sábado, 30 de septiembre de 2006

Madrid I

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Sepan vuestras mercedes que caminamos por las mismas calles donde otros hombres, de carne y sangre o quizá de leyenda, caminaron antes: Lope de Vega, Cervantes, Quevedo, Tirso de Molina, Murillo, Velázquez... Todos pisaron esta misma plaza.

Piénsenlo. Recuerden vuestras mercedes Madrid, suéñenlo, porque la memoria de los que les precedieron les demandará justicia.

Madrid II

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Madrid. El Madrid de los Austria,












el de Valle-Inclán,

















Larra


















y Juan Gris.












El Madrid de franquicias,












el de las obras inacabables,











el de las campanadas de fin de año,














el Madrid tumultuoso, el de calles amplias,











barrios residenciales, moles sin ton ni son.










El Madrid que también se vuelve acogedor a ratos, el que se puede patear para ir encontrando, poco a poco, lo que un día fue.

Madrid III

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Ese Madrid de callejuelas, la Plaza Mayor como centro y como excusa para sentarse en el suelo, tomar un café, lanzar besos al aire.












Las ventanas con postigos,











la Gran Vía rotunda,











el Parque de las Tetas, las tabernas con vino y vermouth.
















El Madrid que es rojo de ladrillo, las tejas antiguas, la Cibeles, la Plaza de España y Don Quijote y Sancho. El Madrid desconocido para los madrileños, el clima recio, el humo, los coches.















Y el Madrid militante.

Madrid IV

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La ciudad que puede, gracias a unos pocos,














transformarse en grito, en protesta y en rabia.










La que dibuja agujeros en la realidad















y piensa que todo está por hacer y todo es posible.

















La de los músicos callejeros,













los mendigos en la plaza, la depredadora, la que niega sueldos que la disfruten y techos donde guarecerse.

viernes, 29 de septiembre de 2006

Madrid V

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Esta ciudad me cabrea y me enamora a partes iguales. Ya no es la promesa no resuelta, el lugar en el que debería vivir, sino las calles a las que vuelvo, al menos una vez al año, para caminarlas con cuatro o cinco personas. Para recordar lo que soy, lo que quiero, el camino que sigo. Para calmar y para sentir.

A pesar de la gente, del ruido, de los semáforos que no dan tiempo a cruzar la calle, de las escaleras mecánicas por las que todo el mundo corre, de la prisa, el estrés, la individualidad exacerbada, el anonimato. Esta ciudad estruendosa y loca también es mi casa, también es mía, aunque la pise con tanta premura como los que viven allí y como los que también la odian y la aman sin decidirse nunca por un sentimiento u otro.

Madrid VI

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Madrid es, también, los cafés que no bebí, los porros que no me fumé, el vino y las copas que jamás se compartieron, el tabaco rubio, el tabaco negro, Madrid Rock, Malasaña. Sentir que tú no mereces que se rompan las reglas. Los lugares que pisaron otros con él, pero no tú. Este Madrid es también un no. Un no que nunca se asume, pero que siempre se podrá comentar con Nerea, hasta que ya no duela y ya no importe. Madrid es ella, sobre todo, y es su casa, y es su cama, y es su olor, aunque también sean otras personas a ratos, más reales que el recuerdo de lo que nunca sucedió y de lo que ya no ocurrirá jamás.

Madrid VII

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Madrid. Donde las acciones de la gente anónima interesan poco. Donde los bares se reconvierten en multinacionales del ocio donde no se fuma y se bebe muy rápido. La ciudad luminosa. La promesa. La búsqueda de un lugar íntimo, de un grupo íntimo, de unas relaciones que te abarquen y con las que no sea difícil verse. La ciudad depredadora de los supervivientes. La que, sin embargo, tiene la capacidad, siempre, de hacerme sentir que soy, que estoy, en el centro del mundo.

martes, 12 de septiembre de 2006

Gloria

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No mata la calidad sino la cantidad

En demasía lo bueno se hace malo,
la píldora veneno
y vicio la caricia;

sabes de todo un poco y vas al cine,
sabes de todo mucho y te suicidas.

Mucha vida (cien años) es la muerte
-se hace malo lo bueno en demasía-.
La soledad, es ese gran espejo
donde acabas por verte monstruoso;

el silencio la tuerca en el oído
que se te va ajustando al agujero,
demasiado silencio es igual que una bomba
y demasiado amor es igual que un entierro.





















Escrito

Queridos tíos:

Me llevan a los baños y yo me quejo sola,
porque dicen que dejo lo blanco por lo negro,
y es que hago más falta en negro que en lo blanco,
y cazo mariposas vestida de torero.
Escribo en las paredes y lloro en los armarios
y con luz apagada me miro en los espejos.
A veces, sólo a veces, del último que llega,
porque clavo entusiasmo en todo lo que leo.
Los ruidos de la calle es lo malo.
Sólo bebo agua, sólo como jilgueros,
sólo duermo una esquina, sólo vivo un entierro.
Me quemo las rendijas, ardo en mis propios huesos
queriendo por el alba a dos carameleros.
La verdad es que no tengo nada de bastante,
me da por robar almas en los tranvías llenos,
me da por hacer cuadros, solicitar fantasmas,
hablar con los mendigos, rezar en los museos.
Se me olvidan las cosas y me pierdo en el Metro.

Gloria Fuertes

domingo, 10 de septiembre de 2006

Nunca es suficiente

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Todo o amor do mundo não foi suficiente
todo o amor do mundo não foi suficiente porque o amor não serve de nada.
ficaram só os papéis e a tristeza, ficou só a amargura e a cinza dos cigarros e da morte.
os domingos e as noites que passámos a fazer planos não foram suficientes
e foram demasiados porque hoje são como sangue no teu rosto, são como lágrimas.
sei que nos amámos muito e um dia, quando já não te encontrar em cada instante, cada hora,
não irei negar isso.
não irei negar nunca que te amei.
nem mesmo quando estiver deitado,
nu, sobre os lençóis de outra e ela me obrigar a dizer que a amo antes de a foder.

José Luis Peixoto

Todo el amor del mundo no fue suficiente
todo el amor del mundo no fue suficiente porque el amor no sirve de nada.
quedaron sólo los papeles y la tristeza, quedaron sólo la amargura y la ceniza de los cigarros y de la muerte.
los domingos y las noches que pasamos haciendo planes no fueron suficientes
y fueron demasiados porque hoy son como sangre en tu rostro, son como lágrimas.
sé que nos amamos mucho y un día, cuando ya no te encuentre a cada instante, en cada hora,
no lo negaré.
no negaré nunca que te amé.
ni aun cuando esté acostado,
desnudo, sobre las sábanas de otra, y ella me obligue a decirle que la amo antes de follarla.

miércoles, 6 de septiembre de 2006

Sus amigos

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Mezclan portugués y español con la facilidad que da vivir en esta ciudad que huele a yodo desde hace cuatro años, arriba o abajo, persiguiendo amores o trabajos duros, intentando escribir después de llorar y gritar sin voz de la manera más inverosímil; queriendo hacerse un hueco entre gente que habla de sequía informativa y que dice "no hay nada" con la convicción de que la nada es lo que les rodea; deseando superar jodiendas y acosos sistemáticos, pacientes, horadadores; intentando hacerse un hueco en la profesión que uno eligió o que le eligió, que eso nunca se sabe; construyendo espacios a base de vino, productos de la tierra, abrazos, aullidos desesperados, peticiones de auxilio, cafés, palabras, palabras, palabras.

Algún día se irán todos de aquí. Y descubrirán, o no, que perduran a pesar de los kilómetros y los amores y los trabajos y las vidas. De todos modos, lo que importa ahora es sólo eso. Que hubo naufragios, dolores y traumas y que encontraron a gentes a quienes contárselo.

martes, 5 de septiembre de 2006

Sentir los pasos

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Hay una historia de los pies. De zapatillas azules y temblores de manos y de voz. Los encuentros y los desencuentros funcionan así: hay que adaptar los ritmos, aprender a mezclar dos soledades pobladas, aventar los fantasmas, repensar el futuro para asumir el pasado. Es difícil mantener la ficción, la ilusión, a pesar de los kilómetros, las ciudades, el resto de la gente y de las cosas. Es demasiado peso.

Pero a veces uno, o dos, pueden alzarse de sus pies. Para volar no hace falta mucho. Una mirada, una mano que dibuja una piel, tomar conciencia del cuerpo. De cada uno de los poros, de la respiración, de la humedad recobrada, desconocida, asombrosa. Del cosquilleo del agua cuando es capaz de lamerte los dedos como una lengua dulce.

Para volar, quizá, hay que comenzar a despreocuparse de los plazos, del futuro, de los proyectos. Por primera vez. Construir un espacio nómada. Haber aprendido, por fin, el nombre que uno tiene. Sentir los pasos. Saber que el tambaleo, y las caídas, son sólo condiciones del equilibrio. Abandonar el miedo al otro, a las palabras, a lo incontable. Mandar a tomar por culo las convenciones, en la cama y en la vida. Querer gritarlo. Gritarlo todo, siempre, a riesgo de ir a la cárcel por el brillo de la mirada.

No pensar, amor mío.

No pensar en la distancia, ni en el olvido, ni en los mapas eternos, ni en el número que suponen los años, ni en los ayeres, ni en el resto de los cuerpos, ni en las dificultades creadas, ni en lo correcto. Qué más da todo eso. Qué más da si siempre puedes buscar los pies de alguien, sentir que es posible, que todo está por hacer. Imaginar lugares que compartir con otros ojos. Evitar la angustia.

Saberlo ya. Saber de una vez que hay veces que un cuerpo, una lengua, unas manos, una voz lo pueden (realmente lo pueden) absolutamente todo.