miércoles, 29 de agosto de 2007

Sin finales

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Me estoy volviendo experta en historias inconclusas. No en historias acabadas, que sería un consuelo, porque uno puede superar, medianamente, todos los finales -la muerte también, o te suicidas-, sino en historias de puerta abierta, cuyos discursos acaban por no tener significado alguno. Comencé a los 25, con un tipo que me regalaba cuadros y poemas y que jamás ha quedado con nadie a quien hubiera conocido por Internet. Porque la vida real es mejor, aunque yo no las distinga, y porque tuve la desgracia de encontrármelo en un foro, que si me hubiera topado con él en el metro, podría haber tenido la oportunidad de escucharle la voz y la risa, de tomarme un café a su lado, ver un atardecer extremeño, ir al cine o darle las gracias. Nunca sabré por qué no hizo excepciones. Seguimos hablando, no se nos olvidan las fechas importantes, tardó un año en decirme su nombre y, desde hace siete, ir a Madrid es pensar en una persona a la que jamás veré. De vez en cuando aún manifiesta la osadía que no perdió diciéndome que nunca se sabe. Pero yo sí lo sé, porque hay cosas que han de hacerse a tiempo para que no pierdan todo el sentido.

Lo mejor es que después duele menos. Si llega alguien igual ya no importa tanto, o importa por el recuerdo, por la sensación, que no se va, de no haber aprendido nada en siete años. Al final eres tú mismo quien se da la explicación que no recibió, la única posible, y es que nunca importaste, más allá de unos correos apresurados o de una charla por Messenger. Lo mejor es que después duele menos y a veces ni duele.

No duele tampoco cuando se aventuran las razones de una desaparición abrupta, las heridas de quien rompe la cadena por el eslabón más débil. Y agradecerías una llamada, un hola qué tal, un lo siento, un no puedo, un ya sabes que no puedo. Pasaste por una vida, la descolocaste un segundo que duró casi dos años y, de vez en cuando, quieres intentarlo: mandar un mensaje, llamar tú. Pero te vence el respeto por otra decisión. Por otra persona que no espera que hagas nada, ni siquiera una noche de borrachera móvil en mano porque hace siglos que no te emborrachas. Su poder era elegir y yo lo sabía y lo acepté, aunque a veces me quede la sensación de que he sido una prueba, o un juego. Ya: nunca fui un buen soldado.

Del próximo que llegue, sabré cuándo empieza, pero espero dejarle claro que pretendo, si no es mucho pedir y sin afán de molestar, oiga, que tenga la decencia de decirme por qué acaba.


Imagen de Madrid: imagonovus.
Imagen de Almería: jlmieza.

martes, 28 de agosto de 2007

Coursodon

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Es como un niño pequeño, que lo quiere todo y lo quiere ya. Cuando era poco menos que un adolescente, se gastó el dinero de la comida de cuatro días en películas y se hizo bocadillos de lo que encontraba por casa. Llegó al cine por un libro que robó de la biblioteca y que aún está en su estantería, desde hace casi veinte años: Capone, se titula y, por su causa, a mí me gustan las historias de gángsteres. Después se aprendió de memoria Los Intocables, de Brian de Palma, porque estuvo levantándose temprano para verla durante un mes. Sería feliz si pudiera ver una película al día y necesita leer también a diario. Por eso va a París y compra libros en un idioma que no domina sólo porque aquí no están editados y son imprescindibles. Es la misma razón por la que descarga películas en alemán o en japonés sin subtitular.
Cuando tenía 16 años, un tío mío le preguntó a Alejandro Pachón si uno de sus sobrinos podía asistir a un seminario de cine que impartía él en la Universidad y, cuando acabó su primera clase, Pachón le preguntó que de dónde había sacado a ese niño. Ángel Campos le dio clases de Literatura en el instituto y se lo llevaba en los recreos para hablar de cine y de poesía.
Diez años antes, yo le había enseñado a leer. Leímos juntos en su cama La Historia Interminable y ese recuerdo permanece tan vivo en nuestras mentes como si las jornadas que pasamos con Atreyu y compañía hubieran sucedido ayer. Me aficionó a Spiderman, La Patrulla X, Los Vengadores, Watchmen y Alan Moore. En aquel tiempo jugaba conmigo a los espadachines, a indios y vaqueros, a los Masters del Universo y a piratas (y yo sigo preguntándome hoy, con estos mimbres, qué es la femineidad). Ahora los juegos consisten en libros, películas y cenas raras. Se lleva bien con mis amigas; me llevo bien con sus amigos, que son como sus hermanos, y por eso me río cuando me dicen que los hombres no saben expresarse. Desde hace año y pico está enamorado hasta los tuétanos de una mujer que se siente en Londres como en su casa, que ha visto medio mundo y que se ríe todo el tiempo. Agradece que ambos tengan pasiones individuales y la misma manera de ver las cosas, porque sabe que una percepción idéntica de la realidad es algo que salva vidas y te ofrece un buen asidero al que agarrarse.
Es capaz de darle un beso en la boca a un transexual sólo para que no se sienta incómodo, porque él no es nadie, dice, para hacer sentir mal a otra persona. En las reuniones familiares, le emborrachamos para que cante, porque canta como Dios, porque jamás he oído una voz como la suya y porque se prodiga poco. Da clases de Primaria y le gustan los niños casi tanto como a ellos les gusta él, desde siempre. Es profundamente observador, profundamente empático y casi nunca se equivoca en los juicios. Me encantaría poseer un ápice siquiera de su diplomacia, pero a mí me puede este carácter primario e irritable que tengo. Si paso dos días con él, me saca de mis casillas porque también es maniático y obsesivo hasta la extenuación y le da mil vueltas a todo lo que le descoloca. Pero es mi hermano y es mi amigo y nos buscamos y le echo terriblemente de menos cuando no está. Cuando no estoy.
En los foros de cine firma Coursodon. Y yo le quiero todavía más cuando entorna los ojos y sonríe y dice mi nombre en diminutivo.
Imagen de Londres de binarystatic.

Y la inspiración se la debo a este post de Suntzu.

sábado, 25 de agosto de 2007

París

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Ha estado en París y por fin ha comprado el Dictionnaire du Cinema de Lourcelles y un montón de libros en francés: a este paso, la pasión por el cine le hará aprender todos los idiomas. Porque de literatura sólo ha traído uno: Rimbaud, quién si no. Y se ha puesto a hablarme de Godard, de Coutard y de Daney. Y de que la Torre Eiffel de noche parece de oro, de que los puentes, por debajo, son hermosísimos, de impresionistas varios, del ambiente cultural de París, las librerías, los pintores, la decepción de la Gioconda (que, por otra parte, nunca le gustó).

También ha estado en Disneyland y ha disfrutado como un niño.

Imagen de gherm

viernes, 24 de agosto de 2007

Raíces

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Si paso mucho tiempo sin verte,
comienza a parecerme que no pertenezco a ninguna parte...

jueves, 23 de agosto de 2007

El club de los suicidas

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No me suelen molestar las adaptaciones: cine y literatura son dos discursos distintos y, lo mismo que no comparo cuadros y edificios, tampoco lo hago con libros y películas. Salvo que te menten a la madre.

Hoy me he lanzado al televisor porque he escuchado un título, El Club de los Suicidas, que yo tengo en una edición de bolsillo, junto con El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, pasta naranja, desde hace más de diez años. Se va a estrenar un largo, cine español, comedia, final feliz, algún polvo de por medio -ya se sabe: el cine patrio y las elipsis en las escenas de cama no son compatibles- y moraleja. Porque un grupo de personas que están hechas polvo y se quieren morir, descubren, gracias al poder maravilloso del amor, que merece la pena tirar p'alante. Porque la película es un canto a la vida. Es una adaptación muy libre, han dicho. Y tan libre. Lo peor es que seguro que hay algún panoli que se lee el libro después y monta en cólera porque no es como la peli.

Imagen de Lulife.

Paraísos perdidos

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Imagen de Madrid: Ramón Durán. Plaza de España.

Hay dos ciudades cuyas calles aprendo de memoria en cada visita. No hay más paraísos que los perdidos: por eso me conformo con habitarlas poco a poco, con colocar el tiempo donde puedo para ver a todo el mundo, con sentirme yo como en ningún otro sitio soy yo.

Imagen de Sevilla: Vincent Benoit. Café.

En cada una de ellas, el rito siempre es el mismo. Me espera una mujer a la que beso en la boca. Voy a casa y me desnudo. Me desnudo por fin, verdaderamente, toda yo entera. Y hablo y por fin digo, porque yo hablo mucho pero casi nunca digo nada. Bebo vino o ron miel, nos reímos hasta que nos duele el cuerpo, fumamos, escucho durante horas. Camino, observo a la gente, escribo en los bares, espero a que lleguen los amigos. Soy yo como en ningún otro sitio soy yo y me reconozco y al fin me gusta lo que veo. Y recuerdo que no volveré a vivir allí, que nunca podré vivir allí, y me aplastan las calles y el cielo, pero hay dos mujeres que me abrazan. Veo gente con la que no vivo, pero que sabe de mí más que nadie. Pienso en volver pronto y siempre vuelvo tarde, para recuperar los meses, para saber que soy feliz, que puedo compartirlo y compartirme. A pesar de que, siempre, en algún momento de ese paseo solitario que es también un rito, la nostalgia, la añoranza, la tristeza, acaben acompañando mi percepción de esas dos ciudades que se me niegan. Y que apreso como puedo en un fin de semana, siempre muy corto, muy rápido, muy nervioso y sin horas.

miércoles, 22 de agosto de 2007

Nicks

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Imagen de Alan Lee.

Fui rogue y Elrond y a veces aún lo soy para algunos.
Y Sarmale, Sarm, Sarmalita.
Y UnaExcusa o Excusas.
Y Kaz.
Con esto de Internet, comienzo a parecerme a Fernando Pessoa.

viernes, 17 de agosto de 2007

De fuera y de dentro

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La primera vez que lo vi fue en Melilla. Fue en plena moción de censura a Mustafa Aberchan, agosto, sin noticias, y allí se plantaron todos: El País, El Mundo, TVE y Tele 5 con Jon Sistiaga a la cabeza (que iba a las ruedas de prensa y se espatarraba en el sillón, con los brazos detrás del cuello y el bolígrafo en la boca). Allí los periodistas locales, que sabíamos exactamente de qué iba la cosa, veíamos el informativo de La Primera y leíamos ciertas crónicas y pensábamos: "En qué lugar habrá estado éste, que yo eso no lo vi". Por no hablar de manipulación pura y dura porque habían llegado ayer y no se enteraban de la misa la media, pero no se relacionaban con los periodistas locales. Ya saben: unos de Madrid al cielo. Otros de provincia. Sin firma, sin criterio, sin profesionalidad. Los de provincias, digo. Para los de Madrid, digo.

A mí las catetadas me hacen gracia o me abochornan a partes iguales. Pero algunas me frustran y me cabrean. Como esa manía de tratar mejor a los de fuera que a los de dentro, cuando los de dentro informan de hasta tu último suspiro tres o cuatro veces al día y los de fuera de dos o tres cosillas, dos días después, cuando no hacen un copia-pega tan tranquilamente o manipulan la información porque así se vende más y aquí hay que vender y polemizar a toda costa, porque la polémica es muy chuli y crea debate y da mucho dinerito y tralalá. Pero los de dentro estamos acostumbrados. A pasar los últimos, a ser los últimos. Por muy bien que lo hagas. Por mucho que trabajes quince horas diarias. Por mucho que venga tu hermano de Pontevedra, cuando hace meses que no le ves, pero sólo puedas estar con él una tarde porque tienes que trabajar otras quince horas para hacer un bonito reportaje, una bonita entrevista, da igual a qué hora, a las seis y media de la tarde recién levantada de la siesta, porque te has acostado a las cuatro o las cinco de la mañana; a las dos cuando corres peligro de no llegar a tiempo a un programa que presentas en directo media hora más tarde porque estás en el quinto coño o a las ocho cuando lo que te apetece es quedar con alguien y tener vida más allá del trabajo. Que no la tienes.

Pues nada: que ayer Julio Bocca se transformó en los Fraggles. Porque resulta que estoy operada de la vista, porque resulta que veo halos, porque resulta que la iluminación del escenario es intimista como supongo que la historia se merece, porque resulta que allí salían bolitas brillantes (los que iban de blanco: he visto las fotos hoy en la prensa y uno de los personajes principales, el tercero en discordia de la obra, iba de gris y me he dado cuenta hoy de que el muchacho baila: como iba de gris, se me mimetizó con el escenario y no le vi) dando brincos y más brincos y yo creía distinguir a los bailarines de las bailarinas porque algunos de ellos iban con mallas y ellas con falda.

Y resulta que la organización estaba avisada. Es más, estaba avisada de que yo estaba dispuesta, dispuestísima, a pagar mis 226 euros de abono de orchestra para el Teatro y la Alcazaba. Pero no, si vas a trabajar como vas a pagar casi 50.000 pesetas. Pues las hubiera pagado, carajo. Porque resulta que ayer estaba encima del escenario uno de los mejores bailarines vivos del mundo. Resulta que hoy tengo que ir a otro puto estreno para acostarme otra vez a las cuatro y media de la mañana escribiendo otra puta crónica. Y resulta que mañana es el último día que baila Julio Bocca, pero tengo entradas desde hace semanas. Pero, como en orchestra no había para los nueve que somos, también estamos arriba. Total, como decía una amiga: "Si tú el día del estreno lo vas a ver bien, porque lo intuyas el sábado tampoco pasa ná".

Pues sí, sí que pasa, porque no le vi. No vi absolutamente nada.

Porque tengo la desgracia de ser extremeña.

miércoles, 15 de agosto de 2007

Julio Bocca. Adiós, hermano cruel. Lástima que sea una puta.

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Y hablo de una obra antes de que se presente, porque Bocca es uno de los mejores bailarines del mundo, y porque le he hecho recordar alguna iniciativa para que la gente del interior, del interior de Argentina, pueda amar la danza y pueda acceder al teatro... Y porque ha recordado me ha sonreído y porque tengo ganas de ver Adiós, Hermano Cruel, que se basa en un drama de John Ford, Lástima que sea una puta, y porque después he hablado con Cecilia Figaredo, Lucía, su pareja, la hermana de la que se enamora Marco y me ha encantado esa mujer que habla de la danza como si fuera su mejor amante.

Un hermano que no ve a su hermana desde hace diez años y que se enamora locamente de ella y la deja embarazada, pero ella ha de casarse con un amigo de la infancia...

¿No os recuerda a alguien?


Fotos: Gaby Herbstein.

martes, 14 de agosto de 2007

Espadas

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Después de preguntar a los expertos y de mirar mil páginas de internet, descubro que soy de ideas fijas. Se han ido los dos a Toledo, supongo que a Marto, para hacer realidad un sueño de niña (el otro es más difícil: una habitación entera y grandísima con una maqueta de tren) y ya tengo mi espada. No la Andúril de Aragorn, hijo de Arathorn, no es oro todo lo que reluce ni toda la gente errante anda perdida, ni la de Elendil, forjarán otra vez la espada rota; sino la de montaraz, de cuando Aragorn era Strider, o Trancos, y vivía en los bosques, y esperaba a Arwen y se metía de rondón en una taberna para abordar a Frodo porque sabía de su anillo, un anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas. Crecí admirando a Meriadoc Brandigamo, a Strider y a Gandalf y, aunque Aragorn, para muchos, tenga la cara de Viggo Mortensen, para mí es un personaje de cómic, de uno de los cómics de mi niñez, con la armadura, la capa verde, el pelo corto y negro, cuarenta años y mil más a las espaldas.

Hace unos días hablaba con un profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de Cáceres para hacerle la misma pregunta que les hago a todos: "y tus niños, ¿te leen o no te leen?" y para escuchar la misma respuesta que les oigo a todos, que sólo leen las lecturas obligadas (que me parece el camino más corto para que alguien aborrezca los libros: allí yo, con 20 años, intentando meterme Esperando a Godot mientras aparcaba un puñado de cartas de Kafka, a James Joyce y a Pessoa: pobre Beckett: qué mal le traté). Y que alguno lee cosas como Harry Potter o El Señor de los Anillos. "Oye, que El Señor de los Anillos está bien". Y me miró, creo, como si yo no hubiera leído un libro en mi vida. Pero a qué voy a explicarle yo. Y aunque fuera el peor libro del mundo, qué coño, con El Señor de los Anillos no se mete nadie, salvo mi hermano Antonio, que puede arremeter con lo que le dé la gana, porque es mi hermano, es muy culto y me ha comprado una espada montaraz.
Se han ido los dos, decía, el escocés que toca la gaita en el casco antiguo de Cáceres y que escribe relatos y poesía, el enamorado de los duelos verbales, que lo mismo te habla de Aristóteles que de artes marciales japonesas, y Claridad, la niña que obra milagros, la que siempre gana al Trivial, la que pone mil caras con su cara expresiva y lleva una bruja, o una meiga, colgada del cuello. Se han ido a Toledo, para llamarme, qué espada quieres, y no quiero una falcata, ni una daga, ni la Tizona del Cid, ni a Andúril, ni a Narsil, que es más fina, está más decorada y tiene un soporte historiadísimo. La mía es otra, la de los bosques, la del rey sin nada que reinar, la de aventuras. Y allí la pondré, cuando tenga un espacio mío: al lado de los libros de Tolkien, Louise Cooper, Ursula K. Le Guin, Stevenson, Dumas, sir Thomas Malory, la Baronesa de Orcy. Al lado de todos los que me hicieron amar una buena historia de piratas, de venganzas y de espadachines.

Imagen: Cómic de Luis Bermejo. Aragorn, Strider, es el de la primera viñeta, al lado del hobbit rubio, que no es otro que Sam.

lunes, 13 de agosto de 2007

Dos pájaros de un tiro

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No cantaron Esos locos bajitos, ni Pendiente de ti, pero sí Lucía, Mediterráneo y Aquellas pequeñas cosas... Tampoco cantaron Con la frente marchita, ni Como un dolor de muelas, que es mi canción del llanto, la que más me define, la que más me hace llorar; ni la Balada de Tolito, que también es triste porque Sabina es mucho mejor componiendo temas tristes... Pero me creí, como siempre, que hoy puede ser un gran día y se me puso la piel de gallina cuando escuché los primeros acordes de Pueblo Blanco, porque, cuando estoy aquí siempre me imagino Andalucía y, cuando estoy allí, veo Extremadura.

Canté. Canté como nunca, canté mejor que nunca, bailé, me emocioné y me reí. Toqué madera, boté, le vi las arrugas a Serrat, le tembló el corazón por la garganta y recordé. Recordé que este hombre, que estos hombres, me han acompañado durante años. Que he utilizado al Nano para trabajos de Facultad, que me he emborrachado con Sabina, que Sabina sirvió para que un tipo tímido cantara y que le han puesto música a mil tardes escribiendo.

Ya que no voy a poder ver nunca a Alfredo Kraus, a Billie Holiday y a Frank Sinatra, bien me vale Cáceres. Bien me valen Serrat y Sabina, Sabina y Serrat, el noi del Poble Sec, el de Úbeda, el sufridor del Atleti, el seguidor del Barça, el Nano, Joaquinito. Bien me valen estos dos pájaros, que vuelan tanto y tan bien juntos.

domingo, 12 de agosto de 2007

Cinco

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Leí por ahí otro meme (cuando me quedo sin palabras, recurro a las de otros). Se trata de decir cinco cosas que no haces nunca, cinco cosas que haces a diario y cinco cosas que quieres hacer.

Cinco que no hago nunca.

  • Ocultar ciertos hechos a ciertas personas. A veces lo intento, pero resulta que me siento traicionera y desleal.
  • Beber alcohol sola.
  • Meterme drogas por la nariz. Ni por las venas. Por la boca, sí, unas cuantas, y algunas a diario.
  • Controlar la lengua, y los impulsos.
  • Machacar. Dejar de machacarme.


Cinco que hago a diario.

  • Leer.
  • Escribir.
  • Pensar en un tipo. Un tipo concreto.
  • Abrazar, dar besos. Soy una lapa.
  • Tener ganas.

Cinco que quiero hacer.

  • Viajar a un extranjero que no sea Portugal.
  • Disciplinarme.
  • Tomar un café con alguien con quien bailé y de quien necesito saber cómo está.

¡Tamaruca!

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Espero que me leas más pronto que tarde... ¿Qué es eso de dejar uno de los mejores blogs de la red sólo para invitados?

(¿Me invitas?)

Imagen de Beagle34.

sábado, 11 de agosto de 2007

Otros sitios

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Navego por otros blogs. Blogs que no permiten comentarios, que los moderan, que activan la verificación de palabra, que hablan de libros pero no se mojan. Paso la tarde leyendo blogs pedantes terriblemente aburridos y buscando un mensaje que me llegue, o que me asombre.

De vez en cuando, uno te aprieta el corazón, y el estómago.


Imagen de Eraserhead.

viernes, 10 de agosto de 2007

Familia no hay más que una II

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En el principio era el Verbo, y esa frase nos sirvió para un cuarto de hora de charla: el verbo, la palabra, el logos, la filosofía japonesa, El Evangelio según Jesucristo y El Paraíso perdido, Saramago, Milton, Shakespeare siempre, un Trivial, Lope de Vega, Alejandro Casona.

En el principio era el Verbo y en mi casa siempre se comienza, y se termina, hablando de Literatura...

Creo que nunca lo agradeceré bastante. Crecí esperando un constipado porque eso significaba cómics de los Vengadores, la Patrulla X, Spiderman. Con estanterías llenas de libros en los que aprendía a deletrear nombres: Somerset Maugham, Steinbeck, Rilke, Papini, Williams, Conrad, Zweig, Twain, Stevenson, Kipling, du Maurier, Goethe, Mann. Con señoras gordas haciendo gorgoritos y Alfredo Kraus a todas horas. Desde entonces, cuando llego a una casa extraña, me detengo en las estanterías: junto con la manera de escribir de alguien, es lo que me da una idea más fiel sobre quién es. Si no hay libros, o si hay pocos, me sube un sabor de bilis a la garganta.

Ahora me esperan muchos, pero sólo me dedico a ver teatro. Y a sufrirlo.

Después

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Acabo de venir del teatro.

Tengo a Roberto Quintana metido en la cabeza.





Imagen: Ricardo Lexent.

jueves, 9 de agosto de 2007

El cámara ilustrado

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Le conocí no sé cuándo, pero hace algún añito ya y yo venía de trabajar con un cámara que era un corcho andante, nada por aquí, nada por allá, y no me fiaba mucho de ninguno de ellos. Recorrí la sierra de Gata con él, que me iba nombrando árboles, me hablaba de la historia de distintas localidades y me presentaba a gente interesante, porque no perdona un rato de charla por una grabación cuando sabe que el trabajo va a estar finalizado a tiempo.

Ayer le vi y nos quedamos hablando un buen rato, de teatro, de libros, de autores, de cine y de Japón. Había olvidado cuánto me gustaba escucharle...

miércoles, 1 de agosto de 2007

Los Persas. Réquiem por un soldado.

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Pude haber ido a la lectura del texto, pero no se me da bien interrumpir el trabajo de otros, y me dio vergüenza. Me dio vergüenza porque la mayoría de las veces tu profesión se antepone a la persona que eres, a tu nombre y apellidos, y cómo vas a convencer a quien no te conoce de que no vas a utilizar nada, de que estás allí porque has hecho una entrevista que se ha transformado en una conversación de hora y media y te han invitado a quedarte donde pocos más se quedan. Así que dije que no, muchas gracias, pero yo me voy, y sé que cualquiera hubiera ido. Cualquiera menos yo.

Hoy la he visto por tercera vez, regalo de Sonia, en segunda fila, al lado de Darío, Roberto Quintana, descalzo, la botella de coñac, dos vasos de plástico, la cara desencajada, el horror y la búsqueda. Hoy he escuchado el sonido de la arena entre los dedos de Jerjes, Natalia Dicenta, sus jadeos, la voz ronca, los vómitos de asco y miedo. He recogido una fotografía de un soldado, alístate, y una carta, el caballo del palo de bastos, que ha lanzado quién sabe si Robert Duvall o Rafa Castejón.

Hay veces en que uno se implica con un trabajo más de lo normal. Y con Los Persas ha sido así desde marzo. Desde el 14 de marzo, rueda de prensa de 40 minutos y un tipo imaginativo que sabía que no quería situarla en Salamina, pero que, hostias, no lo tenía tan claro.

Después ya sí. La última vez que le entrevisté, me dijo que no sabía por qué se había metido en este berenjenal en el tiempo justo de sus vacaciones y pensé: para que yo pueda verla. Has hecho esta obra para que yo pueda verla. Porque la infancia es un país extranjero, las guerras se hacen contra los niños y una obra de teatro no va a cambiar nada, pero yo, ya, repito diálogos de memoria.

Repito diálogos de memoria y tengo grabados en la retina los ojos empañados y la pesadilla de Roberto Quintana, el temblor de los labios de Natalia Dicenta, la expresión de pasmo de Chus Herrera, lo bien que se lo pasa Javier Gamazo encima del escenario, lo que disfruta y chulea y se ríe y chasquea la boca David Fernández, la cara inocente de Ignacio Ysasi. Me martillea en los oídos la dicción perfecta de Rafa Castejón, la voz de Rafa Castejón, los graves de la voz de Rafa Castejón, y su manera de tocar la sonaja: a ese hombre le sale la testosterona por los poros, hacía tiempo que no tenía tanta conciencia de lo macho que puede ser un tío, de la atracción que un macho puede ejercer sobre la hembra, sobre una hembra consciente del poder que el macho detenta. Y es brutal. Eso es lo atávico: más que la belleza de la destrucción, más que el hecho de que la guerra sea eterna y nunca acabe.

Y sí. Quizá no sea tan buena, quizá tenga tres finales distintos, quizá no se sustente sin las canciones (claro: ni sin la música, ni sin el trabajo de los actores, ni sin la dirección), quizá peque de obvia o quizá sólo sea un compendio de lo que hemos visto mil veces, desde Paths of Glory hasta The Thin Red Line, que todas esas opiniones he oído. Y también he visto a gente levantarse de la silla y abandonar el teatro y he aguantado a una histérica reivindicando a Esquilo. Y, seguramente, y esto es una afirmación rotunda, yo no sea objetiva.

No lo he sido nunca. Es más: ni siquiera soy imparcial. Porque resulta que me enamoré de Calixto Bieito... aunque también me enamoré de Alicia Hermida y Fedra no me rozó. Y resulta que me impliqué con Los Persas antes de verla y resulta que me dio una patada en el estómago y resulta que me di cuenta de que ese tipo que, hostias, no lo tenía tan claro, ha hecho lo que le ha dado la real gana. Y a mí eso me gusta, qué quieren.

La he visto tres veces. Un par de pasadas al texto y podría sustituir a cualquiera de los actores (pero no sé tocar la batería, ni la guitarra, ni el bajo, ni la armónica, ni los teclados ni el violoncello). La he visto tres veces y ni siquiera soy capaz de decir por qué me gusta, por qué me emociona, por qué canto El Novio de la Muerte, War, Goodbye Cruel World, Cry Baby; por qué veo a los Thunder Jets lanzando bombas de racimo y a los perros buscando carne humana y por qué disfruto tanto cuando noto lo bien que se lo pasan los demás encima de un escenario lleno de arena y ceniza.

No podría decirlo y ni siquiera hablo del mensaje, que me da exactamente igual porque de finales felices yo también me creo lo justo. Es sólo que la obra me lanzó una frase. Una de esas frases que se pueden usar para un texto y que al final nunca utilizarás, porque la frase es todo el texto mismo y porque la dice una tía que recibe a un novio que regresa de Afganistán.

A veces creo que estoy follando con un muerto.

Las imágenes son del Festival de Teatro Clásico de Mérida.