el frío y los escombros.

Durante mucho tiempo pensé que, para que alguien me conociera realmente, tendría que saber al menos un par de hechos fundamentales de mi vida. Luego me cansé de mí misma y de contarlos: nadie los ha sabido después. Quizá debería haberlo escrito de otra forma. Quizá debería haber dicho que el triunfo está en conocer que tú no eres lo que te sucede. Que lo que te ocurrió fue sólo algo que ocurrió: se separaron tus padres, tuviste un aborto, mataste a alguien. Y que puede que eso te conforme. Te conformará, sin duda. Pero ya no explicará nada, o explicará muy poco: apenas una pequeña parte de lo que eres.

Supongo que lo digo porque me gustaría pensar que soy más que unos sucesos con peor fortuna.

26 de junio

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Procuro hacerme un autorregalo al día: de forma inconsciente, la mayoría de las veces, pero regalo de todos modos. Tienen forma de café, lectura, charla, copa de vino, descubrimiento. Hoy es mi cumpleaños, así que tiro la casa por la ventana, abandono el gimnasio mañanero y lo cambio por una visita a mis librerías favoritas: me traigo el Atlas del Arte, pido un libro de fotografía, que ya llegará, y me muevo entre juegos de ajedrez, cuadernos de viaje, juguetes de hojalata y libretas decoradas con la imagen de Santa Sofía y Betty Boop. Llego agotada porque el calor me hincha, me ofrecen un trabajillo de correctora que me reportará unos cien euros o un poquito más y quedo para cenar algo*. Mañana llega una amiga mía de Francia, dispuesta a ir a la feria -los amigos exigen ciertos sacrificios, qué se le va a hacer: quemaremos calorías moviendo el esqueleto al ritmo de esa música horrible-, así que el fin de semana se presenta con el estrés de ocio que me caracteriza. Se fueron los 31 y, como me dijo Nerea hace diez años, qué importa un año más de vida o un año menos... Siempre habrá proyectos y más proyectos: un aeropuerto, salir, visitar a los amigos, perder kilos, perder kilos, aprender, seguir siendo feliz.


*La cena acabó a las dos de la madrugada y todavía le doy vueltas a algunos de los temas que tocamos.

viernes, 27 de junio de 2008

25 de junio

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Cumplo 32 y las últimas horas de mis 31 me las paso escribiendo, hablando de periodismo y de política, con agujetas de un gimnasio al que no iba desde hacía más de un mes y con la mente en blanco porque no sé qué decir, aunque empuñe la pluma de todos modos.


Cumplo 32 y no puedo ver el futuro. Me ha pasado siempre: conozco a quien proyecta a largo plazo y me admiran, porque yo nunca he sido capaz. No me creo el cuento de que uno es capaz de elegir su propia vida y, si fuera cierto, daría exactamente igual porque siempre me equivoco en las decisiones importantes. Más bien, pienso que los hechos -llamemos hechos al mercado laboral y a ése no me queda más remedio que aceptarlo- te van llevando de un lado a otro. Ha habido de todo todos estos años, pero incluso aunque el mundo se derrumbara (y se derrumbó muchas veces: a los 13, a los 16, a los 19, a los 25...) siempre hubo un refugio. Ahora estoy mejor que nunca, digo, pero sé que no es cierto, porque he sido muy feliz. Y me he dado cuenta de que era feliz en el mismo momento y no dos años más tarde, lo cual supongo que es un triunfo o, cuando menos, que demuestra cierta clase de consciencia.

Llego con ideas y sin planes, para que nada los tuerza en el último momento. Llego con la convicción de la soledad, que por primera vez no me parece tan terrible, y con un montón de destinos por descubrir. Y llego como siempre: un tanto irónica, presta para la risa, perdida y con la curiosidad intacta.

No es mal equipaje, para viajar.

martes, 17 de junio de 2008

Te joden vivo

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Te joden vivo (They fuck you up). Así se llama un libro de Oliver James. Le tengo ganas desde que lo vi: creo que es el único ejemplar que me ha atraído únicamente por el título. No creo que diga nada nuevo, ya sabemos que vamos andando nuestra vida con las sombras de nuestra infancia y que lo que ocurre los seis primeros años de vida es definitivo y conforma el carácter, pero he estado hablando de hijos con dos padres últimamente y de historias familiares y de educación y de separaciones matrimoniales y terapias y al final siempre tengo la impresión de que el resto piensa que lo que digo es crudo, o muy crudo, cuando yo en realidad lo que quería era dar ánimos. Decir que se sobrevive. Y que al final se comprende.


A la primera de los hijos que han tenido y van a tener mis amigos, que nació hace ya siete u ocho años, le escribí una carta, para cuando fuera mayor. Le conté lo que su padre era: el tipo que me salvó la vida en la carrera; el único al que llamaba cuando estaba hecha una mierda para que me dejara más hecha polvo todavía; el que me llevaba al campo y me abrazaba; el hombre valiente hasta lo indecible; el que se planteaba su existencia de raíz a cada paso. Y terminé pensando que yo le conoceré mejor, porque para ella es su padre, pero es mi amigo. Vivimos con alguien toda la vida y no sabemos quién es, a no ser que nos lo cuenten los demás. Quienes han caminado con ellos mucho tiempo. Se mantienen las imágenes a toda costa, ya saben. Hablar se convierte en un interrogatorio, porque uno pregunta y los otros han de contestar, pero el padre no cuenta sus preocupaciones, ni sus desvelos laborales, y pocas veces es capaz de transmitir el miedo que tiene y lo perdido que se siente porque no se lo puede permitir.

Hay historias que ya no cuento porque no me da la gana, porque no tengo necesidad, porque ya las saben quienes las tienen que saber y porque se prestan a unos análisis tan facilones que terminarían divirtiéndome si no fuera porque en ese preciso momento me estarían psicoanalizando a mí y ése es un trabajo que se puede permitir muy poca gente sin que yo me cierre y me vuelva desconfiada y silenciosa.

Lo que sí cuento es lo que aprendí. Que a los hijos se les traumatiza siempre y que el que piense lo contrario miente o se engaña. Que existen armas para defenderse de ello (la lectura, la escritura, los amigos -por este orden y por ninguno otro-). Que los hijos pocas veces se plantean que sus padres son algo más que sus padres, quizá mucho más que sus padres. Que podrás intentarlo, cuando los tengas, o cuando vayan cumpliendo años, pero ellos no te conocerán nunca porque nunca habrá una relación de igual a igual. Y que al final comprendes que todo el mundo se equivoca, tus padres también, y que el hecho de estar es una cuestión de ida y vuelta. Que tampoco es tan malo, por malo que sea. Que tú no eres tu historia.

Al final la meta es ésa: saber que tú no eres tu historia. Y suspirar de alivio cuando lo descubres.


La imagen es de la serie Family Guy.

Pérdidas

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No nos enseñan a eso. A aguantar el dolor, a expresarlo, a que nos dejemos horadar sin sentirnos ridículos, cuál es la mejor manera de soportar el duelo. Crecemos sin conciencia de muerte o enfermedad, sin comprender que son azarosas y llegan cuando quieren y que las pérdidas no se curan nunca. Jamás. Se vive, claro que se vive, y el tiempo pasa, y te ríes y sigues amando y trabajas y comes y disfrutas de los amigos y, de cuando en cuando -una fecha, una canción, cualquier cosa-, te deja sin aire unos segundos y luego vuelves: te tomas un vino, haces planes, te rascas, conciertas una cita, escribes, abrazas, continúas.

Con él no pudo Auschwitz, pero sí un cáncer y la persona a la que querría abrazar está a dos mil kilómetros de mí. A diez mil más hay otro, al que los médicos le vuelven poco razonable y ya está viejo para cambiar. Acaba de morir un amigo muy querido de dos hombres a los que respeto. Uno de los míos se come sus propias plaquetas. A otra le inyectan morfina en la médula, a ver si se le pasan los dolores que tiene desde hace ocho años. Son los cercanos. En el tiempo, digo. Antes hubo accidentes de coche, suicidios, sida y otras muertes.

Y siempre es lo mismo. Todas las noticias nos cogen por sorpresa.


Imagen de Flickr.

lunes, 16 de junio de 2008

Inventario de motivos contra la desilusión II

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Un cigarro para desconectar. Un café taciturno y una charla de horas. El olor a tierra mojada. Las guías de viajes. Las rancheras y los tangos. Las cuatro mujeres que me conocen mejor que yo misma. Los abrazos. El olor de los libros nuevos. Noviembre. Los días largos del estío. Los regalos de cumpleaños. Dickens y Dumas. Descifrar un poema. Leer algunos blogs. Dar clases y descubrir que hay otro trabajo que te pone. Las calles de Sevilla. Implicarse, pese a todos los desvelos. Las charlas de política. Lo que ocurre muchos días a partir de las ocho de la tarde. Un programa de cultura de media hora escasa. Las columnas del teatro romano de Mérida con Ceres en lo alto. La luna de plata en Aguadú. Los desayunos de los días laborales. El otoño compartido con Nerea y la luz. Un estreno que esperas desde hace tiempo. Escribir en los bares. Los jerseys de cuello vuelto. Descubrir un nuevo restaurante. Asistir a ciertas historias como si fueran mías. Una reunión con guitarra y amigos. Chatear con algunas personas un ratito. La excitación y los sueños de adrenalina. Pensar en Camerún. Madrid, siempre Madrid. Una copa de vino. Frank Sinatra y Jamie Cullum. El scrapbook. Soñar que algún día sabré hacer fotos y tendré una buena cámara y podré contar el mundo con imágenes. Explicarme.

*******

Este Inventario de Motivos contra la Desilusión me lo pasó Palmiralis hace mucho tiempo, en una carta manuscrita. Yo se lo pasé a Javier Álvarez Amaro y vuelvo a escribirlo, en justa correspondencia, porque el primero que hice no está en este blog.

No es un meme. O sí. Pero es un meme que sólo se hace cuando uno está jodido. Así que nada, Arwen. Todo tuyo.

domingo, 15 de junio de 2008

Entre les murs

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Me gustan las películas de profesores. No me pierdo una, por previsibles o malas que sean, así que tengo pendiente la que ganó el Festival de Cannes, Entre les murs, por más que cuando las críticas periodísticas hablen de "cine necesario", a mí me salga un sarpullido.


Fue la mejor aula que tuve jamás: la más cohesionada y la más entera. En el techo, colillas de cigarro. A ambos lados de la pizarra, dos pósters: Georg Solti, a la izquierda, con su pajarita y su gesto adusto y Aerosmith con un par de tías enseñando las tetas. No teníamos buena fama. Nuestro tutor acababa de llegar: muy joven, muy guapo, muy inexperto. Y quiso contener a la jauría mandando amonestaciones como correctivo. No a todos: sólo a los repetidores. La primera semana de clase. Pero no se dio cuenta: entre ellos había un chico tímido que no abría la boca, y allí estallamos: "Si me la hubieras puesto a mí -espeté-, todavía podríamos entenderlo". A partir de ahí, la guerra.

Ese año aprendí dos cosas. Que ser injusto es lo peor que puede pasarle a un profesor y que, cuando te enfrentas con quien es más poderoso que tú y lo haces sin trampas, siempre llevarás las de perder.

Tengo el dudoso honor de haber tenido que recuperar Educación Física en COU.


viernes, 13 de junio de 2008

Qué

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Tú estás ahí, humillada y desangrándote, y siempre hay alguien dispuesto a darte la puntilla. Da igual cómo: con la indiferencia, suponiendo lo que tú quieres oír (nunca te conocen tanto como para eso), o afirmando que las curas de humildad son maravillosas (salvo cuando se las propinan a ellos, que entonces duelen). Ni la presunción de inocencia, ni la confianza en lo que ves, o en lo que eres, o en lo que haces: nada de eso vale.


Yo me pregunto qué queda, entonces. Qué somos. Qué hay.

jueves, 12 de junio de 2008

Me cagüen la puta

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Me he pasado media vida creyendo que el sistema me beneficiaba. Que yo siempre tendría razón delante de un folio en blanco.

Es mentira.

También he pensado siempre que sabía hacer mi trabajo. Que, desde el día en que tardé cinco horas en rellenar media página hasta que comencé a pedir dos enteras libres y a escribir artículos de opinión, y anduve de un lado a otro, de una ciudad a otra, prensa, agencia de prensa, televisión, radio, había aprendido algunos de los rudimentos del oficio. Que nadie haría las cosas como yo porque sólo yo tengo este recorrido y este equipaje, esta manera de enfrentar el mundo y de contarlo, este punto de vista.

También es falso.

Hoy me han dicho que no sé trabajar, que no sé escribir, que no sé redactar una noticia, que no sé hacer una entrevista a un escritor y que mi percepción de la realidad es errónea. Que cuando salgo de un examen y me emborracho porque he hecho una prueba brillante, es mentira. Mi examen es medianito. Muy medianito. Poco más que un suficiente alto. De hecho, es tan medianito que me sobrepasa con creces alguna persona que comete errores gramaticales de bulto.

No sé hacerlo mejor. Y, si quiero conseguir un empleo estable en uno de los pocos trabajos que me gustan, tendré que someterme a otra prueba que no pasaré porque no sé redactar una noticia, ni sé hacer una entrevista, pero nadie me lo había dicho hasta ahora. Nadie me había dicho hasta ahora que no sé usar las palabras. Y ni siquiera sé a qué otra cosa me puedo dedicar. En qué otra parcela comenzar a buscar trabajo.

Lo cachondo es que era la única cosa de mi vida que funcionaba. La única que me hacía sentir medianamente segura, y feliz. Y vamos a ver: no me creo un genio, no me creo una artista, no me he presentado jamás a un concurso literario ni a un premio periodístico, ni se me pasan por la cabeza, ni he pensado nunca en publicar nada porque soy muy consciente de mis limitaciones. Pero escribo bien. Eso he pensado desde que pude empuñar un boli. Que esta parte de mi vida -que es, con mucho, la mejor, porque las otras no existen-, sí me pertenecía y estaba lo suficientemente anclada.

Me equivoqué, para variar.

Nadie me lo dijo antes, no sé si por desidia, porque no importaba la falta de calidad en lo que hago o porque me ocupaba de un espacio de relleno, ya saben, el área que se les da a los becarios cuando vienen a hacer prácticas en verano y les mandan a cubrir el Festival. De hecho, llevo dos años escuchando que soy buena. Muy buena. Y no tengo que creérmelo porque nadie se cree las cosas buenas que dicen de uno. Aunque resulta, también, que si no eres un genio ya se verá, pero si no te lo crees ni tú no llegas a ninguna parte y "lo mío" -a ver si alguien me aclara alguna vez qué es "lo mío"- es un problema de actitud. Mi inteligencia -bastante medianita, ya se ha visto- no me da para conjugar las dos partes: que no tengo que creérmelo y que tengo que creérmelo con todas mis fuerzas para llegar.

El problema es que no sé hacerlo mejor. No sé escribir mejor. Ni peor, tampoco, porque no sé escribir de otra manera. No sé contar la realidad de otro modo, ni se me ocurrirían otras preguntas que hacerle a un escritor. No puedo aprobar un examen porque mi manera de redactar es de un suficiente y se necesita ser sobresaliente o notable altísimo para conseguir una plaza. No sé llevar el área del que me he ocupado durante la inmensa mayoría de mi carrera profesional, porque yo siempre he llevado Cultura allá donde he ido. Y ni siquiera nadie ha tenido la decencia, aunque fuera por mantener unos niveles de calidad mínimamente decentes en un medio de comunicación, de decirme que lo hago mal y qué tengo que cambiar. Ah, bueno, sí. Que soy muy literaria y poco informativa -porque cuando voy a una rueda de prensa de Sanidad mi crónica reproduce únicamente versos de las Coplas a la muerte de su padre, no te jode- y que mi estilo es muy pedagógico porque intento condensar en un minuto desde los antecedentes de un hecho hasta las consecuencias.

El problema es, también, que me regalan dos puntos por haber trabajado -muy mal, que conste que no se me olvida- ocho, diez, doce, catorce y diecinueve horas diarias. Y que me voy a poner en los primeros puestos de una lista en la que no me merezco estar, para vergüenza de mis jefes y mayor humillación mía. El problema es que tengo que tengo que trabajar, porque no me ha tocado la Primitiva, ni hay nadie a mi alrededor que me mantenga, salvo mi madre, que dobla turnos y se echa a la espalda 16 horas de trabajo para arañar 300 euros más al mes porque cobra una mierda de sueldo de auxiliar de clínica. Con lo cual tengo que trabajar sí o sí. Y hay crisis económica y no me llueven las ofertas ni el mundo es tan grande ni hay tanto mercado. Etcétera etcétera.

Se me ocurren un sinfín de símiles para contar lo que le han hecho a mi dignidad hoy: desde la sodomía hasta el fist fucking. Ya lo decía Larralde, que el derecho de ignorar tiene razón limitada.

Yo me entero diez años después y así me llega la sentencia, la recomendación o el aviso. Dedícate a otra cosa, que para esto no vales.

Me acaban de partir por la mitad.

Imagen de Alfonso Benayas. Imagen de internet.

martes, 10 de junio de 2008

Ya lo dijo Vallejo

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Esta tarde llueve como nunca
y no tengo ganas de vivir, corazón.

lunes, 9 de junio de 2008

Eugenio Montejo

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Murió Eugenio Montejo y yo no estaba ahí para contarlo, para sacar testimonios de la entrevista que le hice y recuperar sus poemas y ponerles música y hablar de este señor que me atendió tan bien, que era tan conciso en las respuestas y que saludó antes de comenzar a todos los radioescuchas. Me enteré por el blog de Santos Domínguez y luego por el de Iván Thays y me dio una pena infinita, por lo inesperado y porque siempre guardo las entrevistas por lo que pueda pasar, pero nunca pensé que pasara tan pronto. Hablaba con ese acento dulce de los venezolanos y escribía cosas como ésta:


ADIÓS AL SIGLO XX

a Alvaro Mutis

Cruzo la calle Marx, la calle Freud;
ando por una orilla de este siglo,
despacio, insomne, caviloso,
espía ad honorem de algún reino gótico,
recogiendo vocales caídas, pequeños guijarros
tatuados de rumor infinito.
La línea de Mondrian frente a mis ojos
va cortando la noche en sombras rectas
ahora que ya no cabe más soledad
en las paredes de vidrio.
Cruzo la calle Mao, la calle Stalin;
miro el instante donde muere un milenio
y otro despunta su terrestre dominio.
Mi siglo vertical y lleno de teorías...
Mi siglo con sus guerras, sus posguerras
y su tambor de Hitler allá lejos,
entre sangre y abismo.
Prosigo entre las piedras de los viejos suburbios
por un trago, por un poco de jazz,
contemplando los dioses que duermen disueltos
en el serrín de los bares,
mientras descifro sus nombres al paso
y sigo mi camino.

Imagen de Gorka Lejarcegi.

domingo, 8 de junio de 2008

Toda una señorita

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Nunca anduve sobre tacones de aguja, ni me pasé horas probándome ropa que no me fuera a comprar por necesidad, ni me maquillé indefectiblemente antes de salir de casa, ni supe con qué combinar un collar ni tuve jamás un bolso de fiesta. La expresión armas de mujer me pone enferma y me parece machista que las mujeres la usen: lo mismo me pasaba con los libros sobre la edad del pavo en esa adolescencia de cinturones con tachuelas y camisetas negras de lo más heavy. Las colonias masculinas me siguen gustando mucho más, pero ya me parecía rizar el rizo y nunca me atreví a usar una (debería hacerlo. Como teñirme el pelo de lila y azul). Cuando tenía 13 años me hicieron un pasillo porque llevé falda a clase, tardé dos sexenios más en perforarme las orejas y debe de hacer más o menos el mismo tiempo que no me pongo un vestido. Me encantan las pinturas, pero son todo un misterio para alguien que no sabe hacerse la raya del ojo ni perfilarse los labios. El esmalte de uñas me está prohibido y me depilo las cejas cada cuatro meses, casi con la misma asiduidad con la que me paso por una peluquería. Las pulseras me incomodan y me duran años los relojes. Agradezco que nadie haya querido transformarme en una señorita porque hubiera sido una fuente de frustración inagotable. Hablo alto y claro y mal, digo tacos, fumo, me gustan las tascas. No sé sentarme correctamente. Odio las telas con flores y se me mueren todas las macetas. No tengo tampoco la más mínima idea de decoración y una tarde de compras es un plan insufrible: si entro en más de dos tiendas necesito un café.

Y, sin embargo, una noche, un tipo me miró a los ojos y me dijo que soy muy femenina. Que a mí no me hacía falta nada de eso.

Y lo dijo así: a bocajarro y sin anestesia.

Todavía estoy intentando asimilarlo.

Imagen de Bett, diseñadora argentina que vive en Madrid y que tiene un blog con ilustraciones preciosas.

jueves, 5 de junio de 2008

Breves apuntes para una biografía

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Escribo en los bares y en las estaciones durante las esperas. Voy sola al cine o a un concierto si me apetece. Me recuerdo con el mismo peinado y la misma cara que ahora aunque rememore hechos de diez años atrás. Olvido lugares: he olvidado incluso alguna ciudad en la que viví. Las paredes de mi casa, de cualquiera de ellas, se me caen encima a las dos horas: últimamente tardan algo más porque me estoy volviendo vieja y comodona. Uso la televisión como somnífero a la hora de la siesta y no la vuelvo a encender hasta el día siguiente, salvo excepciones. Soy desordenada y no me imagino compartiendo mi espacio ni mi cama con nadie más. Durante mucho tiempo, nadie me leyó, pero ha pasado una década desde que perdí los pudores. Aprendí a hablar más o menos por la misma época: fui muy desconfiada y me pasé al bando contrario, porque nunca supe dónde están las medias tintas y la miopía me jugó malas pasadas. Por la misma razón, si las tripas me lo cuentan, prescindo de quien antes se suponía imprescindible. Reivindico el contacto, aunque sea huidizo. Tengo mil libretas sin terminar porque me gusta estrenar cuadernos. Mis bares me los cambiaron y sigo buscando uno propio. Lo que callo es mucho más interesante que lo que digo, pero hay hechos que dudo mucho que vuelva a contar nunca. Por cansancio. Me joden los kilómetros y las despedidas.

miércoles, 4 de junio de 2008

Pero ya no te tengo

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Tú me tienes siempre, iba a decir. Pero es cierto: ya no me hablas de seguros en una radio, ni me paso a tomar un café por tu oficina, ni te abrazo lo que yo quisiera y necesito, ni me monto en tu coche ni quedamos a las diez para emborracharnos, ni llego al trabajo con seis cubatas en el cuerpo, ni hay motivo alguno para salir los lunes a las siete de la mañana ni repetir la jugada los martes, los miércoles, los jueves...


Ahora el teléfono me avisa cada vez que llego a Portugal y durante ese tiempo no lo hizo nunca porque la Raya no existía. Sólo sus ventajas: es una República y hay una hora menos. Nadie me manda mensajes poniendo a parir a mis entrevistados ni me río en directo por algo que nadie sabe, ni como queso a las tres de la mañana, ni confieso el efecto que tiene un chupito de ginja, ni me miro en tus ojos. Y hace mucho que no hablo de sexo guarro guarro guarro, ni me llamas roja ni te llamo facha.

Han sido las ferias de Cáceres y yo hacía un examen y vi la noria de lejos y me acordé de ti. De los brazos grandes y la risa franca y las charlas de política y de la vez que me reí cuando me dijeron que no te conocía del todo y que no confiara tanto.

Y bueno, niño. Ya no vivimos en el mismo sitio, pero me gusta tenerte, aunque sea de lejos y a ratos, como tengo a tanta otra gente importante de mi vida. Y te lo escribo en un bar, ¿ves? Hay cosas que no cambian nunca...

martes, 3 de junio de 2008

El vino

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No me fío de nadie a quien no le guste el vino. No es del todo cierto, por supuesto, pero casi. Porque considero sana, sanísima, la desinhibición que produce el alcohol y, además, el vino no me da resaca. Mantengo la teoría, además, de que cuando uno se emborracha, sale su verdadero yo. Los hay oprimidos (por sus padres, por su trabajo, por su pareja, por su jefe); los hay deprimidos (ésos son los que te joden la noche); existe también esa clase de personas a las que les cuesta demasiado trabajo vivir y los hay puramente exhibicionistas y que se despelotan a la menor ocasión.


A mí me da por contar lo que pocas veces cuento. No forzosamente ha de haber una copa de vino de por medio, pero al menos al día siguiente tengo una causa a la que echarle la culpa. Esto tampoco es cierto: como todos, mantengo el control de cada cosa que hago y de cada cosa que digo y elijo bien a mis interlocutores porque ya me arrepiento de demasiado a lo largo del día como para morirme de vergüenza por recuerdos de borrachera. También paso de la primera copa a la exaltación de la amistad más absoluta, aunque para exaltar la amistad a mí no me haga falta ningún estimulante: soy esencialmente cariñosa, necesito el contacto físico casi más que respirar y sin abrazos no puedo vivir.

El problema, ya lo he comprobado, es la mañana de después. Has bebido, has hablado de política y de teatro y de dildos y de literatura y de relaciones y has comentado lo de siempre: que para una mujer (y todas las que conozco están de acuerdo) nunca es sólo sexo. Y que eso no significa que te cuelgues, que te encoñes o que te enamores locamente ni de lejos. Pero que nunca es sólo sexo y ni siquiera sabes exactamente qué significa eso: que nunca es sólo sexo. Así que al día siguiente, cuando ya estás sola, porque tú en público no pierdes el control, ni lloras nunca, ni cuentas lo que no puedes contar salvo a quienes ya lo saben porque no puedes mentirles, se te van al carajo todas las defensas, maldices tu buena memoria y tu complejo de culpa y tus tendencias autodestructivas y maldices, también, ya puestos, las convenciones sociales y los deseos y las represiones y las imposturas y al final se te sale por los ojos.

No vuelvo a emborracharme.

Al menos, hasta el sábado que viene.


Contra la depresión

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Mi señora madre dice que cuando uno está deprimido, no hay nada como comprarse algo o tomar helado. Como el helado no lo puedo tomar, porque estoy a dieta y bajando kilos con todo mi esfuerzo (200 gramos la semana pasada: ahí, ahí, lenta pero segura), me entra el afán consumista.

La anterior etapa de crisis me la salvaron Barrie y Stevenson. Cuando entro en una librería, me mareo, ya lo conté por ahí. Siempre pienso que no voy a encontrar nada (los libros son como la comida: hay mil platos suculentos, pero a ratos te apetece sólo uno), hasta que doy un grito, porque me eligen y parezco una niña emocionada y exultante. En muchas estanterías hay novelas de personas a las que ya he entrevistado y leo Ausencias y tengo ganas de agarrar por el cuello a Hilario (demonios, ¡quiero ser Emma!), pero me vuelven a salvar la crisis dos tipos que murieron y con los que nunca voy a poder hablar.

lunes, 2 de junio de 2008

Me gustaría despedirme

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Me gustaría despedirme. Me gustaría aún más saber por qué, cuál es la última razón (para tener compasión hasta de las estrellas), comprender, andar un rato con tus zapatillas. Nunca he dicho adiós a nadie. Y descubro que es mejor no emborracharme, porque si me emborracho no me protejo, no soy capaz de protegerme, y me invento palabras y te escribo en la cama y no me olvido y le mando un mensaje a otro que no eres tú y que tampoco va a responder.

A él tampoco le dije adiós.